miércoles, 4 de abril de 2012

LAS MANOS QUE SOSTIENEN LA DULZURA: DONACIÓN EN EL HOGAR MISKY WASI



Se acuerdan del Hogar Misky Wasi? En mayo de 2011, Juan y yo visitamos la ciudad de Sucre. En esa oportunidad, como parte de nuestro Proyecto Educativo Nomada, realizamos una charla educativa con las ninias que alli viven. Era la primera vez que combinabamos nuestra muestra fotografica con una actividad didáctica, y tanto ellas como nosotros, quedamos muy felices. Sin embargo, nos fuimos de allí con una sensación de vacío. Era evidente que el hogar necesitaba ayuda. Las nenas no tenían una buena biblioteca, faltaba materiales escolares y la ropa que estaban usando necesitaba un recambio.

Nueve meses después, y envalentonados por haber logrado donar la compu a la escuela shuar, decidimos volver a Misky Wasi. El Dulce Hogar, tal es su nombre en quechua, nos estaba llamando.  Aunque para ese entonces nos encontrabamos ya en Venezuela, nuestro Proyecto Educativo Nómada viajaría en manos de uno de nuestros cómplices, para hacer entrega de los libros, útiles escolares y ropa que habíamos logrado reunir gracias al apoyo de los cómplices. Esta vez, otro Marcelo sería el mensajero del esfuerzo en conjunto.

Marce Troncoso fue el eslabón final de esta cadena. Queremos agradecer a todos nuestros cómplices, pero especialmente a Marcelo Maquez y a Julieta Sassano, por coordinar la recolección de libros, y a Andrés, por estar siempre, siempre pendiente de estos dos locos ruteros.



Aquí les dejo un resumen, en palabras de Marce:

No llevo la cuenta exacta, pero hace casi un año que estoy colaborando con el Proyecto Educativo Nómada creado por Juan Pablo Villarino y Laura Lazzarino, (Acróbatas del camino). Cuando les conté que mis próximas vacaciones las pasaría en Bolivia, surgió una idea que consistía en realizar una donación al hogar de nenas huérfanas llamado Miski Wasi, ubicado en la ciudad de Sucre, Bolivia, donde los acróbatas habían pasado con el proyecto para dar una charla. La idea me cautivó desde un principio. Recordé la complicidad que tuvo Marcelo Maquez con el proyecto al acercar una Laptop a la comunidad Shuar de Ecuador y pensé que sería para mí todo un placer realizar la donación al hogar en representación del proyecto educativo.

Para realizar la donación necesitábamos la ayuda de los cómplices del proyecto, tanto es así que Marcelo Maquez y Julieta Sassano de Buenos Aires se tomaron el trabajo de juntar libros y útiles escolares para el hogar de las nenas, de esta manera me hicieron llegar todo vía encomienda a Rosario, Argentina.



De esta manera emprendí mi viaje en solitario a la tan esperada Bolivia. Un mar de aventuras me estaba esperando y yo iba preparado para nadar en él. Luego de un largo viaje, Potosí me recibió con los brazos abiertos, pero llenos de lluvia. El miedo a no poder visitar el salar de Uyuni me llevó a cambiar mi ruta. Decidí ir directamente a Sucre y pasar unos días hasta que el tiempo mejorara.

Los haces del sol se filtron por las cortinas iluminando mi habitación, y me despertaron de la mejor manera. Me levanté y le devolví el saludo de los buenos días al portero del hostel, salí hacia la calle con la mochila llena de alegrías y esperanzas en busca de un rápido desayuno y un intrépido taxista que lograra ubicar la dirección del hogar de las nenas. Antes de partir, me encontré con Nuria, una viajera belga a quién había conocido días atrás, y que se había entusiasmado con el proyecto. Nos recibió Miriam con una sonrisa de delfín y saludos de buenos días. Nos invitó a pasar. Desde el patio, las nenas nos miraban con curiosidad. Le conté a la responsable que venía en representación del Proyecto Educativo Nómada de Juan y Laura. Muy brevemente nos contaron algo sobre las nenas, que son víctimas de la pobreza y el abandono, de la violencia familiar y hasta se han detectado abusos sexuales en las niñas, algo realmente lamentable. El hogar es su refugio. Ellas viven de lunes a viernes en el Miski Wasi y los fin de semana la pasan con sus familiares o la gente que la tiene a su cargo. La idea del hogar es que no pierdan ese contacto familiar, ya sea directo o indirecto, puede ser un tío, una tía, primos, vecinos, sea quien sea que este al cuidado de ellas. . Este año se agregaron 3 niñas más que en total suman 25.



Antes de salir al patio a conocer a las nenas me quede observando un segundo un mural lleno de fotografías, entre las cuales había una de Laura junto al mural realizado después de la proyección. Muy tímidamente me recibieron las niñas. Para ganar su confianza les mencione que yo era amigo de Kim, la chica voluntaria que había trabajado allí y sugerido el lugar a Juan y Laura en 2011. Las niñas rápidamente mencionaron las fotografías y el mural, de la mano me llevaron adentro para verlo y nombraron, los camellos, los pingüinos y mujeres con las manos pintada. Nunca me sentí tan cerca de los Acróbatas del Camino. Debo confesar que todavía no los conozco personalmente, pero me llenó de alegría poder estar ahí donde ellos habían dado la charla, y dejado una huella bien marcada. Tomamos unas fotografías grupales junto a las niñas y también con algunas voluntarias. De esta manera nos despedimos hasta la tarde, pero en un instante teníamos por lo menos dos o tres niñas aferradas a nuestras piernas pidiendo que no nos vayamos y preguntando cuando volvíamos. Se me partió el alma, sentí unas ganas de llorar porque sabía que volver era muy complicado. Esa mañana con las niñas me di cuenta del amor y del cariño que les hace falta, pero para calmarlas un poco les dijimos que pasariamos por la tarde a recoger los dibujos que estaban haciendo para nosotros, y estar otro rato junto a ellas.




Miski Wasi y su gemelo de nenes, el Hogar Mallorca reciben un subsidio de la Fundacion Amazonia de España, que debido a la crisis que esta pasando ese pais será suspendido por un tiempo. En tanto el hogar Miski Wasi ya tiene a disposicion varias habitaciones ubicadas en el mismo lugar donde se podran alquilar para las chicas estudiantes, viajeras o valuntarias y asi de esta manera poder palear un poco mas la situacion economica. Si te interesa saber cómo hacer para ayudar a las nenas, trabajar como voluntario u alojarte allí para colaborar, escribinos al mail de contacto.

Por la tarde, Nuria y yo volvimos a buscar las cartas y a despedirnos de las nenas. Miriam nos acompaño a la puerta y nos volvio a dar las gracias. Nos dijo que estaba muy contenta por la donacion de parte del proyecto, nos recalcó que muchas personas se hacercan al hogar por única vez y luego no vuelven más, pero de esta manera es como si Juan y Laura hubiesen pasado por segunda vez.



La sonrisa de la oscuridad batallaba nuevamente con las primeras luces de la ciudad Nuria y yo, en medio de la noche, caminamos juntos por la hermosas callecitas de Sucre, pausadamente y en silencio, ambos pensando en todo lo que vivimos en ese momento. Creo que todo fue mucho mas de lo que yo esperaba y me sentí muy feliz de haber vivido una experiencia diferente. Agradeci a Dios por haber puesto a Juan y Laura en mi camino. Gracias a ellos pude experimentar miles de hermosas sensaciones con las niñas del hogar, pero sin dejar de pensar que podriamos haber hecho mucho más y que todo es posible en la vida. Si todos depositaramos un grano de arena a cada causa de bien para la gente y el mundo, quizás algo podríamos cambiar. Estoy seguro que no faltará otra oportunidad de poder colaborar con el Proyecto Educativo Nómada y que mis viajes no serán sólo por placer, sino por compromiso con la gente y por esta causa tan linda que han creado Juan y Laura. Desde todos los rincones del mundo los cómplices y la gente siempre les vamos a desear "Buenos Caminos".

lunes, 2 de abril de 2012

PARA VER CON LOS OJOS DE COLÓN - VIACRUSIS BOLIVARIANO RUMBO A MACURO







Amigos, nuestro nuevo libro "Caminos Invisibles - 36.000 km a dedo de Antártida a Guyana" está próximo a ser publicado, con todas las crónicas de nuestro viaje mochilero por Sudamérica. Podés anotarte para la pre-venta mandándonos un mail a acrobatadelcamino@gmail.com

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En el confín norte de Venezuela existe una tierra intrigante, una península con forma de yunque y nombre de loco. Alguien la bautizó Península de Paria. No sé muy bien si fue la lontananza cartográfica o la nomenclatura poética lo que consonó nuestros pasos con sus débiles rutas, que en el mapa asemejan las vetas que zigzaguean las cortezas de las palmeras. Lo que sigue no es un relato, sino un aperitivo. Será que no falta tanto para comenzar a escribir el próximo libro y un malicioso impulso me incita a procurar el suspenso… Tras varios días en Cumaná marcados por la actividad del Proyecto Educativo Nómada, partimos por la llamada Ruta de Humboldt, no porque nos interesara seguir los pasos del geógrafo y botánico alemán del siglo XVIII en su exploración del Nuevo Mundo, sino porque la pista se internaba en valles montañosos y teníamos necesidad de alejarnos un tiempo de la cultura costeña. Nos habían dicho que la zona era productora de cítricos y hortalizas, pero a medida que avanzábamos de camioneta en camioneta ningún pueblo parecía investirse de ese carácter rural que extrañábamos de la América Andina. Finalmente una camioneta nos dejó en San Lorenzo, donde recibimos asilo en un convento de las hermanas de la Compasión. Las monjas eran tres españolas, mayores de edad, que hablaban despacito, y se movían por la amplia casona como lentas piezas de ajedrez. Pero estas piezas de ajedrez eran cordiales y nos preparaban una merienda de pancitos con mermelada natural de papaya. En un país que se había vuelto cada más grotesco las monjitas seguían cultivando sus zapallitos y papayas, y quizás custodiaban el Santo Grial, nunca lo sabremos. Fuera, una comitiva evangelista se había reunido en un evento de auto-afirmación y propaganda, con pancartas y bandas musicales. Un pastor arremangado y frenético dirigía una liturgia sin sentido que repetía “gloria a Dios” y “aleluyas” con métrica de reggaetón sin nunca decir nada concreto. Dentro de la casa, creo que hasta las monjas envidiaban el oficio de los francotiradores, sobre todo cuando el pastor les juró a todos que la lluvia que comenzaba a caer no era lluvia, sino aceite de Dios, y vociferaba “siéntelo, siéntelo, siéntelo” (otra vez el reggaetón) y perdía sus cuerdas vocales entre los acoples y la distorsión de los amplificadores.




 
Proseguimos hacia la Cueva del Guácharo, una enorme caverna cuya penumbra es hogar de miles de pájaros nocturnos. Después de visitarla una lluvia incesante cerró filas sobre el caserío, y apenas hubo intervalos secos en dos días, en los que corríamos a buscar berenjenas, cebolla, tomate y lentejas, a veces compradas en verdulerías, otras obsequiadas por productores acusiados por instinto maternal tras solemne declaración de principios y praxis mochileros. Buscamos luego lentamente el norte, otra vez hacia la costa, llegamos a Carúpano, siempre perseguidos por los baldazos cósmicos. Cruzamos la zona del mercado como una legión extraviada y cansada, balanceándonos entre charcos fétidos de los que bebían perros sarnosos, bella estampa de safari lacustre sudaca cuya proximidad con los alimentos en exposición era inquietante aunque nadie se inquietaba.











Con un nuevo sol partimos hacia Río Caribe. Como mencionó Laura en su post, durante las semanas pasadas habíamos empezado a entonar, a modo de invocación, el famoso “mantra del niño bolivariano”. Tanto cuando hacíamos dedo como cuando necesitábamos la urgente aparición de un techo, el villancico que alguna vez habíamos escuchado a un chofer de línea se posaba, como un ave ligera, en nuestros labios: “Si la Virgen fuera andina, y San Jose de Los Llanos, el niño Jesús sería un niño bolivariano”. Sí, la letra era terrible, pero resultaba, siempre caía sobre nosotros algún ángel de modales ostentosos a convidarnos la arepa de cada día. El caso de Río Caribe fue paradigmático ¿Habremos cantado demasiado alto? Nos esperaba una dosis exponencial de hospitalidad bolivariana. Nuestro mecenas bolivariano se llamaba William, era perforador de PDVSA, la estatal petrolera, en la Faja del Orinoco y regresaba a visitar a su familia en Rio Caribe. En ese trayecto nos subió a su camioneta y nos adoptó por tres días. William, uniformado con la camisa y gorrita de PDVSA, no lo sabía, pero era un embajador de su generación. De hecho, tengo la sospecha de que muchos de los patrones que observamos en la casa de William, tanto en la dinámica familiar como en la generosidad hacia los mochileros adoptados, hablan del momento histórico de Venezuela. Podría decir que la intensidad de la hospitalidad refleja la potencia con que mana el petróleo del subsuelo, y me quedaría corto. Podría también decir que la cantidad (de cervezas convidadas, de arepas apiladas, de hijos y sobrinos amontonados en la camioneta de William en la legendaria excursión a las haciendas cacaoteras) instala el tema de la abundancia como factor de felicidad del ser bolivariano. Y todo estaría inconcluso sino hablara de la despreocupación, y la inocencia en la ostentación. Para resumir, diré que zumbamos como una familia rodante por ríos cristalinos y aguas termales masticando patas de pollo y chorizos servidos en balde… Otro detalle: en Río Caribe me querían contratar para actuar de Jesucristo en el Via Crusis de Semana Santa. Si no hubiera faltado demasiado hubiera aceptado con gusto por el solo placer del absurdo (de hecho, la última vez que crucé una ciudad con una cruz en la espalda fue en Dusseldorf, Alemania, en 2005, por otros motivos imparesque no vienen al caso...)







Nos despedimos de las coquetas casas coloniales de Río Caribe y este Jesucristo de cotillón y su séquito llegamos a San Juan de las Galdonas, un enclave pesquero famoso por las enormes tortugas marinas que llegan a desovar a sus playas y por las lanchas pesqueras que zarpan de ellas contrabandeando cocaína o combustible. Para alojarnos esa noche, recurrimos al Comando de la Guardia Marina. Ellos nos pusieron al tanto del narcotráfico que sucedía en sigilo. Relataron, con épica de fogón, sobre contrabandistas apresados tras duelos pasionales tras peleas de gallos, y por la noche nos permitieron acompañarlos en su patrulla playera en busca de tortugas marinas, aunque no pudimos ver ninguna. Sorprendimos a varios bailoteando con sus AK-47 en el aire. Durante la formación, el alférez pasaba revista a la tropa casi adolescente, firme y rodeada por cuatro perros angustiados que se mordisqueaban las pulgas. Mientras tanto, nuestra compañera Ana entrelazaba el macramé en fila con los efectivos que desarmaban y engrasaban sus fusiles.










Tras una hermosa estadía en Irapa, facilitada por Julio y Oslidis, familiares del jefe de Defensa Civil, quienes nos prestaron una casa, nos regalaron ropa y nos deleitaron con gastronomía local, proseguimos con la caravana. Nuestra era llegar a Macuro, en el extremo de la Península de Paria, único punto del continente sudamericano que pisó Cristóbal Colón, durante su tercer viaje en 1498. No había carreteras por la costa norte de la Península de Paria, pero pudimos tomar una embarcación desde Guiria. Mientras observo arcos de playas vírgenes atareados de palmeras. Me conmueve pensar que imágenes semejantes fueron las que maravillaron a Colón en su primer encuentro con Sudamérica. La pequeña aldea de Macuro, con 2.000 almas, nos da la bienvenida con sus casas multicolores y sus galpones de la vieja aduana derrumbados. Paradójicamente, aquel primer punto de contacto permanece casi inexplorado, cubierto de bosques, y casi despoblado. Es como si el pueblo buscara protegerse del tiempo. En Macuro sólo hay dos vehículos, que quedaron atrapados en el pueblo cuando a la carretera se la comió la jungla. A los adoquines de las calles les creció el césped. Mujeres negras, descendientes de migrantes de Trinidad y otras islas del Caribe, nos ofrecen café en las puertas de sus casas. Los hombres fuman habanos enrolladlos con tabaco local. Si uno lee los monumentos dedicados a Colón en la ínfima plaza, se da cuenta de la particular interpretación de aquel 12 de octubre sostenida por los descendientes de quienes vieron las carabelas, descalzos, desde la arena.





Desde esta punta del ovillo americano empezamos a bajar hacia la Gran Sabana venezolana, no sin antes pasar por las Playas de Medina y Pui-Puy, para despedirnos de esa vida costera caribeña, de desayunar los cocos recién caídos de la palma, de mascar las amargas almendras de cacao que se fugan de las bolsas de red que cargan las camionetas. Nada como el embrujo minucioso de los alimentos oriundos del camino y no envasados y transportados. Esta caravana sigue hacia el sur, aceptando esos alimentos, y también los refugios provistos por los ángeles bolivarianos. Como hongos mágicos que despuntan tras la lluvia, cualquier transacción de calidez humana en esa línea de fuga que es el movimiento, se convierte en nuestro trono. Son flores inesperadas, germinadas a la lumbre de la inquietud que el sentimiento de lo infinito inculca en el alma viajera.



Y EL NIÑO DIJO "ES LA HUELLA DE UNA ESTRELLA" - CHARLA EDUCATIVA EN IRAPA



El Proyecto Educativo Nómada pasó por la diminuta localidad pesquera de Irapa, en la Península de Paria, al Noreste de Venezuela. Como siempre, la idea es compartir con niños y adolescentes de comunidades que visitamos Laura y yo mientras recorremos el mundo. Esta vez, le tocó el turno a la Escuela Bolivariana Virginia Wolf. El contacto fue, como siempre, una rayuela caótica que siempre conduce al cielo pero parte desde cimientos impredecibles. A Irapa habíamos llegado sin contacto alguno, y tras sentarnos bajo un árbol en la plaza un buen rato, se nos ocurrió contarle a la gente de la alcaldía nuestro proyecto. Ellos nos llevaron a Defensa Civil, y así, como una bola de billar fuera de control que va tocando distintas coordenadas y formando una constelación de hospitalidad, llegamos a la casa de Julio y Oslidis, ambos familiares del jefe de Defensa Civil. Esta familia cuidó de nosotros con meticulosidad materna, nos prestó una casa en desuso perteneciente a la familia, y nos despertaron cada mañana con café con leche y alguna arepita! Entonces hicimos el contacto con la escuela donde Oslidis era maestra, y así llegamos a los chicos.

Si alguna frase siempre recordaré de este evento es cuando les preguntamos a los chicos qué veían en una foto en particular. La imagen mostraba a Lau posando su mano sobre una huella de dinosaurio en Marawa, Bolivia. Entonces, uno de los niños, dando rienda a la fantasía, respondió con toda confianza: ¡es la huella de una estrella! Lo corregimos, pero después lo pensamos mejor: acaso estos rumbos que nos van entrelazando tienen algo de estelares. Mientras tanto, seguimos viento en popa hacia la Gran Sabana venezolana. Gracias a todos por ayudarnos con el Proyecto Educativo. Para saber cómo sumarte, entrá aquí.

Buenos caminos y, ya saben, vuélvanse sobre sus pasos, a ver qué forma tiene su huella...