lunes, 30 de julio de 2012

ANÉCDOTAS DE UN VAGABUNDO OLÍMPICO



Aunque no me permitieron llevar la antorcha, estos Juegos Olímpicos de Londres 2012 me traen recuerdos. Voy a ser sincero. De chico aborrecía los deportes. Me parecía una tortura innecesaria que en las horas de gimnasia nos obligaran a todos por igual a aprender el reglamento de hándbol  o a  trotar alrededor del patio.  Para los que éramos de madera, aquellos torneos supuestamente dirigidos a fomentar el compañerismo, nos humillaba, nos exponía en bandeja para la risa colectiva. Sí señores, de adolescente lo mío andaba más cerca de la geografía, de un libro de Nietzsche y un casette TDK regrabado con los Redonditos de Ricota que de un balón de fútbol. Si insistían en que jugara, me unía solo a regañadientes, y  me atrincheraba –literalmente-en defensa con mis borceguís y molía a patadas al quien merodeara el área grande, ni que hablar la chica.

Más allá de esa falta de entusiasmo epidérmico ante cualquier instancia de competencia donde se insista en declarar a una persona superior a otra por la manera en que corre detrás de una pelota, había una cosa que sí me fascinaba: las ceremonias de apertura de los Juegos Olímpicos. Tal vez por ser un asunto que tiene que ver más con la geografía que con el deporte, o por ser un equilibrio justo entre ambas cosas, cada cuatro años me agendo bien el evento. Este año, con los 30mos Juegos Olímpicos de Londres, no fue la excepción. Y mientras observaba la sucesión de emblemas británicos que desfilaban en el Olympic Park, desde James Bond hasta el Mini Cooper, empecé a recordar algunas anécdotas casi-deportivas de esta vuelta al mundo a dedo. Alguna vez comenté algunas al aire en una entrevista propuesta por la Radio de ESPN sobre el tema deportes. Aquí las comparto con los lectores de mi blog.

CRÍQUET: ¡LOS INGLESES TODAVÍA ESPERAN EL VUELTO!





Como saben, mi viaje empezó desde Irlanda del Norte, parte del Reino Unido, y Londres fue una de mis primeras paradas. Pero fue en el sur de Inglaterra donde tuve mi primer encontronazo con el deporte inglés por excelencia: el críquet. Mi anfitrión, Duncan, me había invitado a presenciar lo más cercano a  un duelo que uno puede encontrar en Inglaterra: un partido de críquet entre los equipos de dos pubs. La cosa era seria, pero por esa discreta eficiencia que caracteriza a los ingleses –y que a veces bordea el aburrimiento- no se notaba. Lo que quiero decir es que yo los veía pelotear a los tipos y se me ocurrió preguntar cuando empezaba el partido. Entonces Duncan, mirando su cronómetro, me dijo que el partido se había iniciado hacía media hora.  Había anotaciones, goles, tantos, ni idea como llamarlos, pero ningún gentlemen vitoreaba, ni se sobrepasaba en sus modales. Y entonces sucedió un diálogo que siempre recordaré. Le djie a Duncan:

-         * Ustedes los ingleses hicieron con el críquet uno de esos intercambios típicamente británicos: se llevaron las materias primas de India, Pakistán, del Caribe, y a cambio les dejaron el críquet.

Sin inmutarse Duncan replicó:

-            *  Oh yeah! And we are still waiting for the change! / Y todavía estamos esprando el vuelto.

FÚTBOL: EL PROBLEMA DE SER ARGENTINO Y NO JUGARLO...



Uno no puede estar exento del fútbol. Y menos siendo argentino. Yo vagabundee largamente en busca de esa tierra donde no conocieran a Maradona. La encontré en algunos valles aislados de Afganistán, pero en el resto del planeta apelé y me abusé de esas password que son el Diego y Messi, para caerle simpático a guardias de frontera que entonces me sellaban más rápidamente el pasaporte. Pero más allá de eso, no comulgué jamás con club de fútbol alguno, ni sentí curiosidad por visitar ni la Bombonera, ni el Camp Nou ni el Maracaná. Yo no tuve “encuentros con el fútbol” a lo largo de mi viaje. Tuve tropezones:


*  En Eslovaquia (foto) acampé en la cancha de fútbol de un pueblito. No era ni la primera ni la última vez, sino un recurso habitual.  


*  En alguna carretera inglesa me frenó el DT retirado del seleccionado de fútbol de las Islas Malvinas. Me contó que aquello era una utopía, porque había más ovejas que personas en la isla. Y la única vez que tenían visto un jugador decente, un pibe que había entrenado en las inferiores de River, no lo dejaron entrar por... ¡argentino!

* En Foxford, el pueblo irlandés en donde nació el Almirante Brown, me alojé en casa del director técnico del equipo local, que disputaba.. ¡la tercera división! Y me tocó asistir a un partido, junto con su asistente, un caniche del que nunca se despegaba, y que ladraba si el festejo del gol se volvía demasiado efusivo… Cuando salí del pueblo me levantó en la ruta el arquero del equipo…

* En un bar de Dresden vi Argentina vs. Alemania empatar 2-2 en un amistoso previo al mundial del 2006, junto a Veit Kuehne, fundador de Hospitality Club.  


* Saliendo a dedo de  Cairo, me topé con un embotellamiento de tránsito causado por la llegada de la selección de Costa de Marfil, que jugaría días más tarde la final de la Copa África con el local Egipto. El mundial me lo perdí casi por completo, ya que en las aldeas de los Himalayas Indios donde me encontraba en 2006 no había señal de cable.


En 2006, también, jugué un partido de fútbol 5 en Irán. No era un hábil artillero, como pensaron quienes me incitaron maliciosamente al ruedo. Disfruté viendo su gradual decepción. ¡Jódanse por insistir! Con esa educación tan típica de los iraníes, terminaron por invitarme cortésmente al arco. Como ven, hay anécdotas que no entraron en mi libro, Vagabundeando en el Eje del Mal. Ninguno de mis co-equipers me invitó a su casa, y terminé durmiendo en la sala de espera de un hospital.

Crucé el Tíbet con un rosarino tan fanático de la camiseta leprosa, que le sacaba fotos colgada de la soga en los monasterios donde dormíamos, para luego mostrarle a sus rivales de Rosario Central como prueba de que incluso los monjes tibetanos eran de Newell’s.

Recientemente, en 2010, me levantó en las rutas bolivianas el Chapaco Salinas, jugador de la selección boliviana que había compartido campo con Maradona. Ahora, como asesor del Bolívar FC, andaba de pueblo en pueblo reclutando nuevos talentos, para llevárselos a entrenar a La Paz. Recordé a Francella en Rudo y Cursi…

ATLETISMO



Yo no había llegado a Helsinki a ver una maratón, para nada. Más bien, había reptado hasta ella, como sobreviviente de los altos precios escandinavos, reciclando las latas de cerveza que encontraba en las banquinas y alimentándome gracias a la simpatía, como un perro que sabe cuando mover la cola. Una vez en la ciudad, daba vueltas por la elegante Esplanadi vendiendo mis libritos de poesía. Al principio me había apechugado un tanto, sentía que desentonaba con la bonanza circundante. Pero luego recordé unos versos de Neruda que había leído en una comunidad hippie donde se cosechaban fresas mientras escuchaban música clásica –¡ay, lo sofisticado y lo elemental... sabroso eclipse!- La cuestión es que el verso decía: “Hay que salir a la calle con un cuchillo verde dando gritos hasta morir de frío, y darle muerte a una monja con golpes de oreja”. El efecto vigorizante de tal absurdo había sido tan rotundo como tomarse 35 Red Bulls. Y entonces vi pasar a la maratón, desbocada, con sus atletas esperanzados balanceando sus cabezas como zanahorias, camino vaya uno a saber dónde. Los observé inmóvil desde mi zona de venta de libros, punto intermedio de un fuga sin bandera a cuadros, y reflexioné sobre la esperanza. Todo el que considera una meta es, en definitiva, optimista.


Pero atención, que en lo que es carreras nunca me achiqué. Por el contrario, debe ser mi única vocación deportiva frustrada. De piernas largas, pero flaco, más bien ultra-liviano como un avestruz, un par de veces me quisieron reclutar para entrenar en velocidad. Nunca acepté. Pero en Guyana Francesa, en 2012,  sucedió algo que me obligó a ponerme a prueba. Un muchacho negro algo drogado se había aproximado a la mesa de una heladería donde estábamos con Laura y una pareja norteamericana. Súbitamente, había arrebatado la cámara de los chicos, y había salido corriendo a toda velocidad. Cuando Lau pegó el grito, salí como galgo junto a Beija, el americano. Temí que los nervios me impidieran acelerar, luego temí que no pudiera hacer mucho frente a sus genes africanos. Pero me equivoqué, pronto Beija y yo logramos acorralarlo contra la persiana de un comercio cerrado, reducirlo y recuperar su cámara.

EL SUBESTIMADO VOLEY DE LA SELVA



Todos conocen el vóley de salón, o esa versión más chic que es el beach vóley. ¿Pero qué pasa con el tan subestimado Voley de la Selva? Aquí vemos a nuestros amigos de la comunidad Tsunki, de la etnia Shuar, en el Amazonas ecuatoriano, practicando su deporte favorito. Algunos recordarán esta comunidad porque fue aquí donde donamos la computadora con el Proyecto Educativo Nómada. A pesar de que la sociedad imagina que los habitantes de la selva están subnutridos, demostraron un talento para el voley sin igual. Las actividades propias de la supervivencia en la selva los mantiene tonificados. En pocas palabras, cuando entré a la cancha no la ví ni dibujada.

BÁSQUETBOL: CONOCIENDO A "LAS GIGANTES"




Nunca jugué al básquet. No me lo pregunten, por favor.  Me atormentaron durante toda mi adolescencia como si ese hubiera sido mi destino. Si hubiera sido por los demás, hubiera sido basquetbolista y abogado, en ese orden.  Pero en Colombia, en 2011, nos tocó llegar de casualidad a un pueblo donde se disputaba un hexagonal sudamericano de básquet femenino. Los de seguridad, al contarles que veníamos desde Argentina a dedo, nos dejaron entrar gratis para alentar a nuestro equipo, que jugaba contra Colombia. Las chicas colombianas, pobres, no la veían ni cuadrada, y a las nuestras no les costó, a pesar de los silbidos, liquidar el encuentro. Y claro, éramos los únicos que festejábamos cada tanto, por lo que después del encuentro, las chicas vinieron a la tribuna y aprovechamos para sentarnos junto a ellas. No tan populares como las leonas, pero igual de aguerridas, "Las Gigantes" nos contaron del orgullo que sentían de llevar la celeste y blanca por todo el mundo. Aún hoy estamos en contacto con ellas por Facebook.

TENIS: EL DÍA QUE BORIS BECKER LLEGÓ A LAPRIDA




El sujeto de la foto es José Dascón, y es uno de mis héroes. No tiene ni capa ni super poderes, pero sí una bicicleta llamada Zaratustra con la que ha pedaleado buena parte de Argentina y un talento para generar situaciones absurdas. Cuando una persona logra que su vida cotidiana se vaya bordando con eventos absurdos, y lo hace sin estar en pose, merece mi respeto. Y José, que trabaja en una biblioteca popular y otros proyectos sociales, logró un día el patrocinio de una fundación europea. La fundación comunicó que enviaría a su “padrino”  para supervisar algunos asuntos. Lo que no se imaginó José era que el padrino era nada más ni nada menos que el tenista Boris Becker. Y bueno, él lo pasó a buscar por el árido aeropuerto, pero no en su limusina, ¡sino en Citroen! Según me contaron en Laprida, el ídolo deportivo era un mala onda que se ponía en estrella y se negaba a firmar autógrafos a los niños y evitaba las fotografías con modales algo maricas.

NATACIÓN: COMO AHOGARSE EN EL MAR DEL NORTE





He estado en situaciones en las que desee tener branquias. Cierta vez, junto a mi amigo Stephen y su hermano, intentamos caminar hasta las islas de Frisia Occidental, sobre el Mar del Norte, siguiendo la línea de la baja marea. No hubo forma. Stephen se hundía más y más con su GPS, hasta que en un momento apenas divisé su cabeza sobre la línea de flotación, como un monstruo legendario.  Mucho antes, en 2003,había caminado hasta una isla en el oeste de Irlanda, en el condado de Donegal, donde había una iglesia del siglo VI en ruinas. Al llegar, con las botas atadas por los cordones de la mochila, me encontré un cartel que decía: “Beware of the bulls / Cuidado con los toros”.  La iglesia en ruinas no estaba sola, y yo tampoco. Tras ese intento de emular a Jesucristo en su caminata acuática, me prometí evitar las islas habitas por toros salvajes.


SURTIDO: MARTILLOS Y GUANTES

Una vez en Suiza me llevó unos kilómetros un lanzador de martillo, un verdadero urso. Fue él quien me enseñó un poco las bases de la idiosincrasia suiza, cuando yo admití mi sorpresa de que el único país neutral tuviera un ejército armado hasta los dientes y enrolara a las mujeres en el servicio militar. El fue claro: “Sólo cuando se tiene la fuerza se puede ser gentil”. Supongo que por eso también él era tan amable. Sabía que si el mochilero se ponía pesado podía revolearlo a varias hectáreas de distancia de un manotazo.

En otra oportunidad, en 2005, muerto de frío haciendo dedo en una estación de servicio hacia La Plata, me levantó un tipo vestido en un overol sucio, en un 504 maltratado. Ya estábamos en camino cuando le pregunté a qué se dedicaba. Dijo que tenía un gimnasio en el que entrenaban boxeadores. El mismo había boxeado – aclaró. “Me decían látigo, látigo Coggi...

LOS MENOS OLÍMPICOS


Viajando de Barcelona a Amsterdam a dedo, fue invitado a hacer noche en Montpellier por Olivié, un francés que amaba el ajedrez. Y bueno, no podía negarme a disputar un par de partidas. Quizás lo que me aburre del ajedrez es la ausencia total de azar. Todo depende del cálculo de uno. Y yo prefiero cuando por acercarme a vender un librito artesanal en una plaza nos terminan invitando a participar del un concierto de campanas. (Lee la historia relatada magistralmente por Lau!)


Este jinete huarpe, en el desierto mendocino, jamás vio un hipódromo. Lo suyo no es ni circular ni por deporte.  Sin Twitter se entera de que hay baile en la pulpería del Paraje El Forzudo y sale campo través al galope en un desierto donde muchos han muerto al quedarse sin agua. Compartí un par de días en su austero rancho, al que había llegado caminando 25 km por una vía muerta entre culebras, cactus y algarrobos.



Sigamos con el rubro caballos. En Gilgit, corazón de los Himalayas Pakistaníes, tuve la oportunidad de asistir a un partido de polo, deporte originado en Persia hacia el siglo VI, y en el cual Argentina ha tenido un rol dominante. De hecho, nuestro país obtuvo la última medalla de oro en este deporte en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, último certamen en que el polo fue disciplina olímpica.






Mientras el mundo compite por las medallas, yo busco fotos para compartir con ustedes y me detengo ante esta bicicleta, fotografiada en Jachal, San Juan. Cuando el mundo sea perfecto, no se lo vamos a deber tanto a la competencia como a la humildad. Y nada refleja ese concepto, para mí, como la imagen de la bicicleta. Será poco olímpica, pero yo la banco. ¡Buenos Caminos!

  




Publicar un comentario