miércoles, 15 de junio de 2011

CONSTRUYENDO UN MUNDO MEJOR CON LAS NIÑAS DEL HOGAR “MISKI WASI” DE SUCRE



Sucre fue la nueva escala del proyecto educativo que coordinamos con el Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos, y que llevamos a cabo gracias a los granitos de arena que aportan nuestros lectores fue Sucre. (para saber cómo sumarte haz clic aquí) Allí visitamos el Hogar de Niñas “Miski Wasi”, gracias a la sugerencia de Kim, una voluntaria belga que lleva un año trabajando para que estas niñas tengan una mejor expectativa de futuro. Las niñas provienen de una situación difícil, de hogares destruidos por el alcoholismo o la violencia doméstica. En Miski Wasi (que en quechua significa casa dulce) encuentran un refugio con mucho amor en el que viven de lunes a viernes, regresando con sus familias el fin de semana.

La primera parte de la actividad fue una proyección fotográfica  de nuestros viajes en los que compartimos no sólo la diversidad, los colores del planeta, sino sus problemáticas. Laura y Amaru llegaron primero. Amaru es una artista plástica chilena que nos ayudó enormemente con la actividad. Yo me retrasé unos minutos, y cuando entré les dije a las niñas: “¡Cuidado, que no soy una jirafa! – a lo que rieron. Las chicas quedaron mudas cuando vieron las fotos de la Antártida, por ejemplo, y sonrieron con cada pingüino y, luego, cada camello. Una reconoció que en Egipto fue “donde botaron a Moisés”. Otra, al ver fotografías de Tíbet, preguntó si era Potosí, confirmando mejor que cualquier teoría la similitud entre los dos grandes altiplanos del mundo. Una parte importante de las fotografías se referían al cuidado del planeta, y a los problemas de la contaminación del agua. Son temas que, con un lenguaje básico, se pueden y deben tratar hasta en un jardín de infantes.





Luego vino la parte más linda. Amaru les dijo a las niñas que hicieran un mural con aquellas imágenes que hubieran quedado en su cabeza. Primero anotamos palabras claves en una pizarra, que la niñas iban nombrando una a una. Camello, pingüino, la ruta, la gente colaborativa (según propias palabras de una niña de 7 años), las fábricas, etc. Luego, con montañas de revistas y diarios, y un ejércitos de tijeras, entre todos (incluidos nosotros) fuimos armando un mural en el que representamos los sueños de un mundo mejor…




Se fue así poblando la cartulina muda con la imaginación. Pronto aparecieron soles, mares, árboles, y hasta nuestra carpa…. Pero también amenazantes fábricas y pozos petrolíferos en actividad recortados de revistas.


 

Como también hablamos de la importancia de las tradiciones y hasta de las cuestiones de género, había mujeres musulmanas con sus velos y manos pintadas con jenna, que las niñas vieron en fotos de la India tomadas por Laura.
 

 
Aquí más detalles del mural, con los elefantes, automóviles y hasta el
mensaje “reciclar, no botar basura”…



La obra terminada. Todo fue realizado con mucho amor y cooperación. Amaru les explicó a las niñas que todo lo que hicieran, cada dibujo, aunque no fuera exacto, era bello de por sí. Todo servía se reciclaba, no sólo los materiales, que eran revistas y diarios usados, sino las ideas e impulsos artísticos.
 

Las niñas contentas al ver su trabajo. De una manera indirecta, se potencia la autoestima de todos, las de las niñas al ver que sus manos pueden generar cosas bellas, y la nuestra, al ver que cada día caminado, cada anécdota o imagen termina mejorando la vida de personas comunes a lo largo del planeta. Esto nos da mucho valor para seguir viajando. Sentimos que todas las cosas están conectadas, como en el mural. La foto de un iceberg tomada en Antártida puede ayudar a entender a una niña en Sucre la importancia de cuidar el agua. Así nuestros pasos ya no son nuestros, sino de todos.


Gracias a todos los que nos apoyan mes a mes para seguir explorando los rincones de nuestro planeta y compartiéndolos con los niños. 

SUCRE INCALCANZABLE: EL LADO OSCURO DE LA RECIPROCIDAD




A ver. Yo ya tenía un karma con Sucre. El año anterior, llegar a Sucre me había demandado uno de los viajes más incómodos – y cómicos de mi vida- cuando abordé en un control Fito-sanitario un camión cargado con 43 chanchos. En esa ocasión debí viajar en el techo, durante doce horas, desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la madrugada del día siguiente, sin interrupciones para descansar, con lluvia, Y frío. Ahora, Laura y yo comenzamos nuestro camino de regreso a Vallegrande para conectar con Sucre. Como tenemos algo de ansiedad de llegar, convenimos en que tomar un bus por el corto tramo no será ninguna traición. Al bus subimos, pero pronto nos bajamos con el resto del malón cuando el perfil de la flota se alineó con el precipicio. El colectivo quedó librado a su propio envión, con un conductor desesperado dando volantazos y un ayudante cavando debajo de la rueda que giraba como una funesta ruleta en el barro del camino. Cuando recuperaron la tracción, no tardaron más de un minuto en encajarse nuevamente, pero esta vez aún más cerca del colapso final. Decisión tomada: seguiremos a pie.





Delante nuestro, 33 kilómetros de neblina para caminar con toda tranquilidad, mochilas a cuestas, con la mente focalizada en que algún día llegaríamos y repitiéndonos esa frase que vuela de nuestra boca como una mariposa en estas situaciones: “No te preocupes: algo va a pasar”. Y lo que pasó después de media hora fue un camioncito Nissan Atlas, tripulado por un matrimonio con un hijita. El hombre clavó los frenos porque parecíamos una aparición, envueltos en niebla. Trepamos a la caja. Este Atlas no llevaba sobre sí, como el ser mitológico homónimo, el mundo entero, sino apenas una chica pintarrajeada que iba a Vallegrande a ver a su chico y dos borrachos tambaleantes. Mientras atravesábamos las nubes desafiando la ley de la gravedad uno de los verborrágicos borrachines contaba que su mujer lo había mandado a comprar papas y que en cambio había terminado farreando con su compadre. Estaba lo suficientemente lúcido para concluir que la excusa de “Me fui a ver a las vacas” no iba a funcionar tratándose de un día con niebla, que su mujer podía ser bruja pero no estúpida. Cuando pinchamos una goma, los dos borrachos hicieron un número al discutir entre ellos hacia qué lado debíamos girar la llave cruz para liberar la cubierta, al tiempo que preguntaban si Laura estaba en venta.





En Vallegrande tomamos una habitación en un alojamiento económico para darnos una adeudada lucha caliente y luego salir a la ruta. Después de ver desfilar taxis Corollas durante 45 minutos logramos frenar un vehículo particular. Era una pareja joven de Santa Cruz, que nos llevó hasta el cruce de Mataral. En el sinuoso camino de montaña, Lau comenzó a sentirse mal. Al bajar del vehículo, temblaba de fiebre. La pareja del auto dio una vuelta por el pueblo y regresó con un antigripal, pero luego nos quedamos solos, afuera de un comedor, y con apenas 86 bolivianos (50 pesos) como todo capital, ante la imposibilidad de cambiar divisa extranjera en el pueblo. Teníamos dinero suficiente para seguir haciendo dedo y llegar a Sucre, pero el estado de Laura me preocupaba, y debimos invertir la mitad de nuestro dinero en una habitación por esa noche. Pasé la tarde intentando, con algún éxito, bajarle la fiebre a Lau con paños de agua fría, y haciéndole un poco de Reiki.





A pesar de la mejoría, Lau no estaba completamente recuperada a la mañana siguiente. Sin embargo, con 20 bolivianos en el bolsillo no nos quedaba otra opción que salir a buscar nuestro camino hacia Sucre. Al inicio éramos optimistas sobre el tránsito, sobre todo porque había un peaje y podíamos hablarles a los conductores cara a cara. Así nos acercamos a la casucha que es la oficina de trabajo de Ronald, el recaudador del peaje. Lo cierto es que casi no pasaban vehículos, y los pocos camiones que nos reclamaban 20 o 30 bolivianos como pasaje. Laura estaba a mi lado, sentada sobre un par de cubiertas apiladas, visiblemente enferma. Dos o tres camioneros, a pesar de que les expliqué la situación y aclaré que no teníamos dinero, se negaron a ayudarnos, aunque se dirigían de todas maneras a Sucre. Esta situación admite varios análisis. Primero, en defensa del dedo en Bolivia, esto sucedió porque no había camiones grandes, sino los Nissan Condor cuyos choferes suelen complementar sus ingresos levantando pasajeros, distintamente de los choferes de empresas grandes que manejan camiones modernos, que rara vez piden dinero. Al margen de esa circunstancia, subyace un tema más fundamental. Es esa ley que aprendimos del arqueólogo a cargo de Samaipata: la reciprocidad, ingrediente básico de la cosmovisión andina.





La reciprocidad atañe a ciertos aspectos del estilo de vida andino, y en general apunta al bienestar comunitario a través de ciertas redes de apoyo social. Sin embargo, hoy día, también implica que nadie hace nada sin recibir algo a cambio. Esto, a la defensiva, evita ser explotado, pero peligrosamente borra el margen para acciones espontáneas y gratuitas, y limita severamente la hospitalidad. En este caso, yo pedía que alguien nos llevara por favor a mi novia –que estaba enferma- y a mí hasta Sucre, donde podíamos al menos cambiar dinero y visitar un médico. Y los conductores de taxis con asientos libres me miraban con una sonrisa desentendida y sin cargo de consciencia me decían: “Es que yo tengo mi gasto de diesel pues”. Imagino que esta actitud habrá tenido su origen en la hostilidad del medio ambiente, en todo el trabajo que hay que erogar en el altiplano para que la tierra de sus frutos. Y desde allí se habrá irradiado hacia otras prácticas sociales. O podré estar totalmente errado, pero lo cierto es que, mal que le suene a quienes suscriben a una visión estrictamente romántica de Bolivia, se percibe en general un materialismo decepcionante, especialmente en las clases humildes. Aguante la Pachamama, pero págame el diesel para mi Toyota pues. Creer o reventar, pero en ese momento yo imploraba que pasara un vehículo caro, de alguien de clase acomodada. Este materialismo se observa casi exclusivamente en la Bolivia altiplánica y cordillerana. En Santa Cruz, Tarija, y los departamentos de las tierras bajas, la gente es –en cambio- mucho más receptiva a una necesidad, se viaja a dedo rápido, y la conversación y simpatía son también valores que cotizan más allá del peso boliviano acuñado o impreso en billetes. Claro que hay excepciones, y gracias a ellas pudimos salir adelante.




En esa frontera entre Santa Cruz y la Bolivia andina Llevábamos 4 horas esperando el más mínimos gesto de humanidad. Los taxis Corolla blancos parecían reproducirse por mitosis en el horizonte, pasaban rapaces, despacio, y aceleraban al enterarse que no teníamos dinero. Ronald, el muchacho de peaje, que era del Beni, pedía para nosotros un plato de sopa al comedor de enfrente, mientras descolgaba el retrato oficial de Evo Morales. “Este es uno de los pocos peajes donde aún no lo han descolgado” – decía sumándose al descontento general que percibimos. Ya habíamos visto una película de acción completa, de esas ridículas producciones americanas sobre karatekas que entrenan para una heroica pelea final por su honor. Finalmente, un Nissan Condor que se detuvo a almorzar se dignó a llevarnos en la carrocería, sobre una carga de bolsas de azúcar. Y no fue fácil, hubo que insistir y fue degradante (para ellos y para mí) tener que deslizar el argumento de que me parece bien que los bolivianos accedan a educación y salud gratuitas en mi país, y que sería genial si pudieran relacionar en su cabeza la reciprocidad a favor del otro algún día.







“Suban a la carrocería pues” - La pobre Laura se trepó como pudo al camión. Subir las mochilas es tarea que me queda reservada a mí y no siempre es expeditiva. La Maga tiene sus kilitos. Cuando ya estaba encaramado veo a la mamita del comedor, a quien habíamos comprado galletas en el camino de ida, acercarse con algo en la mano. Cuando llega no lo podemos creer. “Para que puedan comer por lo menos” – dice. Nos está obsequiando dos paquetitos de Club Social, y sobre ellos, plegado en cuatro, hay un billete de 10 Bolivianos. No podemos aceptar el dinero. Le debe costar ganarlo y nosotros ya tenemos más esperanza de llegar a Sucre.





Las bolsas de azúcar tienen la ventaja de ser blandas. Laura se estira dentro de las dos bolsas de dormir. En horizontal se siente mejor. Vamos por un camino de ripio, muy sinuoso. Con cada desnivel el camión se balancea de banda a banda como un barco. Aceleramos más en subida que en bajada, cuando hay que meter freno de motor para no irse al precipicio. Es un “cóndor” lento el nuestro, ¡pero vuela hacia Sucre! Ya es de noche, y vamos surcando precipicios indescifrables. Arriba se ven los haces de luz de camiones que siguen trepando en zigzag las montañas. Sale una luna llena, entorpecida por el polvo ominoso que el mismo camión levanta y que nos unta en las lentas y cerradas curvas. En un pueblo los choferes se detienen a almorzar. “Se sirve sopa y segundo” – dice el cartel, pero nos quedamos mirando. Nadie nos pregunta si ya comimos o si tenemos hambre, y no nos podemos dar el lujo. Después de ocho horas llegamos a Aiquile. Nos bajamos de un salto del camión y tomamos una habitación a pagar al día siguiente. Por la mañana, cambiamos dinero, cancelamos la habitación, y corremos a saciar nuestro apetito a un comedor decorado con esa flexibilidad boliviana que admite posters de la Virgen de la Calendaria y almanaques con porno stars en bikini por igual.





Nos sentimos casi en Sucre, pues estamos en el camino principal. Pero son 150 km de ripio y no pasan más que taxis que van a pueblos cercanos. Todos aminoran la marcha para intentar vendernos sus servicios, hasta que nos cansamos y a uno le gritamos un contundente: ¡No tenemos dinero! Contra nuestras expectativas, el hombre saca un billete de 20 bolivianos y nos lo regala. “para que coman” – dice, y se aleja. Nuestra momentánea carencia de dinero (por un error de cálculo) nos ha mostrado lo mejor y lo peor del pueblo boliviano, ha resaltado sus vicios peo también sus héroes. Al fin después de otras 4 horas un testigo de Jehová francés en una 4x4 nos hace avanzar 40 km más. Allí esperamos otra hora, hasta que nos frena un Volvo que llevaba carne de Santa Cruz a Sucre. Sentimos como haber ganado la lotería, aunque la felicidad se evapora de pronto cuando la ruta se ve bloqueada por un piquete en el pueblo de Chuqui-Chuqui, en reclamo de un puesto de salud. La calzada está bloqueada por ramas y troncos. Al fin, luego de 30 minutos la protesta se levanta. Podemos seguir. Pasan un par de horas, anochece, y un tiranosaurio que nos muestra sus dientes nos da la bienvenida a Sucre Capital. Sí, parece que los dinosaurios asolan Sucre. O es el Parque Cretácico. Nosotros hacemos sonar el timbre de la cómoda casa de nuestro amigo Wolff, quien nos espera desde hace varios días. Después de casi desbarrancarnos, de que Laura se enfermara, de quedarnos sin dinero, y de un piquete, llegamos a Sucre.





martes, 14 de junio de 2011

EN LA RUTA DEL CHE: TRAS LAS HUELLAS DEL FIN DE UN SUEÑO CONTINENTAL



Nunca me gustó la idea de replicar en mis viajes la ruta de héroes, mártires o viajeros famosos. Primero porque creo que cada viaje es una constelación única e irrepetible. Pero fundamentalmente porque considero que cada viajero fue movido por un contexto o criterio propio a visitar algunos sitios y no otros, a completar la línea punteada de forma caprichosa y personal. Seguir la ruta de otro es casi como renunciar a la propia. Viajando por tierra desde Europa hasta la India me fue imposible no tropezar a intervalos regulares con ciudades construidas (o destruidas) por Alejandro Magno. Aquí en Sudamérica, se nos presenta la “Ruta del Che”, que sigue los últimos pasos de Ernesto Guevara en su frustrado intento de generar una revolución socialista en Bolivia. Al mirar los mapas acuso recibo de emociones violentamente contrapuestas. La simpatía que siento por el Che Guevara y su causa se mezcla en mis vísceras con la repulsión a los fetiches y a los íconos. Porque si el Che Guevara se tomó la molestia de tomar el fusil y cruzar el Chaco boliviano con su reducida y valiente escolta, es porque detrás de esa acción había un análisis de la situación del campesinado al que se pretendía liberar. Ahora, en cambio, las guías de viaje proponen al sitio como un paseo turístico a los mismos viajeros que pasan en predecible rayuela de Villazón a Uyuni, a Potosí-Oruro- La Paz- Titicaca, y que rara vez visitan las comunidades campesinas cuya opresión conmovía al Che. Con estos dilemas y pensamientos salimos a la ruta en Samaipata.


 

Esta vez hubo que esperar 45 minutos, vamos haciendo calzar nuestros sueños vagabundos en rutas cada vez más pequeñas. Como siempre un camión, el eterno Volvo F-12 de las rutas bolivianas, pero esta vez conducido por un personaje singular. Se llama Jaime y es de Tarabuco, pueblo famoso por haber emboscado al ejército español despachado para hacerlos súbditos de la corona, arrancando luego el corazón a sus cabecillas. Al abrir la puerta del camión ya había notado la calcomanía con el eterno perfil del Che reproducido en todo el planeta, con su boina y pelo al viento, sobre la pintura roja del Volvo. Ahora noto la hoz y el martillo tatuados en el antebrazo, y al escuchar a Jaime queda claro su posición política. Es la primera persona desde que entré en Bolivia que dice estar conforme con Evo Morales. “Con Evo hay más trabajo y educación” – asegura- y luego nos cuenta de esa vez que se fue a trabajar a Polonia como mecánico de barcos. “Allá en Europa están como en una jaula. En Bolivia, en cambio, nos gusta ser libres como pajaritos, puedes patearle el trasero a un policía que no te va a decir nada…”


Llegamos a un cruce donde compramos galletas a una alegre cholita que exhibe su vitrinita de madera con golosinas afuera de un comedor. El cambio a una ruta menor implica que esta vez debemos esperar dos horas para encontrar un camión rumbo a Vallegrande. No importa: con los personajes que estamos conociendo viajando a dedo en Bolivia, no podemos ni concebir la idea de subirnos a una flota. El viaje es lento, pues el inmenso camión americano va cargado de arena y debe clavar los frenos en cada curva en bajada. Llegamos así a uno de esos pueblos transformados en pintorescos por sus complejos de identidad, como lo indica su nombre: la ciudad Jesús y Montes Claros de los Caballeros de Vallegrande. Los naturales de Vallegrande parecen tener dos edipos importantes. Uno con los españoles, ya que la ciudad se declara orgullosa “hija de noble español”. El segundo Edipo es algo más confuso e intrigante, y es que el pueblo se denomina “México chico”, para la inicial confusión del viajero, y la permanente ignorancia de un sector de la misma población, que realmente cree tener una imposible ascendencia mexicana, y se dedica a cantar rancheras. El resultado de estas dos obsesiones combinadas es un montón de hombres de tez blanca y ojos claros forzando espesos bigotes y luciendo sombreros para estar a la altura de la estirpe. Tuve que detener a varias personas por la calle hasta dar con uno en su sano juicio que aceptó que las similitudes con la cultura mexicana, evidenciadas en la música, los sombreros y en la manera de preparar el maíz eran meras coincidencias.




 
Dejando del lado el humor, hay un Vallegrande un hito escondido, a donde nos dirigimos tras el almuerzo. Se trata de la lavandería del Hospital Señor de Malta, donde el cuerpo ya inerte del Che fue presentado a la prensa internacional para demostrar que el Ejército Boliviano había hecho bien los deberes dictados por papá Estados Unidos. El lugar no está señalizado, y parece más bien un incómodo honor para un pueblo conservador y orgulloso de su linaje colonial. En el centro del recinto están los piletones de piedra donde con cariño uno puede ver un altar. Los muros son una pancarta de solidaridad de los visitantes. Algunos son anónimos grafities, pero otros mensajes emocionan, como el de la brigada médica cubana que en 1997 localizó los restos del Che, treinta años después de que fueran enterrados junto a la pista de aterrizaje del aeropuerto local, que dice: “No porque te disimulen bajo tierra van a impedir que te encontremos, Che Comandante, Amigo…”



Gracias a otro camionero llegamos a Pucará, distante 60 km de Vallegrande, por un camino de cornisa grabado en la montaña. Mientras esperamos compramos a una señora gelatinitas de leche en vasitos plásticos descartables. Mucho mejor que darle nuestro dinero a Danone. En el camino cruzamos una comitiva de hombres y mujeres cargando guitarras y bancos. Vienen de una ambrosía, una fiesta en la que se toma leche recién ordeñada al pie de la vaca, en cóctel con singani o canelado. A medida que ascendemos noto que la vegetación disminuye y nos insertamos en un paisaje preandino. ¿Qué tipo de esperanza o estrategia habrá guiado al Comandante hacia un relieve tan árido y desprovisto de reparos para la actividad de la guerrilla? Me animo a decir que el Che llegó a Bolivia con más ilusiones que estrategias, quizás algo cegado por su brillante éxito en Cuba, quizá sin haber aprendido una lección tras el fracaso de sembrar la revolución en Congo. El Che ingresó a Bolivia afeitado, de incógnito, y estableció su base en la estancia Ñancahuazú, 250 km al sudoeste de Santa Cruz. Desde allí pretendió encender una mecha de rebelión entre un campesinado al que imaginó descontento y propenso a la revolución.



Cuando llegamos a Pucará, al pueblo lo cubría una densa neblina que apenas dejaba ver el perímetro de la plaza y algunas callejuelas empinadas. Es como si toda la zona hubiera quedado maldita por la tragedia de Ernesto. Tenemos mucho frío. Quisiéramos cenar algo contundente pero de pronto nos hemos dado cuenta los pesos bolivianos se nos están acabando y no hay donde cambiar. Dos misioneros norteamericanos nos niegan alojamiento. En un café llamado Varadero pedimos té, y su dueña Yuma –al escuchar nuestra historia- nos sorprende con dos tamales y luego toda una cena de cortesía. Contentos por encontrar esta generosidad entre las huellas del Comandante nos vamos a dormir, acampando en el patio de una pensión que tampoco nos quiere cobrar.



Nuestro plan es, por la mañana, llegar a La Higuera, a unos 15 km de Pucará. Es buscando el camino a esa población que tropezamos con la casa de Conrado. Fue mirar dentro sin causa aparente y ver las wipalas y el póster del Che junto al de Evo Morales. “Pasen, adelante..” – nos da la bienvenida este señor de 77 años, con elegante sombrero y ojos celestes. Su casa es como un pequeño santuario al Che. Resulta que cuando el Comandante andaba por los alrededores Conrado era un joven campesino que soñaba con unirse a su lucha. Por otro lado, no podía abandonar su ganado si quería seguir manteniendo a su madre y a su hermana. “Cuando fueron los combates finales yo ya quería unirme, pero había 400 soldados acampando alrededor del pueblo”.




Desde el punto de vista de Conrado el error del Che fue no haber dado a conocer sus ideas previamente. Cuando el llegó, sus ideas eran absolutamente extrañas al universo de creencias del campesinado boliviano. Hasta el día de hoy los campesinos bolivianos se sienten grandes hacendados, y pastan orgullosos sus cuatro vacas. Estos factores culturales parecen no haber sido tenidos en cuenta por el Che. En aquellos años Bolivia era gobernada por el dictador René Barrientos Ortuño, quien por supuesto estaba en directo contacto con al CIA, organismo que entrenó a un cuerpo de Rangers encargados de darle caza. Además, maliciosamente otorgó algunos derechos a los campesinos, y difundió el rumor de que los guerrilleros eran peligrosos y que asesinaban civiles. El presidente del Partido Comunista Boliviano le había prometido al Che –asegura Conrado- 2000 hombres. Pero al final sólo contó con sesenta. A pesar de estar aislado en medio del monte con todo un ejército movilizado para matarle, el Che se mostraba optimista, y en su última entrada de diario (el 7 de octubre de 1967) asegura que “todo marcha sin complicaciones”. Después del tiroteo final, el Che, herido de bala en la rodilla, cuello y hombro, fue trasladado a la escuelita de La Higuera, donde fue ejecutado. Su cuerpo fue trasladado en helicóptero al hospital de Vallegrande, para ser exhibido como prueba de que la leyenda del Che se había acabado. La historia dice que las mujeres locales, notando una asombrosa similitud con Jesucristo, cortaron mechones de su cabello como reliquias. Habiendo escuchado toda la historia de boca de Conrado, ya no sentimos necesidad de ir a La Higuera para sacarnos una foto con un monumento.



Caminamos hacia la ruta que regresa a Vallegrande. Nos sentamos en el suelo viendo pasar campesinos con sus vacas. Desde una casa, un anciano envuelto en su poncho nos invita a sentarnos en su puerta, al reparo del viento. Cuando me miró a los ojos, creí haber alucinado sus ojos celestes como firmamentos, iguales a los de Conrado. Se llamaba Isidoro. Contó que había tenido sus animales pero que había perdido todo. “Ahora no tengo nada, animales, tierra, nada…” Contó que había conocido al Che… “Era altito como Ud, ¡pero mejor puesto….! -y mi autoestima se devaluó- Fumaba unos cigarros raros, grandes, uno detrás de otros” Luego reparó en que sus mulas estaban muy bien ensilladas… “lindas para montar, perros, todo tenían”. Pasó entonces a hablar de sus dolores, que experimentaba al pararse o sentarse. Musitaba prudentes, lentas palabras envuelto en su poncho raído, que usaba desde hacia veinte años. En el hospital no lo atendían por no tener “papeles buenos”. Le pregunté si cobraba el bono para adultos mayores que creó Evo Morales, pero me dijo que para eso necesitaría un certificado de nacimiento. Aunque Isidoro no sintió allá por el año 66 ninguna necesidad de unirse a la lucha revolucionaria, yo conjeturo en silencio que si el Che hubiera cumplido su cometido, al menos tendría un hospital eficiente donde tratar sus dolores.


Busco en mi cabeza piezas del rompecabezas. Con la ventaja de la perspectiva, me parece extraña la estrategia del Che en un país como Bolivia, donde el introvertido, sumiso campesinado nunca propulsó una reforma social. Quienes tradicionalmente depusieron gobiernos fueron en cambio los mineros con sus dinamitas y los trabajadores de El Alto. También me parece casi metafórico que Ernesto Guevara haya perecido en el departamento de Santa Cruz, no muy lejos de Samaipata, quedando por la eternidad montado entre esos dos universos, el andino y el de las tierras bajas, como si se tratara de una eterna cicatriz en la historia boliviana. En un país donde se practica la challa, el agradecimiento a la Pachamama a través del sacrificio, simbólico o no, de animales, quizás la muerte del Che ha sido una inadvertida challa histórica. Me pregunto si los campesinos que a nuestro lado siguen desfilando con sus caballos delante de la puerta de Isidoro lo ven así. Ellos que con sus paradójicos ojos celestes contemplaron el fin de un sueño continental, mestizo, de todos colores, libertario. 


martes, 7 de junio de 2011

SAMAIPATA, EL DUALISMO ANDINO Y SU INFLUENCIA EN LA POLÍTICA BOLIVIANA


 
Viajamos de Santa Cruz a Samaipata para conocer su Fuerte, un centro ceremonial y administrativo prehispánico que fuera el límite oriental del Imperio Inca. Para nosotros, que venimos de explorar la región chaqueña tanto argentina como paraguaya, el sitio es un hito, un bautismo hacia el universo andino en que nuestros pasos se aventuran. Esta vez somos cuatro, pues nos acompañan Queralt y Edgar, una pareja catalana. Ante la mirada incrédula de los operarios del peaje no tardamos más de 10 minutos en subirnos todos a un camión que nos lleva en su caja junto a una colección de cabeceras de cama. Desgajamos mandarinas mientras disfrutamos del sinuoso paisaje, aun típico de las tierras bajas, con algunas ondulaciones. Cuando llegamos es de noche y ponemos en marcha nuestros radares para ubicar las referencias que nos dio Pedro Pajarito: Primero vemos el enorme cartel de Evo Morales, que asegura “Evo no se cansa, Bolivia avanza”, luego aparecen, tal como apresuradamente bosquejado por el dueño de casa en Santa Cruz, la puerta de alambre junto al árbol de flores violetas. Nuestro anfitrión es un clown belga que vive en Bolivia hace años, y que además de clown parece ser un asceta, según deduzco de su mínimo hogar y por la bolsa de dormir tendida en el suelo que hace las veces de cama. Afortunadamente para nosotros, en un cuarto contiguo aparece un colchón de dos plazas. En el cuarto encontramos todo lo necesario para fabricar sonrisas y miel: de los muros cuelgan narices de payaso, aros de ula ula, y un traje de apicultor.


Al día siguiente caminamos unos 7 km hasta el fuerte. Fueron los chanés, una etnia de la familia arawak, de las tierras bajas, los primeros que otorgaron a esta roca un fin ritual, modelando figuras que hacen de esta roca monolíticala roca tallada más grande del mundo, con sus 220 metros de largo. En ellas tallaron canales para honrar al dios de la lluvia y también jaguares. En el 1300 llegaron los incas, quienes se unieron a los chanés para resistir los embates de los guaraníes. Es inevitable percibir que estamos en un escenario de confrontación histórica. Parado sobre la inmensa roca y avistando cerros arbolados hacia el este, me doy cuenta que los incas de las tierras altas se enfrentaron a los guaraníes del chaco como hoy la Bolivia altiplánica se define casi por oposición a Santa Cruz y sus cambas de las tierras bajas. Casi simultáneamente, es la frontera entre la Bolivia próspera y los empobrecidos departamentos de Chuquisaca, Potosí, Oruro y La Paz. El mimo teatro, distintos personajes. En todo caso, a lo largo de la historia, en Samaipata se han articulado las tres grandes regiones sudamericanas: los Andes, la Amazonía y el Chaco.



Claro que los incas no fueron meros espectadores en la historia de Samaipata, sino que aprovechando que los cahné les dejan el sitio en agradecimiento añaden sus figuras, como el coro de los sacerdotes, una ronda de asientos para que los sabios sacerdotes incas observaran las estrellas a través de su reflejo en una pileta circular de agua, con el fin de calcular solsticios y equinoccios. Algunas figuras se encuentran grabadas simétricamente a ambos lados de la roca. El arqueólogo del sitio, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, me explica que eso obedece a la ley de la dualidad, pilar de la cosmovisión andina. Es simbólico que escuchemos hablar de ella aquí, en los albores de los Andes. El hombre andino ha organizado al universo en pare opuestos y a la vez complementarios, como hembra-macho o sol-luna. Además nos nombra otra ley, a la que poca atención prestamos en el momento, que es la de la reciprocidad. Comprenderla, aún no lo sabíamos, iba a ser una llave hacia la comprensión de Bolivia.

 



Caminamos luego por la cancha (mercado) y el akllawasi, la casa de las elegidas para sacrificios humanos. Me emociona pensar que son las primeras pinceladas incas que observamos en este largo peregrinaje sudamericano. Luego devuelvo mi mente al presente. Me pregunto acaso si el mismo dualismo andino que impulsó a los incas a construir templos simétricos en cada extremo de la roca no es el mismo que inconscientemente promueve la percepción de una Bolivia irreconciliable compuesta por una “media luna fértil”, cuna de terratenientes cruceños y tarijeños, y por una Bolivia andina, despojada, víctima y dependiente. Las diferencias son reales. Que una Bolivia sea causa de la otra, culpa de la otra, me parece en cambio una aventura dialéctica fácil de pronunciar en la segunda cerveza, pero difícil de demostrar. Sobretodo cuando hasta 1954 Santa Cruz era un pastizal abandonado sin conexión vial a La Paz ni mercado externo. Estos gemelos que tanto se pelean, nacieron juntos. Y nadie les ha enseñado a ser hermanos. La mutua avaricia los consume. Los cruceños olvidan que fueron las regalías mineras de Oruro y Potosí las que se utilizaron para desarrollar el Oriente en los años 50, en tiempos del MNR, y ahora se niegan a devolver el gesto. El actual régimen –a su vez- hace flamear con fuerza la whipala, el emblema de la diversidad, pero en el transfondo se siembran semillas de encono y desconfianza hacia el Oriente. Mientras el socialismo soviético rigió un estado plurinacional compuesto por rusos, uzbecos, tajiks, armenios, ucranianos, lituanos, etc, en el que se esfumaban las barreras de la raza, parece haber cierta intención dentro del socialismo paceño a enfatizar (aprovechar) estas diferencias en su retórica, en cada discurso de campaña que agrede a los cambas, y cuyo eco desde el Oriente es la palabra kolla utilizada como insulto. Pues bien, con kollas y terratenientes no armamos un país. La Bolivia real, diversa pero hermana, sigue esperando, demandando concesiones de ambas partes, y anidando quizás en las ilusiones de los más prudentes.