miércoles, 29 de febrero de 2012

LOS ACRÓBATAS DEL CARIBE Y EL CARNAVAL DE LOS BUDAS PLAYEROS


Quizás la TV tuvo la culpa de que desde niño asociara al Caribe, no sólo con las previsibles arenas blancas adornadas por palmeras oblicuas, sino con los asedios de piratas y ataques a fuertes amurallados. Como en esta vuelta al mundo cada país o escenario alguna vez imaginado va cayendo lentamente presa de la experiencia presente, tuve al fin la oportunidad de trazar el garabato de mi destino también por estas costas. Después del robo de la mitad de nuestro equipaje, Laura y yo nos habíamos refugiado en Bucaramanga, Colombia, donde repusimos lo perdido gracias al apoyo de muchos de nuestros lectores. Otra vez en Venezuela, decidimos trazar un itinerario que nos permitiera, además de explorar la costa caribeña, vender nuestras postales artesanales en las playas. No sabíamos que ese derrotero   nos iba a brindar interesantes perspectivas sobre los venezolanos como sociedad.

Así, con el mismo sentencioso esmero que debieron haber tenido aquellos piratas originales, desplegamos sobre la mesa de madera el mapa de Venezuela. Junto a nosotros estaba Ana, una profesora de bellas artes de La Plata, momentáneamente convertida en artesana para costear su viaje por Sudamérica. Nos habíamos conocido en Montañita, Ecuador. Aunque viajábamos con proyectos distintos, decidimos unir rumbos por el mes que duraría nuestro paso por la región. Entre arepas rellenas con atún, canela y cilantro (cortado este último del mismo jardín) subrayamos los nombres de las playas y pueblos donde previmos nuestros propios ataques corsarios. En lugar de balas de cañón, nuestros desembarcos dispersarían nuestras mejores fotografías enmarcadas, con cuyas ventas a los turistas esperábamos propulsar nuestro “cruce del Caribe”. Venezuela es el primer país donde los costos nos obligan a recurrir con más frecuencia a la venta. De esta manera, armados –no con un cuchillo entre los dientes- pero sin con un speech de venta playero y con la resignación de acampar en todas partes, estos piratas se aprestaban para su embate.



Estábamos en Choroní, ocupando una cabaña de bareque que nos fue prestada por Leander, un industrioso joven de 19 años que tenía allí mismo una pequeña finca de flores. Los alrededores de su casa, encumbrada en lo alto del Parque Nacional Henry Pittier, eran un frondoso paraíso de frutales y  picaflores. Detrás de la casa, reinaba un anfiteatro de paredes verticales de granito con sus cimas completamente forestadas. Hacia abajo: la carretera que serpenteaba junto al río hasta la playa, pasando antes por el colonial caserío del pueblo. 




Si bien vendimos algo en Choroní, nuestro primer encuentro –¿debo decir impacto?- con el ritual playero venezolano fue en Playa Colorada, donde acampamos en el parque de una posada económica. Desde allí descendíamos a la playa cada mañana a vender nuestras postales. Nuestro primer descubrimiento fue que en Venezuela la  gente no acude a la playa a relajarse bajo el sol ni a leer un libro. Más bien, se trata de instalaciones familiares, con papá y mamá, tías, hermanos y primos reunidos sin excepción alrededor de una conservadora repleta de cervezas, ron y whiskey. A primera vista, parecía imposible vender libros o postales de nuestro viaje entre ese un público desbocadamente ensimismado en su propia fiesta.


Un malón de gente había llegado para el carnaval. Al principio nos acercábamos a cada grupo tímidamente, postales y mapa en mano. Tengo que admitir que nuestra primera impresión fue algo trágica. Muchas veces terminábamos hablándole de proyectos culturales, de charlas en escuelas, y de perder el miedo a las culturas distintas a gente ebria que miraba el horizonte con las mandíbulas colgantes y la cerveza en la mano como si esperaran el fin del mundo allí mismo. Tampoco estábamos acostumbrados a ser evaluados por personas que, en muchos casos, nos miraban de reojo sin dejar de beber su   whiskey, estancados en su postura, casi sin pestañear. En una variable que será inmortal, un hombre dejó de leer la sección de farándula del diario, nos desaprobó con un refunfuño de perro guardián, y luego, con un imperativo que combinaba estupidez y asombro instigó a su familia a leer el siguiente titular del periódico: “Desfile de canes roba la escena del Carnaval de Río". Lástima que su mujer no dejó de enseñarle el "perreo" a su nena de dos años para acatar la orden...

Con el paso de los días, sin embargo, fuimos encontrando cantidad de gente amistosa y cordial que hoy son el botín mejor atesorado de estos piratas en sus saqueos venezolanos. Cierta vez dos hombres, que se entregaban con monástico abandono empinaban hasta la última botellita de cerveza Polar Light, nos invitaron a sentarnos -y beber- con ellos. Cada vez que vaciaba una botella, me extendían otra sin preguntar y decían: “Una para el estribo”. Ellos se autodefinieron: “Acá la cultura es esto: trabajar para pasarla bien”. Según Ronald y William el venezolano promedio ahorra para poder darse el gusto de  obtener la mayor densidad posible de placer en el menor lapso de tiempo durante sus vacaciones. Le dije que se notaba en la cantidad y la calidad del whiskey y del ron que circulaba, y que a mi entender eso explicaba la liquidez y el consumismo que abundan en Venezuela. Nuestros nuevos amigos, lo reconocían entre risas: “Es que a nosotros no nos molesta. Esto es lo único que uno se lleva en la vida” Y frotaba su barriga como si esperara que saliera un genio. Eran dos Budas panzones, serena y triunfalmente postrados ante la luz menguante del atardecer caribeño.


Los otros vendedores ya nos conocían: a los niños que vendían huevos duros les regalamos algunas postales, ya que primero miraban desde lejos sin acercarse. Los vendedores de ostras y camarones en escabeche, que garantizan las propiedades afrodisíacas de sus frascos anunciándolos como “rompecolchones” o “salvamatrimonios” creo que nunca entendieron lo que hacíamos, y sólo el último día nos preguntaron si hacíamos tatuajes en henna, acaso confundidos por nuestra carpeta. Cada vez encontrábamos más gente  que extendía un vaso con ron y nos daban la bienvenida a Venezuela a los gritos. “¿En qué te puedo ayudar hermano? ¡Cuéntanos!” Así nos recibió una familia de Puerto Ordaz que luego nos dio su dirección para cuando visitemos aquella localidad. Comenzamos lentamente a enamorarnos de esa efusividad.



Llegaron los días más concurridos del carnaval. La suerte quiso que conociéramos la dueño de una posada llamada “Casablanca” con mesas de pool, piscina y todos los lujos, que comprendió nuestro proyecto y nos permitió quedarnos sin costo en esa habitación, que existe en todos los hoteles, donde se depositan los televisores descompuestos y colchones agujereados. Allí conocimos a Juan Bautista, un pintor de larga barba que también tenía alojamiento mientras pintaba murales decorativos en la posada. Imaginé que pintaría lo más lento posible para prolongar su estadía en el paraíso. Pero su filosofía era más interesante: “Hay que estar preparado para lo malo, porque lo bueno no necesita preparación. Por eso, hay que desear NADA. Lo mejor, es NADA. Yo donde caigo estoy contento. Porque todo es más que lo que espero”  Nos había traído una olla enorme repleta de tallarines con pollo, y agregó: “lo lindo es que están aquí, y que tienen delante esa olla"




El siguiente hito en esta ruta de los piratas era el Parque Nacional Mochima, conformado por una serie de islas áridas que esconden en sus pequeñas bahías playas paradisíacas. Llegamos al puerto de Mochima en un camión que llevaba cerveza a la Isla Margarita. A la playa Las Maritas uno accede únicamente en lancha.(Consejo, nunca paguen el viaje de ida y vuelta de antemano porque, al menos a nosotros, nunca nos pasaron a buscar) Mientras que los turistas regresan al puerto, junto con los empleados de los comedores, en la última lancha de la tarde, nosotros instalamos nuestra carpa, Ana su hamaca, y los tres montamos una cocina de campaña. Nos habíamos abastecido de gran cantidad de verduras, lentejas, arroz y fruta y por supuesto agua dulce, inexistente en la isla. Por la mañana nos emplazábamos a la sombra de una palmera, exhibiendo el mapa de la vuelta al mundo, nuestras postales, y las artesanías de Ana sobre el parche. Y así la gente se iba acercando. Cada venta era sellada con obsequios de mandarinas, vasos de ron, ostras, refrescos, y –no es deja vu sinó justicia a la verdad- más vasos de ron. Cada día las lanchas con turistas iban y venían, y por la tardecita nos quedábamos con toda la playa para nosotros solos –y constelaciones de chapas de cerveza- El paraíso rebobinado cíclicamente. A esa hora, ya no se escuchaba una nota de reggaetón, éramos emperadores del silencio, podíamos nadar desnudos o correr como locos gritando como Tarzán entre las palmeras.





Un día llegaron como por arte de magia dos yates privados y pusieron al máximo los parlantes. No era nuestra música favorita, pero la escena que se formó quedará en mi retina para siempre, como la aproximación más exacta al sueño bolivariano. ¿Por qué, si hay un American Dream, no puede haber un sueño bolivariano? La gente, que ya estaba con el agua por la cintura y con sus cervezas y vasos térmicos repletos de ron Cacique, comenzó a menearse. Las parejas inmediatamente se buscaron y trasladaron su seducción al mismísimo elemento que acunó el primer hálito de vida. Algunos agitaban sus brazos por sobre sus cabezas, cantaban, y los que estaban en sus reposeras en la playa les respondían. Parecía la coreografía final de una película de Bollywood, o la imagen de una fiesta caricaturizada, químicamente pura,  como en las publicidades de Quilmes. El sueño bolivariano, no es de una casa modelo, una hipoteca paga, y una familia rubiecita y bien peinada, sino de un jolgorio con intensidad de cataclismo, unificado por el ingrediente etílico. Eso es lo fino. Despojado de sus lejanos confines políticos –demasiado implícitos y abstractos para la inmediatez que adoran nuestros amigos venezolanos- el sueño bolivariano se hace carne en una versión algo pomposa pero admirable del superhombre nietzcheano, con inclinación visceral por las ráfagas de abundancia en el aquí y ahora sin proyección, por los placeres sencillos de la vida, pero con la nobleza para compartirlos. Este superhombre metió a Dios en la conservadora, y no le para bola al tiempo.



Y lo último es fundamental, nuestros Budas playeros y pipones, lo comparten todo, porque es una cuestión cuantitativa, como los borbotones del petróleo de la faja del Orinoco, como los granitos de harina de maíz que se aglutinan y forman la arepa. Cuantas más personas participen, cuando la ronda sea más grande, mayor es el arrobamiento, la experiencia cumbre. Y así llegó el día del cumpleaños de Laura. La sincronía del cosmos proporcionó una fiesta. No teníamos torta de chocolate, pero una familia que el día anterior nos había prometido una sorpresa llegó en lancha y desembarcó con una bolsa de churrascos condimentados y chorizos marinados en chimichurri. “Tomen, si son argentinos seguro les gusta la carne” – nos quedamos boquiabiertos como lo habrán estado los indígenas de estas mismas tierras cuando llegó Colón (en la vecina Península de Paria) en su tercer viaje. Por más Parque Nacional que fuera, ¡había chori!, y la circunstancia ameritaba salir a los machetazos rebanando cactus secos y vociferando el himno nacional. Pronto hubo braza, y a seguido, gloria. Los benefactores no quisieron probar bocado. Se fueron como llegaron, en otra lancha, saludando y diciendo no se qué sobre la Revolución, Chavez y Cristina, y nosotros les respondíamos, desde la costa, con saludos, reverencias y eructitos.




Nos dimos cuenta que podríamos haber vivido en esa isla toda la vida, vendiendo nuestras chucherías, y trocándolas por los regalos traídos desde tierra firme por los visitantes. O, lo mismo, continuar toda la vida vagando de isla en playa, de playa en pueblo colonial, con esa misma actitud corsaria, sin pagar tributo al sedentarismo, y con plena independencia económica. Podríamos hacer como Cósimo, el personaje de la novela El Barón Rampante, de Italo Calvino, quién subió a los árboles a los 12 años, y no bajó nunca más. Los árboles, las carreteras, pueden ser una malla tan sutil  como para enamorarnos, pero poderosa en suficiencia para acomodar allí nuestra vida. En todo caso, son visiones de eternidad que abarcan parpadeos, mientras me balanceo en la hamaca y un pájaro carpintero y dos colibríes parecen, en suspensión, aprobarme con su vida etérea…

martes, 28 de febrero de 2012

EL PROYECTO EDUCATIVO LLEGA AL CARIBE: EVENTO EN PLAYA COLORADA



Después de la pausa que significó el carnaval (especialmente en la franja costera donde muchos de los niños ayudan a sus familias en sus puestos de venta) pudimos retomar el Proyecto Educativo Nómada y regresar a las aulas. La institución elegida fue la Escuela Maximiliano Córdova, de la localidad de Playa Colorada. Para los chicos no fuimos como intocables académicos descendidos de los cielos. Por el contrario, nosotros habíamos trabajado durante todo el carnaval en las arenas de Playa Colorada vendiendo nuestras postales artesanales para continuar viaje, y habíamos conversado con algunos niños que vendían huevo duro o que acompañaban a sus madres que vendían pan de guayaba. ¡Habíamos sido compañeros de trabajo!


Como dejamos el flamante proyector portátil que compramos con la ayuda de todos nuestros lectores y cómplices (entérate cómo colaborar con el proyecto aquí) temporariamente en Colombia, recurrimos al viejo y querido DVD, y en la sala de computación de la escuela desarrollamos la charla para los cuartos, quinto y sextos grados.




Había un viejo planisferio que aún anunciaba, interminablemente, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en lugar de la Federación Rusa. Una Checoslovaquia se resistía también a des-abrazarse, y se mantenía intacta la cortina de hierro. Viejo, pero efectivo, el globo terráqueo nos sirvió para ir bajando a tierra las historias y fotos. Un niño preguntó por qué en la Antártida no se congelaba el mar si hacía tanto frío. Otro se arriesgó con la siguiente fórmula: ¿Qué satisfacción encuentran en su viaje? La verdad que las preguntas de los niños nos sorprendieron, e iban mucho más allá del clásico ¿y estuvieron en China?




Seguimos recorriendo Venezuela con el proyecto educativo. Tenemos en mente un nuevo sub-proyecto del Proyecto Educativo Nómada. Les dejamos la semillita de la curiosidad. Esperamos pronto poder darle forma contarles la idea completa. ¡Gracias a todos los que nos apoyan en esta aventura!

jueves, 9 de febrero de 2012

POSTALES BOLIVARIANAS: MINI-RETRATOS DE UNA REVOLUCIÓN


 

¿Listos para caminar por Caracas con los Acróbatas del Camino? Desde que volvimos a entrar en Venezuela, hemos pensado mucho y escrito aún más –en nuestros diarios- sobre las impresiones y sensaciones que nos produce la realidad venezolana. Pero lo que sigue no es un análisis monográfico, sino más bien un índice de temáticas que trataremos más a fondo en el próximo libro. Desde el robo estamos viajando sin computadora, y por ende compartiremos con Uds –momentáneamente- escritos más escuetos. Los comentarios que siguen no pretenden juzgar el proceso bolivariano, sino más bien enumerar algunos aspectos que nos llaman la atención.



Es imposible recorrer Caracas sin confrontarse a cada metro con la iconografía del régimen chavista y la Revolución Bolivariana. La faceta estética de este momento político no deja de cautivarme. En primer lugar, sorprende la constante pose de Bolívar en cada mural, en cada grafitti. La profusa representación pictórica del fundador de la Gran Colombia, de aquel genial soñador de una Patria Grande, me inspira cierta sospecha. No por Bolívar en sí, a quien admiro, sino por su espontánea resurrección.  Los venezolanos tienen una materia exclusiva en la escuela para estudiar la personalidad, fisonomía y pensamientos de Bolívar. ¿Sólo un ejemplo más del culto a la persona y devoción por el paternalismo de la idiosincrasia latina? Sean Ustedes los jueces. En todo caso, es preocupante que sea necesario tirar el ancla tan lejos, 200 años atrás para encontrar un momento de pureza, un personaje de cuya probidad y honradez nadie pueda tener dudas. Una imagen detrás de la cual parapetarse con fuerza. Por ello, algunos aquí dicen que su nombre ha sido usurpado, manoseado, para forjar la República Bolivariana de Venezuela. Otros, en cambio, creen que el régimen encarna verdaderamente la ideología del prócer. Siempre descreí de los próceres, pero al margen de las intenciones legitimadoras que esconden sus retratos, es rescatable el intento de darle a la gente una brújula que corrija la notable afiliación popular con el American Way of Life. Entre los murales que más me han gustado están aquellos que combinan a Bolívar con indígenas pemones, o estallan en policromáticas representaciones de colibríes, guacamayos y otros íconos tropicales que definen la inserción de Venezuela en el continente latinoamericano.







Otro párrafo merecerá seguramente la omnipresencia de Chávez en afiches, carteles y murales. La última vez que vi tantos autorretratos fue en Medio Oriente, donde no hay negocio que no ostente una foto del presidente de turno. Los grafitis son todos pagos por el gobierno, y casi no se observa arte callejero independiente. Más allá de lo que uno opine de su gobierno, es bien clara la intención de volverse parte del paisaje, de hacerse necesario, “en todos los segundos, en todas las visiones”, de estar en la pupila y la memoria, y controlar como una pieza de ajedrez que realiza su jugada hacia dentro. Como en “1984” de George Orwell, el tipo aparece por televisión dando discursos de hasta nueve horas. Hay gente que encuentra sumamente instructivas sus consejos para ducharse sin derrochar agua, y otros se emocionan cuando recuerda su infancia junto a su abuelita. El programa de televisión se denomina “Aló Presidente”. El elemento populista es innegable, pero también es un llamado de atención a la fría distancia tecnocrática que los gobiernos anteriores mantuvieron con su pueblo. Cabe preguntarse si la cercanía con el pueblo es sinónimo de eficiencia, y puede que algunos prefieran el modelo europeo, donde los políticos desempeñan sus funciones con etiqueta sin arengar masas ni arremangarse la camisa. En todo caso, es pintoresco que el país de las telenovelas haya también encontrado una manera televisiva de expresar su versión de la democracia.




La obsesiva repetición de los lemas y rótulos, como “Que siga la revolución” o “Hecho en Socialismo” también crean una atmósfera de adoctrinamiento ubicuo. ¿Qué tan socialista es la idiosincracia del venezolano promedio que es necesario recordarle todo el tiempo, como un mal alumno, que debe vivir en revolución? Ese es, quizás, el tema más fascinante de analizar. Hasta qué punto las prácticas sociales reflejan una intención socialista, aquí en Venezuela. Al margen de lo que nos gustaría ver, de lo folclórico de los lemas de integración latinoamericanas, hay una realidad: la revolución bolivariana es una semilla plantada en el país del petróleo, del béisbol y de las Miss Universo, del fetiche de vivir como en Miami y de un materialismo e individualismo que sorprendería a quienes tienen una imagen de Venezuela germinada dentro del enamoramiento a priori que sólo puede conferir la distancia. Beneficiarse del socialismo y creer en él –o a secas comprenderlo- son dos cosas distintas. Quizás el gobierno chavista sea el primero en reconocer la torpeza de su pueblo para el socialismo. Desde este punto de vista, podría decirse que los grafitis son una muleta, un tutorial hacia un cambio de ética necesario, una revolución en busca de su pueblo. Otra lectura, sería que el gobierno simplemente rinde cuentas de sus obras a los ciudadanos. Y, quizás, se trate de ambos fenómenos.

 



Caminando por la ciudad, uno va encontrando puntos en los que la Revolución Bolivariana se traduce en resultados concretos. Algunos son dignos de imitar. Desde que ingresé al país entendí que debería aprender a perdonar la estética militaroide del régimen y sus políticas de control social para reconocer algunos aciertos. Me refiero, en primer lugar, a la nacionalización de CANTV, la empresa de telecomunicaciones. Con una tarjeta telefónica de 5 Bolívares se puede hablar 20 minutos a un teléfono fijo, y todos los teléfonos funcionan correctamente.


Pasando al rubro alimenticio, algo elogiable es el surgimiento de líneas de productos económicos, identificados con el ícono de “Hecho en Socialismo”, producido por empresas gestionadas por el gobierno. Algunas de ellas han sido expropiadas. Un caso paradigmático son los cítricos y lácteos “Los Andes”. Históricamente Venezuela ha importado absolutamente todo. Confiándose en las divisas del petróleo, nunca se desarrollaron ni la industria ni la agricultura. En consecuencia, la seguridad alimentaria del país sigue aún hoy comprometida y los alimentos son caros. Algunas medidas del gobierno tienden a la revitalización de esta agricultura moribunda, y a la venta subsidiada en abastos del estado llamados Mercal.




Aquí, junto a un local de la cadena de “areperías” estatales. En Venezuela, como en Argentina, sentarse a comer a un restaurante es un lujo. Por eso, una línea de comedores estatales no es mala idea, para poder acceder a un menú nutritivo, comida de olla, lejos del choripán al paso o el pancho. Ojalá algún día los argentinos entremos en esa etapa “after choripan”… La otra foto es del “Café Venezuela”, donde se vende café “hecho en socialismo”. La leyenda en el salón lo dice: “Los productos que se ofrecen en este espacio provienen del esfuerzo de hombres y mujeres que se esfuerzan por construir la patria socialista”.





Y aquí el gran artífice y a la vez culpable de todo: el petróleo. Su descubrimiento, por azar en una hacienda cafetera en 1870 fue realizado por un médico que transitaba los pueblos del Estado Táchira a lomo de mula. Pronto la Royal Shell y la Standard Oil se disputaban las concesiones petroleras, y cuando el General Castro anuló los contratos en 1900, estas mismas compañías financiaban golpes militares. Hoy, y desde antes de Chávez, el petróleo en Venezuela vale más barato que el agua. La foto lo prueba: 38 litros = 3 Bolívares, que son 1,50 Pesos Argentinos. Una frase de la era bolivariana es “El Petróleo es de todos”. De su exportación depende el pan de cada día de los venezolanos y el presupuesto nacional. Pero también es culpable de la falta de producción interna, de la importación de casi todo, y hasta explica por qué Venezuela es el único país venezolano donde el béisbol es el deporte nacional… 




Si una medida me parece realmente acertada es la producción subsidiada de libros. En las “Librerías del Sur”, se pueden conseguir libros por el equivalente a un peso argentino. Poesías completas de Alfonsina Storni o una compilación de poetas rumanos. El espectro es amplio y si bien el catálogo está altamente politizado, el tamiz es lo suficientemente permisivo para admitir buena parte de la literatura universal. No pudimos dejar de comprar algunos libros que sólo Dios sabe cómo cargaremos… Lo mismo sucede con los museos y los parques nacionales, gratuitos en su totalidad.






Uniformes y más uniformes. Caracas es un desfile constante de militares. Guardias nacionales, guardias patrimoniales, milicias bolivarianas, uno pronto aprende a identificar sus divisas y colores. De hecho, me sorprende cómo el régimen goza de simpatía internacional entre gente joven que, en otros países, se declara en contra de los gobiernos militares. Es verdad que Chávez subió a las urnas democráticamente, pero muchas de sus medidas tienden a la militarización de la sociedad civil, como la reciente creación de las milicias bolivarianas. Este cuerpo de reserva incorpora a los beneficiarios de los planes sociales, adultos mayores (foto), etc. (Peligroso! muy peligroso! No olvidar que la militarización de civiles fue un capítulo inaugurado por Mussolini y Hitler)   La toma de decisiones también es estilo castrense, y no se produce por consenso sino –muchas veces- por súbitos pataleos, decretos e iluminaciones mesiánicas, que a veces descienden sin debate previo a través de la cadena de mando como una cascada. 

 
La semana pasada, de hecho, se conmemoró con desfiles militares el intento de golpe de estado de 1992, en el que Chávez lanzó un fracasado zarpazo al poder. Celebrar un golpe militar es una curiosa manera de afianzar la democracia. Pero claro, el tipo guiña un ojo, se hace el simpático, y en el mejor tono de culebrón afirma que eso no fue un golpe militar sino “un arrebato de amor por la Patria”. Las pancartas intentan reescribir ese episodio asociándolo dudosamente a la esperanza y al amor. Pero en los desfiles no marchan enamorados, sino que el cielo truena con cazabombarderos Sukoi de fabricación rusa, las calles de tanques de guerra y empleados públicos a quienes sus jefes obligan a marchar con remeras rojas… Como sea, en Venezuela, el control de la información, la guerra a los medios opositores, la corrupción y el tácito intercambio de votos por “misiones” (versión local de los subsidios) hacia las clases más bajas, hacen que muchos venezolanos piensen que están ante una dictadura. La gente mira muy bien alrededor antes de expresar su opinión política. Tampoco, claro está, hay propuestas firmes de una oposición constructiva. Dede fuera, hablar tanto a favor como en contra es fácil. Y desde dentro, también es tentador alabar el romanticismo del régimen, sabiendo que uno tiene el pasaporte para irse, o renegar desbordadamente sin haber vivido este cambio...




Ley de precios justos: una medida del gobierno para vigilar a los privados. La idea es buena, sólo que nunca se sabe cuando se usa como instrumento político contra comercios de opositores y cuando se aplica con imparcialidad.




Cerramos este post con una foto de “Tierra de Nadie”, como le dicen al campus de la Universidad Central de Venezuela. Lo cierto es que al revés del nombre, todos hacen uso de este espacio público, donde no hay ninguna clase de vigilancia, y los grupos de estudiantes fuman hierba sobre la hierba, hacen malabares. La universidad no sólo es pública y gratuita, sino que el comedor dispensa almuerzos gratuitos para todos los que muestren un carnet.

Seguimos recorriendo Venezuela... ¡Gracias por acompañarnos!


sábado, 4 de febrero de 2012

PROYECCIÓN FOTOGRÁFICA EN EL ATENEO POPULAR DE CARACAS


Había pasado un tiempo desde la última vez que nos habíamos presentado con nuestro Proyecto Educativo Nómada. Por eso, ni bien llegamos a Caracas, decidimos retomar nuestro trabajo cuanto antes y ofrecer una proyección fotográfica abierta al público. Y para ello, nos pareció que el mejor sitio era el Ateneo Popular de Caracas, un centro cultural autogestionado que también funciona como hostal (el único de la ciudad). Ni bien propusimos la actividad las puertas quedaron abiertas para estos viajeros, y así fue como organizamos todo para el sábado 04.

Era la primera charla que íbamos a dar sin proyector (el nuevo lo dejamos en Colombia por razones de seguridad) y volver al ruedo nos daba un poco de nervios, y ansiedad a la vez. Además, en esta oportunidad tendríamos la fortuna de tener una suerte de auditorio, con telón y todo, lo que agregaba formalismo a la cuestión. A diferencia de los anteriores, nos encontramos con un público viajero, en su mayoría, por lo que la charla derivó en temas realmente interesantes sobre la vida de un viajero. El temor a dejarlo todo, al “hueco” que queda en el curriculum cuando uno se va de viaje (como si decir “estuve viajando por el mundo los últimos 2 años” arruinara cualquier carrera u hoja de vida) y las transformaciones ideológicas que se van dando en uno con el correr de los kilómetros fueron algunos de los temas de conversación luego de la muestra. La ronda comenzó siendo una audiencia y terminó pareciéndose a algo así como una reunión de “Viajeros Anónimos” en donde todos hicimos nuestra sesión de autoayuda, concluyendo que a pesar de los momentos difíciles viajar sigue siendo lo más lindo del mundo ;) y la mejor escuela en la que uno puede inscribirse…


jueves, 2 de febrero de 2012

PROYECCIÓN FOTOGRÁFICA EN EL ATENEO POPULAR DE CARACAS

Hola a todos!

Este sábado 4 de febrero a las 6 pm estaremos en el Ateneo Popular de Caracas (Calle Vargas. Entre Las Ciencias y El Estadium. Los Chaguaramos) proyectando fotos de nuestra aventura por Europa, Medio Oriente (incluyendo Irak, Iran y Afganistán), Tibet, India, Latinoamérica  y Antártida!!


El evento es totalmente gratuito, como parte del Proyecto Educativo Nómada.  Estaremos además presentando el libro "Vagabundeando en el Eje del Mal" sobre el viaje en Medio Oriente!


Esperamos a todos los espíritus viajeros de Caracas!


Buenos Caminos!
Juan y Laura
www.acrtoatadelcamino.com