lunes, 2 de abril de 2012

PARA VER CON LOS OJOS DE COLÓN - VIACRUSIS BOLIVARIANO RUMBO A MACURO






En el confín norte de Venezuela existe una tierra intrigante, una península con forma de yunque y nombre de loco. Alguien la bautizó Península de Paria. No sé muy bien si fue la lontananza cartográfica o la nomenclatura poética lo que consonó nuestros pasos con sus débiles rutas, que en el mapa asemejan las vetas que zigzaguean las cortezas de las palmeras. Lo que sigue no es un relato, sino un aperitivo. Será que no falta tanto para comenzar a escribir el próximo libro y un malicioso impulso me incita a procurar el suspenso… Tras varios días en Cumaná marcados por la actividad del Proyecto Educativo Nómada, partimos por la llamada Ruta de Humboldt, no porque nos interesara seguir los pasos del geógrafo y botánico alemán del siglo XVIII en su exploración del Nuevo Mundo, sino porque la pista se internaba en valles montañosos y teníamos necesidad de alejarnos un tiempo de la cultura costeña. Nos habían dicho que la zona era productora de cítricos y hortalizas, pero a medida que avanzábamos de camioneta en camioneta ningún pueblo parecía investirse de ese carácter rural que extrañábamos de la América Andina. Finalmente una camioneta nos dejó en San Lorenzo, donde recibimos asilo en un convento de las hermanas de la Compasión. Las monjas eran tres españolas, mayores de edad, que hablaban despacito, y se movían por la amplia casona como lentas piezas de ajedrez. Pero estas piezas de ajedrez eran cordiales y nos preparaban una merienda de pancitos con mermelada natural de papaya. En un país que se había vuelto cada más grotesco las monjitas seguían cultivando sus zapallitos y papayas, y quizás custodiaban el Santo Grial, nunca lo sabremos. Fuera, una comitiva evangelista se había reunido en un evento de auto-afirmación y propaganda, con pancartas y bandas musicales. Un pastor arremangado y frenético dirigía una liturgia sin sentido que repetía “gloria a Dios” y “aleluyas” con métrica de reggaetón sin nunca decir nada concreto. Dentro de la casa, creo que hasta las monjas envidiaban el oficio de los francotiradores, sobre todo cuando el pastor les juró a todos que la lluvia que comenzaba a caer no era lluvia, sino aceite de Dios, y vociferaba “siéntelo, siéntelo, siéntelo” (otra vez el reggaetón) y perdía sus cuerdas vocales entre los acoples y la distorsión de los amplificadores.





Proseguimos hacia la Cueva del Guácharo, una enorme caverna cuya penumbra es hogar de miles de pájaros nocturnos. Después de visitarla una lluvia incesante cerró filas sobre el caserío, y apenas hubo intervalos secos en dos días, en los que corríamos a buscar berenjenas, cebolla, tomate y lentejas, a veces compradas en verdulerías, otras obsequiadas por productores acusiados por instinto maternal tras solemne declaración de principios y praxis mochileros. Buscamos luego lentamente el norte, otra vez hacia la costa, llegamos a Carúpano, siempre perseguidos por los baldazos cósmicos. Cruzamos la zona del mercado como una legión extraviada y cansada, balanceándonos entre charcos fétidos de los que bebían perros sarnosos, bella estampa de safari lacustre sudaca cuya proximidad con los alimentos en exposición era inquietante aunque nadie se inquietaba.













Con un nuevo sol partimos hacia Río Caribe. Como mencionó Laura en su post, durante las semanas pasadas habíamos empezado a entonar, a modo de invocación, el famoso “mantra del niño bolivariano”. Tanto cuando hacíamos dedo como cuando necesitábamos la urgente aparición de un techo, el villancico que alguna vez habíamos escuchado a un chofer de línea se posaba, como un ave ligera, en nuestros labios: “Si la Virgen fuera andina, y San Jose de Los Llanos, el niño Jesús sería un niño bolivariano”. Sí, la letra era terrible, pero resultaba, siempre caía sobre nosotros algún ángel de modales ostentosos a convidarnos la arepa de cada día. El caso de Río Caribe fue paradigmático ¿Habremos cantado demasiado alto? Nos esperaba una dosis exponencial de hospitalidad bolivariana. Nuestro mecenas bolivariano se llamaba William, era perforador de PDVSA, la estatal petrolera, en la Faja del Orinoco y regresaba a visitar a su familia en Rio Caribe. En ese trayecto nos subió a su camioneta y nos adoptó por tres días. William, uniformado con la camisa y gorrita de PDVSA, no lo sabía, pero era un embajador de su generación. De hecho, tengo la sospecha de que muchos de los patrones que observamos en la casa de William, tanto en la dinámica familiar como en la generosidad hacia los mochileros adoptados, hablan del momento histórico de Venezuela. Podría decir que la intensidad de la hospitalidad refleja la potencia con que mana el petróleo del subsuelo, y me quedaría corto. Podría también decir que la cantidad (de cervezas convidadas, de arepas apiladas, de hijos y sobrinos amontonados en la camioneta de William en la legendaria excursión a las haciendas cacaoteras) instala el tema de la abundancia como factor de felicidad del ser bolivariano. Y todo estaría inconcluso sino hablara de la despreocupación, y la inocencia en la ostentación. Para resumir, diré que zumbamos como una familia rodante por ríos cristalinos y aguas termales masticando patas de pollo y chorizos servidos en balde… Otro detalle: en Río Caribe me querían contratar para actuar de Jesucristo en el Via Crusis de Semana Santa. Si no hubiera faltado demasiado hubiera aceptado con gusto por el solo placer del absurdo (de hecho, la última vez que crucé una ciudad con una cruz en la espalda fue en Dusseldorf, Alemania, en 2005, por otros motivos imparesque no vienen al caso...)








Nos despedimos de las coquetas casas coloniales de Río Caribe y este Jesucristo de cotillón y su séquito llegamos a San Juan de las Galdonas, un enclave pesquero famoso por las enormes tortugas marinas que llegan a desovar a sus playas y por las lanchas pesqueras que zarpan de ellas contrabandeando cocaína o combustible. Para alojarnos esa noche, recurrimos al Comando de la Guardia Marina. Ellos nos pusieron al tanto del narcotráfico que sucedía en sigilo. Relataron, con épica de fogón, sobre contrabandistas apresados tras duelos pasionales tras peleas de gallos, y por la noche nos permitieron acompañarlos en su patrulla playera en busca de tortugas marinas, aunque no pudimos ver ninguna. Sorprendimos a varios bailoteando con sus AK-47 en el aire. Durante la formación, el alférez pasaba revista a la tropa casi adolescente, firme y rodeada por cuatro perros angustiados que se mordisqueaban las pulgas. Mientras tanto, nuestra compañera Ana entrelazaba el macramé en fila con los efectivos que desarmaban y engrasaban sus fusiles.











Tras una hermosa estadía en Irapa, facilitada por Julio y Oslidis, familiares del jefe de Defensa Civil, quienes nos prestaron una casa, nos regalaron ropa y nos deleitaron con gastronomía local, proseguimos con la caravana. Nuestra era llegar a Macuro, en el extremo de la Península de Paria, único punto del continente sudamericano que pisó Cristóbal Colón, durante su tercer viaje en 1498. No había carreteras por la costa norte de la Península de Paria, pero pudimos tomar una embarcación desde Guiria. Mientras observo arcos de playas vírgenes atareados de palmeras. Me conmueve pensar que imágenes semejantes fueron las que maravillaron a Colón en su primer encuentro con Sudamérica. La pequeña aldea de Macuro, con 2.000 almas, nos da la bienvenida con sus casas multicolores y sus galpones de la vieja aduana derrumbados. Paradójicamente, aquel primer punto de contacto permanece casi inexplorado, cubierto de bosques, y casi despoblado. Es como si el pueblo buscara protegerse del tiempo. En Macuro sólo hay dos vehículos, que quedaron atrapados en el pueblo cuando a la carretera se la comió la jungla. A los adoquines de las calles les creció el césped. Mujeres negras, descendientes de migrantes de Trinidad y otras islas del Caribe, nos ofrecen café en las puertas de sus casas. Los hombres fuman habanos enrolladlos con tabaco local. Si uno lee los monumentos dedicados a Colón en la ínfima plaza, se da cuenta de la particular interpretación de aquel 12 de octubre sostenida por los descendientes de quienes vieron las carabelas, descalzos, desde la arena.



Desde esta punta del ovillo americano empezamos a bajar hacia la Gran Sabana venezolana, no sin antes pasar por las Playas de Medina y Pui-Puy, para despedirnos de esa vida costera caribeña, de desayunar los cocos recién caídos de la palma, de mascar las amargas almendras de cacao que se fugan de las bolsas de red que cargan las camionetas. Nada como el embrujo minucioso de los alimentos oriundos del camino y no envasados y transportados. Esta caravana sigue hacia el sur, aceptando esos alimentos, y también los refugios provistos por los ángeles bolivarianos. Como hongos mágicos que despuntan tras la lluvia, cualquier transacción de calidez humana en esa línea de fuga que es el movimiento, se convierte en nuestro trono. Son flores inesperadas, germinadas a la lumbre de la inquietud que el sentimiento de lo infinito inculca en el alma viajera.


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