lunes, 15 de agosto de 2011

EL PESCADOR MAREADO Y LA SOPA DE LANGOSTA


Guayaquil fue nuestra base durante nuestra primera etapa en Ecuador. Desde allí, hicimos propia la costa ecuatoriana con escapadas a todos sus rincones. Pasamos varias veces por Montañita, Olon, Manglaralto o Canoa, al punto de poder predecir con confianza casi local los muelles, salinas y camaroneras de San Pablo…  Las camionetas que nos llevaron, son tantas que en la memoria se fusionan en una que las abarca a todas, con un conductor de rostro borroneado por el promedio. Claro que algunos destacan. Nunca olvidaremos al jefe de las fuerzas especiales que nos suplicó que le ayudáramos a comprar un perro de raza en Argentina, al dueño de la heladería que nos llevó en su hermosa combi VW, que compartimos con la gigantografía de un cucurucho, al blusero que había vivido en EE.UU o al aniñado médico de Samborondón que se ofreció a llevarnos a un lugar seguro… y nos dejó en el McDonald’s más cercano.



La ruta al norte de Montañita, sitio ya descripto por Laura en su blog, va sorteando sencillas aldeas de pescadores. Desde que llegamos a la zona le decía a Laura que quería compartir algo con ellos, pero quisiera que se diera de forma natural. Así que habíamos vagado por las playas fotografiando sus esbeltas embarcaciones varadas en la arena, con ropa tendida entre barco y barco y niños jugando a la pelota. Pasamos Ayampe, vimos desde la ruta la Isla de Salango, y aceptamos un viaje en camión hasta Puerto Cayo. Como eran las 5 de la tarde, entramos al pueblo y decidimos hacer noche allí.


Todos los pueblos de la costa ecuatoriana comparten cierta iconografía natural. Los hombres que juegan a las cartas en los porches de las casas, los comedores con las mujeres preparando “maduro”, los cumpleaños infantiles pobres con globos y gallos, el calor… Por una calle bajamos en dirección a la costa. Entonces divisé una de esas escenas que hacen que en Ecuador abunde el material para una novela costumbrista. Era una casa de pescadores. Los hombres arreglaban las redes entre las que jugaban sus hijos, se escuchaban las voces de las mujeres dentro. Pedí permiso para tomar algunas fotografías, y pronto uno de ellos apareció sosteniendo dos pulpos. Lamentaron no tener ninguna langosta. Entonces sucedió la magia: “¿Por qué no vienen mañana a las 5:30 y salen a pescar con nosotros?”. Como este tipo de intercambios era precisamente lo que buscábamos, prometimos hacerlo. Seguimos bajando esa calle comentando la sincronía que el universo tiende –por momentos hacia nuestros deseos.


Buscando algún sitio donde alojarnos conocimos una familia italiana que llevaba 30 años viviendo en Venezuela. El hombre, de unos sesenta años, con una gorra naval roída, parecía recién bajado de un barco mercante de los años 60. Nos permitieron acampar en su casa, que a decir verdad era como un camping. Cocinaban sobre una garrafa, y se quejaban de que habían evacuado Italia huyendo de los impuestos (le tasse) para llegar a Venezuela y terminar escapando de otro dictador. Nos permitieron acampar junto a su casa, y pusieron a disposición su cocina pero no sus alimentos, dejándolo bien en claro. Yo recordé cuando en 2001, el dueño de un restaurante italiano en París puso delante de mi hambre un plato de pasta, con un vaso de agua con hielo. “La Pasta no se le puede negar a nadie” –me había explicado. Nunca entendimos porque estos italianos sí mezquinaban la pasta.


A la mañana temprano salí entre perros que me ladraban, con mi fiel linterna. Pasé por la plaza desierta y divisé los avioncitos de papel abandonados por los escolares y humedecidos por la humedad matinal. Identifiqué la casa de los pescadores, quienes ya preparaban sus redes. El padre de Palote, mi nuevo amigo, aceitaba un motor fuera de borda Yamaha. Recordé que en todas las casas del pueblo había visto motores náuticos similares, reposando en caballetes para su constante mantenimiento. Palote, su hermano Yuma, y dos vecinos tomaron bidones de combustible, cajones plásticos, botas, herramientas,  y lo cargaron en una camioneta amarilla desvencijada. “A la playa pues” – dijo el padre de Palote.

De otras casas también salían camionetas, todas más o menos vapuleadas por las décadas, cargadas de redes y pescadores. Todas las mañanas, Puerto Cayo hace su jugada, avanza sus peones hacia el mar, como durante milenios lo hicieron los navegantes de esta zona del Ecuador. Los navegantes manteños incursionaron hasta las costas de Chile y México en busca de conchas, vasijas y oro. Y hasta el día de hoy ser pescador es mucho más que ejercer un oficio.


Aún no había amanecido cuando deslizamos el bote hacia el agua sobre troncos de madera.. Pronto estábamos atravesando las olas, mientras los pelícanos comenzaban a seguirnos ansiosos de embuchar las sobras de la captura. La proa del bote iba casi en el aire, y sobre ella Yuma se paraba en perfecto equilibrio e intentaba divisar las boyas que indicaban la posición de sus redes. Las boyas no eran naranjas como me las imaginaba, sino simples botellas de gaseosa. Una vez localizadas, comenzaron lentamente a jalar de ellas. Sus manos consumadas lo hacían con suma rapidez, como si fueran a pescar algodón. Y mientras lo hacían cantaban o lanzaban bromas socarronas sobre sus mujeres. Uno de ellos iba separando las langostas. Cuando vi salir la primera me pareció casi un ser mitológico, con su irreales antenas y sus temibles coletazos. Otras veces la red barría con caracolas llamadas Spondylus, que alguna vez fueron moneda de cambio entre los incas. Cuando Malay subía las piedras que anclaban las redes, Palote le decía: “Mal vecino, suba langostas, no piedras!” Cuando todo lo enredado ha sido procesado, devuelven la red al mar, manipulándola con la velocidad de un pianista prodigio.


La jornada de pesca duró unas cuatro horas, tiempo suficiente para marearse un buen rato y recordar el Pasaje de Drake, lanzándose oportunamente  a estribor para hacer las ofrendas estomacales al Pacífico. En cierta forma fue una ceremonia, ya que el Pacífico era un océano sobre el que nunca había vomitado aún (sólo en el Atlántico y en el Antártico). Dicho esto, no había tiempo par distraerse, porque si el vuelo razante de los pelícanos era ya un espectáculo, más lo fueron las ballenas jorobadas que comenzaron a saltar, a 500 metros nuestro. Lamentablemente, no pude tomar fotografías debido a la distancia y la escasa luz. Las ballenas jorobadas llegan a las costas del Ecuador en plan de apareamiento. Me sentí afortunado en el corazón de poder verlas.



Algo me apasiona de la vida de estos pescadores, y me cuesta comprender qué. Supongo que tiene que ver con la esencialidad de capturar sus propios alimentos, e insertar el resto en el mercado. Los pescadores artesanales de la costa de Ecuador no tienen seguro médico, ni aportes jubilatorios, ni nada, y deben competir por el recurso con modernas flotas comerciales.  Encomiendan el futuro de sus familias a la fecundidad de las redes que siembran en el mar. Esas mismas familias los esperaban en la playa cuando finalmente regresamos.  Acepté dos cabezas de langosta y cuatro pescados como paga y regresé a la casa donde acampábamos. Hasta el marinero más mareado merece una sopa de langostas.

LAS PEÑAS Y EL SACERDOTE DE LAS RESACAS


Cuando el arquitecto francés Thoret unió en una jugada racionalista la cuadrícula de la ciudad nueva con la vieja, debió haber sufrido en secreto por no poder someter a Las Peñas a los ángulos rectos y al rigor de sus planos. Quizás por eso y durante décadas, lo que alguna vez fue el primer barrio de Guayaquil, hizo un exhibicionismo de sus imperfecciones. Dicen que llegó a ser casi una favela, montado en el cerro Santa Ana. Las casas de madera fin de secle de inmigrantes europeos aprendieron a convivir con las casas de caña de los hijos de la tierra. Se subía por peldaños irregulares, a buscar droga o cualquier otra cosa que el hampa pudiera brindar. Hace una década sin embargo, el municipio impulsó una medida interesante. En lugar de desplazar a los vecinos y derrumbar sus casas con topadoras se les dieron créditos para que las reformaran y abrieran tiendas y tabernas. El resultado es un barrio bohemio que combina ateliers y bares cosmopolitas con tiendas y comedores locales. El sitio es, de esta manera, peculiar. Hay guiños al turismo por todas partes, pero uno no deja de tener la inequívoca sensación de estar entrando en un territorio del que los vecinos tienen posesión simbólica. De hecho, los lugareños miran televisión con las ventanas abiertas, beben cerveza en los umbrales de sus casas, y sus niños hacen slalom entre los turistas gringos que buscan la fotografía perfecta.




Angostas, cada vez más angostas. Así se vuelven las callecitas a medida que Laura y yo nos escurrimos por Las Peñas, subiendo escalinatas y doblando esquinas hasta perder voluntariamente la orientación. En un punto, me llamó la atención un cartel: “Se vende vaso de cerveza $1,00”. Un hombre de barba y anteojos se deleitaba con la oferta, sentado en una silla plástica. Recuerdo que no hubo una invitación explícita, pero nos sentamos. Lo observé mejor. Me parecía de allí y extranjero al mismo tiempo. Un hombre de musculosa que se asomó desde el interior de la casa tomó mi orden y un niño moreno descalzo me alcanzó el vaso coronado con fresca espuma. La ventana de la casa siguiente oficiaba, en cambio, de comedor. Los vecinos hacían fila y salían bendecidos con un plato de fritada (plato que Laura describió en su blog). En el momento me pareció que más allá de brindarse unos a otros los alimentos, aún a pesar de mediar un acto de comercio, los vecinos estaban tomando la comunión. Un parroquiano de boina que sentado en el suelo conversaba con Laura lo describió mejor de lo que yo podría: “aquí es fresco, de la casa a la boca”.



Cuando el sujeto de la cerveza detecta nuestro acento argentino nos cuenta que él es –en comprensible escala- ecuatoriano, pero hijo de argentinos, y nieto de italianos. Me extendió la mano: “Soy Héctor, Héctor Napolitano”. Juan y Laura, respondemos ingenuamente. No sabemos que estábamos compartiendo una cerveza con una leyenda viviente de la música ecuatoriana. El viejo Napo se sobreponía una vez más a la resaca, que en Las Peñas es como un humor que se materializa victorioso cada mañana tras la farra que implica la bohemia. Mediante medios que no logré ni quise comprender Napo lograba mantener en perfecto equilibrio el vaso de cerveza lleno sobre sus jeans. El niño moreno que me había traído la cerveza ojea las fotografías del periódico y me mira, mientras un perro come el mote que ha caído al suelo y un gato le araña el hocico. Como es obvio que nos ha gustado la fritada Napo pregunta si hemos probado el encebollado, una sopa de pescado ideal para moderar lo que los ecuatorianos llaman chuchaqui y nosotros resaca. En ese momento el viejo Napo y el hombre de boina acuerdan con la mirada un segundo de silencio, como consultándose antes de revelarle a un foráneo una nota de la identidad del barrio, después de lo cual Napo prosigue: “Hace poco murió un hombre que hacía encebollado desde hace 50 años. Nos quedamos desconcertados...” Recordé mis propias reflexiones sobre la alimentación y el modo en que esta se tornaba una comunión simbólica. El que había muerto no era un circunstancial cocinero, estos hombres habían perdido al sacerdote de su resaca. Hay, en toda ciudad o barrio, liturgias que los seres de la noche conocen a la perfección, y que también incluye y absuelve a los jóvenes que se orinan sobre los empedrados por las madrugadas.




Mientras acaba su cerveza, el viejo Napo saluda a una bailarina que asciende apurada por la calleja. “Es la madre de mi último hijo” –dice. Luego él también se para. Caminamos un par de cuadras en la misma dirección. En cada oportunidad en que una mujer agraciada cruza nuestro paso, él le acierta un piropo. “¿Cuándo nos casamos?” – le increpa a una. Y cuando yo anticipaba la cachetada esta le responde: “Cuando Usted diga Napo”. Ni Napo repite los piropos, ni dama alguna se siente ofendida por ellos. También de alguna manera, hacen a la cohesión, identidad, y-refuerzo mi tesis- comunión del barrio. Son parte de la liturgia de los vecindarios latinoamericanos.

PRESENTACIONES EN GUAYAQUIL Y LA COSTA ECUATORIANA



Este mes iniciamos las presentaciones de nuestro proyecto educativo en el Colegio Cotopaxi de Guayaquil. Allí nos llevaron José Matías y Ricardo Ramírez, compañeros del Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos. En el camino, José nos cuenta de lo complicada de la situación social en el sur de Guayaquil, y nosotros esperamos poder aportar algo de optimismo y esperanza en los niños a través de nuestras fotografías. Lo bueno, como siempre, es aprender que hasta en los escenarios más difíciles la gente tiene buenas ideas. La escuela tiene un emprendimiento junto a sus alumnos para procesar harina de plátano.




Llegamos al Centro Educativo Praga a través de Denisse, una lectora de Guayaquil que había pedido por correo un ejemplar de “Vagabundeando en el Eje del Mal” y con quien estábamos en contacto. Además de mostrarnos donde tomar el mejor café de la ciudad (Sweet and Cofee) Denisse fue el nexo con la gente de este colegio, donde presentamos a los niños la muestra “Visita Guiada por las Culturas del Mundo”.




En la librería Libri Mundi, en el Centro Comercial San Marino de Guayaquil, realizamos una charla y proyección fotográfica abierta a toda la comunidad. Esta partió con una presentación de “Vagabundeando en el Eje del Mal”, pero también abarcó imágenes de nuestra aventura latinoamericana, historias y anécdotas que seguramente contaremos en un próximo libro. Fue muy acogedor llegar a la librería y conocer cara a cara a nuestros lectores ecuatorianos. Incluso mucha gente que circulaba o curioseaba los anaqueles se arrimó a lo que pronto se tornó un happening.



En el Coconut Hotel habíamos acampado junto con los chicos de “Mil Américas” que venían bajando desde Colombia en su combi “Blanquita”, Allí, bajo su techo de paja, realizamos una presentación bastante peculiar. Fue lindo ver a surfers americanos mezclarse con familias ecuatorianas de vacaciones para escuchar nuestras historias. Por esta diversidad, por primera vez debimos traducir cada frase al inglés después de haberla dicho en español. Conocimos gente que nos alentó mucho a seguir con esto, como Daniel y su familia, de EE.UU, y Brandon y Emily, una adorable pareja de New Hampshire, él estudiante de teología y futuro pastor de la iglesia anglicana, ella dedicada al counselling.

Gracias a todos los que nos ayudan y alientan a seguir realizando esta labor. Si quieres saber cómo poner tu granito de arena, lee aquí. Lau, yo y los chicos de las escuelas del mundo te estaremos agradecidos!

sábado, 13 de agosto de 2011

RADIOGRAFIAS DE GUAYAQUIL: MÚLTIPLES ALMAS DE UN ASTILLERO




“En Guayaquil sale el sol y hace calor… y hasta la luna arde como el sol” – dice el blues que Kevin Lenin pulsa sin púa en su guitarra en la noche de Sauce 7. Y Kevin es bastante literal con su metáfora, pues Guayaquil, la ciudad más al sur del Caribe sin estar en el Caribe, reposa en el ojo, en el alma de Ecuador, hierve con 3 millones de almas sudantes junto a la desembocadura del río Guayas y sus esteros. Quienes la apodan “el astillero” conmemoran sin saberlo que de aquí salió la primera galera de América del Sur, en 1556. Para nosotros, también, Guayaquil es un astillero en que nos tomamos un par de semanas para reparar nuestras mochilas, descansar un poco el alma de nuestra acelerada carrera hasta Cuenca, y mirar mapas antes de seguir.


El compañero José Matías Valencia fue el primero en recibirnos, militante en el Partido Comunista desde los 11 años. José llegó a ser becado por Mercedes Benz para estudiar finanzas en Hamburgo en los años 80 antes de definitivamente consagrar su vida a la lucha por la salud pública. Pasamos una semana en su casa, aprendiendo sobre los contrastes de Guayaquil, en donde las ciudadelas privadas como Los Ceibos limitan con barrios como El Bastión Popular, o Nigeria, una favela afroecuatoriana. Vajilla de plata junto a cucharas vacías... Valle Alto, una de estos barrios-fortaleza, tiene su propio parque temático kitsch con una réplica de la estatua de la libertad (que sólo puede celebrar la libre interpretación que se ha hecho de ella), y hasta un Big Ben bonsai, bosquejos a mano alzada del imperio. No me sorprende el malgasto de mampostería berreta tanto como la ausencia de vergüenza (y de orgullo) que debería ir asociada a estas aproximaciones no autorizadas al Imperio. Y he llegado a la conclusión de que esto es algo propio de las clases acomodadas, vox pupoli peluconas, del Ecuador.



Nuestro antídoto contra el sedentarismo parece ser mudarnos de casa en casa aún cuando estamos en la misma ciudad. Y así nos tomamos la metrovía desde Sauce 7 hasta el malecón, donde Servio Zapata, pintor local, nos espera en su departamento-atelier. Las paletas usadas para cada obra adornan los muros del luminoso ambiente frente al río Guayas como si fueran placentas. En el centro es frecuente verlo a Servio orquestando la luz a pincelazos desde el atril, mientras escucha Sabina, deteniéndose a veces para leer unos versos de Leopoldo María Panero o jugar un rato a la Play Station.




Cuando llegamos a su departamento, el artista daba los últimos toques a su colección titulada Xocolatl, un despliegue de cuadros y trípticos hiperrealistas destinada a retratar las haciendas cacaoteras del Ecuador. Allí aprendimos que Ecuador es uno de los mayores productores mundiales, pero más allá de estadísticas de exportación la obra de Servio permite al ojo habitar un universo de miles de tonos de verdes. Las plantaciones se extienden hasta el horizonte, pero cada hoja tiene contornos, brillo y tonos distintas de las circundantes, como iluminadas por un sol diferente. Uno se pierde en el detalle, en los ocres variables de las hojas en descomposición que tapizan el suelo, en la veracidad de las malezas y hojas carcomidas por hormigas. Famoso por su estilo realista, cierta vez pintó una batalla épica en el techo del jacuzzi de Novoa, el millonario dueño de la mayor exportadora bananera del mundo. Más allá de su talento, nosotros le tomamos aprecio por su sencillez y su humor, porque hay que verlo despotricar por la inexistencia de la palabra hombrezuelo o hipotetizando la posibilidad de llevar a Stephen Hawking al espacio exterior y dejarlo allí flotando para que se inspire.


Desde que llegamos al departamento de Servio, Guayaquil se nos abrió como un kaleidoscopio. Cada día conocíamos artistas, escultores del vino y del olvido, misteriosas mujeres de sombrero que ejecutaban una fisiológica poesía de la autocomplacencia, mujeres de helio. Asistimos a los recitales de poesía de Siomara, a inauguraciones en galerías de arte donde el whiskey gratuito envalentonaba a inversores y mecenas, y probamos las geniales milanesas napolitanas del Negro Uzqueda, un catamarqueño exiliado. Pero fundamentalmente, las escaleras del departamento de Servio eran un tobogán hacia el agitado corazón de la ciudad: la Bahía.





No podría decir que la Bahía es un mercado o un bazar, porque ambos términos resultan insuficientes. Originalmente, en la bahía del río Guayas los barcos arrojaban a tierra sus mercancías para evitar los controles aduaneros. Hoy día el contrabando se ha tecnificado, y ya no es necesario arrojar bultos por la borda sino tener el contacto indicado. Son varias hectáreas las que ocupa esta laberíntica tabla periódica de frivolidades. Dentro de cualquiera de sus calles uno pierde toda perspectiva de la ciudad que lo rodea. Tarjetas de memoria, laptops, filmadoras, lencería, perfumes imitados, relojes falsificados. Los celulares ocupan en sí una vasta área, hay templos dedicados a sus fundas y accesorios, y seculares gordos con gorras de baseball y casacas amarillas del Barcelona sueldan sus plaquetas y circuitos. Lo hacen con obstinación y cariño como si estuvieran resucitando ángeles. A la posmodernidad le falta un Michelangelo que esculpa la ausencia de los rostros complacidos y fláccidos de quienes ganan su pan liberando celulares. La oferta abruma, comisionistas freelance con catálogos de bicicletas o ventiladores nos arengan hacia sus tiendas. Hombres cargan cajas con televisores en camionetas que esperan en fila para hacer entregadas a familias que se atrincheran con electrodomésticos, como en Empty Spaces de Pink Floyd. Otros envían nerviosamente mensajes de texto con cotizaciones y porcentajes. Los cocacoleros adjudican vasos de gaseosa a los cansados mercaderes en el vaho de los mediodías guayacos. Codo con codo, familias, buscavidas, oportunistas, es un caos que reencarna cada mañana y muere hacia el atardecer, como una diástole y sístole perpetuadas desde y hacia la eternidad. En los gestos de la gente adivino también la esperanza de vivir un día en los Estados Unidos. Más difícil de explicar aún, sospecho que al apropiarse de baratijas modernas inalámbricas y pagarlas con dólares americanos de curso legal, muchos se convierten a la auto-ficción suplente de alinear sus vidas al sueño americano. Porque claro, conseguir la visa es mucho más complicado, aunque la Bahia sea un pasamano de Washingtones, Abrahames Lincoln y Benjamines Franklin.



Por la Bahía, camino muchas mañanas con libreta y birome a mano, sólo atento a lo que la gente dice, al verbo aplicado. Siempre pensé que en sitios como estos se podría confeccionar cadáveres exquisitos con las frases que llegan a nuestros oídos, todas hilvanadas por ser paridas en una circunstancia nodriza común: el comercio. Así escucho (y anoto): está trabajando, pero no le pagan / ¡contrabando mi amor! / Kenzo, Kenzo / agua, agua, agua / un dolarito, aun dolarito / come aquí y muere por alllá / se tapan porque saben lo que tienen / no sea malito una yapita por favor / es ropa norteamericana…



 
Opuesto conceptual y espacialmente a la Bahía, Se encuentra el Malecón 2000, un boulevard prolijo, vigilado, y privado que es una pasarela de familias y parejas almibaradas, de puestos de helados, cinemas 3D y parques temáticos infantiles. Es el espacio más turístico y contemporáneo de Guayaquil, con farolas futuristas, hamburgueserías con menúes fotografiados y sin vendedores ambulantes. Los niños tironean a sus padres hacia el Buque Escuela “Guayas” y por el río pasa otra “fragata”, a motor, pero con velas de adorno con el logo de Movistar. Hoy el malecón es un parque de diversiones, pero antes fue mucho más que eso. Aquí había muelles donde atracaban barcos día y noche. Ya en el siglo XVII los viajeros anotaron que el sordo cuchicheo de quienes negociaban en los muelles era la seña indiscutible de haber llegado a Guayaquil. Según me contó un anciano del lugar, hasta la década del 70 flotaba aún en el ambiente el aroma del cacao. En la década del 20, sus ramblas de madera eran territorio de inmigrantes, algunos llegaban desde Italia para afincarse, otros desde la Sierra a buscar las oportunidades que el auge cacaotero ofrecía.




Una torre de madera con reloj cuantificaba el pulso de estos muelles furiosos. Hoy, una reconstrucción en estilo morisco de esa torre sigue liberando a Cronos, pero ya no hay muelles ni furia, sino sus íconos. Una estatua de San Martín y Bolívar abrazados en pose algo afeminada. Un vagón de madera de primera clase que alguna vez viajó a Quito. El malecón es un espacio aséptico apto para todo público, un refugio de seguridad propuesto por el mismo sistema que educa en la competencia y que enaltece las diferencias sociales, y que arrojó a esas mismas aguas del Guayas a los panaderos y vulcanizadores de la Revolución del ’22. Volviendo a la Bahía, en sus recovecos donde se rematan desde pasta dental hasta cotorras, es para mí donde late más sinceramente el alma de Guayaquil, que siempre fue mercado, puerto y remolino.