miércoles, 9 de febrero de 2011

USURPACIONES EN USHUAIA Y RIO GRANDE: FAVELAS SUBANTÁRTICAS


Caminando por Ushuaia y dirigiendo nuestra atención más allá de su mística portuaria y sus parques nacionales, el viajero observará un agujero extirpado del bosque oor la mano del hombre. El escondido es el nombre que dan los locales a esta pequeña favela subantártica Es un fenómeno que me llama la atención desde que llegué a la gran burbuja patagónica. Me refiero a la combinación de boom económico con precarización de la vivienda. A pesar de los sueldos que triplican el promedio nacional, muchas de las viviendas de la clase trabajadora de Río Gallegos, Río Grande y Ushuaia distan de ser la vivienda digna recomendada por la constitución, la que dibujan los niños del jardín de infantes, con su caminito cercado con flores y el humito saliendo por la chimenea. Las viviendas sureñas son, aceptémoslo, feas. No hablemos de las grandes casonas como la Legislatura Provincial (1894) o la Casa Bebán (1911), con su grandeur con madera prefabricada y torneada en Suecia, sino de los claustrofóbicas viviendas cúbicas improvisadas con chapa o madera terciada.



No soy de los que piensa que una vivienda sea indigna por estar construida con chapa, que de hecho es una excelente conservadora de calor. Soy de hecho paladín defensor de la chapa y el adobe. Ambos materiales, guiados por la planificación, han amasado sofisticados universos en la Patagonia o Shibam, en Yemen. Además, los vehículos nuevos apostados fuera de estas viviendas dejan en claro el nivel de ingreso de sus habitantes. ¿Qué hacen viviendo en casillas? La explicación está en la especulación inmobiliaria típica del sur. Es casi imposible de entender cómo en una zona deshabitada como la Patagonia, donde el desierto deja a los alambrados exhaustos, un terreno pueda tener un valor superior a los 200.000 pesos. De esta manera, los dueños de la tierra se aseguran que esta cambie de manos sólo entre la elite. La clase trabajadora, por su parte, opta por no invertir demasiado en la estructura de una vivienda que está destinada a ser tan transitoria como su estadía en la ciudad. En la mente de los llegados, ellos siempre están de paso para hacer una diferencia, aunque terminen quedándose 20 años…



¿Dónde dar lugar entonces a la creciente población de Ushuaia? La ciudad pasó de tener 7.000 habitantes en 1980 a contar casi 80.000 almas en 2010. Así ha ido creciendo la ciudad. Los que hoy son barrios alguna vez fueron terrenos tomados por los inmigrantes del norte del país, que armaron como pudieron sus viviendas y después de décadas fueron obteniendo los títulos de propiedad de la tierra que ocuparon. Pero el espacio se ha ido acabando. Apretujada entre cerros, la única opción para Ushuaia es un crecimiento mutante hacia arriba. Y la única planificación es la del hacha del recién llegado. Parajes que antes eran aislados páramos con dos o tres casitas hoy son asentamientos que van ganando el status de barrio.


Algunos de los que llevan una vida aquí se quejan, aunque en muchos casos obtuvieron sus tierras de la misma manera. El tema es polémico y hay muchas perspectivas. Desde el punto de vista legal, los “usurpadores” cometen una infracción. Si alejamos el lente de observación hacia una perspectiva más moral, los usurpadores difícilmente podrían ser juzgados por quitar tierras a un estado legislador que se las quitó en primera instancia a los yamanas. ¿Tienen entonces los “usurpadores” una carta blanca? ¿Están habilitados por la injusticia histórica para poner su casa donde gusten? No todas las usurpaciones han seguido la misma dinámica, no ha sucedido lo mismo en el Barrio Andorra que en El Escondido.



En el primer caso la gente ha talado con criterio, dejando una cierta cantidad de árboles entre casa y casa. En el Escondido la cosa fue distinta, más cercana a la ley de la jungla. El asentamiento ha desfigurado la imagen de Ushuaia y desgajado la postal turística feliz como un lienzo viejo para plantar allí en lo alto la evidencia de los problemas sociales causados por la especulación inmobiliaria.  La gente de la Secretaria de Turismo maquilla fácilmente con el PhotoShop esta incómoda filtración de la realidad en la ilusión de Disneylandia marítima que las autoridades quieren perpetuar. Lo que no se puede maquillar son las más de 10.000 personas viviendo en barrios colgantes en los cerros, y que según el artículo 17 de la Carta de los Derechos Humanos tienen derecho a la propiedad. Se podría argumentar que los precios con los que el mercado tasa las propiedades es una implícita prohibición del acceso a las mismas. Es verdad que todo el que tenga el dinero podrá adquirir una, pero es inmoral que haya que ser un empresario para comprar cuatro paredes y un techo.



Por momentos intento calzarle a la usurpación de El Escondido el discurso salvavidas de “todos somos seres de la tierra y tenemos derecho a ella”. Y aclaro, lo hago en una operación de abstracción, porque quizás sería el discurso que utilizaría yo estando en su lugar. A lo largo de mis viajes he ocupado un sofá en casas okupadas en Barcelona, y convivido con los artistas residentes de Christiania, un barrio entero okupado en el centro de Copenhague. (La letra K tiene connotaciones ideológicas desde mucho antes de los Kirchner) Pero me doy cuenta de que sería un discurso inconsistente. Es decir, invocar un comunismo sin alambrados ni escrituras para luego laburar ahincadamente para apilar dólares y señar una Hi Lux, ícono de la dolce vita de muchos de los que llegan a estas tierras. Llegan motivados por progresar económicamente, decididos a depositar en un banco privado lo que se ahorran de alquiler y suscribir en los santos registros de la propiedad privada todo el patrimonio que logren adquirir. Por lo tanto cualquier mención de la pachamama en este caso sería grotesca. Ellos no cuestionan el modelo de explotación capitalista de la tierra, sólo quieren un lugar en el festín.



Esta inconsistencia sola para mi tampoco alcanza para condenar las usurpaciones patagónicas. En el caso particular de El Escondido, lo que la hace objetable a los ojos de casi todo el mundo es el daño ecológico que conlleva. ¿Pero todos quienes ocupan un pedazo de tierra lo hacen de forma tan dañina? Meditaba estas cuestiones en la Feria del Libro de Ushuaia cuando conocí a Alma y Nahual. Ellos me sorprendieron porque sus motivos parecían ir más allá de lo económico. Esta pareja de profesores de teatro santiagueños llevaba dos años acampando en el bosque, y lentamente construyendo su cabaña con troncos caídos encontrados montaña arriba. Insistían en minimizar el impacto ecológico y en una relación con la naturaleza que no podrían tener viviendo en el núcleo urbano.


Un rincón menos conocido del tema es que la usurpación también sucede entre los sectores altos. En el vecino paraje de Puerto Almanza, unos 30 km al este de Ushuaia son muchas las cabañas de lujo que han sido edificadas de la noche a la mañana en tierras fiscales. Pero claro, son respetable señores de apellidos conocidos.



En Río Grande, otro polo atractor de población, se observa lo mismo: automóviles modernos, supermercados con gente que llena los changuitos, y… predios fiscales enteros que amanecen repletos de chozas precarias. En ellas los habitantes se aseguran la tenencia del lote, mientras lentamente construyen viviendas más amplias. Es un panorama desolador que me recuerda a las afueras de Lima, con la diferencia de que los predios peruanos representan el tope de la movilidad social de la clase baja peruana, y los predios patagónicos un transitorio peaje de precariedad de una clase obrera ascendente. Muchas casas están construidas con pallets o con planchas de madera terciada que llevan como un graffiti el apellido de la familia habitante. Son tan diminutas que con un poco de amor yo les pondría un letrero que añadiera: “Pero el corazón es grande”  ¿Por qué son tan altos los precios de los terrenos en medio a un desierto? En el caso de Río Grande donde las ocupaciones no están desmontando el bosque virgen el tema de la legalidad pasa a segundo plano. En todo caso el patrón de apropiación del espacio de este proletariado imita a nivel micro al seguido por la elite argentina tras la Campaña del Desierto (1879), es decir, todo lo que puedas alambrar es tuyo…

                    

¿Y no podría haber una mediación estatal o un asesoramiento para aplicar a los asentamientos líneas de planeamiento que los inserten orgánicamente en la ciudad? Carolina y Cristian, una pareja de arquitectos que conocimos en el crucero a la Antártida y que acaban de regresar de varios años de trabajo en Brasil tenían una perspectiva interesante que invita a la autocrítica. En Brasil ellos lograron que la gente de grandes favelas construya su propia vivienda con materiales coherentes, sanitarios y asesoramiento profesional. La gente jovialmente se arremangaba y aguardaba instrucciones para mejorar su entorno y calidad de vida. En Argentina, por el contrario, el mismo gobierno les dijo: lo que ustedes quieren hacer es imposible. Ellos protestaron, ¿cómo iba a ser imposible replicar en los diminutos asentamientos patagónicos el éxito de lo realizado en las colosales favelas cariocas? Lo intentaron. Y confirmaron sus temores. La gente desconfiaba, y demostraba interés en cooperar ni siquiera para mejorar su propia vivienda. Para lograr captar la atención de los vecinos terminaron instalando su estudio de arquitectura en medio del asentamiento… El gobierno, por su lado, pecaba de inoperancia y repetía su vaticinio de infactibilidad, acaso porque es mejor que la gente desconozca sus propias capacidades y siga en permanente actitud argenta de mendigar a los gobiernos. Actitud que es por otro funcional a estos gobiernos que luego cosecharán votos entre las masas postergadas y privadas de su propio motor de progreso. Entre la frustración de nuestros amigos, acostumbrados a la vitalidad brasileña, y las colinas fotoshopeadas de Ushuaia, nosotros seguimos viaje: La ruta 40 nos espera.