viernes, 23 de marzo de 2012

BALLET EN LA SALA DE BATALLA: EVENTO EN EL SEMILLERO DE LA PATRIA

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“¿Qué son los semilleros de la patria?” – le tuve que preguntar a Justo, un sociólogo de Cumaná, quien nos invitaba a presentar allí nuestro Proyecto Educativo Nómada. Con melodía, como todos los que creen de corazón en lo que dicen, Justo se refirió entonces a las políticas de inclusión social del gobierno de Chávez.  Nunca falta quien ve en la delincuencia el atajo más fácil hacia la dorada puerta del consumo. Por eso se crearon los Semilleros de la Patria, como un dispositivo para alejar del ocio y de las calles a los jóvenes de las zonas más vulnerables a través del arte, los oficios y talleres de todo tipo.

Uno de estos centros funcionaba en el barrio Brasil, donde nosotros estábamos parando, y guiados por Justo no tardamos en visitarlo. Los muros que rodeaban los amplios tinglados y salones lucían los previsibles murales “Construyendo el Socialismo” y los rostros de Bolívar y del Che. Si en Venezuela ambas figura se invocan constantemente, ésta vez me parecieron en su lugar exacto, embanderando una iniciativa inequívocamente destinada a elevar la calidad de vida del pueblo. Voy a ser sincero, por la manera en que llovía pensé que no iba acudir ninguno de los grupos de niños invitados por Justo. Pero me equivoqué: una manada de niñas inquietas, bochincheras, divinas, entró como un remolino al salón y antes de que pudiera pulsar “play” en el proyector y mostrar la primera foto ya me habían emboscado con un interrogatorio salpicado con risitas.


Los chicos disfrutaron las fotos, y yo aprendo siempre algo de sus miradas sorprendidas. Esta vez, me di cuenta de que aquí en Venezuela, donde se habla mucho de la integración latinoamericana los chicos nunca han visto fotografías del resto del continente. Cuando les preguntamos dónde queda Argentina o Bolivia se hace un silencio como si preguntáramos por Estonia. Tenemos que estar unidos, ¿pero quiénes? ¿y cómo? Mejor aún ¿cuáles son las diferencias o fronteras que se busca burlar con esa integración? Confío en que después de la charla, los niños podrán al menos evocar en su mente una imagen concreta de Argentina, Bolivia o Ecuador. Reflexionando llegué a la conclusión de que, en definitiva, todo discurso debe tener un correlato concreto de imágenes. De la misma manera que mis crónicas y fotos de Medio Oriente pretenden subsanar un vacío representacional o, mejor dicho, ser una contra-imaginería –en relación a la imagen cliché del terrorismo- nuestras fotos de Latinoamérica busca poblar con rostros concretos y anécdotas contextualizadas el discurso, en boga pero vacío, de la integración americana.
Seguro que se aburrieron con la reflexión así que, para compensarlos, quiero que se queden con esta imagen. Resultó que en ese  Semillero de la Patria, las niñas asistían a clases de danza. Y cuando se enteraron de que Laura había sido bailarina, la rodearon para suplicarle que les enseñara pasos de ballet. Ni Laura ni yo lo podíamos creer: estábamos en un barrio donde a veces se escuchan tiros, donde el horizonte de la juventud queda tristemente cerca, y las niñas querían aprender ballet. Entonces sí, esa no era ninguna mentira electoral ni el plano de ningún proyecto, era un semillero en el sentido literal de la palabra. Por qué será, que en los entornos urbanos más caníbales uno ve a la sombra del arte y se le hace un nudo en la garganta.
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lunes, 12 de marzo de 2012

POR QUÉ ME GUSTA RECIBIR POSTALES (UNA INVITACIÓN AL VANDALISMO)



ATENCIÓN! Este post fue escrito para mi último cumpleaños, pero el pedido de postales sigue abierto, y felizmente, de vez en cuando, el cartero nos sigue visitando ¡gracias a todos Ustedes!

El próximo 28 de marzo será mi cumpleaños número 34. Una vez al año uno tiene que cometer ese acto de resignación ante la inevitable matemática. Pibe tenés 34. Lo que quiere decir, en primera instancia, que ya no sos tan pibe y, lo principal, que te va a ser todavía más difícil explicarle a cualquiera tu estilo de vida. Que uno ande cargando la mochila y tirando los dados en la banquina a los 20, vaya y pase, pero cuando alcanzaste la tercera década y la respuesta a la pregunta de “¿qué planes tenés para el futuro?” es “Me parece que me quiero ir a Mongolia”, estamos ante un caso de “bip, respuesta errónea, niñez extendida.” Niñez y no adolescencia, porque mientras en la edad del pavo uno aprende a emborracharse, a escuchar música y a llenarse de pecas, los imposibles, las empresas osadas –como llegar a la luna o dar la vuelta al mundo- son herencia exclusiva de la niñez. ¿Y qué tiene que ver esto con el título? Más adelante, más adelante….





Ahora bien, espejito espejito, ya te escuché, esas arruguitas incipientes no son de niño. Las veo al costado del rabillo de mis ojos, sobre todo cuando entorno la vista, y a cada lado de mi sonrisa. Si miro las fotos de hace seis o siete años, cuando recién iniciaba este viaje, descubro con sorpresa que esas líneas no estaban allí. Entonces pienso y lo que descubro me sirve de consuelo. Será que no fue sólo la marcha imperceptible del tiempo, la balística de la vida, ni un apoltronamiento urbano de stress y comida chatarra. Será acaso que esta piel curtida y esas rayitas como de jeroglífico junto a los párpados son obra del fantástico cincel de la intemperie. No es un dato menor: en los últimos siete años he pasado cuatro viajando, parado al costado de la ruta, esperando ese auto que me lleve por las rutas de 57 países, bajo el frío de Noruega, que me obligaba a caminar con una bolsa de agua caliente pegada a la cara, o con el viento patagónico que bajaba de los glaciares a estrellarse contra mi cara y tumbaba mi mochila. Supongo que habrá sido eso, el viento, el frío o el calor aplicados a esa cara de nene que perdí en alguna parte de los casi 200.000 km recorridos, durmiendo en faros, conventos o paradas de camiones. Más que los sellos en el pasaporte, son mis gestos los que acusan recibo del camino recorrido y se dejan conjugar por el verbo andar. Y todo para complacer a ese niño que quería dar la vuelta al mundo. En la medida que voy uniendo los puntos hacia atrás y encuentro una coherencia, perdono a las arrugas y me amigo con el tiempo.



Haciendo una arqueología, descubro que las primeras fantasías de viajar por el mundo brotaron como consecuencia de encontrar la vieja correspondencia familiar archivada en los viejos muebles de la infancia, Algunas eran cartas enviadas desde Italia por lejanos parientes transatlánticos. Otras eran postales enviadas desde EE.UU por mis viejos en el año que vivieron en Boston, allá por 1960, cuando el viejo estaba en la marina y lo mandaron en una bizarra maniobra militar. En todos los casos las estampillas de esas cartas me hacían viajar y evocar tierras lejanas. Comencé a coleccionarlas, y tal fue mi primera forma de poseer el mundo.


Con 12 años, ya reconocía los nombres de los países en su lengua autóctona. Me sentía convocado por lejanos castillos franceses y embrujado por nombres extranjeros como Magyar Posta (Correos de Hungría) o Territories Artique et Antartique Francoise. Experimenté la angustia por primera vez al comprender que sin importar cuanto viajara, no podría pisar jamás aquellos países que ya no existían, como el Imperio Otomano o la Ciudad Libre de Danzig (actual Gdansk, en Polonia), pero cuyas estampillas atrapaba para siempre en mi álbum. Pasaron los años, y en los últimos años de secundaria un profesor hippie llamado Ricardo me pasó (por debajo de la mesa, era una escuela católica) las armas teóricas –Hermann Hesse, Emil Cioran y Jack Kerouac-para forjar mi propia revolución, y no esperé mucho para salir a cazar ese mundo que antes sólo contemplaba en esas inmóviles maravilla dentadas que son los sellos postales.


Sé que hoy día ya nadie envía cartas. Ya aceptamos la era del Twitter y del Facebook, máscaras de una carrera por la inmediatez que nos deslumbran y limitan al mismo tiempo. Lo importante no es el mensaje que se envía –tecleado a veces sin meditación previa- sino que 1500 personas lo lean al instante. Yo, en cambio, me atrinchero. Soy de los que aún piensan que la demora puede cobijar algo de bello. Prefiero los mapas de papel al GPS, y la imaginación a esa pornografía geográfica que es el Google Earth. El mundo debe conservar ciertos velos. Disfruto del proceso en igual medida que del resultado, y por eso viajo a dedo. Y Dios nos libre de que un día el arte de la seducción también se simplifique y las chicas señalen su disponibilidad con banderines de colores, como los barcos. Por eso, en este cumpleaños número 34, les agradeceré sus mensajes por correo electrónico, ¡pero subo la apuesta! En homenaje a esas estampillas, que fueron mi primera manera de viajar, los invito, los desafío, a saludarme enviándome una postal desde el punto del mapa donde se encuentren, da lo mismo que sea Buenos Aires, Purmamarca o Tailandia.



                 Pocas cosas me alegran más que recibir postales. (Algunas de las que ya llegaron)

Para los que se animen a situarse del mismo lado de la trinchera que yo y se atrevan a llevar a cabo un pequeño acto de vandalismo contra la sociedad digital, me alegrará llegar en algunos meses a mi casa y encontrarme con su postal, con alguna colorida estampilla. Mi dirección (la nueva) es:

Juan Villarino
Francia 538 Piso 2 Dept 16
Monoblock 3. Esquina Reynoso
(2900) San Nicolás
Pcia de Bs As
Argentina



Además, no he abandonado mi vieja y querida colección. Así que, si limpiando el sótano se encuentran con cartas viejas, o alguna vieja colección huérfana descontinuada, ¡acá tienen alguien que se va a alegrar mucho de conservarla! Como decía Laura en su reciente post, y también nuestra amiga Aniko, prometo seguir resistiendo en la trinchera de la belleza, donde maduran las cosas que llevan su tiempo, como la buena música, los viajes interminables, las postales ¡e incluso las arrugas! Buenos Caminos...

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¡Recuerden! para recibir en su casa nuestros libros “Vagabundeando en el Eje del Mal” o “Un Tango en Tíbet” sólo nos tenés que mandar un mail a acrobatadelcamino@gmail.com El libro espera a todas las almas nómadas que necesitan un empujón para salir a recorrer el mundo con la mochila. Los enviamos por correo a todo el mundo. Más info aquí  ¡Gracias!

viernes, 2 de marzo de 2012

UN VIAJE MAYOR: LA NUEVA PROPUESTA DEL PROYECTO EDUCATIVO NOMADA





A veces las ideas necesitan de un empujón para terminar de saltar de la mente al papel, y como bien dice el refrán, dos cabezas piensan más que una (y en este caso, tres más que dos). Sucedió en Mochima, en medio de una charla en la que planificábamos nuestros próximos pasos. Tal como habíamos experimentado en Sucre, cuando incluimos a una compañera de viaje en una de nuestras charlas, buscábamos la manera de que Ana participara de nuestras presentaciones, y enriqueciera la experiencia. Pensábamos en escuelas, en centros culturales, pero había una idea que me venía rondando en la cabeza desde hacía un tiempo. Ya teníamos experiencias con nenes de todas las edades, con universitarios, con comunidades indígenas y hasta con niños con síndrome de down, pero nunca habíamos trabajado con adultos mayores. ¿Por qué no incluirlos también en nuestro proyecto? La idea de visitar un hogar de ancianos en Cumaná, nuestro próximo destino, empezó a tener forma. Yo quería ir, pero no me imaginaba cómo orientar la charla. A Ana la idea le pareció interesante, y propuso que tratásemos de rescatar esa memoria olvidada, de revalorizar el rol de los ancianos como portadores de una historia viva, de un conocimiento atesorado. Y Juan le dio el toque final: ¿por qué no convertirnos nosotros en oyentes?  ¿Por qué no rescatar sus historias de viajes, complementar nuestra proyección con relatos de otra época, compartir sus recuerdos?

Mientras más hablábamos, más nos entusiasmábamos, y ni bien llegamos a Cumaná nos dimos cita en el hogar de ancianos. Como era de esperarse, el sitio destilaba una tristeza profunda, y me paralicé. Fuimos recibidos por una monja sin entusiasmo, que sin mirar siquiera nuestra carpeta, intentó derrumbar nuestras expectativas aludiendo al estado de salud de los ancianos. Cuando le explicamos que lo nuestro no tiene costo y que sólo necesitábamos de un televisor y un DVD, nos cedió la mañana del jueves, con la condición de que nosotros consiguiéramos el reproductor.

Dos días después nos hicimos presentes con todo. Fuimos recibidos por Manuel, un anciano que mientras ataba unas bolsitas de tela nos contaba de sus épocas de soldador y nos confesaba que la misa le aburre muchísimo, pero que si no va las monjas lo regañan por ateo…


Pronto nos ubicamos en una especie de sala de conferencia, a dónde trajeron a buena parte de los abuelos. En ese momento, me asaltaron las dudas y sentí que no iba a poder encontrar las palabras… Sucede que de tanto ir a las escuelas, uno ya se siente cómodo y las charlas se van dando con fluidez. Esta vez se me ponía en frente un desafío. Sin embargo, y tal como me había pasado cuando nos tocó trabajar con niños especiales, los miedos desaparecieron rápido, y pronto nos encontramos conversando con un grupo de abuelos muy atentos.



Oswaldo no perdía oportunidad de demostrar sus conocimientos de geografía, mientras que Dionisia, al ver las fotos de los shuar, nos contó que en el oriente también se servía la comida en hojas de plátano.

Cuando fue el momento de hablar de sus viajes, vinieron grandes sorpresas. Al principio, nadie se animaba, y fue Dionisia quien quiso compartir su primer viaje a Caracas, en el año 1945. Cuando le pregunté en qué había viajado, me respondió con una gran sonrisa: “en avión!”. Así supimos de la época en que los vuelos desde aquí pasaban por Margarita, y cómo nuestra amiga iba y venía pagada por una familia de dinero, para la que trabajaba. Por aquél entonces los aviones eran a hélice, y conforme pasó el tiempo Dionisia sintió miedo y ya no quiso volar. Entonces Manuel quiso aportar, contando que la primera vez que él había ido a Caracas, la capital era tierra de “monte y culebra”, y que él iba en un bus que arrancaba a manija… Y Juan, un señor cuyos ojos revelaban una picardía infantil, nos sacó una sonrisa cuando nos dijo que él había viajado a la luna, porque su imaginación lo lleva a todas partes. “A Argentina no he ido aún, pero me estoy por ir en estos días, a ver si nos encontramos por ahí!”, y largó la carcajada.

Pasamos una mañana increíble. Antes de irnos tuve que cantar un tango (qué pena). Y toda mi audiencia aplaudió ante mi desafinado “Por una cabeza”. Nos fuimos los tres con una satisfacción que hacía rato no sentía, y prometimos volver para dejarles algunos libros y despedirnos antes de seguir viaje.

Sin embargo, ya casi volviendo tuvimos una idea. Algunos de los abuelos nos habían confesado su amor por la poesía, y muchos recordaban ciertos datos que habían leído en algún libro de historia. Pero el hogar no contaba con una biblioteca. ¿Por qué entonces no armar una pequeña biblioteca para ellos? Nuevamente, las monjas se mostraron reticentes, argumentando que no había espacio para libros, y que además eran sólo un par de abuelos los que estaban en condiciones de leer. Es cierto que ahora son unos pocos, pero los libros no pasan de moda, y quizá mañana lleguen más abuelos que quieran matar el tiempo. 




Así que nos volvimos a empecinar e hicimos una pequeña compra. El hecho de que en las Librerías del Sur se consigan libros subvencionados por el estado a muy bajo costo (pero muy) hace que sea un pecado no tener una biblioteca, aunque sea mínima, en cada hogar de este hermoso país.


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