viernes, 27 de mayo de 2011

EL FERVOR AUTONOMISTA Y EL ROL DE LOS AYOREOS EN LA POSMODERNIDAD


 
Estudiantes de la Alianza Francesa festejando el día de la Unión Europea.

Dentro de una vivienda de la comunidad ayorea en Santa Cruz

El conductor del camión que nos llevó de Villamontes a Camiri fue un fiel representante de la mentalidad cruceña. “Acá somos progresistas” – había dicho “no queremos que nos regalen nada, sólo queremos herramientas para trabajar”. Eso equivalía a acusar de haraganes al resto de los habitantes de Bolivia. Fumando, mascando coca, y tomando cerveza alternadamente, fue muy pedagógico al comparar a Evo Morales con el espejito retrovisor (“se mira pero no se toca”). Entre insultos dispensados contra indios y kollas, el tipo tiraba datos interesantes, como que habían sido los mineros indemnizados por el MNR en 1954 los que invirtieron en plantaciones de coca en el Chapare. Pero luego volvía con que el kolla, aunque se fuera a la luna seguía siendo kolla. Y usaba luna y mierda con sorprendente sinonimia. La obviedad del silogismo venía a colación de que los migrantes del altiplano se denominan cruceños cuando les preguntan su procedencia, a su juicio sin derecho. Luego frenó una Toyota 4-Runner de una familia adinerada, con quienes llegamos a Santa Cruz, con tanta suerte que nos dejaron en la puerta de la casa de Toti, nuestra anfitriona…



 
La ciudad fue fundada en 1561 por Ñuflo de Chávez, un expedicionario español que llegó desde lo que hoy es Paraguay. El asentamiento resistió a duras penas los embates de las tribus locales. Su fin era aprovisionar con arroz, azúcar y frutas al resto de la colonia. Los productos eran transportados en trenes de mulas. A fines del S.XIX, sin embargo, se abrieron rutas de comercio entre La Paz y la costa peruana que hicieron que los productos importados fueran más baratos. Entonces el auge económico de Santa Cruz comenzó a decaer. Fue recién en 1954 que la red de carreteras llegó. Paralelamente, una conexión ferroviaria con Brasil multiplicó las oportunidades de exportación para las cosechas. Desde entonces la ciudad experimenta un despegue económico constante, siendo la más rica de Bolivia. Pero no es el ingreso per cápita lo que diferencia a Santa Cruz del resto de Bolivia, sino su identidad. Los cambas hacen un notable esfuerzo en diferenciarse de la Bolivia altiplánica de descendencia indígena, y hacen gala de su cosmopolitismo sin resignar su talante conservador ni sus aspiraciones de autonomía.





Ya en nuestro primer día en la ciudad pudimos comprobar la afectuosa afiliación de Santa Cruz a la influencia extranjera. Con Toti y sus amigos asistimos a una celebración por el aniversario de la fundación de la Unión Europea. Los estudiantes de la Alianza Francesa y del Goethe Institut se habían dividido en grupos y representaban en embanderados stands la gastronomía de cada país. Había que ver a las cruceñas disfrazadas de cabareteras parisinas vendiendo brochets de dulces mientras sonaba la música electrónica. En las rotondas que forman las anchas avenidas las cholitas siguen vendiendo naranjas en sus puestitos callejeros debajo de carteles que celebran “¡Ahora Facebook en tu celular!” Esbeltas cruceñas maquilladas hacen de las aceras su pasarela mientras un muchacho dobla la esquina en su Hummer y les arroja una mirada rapaz. Santa Cruz es una ciudad de identidad hibrida, en fase de modernidad creciente…



 
Para nosotros, ya con ganas de alternar con un poco de comodidad, la casa de Toti nos devuelve a ese mundo donde hay lavarropas y donde al girar la canilla correcta sale efectivamente agua caliente de la ducha, y no cucarachas en zafarrancho de tsunami… ¡En fin, una casa! Lavamos ropa, nos ponemos al día con Internet, preparamos un asado junto a Edgar y Queralt, dos ingenieros ambientales catalanes en busca del voluntariado perfecto. La casa, además, es un ir y venir de jóvenes universitarios progresistas con remeras que dicen “Rock Boliviano”, lentes a la moda y un postura a favor de la autonomía del departamento. Estos jóvenes trabajaban en talleres con niños de la calle y se involucraban de diferentes maneras en cuestiones sociales. Sin embargo, no le creían una sola palabra al gobierno de Evo Morales. En su opinión, el poder cambió de manos sin que el bienestar se filtre al pueblo. “Lo que antes hacían otros gobiernos ahora lo hacen ellos”. Acabo de entrar al país y me limito a escuchar. Por un lado, es extraño que los cruceños, tan devotos de la dolce vita, se vean tan irritados por algún que otro iniciático exceso de la sumak kaway (vivir bien – en quechua) de la nueva dirigencia masista. En algo coincido con ellos, el antagonismo Santa Cruz – Altiplano ha sido exacerbado hasta la hipérbole por Evo Morales en su retórica de campaña que nunca ha dejado de apuntar al divide et impera a pesar de hablar de plurinacionalidad. El país nunca estuvo tan al borde de la desintegración como en 2009. Para ser justos, encuentro un tanto infantil la fantasía secesionista de Santa Cruz y su obsesión por mezquinar los porcentajes de las regalías petroleras.



Entre estos jóvenes destaca Lino, fotógrafo especialista en fauna, quien nos cuenta, vaso de whiskey en mano, cómo se contrabandean pichones de tucán a EE.UU en cajas de dentífrico. De cada cien sobreviven tres, y eso ya es negocio. Pasamos además una mañana de semáforo en semáforo intentando localizar a un malabarista belga que tenía las llaves de una habitación que se nos prestaría en Samaipata. Cumplida la operación “Donde está Wally?” Lino y yo realizamos una tarea de documentación fotográfica de una cooperativa de recolectores y de una comunidad ayorea.





 
Ya había escuchado hablar de los ayoreos en Paraguay. Aparentemente, se trata de la última etnia que “salió del monte” en la década del 90’. En tanto y en cuanto su hábitat les abasteció de alimentos, prefirieron mantenerse al margen de nuestra modernidad. Estos “no contactados” tuvieron finalmente que salir a las ciudades para buscar empleos cuando los desmontes cercaron su tierra y su cultura, y solo los amuralló su propia soledad. La comunidad a la que llegamos está situada en las afueras de Santa Cruz, en el barrio Plan 3000. Nos encontramos con un caserío de adobe y caña. Son gente de las tierras bajas, de pómulos prominentes y gran carretilla, y cabellera tupida como los montes que añoran.




 
Al llegar algunas mujeres preparaban ensaladas en sus tutumas. Otro grupo se concentraba en artesanías. Hasta aquí yo no tenía la menor idea de cómo subsistían, y me imaginaba que recibirían alguna compensación del estado o mensualidad. En cambio, me encontré con que el principal ingreso de estas familias es la venta de las artesanías en el centro de Santa Cruz… Si bien algunos morrales tejidos a punto fino eran preciosos, los collares de guayruru y pulseras otras semillas me parecieron más bien una desesperada y rápida salida de emergencia que la valorización de una artesanía autóctona. Frente al embate del mercado, los ayoreos reaccionaron como el mochilero promedio amenazado por la bancarrota y se pusieron a hacer macramé. Quizás sea metafórico, pero a mí me parte el alma: su producto principal son funditas para celulares. Me carcome la conciencia pensar que el lugar que en nuestra sociedad ocupa esta cultura milenaria sea tejer fundas para celulares. Algo tiende que andar mal. ¿No son ellos los herederos de saberes ancestrales, ahora un frágil intangible en decadencia? Mientras camino por los recovecos de su poblado se me antojan infelices, allí lejos de su monte, los hombres tirados contra los muros de adobe, algunos borrachos, todos ociosos. Muy a mi pesar, me es más fácil verlos como el despojo de una cultura que como reservorios de una visión más sustentable de humanidad Me prendo su lágrima en mi alma y me preparo a seguir caminando por Bolivia.

martes, 24 de mayo de 2011

SANTA CRUZ LADO B: ORGULLO CARTONERO

 



 
El sitio huele como debe oler. Lejos del fotografiado centro histórico de Santa Cruz de la Sierra, la ciudad más reluciente de Bolivia, un grupo de hombres y mujeres se ganan el pan manipulando el continuo cadáver del progreso: son cartoneros. En definitiva, es basura que se genera en los mismos ambientes perfumados de nuestros asépticos espacios urbanos. Allí, ciudadanos con corte a la moda y damas de alcurnia ordenan sus Sprite y sus Fantas creyendo que el sólo hecho de poder pagarlas los absuelve del resto del ciclo. Hasta un niño puede hoy decirnos que el sistema capitalista se basa en la creación de necesidades. Y estas necesidades se exhiben impecables en publicidades y letreros. Lo que no es negocio mostrar es la obscena secuela: al otro extremo del orgásmico momento glorificado del consumo se encuentra el indeseable, reprobable, tabú –eh, ¿me prestan más adjetivos?- momento de la basura. Dos caras de la misma moneda.



El Centro de Acopio de la Cooperativa de Recolectores “Estrellas” es la terminal de muchas cosas. Las cajas de cartón, algo sucias, plegadas y apiladas para ahorrar el valioso espacio, llegan hasta el inexistente techo. En casi todas aún se lee en negra imprenta el “Made in China”. Estas cajas andariegas seguramente iniciaron su peregrinaje en las fábricas de electrónicos de las afueras de Shangai, abordaron luego un container de la Hamburg Sud y montadas en un carguero alcanzaron la zona franca de Iquique en el Pacífico chileno, antes de ingresar en Bolivia por carretera. La gente que avista sus sueños en los catálogos de tiendas estilo Garbarino paga el flete, para luego desentenderse de la caja. Cintia Saldívar y su equipo, miembros de una de las nueve asociaciones de recolectores de Santa Cruz, viven, comen, y pagan la educación de sus hijos clasificando, pesando y vendiendo cajas como esa. A 60 centavos de Peso Boliviano (7 centavos de dólar) el kilo, no queda otra que andar y andar.

 
Las “Estrellas” trabajan, como lo indica su nombre, de noche. De seis de la tarde en adelante, y hasta el amanecer, sus triciclos recorren cada recodo del laberinto urbano cruceño. Las zonas de mercado –asegura Cintia- son las mejores, aunque las gemas de la noche son las salidas de los recitales, auténticos yacimientos del cotizado aluminio en forma de latas de cerveza para estos empobrecidos ciclomineros.









 
Seguramente muchas damas y caballeros cruceños cambiarán de vereda cuando los ven. Algunas estrellas pueden ser malolientes. Tras la deslucida pátina de pobreza yo adivino, en cambio, una subestimada función ecosocial. ¿No son los cartoneros como los microorganismos que desintegran los restos orgánicos inertes permitiendo que sus componentes químicos fertilicen la tierra? De la misma manera ellos recuperan –y redimen- los restos del consumismo a través del reciclaje. Han hecho de una conducta social faltante el recurso de su supervivencia. Lo que en Europa garantiza el estado, en Santa Cruz queda a cargo de las estrellas…
Caminar por el centro de acopio – nombre acaso excesivo para el patio de la familia Saldívar- puede parece desalentador pero el paseo encripta, sin embargo, una cátedra. En este cementerio de brillos, los destellos huérfanos de las góndolas vagan moribundos. Carpetas con estridentes diseños de Puca, Hello Kitty, Pokemon u otras alimañas altamente japonesas, bebotes mutilados, un sillón rosa de la casita de la Barbie, envases de gaseosas transnacionales y transgénicas, todos los objetos de consumo posibles revean su esencia prescindible y vacua. Un estuche de lentes Channel no llega a marcar un gramo en la balanza electrónica en la que Cintia y su equipo van pesando los lotes. Aquí en los arrabales solo cotiza la mole, la materia, con el glamour no se come…
 

sábado, 21 de mayo de 2011

EL PROYECTO EDUCATIVO EN EL CHACO PARAGUAYO Y EL CAMINO A BOLIVIA

 


 
 
En la escuela internada Nuevo Amanecer, en la localidad de Neuland, realizamos una charla-proyección, como parte del proyecto educativo patrocinado por nuestros lectores y coordinado con el Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos. (Para saber cómo sumarte con un granito de arena, ¡lee aquí!)

 
Aunque Neuland fue fundada por menonitas alemanes, que aún son mayoría, existe una populosa comunidad paraguaya y aborigen. Cerca de la misión churupí “Picaflor Blanco” se encuentra esta escuelita a la que asisten niños que parecen salidos de un arca de Noel étnica. Los hay churupíes, nivaclé, angaité, paraguayos, algunos menonitas pobres y hasta argentinos. Sí, procesemos. Todos nacieron en Paraguay, pero en sus casas hablan lenguas tan distintas como bajo alemán o guaraní. Los niños argentinos era hijos de trabajadores que llegan desde la franja del Río Pilcomayo a través de la localidad paraguaya de Pozo Hondo, que en el mapa parece un error cartográfico y que sin embargo es un paso de frontera desconocido por el que muchos argentinos llegan a buscar trabajo a la zona menonita del Paraguay. Y en este contexto aparecen dos Acróbatas, a mostrar sus fotografías, para mostrarles que en todo el mundo personas de distintas etnias y culturas comparten espacios (escuelas, ciudades, estados) en respetuosa armonía. Fue interesante (y colorido) mostrarles fotos de India, donde conviven hindúes, musulmanes, sikhs, budistas, etc y, por supuesto, fotos de otras comunidades originarias ya visitadas en América, como descendientes de ranqueles en La Pampa, huarpes en Mendoza, guaraníes bolivianos, y distintos pueblos de Centroamérica sobre los que Lau siempre abunda en anécdotas.





 
En Mariscal Estigarribia, localidad enclavada en el Chaco Paraguayo, realizamos otra charla en la Escuela Santa María del Chaco, donde era directora la Señora Loren. Esta mujer que nos dio de comer en su casa y nos prestó su Internet, a pesar de pasarse todo el día cociendo vestidos para el acto del Bicentenario. Estamos también agradecidos a Jazmín, quien nos alojó en su casita repleta de libros y mapas de México…

 



En Mariscal Estigarribia, además, conversamos con él líder de la comunidad guaraní Santa Teresita sobre el desplazamiento histórico de su pueblo tras la Guerra del Chaco (1932-35) y sobre la singular celebración del Areteguazú, que reune elementos culturales andinos y guaraníes. Nuestra camino hacia la frontera boliviana fue divertido. El oficial de migraciones de Paraguay tuvo que dejar de lavar su moto para sellar nuestros pasaportes, e inmediatamente después se dedicó a perseguir con un escobillón a dos chanchos de monte que tenía como mascota (muy ocupado). En un camioncito Isuzu que llevaba mercadería a una lejana estancia llegamos a La Patria, casi en el fin del mundo. Allí nos recibieron como a héroes los policías del puesto de control, y al escuchar nuestra loca idea de dar la vuelta al mundo decidieron que ellos podían aportar con un rico asadito. En el móvil fueron a buscar carbón, y pronto estábamos todos tan satisfechos que aplaudíamos con los pies. A la mañana siguiente prácticamente obligaron al primer micro que pasó a llevarnos hasta la frontera, lo que los choferes hicieron de mala gana, lo que quedó en evidencia cuando en Villamontes, ya del lado boliviano, nos indicaron la puerta de salida, y al bajar encontramos, revolcadas en el polvo, a nuestras mochilas…

viernes, 20 de mayo de 2011

EL CHACO MENONITA: EN BUSCA DE LA FÓRMULA DE LA PROSPERIDAD ÉTICA



 
Llegábamos así a la colonia menonita de Filadelfia. Así como hay trotamundos, creo que también hay culturas nómadas que también se han esparcido por el mundo como semillas en la tormenta. Los alemanes son ejemplo de ello: escapándose de guerras o persecuciones religiosas han poblado el mundo, se los encuentra a orillas del Paraná en la provincia argentina de Entre Ríos o en el desierto de Namibia por igual. En todas partes progresan con obstinado método y abandono y, en el mejor de los casos, comparten su cerveza en algún Oktoberfest. Las colonias menonitas del Chaco Central se establecieron cuando en 1928 el gobierno paraguayo les regaló tierras en donde afincarse. Los menonitas son anabaptistas de origen alemán que en 1762 emigraron a las orillas del Volga (Rusia) bajo promesas de independencia cultural de la zarina Catalina II. Cuando fueron obligados a hacer el servicio militar comenzaron a emigrar, algunos a Canada, México o, en este caso, Paraguay. Aislados en el hasta hace poco inaccesible Chaco, los menonitas se constituyeron en poderosos hacendados, organizados en tres colonias: Filadelfia (también llamada Fernheim), Neuland y Loma Plata. Tan alejados del resto de Paraguay, mantuvieron puro su idioma plattdeutsch sin concesiones al guaraní (aunque algunos adoptaron el tereré e hinchan por paraguay en el mundial).


La camioneta nos había dejado en un cruce, y ya en nuestro último tramo tuvimos nuestro primer contacto con los menonitas, cuando Andrés y su señora, un matrimonio mayor, se desviaron de su trayectoria para acercarnos a Filadelfia. Alegres, chistosos, manejan una Nissan Patrol que en nada se emparenta con los carros tirados a caballo que las comunidades menonitas ortodoxas utilizan en Argentina. Al despedirnos, sin embargo, lo hacen de la siguiente moraleja bíblica onda Flanders: “Que encuentren mucha gente buena y que también Uds sean gente buena”.





Lo cierto es que habíamos llegado a Filadelfia sin contactos locales efectivos, y bastante cansados, por lo que decidimos pasar la noche en un hotel. De pronto nos sentíamos aislados: todos las familias alemanas festejaban las pascuas puertas adentro, perpetuando el fetiche de la religiosidad pero no su esencia. A nosotros, algo sucios por el viaje, cansados como si también hubiéramos venido cargando una cruz, nadie nos hablaba. El hotel era una pasarela constante de la rubia parentela menonita llegada desde Canadá, Alemania, sonriente y vestida a la moda. Afuera, la sobria prolijidad de las casas alemanas impresiona. Sus ventanas perfectamente encajadas, sus techos de chapa a dos aguas y sus cercas de madera parecen maquetas en el tablero de un meticuloso arquitecto, a años luz de distancia del cambalache casual que son las viviendas paraguayas. Una visita al supermercado de la Cooperativa podría dar materia para su tesis a más de un antropólogo. El letrero ya plantea una lección de historia: “Cooperativa Colonizadora Fernheim. Fernheim, en alemán, significa “la patria lejana. Y decididamente están lejos de sus raíces, lo que queda ilustrado por los indígenas nivaclés que se agrupan a fumar bajo el cartel de la Avenida Hindenburg en un episodio que parece soñado por Borges. Su aspecto es colorido e indigente a la vez, y hagan lo que hagan, dan la apariencia de estar mendigando la prosperidad que se respira en la ciudad. Como un rayo recuerdo a los tibetanos andrajosos que observé en Ali, en el oeste de Tíbet, en una prolija ciudad erigida por los chinos. Extranjeros en su tierra.





 
Dentro del supermercado las familias alemanas hacen sus compras. En las góndolas hay de todo, desde bombones importados hasta nuestro querido sésamo y comida orgánica, y en especial una selección premium de quesos, yogures y lácteos en general, la especialidad menonita. Esto, sumado a que todos conversan y se saludan en alemán, conspira para abstraerme. No puede ser que estemos en Paraguay. El supermercado, las bicisendas, y las exclusivas escuelas y clínicas privadas están en suelo paraguayo, pero sólo los menonitas pueden pagar sus elevados aranceles. Los afiches de conciertos de música clásica que vi en el correo tampoco son muy autóctonos. Pero en definitiva, cuando uno va al baño debe asegurarse que no haya alacranes caminando por la tapa del inodoro: bienvenido de vuelta a Paraguay!


Cuando ya nos habíamos hartado de Filadelfia llegó un correo electrónico de Santiago, un hombre que trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas, a quien habíamos conocido en el colegio agroecológico cerca de San Estanislao. De esta manera se ponía a nuestra disposición una casa de huéspedes dentro del predio de Vialidad, en Villa Choferes, una localidad a 12 km donde habitan casi exclusivamente paraguayos empleados del estado. La casa era enorme y cómoda, a pesar de que representantes de todas las especies con alas o antenitas desfilaban de noche y de día. No tenía alma pero sí aire acondicionado, tres habitaciones y hasta cuatro sillones de cuero azul. En predio parecía llegar al horizonte, con camiones y maquinaria pesada entrando y saliendo todo el tiempo. Allí conocimos a Rafael, el encargado, quien vivía en un container transformado en casa, con una casilla de madera anexa que funcionaba como cocina y gallinero al mismo tiempo. Me pareció una clara expresión de la lucha de clases que Rafael debiera vivir en esas condiciones mientras la “casa de huéspedes” permanecía vacía a la espera de visitas oficiales. Rafael mismo tampoco podía comprender la lógica de su propio país. Crítico, ácido, inteligente, cruza curiosa de Don Ramón y Galeano, Rafael se pregunta cómo puede ser empleado del estado sin tener obra social. Con lúcida ira alza su dedo en discurso ante una audiencia invisible y despotrica: “¿Qué mierda de bicentenario quieren que festeje? ¿Quieren que celebre que me quitaron mi tierra y se cogieron a mis mujeres?” Luego se va a su container e intenta hacer funcionar un decodificador trucho que debería mostrar 445 canales de cable pero sólo sintoniza tres…


 
Casa es una palabra nómade que va invistiendo los refugios, mansiones o balcones que se nos ofrecen mientras viajamos. Sin saber cual será nuestro próximo caparazón hacemos dedo, y nos frena la camioneta de Martha, una trabajadora social de Neuland. Al darse cuenta que no tenemos nada que se parezca a un rumbo, más allá de la vaga misión de conocer las aldeas alemanas, Martha, que es menonita, nos pregunta si queremos descansar un poco en su casa antes de seguir viaje. Nos dirigimos entonces a Heimstatte, una aldea de apenas una decena de casas esparcidas, cada una con sus tierras adyacentes. Estacionamos en el granero y somos invitados a ocupar una habitación de huéspedes demasiado cómoda para haber sido construida dentro de un granero, con baño en suite y aire acondicionado. Después de almorzar el fiambre que habíamos comprado y de hacer una breve siesta nos juntamos a tomar tereré. Como trabajadora social, se involucraba emocional e ideológicamente con las problemáticas que la rodeaban. A medida que hablaba, se nos hacía cada vez más difícil encasillar a Martha dentro del marco de frialdad y conservadurismo que habíamos observado en Filadelfia. Con sus sesenta años y sus tres hijos, cualquier molde antiguo le quedaba fuera de foco. La vida parecía haberle enseñado mucho, quizás a través de la aceptación de situaciones impensadas. Uno de sus hijos había tenido cuatro hijos fuera del matrimonio, y con mujeres distintas. Eso le había valido la reprobación de muchas vecinas que habían incluso llegado a decirle que “Dios no quiere a esos niños”… Indignada, había publicado en la revista Menoblatt una disertación titulada “Los hijos nacidos fuera del matrimonio también son queridos”. En una sociedad bíblica, Martha es una activista de la vida laica, mediadora entre patronas escandalizadas y empleadas domésticas promiscuas que se quieren ligar las trompas. Nos cuenta, por ejemplo, que mientras en Neuland las madres solteras reciben ayuda para enviar a sus niños a la escuela, en Loma Plata o Filadelfia aquello es aún ciencia ficción. En Filadelfia, de hecho, el supermercado no emplea a mujeres embarazadas, y las chicas no suben fotos a su Facebook por miedo a que las vea el pastor…

 


 
Mientras charlamos llega su esposo Pedro, tocando bocina de una vieja F-100 que sólo usa para ir al campo. Lo acompañamos para quedarnos sorprendidos de cómo llama a las vacas en alemán “Kommt hier, kommt hier” y éstas se acercan e incluso se dejan acariciar. Ningún cariño impedirá que terminen como puchero de los moscovitas, ya que Rusia es el principal importador de estas carnes. Después de nuestra experiencia en Filadelfia, nunca hubiéramos pensado que pasaríamos días tan lindos con una familia de la comunidad menonita. Comimos juntos varias veces. Un mediodía Pedro preparó unas costillas de vaca que parecían –lo juro- de brontosaurio, acompañadas con pan casero. Su hijo Marco nos invitó a comer un guiso en su casa de Neuland, donde también nos divertimos con su mujer Angelica y su hijita Anna jugando con sus gatos. Durante nuestra estadía nos sentimos muy unidos a ellos y me dolió un poco en la despedida escuchar a Martha preguntar, intuyendo la respuesta: “¿Cuándo nos volveremos a ver?”

 
El gobierno paraguayo regaló estas tierras a los menonitas en 1928. En ellas supieron construir una prosperidad que los mismos paraguayos jamás conquistaron en dos siglos de historia. Eso desencadena debates pendientes. Martha y Pedro nos parecen un matrimonio feliz y agradecido de la bendición que recibieron de sus padres. Pedro incluso hincha por Paraguay en el Mundial antes que por Alemania. Otras personas que conocimos en Filadelfa, en cambio, rebaten todo llamado a la integración, rechazan los matrimonios mixtos y no ven con buenos ojos que los beneficios sociales de los miembros de las cooperativas se extiendan a toda la ciudadanía. En pocas palabras, se desentienden de Paraguay, sientiéndose totalmente alemanes aunque muchos nunca hayan pisado Alemania. Más allá del reconocimiento de mérito, para que esta prosperidad sea ética, las colonias menonitas deberían encontrar la fórmula para hacerla extensible a las comunidades originarias cuyos suelos ocupan y cuyas tierras les permiten el elevado estándar de vida que gozan. El Chaco Paraguayo, un universo salido de una coctelera. Nosotros, seguimos camino rumbo a Bolivia.

martes, 10 de mayo de 2011

APOLOGIA DE LAS GOTERAS




“Yo los invitaría a mi casa, pero soy muy pobre” – había sido la declaración de Asunción, una mujer de unos cincuenta años que sin emitir palabra se acercado para obsequiarnos tres naranjas y dos bananas, como si fuera una emisaria de alguna deidad fluvial-frutal en cuya jurisdicción nos aventurábamos. Y de alguna manera lo era, pues todas las personas son embajadoras de esferas que las engloban y de las que no son conscientes: de su cultura. Navegábamos a bordo del Luz María, un vetusto, pintoresco, azulado barquito de madera con motor Alfa Romeo -según Félix, su timonel- aunque superado en elegante sorpasso por algunas mariposas agitadas. Esa primera noche concedimos a Asunción su derecho al pudor del subdesarrollo que no nos era ajeno. El Luz María nos cobijó en sus entrañas de maderas flotantes. Por la mañana caminamos por los arrabales orilleros de Concepción hasta dar con la casa de Asunción, quien nos esperaba para tomar el tereré. Pasando la empalizada de madera (muy común en el barrio San Antonio), bajo un vergel de árboles frutales, nos recibe junto a sus hijas Rosalía y Cintia, citando algún versículo de Isaías que hababa de recibir a los forasteros. Es jueves santo, todas las familias están reunidas. Se escuchan murmullos de todos los patios y jardines, donde las mujeres cocinan chipa en hornos de barro, que compensarán la falta de carne en la dieta del viernes.



La casa de Asunción es verdaderamente humilde, lo que duplica el valor de su gesto. Como de costumbre, las gallinas y pollitos andan sueltos, picoteando del cajón de tomates podridos que le han regalado en el mercado. Y también como de costumbre, esa precariedad se debe en parte a que toda la familia hace un esfuerzo enorme para que Rosalía vaya a la universidad y Cintia termine el secundario. Ellas mismas venden empanadas, trabajan como niñera, uno de los hermanos corta el pelo a sus vecinos bajo el árbol de pomelo y Asunción hace todas las semanas el viaje en el Luz María comprando en las estancias a la vera del río productos que revendía en el mercado de Concepción.



 
Nosotros paseamos por la ciudad, que más allá de sus avenidas comerciales conserva un aire colonial. Hay esquinas con altas casonas cuyas revoques resquebrajados dejan a la luz su esencia de ladrillo rojo. Ventanas y puertas infinitas, arcos y columnatas elegantemente decadentes sobre cales de tierra. Esa es la imagen que conserva mi retina de Concepción, que por un instante parece de una majestad incompatible con la abaratada cotidianidad paraguaya de motocicletas Kenton y puestos de activación de chips Tigo ambulantes que funcionan en furgonetas.




Por las noches dormimos en un colchón extra arrimado por Asunción en una de los tres ambientes terminados que componen la casa. En la misma habitación duerme ella con sus dos hijas. Cuando una tormenta activa goteras en el cuarto de sus hijos, ellos también mudan su colchón bajo el mismo techo. Estamos todos despiertos, con respiraciones ansiosas, deseando que pare. Estamos lejos de casa, pero tenemos abrigo de la tormenta, que como minúscula artillería bate el endeble techo de chapa. Esa humildad -que tanta vergüenza le daba al inicio a Asunción- es hoy nuestro abrigo. Si fuera por los ricos de la ciudad, seguramente estaríamos bajo la lluvia.



Intentamos irnos varios día seguidos, pero fuimos siempre retenidos con cariño y con la tentación de diversas excusas gastronómicas, como una pata de chancho asada. Luego su hijo peluquero empezó a sacar latas de cerveza de una conservadora y procuró enseñarme todos los detalles acerca de los gallos de riña y su submundo de apuestas. Para mí todo el que ofrece una cerveza y tiene algo para contar se transforma en docente. Yo bebo y escucho… Los gallos pasean sus cuellos robóticos y nos miran de costado como si intuyeran que se habla de ellos.



Finalmente nos despedimos, ella implorándonos que no confiásemos tanto en la gente, que tengamos cuidado y con un beso se despide de Laura dicíéndole: “Cuidate… vos sos como mi hija”. En una camioneta del Ministerio de Salud del Alto Paraguay que venía de trasladar un paciente a Concepción. Aun me sorprenden algunos prodigios del capitalismo. Hay medios para asegurarse de que hasta el habitante más remoto del Paraguay sienta necesidad de comprarse una moto o un celular, pero si alguien necesita terapia intensiva en Fuerte Olimpo, hay que trasladarlo 500 kilómetros en camioneta hasta Concepción. Ojalá algún día la salud y la educación gocen de la misma permeabilidad que el mercado.¡Sí! Ojalá el bienestar empiece a gotear hacia los humildes como ayer la lluvia penetraba insolente en casa de Concepción. Mientras tanto nuestra dignidad humana debería sobresaltarse ante el hecho de que haya estaciones de servicio que dispensan petróleo junto a casas donde no hay agua potable… Goteras, necesitamos más goteras, goteras en la riqueza que genera el mercado hacia quienes realmente trabajan, goteras en los corazones más fríos para que sean tan amables como aquellos de los humildes, aquellos que inentendiblemente sienten que deben disculparse por su pobreza a la vez que son capaces de la más alta cordialidad humana.