miércoles, 5 de octubre de 2011

PRIMEROS PASOS EN COLOMBIA: AL PAN, PAN Y AL CAFÉ, TINTO



Después de una agradable estadía en casa de Arturo en Ibarra, quién se comportó como un mayordomo asegurándose que nunca nos faltara el helado de paila, seguimos viaje hacia Colombia. Viajar más al norte de Ibarra es para mí como atravesar un muro invisible. Allí fijé en 2008 la frontera norte de mis vagabundeos sudamericanos. No se trata de un país más, sino de un mito sudamericano: Colombia. Sinónimo para algunos sólo de guerrilla y narcotráfico, el país esconde una hospitalidad tan deliciosa como el café que produce. La violencia que ha envuelto a la región por décadas, ha sido quizás sembrada por la otra especialidad local,  la cocaína. El conflicto generado por  una guerrilla que perdió el norte de su ideología, narcos refugiados en haciendas con mini-zoos y paramilitares paladines del ganado y la propiedad privada han dejado cientos de miles de desplazados y un tejido social confuso.





Nuestros pasos en el país están destinados a mostrar la otra Colombia, la de los modales caballeros y la gente que quiere salir adelante. Ansiamos demostrar la grandeza de un pueblo que a pesar de tanto conflicto se reserva el derecho a sonreir y ayudar. Logramos cruzar la frontera en Ipiales con poco resto de luz, por lo que nos apresuramos a la ruta, esta vez con un cartel que dice: “Desde Argentina por Colombia”. Todos nuestros amigos nos avisaron con cierta alarma de que hacer dedo en Colombia es casi imposible, por la desconfianza de la gente causada por los conflictos internos, por lo que Laura y yo nos preparamos para lo peor…  Como siempre que cruzamos una frontera, vestimos lo mejor posible, y notamos que esto también ayuda para el “dedo”. En apenas un minuto dos mujeres en un lujoso Hyundai nos arriman un kilómetro hasta el desvío hacia Pasto, y allí esperamos 25 minutos por una utilitaria Hafei de dos hombres que van a Sibundoy. No tenemos ni idea dónde queda el pueblo, pero aceptamos el tramo a falta de cualquier otro plan, porque buscar dónde acampar en un pueblo siempre será más fácil que hacerlo en Pasto.


El conductor es un hombre negro, callado, que en todo el viaje se limita a decir que estamos locos por el estilo de vida que llevamos. Nos deja en las oscuras calles de su pueblo casi a medianoche, frente a la comisaría. No tenemos mapa y sólo sabemos que estamos en el departamento de Alto Putumayo, en los límites entre los Andes y la Amazonía. Lo primero que vemos al bajarnos del vehículo es un militar con una ametralladora como las que no veía desde que estuve en Afganistán. Siento emoción, pero abrazarlo es una mala idea. Mejor, le pregunto donde podemos acampar. Como el terreno baldío que propone es poco tentador, le sugiero a Laura de que caminemos a ver qué pasa. Que sea sábado no ayuda, en el pueblo los jóvenes tomaron las calles en busca de bares y billares, otra pasión local. Caminamos muy marginalmente por una callecita donde a una mujer y una niña le preguntamos otra vez ¿saben dónde podríamos armar nuestra carpa? A la mujer se le ilumina la cara y no demora un segundo “¿Por qué no vienen a mi casa? Yo les doy posada”. Nos sentimos super felices de que Colombia nos esté dando la bienvenida de esta manera.


La mujer se llama Blanca, y vive en una calle de tierra. Entramos en una habitación decorada con un cuadro de Jesucristo y –un poco más arriba- otro de Garfield. Para liberar una cama, Blanca alza en brazos a una chica que estaba dormida y la lleva a otro cuarto. No deja de esbozar una sonrisa luminosa como su pelo blanco y lacio. Recién a la mañana conversamos. La mujer nos pregunta si queremos un tinto. Bastante sorprendidos le decimos que no bebemos alcohol por la mañana, pero ellas nos explica que es así como llaman al café. El “tinto” es un café débil, aguado, pero dulce y agradable. Nos reímos juntos en el inmenso patio en el que crían gallinas, chanchos y cuyes. Sus hijos juegan alrededor mientras ella despluma un pollo para caldo. Pronto se acercan y nos ofrecen acompañarnos a conocer el mercado, donde los indígenas cantza intercambian productos con los colonos. Los chicos están más entusiasmados con nuestra presencia que cualquiera de los niños que conocimos en este viaje. Gisel le obsequia a Laura un sobre con sus fotos carnets, un rosario, un anillo con forma de estrella y un Mickey Mouse de plástico. A la hora del almuerzo está lloviendo, y todos los niños a coro insisten para que nos quedemos hasta el día siguiente. ¡No podemos decir que no! Colombia ya nos cautiva con su hospitalidad.



Durante la tarde lluviosa conversamos con Blanca en la cocina. La batería metálica de ollas colgadas, los atados de puerro y cilantro listos para transformarse en sopas espesas, todo indica una cocina de madre tradicional que da alimentos sanos a sus hijos, no sopas Quick de madre moderna y atolondrada. En esta conversación nos cuenta lo que la matemática ya delataba, que la media docena de niños no son sus hijos, sino sus nietos, cuyos padres están trabajando en la ciudad, sin tiempo para criarlos. Blanca confirma lo que Laura ya notó ayer, que la joven que ella alzó de la cama tenía parálisis cerebral. No podemos creer que después de haber criado una hija discapacitada de la que no se puede distanciar, Blanca esté criando a sus nietos y además tenga el corazón dispuesto para recibir viajeros. Más tarde, dormimos una siesta arrullados por el chapoteo de la lluvia en el techo de chapa y las risas de los niños, la mejor canción de cuna que conozco. Por la noche, toda la familia a la que se suma un hijo bombero con uniforme y todo, bebe un tinto colectivo.


Salimos finalmente rumbo a San Agustín. El dedo no presenta complicaciones. El chofer de una camioneta de esas que ofician de taxis nos dice: “Yo les colaboro!” y nos lleva hasta Mocoa. La ruta es sinuosa, angosta, y pedregosa y zigzaguea por montañas cubiertas de selva. La ruta es conocida como el trampolín de la muerte, por obvios motivos. Necesitamos tres horas para cubrir los 80 km. En Mocoa, una mujer que estacionaba su auto nos lleva hasta la ruta sólo porque le preguntamos cómo llegar. Apenas podemos creer la amabilidad. Para terminar de convencernos de que Colombia es lo que es y no lo que dicen que es, un camionero bonachón nos lleva a nosotros y a tres ciclistas extranjeros en la caja de Isuzu. Pasamos controles militares, saludamos a los uniformados sentados desde nuestros cajones de fruta vacíos. En el camino el camionero nos invita un “tintico” (café) y pan con queso a los cinco. Es cinco contra uno ¡la hospitalidad colombiana se la banca! “Aquí la gente es bien querida” –dice el camionero. Me doy cuenta de que son bien concientes de su solidaridad.



Llegamos a San Agustín, un pueblo colonial en el departamento de Huila, donde exploramos la precisa estatuaria funeraria dejada atrás por una cultura que desapareció sin dejar rastro. Llegamos al Parque Arqueológico a bordo de una “zorra” como llaman aquí a los carros tirados a caballo. Enormes guardianes monolíticos tallados en una sola pieza hacia el 1000 a.C. custodian las cámaras funerarias en donde los agustinianos enterraban a sus muertos. Todos están en pose agresiva, mostrando sus dientes y con un hacha en la mano.  En el Alto de los Ídolos, sin embargo, una estatua muestra una mujer embarazada permitiendo que algunos imaginen que se trataba de un matriarcado. Algunos dicen que los agustinianos eran la extensión más septentrional de la cultura inca. Sin duda eran andinos, como lo sugiere la complexión ancha de los torsos esculpidos, que se explica en la necesidad de los pulmones de expandirse y captar más aire para la vida en altura. Su cultura desapareció, perdimos su rastro para siempre. Sin embargo, yo siento que nos observan a través de los ojos de piedra que dejaron esculpidos para siempre. Me pregunto –recíprocamente- qué tan eternas serán estas palabras.


Vendiendo libritos artesanales conocimos a Berenice, una abogada de Isnos, quien nos invita a su casa y nos oficia de guía por la hermosa campiña que rodea al poblado. Llegamos en un inmenso camión Kenworth, yo parado entre el acoplado y la cabina, en un verdadero acto de trucksurfing. La zona está sembrada de cafetales. Mientras que el “eje cafetero” de Armenia-Manizales-Pereira es la zona productora emblemática el departamento de Huila es el que ha recientemente ha sido galardonado a nivel internacional. En casa de Berenice descansamos varios días, y lavamos ropa y mochilas. Incluso tomamos mate, gracias a un paquete de yerba souvenir de las vacaciones de un amigo. Berenice jamás había osado abrir el paquete, menos después de leer las instrucciones y enterarse que se precisaba insertar una bombilla (¿de luz?).  Durante esos días, acompañados de nuestra amiga, salimos a recorrer las haciendas.




“Colombia es un país donde el verde es de todos colores” – dijo Aurelio Arturo, y le doy la razón mientras nos perdemos en colinas que son como un fondo de pantalla de Windows. Entramos en un establecimiento donde se produce panela. La caña guadúa, la misma que observamos en la Amazonía ecuatoriana, aquí no sólo forma los esqueletos que sostienen a esas bellas techumbres de teja rojiza desgastada que abundan en la Colombia rural, sino que triturada y deshidratada forma la panela. Se disuelve en agua para formar “aguapanela”, se usa como edulcorante natural, se confeccionan dulces y confituras, en fin, una sustancia comodín. Estas mismas fértiles colinas producen el café y también la sustancia para endulzarlo. Quizás hacer una lectura antropológica de su agricultura sea demasiada aventura, pero yo me juego a que es esa mezcla de café y panela la que bendice a los colombianos con esa despierta  lucidez en la comunicación –que uno extraña en el sur del mundo andino- y esa dulzura del tono y el carácter. 
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