domingo, 25 de setiembre de 2011

UN SEIS DE DIAMANTES A LA SOMBRA DEL COTOPAXI

 

 
Tras dos breves descansos en Macas (en casa de Julián y Tania) y en Baños, las mochilas estuvieron otra vez en ruta hacia esos caminos andinos que no por ser estrechos y apenas figurar en un mapa dejan de estar impresos en la sangre de la raza. Viajamos hacia la zona de Quilotoa, una laguna esmeralda incrustada en el cráter de un volcán activo. Obligados a transitar la Panamericana en un tramo, pasamos por Ambato. Como tantas otras veces, encuentro un naipe de póker en la calzada. Algún mal perdedor habrá arrojado el mazo al viento – pienso. Como nunca antes, sin embargo, lo volteo para descubrir un seis de diamantes, y lo conservo. Es muy posible que a medida que continuemos nuestra vuelta al mundo vayamos encontrando el juego completo. Los naipes y los viajes se parecen: ¿no es cada anécdota es una carta de una baraja infinita? Y así, en un Nissan Patrol ’67 llegamos a Latacunga, donde un mendigo se acerca, no para pedirnos monedas, sino una bendición…


 
Ahora nos embutimos en la caja de una camioneta que lleva a un grupo de campesinos. No han podido vender toda la cebolla de verdeo y regresan con el sobrante en un fardo. La luz, que parece reflejarse en el cono nevado del volcán Cotopaxi, gambetea la lona de la camioneta e ilumina el rostro andino de una muchacha. No puede creer que sea la primera vez que vemos el Cotopaxi, al que me imagino que considera tan perenne como la luna o el sol. Un hombre de sombrero y poncho llamado Julio Cesar nos invita a su comunidad. Como viajamos sin rumbo, aceptamos. Con el fardo de verdeo al hombro Julio nos conduce a su casa. En una sala-depósito arroja un viejo colchón en donde podremos descansar y nos invita a seguirlo hacia el ambiente familiar. Es la cocina y a su vez el dormitorio de su mujer e hijos. Estamos contentísimos, pues en Bolivia nos fue muy difícil lograr un acercamiento tan íntimo a una familia andina quechuaparlante.


 
La hija prepara y reparte sopas de arroz de cebada para todos. Alrededor nuestro, los muros están decorados con posters que previenen sobre emergencia del parto de una manera muy gráfica. “El guagua no llora” se lee, o “La placenta no baja”. En esta casa de suelo de tierra Olga ha parido a sus diez hijos, todos destinados a seguir exprimiendo este árido páramo andino hasta lo imposible. Las parcelas se subdividen con cada generación. A la pobreza la gusta la trigonometría. Me voy con estos pensamientos a la cama. Por la mañana, ya con luz y más confianza, son ellos los que nos comentan sus ansias por elevar la productividad de la tierra. Quieren un ingeniero agrónomo y me preguntan si no conocemos alguno que quiera ayudarlos. No están pidiendo un subsidio ni un plan social, sino por el contrario consejos para trabajar más.

 

 
Es domingo por la mañana, y la familia se prepara para el ritual del mercado. Antes, Olga pela las papas para el desayuno ante una luz tenue pero mágica, que penetra por la única ventana y se acoda selectivamente en su regazo como un gato. Su hija la ayuda. Con sus elegantes sombreros agachados hacia sus ágiles manos, envueltas en sus ponchos, uno diría que se están dedicando a una tarea menos mundana que retirar la epidermis de un tubérculo. Luego del desayuno Julio y las dos mujeres se preparan para ir al mercado, esta vez al de una comunidad vecina llamada Guangaje. Madre e hija se peinan una a otra. Ir al mercado es un ritual que excede la necesidad de entrelazarse con la oferta y la demanda. Para las mujeres es una oportunidad única de cuchichear. Van allí aunque no precisen comprar nada, simplemente a estar. De hecho, no veo el fardo de verdeo por ningún lado.


 


En Guangaje, apenas un caserío, las pastoras con sus ovejas y llamas se aparcan a la salida de la iglesia. Muchas mujeres se acercan a saludarnos con candidez y sonrisas. Todas llevan un sombrero, que en muchos casos decoran con una pluma de pavo real, otrora una distinción de poder económico, hoy día sólo un ornato. Las polleras bordadas con figuras andinas y la finura de sus rasgos las convierten a mi juicio en las mujeres más bellas de los Andes. Una de estas tiernas pastoras se acerca a saludar con Laura. De mujer a mujer las confidencias fluyen: la pastora le cuenta que tuvo que vender uno de sus borregos porque su marido la abandonó con cinco guaguas… Podríamos dar la vuelta al mundo relatando sólo cosas bellas, trovando color de rosa, pero la curiosidad que sentimos por las mismas sociedades que nos bendicen con su hospitalidad nos obligan a ver más allá de la neblina del romanticismo, y no vemos utilidad en mentirle a nuestros lectores. Más bien compartimos todos los colores del arco iris.

 


Frente a la iglesia, tres hombres bailan en ronda una coreografía andina, disfrazados de mono, tigre y policía, que parece entretener mucho más que la misa que se desarrolla dentro. El clima es jovial, un centenar de sombreros rodea a los danzanti sin que la actividad del mercado se interrumpa ni las ovejas dejen de balar. Dentro de la iglesia es otro cordero el que bala, se lama Sergio y es un cura salesiano. Hemos decidido presenciar la misa, un poco por curiosidad, otro poco porque el cura tiene una camioneta y viaja hacia Zumbahua, nuestro próximo destino. Lo que escuchamos dentro nos deja pasmados: el cura, un septuagenario italiano de ojos celestes, le dice a los feligreses emponchados que en Italia las parejas abusan tanto del preservativo que luego no pueden tener hijos. Es increíble, ¿este cura nunca leyó a Malthus? No sólo manipula descaradamente su ignorancia con una falsedad, sino que su anteojera teológica le impide ver que la falta de planificación familiar es uno de los factores que acentúa la pobreza en esta zona.
 
 


Antes de retomar la Panamericana pasamos por el Quilotoa y nos emocionamos mirando desde el borde del cráter hacia la laguna, 400 metros más abajo. El paisaje nos gusta tanto que no hay que esforzarse para ofrecer a la cámara nuestra pose más enamorada. Retomamos el camino por el que llegamos. Hasta Latacunga nos lleva Rubén, un joven camionero que confiesa que conduce despacio para que la conversación dure más, y nos invita unas deliciosas tortillas de maíz en el mercado de Pujilí. Haciendo dedo hacia Quito, frena un VW Golf. Seguimos con racha, porque Salo y su familia no sólo nos obsequia helados sino que nos invita a su casa en la zona sur de Quito, un suburbio de clase trabajadora donde abundan las ferreterías y la esperanza. Antes, cenamos en el Quicentro Sur, un novísimo Shopping tan moderno que lo sobrevuela un monorriel. Nos sentimos algo crotos…

viernes, 23 de setiembre de 2011

SENTIDO Y PREPARACIÓN DE LA AYAHUASCA: UNA LIANA TENDIDA DESDE EL CIELO.



¿Quieren probar ayahuasca? – en la propuesta de Pascual no había tabúes ni vueltas. Tras una semana en la selva ya nos sentimos integrados a su familia y no había necesidad de mayor trámite. Conocíamos el carácter de cada uno de sus hijos. Sabíamos que Manolo era inquieto y travieso, y hubiéramos esperado una sonrisa de Marcetti, quien parecía no haber encontrado en sus tres años de vida razones para semejante mueca. Teníamos una conexión especial con Cristian, quien se había sincerado sobre sus ansias de estudiar en la ciudad, y luego nos había enseñado cuanto sabía acerca de la selva (nosotros, en injusto trueque, le adiestramos en el juego de chinchón). Habíamos empinado bejucos cortados a machetazos para aceptar el agua interna que fluye de esas lianas, nadado en sus ríos y probado todos sus manjares, acompañándolos incluso durante el peculiar banquete de degustar ayangos, hormigas rojas gigantes ingeridas vivas tras sacarle las alas. En tal contexto sucedió la invitación.

No nos hemos internado a la selva en busca de ayahuasca, pero la hemos encontrado. Según Pascual  el preparado es parte vital de la cultura shuar. La planta les comunica una visión, que puede versar sobre su pasado, presente o futuro. No la toman sólo hombres adultos, sino mujeres y niños también. “Cuando uno es chico es posible tener visión, que puede ser vivir 80 o 100 años o tener que matar un hombre o ir a la guerra”.

La selva es la que brinda a los shuar sus alimentos y provee los materiales para sus chozas y canoas. Es lógico que sea también la selva, reconfigurada tras la máscara de la ayahuasca, quien los guíe en ese viaje ritual de introspección. Han deambulado en la selva durante milenios para hallar esa brújula oculta, esa liana del cielo, como sugiere la etimología. Todo esto revela un know how, una domesticación simbólica y práctica de la naturaleza.




La noche agendada caminamos descalzos sobre el barro -como siempre- hasta la cocina familiar. Cuando entramos vimos a Pascual, esperándonos con pose serena junto a la ayahuasca que con cariño había elaborado por la tarde. Primero había seleccionado cuidadosamente las lianas. Las había cortado en trozos iguales y luego, con el machete, había raspado los musgos adheridos a la corteza. Para evitar un “mal sueño”, había imitado a sus ancestros a la hora de envolver cuidadosamente esos residuos verdosos y devolverlos a la selva. Con una piedra enorme había machacado cada tronquillo, adosando una hoja de una planta llamada yiaji a cada tronco triturado. En el fogón perpetuo del centro de la choza había hervido la poción, rodeado de pollitos curiosos y de sus perros, hasta obtener un denso jarabe.

Una inofensiva mermelada. A eso se asemejaba el concentrado ambarino que Laura y yo observamos al asomarnos al fondo del vaso que se nos ofrecía. Ella y yo llegábamos a este cruce común del destino desde rutas completamente distintas. Durante su vida previa al viaje, Laura había tenido una actitud de rechazo ante cualquier sustancia que prometiera distorsionar en algún grado su consciencia. Quizás se había filtrado en su sistema la doble moral de nuestra contradictoria sociedad, que alienta la distensión de drogas nocivas como el alcohol y el tabaco pero cataloga de “peligrosas” a sustancias menos funcionales a la línea de producción. En realidad, siempre me había sorprendido su impermeabilidad ante toda clase de tentaciones. Según el caso, sin embargo, me parecía que mantenía estas barrerás por un orgullo por el que asomaba la curiosidad.

Mi caso era distinto. Yo nunca había viajado a la caza de los “estados alterados de consciencia”, más bien los había catado con afición de coleccionista, con la misma ritual pesquisa con que me expongo a culturas, idiomas o geografías. Nunca había peregrinado a Catamarca en busca de que el San Pedro me susurrara el sentido de mi vida ni me había demorado más de una tarde en los coffee shops de Amsterdam o Christiania. Conocí muchos viajeros en cruzadas místicas, que recorrían Latinoamérica entera impulsados por expectativas de mágicos encuentros con algún hongo o planta. Salvo casos excepcionales, estos casos me parecían maratónicas catarsis con la saturación urbana como punto de fuga. Escapes válidos y hasta compartibles –pero escapes al fin- en busca de un alma mezquinada por los subtes y los horarios. Yo había abandonado bien temprano ese mundo, con dos adicciones fundacionales como primer equipaje: la poesía y la ruta. Quizás por llevar el estilo de vida que siempre había soñado –el viaje constante- no sentí nunca urgencia alguna de excavar los bolsillos secretos del alma en busca de otros sentidos. Había tenido experiencias místicas con ácidos en India y puedo decir que aprendí de ellas, pero no les estaba al acecho, sino más bien había tropezado con invitaciones oportunas.

Ahora el caso era el mismo. Había tropezado con la ayahuasca y la aceptaba con calma. Al lado mío, Laura era una equilibrista en el filo del dilema. Las historias de “iluminación” y comprensión súbita que ambos habíamos escuchado la atraían, pero con idéntico hechizo la atemorizaban las crónicas de viajeros que vomitaban y se defecaban durante horas después de haber ingerido el preparado. Nuestro punto de coincidencia era acaso que ninguno de los dos esperaba de la ayahuasca un norte, un delivery de claridad ante la incertidumbre de nuestras vidas.

Cuando Pascual puso el vaso delante de mí lo tomé con respeto y seguí la práctica que una vez me enseñaron los rusos para hacer fondo blanco con cualquier cosa: exhalar todo el aire y beber el líquido con el instinto de respiración reclamado por los pulmones. Cuando el vaso llegó a Laura, estuvo a punto de rechazarlo. Le animó –supongo- que Jimena, la hija de Pascual de 14 años, también era de la partida. En las entrañas del Amazonas, la valiente Laura ponía su consciencia a disposición de una liana.

Durante una media hora, ambos sentimos cierto malestar estomacal. Pascual nos miraba quieto, como si fuera un guardián de piedra, con la paz emboscada en su rostro, casi abstracto. Alrededor de la bombilla de luz revoloteaba alguna que otra mariposa de noche con furiosas elipsis. Cuando fue el momento nos sugirió que regresáramos a la casa que ocupábamos en la comunidad. De regreso, el barro se sentía mórbido, inmaterial. Laura vomitó en el camino. Uno al lado del otro, dentro de la carpa armada dentro de la cabaña, los dos nos abandonamos a la deriva que la planta propuso. No voy a hablar aquí sobre las visiones de Laura (lean su blog), y temo que las propias sean poco inspiradoras o emocionantes.

Como siempre, dejé a mano mi lapicera y libreta (una vez en Laos, una involuntaria combinación de medicina contra la malaria con marihuana me había hecho escribir una poesía kilométrica). Los colores y patrones geométricos comenzaron a desfilar por mis párpados cerrados. También en la antigua Indochina un francés avezado me había jurado que la ayahuasca te sumergía sin piedad en las profundidades de tus miserias. Creía mantener un nivel de coherencia aceptable en mi vida y mi puse a disposición de esta jueza vegetal impiadosa. Pensando en mis errores, supuse que podría ser juzgado por el exagerado amor al camino, por haber dejado una carrera universitaria, por ser casi un extranjero entre mis sobrinos –de los que alguna vez recuerdo su cumpleaños-, por tomar la crónica y el viaje social como un sacerdocio.

Pero tal juicio nunca llegó. Figuras geométricas, serpientes, máscaras que parecían moldeadas en ébano africano se presentaban y disolvían sin mayor trascendencia. Contornos fractales, múltiplos de sí mismos. Entre todo ese carnaval pictórico pude ver letras cursivas que se dibujaban en el vacío. Luego vi la tapa de mi propio libro, Vagabundeando en el Eje del Mal. De pronto, a su lado aparecía el mapa de Sudamérica, que iba siendo rellenado por la escritura cursiva que ahora era intensa y voraz. En aquellos días andaba con ciertos dilemas menores sobre cómo acotar en un solo libro las realidades y desafíos de un continente tan extenso. Latinoamérica se me hacía infinita, y nosotros demasiado curiosos como para ser sintéticos en el andar. Sentí entonces que la planta me aconsejaba limitar el próximo libro a Sudamérica para darle más protagonismo a cada historia y cada lucha.

Hablando de luchas, a seguido surgió una secuencia que compartimos con Laura. En un cuadro, los Shuar salían de la espesura de la selva blandiendo sus lanzas y cerbatanas, cerrando filas contra la amenaza minera. Lucían sus rostros pintados en señal de guerra y se adornaban con plumas. Entre ellos, para mi mayúscula sorpresa, estaba yo, también empuñando la lanza (entonces recordé que Florentino, otro Shuar me había otorgado el apodo Nanki, que en shuar significa “lanza”) De fondo resonaba una frase: “Nunca nos convencerán”.

Esas dos visiones fueron las más claras. Durante las cuatro horas que duró el efecto, ninguno de los dos perdió la lucidez. A lo sumo sucumbimos al entresueño. Por la mañana le  pregunté a Pascual si quizás no había tomado una dosis menor a la de Laura. El me respondió lo que ya sospechaba: la planta elige, si no hubo más visiones era porque no las necesitabas.

La mente humana es como una cebolla con distintos niveles de consciencia, e infinidad de pliegues internos. Para un sistema que valora la atención perruna del individuo a las órdenes de un jefe, sustancias como las ayahuasca o a marihuana pueden implicar una amenaza a sus mismos cimientos. La alteración de la consciencia se produce, y a niveles mucho más vergonzosos y perniciosos, durante el exceso de alcohol, estado venerado y promocionado de los 15 años en adelante. Pero se acepta porque permite un desahogo de la tensión y ansiedad generadas por el consumismo y por ello contribuye a su continuidad. Cuando la alteración de consciencia va en cambio acompañada de un aprendizaje peligroso que pueda desafiar o contestar el orden establecido, entonces asistimos a la imposición de rótulos descalificatorios. No importa lo que los manuales del eficiente contribuyente digan, la planta se ha ganado un lugar en el mundo. Ha sido declarada oficialmente Patrimonio Cultural del Perú, y es utilizada por algunos psiquiatras para tratar fobias. Interpreto el ofrecimiento desinteresado de los shuar como una pedido de alianza ante su problemática (por eso la visión de las lanzas).

Si tu, lector desconocido, estás considerando la opción de partir hacia la selva en busca de la sabiduría de esta planta, no olvides que estarás usando para tu provecho un elemento de su cultura. Tu ética te dirá hasta que punto mereces apropiarte de los frutos sin conocer el esfuerzo de las raíces. La Amazonía está en jaque, y es mucho más que ayahuasca: es depredación, minería y multinacionales petroleras. Nuestro humilde intento de reciprocidad hacia los compañeros Shuar lo puedes ver aquí. ¡Buenos caminos!

martes, 6 de setiembre de 2011

PARA QUE LOS ÁRBOLES NO SIGAN CAYENDO...

 
 
La huella que queremos dejar en la comunidad shuar Tsunki – a través del proyecto educativo realizado gracias a las donaciones de nuestros lectores - es algo distinto a todo lo que hemos hecho antes. Además de las proyecciones fotográficas y charlas destinadas a la comunidad, esta vez hemos donado una caja con útiles escolares. Pero luego, amigos, nos hemos animado a dar un pasito más: queremos –soñamos- con poder donar una computadora portátil. ¿De qué manera esta computadora podría ayudar a esta comunidad amazónica? En el video de arriba te contamos nuestro plan.
 






Aquí, Pascual, el síndico de la comunidad Tsunki, explica la posición de su comunidad frente a la amenaza de empresas mineras y madereras transnacionales.






 
Arriba, fotos de la proyección fotográfica abierta a toda la comunidad, realizada con nuestro proyector portátil. Hicimos hincapié en resaltar la importancia de la identidad cultural, a través de fotografías de otras culturas. En Ecuador, que es constitucionalmente un estado plurinacional, deberían respetarse los distintos conceptos de desarrollos que tienen las distintas culturas, en lugar de imponer la extracción de materias primas como único modelo a seguir. Además de la muestra, realizamos una charla separada después de la misa dominical en donde explicamos los efectos nocivos de la minería, y cómo esta podría afectar su autosuficiencia como sociedad.
 
Con Ustedes, los niños de Tsunki, futuros flamantes defensores de su (nuestra) selva amazónica.


 



Gracias a todos por ayudarnos, no a cumplir nuestro sueño, sino a mejorar las posibilidades de otros de cumplir los suyos. 


FORTALECIMIENTO COMINUTARIO EN TSUNKI, AMAZONÍA ECUATORIANA


viernes, 2 de setiembre de 2011

LOS NOMBRADORES DE SELVAS Y LA CASCADAS SAGRADAS




Nos aproximábamos a Tsunki, una comunidad Shuar en el Amazonas ecuatoriano. Cuando teníamos todo bajo control, uno de los pasajeros de la canoa nos contó que Pascual Yampis, nuestro contacto local, había salido a Macas. Temimos que el resto de su comunidad se mostrara hostil o apática ante nuestra visita. Cuando la canoa llegó finalmente a Tsunki estábamos exhaustos y ni siquiera sabíamos si seríamos bien recibidos. Sin embargo, con sólo mencionar a Pascual, su mujer Rosana se acercó al precario embarcadero y dispuso nuestra bienvenida. Trepamos por escalones tallados en el barro y con timidez pasamos parapetados tras Rosana y sus niños entre otros locales que nos miraban perplejos.

Se nos asignó una cabaña de madera separada del suelo por unos pilotes. Dentro de ella armamos nuestra carpa para protegernos de los variados insectos de impredecibles tamaños. Noté que sobre todas las cabañas había pantallas solares. Otras viviendas de la comunidad eran simplemente chozas techadas con paja, al estilo tradicional. Luego entendería que no eran viviendas sino cocinas. En el centro de todo, un amplio espacio funcionaba como cancha de fútbol. Caímos rendidos sobre las bolsas de dormir y dormimos profundamente durante tres horas, con un diluvio amazónico como canción de cuna, hasta que somos invitados a merendar.



En la cocina familiar fuimos invitados a merendar, sentados frente a un banco de escuela como mesa, en un espacio separado de la cocina por un tabique formado por tablones por entre cuyas se filtra el humo del fogón. Una de las niñas puso delante de nosotros dos hojas de plátano que envolvían una ración de pollo con palmito trozado, plato típico conocido como ayampaco.



Después -tal como temía- fuimos sometidos a la chicha protocolar de bienvenida, que vino a despojarnos del grato residuo de pollo en nuestro gusto. La preparación de la chica, a base de yuca hervida, es un oficio legado a las mujeres. Estas escupen la chicha en una olla para que las bacterias humanas hagan fermentar la yuca, que así va ganando lentamente grado alcohólico. El brebaje final se sirve en un recipiente hecho de “pilche”, una fruta autóctona. Aprendí a temer a ese hemisferio amarillento cargado del agrio líquido. Pero había que aceptarlo para no ofender a nuestros anfitriones. Laura puede certificar que es muy difícil encontrar algo que no esté dispuesto a ingerir: me consideraba todo un avestruz, ahora derrotado por las leyes de la selva. En este contexto formulé entre arcadas una teoría sobre la existencia de un paladar individual y otro cultural y colectivo. Y en este paladar colectivo shuar la yuca es, en lugar de perdonada, alabada, pues es el tubérculo base de los pueblos amazónicos, y ocupa el rol de la papa y el maíz en el mundo andino, o del trigo en el europeo. 


Después de la merienda pedimos permiso para entrar en la sencilla cocina. Hasta ahora ellos nos servían a nosotros como si fuéramos embajadores –y quizás lo éramos, de otra cultura- pero tarde o temprano queríamos cruzar esa frontera que implica llegar a compartir un espacio. En el centro de la sala ardía una fogata. Sobre un tablón de madera se acomodaba ollas y utensilios, mientras que del techo colgaban las changinas, canastas de caña con que las mujeres salen a recolectar a la finca. En otro tablón se alineaban algunos de los ocho hijos de Rosana y Pascual. Eran tantos que nunca los vimos a todos juntos, quietos y en el mismo sitio. Todavía no sabíamos que nos enamoraríamos de esta familia. Por entonces los niños aún nos miraban con mezcla de respeto y temor. El primer nombre que memorizamos fue el de Manolo, quizás porque siempre hacía monerías, bailaba o corría hacia nosotros con chicharras cautivas de sus mínimas manos. 




Regresamos a la cabaña algo decepcionados por no haber logrado entablar una conversación con Rosana. Cinco minutos después, de improviso, fue ella la que entró, se sentó en el suelo y, mientras amamantaba a su bebé, comenzó a hablarnos de su vida. Tenía 34 años y había tenido nueve hijos, uno de los cuales falleció al año a causa de un vómito. Para acceder al médico más cercano hay que navegar dos horas en canoa y luego tomar una avioneta a Macas… Habla con una serenidad que no omite la fortaleza. Hace pausas después de cada palabra. Los shuar hablan el castellano con una gramática caprichosa y variable. En cambio, son amos de un idioma exuberante como la selva, que nombra árboles, semillas, fuerzas y espíritus. Más que un idioma, es una cosmogonía. Roxana explica que cada uno de sus hijos porta un nombre hispano y otro shuar, en paralelo. Cristian, de 16 años (el mayor) es Arutam (el espíritu supremo de la vida), mientras que Henry es Itti (avispa). Aclara con orgullo que todos sus hijos están bautizados, pero cuando Laura le pregunta si mantienen sus creencias emana un poderoso sí como un geiser. En Egipto conocí el Monte Sinaí y el desértico entorno en que el Dios judeocristiano le habló a Moises. Haciendo regla de tres imagínense la religión que la selva amazónica le puede aber dictado al hombre…



Nuestro primer encuentro con esa selva sucedió al día siguiente. Cristian se ofreció solemnemente a acompañarnos hasta una cascada. Sería iluso querer seguirle el paso a alguien que camina por la selva desde sus primeros pasos. Los cuerpos de los adolescentes shuar son tonificados, robustos, eficientes receptores de la herencia cazadora y guerrera de su raza. Cada tres o cuatro pasos Cristian nombra una fruta o un árbol, como una varita mágica que hace resplandecer sobre el telón de nuestra ignorancia urbana ítems antes desconocidos. Allí está la horquilla, y entendemos que no era paja lo que techaba las viviendas, sino una especie de palma. Hay una planta de la que extraen el veneno de barbasco con el que pescan. Unos pasos más y… “quieren probar palmito?”. Cristian se aleja diez pasos, y con su machete comienza a talar una palma de chonta. Regresa con un cilindro del tamaño de un bazooka, gran sorpresa para nosotros, acostumbrados a los palmitos diminutos enlatados de los supermercados. Al rato, con la educación que lo caracteriza consulta: ¿desea probar toronja? De un machetazo la baja, con otro la troza y le ofrece a Laura: “tome Señorita”.


La marcha a la cascada no es sencilla, por momentos trepamos sosteniéndonos de raíces y lianas, cruzamos árboles caídos, musgosos, tendidos como puentes. Cristian detecta nuestra dificultad y fabrica dos bastones con caña guadúa. Él se anticipa en el camino, con el machete elimina las ramas demasiado bajas. Algunos de sus machetazos son imprescindibles para crear un camino físico y contraatacar la lenta y creciente mordida de la selva. A intervalos regulares, otros machetazos encuentran terminal en árboles duros que jamás podrían reducir: a través de ellos Cristian establece un diálogo con la selva, acaso le expresa su cariño.




Al fin llegamos a la cascada. No es portentosa, pero embellece con su caída una olla de piedra en la que se puede nadar. Dejo que el torrente vertical se vierta sobre mi cabeza, al menos por un segundo. La luz es mágica. Antes de zambullirse Cristian se persigna, ejecutando un alevoso acto de sincretismo. Es que en el pensamiento shuar las cascadas (tuna) son sagradas. A algunas de ellas los hombres shuar sólo acuden en ayuno y “con una misión”, como designa Cristian a la ocasión de tomar ayahuasca.  Justo antes de que pudiera meter un pie en el agua, Cristian anuncia que en la cascada suele habitar una boa. Cuando ve nuestro reacción aclara “no es una boa real, es el espíritu de una boa, si tu lo ves entonces ganas el poder de esa boa”. Esto de andar por ahí fagocitando las esencias de las criaturas de la selva es algo típico shuar. La selva nos va acorazando así, no sólo con barro y sudor, sino con sus propias leyendas. Nuestro mundo urbano, evocado –con dificultad- desde la espesura simbólica de la selva es una angostura ficticia, a lo sumo probable, que no proyecta sombras ni influencias. De bajo, arriba, y alrededor, ella es contundente. Más allá de cada especie, es un conglomerado solidario que contempla al escorpión, a su veneno y a su antídoto exacto escondido en la corteza del árbol correcto. Los shuar conocen las relaciones entre todas las entidades de la foresta, se sirven de ella, la nombran en mitos y canciones y mueren en ella.




“No necesitamos ir de compras, la selva nos da todo. Aquí vivimos gratis” – explica orgulloso Cristian. Algunos podrán ver a los Shuar como un pueblo amazónico relegado que abandonó el taparrabos hace algunas décadas. A mi criterio, sin embargo, conforman un pueblo soberano de su entorno. Aquí no hay división del trabajo. Cualquiera de ellos sabe pescar, cazar y curar, y podría caer en paracaídas en otro sector de la selva y como una semilla reproducir cada aspecto de su cultura. En comparación, un adolescente de ciudad es un inepto adicto a los videojuegos. Y por eso temo el momento en que la minería y las madereras contaminen su entorno en un grado tal que deban salir a la ciudad, cuando ya no puedan cazar su huanta o su armadillo y deban ser peones en un edificio en construcción. Recuerdo con ira e impotencia a los ayoreos que conocí en las afueras de Santa Cruz de la Sierra, antiguos cazadores, hoy tejedores de fundas para celulares y conmovedores mendigos.




Regresamos a Tsunki. Cada paso hace crujir bajo nuestras botas la textura de la selva, tejida en lenguaje de luz y clorofila. Ha sido una caminata de tres horas, pero sólo ahora creo estar convencido –y no sólo teóricamente- de que la defensa de las culturas originarias no debe entenderse como una conducta altruista y descendiente hacia rarezas antropológicas acorraladas, sino como una alineación horizontal, una resistencia en barricada, junto a los guardianes de las sabidurías ancestrales del planeta, junto a aquellos pocos que todavía pueden educarnos en el respeto a la tierra.

 


EN CANOA HACIA EL TERRITORIO SHUAR (JURO QUE NO SABÍA QUE HABÍA ANACONDAS)



 
La finitud del planeta, en combinación con la acelerada intervención humana de los hábitats y la globalización, hacen que la exploración sea cada vez más un arcaísmo de enciclopedia. Pero hay momentos en el viaje en que sí nos sentimos exploradores, claro que los hay. Momentos en que posamos el dedo en un rincón del mapa del que sabemos tan poco, que nuestros ojos se vuelven coliseos abiertos a todas las fieras del misterio. Algo similar sentíamos mientras hacíamos dedo desde Méndez hacia San José de Morona, en la Amazonía Ecuatoriana, y nos preparábamos a ingresar en el territorio de la etnia Shuar.


Algunos conocerán a los Shuar por su fama de reductores de cabezas, y les temerán. Otros los perdonarán porque saben muy bien que son los guardianes de la ayahuasca, esa planta ritual con la que acceden a visiones reveladoras. En todo caso, me parece fantástico que los Shuar hayan dominado el arte de reducir las cabezas y expandir las consciencias al mismo tiempo. A medida que avanzábamos, almaceneros y conductores nos alertaban sobre el peligro de entrar en su territorio. “Un mes atrás apareció muerto un gringo que andaba en moto”. Todos nos repetían el caso del canadiense que aparentemente se había encamado con una viuda Shuar y había sido, en consecuencia, víctima de un crimen pasional. Más allá de esto, los Shuar mantienen tensas relaciones con el estado ecuatoriano, que pretende concesionar sus recursos a madereras y mineras chinas. Justamente en un evento contra la minería en Cuenca habíamos conocido a Pascual Yampis, un dirigente Shuar, y él nos había invitado a visitar su comunidad sobre el río Mangoziza, llamada Tsunki. Intentamos anunciar nuestra llegada por radio desde la Misión Salesiana de Cuenca, pero los octogenarios padres salesianos parecían boxear con el transmisor más que digitarlo. Así las cosas se hizo la luz, perdón, la ruta… Nos mandamos igual, con el nombre de Pascual y una foto del Padre Juan de la Cruz Ribadeneira como amuletos protectores, no vaya a ser que justo ahora los Shuar decidieran revivir sus antiguas mañas…



La ruta hasta Puerto Kaspaim es excelente. Mientras viajamos en la doble cabina de un ingeniero me pregunto si acaso no será el asfalto el que gestione la dominación que incas y españoles fallaron en infligirle a los Shuar. Los Suar que viven sobre la carretera, ya están vendiendo sus tierras –y les pagan por árbol en pie- a madereras. Con el dinero compran “carros del año”, como llaman en Ecuador a los 0 km. Para algunos, esto equivale a progresar. Nosotros, en cambio, estamos interesados en conocer a los otros Shuar, a los que aún viven en armonía con la naturaleza en comunidades al margen de sus ríos. Nos sentamos tímidamente en las gradas del embarcadero. Algunos nos preguntan a dónde vamos, y a todos respondemos que vamos a visitar a nuestro amigo Pascual. Tememos que nos pidan un permiso extendido por la Federación Shuar, papel que deberíamos tener para aventurarnos río adentro.



Abordamos una canoa con otras nueve personas, la mayoría Shuar que vivían en la ciudad y regresaban a visitar a sus familias. Algunos de ellos hacen ostensible ese falso orgullo urbano manipulando celulares sin crédito, sólo para deslumbrar a sus pares. Uno viste una remera de Iron Maiden. Cuando le pregunto si le gusta la banda, me responde que se la regaló un amigo de Quito, quien es el vocalista. Me queda claro que aunque los íconos de la globalización abundan, ninguno de ellos entiende un carajo de qué se trata el tema, y hacen sonar ringtones de la Oda a la Alegría en el celular, acaso nueva balada del tal Daddy Yankee.


A medida que el motor fuera de borda de la canoa nos inyecta en el río Mangoziza me siento cada vez más feliz. Hace semanas que extrañaba salirme del mapa. La sonrisa es indeleble al hecho de que el río está bajo. Como vamos contracorriente, hay riesgo de que la canoa se vire. En proa, un hombre al que llaman “puntero” mueve los brazos en todas direcciones siguiendo un código que indica al motorista la dirección a seguir para esquivar piedras y remolinos. Es como un director de orquesta. Yo y otros dos hombres nos bajamos a empujar la canoa. Que en ese río había anacondas me iba a enterar más adelante. Las mujeres y niños dan un atajo por la selva y nos esperan en una playa segura. Por Dios, he visto madres con tres o cuatro niños tomados de la mano en medio del río, cruzarlo hasta la mitad para reembarcar la canoa.



Las pausas para almorzar fueron la primera introducción a la gastronomía Shuar: mi mueca de horror tras probar por primera vez la chica, bebida a base de yuca hervida y fermentada, le dio a la comitiva de nuestra canoa un motivo para reírse de nosotros. Y ese es un paso magistral hacia la aceptación intercultural: lograr que los otros se mueran de risa de uno. Pues quien es blanco de la risa es blanco de simpatía. No sé si Levi Strauss tomó apuntes del tema, pero yo lo llevo como una máxima. Al regresar a la canoa, ya nos sentíamos más integrados.