domingo, 24 de abril de 2011

NAVEGANDO POR EL CIELO: A BORDO DEL LUZ MARÍA... RIO PARAGUAY ARRIBA...




Después de visitar diversas zonas rurales del Departamento de San Pedro, Laura y yo volvimos a cargar las mochilas para remontar el Río Paraguay hacia la ciudad de Concepción. Cada vez estamos más enamorados de este país, y al navegar su río, sentimos que viajamos por sus venas hacia algún corazón remoto, quizás perdido entre los camalotes o los montes de su Chaco. En el puerto de Antequera abordamos una simpática embarcación de madera llamada “Luz María”, comandada por Don Simón, un hombre de casi 80 años que parece haberse contagiado la eternidad del río. Ya contaremos en detalle esta travesía. Este es un breve adelanto desde la ciudad de Filadelfia para que los seguidores de nuestra aventura sepan por donde andamos.





TESAI REKA – LA BÚSQUEDA DE LA SALUD Y LAS PANAMBI REDENTORAS



 
En un país donde el 46% de la población vive por debajo del umbral de pobreza y donde el 60% de los habitantes no tiene acceso al sistema de salud es paradójico escuchar a los políticos del partido Colorado quejarse de que el gobierno progresista del exobispo Lugo y las organizaciones sociales no han subsanado en tres años de mandato la pobreza que ellos dejaron acumular en los sesenta años precedentes. “Cayó el dictador pero no la dictadura – es una frase que se escucha seguido en Paraguay, en referencia a que poco cambiaron las políticas de salud y educación cuando Stroessner se exilió en Brasilia en 1989. 


En 1992, durante enfrentamientos con la policía en una manifestación campesina en el distrito de San Pedro, muere Sebastián Larrosa, un campesino intelectual en busca de mejores condiciones para su pueblo. En ese momento comenzó a configurarse el ACADEI (Asociación Campesina de Desarrollo Integral) cuyo programa de salud fue bautizado Tesai Reka (en guaraní: búsqueda de la salud). Estas organizaciones comenzaron desde entonces a apostar por un proceso de cambio en un país que llevaba décadas boyando a su propia suerte. Empezó a hablarse de fortalecimiento comunitario, soberanía alimentaria y atención primaria de la salud. José Parra y su compañera Suni fueron de la legión primeriza de soñadores. La coherencia con que prosiguieron su lucha les mereció la confianza de Lugo, quien les consulta con frecuencia sobre las nuevas políticas de salud, y también de la Cruz Roja Suiza, quien ha financiado muchos de los proyectos comunitarios de Tesai Reka, desde iniciativas cooperativistas para pequeños productores, hasta centros de salud, y escuelas agroecológicas.







LA HISTORIA DE ÑA JUANA – CAMPESINA Y LUCHADORA





A pesar de que llegamos en una semana complicada por diversos ataques de la prensa conservadora y por las campañas de prevención del dengue esta buena gente se puso a nuestra disposición. Hicimos base en su sede de Punta Suerte, cerca de San Estanislao, para interiorizarnos en las problemáticas de la zona. Salimos así a conocer ese Paraguay que se hace visible al tomar los caminos de tierra colorada que no marca ningún mapa.







Así llegamos a la casa de Ña (doña) Juana. Nos encontramos con una mujer de unos sesenta años, sentada junto a dos de sus hijos bajo los frondosos árboles que dan sombra a su humilde casa de madera. “Yo soy agricultora, maestra y luchadora” – lanza el curriculum mientras nos invita con tereré. Como todas las familias de la zona Ña Juana tiene su pequeña chacra para la autosubsistencia. Allí cultiva poroto, maíz, banana, la infaltable mandioca y yerba mate. Contemplando su endeble figura, es difícil adivinar la procedencia de la tenacidad de su voz. “Siempre fuimos pobres, yo me acostaba en una cama cubierta de trapo y comía en cuchara de lata”. En todo el departamento de San Pedro, la tierra parece estar concentrada en pocas manos. La lucha de los campesinos por una reforma agraria es ancestral, y prosigue. No hace mucho, en Cururubó, se logró la recuperación de 1.004 hectáreas de la propiedad de un tal Moscardo, latifundista que sólo poseía títulos de propiedad de la mitad de sus 37.000 hectáreas. La policía intentó desalojarlos siete veces. Una vez enviaron topadoras,, pero sus conductores simpatizaron con los paisanos, y boicotearon la maquinaria llenando sus tanques de azúcar y arena.






Campesinos que irrumpen “como barbudos a reclamar una mejor distribución de la riqueza” parece una realidad salida de las letras de la murga uruguaya Agarrate Catalina. Pero así cuentan que sucede, sobretodo cuando tradicionalmente el estado no ha velado por garantizar una igualdad de oportunidades para acceder a esa riqueza, donde la universidad pública cuenta con menos de un centenar de cupos anuales por carrera. Cuando el que reclama es pobre y viene con su arado, se recurre a la topadora y se lo acusa de comunista. Muy distinto es el trato a los empresarios brasileños que ocupan cientos de miles de hectáreas en la zona de Concepción para sembrar soja. En ese caso, la justicia previa coima justifica su pasividad aduciendo que los ocupantes han construido mejoras en el terreno. No se envían ya topadoras, si al representante de Monsanto más cercano. ¿Qué diría el león que ruge en la bandera paraguaya si se enterara que para el director de Ciencias Económicas de la Universidad de San Estanislao “soberanía” es una palabra demasiado fuerte, casi inadecuada?




A mí me quieren hacer usar herbicidas. Y como les digo que no me dicen revolucionaria.” – se ríe Ña Juana, quien además dirige una liga de mujeres campesinas llamada Piña Poity (flor de la piña). Su mayor desafío actual es afianzar un emprendimiento avícola colectivo y cuidar del engaño a los más jóvenes. “Nuestros hijos reciben dinero de los punteros políticos a cambio de votos. Terminan votando a contrabandistas narcos que nunca defenderán sus intereses.” Ya hemos detectado con qué esfuerzo los campesinos paraguayos hacen estudiar a sus hijos. Ña Juana cuenta orgullosa que uno de los suyos es agrónomo, otro enfermero, y una hija estudia becada agroecología en Venezuela.






Mientras conversamos, los jornaleros y sus hijos nos enseñan a desgranar el maíz usando nuestros pulgares, y mariposas nos sobrevuelan como si estuvieran lamiendo con sus caleidoscópicas alas el sufrimiento del campesinado y las heridas de la historia paraguaya.

LAS RADIOS COMUNITARIAS Y LAS ESCUELAS AGROECOLÓGICAS

 

 
En nuestro viaje por Paraguay también nos encontramos con interesantes iniciativas populares que buscan un cambio. Tal es el caso de las radios comunitarias, que lentamente buscan establecer un nuevo canal de comunicación, más horizontal y accesible para toda la población. Sin embargo, recientemente, las modificaciones a los artículos 57, 58 y 59 de la ley de telecomunicaciones han limitado esta práctica tan saludable. Ni el mismo presidente de Paraguay ha impedido que una nueva ley restrinja la potencia de las radios comunitarias a un máxima de 300 w, prohibiéndoles además percibir ingresos por publicidad, lo que es equivale a condenarlas a desaparecer. Esperemos que esto pronto se solucione, por la salud de la democracia en ese país.

 

 
Además visitamos el impecable CEI (Centro de Eduación Integral), una escuela agroecológica de nivel secundario que desde hace 13 años intenta motivar a los jóvenes de las zonas rurales brindándoles herramientas para que desarrollen sus propios emprendimientos rurales, y no terminen mendigando en las ciudades. Y no me refiero a mendigar dinero, sino un estilo de vida. Este colegio funciona con la cooperación de Tesai Reka y la Cruz Roja Suiza, cuenta con más de 20 hectáreas de tierras dedicadas a estudio y el autoabastecimiento. El punto interesante de esta institución educativa es que apunta a una instrucción dentro del marco de la agroecología. Se entiende que cuidar y reproducir la semilla nativa es la verdadera soberanía alimentaria. Por supuesto, esta filosofía no está bien vista por los representantes de la agroindustria. Con el avance de la soja en Paraguay, muchos campesinos ven sus tierras envenenadas por los herbicidas, y se imponen semillas transgénicas patentadas que tienen una resistencia específica a dichos herbicidas. En un hipotético –y nefasto- futuro, sólo los grandes inversores que puedan acceder a estos packs tecnológicos (semillas y sus correspondientes herbicidas) podrán dedicarse a la agricultura. Serán campos sin campesinos, o mejor dicho, fábricas de alimento.

sábado, 23 de abril de 2011

BUSCANDO LA TIERRA SIN MAL… ¡EN ESCARABAJO Y AMBULANCIA!




Una de las piezas centrales de la cosmovisión guaranítica, presente incluso en los tobas y wichis argentinos, es la búsqueda de la tierra sin mal. Una vez en la vida los hombres realizaban la tapiabirú, una peregrinación desde el Atlántico hasta el Chaco en busca de aquel terruño místico (y ético). No deja de emocionarme la reminiscencia con la misión que pesa sobre mis pasos mientras camino por este mundo. Quien nos cuenta esta leyenda es nuestro amigo Adolfo, que se ha ofrecido a llevarnos hasta Carapeguá. Allí nos encomienda a dos amigos suyos que trabajan en el Ministerio de Agricultura. Se llaman Juan y Néstor, y en su vehículo nos pasean por os Humedales del Ypoa, y luego nos acercan hasta un camping junto a un hermoso a arroyo cristalino en la zona de Chololó. Faltan pocos días para nuestro aniversario, pero Laura y yo sentimos que este es el sitio correcto. Acampamos y pasamos horas sentados en el agua cristalina, reciclando con la charla el tiempo caminado y espiando el futuro con la imaginación. Conversamos sobre meditación y almorzamos un melón bajo la oportuna sombra de un árbol de mangos. Quizás de tanta paz se acercaban las mariposas…





Pronto nos encontramos otra vez en la ruta rumbo a Villarica, célebre ciudad de aire colonial y donde se rumorea que hay runas de origen vikingo en una colina cercana. Por primera vez hacíamos dedo en Paraguay. Viajamos primero en la furgoneta de dos chicos que habían bebido de más. Volvimos a tirar la carnada cruzando un poco mejor los dedos y entonces sí, frenó el Mercedes de un abogado. ¿Qué mejor vehículo que un Mercedes para llegar a una ciudad que se llama Villarica? Con una mano el tereré, con la otra el volante, el viaje se hizo corto. Nuestra misión en la ciudad era localizar a Suni, integrante de una ONG llamada dedicada al fortalecimiento de la salud en los sectores campesinos, y llamada Tesai Reka, en guaraní, búsqueda de la salud. Pero su teléfono daba apagado, por lo que nos dedicamos a encontrar un techo, iniciando nuestro usual coqueteo con la intemperie. En el Club Español de la ciudad había un curso de karate, y entre disculpas y patadas voladoras nos mandaron a la Muncipalidad, que estaba cerrada. Dos monjas nos recomendaron preguntar en el seminario. Caminamos por bellas calles empedradas y en una esquina bajamos las mochilas para descansar justo que Jenny y Antonia salían de la peluquería. Les preguntamos si sabían dónde podríamos armar una carpa, y Jenny le sugirió a Antonia en voz alta: ¡en tu casa!





La madre de Antonia nos recibió agregando dos sillas para la ronda de tereré en la puerta de su casa, y nos contó que alguna vez había trabajado como empleada doméstica en Buenos Aires, viviendo en la Villa 31. Con inocencia y sin vergüenza agregó que allí hay casas lindas, de dos pisos. El sacrificio valió la pena, su hija ahora estudia kinesiología. Al final dormimos en la casa de Jenny, empleada en una casa de uniformes escolares. Su familia estaba de viaje y no le gustaba dormir sola. La casa era modesta. Cocinamos en una cocina curiosamente decorada con un mapa hidrográfico del Paraguay, y durante la sobremesa bajo las estrellas nos contó –sin apagar el cigarrillo- la historia del padre de su bebé. Ella lloró nueve meses mañana, tarde y noche, porque él no lo reconocía. Justicia universal: él luego pasó el mismo tiempo tras las rejas por robar un banco. La cosa se fue de tema cuando Jenny empezó a hablarnos sobre el espíritu santo y sobre el origen diabólico de los piercings y tatuajes.





Por la mañana volvimos a llamar a Suni, quien nos explicó que estaba en San Pedro de Ycuamandiyú. ¡Eso quedaba como a 150 km! Salimos de inmediato, ansiosos de conocerla la labor de esta organización. El próximo vehículo en frenarnos fue el primer VW Escarabajo de mi vida. Lo maneja una mujer fuera de toda clasificación, llamada Graciela, de 50 años y quien se definió como estudiante de ciencias políticas y motoquera. El motor vibraba bastante, el nuestro era un Herbie con parkinson, y Graciela se jactaba de que su auto venía con vibrador… A su paso la curva carrocería acariciaba las mariposas que embestía. Al Escarabajo le siguió una ambulancia, era ya un día extraño. En un paraje llamado Barrio San Pedro nos bajamos de una camioneta donde cuatro militares se habían puesto a cantar el tango Cambalache. Y otra vez “Disculpe, ¿dónde podemos armar una carpa?”





Alberto es dueño de un almacén, aunque trabaja las mañanas con la motosierra en el monte. Vive con su esposa Hilda y su hijo Adilson. Y a mi pregunta responde diciendo: “Nosotros tenemos una piecita humilde” La pieza será humilde, pero está dotada de un comodísimo colchón de dos plazas. La familia, como casi todas en Paraguay, conversan entre sí en japora, un guaraní que alterna con algunas palabras en español. Cuando alguien entra al almacén y pide una Sprite o una Coca, esos vocablos multinacionales resuenan incrustados como náufragos en ese río primordial que es el guaraní. El paraguayo piensa en guaraní y traduce al español. Se nota en la construcción de las frases, cuando Alberto me mira y me pregunta: ¿Camina mucho ya tu pie verdad? Por la mañana desayunamos mandioca con carne de cerdo. Luego tomamos tereré mientras su hijo me enseña guaraní e Hilda le pinta margaritas a Laura en las uñas de sus pies. En estos momentos uno es atravesado por la cultura, al pisar los suelos de tierra, al nombrar en guaraní los alimentos recibidos, al sentir el aroma a chipá guazú que mana de la cocina o bajar un pomelo del árbol mientras el calor tropical te golpea el pecho como el grave tambor de un candombe.


En una moderna ambulancia del IPS de Pedro Juan Caballero llegamos hasta el cruce a San Pedro, sólo para enterarnos que habíamos comprendido mal las direcciones de Tesai Reka y que teníamos que retroceder 100 km hasta San Estanislao. Ya de noche, logramos frenar una Toyota Noah de un grupo de chicos. No puedo decir que haya sido un viaje placentero, con nuestros nuevos amigos jugando a perseguirse con el auto del novio de una de las chicas, tirándose besitos a 160 km/h, de noche por una carretera repleta de motos sin luces y vacas sonámbulas. Después de tres días de vagar por las rutas paraguayas, llegamos a un lugar donde alguien nos esperaban.

domingo, 17 de abril de 2011

PARAGUAY: EL BICENTENARIO DE UNA FLOR HERIDA


Nuestros pasos buscaban la puerta de salida de la patria en un mediodía caluroso. Nos encontramos en una estación de servicio en las afueras de Formosa. Allí, una mezcla de descaro y optimismo nos impulsa a preguntarle a un grupo de estudiantes que viajan hacia Clorinda en un suntuoso Cherokee si aceptan compañía. Esperamos un no, pero pronto estamos sentados sobre el cuero negro y abstraídos del litoral por el aire acondicionado. Los chicos nos dejan de regalo una suma de dinero paraguayo que les ha sobrado de un viaje. Agradecidos, seguimos a pie hacia el agreste embarcadero: esperamos una balsa en que cruzar el río Paraguay, mientras hombres exportan a lomo bolsas de cebolla.

La línea negra que el mapa dibuja es en realidad el río Paraguay. Lo cruzamos observando sus camalotales flotantes. Su Buda hubiera sido paraguayo aventuro a que habría encontrado a las flores del camalote tan dignas de sus metáforas como las del loto. Vemos acercarse el perfil urbano de Asunción. En migraciones sellamos nuestro pasaporte mientras en la radio suena Hotel California y el locutor va traduciendo la letra al guaraní…




Exploramos Asunción desde la casa de Víctor, un lector que nació en Formosa pero trasladó su residencia varias veces de la mano de su padre, que era gendarme. Vaya a saber dónde su padre Juan se enamoró de una paraguaya, y cansado de cuidar nuestras fronteras saltó con familia y todo del otro lado del río Paraguay. Esa mujer es hoy la madre de Víctor, quien cada día nos deleita con sus comidas, enseñándole a Laura a preparar sopa paraguaya.






Desde “la cueva”, como llama Víctor a su morada, salimos cada día a la ciudad. Mientras caminamos esta tranquila capital ribereña cuesta imaginar que hace 150 años presidía una nación que se había autoerigido en potencia y que miraba río abajo hacia Buenos Aires como a un estado semi-barbárico y atrasado. Frente a la Plaza Uruguaya se encuentra la Estación San Roque. Construida en 1856, fue la primera estación de ferrocarriles de Sudamérica. Hoy, los hombres que en la plaza vecina juegan a las damas con tapitas de gaseosa guaraná hacen más ruido que esta silenciosa reliquia. Ya no parten ni llegan trenes. La ciudad parece florecer bajo una eterna siesta. El mismo clima impone un ritmo “take it easy”. Eso lo comprenden bien los policías que le son infieles al estado de alerta con el infaltable tereré. Nadie saldría a la calle sin su termo escafandra. Paraguay parece un planeta con otra atmósfera, donde se sobrevive dando sorbos al agua helada servida sobre la yerba mate mezclada con menta, burrillo o ajenjo. Nos sorprenden en especial las mujeres, que adornan su cabello con flores y salen a pasear con parasoles por esta ciudad de adoquines rotos y árboles frutales. También no sorprende la multiculturalidad. Por la puerta giratoria de un banco vemos salir colonos menonitas con gorras de John Deere, empresarios japoneses de saco y corbata, y paraguayos con sombrero de mimbre uno detrás de otros.




Seguimos caminando hacia la actual Casa de Gobierno, que esboza una elegancia y simetría que revelan que su arquitecto Alan Taylor se inspiró en Versailles cuando se le encargó una residencia para Fransisco Solano López. Lo que no se imaginó es que recurriría a mano de obra infantil para terminarla, pues nueve de cada diez hombres habían muerto en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) cuando Paraguay solito se enfrentó a las fuerzas unidas de Argentina, Uruguay y Brasil. Tanto la Casa de Gobierno como el Cabildo están hoy embellecidos con enormes banderas paraguayas en cada arcada: en pocas semanas, el Paraguay será bicentenario. Detrás de estas fachadas de mármol y esperanza se encuentra la contracara, la prueba de que en esa guerra se perdió algo más que territorio: la zona de La Chacarita, un asentamiento precario, constante campamento de la pobreza, sincera e involuntaria escenificación de la actual situación socioeconómica.


¿Cómo pasó Paraguay de ser perfilarse como una potencia sudamericana que preocupaba a la corona británica por su tendencia industrialista a ser el segundo país más pobre de Sudamérica, sofocado durante 35 años por la dictadura de Stroessner? Adolfo, un contador paraguayo que conocimos en nuestro viaje a Antártida nos ayuda a encontrar respuestas. Siguiendo su invitación los tres tomamos una excursión llamada Doscientos años de historia en dos días…


En general Laura y yo jamás tomamos tours, pero éste es especial. Primero porque nos pareció un hermoso gesto de parte de Adolfo, quien sabe que nos interesa la historia de su país. Y segundo, porque el tour pasó a ser un atractivo en sí, cuando nos dimos cuenta de que los guías eran de orientación política distinta y diferían en su interpretación de la historia, peleándose a veces a los gritos para rescatar la dignidad del Doctor Francia o condenar a algún otro Mariscal. Laura, licenciada en turismo, no dejó de asombrarse cuando el coordinador se puso a rezar y anunció que durante la excursión no tendríamos otra guía que “el Supremo” a quien encomendó todo, desde la presión de los neumáticos hasta la exactitud de la información histórica.




Así las cosas, avanzamos por somnolientos pueblos adoquinados en el alegre y ahora bendecido bus. Nuestro primer destino fue Yaguarón, un pueblo célebre por haber sido el cuartel de las misiones franciscanas en la era colonial. Su Iglesia de San Buenaventura (1755) es un genial ejemplo del barroco hispano-guaraní, lo que se refleja en los ángeles con facciones indígenas. Cerca de allí está la que fuera la casa del Doctor Gaspar de Francia, dictador supremo de Paraguay desde 1811 a 1840. El es la primera pieza del rompecabezas. Tras independizarse de España, Paraguay logró de su (férrea) mano evitar las prolongadas luchas internas que alentaron el desarrollo rioplatense. Por el contrario, una vez forzado el consenso interno Paraguay se mantuvo aislado y consolido una autosuficiencia y un crecimiento hacia adentro. De esta manera, su sucesor Carlos Antonio López encontró suficiente oro en sus arcas para comenzar a industrializar el país…




En 1856 se inició el tendido del primer ferrocarril de pasajeros en Sudamérica con máquinas traídas de Inglaterra. Sapucai, en guaraní, significa grito. Debido al agudo silbido de las primeras locomotoras a vapor se llamó así a los más grandes talleres ferroviarios de Paraguay, que ahora visitamos. Al entrar vemos media docena de locomotoras a vapor sobre las vías muertas. Hay calderas a medio reparar, y un pañol de herramientas abierto con una rifa de una vaquillona y una pila de liquidaciones de sueldo y formularios de pedido de materiales. El ferrocarril llegó a unir Asunción con Encarnación, en la frontera con Posadas. Cuando en 1999 se descontinuó el último servicio, se trataba de las últimas locomotoras a vapor por combustión de leña del mundo.


Nuestro viaje sigue por otros sitios claves. Visitamos “La Rosada” la primera fundición de hierro de Paraguay, que desde 1850 y durante 18 años produjo herramientas, balas y armamento para el ejército. Se llegaron a fundir las campanas de las iglesias en un desesperado intento por producir más cañones para la guerra que consumía al país. No muy lejos de allí visitamos Vapor Cue, una reserva donde se conservan algunas de los barcos de guerra paraguayos hundidos por sus propios capitanes durante la Guerra de la Triple Alianza, para que no cayeran en manos enemigas. Allí está el Yporá, una de las primeras naves de casco de acero de América, botadas en los pioneros astilleros de Asunción.

 
Ojalá la pérdida de barcos de guerra hubiera sido la única consecuencia de la Guerra de la Triple Alianza. Las versiones sobre la causa de la Guerra difieren levemente. En ningún caso hay que subestimar la diplomacia subterránea de Inglaterra, que en esos años necesitaba una fuente barata de algodón para su industria textil. Lo cierto es que, envalentonado por la influencia napoleónica que recibió en su paso por Europa, el Mariscal López intervino en una disputa interna uruguaya apoyando al partido blanco. Esto lo precipitó en una guerra contra el Brasil. En 1865 el presidente argentino Mitre denegó el permiso a López para pasar sus tropas por la provincia de Corrientes. López no hico caso y termino así envuelto en una guerra a tres frentes. La aplastante derrota significó un desastre demográfico. En los últimos días de batalla, cuando escaseaban los alimentos, la pólvora y los hombres, niños de 12 años con bigotes pintados y mujeres empuñando botellas se enfrentaban al ejército brasileño en Pirabebuy. Después de ese conflicto entre hermanos digitado por diplomáticos transoceánicos, Paraguay se replegó como una flor herida, quedando a merced de dictaduras que durante el siglo XX no hicieron más que instalar la cultura de la corrupción y el contrabando, desandando ese camino de autosuficiencia imaginado por sus próceres. Laura y yo regresamos a Asunción, a preparar nuestro salto hacia el Paraguay rural.







sábado, 16 de abril de 2011

MONONA GUAZÚ! NENA Y VAGABUNDO CUMPLEN UN AÑO!


¡Nuestro primer aniversario nos tocó en Paraguay! ¿Quién lo hubiera dicho? Uno no puede andar agendando cenas a la luz de las velas cuando anda viajando sin itinerarios estrictos, pero siempre hay algún arroyito lindo como el de la foto para celebrar... Esta serie fotográfica de mi monona (es decir, una monono-grafía) rebautizada monona-guazú desde que caminamos en el terruño guaraní, es un fugaz homenaje a Nena, a la mina que me banca, a mí a los caprichos de mis pies...



                               Nena llegando a Asunción en balsa...




                 Una silla abandonada en un portal pintoresco... y Nena.




                          Entrando en confianza con los nuevos vecinos.




Lau con cara de publicidad de los años 60 catando gaseosas extrañas...




Monona-sapucai.... (ella lo va a entender)




Monona con zoom 100-300 mm...



Nena bajando de la ambulancia que nos acababa de llevar.