miércoles, 27 de julio de 2011

¿QUIÉN QUIERE VENIR CON NOSOTROS? (CHARLAS EN ANCONCITO Y PROSPERIDAD)


  

…les preguntamos a los chicos de la escuela de Anconcito, cuando ya habían visto buena parte de la proyección fotográfica que les mostramos como parte del Proyecto Educativo destinado a escuelas públicas que promovemos durante nuestro viaje. Claro, cómo no iban a querer abducirse de la hora de matemática, que seguía, y trocarla por ese amable universo que les contábamos, ese universo al que realidad ellos también pertenecen. De hecho, no estamos muy lejos de la casa de Jerry, el camionero que nos invitó a su hogar para e día del padre. Algunos de estos niños podrían ser sus hijos. Muchas de sus familias podrían actuar como la de Jerry, y abrirle la puerta de sus casas a una pareja de mochileros que llegan en medio de la noche y justo el día del Padre. Estos personajes Panamericanos –Jerry era de Chimbote, Perú- comienzan a filtrarse en nuestra muestra, alguna vez exclusivamente poblada por remotes hindúes y nobles beduinos de imperturbable turbante…
 
                          

Arriba una panorámica de Anconcito, en la costa de Santa Elena, la última provincia ecuatoriana declarada como tal. Para muchos la costa de Santa Elena es sinónimo de Salinas, una réplica de Miami para quien la mire con mucho cariño, con sus hoteles sobre la playa y sus palmeras cansadas de fingir el descascarado paradigma del sueño americano. La postal de la felicidad con rigor de camisa de fuerzas.
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Más allá de la franja costeras de Salinas, hay una serie de poblaciones que se van imprimiendo en el mapa como manchas de humedad que florecen en una pared. Nos quedamos en casa de Nancy, la maestra que conocimos en Anconcito, quien vive con sus dos hijos. El barrio se llama Muey. Con más voluntad de existir que planeamiento, las viviendas del Muey se levantan con lo que hay, por lo general de caña y luego con el sudor llega el revoque. Por las calles de tierra pasan unos niños al trote. Patean una garrafa de Repsol amarilla vacía. Una hombre tirado en la vereda ofrece relojes chinos que saca de un bolso azul. Tanto el niño como el hombre están descalzos. Tal es la precariedad del barrio que no se entiende si está siendo construido o desmantelado. 

 



La caña, las esteras, los revoques irregulares levantados hasta donde se pudo, develan las etapas de ahorro y malaria, estratifican las rachas de la economía familiar expuestas como una geología de la pobreza. Los hierros que sobresalen de los techos son la esperanza de un segundo piso, raíces tendidas hacia el cielo.
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Por ese amable vecindario doy vueltas, como un ave rapaz con ojo de águila atento a imágenes, letras, o de la sonrisa de un niño que no me calculó posible. La gente se hamaca dentro de sus casas. El que tiene suerte mira películas copiadas en un DVD trucho que vende una señora muy gorda que almuerza todos los días en el comedor de Félix, la escuché decirlo. (Félix, por favor, un poquito más de menestra, yapa para los vecinos…)




CHARLA EN UN COMUNA LLAMADA PROSPERIDAD: EL ENFOQUE




Esta charla fue una de las más curiosas realizadas desde que salimos. Cuando llegamos en taxi, acompañados por Nancy, era ya la más absoluta noche. Casi no había iluminación pública o casas iluminadas. El nombre de la comuna, Prosperidad, parecía decretado con desesperación más que con ánimo descriptivo. Nada allí era próspero. La gente llegó a esta zona cuando se agotaron los terrenos en las cabeceras cantonales. La mitad son ebanistas, la otra mitad pescadores y algunos trabajan en la planta de petróleo de Libertad. La gente esta expectante ante nuestra charla, y prestaron suma atención. Muchas fotos despertaron carcajadas, otras asombro. Pero flotaba cierta incomprensión en el ambiente. Cuando terminamos, nos dimos cuenta que la gente esperaba algo de nosotros. Como tenía mi remera del Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos, acaso creían que traíamos algún proyecto para la comuna. Al fin un hombre se paró y preguntó a viva voz: ¿Y Ustedes tienen alguna idea para que salgamos de esta miseria? Me lo quedé mirando. Claro que tenía ideas. Mi primer pensamiento fue que esa gente estaba esperando soluciones mágicas caídas del cielo. Y se lo dije. “Nadie va a venir a salvarlos” Ni hay soluciones mágicas. Recordé el arduo trabajo de los campesinos paraguayos que conocimos en San Pedro, y los incentivé a formar cooperativas. La solución no está en esperar las miguitas de bienestar de los planes sociales de ningún gobierno. Si son ebanistas, intenten ser mejores ebanistas, no se transformen en empleados municipales por cien dólares mensuales, y mucho menos en "jefes de familia". Si son pescadores, formen una cooperativa para competir más eficientemente. En fin, en estos casos Laura y yo estamos convencidos que las soluciones están dentro y dependen de una cuestión de reenfoque.


martes, 26 de julio de 2011

ENCUENTRO CONTINENTAL POR EL AGUA Y LA PACHAMAMA EN CUENCA


No podría decir que fue fácil. El camino a Cuenca, Ecuador nos demandó 15 días de viaje casi continuo desde Potosí, montados en todo tipo de vehículos, desde camiones cargados con explosivos o alcachofas hasta mototaxis, a lo largo de la vertebral carretera Panamericana. Sin embargo, para nosotros, caminantes de la América actual, conflictiva, saqueada (como siempre) asistir al Encuentro Continental por el Agua y la Pachamama era una cuestión de principios, y una oportunidad única para asistir a una comunión de los pueblos americanos en resistencia frente a la apropiación y contaminación del agua por emprendimientos mineros y agroindustriales. Viajar a Cuenca implicó eliminar del itinerario sitios como La Paz o el Titicaca. Rápidamente decidimos que no era gran sacrificio reemplazar un ícono turístico de la Pachamama por aquella coordenada precisa donde ésta se defendía de la explotación transnacional de sus entrañas.



El incienso y el sonido del churo –una enorme caracola- impregnan la atmósfera. La Ceremonia inaugural del Encuentro tiene lugar en un parque situado detrás del Banco Central del Ecuador, en un montículo ceremonial ya sagrado en tiempo de los cañaris y los Incas, quienes llamaron a la ciudad, sucesivamente, Guapondelig y Tomebamba. Cuenca es la reencarnación actual. Allí, como si fueran legiones de guardianes enviados por la misma tierra desde un espiral de puntos cardinales, se congregan hombres y mujeres de todas las naciones americanas. Vamos llegando, nos reconocemos hermanos sin interrogarnos la identidad o la ideología. Si compartimos ese tiempo y espacio sólo puede habernos reunido la indignación. Mejor que cualquier wipala, la diversidad que personificamos rubrica la veracidad de nuestra voz. Somos campesinos, profesionales, delegados de organizaciones sociales, activistas, docentes, estudiantes, latinoamericanos, europeos, pueblos originarios y criollos. Gente autoconvocada, gente de las organizaciones coordinadoras, como el Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos, Ecuarunari, la CONAIE o Acción Ecológica, entre otras. Colectivamente, el pueblo internacional reclamando frente a una amenaza internacional. Sobre la hierba, los campesinos locales han preparado un coricancha, un ritual de agradecimiento a la Pachamama. En forma de chakana, de la sagrada constelación de los incas, mujeres ataviadas en vistosos textiles, con sus sombreros y aguayos colocan con precisión de relojeras los frutos de la tierra, choclos, bananas, manzanas, uvas, mandarinas y pétalos de flores. En el centro, una esfera de cristal evoca al planeta…




Una representantes de la Confederación de los Pueblos Quechuas del Ecuador toma la palabra, llamando al continente por el nombre que le daban los Mayas, anuncia: “Hombres y mujeres de los pueblos de Abya Yala, desde Alaska hasta Tierra del Fuego, hijos e hijas del águila y del cóndor, nos reunimos en Guapondelig, cuna de nuestros ancestros cañaris, en este solsticio de inviernos en los Andes…” Es casualmente la fecha del Inti Raymi, ocasión para agradecer al sol, “ente transformador, por las cosechas y los alimentos que nos permiten vivir en el sumak kawsay (el buen vivir andino, en quechua). La mujer enfatiza que a través de este ritual estamos conectados con el cosmos y la Madre Tierra. Luego es una delegada indígena de Guatemala quien toma la palabra y siembra el tono del Encuentro: “Estamos con una lucha grande que no sabemos cuando se va a terminar, pero sí sabemos que vamos a ganarla en unidad..” Ella invoca al agua, no a la limtada fórmula del H2O, sinó a la Yakumama (Madre Agua), que permite y urde la vida, que está conectada “tanto con la luna como con el vientre de las mujeres”. Por momentos la mujer habla en quechua, por momentos en castellano. Cuando lo hace en quechua, sus palabras se vuelven –quizás- espejos más exactos de su alma.



Pero el Abya Yala, nuestra América, tiene una herencia híbrida, sincrética. Por eso un sacerdote católico y un chaman centroamericano entonan juntos una canción. No es un dúo cualquiera, sino uno que concilia lo que podría considerarse antagónico. Guitarra en mano, cantan:



“Abya Yala hoy vuelve a su memoria y construye libre su propia historia.
Pachamama de naciones hermanas, cuidaremos la vida en tus entrañas.
Compartimos agua, tierra y cultura, resistencia frente a la dictadura.
Denunciamos persecución y muerte, contra la gente que cuida nuestro ambiente. Nuestro pueblo no es un terrorista, es mentira, pretexto imperialista…”



Apelando a una genuina teología de la resistencia, que luego tuvo su mesa aparte en el Encuentro, el párroco –al revés de tantos obispos mineros que pululan en Catamarca y San Juan- anima a resistir a los Caínes ya que “la resistencia es sagrada”. Con la nobleza de las metáforas sencillas, el hombre aclara que “la libertad tiene que correr como el agua –pura, sencilla, humilde- que es vida”. El misionero, que vive con los Shuar en la Amazonía, testifica: “En los afluentes del río Zamora está la creación tal como Dios la dejó (…) por allí andan petroleras diciendo que van a sacar la sangre de la tierra, y mineras que van a sacar los huesos de la tierra y sociobosques que van a arrasar con la biodiversidad..”




El tránsito de estas voces, acrisoladas en su origen pero coincidentes en su potencia y mensaje, hacia el Salón de la Ciudad, solo podía asumir la forma de una marcha. “Queremos chicha, queremos maíz, multinacionales fuera del país!” –clamábamos todos ansiosos. “Agua sí, oro no” – era una fórmula más corta y directa del mismo derecho universal. Mientras caminábamos, pude oír cómo muchos cuencanos que nos veían pasar se comentaban sin disimulo: “ahí van los fundamentalistas”. En ese momento concluí que en algunas cuestiones, en todo caso, no se puede ser relativista. La continuidad de la vida en el planeta requiere de fundamentalismos como el acceso al agua y alimentos sanos. En el Salón de la Ciudad se inauguró el Foro “Los Pueblos del Abya Yala frente a la crisis civilizatoria”. Porque claro, no se puede asumir que la minería a cielo abierto ha surgido mágicamente como una maleza entre nosotros. En ese sentido, Raúl Zibecchi, del Uruguay, expuso un punto de vista lúcido, al articular los conceptos de extractivismo y neoliberalismo. Según esta lógica el neoliberalismo se mudó de la fase de producción (donde se tradujo en privatizaciones a nivel continental de 1990 a 2000) a la de especulación (monocultivos, minería, finanzas) porque la primera fase es también el espacio de seres humanos que se organizan para defenderse. También subrayó que no hay minería sin militarismo y por ende criminalización de las protestas. La consecuencia de este modelo es una polarización social y económica entre pobres y ricos, que los gobiernos intentan contener con bonos y asistencialismo para evitar el estallido social, para que la gente tenga lo mínimo para no rebelarse. En Brasil, por ejemplo, 50 millones de personas reciben la “Bolsa Familia”. Esa política de limosnas masivas son interpretadas por algunos como guiños hacia la izquierda, aunque según Zibecchi no cumplen otro rol que perpetuar el colonialismo sin que la gente lo perciba.



Luis Macas, de Ecuador, analizó la retórica de la lucha, rescatando que nosotros los americanos no deberíamos decir “Otro Mundo es Posible” sino “Nuestra Abya Yala de siempre”. Acotó con su neto acento andino- que la crisis no es económica o financiera sino civilizatoria y global” “Por eso es que no nos entendemos con los eurocentristas. Estos extraños empezaron a llevarse el oro desde que maniataron a Atahualpa. Ellos dicen que ahora los indígenas comenzamos a visibilizarnos. Es que siempre fuimos visibles, sólo que recién ahora nos ven, porque empezamos a protestar” Desde Colombia, Diana Murcia enriqueció el Foro con una óptica de los mecanismos de defensa para los criminalizados por defender el agua, que en Ecuador llegan a 200. La Constitución de Ecuador declara irónicamente a la Pachamama un sujeto de derecho, además de sentar la imprescriptibilidad de los crímenes contra la naturaleza. Todo un sarcasmo en una nación que viene avalando la intromisión de mineras transnacionales en territorios campesinos. Claro que los jóvenes universitarios ecuatorianos, cuya ausencia llena para mi la sala, en algún sentido de preocupación, se sentirán más cómodos con este tipo de revolución light de I-phones y recitales pagos por el estado que en una verdadera revuelta donde pueda haber gases lacrimógenos que arruinen el maquillaje de las coquetas estudiantes. Estamos en un país donde los decanos hacen huelgas de hambre y los estudiantes suben las fotos del… “evento” a su muro de Facebook. La compañera Diana, antes de ceder la palabra, nos dejó pensando a todos cuando deslizó, al menos teóricamente, la posibilidad de que una justicia indígena tenga algún día competencia para juzgar a las transnacionales.



Alberto Acosta, ecuatoriano coordinador del evento y judicializado él mismo por condenar la acción de las mineras, abrió su discurso con una perlita de revisionismo: “En su diario de abordo, Cristobal Colón menciona 175 veces la palabra oro, y sólo 45 veces la palabra Dios. Creo que con eso queda clara la motivación de su viaje”. Luego avanza algunos siglos y explica cómo con el patrocinio de la Agencia Canadiense para el Desarrollo se modificaron los códigos mineros latinoamericanos (primero en Argentina, qué sorpresa) y luego en todo el continente. Cita luego la propia constitución ecuatoriana, que en su artículo 12 declara al agua un derecho humano fundamental, y a su artículo 413, que prescribe que cuando se utilice el agua para actividades productivas deberá procederse de manera de que no se quite el acceso a la población. La realidad es distinta. En Ecuador, el 87% de los campesinos tienen, conjuntamente, el dominio de apenas el 13% del caudal del agua de riego, mientras los terratenientes, que suman sólo el 1% de los usuarios del agua de riego, acceden al 67%. Y con todo lo que cuesta acceder a esa misma agua, la minería utiliza 8000 litros de agua por cada onza de oro extraída.


EL EXTRACTIVISMO Y LA CRIMINALIZACIÓN: 175 VECES ORO, APENAS 45 VECES DIOS.



 
En la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Cuenca tuvo lugar el Panel sobre Extractivismo. Allí, expertos en la materia como el canadiense William Sacher dejaron el alma en el micrófono para no dejar dudas de que la minería “bien hecha” como lle gusta llamarla a Correa, sencillamente no existe ni en la misma patria de las mineras. Una delegada Shuar dio su testimonio tras haber recorrido extensamente la Amazonía ecuatoriana constatando los desastrosos efectos de la actividad petrolera y la alta incidencia de malformaciones en los nacimientos en las zonas afectadas. César Padilla, del Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina expuso algunos gráficos interesantes, mostrando la creciente inversión en minería en América Latina, causadas por la rentabilidad del sector y la permisividad de los gobiernos locales. El 48% de las minas extrae oro, que va directamente a las reservas de los bancos, a cubrir la crisis financiera inmobiliaria de los EE.UU. Es paradójico que el sustento materia de la riqueza de las naciones del norte provenga de los cerros de los pobres, quienes son cómplices del saqueo. César las llama “asociaciones ilícitas e inmorales para el saqueo y la destrucción”. Ana María Alvarado, de México, expuso el aso de su pueblo, San Luis Potosí. Desde su fundación, en 1594, el pueblo fue comparado con Potosí, por las riquezas del cerro aledaño. Durante 400 años el cerro fue explotado con minería de zocavón, a través de 300 km de túneles. Y al cabo de esos 400 años, el pueblo siguió siendo un sitio olvidado y pobre, sin que la actividad minera haya significado progreso alguno. Con la instalación de una mina a cielo abierto se extrajeron 2.6 toneladas de oro en dos años. Esta vez, la minería no sólo ha dejado, al usual souvenir de la pobreza, las secuelas tóxicas de la contaminación por cianuro. Según la compañera, el error del pueblo residió en confiar en la lucha legal, y no impulsar la movilización social.



Paralelamente, en otra sala se debatían los problemas derivados de la criminalización de las protestas. Allí se escuchó fuerte la voz de los compañeros de la Asamblea de los Pueblos, cuyo presidente denunció la intención del gobierno de abrir un corredor minero en seis provincias del sur del país, con 96 concesiones sólo en Morona Santiago. Para abastecer a tantas mineras, se requiere construir, al menos, 200 hidroeléctricas. Según el gobierno, estas hidroeléctricas serían culpa de que los ecuatorianos abusan de la afeitadora eléctrica… El hombre insiste: “..nos hablan de que la Patria ya es de todos, del Socialismo del Siglo XXI, porque una mentira dicha cien veces termina siendo creída..” El mismo Defensor del Pueblo de la ciudad de Cuenca es el que abre una panorama más estadístico en el debate y relata que, en Ecuador, ya son 650 los líderes campesinos enjuiciados por las transnacionales (mineras, madereras, petroleras, etc.) De ellos, 619 lograron una amnistía, mientras que 189 continúan siendo enjuiciados, ya no por las transnacionales, sino por el mismo estado. De las comunidades más pequeñas, como Cochapata, van apareciendo los delegados, que declaman este interminable, tristísimo poema épico: 7 líderes sociales criminalizados, amenazados con 8 años de cárcel.  La gente de la Comisión de Agua Potable de la Parroquia San Bartolomé llega con una historia que me recuerda al Corralito. Cuenta que la empresa minera Amenonix no cumplió con los contratos de arrendamiento anual de la tierra, sino que se retiraron en quiebra, sin cumplir las promesas de mejoras de escuelas y carreteras. Ahora regresaron con un nuevo nombre, Ecuador Gold”, reclamando el mismo territorio y la confianza de la gente. Sin embargo, para la gente de San Bartolomé ya es tarde, pues en el mercado de Cuenca, la gente ya no compra productos de esa parroquia por miedo a la contaminación. En la misma sala, los uruguayos del proyecto FM Mundo Real proyectaron mate en mano, las fotografías de la misión de verificación en que constataron la persecución judicial de campesinos en parroquias de Tarqui, Santa Isabel y Girón.



EL VIAJE COMO INSTRUMENTO DE COMUNICACIÓN Y CAMBIO SOCIAL

No se rían: nos sacaron la foto tomando mate antes de iniciar nuestra intervención...


Nuestra intervención tuvo lugar en la Mesa de Comunicación del evento, que tuvo lugar en el auditorio de la Universidad Técnica Salesiana el mismo día de la Instalación del Tribunal Ëtico Internacional. La premisa básica de nuestra mesa fue que es necesario concebir la comunicación como parte de la estrategia de lucha. Es en esa dimensión que el sistema y el contrasistema emplazan su esgrima. En la pantalla de televisión y en las rotativas de los periódicos es donde se engendran los estereotipos y donde se etiquetan a los sectores comunitarios como opuestos al desarrollo. La compañera que nos presenta desde el micrófono anticipa que viajamos como chasquis. Es una metáfora que nos gusta. De hecho, siempre consideré que el rol social de los escritor de viajes es contrabandear las palabras de lucha en lucha. Y si los chasquis lo hacían sobre caminos empedrados nosotros tomamos la posta y nos subimos a los camiones. Nuestra disertación se titula: “El viaje como instrumento de comunicación y cambio social” Encendimos el proyector, y las imágenes fueron contando la historia de nuestro viaje, y cómo este es constante cantera de material documental de las problemáticas. Expusimos la situación de los huarpes en Mendoza y de los descendientes de ranqueles en el extremo oeste pampeano, en relación al acceso a las tierras y el agua. Mostramos fotos de la resistencia a la minería en Jáchal, los cortes de ruta en La Rioja y las fotos de los zorros sin piel y de los derrames en el mineraloducto de Andalgalá, Catamarca. Comparamos los procesos de formación de estereotipos mediáticos, que en Medio Oriente han criminalizado toda la cultura islámica, y en América Latina apunta a hacer germinar el monstruoso concepto de los ecologistas como fundamentalistas y terroristas. Hablamos de distintos escenarios de lucha, como las escuelas agroecológicas y cooperativas de productores de sésamo construidas desde por las organizaciones campesinas Tesai Reka y ACADEI en Paraguay, y contamos cómo nuestra caminata de cinco días por un sendero incaico en Bolivia nos llevó a descubrir una comunidad (Maragua) donde el mismo gobierno de Evo Morales pretende abrir una planta productora de cemento que traerá nocivas secuelas ambientales.


Más allá de los casos concretos y de las imágenes coloridas de sitios como India, Paraguay o la Antártida, compartimos nuestra concepción de la comunicación, que se abraza a lo ancestral y lo moderno al mismo tiempo. Caminamos por el mundo, porque en esta era del periodismo de escritorio donde se redactan notas copiando del Google, no queda más remedio que recuperar las tres dimensiones y poner el cuerpo, “patear” la amplia calle del mundo. Por otro lado, actuamos viralmente en Internet y en las redes sociales porque creemos que es la forma más democrática de formar opiniones. Hicimos una breve reseña del crecimiento de nuestros blogs, que con más de 150 visitas diarias y casi 1000 suscriptos en Facebook aporta puntos de vistas locales y contenidos frescos a quienes nos siguen. Muchas veces, estos contenidos tienen consecuencias insospechadas. Nos pasó en Paraguay, que una nota sobre nuestro viaje fue publicada en la revista de mayor tirada justo cuando las organizaciones campesinas eran objeto de un ataque mediático. Fue sólo cuestión de subir un post reivindicando y visibilizando las obras de estas organizaciones para que miles de paraguayos las vieran, utilizando de esta manera, como en el judo, la fuerza del enemigo a favor propio. A nivel micro, constantemente nos escriben docentes de toda América que utilizan fragmentos de los textos para debatir todo tipo de temáticas en las escuelas. Y ya que hablamos de escuelas, expusimos fotografías de nuestro proyecto educativo nómade, de cada evento educativo realizado hasta la fecha, en escuelas, hogares y comunidades que nos abren sus puertas. A medida que viajamos, como miembros del Equipo de Comunicación del Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos, vamos relevando las problemáticas de cada comunidad y socializando, en estos eventos, la situación de las que ya hemos recorrido. De esta manera Laura y yo, y las comunidades visitadas, nos volvemos todos eslabones de una cadena, de un flujo de información. Recuperando el proceso físico de la comunicación con los activistas y organizaciones sociales a la vez que afianzamos plataformas efectivas de comunicación virtual, es que Laura y yo queremos en el futuro trasladar nuestros pasos más allá del continente americano, para hermanar de esta manera los pueblos del mundo en sus luchas y problemáticas. La última fotografía de nuestra muestra es la de una bicicleta apoyada contra un muro en la ciudad de Jáchal, San Juan. Arriba de ella se ve un grafiti: “Algún día este mundo será perfecto”. Sobre la foto nosotros comentamos. “Y eso sucederá cuando recuperemos el valor de lo esencial, de lo sencillo, como la bicicleta”


lunes, 25 de julio de 2011

CADAVERES EXQUISITOS DE GUAYAQUIL - OTRAS LITURGIAS




“Los guayaquileños somos toquetones, abrazotes, kinestésicos,
Como el clima…” – vaticina Betty Blue, nuestra amiga guayaca que siempre se define con trípticos. Soy una mujer inconclusa, fragmentada y cubista, la he escuchado declamar con ritmo mientras daba volantazos en el tráfico de Guayaquil. Cuando la conocimos sugirió que nuestra historia le haría bien para su crisis amorosa posmoderna. “Hay tanta gente y al mismo tiempo tanta soledad… La gente flirtea frenéticamente por la vaina sexual, y cuando lo logra, ya.” Asegura que los hombres guayaquileños son para salir corriendo campo traviesa. Y se sorprende cuando dos palomas tienen sexo sobre el capó de su carro durante el lapso permitido por el semáforo castrador. Cuando el Salón de Arte Municipal prohibió contenido erótico en las obras, artistas amigos de Betty alquilaron por $50 una casona abandonada y la colmaron de provocadoras obras pintadas con vello púbico. Betty Blue es Quijote montando un unicornio. Ante la utopía, hipopotamizada... Y en realidad no se puede quejar, porque a los cuatro años un profesor ruso le dispensaba lecciones de piano –y algún que otro golpe de vara- lo que en términos más o menos freudianos puede llegar a explicar porque tenía fantasías sexuales con Franz Lizt.

Suena Sabina – evocó todas las noches y todas las copas:

“Sentados en corro, merendábamos besos y porro, y las horas pasaban de prisa entre el humo y la risa” arpegian dedos entre un universo de seis cuerdas, y yo bebo acaso mi copa número cien mil. La memoria se dispara hacia un lugar sostenido en el tiempo que reencarna desde el escenario del Teatro Cortázar de Mar del Plata, y se vierte como líquido atroz hacia este apartamento frente al Malecón de Guayaquil. Con algunos años de más, bosquejo como retratista callejero esos ritos de mi propia cronología. La poesía, aluvión impredecible, codifica mi pulso mientras sobrevivo a mis propias biblias.

El dilema de Jonathan – defender a Montañita o vagabundear

En la casa de Jonathan, en Montañita, bebemos cerveza. El pucho y la cerveza te hacen comandante de tu propia deriva. Afuera los artesanos venden macramé. Algunos de ellos incluso aseguran que a través del macramé se expresa el alma de la Pachamama. Quizás sea mucho decir, pero no soy quien para juzgarlo. Un amigo de Jonathan arma un faso con un capítulo del Exodo arrancado de la Biblia. “No conozco ningún dealer llamado Mateo o Lucas” – explica. “el éxodo es más preciso”. Jonathan quiere comprar tierras junto a una playa virgen y formar una comunidad. Vislumbra que llegaría gente cansada del sistema a intercambiar saberes, desde poesía hasta artes marciales. También quisiera salir a caminar por el Ecuador sin equipaje junto a su perro. Y si demora ambos proyectos es porque siente que Montañita lo necesita. Hay gente que quiere transformar Montaña en un Ibiza. Jonathan había invitado a dos chicas noruegas a pintar mariposas en los muros de su casa, mientras él contorneaba constelaciones de verdes hojas de marihuana. Otro mural conmemora el día en que los peces del estero amanecieron flotando. En el estero desemboca toda la mierda de los hoteles, el turismo culmina en las cloacas.

Laura cocina fideos con crema. Jonathan declara sus principios: “La planta amenaza las principales industrias mundiales: el petróleo, el plástico, el papel. Si fuera permitida, cualquiera podría convertirse en un mini-empresario. Su prohibición es una de las mayores injusticias de nuestros tiempos”

La injusticia más próxima: un gringo quiere convertir Montañita, antiguo santuario de surfers sin cajeros automáticos ni asfalto, en Ibiza. El gringo construyó el Hotel Dharma, porque está convencido de que Montañita tiene que ser como la isla de Lost. El sitio era famoso por full moon parties con drogas, y ahora llegan familias serranas a conocer el mar…. Jonathan recuerda la primera vez que se sorprendió al ver una mujer arrastrando desorientada su cochecito por la calle principal llena de artesanos, rastas, pipas, mandalas, y malabares. Ahora las mismas familias que pasean por el Malecón de Guayaquil llegan a Montañita. No son gente que viene a conectarse con el lugar, sino sólo a consumir. Estacionan sus Hyundai Tucson en la calles como si estas no fueran acaso para pasear descalzos y sentarse en los cordones a tomar cerveza. Llegan con esos extraños valores que suelen tener las familias: gastar el dinero para complacer los caprichos de sus mocosos hijos y esposas con cara de nada. Claro que la familia va a ser la base de la sociedad, es una simple cuestión de mercado: gastan más dinero en los restaurantes. Acaso habrá que guardar las formas para no impresionar a las familias endomingadas…

La historia de Christiania se repite – todo el mundo está condenado a ser un espacio de consumo.

Llega otro amigo de Jonathan, dice que la municipalidad envió a una grúa, y que están abriendo una zanja para que el agua contaminada del estero se vaya hacia el mar. Algunos han festejado esta curiosa “limpieza”.

Una italiana escribió con marcador en la heladera: “cerco in vano qualcosa de fare in mutande”. Y está más cuerda que todos nosotros.

Los amigos de Jonathan se siguen fumando la Biblia.

Acto final: Betty Blue da vuelta en su auto por la ciudad nocturna buscando una fiesta. Cruza cintas de seguridad, entra en el carril exclusivo de la Metrovía, interrumpe un partido de fútbol callejero. Luego dice:

“Sólo arrojen mis cenizas al río Guayas”

miércoles, 20 de julio de 2011

RODANDO LA PANAMERICANA ENTRE ALCAUCILES Y DINAMITA INVISIBLE




Sprint. A la carera. Di corsa, o como quieras llamarlo. Poner el dedo sobre Cuenca en el mapa, y carretear por Perú como si fuera un pasillo de nuestra casa. Con tal misión salimos de Sucre, adonde habíamos llegado machucados, zarandeados en camiones mendigados, ruidosos, sucios. Con estos antecedentes nos sorprende el moderno Suzuki Swift que nos levanta tras diez minutos de espera hasta Yotala: conduce un serigrafista que hasta el mes pasado imprimía las camisetas de All Boys en Argentina. En el peaje de Yotala el camión obligatorio de las rutas bolivianas. Desgajando las mandarinas acercadas por ambulantes vemos al altiplano encajar diametralmente en el horizonte. Chiri: frío en quechua. Quisiera un mate amargo y largo. Los hombres que veo acompañan a Dio sabe dónde burros que parecen tan cansados como ellos. Surcos vacíos tendidos como esperanzas, lineales cunas de la papa elemental.




En Potosí imploramos aire a 4060 metros de altura. Edificada a imagen y semejanza de la mina, los potosinos hormiguean en las galerías de su laberinto urbano de callejuelas tiznadas, abarrotadas de ofertas, de escudos de armas y balcones coloniales barajados junto a canastos de pan y carteles de “fotocopias”, “joyería”, “dólar 6,94” o “abogado”. Los abogados de la ciudad parecen refugiados o adivinadores clandestinos que atienden furtivamente a sus clientes desde sucuchos sin ventilación del tamaño de un kiosko. Nos abrigamos del caos en cafetines engalanados con la nobleza de gente humilde que usa sombrero.

 
Logramos entrar gratis a la Casa de la Moneda, donde la plata fundida y acuñada a golpe de martillo producía las macuquinas, el primer circulante metálico de las Américas que vino a sustituir el trueque directo de productos. Quizás entre estos monumentales muros hizo ajó ajó el capitalismo. De hecho, la inyección de capital con la que el Cerro Rico de Potosí abasteció a Europa durante siglos fue el parto del sistema de finanzas moderno. Ni todas las minas de Potosí son suficientes para obtener el amor de Dulcinea – puso Cervantes en boca del Quijote. Es da una idea del poder de una ciudad que llegó a tener 200.000 habitantes y 80 iglesias y a ser una de las más ricas del hemisferio occidental. La irónica sonrisa del mascarón de Baco en la entrada de la fortaleza ilustra el resto de la historia…




Pastores de llamas con sus tropillas agracian la carretera a Oruro. Camioneros paceños nos sorprenden: “¿Quieren que los lleve? ¡Los llevo!” Salvo en los bofedales de Challapata las llamas dominan el apaisado agro del altiplano caramelizado por el crepúsculo. El chofer se llama Noel y quizás por eso vamos volando, zinchados por renos invisibles o acaso camélidos. Oruro está envuelta en polvo. En Patacamaya nos bajamos. “Hay pollo ¿Qué desea?” Alitas para volar… Tomamos una celda de 15 Bs.





Como la frontera con el Titicaca está cerrada por los compañeros aymara que protestan contra la minería, debemos llegar a Perú haciendo escala en Arica, Chile. Compartimos la caja de un camión con una chica aymara que viaja a Sajama con su hija a visitar a su familia. Más de 50 camiones esperan en la frontera como monstruos estancados. A pie remontamos la fila, hacemos los trámites migratorios y nos subimos al último camión, un inmenso camión americano en cuya cabina entro parado, conducido por Luis. Cruzamos la cordillera de los Andes. El camión frena a descansar y nosotros con él poco antes de Arica. El chofer nos deja la cama de dos plazas. El Volvo es un hotel. Al amanecer llegamos a Arica.


Los mismos carabineros nos llevan hasta la frontera, y nuestra estadía en Chile dura menos de dos horas. Ingresamos al Perú que acaba de elegir a Humala como presidente. Papas rellenas almorzadas en el suelo en la terminal de Arica. Tres policías del grupo de operaciones especiales en un 4x4 nos catapultan hacia el desierto costero peruano por la Panamericana. Frenamos en el medio de la nada porque aparentemente el conductor encuentra impostergable regar a una virgen con un bidón de agua. Nos dejan en un peaje, y aleccionan al policía de tránsito para que nos embarque. Hacer dedo en Perú es muy sencillo, y a diferencia de Bolivia, nadie acostumbra pedir pasaje por el viaje. Aprovechamos la pausa para almorzar exquisitas paltas locales, en sándwich con una pizca de sal…

 
En dos minutos estamos en otra cabina junto a un camionero moreno un tanto loco, y con alguna similitud a un oompa loompa. Lau cierra con un portazo y él se altera: ¡Cuidado, puede estallar! ¡llevo dinamita!” Nos quedamos pasmados, porque espiando el retrovisor vemos claramente que el camión va vacío. El diagnóstico de psicosis pudo esperar hasta que una paloma defecó sobre el parabrisas y él grito: “¡Pelícano cagó! ¡pelícano cagó!”. Desde el cruce a Mollendo hipnotizamos esta vez un camioncito Nissan Condor de un joven llamado Wilson. Cargados con alcauciles, escuchando rancheras mexicanas y masticando caña de azúcar hasta Arequipa. La vida es random.




No en vano se nace en los pies de un volcán – es el slogan del orgullo local, que resiente el centralismo limeño, en referencia al Misti. Pero Arequipa también es locoto relleno, queso helado y cardúmenes de taxis Tico que parecen a fricción atropellando a los peatones entre iglesias y conventos de refinada piedra sillar. Nos recibe Daniel, un pata que tiene un café llamado Wah-Wah y toca el bajo en una banda. En Arequipa las monjas carmelitas del Convento de Santa Catalina perpetúan su clausura mientras sus congéneres laicas van de Shopping a Falavella. Laura y yo descansamos, disfrutamos un helado de fresa con chocolate, nos mimamos ante un desorbitado predicador de altavoz sobre la escalinata de la Iglesia de San Fransisco. Más allá de los estereotipos limitadores que redondean en la vida campesina, las cholas y las zampoñas, el Perú moderno se expresa en urbanizaciones para la clase media alta, en institutos de idiomas cada media cuadra, en pululantes cadenas de farmacias y en franquicias de Cine Mark o KFC, con un crecimiento económico anual del 7%.



El grifo (estación de servicios) llamado “Toda una vida” es el punto de partida obligado para quienes hagan dedo hacia Lima. Y hacia allá vamos, le hemos puesto zancos a nuestra alma. Primero en la 4x4 de dos ingenieros, luego en el Volvo de un radioaficionado que cargaba chatarra. Así llegamos a Camaná, ya de noche, con apenas energía para licitar precio en una hilera de chifas desiertos. Aunque es de noche, ambos acordamos seguir viaje mientras devoramos el pollo salteado. Un camionero que despreocupado se encorva sobre su menú en una mesa aledaña ni repara en el acecho del que es centro. El dice que va hasta Ocoña, son 57 km más, según mi mapa.




“A los 15 años yo también me fui a la aventura, a Puerto Maldonado, en la selva” – dice el José Luis, el chofer arequipeño a quien parece que le caemos simpáticos. Nos apadrina en la oscura noche panamericana, brindando el acoplado del camión para que acampemos sobre unas planchas de cobre. Hay novedades en el curso del capitán destino. El camión prosigue rumbo a Lima a la mañana siguiente. Somos invitados a reocupar nuestros puestos en la cabina. La madrugada es aún opaca y el Volvo parece estar creando la costa peruana con sus faros. La ruta va afilando acantilados, y agazapando balcones en sus curvas. Es como una plácida sinfonía de eternidad, erosión y belleza, que agotan hasta el infinito las posibilidades de combinación entre tierra y mar como un Kamasutra costero, todo con el velo casi afrodisíaco de la neblina, incitando a la distancia entre esos amantes cercanos y constantes. La arena es barrida por un viento invisile hacia la carretera. Hay tanta que justifica el neologismo en la señalética: “Zona de Arenamiento”. Vemos hombres recogiendo algas sobre la costa, y plantas de harina de pescado. En un poblado nos detenemos a desayunar un abundante plato de ceviche mixto, con mariscos, pescado y mote.




En Chaviña, José Luis reconoce a dos camiones detenidos en un comedor: son colegas de la misma empresa. Frenamos a saludar y pronto los tres hombres deciden seguir en convoy. Por supuesto, antes cumplimos con otra instancia de este tour gastronómico por el Perú. Enseguida piden dos platos más y nos sirven monumentales porciones de arroz con pescado frito (lorna) acompañado con Inka Kola. “Tienes que comer, no paramos hasta Lima” – dice uno de ellos. El otro me pregunta: “¿Bebes?”. Y yo, casi anticipando una invitación, me apresuro a afirmar: “Sí, cerveza” antes de entender que me preguntaban si Laura y yo teníamos wawas, hijos…. Hasta el pescado frito en el plato se ríe. En Palpa los apetentes camioneros se detienen por otro almuerzo, que tenemos que aceptar. La noche nos alcanza antes que Lima. Los tres camiones aparcan en una estación de servicio. Esta vez, José Luis nos cede la cabina del camión, con su cama de dos plazas, y se acomoda con sus colegas.



Mi amigo Rafael Seminario nos esperaba en su casa del barrio de San Borja, en Lima. Allí dirige un instituto de idiomas junto a Cintia, su pareja, y Virgilio, un perro vegetariano que juega con un pollo de juguete que chilla cada vez que lo mastica. Con Rafael se puede debatir sobre la génesis medieval del dinero y las finanzas y hasta sobre el origen del misticismo peruano. Aquí donde es donde la gente se deja adivinar el futuro en hojas de coca y acude a curanderos para que les escupan agua de rosas en su cara para “amarrarse" al amante deseado. Rafael piensa que la energía que genera la afluencia de aguas de los Andes hacia el Amazonas podría ser el origen de esa predisposición. Queremos conocer hasta el último rincón de Lima, pero tenemos que llegar a Cuenca antes del 21. Quedará para la vuelta.



Tras dos días de descanso en Lima salimos hacia el norte. Tumbes es la última ciudad, y nuestra palabra amuleto. Habiendo salido a las 4 p.m, llegamos a Chimbote a medianoche, en camión y escuchando boleros. Hacemos noche en casa de Juan Pablo, miembro de Couchsurfing, y partimos, contra nuestra voluntad, a la mañana siguiente. Antes, lo acompañamos a comprar flores. La iglesia local le encargó la confección de una alfombra floral de 3x5 metros. Recorremos cada mercado de esta ciudad que huele a harina de pescado. La prisa no nos impide disfrutar un hermoso almuerzo familiar. A las 2 p.m estamos haciendo dedo. Vemos un espectáculo circense cuando dos hombres intentan recuperar un chancho que se ha escapado de un camión. Uno de ellos acaba de bajarse de su moto y aún tiene puesto el casco…




Ese día iba a ser distinto. Aunque no avanzamos una barbaridad de kilómetros, conocimos a Jerry, un camionero de Pacasmayo, mientras hacíamos dedo en Trujillo. Nos invita a pasar la noche en su casa y conocer a su familia. Lo acompañamos a cargar a una fábrica de cemento y luego presenciamos el evento que es ver a la familia de un camionero regresar a su héroe. Palmas de niños agitándose desde una ventana. Livianos pasos de esposa por las escaleras de hormigón desnudo preludian el abrazo. Dos mochileros cansados suben a la nueva reencarnación de un hogar. Tania pone en la mesa dos platos de más, con arroz con pescado. El mejor agasajo es la sincera sonrisa por nuestra visita, pero el manjar blanco y las galletas de Cajamarca nos malcrían.



Jerry y su hijo asisten juntos a misa la mañana siguiente. Es el día del padre y nosotros salimos a la ruta. Pensamos que no habrá camiones en servicio este día, pero de casualidad encontramos uno que transporta oxígeno líquido. Nos deja en el peaje de Piura. Estamos cerca. Desde allí logramos abordar el lujoso Hyundai Santa Fe de una pareja de Miraflores. Así llegamos a Máncora, donde acampamos en los jardines de la Asociación Campesina de Máncora, rodeados de plantas y hasta con ducha. Al otro día ya estamos cruzando la frontera ecuatoriana.



Pasando la olvidable frontera de Huaquillas, Ecuador nos da la bienvenida con la automática irrupción del verde en el paisaje, con plantaciones de banana y el educado tono de su acento animado, musical. En Ecuador todo el mundo frena cuando hacemos dedo. Y lo hacen en 5 minutos. Uno puede saber que está en Ecuador cuando hay racimos de plátanos en la caja de las camionetas. Y ese es el caso del tercer vehículo que nos lleva. Tal status de ecuadoridad queda confirmado cuando un autobús comercial nos invita a subir hasta cuando le explicamos que no tenemos dinero. En la casa de una chata Nissan llegamos a Cuenca, a las 8 p.m. del día anterior del evento. Milagro conseguido: hemos trepado toda la Panamericana. Estamos exhaustos. Pero la causa es noble…



martes, 19 de julio de 2011

¿KAIPI KASHA CAMINO O MANA KANCHU? (¿VAMOS POR EL BUEN CAMINO?)



A la mañana siguiente caminamos con Josefina y Regina hasta Maragua, adonde asistían a la escuela. Pasamos bucólicas cabañas de piedra con maizales y breves trigales. Cada casa está rodeada de corrales, y todo el camino está delimitado por muros de piedra. La piedra, acaso el átomo del imperio inca. Sobre una pirca nos sentamos a observar al pueblo en medio del llamado cráter de Maragua. Absorbemos el paisaje de los cerros mientras saboreamos los choclos asados que sobrevivieron el embate del alqueto loco de anoche. El choclo asado despide un aroma a humo y a madera de molle que combinan con el dulce paladar de sus granos. Es el mismo maíz que aprendimos a desgranar en Paraguay, el oro de los incas, sustancia del prototipo del hombre según el Popol Vuh…





Paramos en la casa de Doña Faustina, una mujer que preparar almuerzos en el patio de su casa. Nos prepara papas con atún enlatado y ensalada. Y luego se acerca a conversar. Les pregunta la edad a Amaru y a Laura y luego se sorprende de que no tengan wawas, y les suplica que le cuenten el secreto. Lo que sigue es una clase de educación sexual en la que Lau intentó explicar el mágico accionar de las pastillas anticonceptivas… Un sumag kaimikuna (la comida está rica) y nos vamos. Me quedé pensando en esa cholita que no sabía cómo funcionaba su propio cuerpo pero que vendía Coca Cola en su tienda y que luego pidió permiso para ir a atender un celular…




Nos tiramos una siesta junto a unos corrales de piedra. Cerca pastan vacas. Amaru entrelaza el macramé y Lau duerme al abrazo del astro rey. Partimos luego hacia la escuela, donde saludamos a Josefina y Regina, quienes ahora se avergüenzan de tener amigos “gringos”. Todos los niños en estampida corren a vendernos piedras y caracoles fosilizados. Una niña se ofrece a mostrarnos el camino hacia Niñu Mayu, ya que ella regresa a su casa que está en esa dirección. Pero luego nos quiere cobrar, aunque hemos decidido acampar a mitad de camino. “Entonces páguenme!” – grita. Hace poco la zona se ha abierto al turismo y muchos europeos vienen con sus guías a hacer trekking. No hablan con la gente. Solo con sus guías. Y los que llegan sin guías le pagan a los niños para que cumplan tal función. El resultado es que ahora todos los niños creen que los forasteros deben pagarles hasta para saludarlos. Los niños no están conformes, le dan puñetazos por la espalda a Pierino Este intenta ofrecerle una de sus artesanías como compensación a la chica. Pero esta apenas la acepta, la mira con desprecio, se la mete en un bolsillo y se va sin emitir palabra. Si no es dinero, no hay intercambio posible…  



Al otro día caminamos hacia Niñu Mayu por una red de senderos de montaña. Es emotivo ver que todos estos caminos ancestrales están aún en uso. Vemos pasar campesinos con sus pantalones blancos, sus chalecos bordados con colores y sus sombreros encintados. Algunas ancianas jalqas con su capa están a medio camino entre superhéroes andinos y espantapájaros. Este tráfico de gente nos permite asegurarnos una y otra vez que estamos en el camino correcto. Avanzamos rozando mares de trigo intercalados con cabañas de piedra, corrales y bodegas. A un campesino le compramos diez choclos que arranca de su maizal delante de nuestros ojos. Nada más lindo que comprar directamente a los productores, a los vendedores ambulantes de comida, en la calle, mercados o campos. El dinero así gastado, siento que queda en familia, lejos de las cadenas de supermercados y corporaciones.

Llegamos tras dos horas de caminata a Niñu Mayu. Allí conocemos a Ciriaco, quien se presenta a sí mismo como “gerente de dinosaurios”. El es el líder comunitario que administra las huellas de dinosaurio cercanas. Mientras almorzamos en su casa observamos a un vecino tejer un intrincado tejido jalqa. Los textiles jalqas tradicionales representan un universo sin luz, expresado únicamente en rojo y negro, aunque los hombres pueden utilizar colores. En ellos se pueden ver tanto geométricos cóndores y pumas como khurus, extraños demonios andinos.  





Ciriaco me cuenta además sobre los problemas comunitarios. Entonces viene el plato fuerte: la estatal cementera FANCESA pretende instalar en Maragua una planta para procesar piedra caliza. Debido a la contaminación en el agua que ello produciría, la comunidad jalqa está demandando a FANCESA, y por ende al estado plurinacional de Bolivia. Yo confío en que el gobierno de Evo representa un avance histórico para Bolivia. Sin embargo en estos casos se presentan contradicciones. La aplaudida constitución boliviana dice que cada etnia del estado plurinacional es dueña de los recursos de su subsuelo. Pero en este caso nadie ha consultado a los jalqas. Para protestar, su comunidad caminó durante 42 días desde Sucre hasta La Paz. La historia se repite: en 1777 el indio Tomás Katari, oriundo de esta zona, caminó 110 días hasta Buenos Aires para reclamar ante el virrey por los derechos de su oprimido pueblo. Más de 200 años después, parece que Ciriaco y su pueblo deben seguir caminando...

çCaminar sobre huellas de dinosaurios claramente impresas en la roca fue algo increíble. Ciriaco nos acompaña hasta las huellas. De allí en adelante seguimos sólos. Hemos aprendido lo suficiente de quechua para preguntar: kaipi kasha camino o mana kanchu? (este es el camino?) La lengua quechua parece reconciliar en sus sílabas marcadas la esencia de las piedras cortadas para las pircas y caminos incas y la dulzura del maíz. Completamos el último tramo hacia Potolo. Posamos nuestras huellas sobre delicados caminos prehispánicos intrincados como los tejidos jalqas. Tenemos la impresión de haber dado con ese corazón intangible del que mana la Bolivia andina cuya periferia el viajero intuye en los mercados de Sucre o La Paz. Late como un vital naufragio, como un micro-universo de piedra y trigo en esas aldeas como Thuntorga o Niñu Mayu, localidades sabiamente perdonadas por los mapas y carreteras.

jueves, 14 de julio de 2011

A PATA HACIA LA COMUNIDAD JALQA, EN EL CORAZÓN INTANGIBLE DE BOLIVIA




Creo que el plan empezó a germinar mientras mirábamos mapas sentados en un banco del Parque Bolívar bajo una réplica de la Torre Eiffel junto a Pierino y Amaru, nuestros colegas chilenos ansiosos de hacerse la América con el macramé.  La Cordillera de los Frailes se extendía en el mapa como un reino urdido por senderos de montaña que ha permanecido básicamente inalterado a través de los siglos. Este solar es el terruño del pueblo jalqa, una etnia quechuaparlante que además de subsistir hermanados con la tierra han plasmado su cosmovisión en elaborados textiles.  


Hasta Chataquila llega la carretera, y hasta allí llegamos los cuatro a dedo, primero la en la caja de una cmioneta y luego en la de un camión. Chataquila es apenas un caserío junto a una capilla, en la que en 1781 fue famosamente asesinado el revolucionario indígena Tomás Katari, de quien hablaremos más adelante.  En el escalón de la capilla encontramos hojas de coca y un paquete de cigarros como ofrenda a la Virgen, señas de que estamos entrando en un escenario donde la cultura andina adquiere una pose menos diluida. Hay un calce forzoso de la entidad y roles de la Pachamama en la figura de la Virgen, rubia, aria, ella misma calcada –contrabandeada- de la Venus pagana por los primeros cristianos romanos. Sin embargo, hay también un retorno a lo pagano. Los bolivianos, al reconocer en María a la Pachamama, cierran el círculo sin saberlo y liberan a Venus, que entiende mucho más de hojas de coca y ofrendas de la tierra que la María católica.

Los mapas nos dicen que el camino que lleva de Chataquila a Chaunaca, nuestro próximo destino, es de origen incaico. Con el consejo de un cholita pronto localizamos el camino. Más que un desvío espacial es un desvío temporal. Piedra al lado de piedra, mágico, el camino se tiende en bajada pegadito a la montaña. El empedrado tiene unos 500 años como mínimo. Nos metemos en las venas, ya secas, del antiguo Tahuantisuyo.


En algunos sectores el camino bordea –con suprema ingeniería- el precipicio, y ofrece vistas perfectas hacia los andes parcelados en terrazas de cultivo. Cargados como estamos con la comida para cuatro días, vamos lento. Hacia el atardecer llegamos a un alto desde el que dominamos la vista de Chaunaca, nuestro destino. El sitio donde nos detenemos es una antigua área de descanso inca: un cuadrilátero de hierba cómodamente plano, en donde las tropillas comerciales reacomodaban la carga de sus animales y en donde los viajeros descansaban y se alimentaban. ¡Qué honor usar esa misma área con el mismo fin! Armamos las carpas y preparamos sopas instantáneas en la cocina, bajo el manto de la vía láctea, de ese cielo al que los incas estaban atentos como el hombre de hoy lo está a la TV.


Amaru saluda al sol la mañana siguiente, y luego todos desayunamos mandarinas, antes de bajar a Chaunaca. En la primera casa del poblado, que es también la despensa de una señora llamada Simeona, nos sentamos a tomar una cerveza y festejar la etapa cumplida. Avanzamos luego por un camino bordeado por pircas. Algunas casas están techadas y habitadas, otras son estructuras devastadas, esqueletos de adobe que alguna vez sostuvieron un techo de paja.


Pasamos una escuela, un teléfono comunitario que suena y suena (pero nadie atiende), y llegamos pronto al río Ravelo. Es el momento ideal para ir a mojarse las patas. Formando un cuenco con mis manos bebo agua del río. En ese momento le digo a Piero que, si nuestro cuerpo es 80% agua, al beber el río yo soy el río.


Seguimos el curso del río. En un tramo una serie de piedras permite un camino que un viejo campesino quechua, en sandalias, diminuto, encorvado pero con su sombrero inmutable y su aguayo a la espalda, sortea a los saltitos. El torpe trompo del destino ha formado una inusual esquina entre nosotros y este hombre, cuya existencia ignorábamos. Esa es la definición de viajar. Acaso su huella sea insoluble en la nuestra, porque el cruce de miradas sugiere un otro. Pero lo mismo nos reconocemos en él como hace minutos en el río. El sitio tiene energía, y decidimos acampar en una ancha playa de arena salpicada con piedras. Pierino y yo salimos a buscar leña y regresamos con unos inmensos troncos. “Permiso abuelitas, las voy a usar” – les dice luego a las piedras mientras armamos el fogón. Esa noche, luego de la sopa comunitaria, utilizamos por primera vez la táctica de llevarnos una de las piedras calientes del fogón a la carpa para combatir las frías noches andinas.


En una aldea llamada Thuntorga reponemos agua en una oportuna canilla, y conversamos con un campesino que mascaba coca mirando al infinito, casi enajenado. Lo saludamos en quechua “Aillin Punchay!” El hombre entonces, nos empieza a hablar en quechua de corrido. Luego nos damos cuenta que es la única lengua que conoce. Aún así nos muestra cómo sesga el trigo en su pequeña chacra, pero luego, ante la falta de un canal común, comienza a defenderse de nuestra presencia. El caserío apenas cuenta con una decena de casas con sus maizales. Intentamos comprar pan, pero la gente está trabajando en sus tierras. Obtener alimentos ya no es tan sencillo: no hay despensas, si uno quiere algo debe hallar al productor. En una casa encontramos una fogata aún humeando, una olla con restos de arroz, y un feto de cabra colgando del tejado macabramente. Saludamos en quechua pero nadie sale. Finalmente seguimos a un niño y logramos comprar cinco choclos y una bolsa de habas que envolvemos en el pañuelo de Laura.




Acampamos esa noche en unas terrazas de cultivo abandonadas con una novedad: nos hemos hecho amigos de dos jovencitas adolescentes que viven en una vivienda cercana. Se llaman Josefina y Regina y a las risitas se deciden a sentarse en nuestra ronda. Verlas trepar el cerro con sus polleras flameando es toda una coreografía. Las chicas se dejan fotografiar mientras Amaru les hace un retrato a lapicera que luego les obsequia. Las chicas risueñas nos ayudan a buscar leña. Seguimos su hábil paso como podemos. Allá arriba del cerro recolectamos cantidad de ramas de molle, entre los restos inconexos de otro camino incaico abandonado. De regreso en el campamento conversamos sobre los incas. Entonces las chicas un relato sincrético digno de transcribir:

“Antes cuando estaban los incas la gente no mentía ni robaba ni tenía envidia (el paraíso) nos cuentan nuestros abuelos. Ellos eran altos y muy inteligentes… hondaban las piedras contra la montaña para sacar agua. Luego vino un sismo que mandó Dios para que los abuelos ya no estuvieran en la tierra. Su tiempo había terminado, y entonces vinimos nosotros…”

-       ¿Y quién fue ese Dios? – tuve que preguntar para descifrar el enigmático relato.

-       Se llamaba Juan. (¿?) El se casó con María y tuvieron un hijo que nació debajo de un molle. Creo que se llamaba Jesús…


Decía todo esto con una mezcla de convencimiento y distancia. Había en el relato elementos increíblemente cercanos, cotidianos, de los jalqas, como el molle debajo del cual nació este improbable Jesucristo andino. Otros, como el castigo divino, provienen del cristianismo, ya que el relato respeta las fases cristianas (paraíso-castigo-nueva vida). Esa noche cocinamos una exquisita sopa de lentejas y de postre asamos los choclos acostándolos amablemente sobre las brazas.