viernes, 23 de diciembre de 2011

REPORTE FINAL: CUANDO LA COMPU LLEGÓ A LOS SHUAR (PARTE II)

Y después de tanto esfuerzo compartido, tantas horas frente a la máquina, tanta cadena de favores, finalmente la compu donada a través del Proyecto Educativo Nómada llegó a destino. Aquí va la segunda y última parte de esta travesía colectiva:




*Por Marcelo Maquez

Cuando finalmente llegué al puerto, bajo la mirada escrutadora de todos los Shuar que estaban ahí, me comunican que por el festejo de los 20 años de parroquización de San José, no habría canoas hasta el día siguiente. Intenté persuadir al pasero –así le dicen a quienes manejan las canoas- de que era de extrema urgencia y que necesitaba llegar a Tsunki ese mismo día. Sin éxito y tras 3 horas de conversaciones me dí por vencido. Fue entonces que ante mi insistencia me empezaron a preguntar por qué necesitaba llegar a Tsunki, cómo había llegado hasta ahí, y un sin fin de preguntas para nada buena onda. Decidí en ese preciso momento usar la carta ganadora (como Juan me había recomendado) de nombrar al padre Juan de la Cruz y decir que yo pertenecía a los salesianos de Don Bosco. ¿Carta ganadora? Ja! Eso los enfureció mas, porque Juan de la Cruz iría la semana siguiente a visitarlos entonces no tenía porque mandar alguien en su nombre. Cuando se me acababan las sonrisas estúpidas y los argumentos para no morir en el intento de entregar la laptop decidí que la verdad es más fuerte que la espada y la iba a utilizar, y dije “Voy a Tsunki por invitación de Pascual Yampis, soy amigo de Juan y Laura, dos maestros argentinos que estuvieron con él hace tres meses” Ninguna estampita, ni siquiera una foto abrazado a Dios hubiese surtido el efecto que tuvo esa frase. Nombrar a los creadores del Proyecto Educativo Nómada me convirtió, en segundos, de ser casi víctima de homicidio en una deidad. Se me acercó un hombre que decía ser el cuñado de Pascual y me explicó “Pascual está en San José, tuvo que venir para la festividad, él lo está esperando”. Increíble, la señal de celular había dejado de tener barritas en Mendez, pero que yo estaba ahí buscándolo llegó a los oídos de Pascual tan rápido como un sms. Me hicieron dejar la mochila más pesada en la tienda de una señora del puerto y me llevaron de vuelta a San José, adonde Pascual, tal cual lo había soñado, me estaba esperando. Llegué al lugar, saludé respetuosamente a todos los presentes (que vestían atuendos típicos y las caras pintadas como para un ritual) y acepté la chicha como para empezar la integración. Las miradas de desconfianza se habían transformado ahora en miradas de curiosidad, aceptación, y en algunos casos adoración.


Pascual después de un rato largo de mirarme sin hablar, se me acercó, me saludo y me dijo “Lo estaba esperando, yo soñé que usted iba a venir” y yo le respondí “Yo también soñé con usted”. A partir de ahí, me esperaba un día más en San José de Morona, pero esta vez, siendo parte de los festejos, y hablando con todo aquel que me viera pasar. Era el gringo que tenía un amigo Shuar, y encima todos sabían que llevaba algo para una comunidad. Algunos celosos y otros como expresión de deseo, me preguntaban por qué Tsunki y no Miasal, Tiwintza o Pankintsa. Me invitaban a sus comunidades, me pedían mi e-mail (aunque no supieran escribirme) y mi teléfono para que los visite más adelante. Definitivamente la suerte había cambiado.



Al día siguiente, gracias al cielo, pudimos abordar la canoa que me llevaría a Tsunki. Si creyeron que las complicaciones terminaban en haber logrado aceptación, bueno, se equivocaron. Seis horas de viaje en contra de la corriente rio arriba por el Mangoziza, rio famoso por sus anacondas, no son ni cerca de lo que uno llamaría un viaje tranquilo. Para colmo de males el rio estaba bajo, la canoa tocaba las piedras muy a menudo y tuve que bajar a empujar, repito en un rio ¡¡Con Anacondas!! 3 veces... Después de 4 horas de viaje, paramos en una suerte de comedor en el medio de la selva, y fue en ese preciso momento, mientras me contaban que en ese lugar era común ver a las tan temidas serpientes, que sobre la otra orilla, vi una posada tranquilamente, mitad del cuerpo bajo el agua, mitad sobre las piedras y la cabeza semisumergida. El frio que me corrió por la espalda, al ver tan imponente bicho, de color verdoso con manchas negras bien definidas y el diámetro de un desagüe, es difícil de describir. No tragué un bocado en todo el almuerzo. Terminado el recreo continuamos marcha otras 2 horas hasta Tsunki.

La felicidad que sentí de poner un pie en tierra firme otra vez es inenarrable. Todos me recibieron maravillosamente bien, llevaba caramelos, chupetines y ropa, era como papá Noel (Y eso que todavía no había entregado los libros ni la laptop). Me presentaron a los integrantes de la comunidad y llamaron a una reunión general para el día siguiente, donde anunciaría las buenas nuevas. El resto del día, me guiaron por la selva, a una laguna de caimanes, nos bañamos en el rio, me mostraron todo lo que cultivan y me agasajaron con una comida típica a base palmitos, mandioca, plátano y gallina –que mataron delante mío- que no podía rechazar. Me pusieron al corriente de cómo habían sido las cosas desde que Juan y Laura se habían ido y cómo los extrañaban. Lo tristes que se pusieron los niños cuando ellos se fueron, y también hablamos de la minería, la deforestación y los perjuicios que estas actividades causan en comunidades como Tsunki.



.
La mañana siguiente en el lugar de uso común, juntaron a todos los de la comunidad, e hicimos la entrega de la laptop y los libros. Las caras de alegría, de incredulidad cuando les contaba el largo proceso que fue conseguir estas donaciones, cuanta gente participó, con dinero, ropa, un libro, recomendando alguien que podía ayudar... tanta información no entraba en sus cabezas. Y lo más importante, tenían una nueva herramienta que les permitiría educarse de otra manera y que el mundo no se los fagocite, tenían la tan esperada laptop. Las palabras de gratitud eran interminables. Los adolescentes no podían creer que tuvieran en sus manos una computadora, los niños no podían esperar a que fuera lunes y estar usándola en el colegio. Creo que ninguno de los que participamos en este proyecto soñábamos con dejar esa marca en la vida de tanta gente, con algo que, a priori, no modifica la vida de nadie.

Los libros fueron usados el día siguiente por Celestino, maestro de la escuela, encomendándoles tarea a los niños con ellos. (Gracias Betina Pucheta por gestionar la linda donación de tantos libros y ayudar a estos nenes con una herramienta tan importante!) Era maravilloso ver a todos los pequeños Shuar con los libros recién donados yendo para sus casas. Ni hablar de las caras de alegría cuando asistí a una clase y les enseñe algunas cosas sobre computación. Tal es así, que en señal de buenos augurios y agradecer las dádivas, nos cantaron y bailaron algunas canciones típicas Shuar. Querían también regalarnos artesanías y hacer un baile típico con los atuendos que históricamente usaron los Shuar, pero el tiempo no lo permitió. De cualquier manera, fuimos (hablo en plural porque todos Uds. viajaron conmigo) invitados a tomar chicha en casi todos los hogares de la comunidad. Nadie quería que nos fuéramos, pero sabiendo que eso sucedería de cualquier forma, insistieron en que volviésemos en un futuro no tan lejano. Debo decir, que ni  la iglesia, ni los españoles que los quisieron colonizar, ni los chilenos que los quieren ahuyentar con la minería, dejaron en la vida de esta gente tanta marca como hicieron Juan y Laura. Yo fui solo el mensajero, un privilegiado en esta historia, que sin las ayudas que recibí, entre ellas la invaluable participación y apoyo de Andrés Tarruella, no hubiese llegado hasta donde llegué.



Si hoy hubiera que reescribir la historia, y reinventar próceres, creo, sin temor a exagerar, que esta travesía que Juan y Laura empezaron hace tiempo figuraría en los libros. Esto de navegar por aguas que solo los indígenas conocen, de ir sin mapa a un lugar que no conocemos en el corazón de la selva, se asemeja mucho a lo que hicieron los exploradores en siglos pasados. Si pudiera transmitirles las palabras que los Shuar me dieron para Juan y Laura podrían entender porqué sostengo que son casi próceres para ellos. Pero a su vez, después de este viaje tengo otra certeza, nosotros no ayudamos a nadie, ellos nos ayudaron a nosotros. A entender cosas que escapan de nuestro alcance, a vivir de maneras que uno jamás hubiese imaginado, a tener otra percepción del mundo, de la naturaleza y de los efectos del progreso y de la globalización. Y por sobre todas las cosas, del respeto por la vida.

Antes de despedirnos, Pascual, en una de sus visiones de Ayahuasca, vio que Juan y Laura seguirían viajando mucho más y ayudando mucho más, y que yo, tal como sucedió en este viaje iba a seguirlos en ese camino con otra gente, ya estaba o que iría subiéndome a este tren que avanza a un ritmo que no nos damos cuenta, pero es muy firme. Por eso bastó una despedida austera pero emotiva, con una simple frase: Buenos Caminos!



REPORTE FINAL: CUANDO LA COMPU LLEGÓ A LOS SHUAR (PARTE I)

Aquí les dejo la primera parte de la crónica sobre la entrega de la computadora a la comunidad shuar, narrada por nuestro cómplice Marcelo, encargada de llevarla en persona hasta ese rincón tan bello de Amazonía.


* Por Marcelo Maquez

Sabía que no iba a ser fácil. El viaje se había gestado en 15 dias, y si bien soy un buen improvisador, y contaba con el antecedente que Lau y Juan habían estado en el lugar, mis únicas referencias eran los nombres de un río y de un cacique. 

Advierto al lector entonces, que no intento hacer un relato fantástico, ni emular el realismo mágico de Garcia Márquez, solo reflejar de manera fidedigna cada momento de esta aventura que arranco en Cuenca cuando Juan y Laura, mentores de este proyecto,
exponían los contenidos del Proyecto Nómada y conocieron a Pascual, el síndico Shuar de la comunidad Tsunki. 

Desde el momento en que abordé el bus que iba desde Cuenca a Mendez, a las 6 de la mañana, me costó mucho conciliar el sueño, estaba ansioso, había demorado mas de la cuenta en llegar hasta ahí, a causa de una intoxicación que me retuvo 2 dias en Guayaquil, sumado a la responsabilidad de llevar conmigo una mochila de casi 30 kilos, llena de donaciones -libros, ropa y una laptop- que decenas de personas habían hecho realidad. Era como si mi mochila no cargara donaciones, si no personas, era muy pesada, pero a la vez agradable de cargar. 

Además de todo esto, el bus era muy incomodo, y a pesar de ser de madrugada, la bachata sonaba a todo volumen. Era realmente una proeza, sin importar el cansancio, poder pegar un ojo, pero tenía que hacerlo. Cuando me di por vencido y acepté que la música no me iba a dejar dormir, que la luz del sol que ya asomaba sumado al calor agobiante de la selva, a las butacas que no se reclinaban y al garúa que entraba por las ventanas desvencijadas de un micro arcaico, fue justo en ese momento que caí fundido. 

Desperté llegando a Mendez, había dormido tan profundamente que tenía la sensación de haber roncado. Lo mas extraño de todo habia sido el sueño. En un mundo onírico que se desarrollaba al ritmo de bachatas y ronquidos, habia soñado que me encontraba con Pascual Yampis en San Jose de Morona, que no era necesario tomar la canoa e ir Tsunki para verlo. Lo raro es que no tenía ni registro de la cara de Pascual. Solo su nombre. Pero el sueño había sido muy nítido. 

A los pocos minutos el bus llegó a Santiago de Mendez, en el corazón de la provincia de Morona Santiago, y con un paisaje selvático ya bien definido, clima muy húmedo, un calor que rajaba la tierra. Como eran las 11 de la mañana, decidí desayunar yo también, y entonces averiguar como cuernos iba a llegar a San Jose de Morona. Acostumbrado a que en Ecuador nadie sabe responder lo que preguntás o todos te dan respuestas diferentes, no fue de sorprenderme que me dieran 15 versiones diferentes de un viaje que solo tiene una ruta posible. Finalmente opte por preguntarle al chofer del bus que acababa de dejar y él me dijo: “Después del desayuno, subite que te dejo en la Ye de Patuca (una Y que bifurca los únicos dos caminos asfaltados de la provincia) y de ahi tomás el bus a Puerto Morona.”



Así fue, me llevó hasta la Ye de Patuca, pero despues de 3 horas de esperar sin resultados, un policia caminero que controlaba la carga de los camiones que por allí pasaban, me advirtió que el próximo bus a San Jose de Morona pasaría por la noche. Decidido a no esperar 4 horas sentado en el medio de la selva, bajo la inclemente lluvia tropical que parecía decidida a no darme una tregua, empecé a hacer dedo. Todos, me paraban, a todos les interesaba saber que hacia un “gringo” en un lugar donde la población son exclusivamente Shuar y Colonos y que no tienen ningun atractivo turístico, para peor, se recibe bastante mal a los forasteros. Después de 7 horas de dedo, que incluyeron cruzar un río por un puente que amenazaba con caerse a pedazos y la pelea con un taxista que me levantó y luego quiso cobrarme, llegué, a las 8 de la noche y bajo un diluvio a San Jose de Morona.
Pensé que lo más difícil habia pasado, pero ¡Qué equivocado estaba! Me esperaban muchas mas trabas hasta poder entregar la laptop y los libros…. No voy a ahondar en detalles sobre este pueblo, solo basta decir que, tal vez, sea el lugar mas feo que me haya tocado visitar en toda mi existencia. Las casas despintadas, la calle que no contaba con veredas si no con un barranco de ripio de dos metros a cada lado, y la vegetación que se tragaba todo aquello que no fuera verde, no eran para nada llamativo. Parecía la obra a medio terminar de un pintor ofuscado con la vida.  En uno de los hoteles que describí me hospedé. Me llamó la atención que para ser un pueblo tan chico, en la frontera con Perú y casi inaccesible, hubiera tanta gente en la calle. Demasiada, mucho más de lo que podrían alojar los pocos lugares habitables que San Jose ofrecía.


La llegada a este páramo no fue lo que un turista soñaría, y aunque iba advertido que me mirarían con cara rara, los 10 minutos que tardé en conseguir lugar, bastaron para ser el centro de las miradas y comentarios (que no entendería porque, a pesar de saber español, entre ellos hablaban en Shuar). Ya todo el pueblo sabía que habia un gringo dando vueltas. Me encerré en la habitación del hotel –al que le faltaban 2 de los 4 postigos de sus ventanas y los dos que estaban no tenian vidrio- Y a pesar de ser las 9 de la noche me dispuse a dormir. La mala noche anterior en el bus, mas el interminable viaje para llegar hasta este lugar, habían sido suficiente desgaste. Además me tenía que levantar a las 4 AM el dia siguiente para poder abordar la canoa que finalmente me llevaria a Tsunki.

Dormir y Morona Santiago no parecen ser compatibles, ni bien apoyé la cabeza en la almohada, empezó a sonar a todo lo que da la canción “Alejate de mi”, de Camila mientras que un locutor anunciaba a toda voz el festejo de los 20 años de parroquización de San Jose de Morona, presagiando una noche a toda fiesta y musica. Como podrán imaginar, en un lugar de 300 metros no hay donde escapar del ruido, asi que me entregue a los festejos. Bah, los vi desde mi ventana, porque cuando intenté entrar a la fiesta no me dejaron por no ser Shuar. 

Cuando pensé que no podría escuchar ni un solo tema más de reggaeton o de bachata, miré el reloj y eran las 4:10 AM, agarré mi mochila y emprendí la marcha de media hora por la ruta, en la mas profunda oscuridad con la compañia de todos los ruidos de la selva, hacia puerto Keshpaim, donde tomaría la canoa. Uso bien el condicional tomaría, porque San Jose de Morona tenia preparado mas disgustos para mi... 

martes, 20 de diciembre de 2011

EVENTO EDUCATIVO EN ARACATACA: EL REGRESO DE LOS GITANOS


El Proyecto Educativo Nómade llegó a la ciudad donde nació García Marquez, y no quisimos irnos sin antes dejar nuestra huella. Con la ayuda de Tím Buendía, dueño de “The Gypsy Residence”, el único hostal para viajeros que tiene Aracataca, planeamos la muestra para un viernes a la noche y salimos a invitar a los vecinos.



Siguiendo con la costumbre de nuestro nuevo amigo, Juan se vistió con una falda hasta los tobillos. Caminando con bastón como para alimentar aún más el realismo mágico de su delgada y alta figura por las calles, Tim habló con los niños de las esquinas, con las señoras de las mecedoras y los vecinos de las veredas. Nosotros fuimos a la radio, mientas Juan se arrepentía de su ascético look y el locutor anunciaba a los gritos que los gitanos habían regresado a Macondo.



No sabremos con exactitud qué fue lo que surtió más efecto, pero lo cierto es que cuando regresamos al hostal nos encontramos con casi cincuenta personas esperando oír nuestra historia. Tampoco sabemos cómo hicimos para que todos entraran en el living, pero lo logramos. Cuando los nenes se dispersaban, uno se ponía a cantar “La lechuza” (no sabía que acá también existía!) y todos volvían a prestar atención. Y tanta convocatoria tuvimos, que no faltó ni el loco del pueblo.




Para ser honesta, me sentí un poco como Melquíades y sus alfombras voladoras, cuando les mostrábamos a los niños fotos de Antártida o de Medio Oriente, o cuando con un mapa abierto, descubrieron que Argentina no estaba tan lejos de Colombia.

Al día siguiente tuve una oferta para que me hicieran un peinado, y cuando nos fuimos no hubo cuadra en la que un niño no nos saludara por nuestros nombres. Obviamente, prometimos volver.

jueves, 15 de diciembre de 2011

TAGANGA: PERMISO SEÑOR MILITAR ¿PUEDO PESCAR?


Llegamos a Taganga, como cualquier otro viajero, en busca de una playa tranquila en el Caribe donde absorber la belleza del paisaje, en busca de un agua transparente y calma. Después de todo, pensamos, nos lo merecemos, desde hace casi un año venimos cruzando Andes, fríos páramos, altiplanos y selvas. Y aunque el lugar estuvo a la altura de nuestras expectativas, pronto nos dimos cuenta que algo más sucedía en el pueblo...


martes, 13 de diciembre de 2011

VIAJAR A CARTAGENA: ENCUENTRO CON EL ALMA AFROCARIBEÑA






El alma de una ciudad siempre se manifiesta en recovecos que deben contener cierta dosis de mugre. Es como el ingrediente secreto de una pócima. Eso la aprendí la primera vez que emigré a Europa: caminaba por las calles irlandesas y todo era tan pulcro que me faltaba el aire, era como desfilar por la maqueta de un arquitecto. En Colombia, donde el paradigma de “lo bonito” es un centro comercial, uno queda obligado a alejarse de las “zonas rosas”, y si uno anda como sabueso detrás del alma cartagenera, toca ir a sitios como Getsemaní. A mi me pareció sentir el alma de Cartagena en la Plaza de la Iglesia de la Trinidad.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

CARTAGENA: HIPPIES, BRUJAS Y EL MOSSAD EN CALZONES...







ACTO I: CARTAGENA Y LOS HIPPIES

William va y viene de Antiochia a la costa divulgan la “revolución ideológica”, doctrina de la que se dice fundador, e intentando convencer a los costeños de que no es buena idea vender su voto a cambio de un sancocho cuando llegan las elecciones. Por supuesto, los costeños no le entienden y le hacen burla. ¿Cómo desaprovechar semejante oportunidad, de un almuerzo gratis a cambio de arrojar un papelito por una ranura? Además de ideas, lleva en su camión mochileros. Pero William ya está acostumbrado a que no lo escuchen, no le hicieron caso los hippies de Medellín, que prefirieron terminarse toda la morfina que regalaban unos cubanos de Miami para sabotear la lucidez del movimiento. Me contaba mientras cruzábamos los Montes de María, baluarte paramilitar, y yo recordaba el poema “Aullido” de Allen Ginsberg: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricas, hambrientas, desnudas…” Asi fue que llegué a Cartagena de Indias pensando si el movimiento hippie había muerto de éxito, como sugieren algunos, o si acaso íconos como Woodstock habían sido el comienzo del fin, un anuncio de lo que se venía: la perdición química y la adicción a la estética de la revolución.





ACTO II: CARTAGENA Y LOS AGENTES SECRETOS


Me voy a concentrar en Cartagena –me dije a mí mismo. Pero al principio tampoco funcionó, porque mientras yo intentaba imaginarme mapas coloniales con galeones y cañones apuntando a los piratas enemigos, la realidad dibujaba delante de mí un suburbio muy poco colonial. El camión de William nos acababa de dejar en la zona de la estación de servicio El Amparo. Nuestro anfitrión vivía en una zona industrial. Pero yo igual hubiera podido pensar en galeoncitos y murallas y doblones desde cualquier suburbio, el tema es que ahora resultaba que ese kinder sorpresa que es Couchsurfing había decidido que nuestro anfitrión sería un fabricante de armas belga, que después de ser agente secreto del Mossad había huido a Colombia para escapar de Saddam Hussein ¿Y todavía quieren que piense en cañoncitos? El hombre fabricaba blindajes, y daba vueltas por la calurosa casa en calzoncillos pensando en nuevos polímeros para chalecos antibalas, y desafiaba a su hijo de 8 años a adivinar el calibre de las más diversas armas. Para acompañar sus dos hijas tocaban el violín y el clarinete desde la habitación. Ocasionalmente, el hombre daba algún paso de baile o canturreaba canciones francesas de los 60. Cuando unos evangelistas golpearon a la puerta él sencillamente les dijo. “¡Dios no entra en esta casa!” – y siguió conversando sobre bombas de racimo con su hijo. Estábamos cómodos con nuestra pomposa familia, pero eso no era Cartagena…





PASAMOS DEL MOSSAD A LA BRUJERÍA...


Entonces nos mudamos un poco más al centro, y la primera obligación era recorrer la ciudad amurallada, que aún encinta a la ciudad alrededor de más de 11 km. La ciudad fue fundada en 1533 por Pedro de Heredia, y automáticamente se transformó en el puerto más importante de la América hispana, trampolín de salida del oro saqueado en todo el continente. Con tanto movimiento de divisas, la ciudad fue pronto un punto de saqueo obligado para los piratas de aquel entonces. Saquear Cartagena deba reputación, además de riquezas. No tardaron en llegar Francis Drake y Edward Vernon. El último sitió a la ciudad en 1741 con 186 navíos y 31.400 hombres, la flota más grande reunida hasta el Desembarco en Normandía de 1944. La muralla fue, precisamente, una respuesta de la corona española para defender su punto estratégico. Hoy, los cañones siguen apuntando a piratas invisibles, y algunas parejas se besan en los antiguos nichos de artillería…



Lo que la muralla con tanto ahínco protegió, es hoy lo que atrae a visitantes de todo el mundo. Dentro de su perímetro, yace intacta una ciudad colonial española. No pienso demorarme en enumerar iglesias con nombres de santos, pero si quiero contarles algunas impresiones. Ya de por sí, hay algo extraño en ver arquitectura colonial española con fondo marítimo. Uno entra a la citadela por la Torre del Reloj (1888) y enseguida se encuentra con la Plaza de los Coches, donde antiguos carruajes esperan en fila a parejas de turistas que los abordan para paseos románticos. Lo curioso es que la misma plaza era el sitio donde se subastaba entre los nobles locales a los esclavos recién llegados de África. “Éramos como perritos” – dice Ángela, una palenquera que vende ensalada de frutas sobre esas mismas baldosas donde sus antepasados descalzos eran traficados. A pocos metros de allí está la iglesia de San Pedro Claver, primer santo nacido en el Nuevo Mundo, que se llamaba a sí mismo “esclavo de los esclavos” y los compraba para liberarlos.






La ciudad amurallada se dividía, a su vez, en clases sociales. En los barrios de El Centro y San Diego vivía la clase alta y media respectivamente. Son las casas más fotografiadas de Cartagena, pero lo interesante está en los detalles. Mirando hacia arriba es posible ver que en cada casa las tejas de las esquinas están arqueadas en punta. Sucede que la Inquisición tenía su propio palacio administrativo en la ciudad, la sucursal de la barbarie. Como se creía que las brujas se sentaban sobre los tejados a espiar a las familias nobles de la ciudad, se colocaban las tejas puntiagudas (llamadas “acrótafes”) para espantarlas. Pero la locura iba más lejos: la Inquisición sospechaba de todas aquellas mujeres que pesasen menos de 50 kilogramos, considerando tal el peso ideal para levantar vuelo en una escoba. Por motivos que no quedan claros también multaban a aquellas que pesaban más de 60, debiendo pagar un gramo de oro por cada kilo de exceso. Sí, hay cosas que son caprichosas: a actual escuela de las Monjas de la Presentación fue, hasta 1750, una fábrica e aguardiente…






CARTAGENA Y LAS PUERTAS


Dejando de mirar techos, y prestando más atención a las puertas, uno se da cuenta que no todos los que vivían dentro de la muralla estaban en pie de igualdad. De hecho, todos competían. Para pertenecer a la clase alta, no alcanza con tener dinero: según un viejo dicho cartagenero hacían falta distinción, privilegio y prestigio. Este último se codificaba en los enormes llamadores de bronce de cada puerta, llamados aldabones. La figura representada decía algo sobre los propietarios. Las familias de mayor influencia social elegían usualmente una iguana. Una cabeza de león –poder y dominio- habla de una familia con miembros en el Ejército. El rey Poseidón, en cambio, anticipaba aquellas moradas de jueces y abogados. Como es predecible, sirenas, anclas y ostras nombraban las viviendas de aquellos que tenían comercio de ultramar. Cuando el ocupante de una vivienda era en cambio un artista o maestro se usaban aves, pues se entendían que volaban con la imaginación. ¿Qué figura debería poner en un aldabón, un Correcaminos? Más allá de esta lectura social de las puertas del centro histórico, para mí lo más interesante de Cartagena está en Getsemaní, el verdadero refugio del alma cartagenera….