viernes, 24 de diciembre de 2010

LA NAVIDAD DE TODOS LOS DÍAS

                                   

Bueno gente, llegaron la navidades. Al margen de las creencias religiosas de cada uno hay valores en los que coincidimos, y que celebramos. También hay íconos, como el árbol de Navidad, que resumen para la Cristiandad estos valores, de aquel que multiplicó los panes y los peces, y fue de esta manera paladín de la hospitalidad. Por eso hoy publico estas fotos, como mínima muestra de extraños que, en la última semana, pusieron en práctica estos valores. Arriba, Marcelo, empleado de un taller mecánico en Chile Chico, quien nos ofreció una humilde casa de adobe de su propiedad para que durmiéramos.

                            


                             

Escena dos. laura y yo habíamos quedado varados en un cruce, mientras viajábamos desde Coyahiaque hasta La Junta, en la República de Chile. Estábamos haciendo noche en una cabaña que la municipalidad ha construido como refugio para ciclistas y mochileros, pero llevábamos poca comida con nosotros. Al vernos, dos camioneros que viajaba con sus familias frenaron para asegurárse de que estuviéramos bien. Al enterarse que sólo teníamos algunos sandwiches, preguntaron si no gustábamos un pato de fideos. y sacaron del camión una garrafa, y una olla con fideos que recalentaron y nos dejaron. a cena más inesperada. De nuestro breve paso por Chile hablaremos luego. Valga mientras tanto esta botón como muestra de los valores que hoy celebramos. ¡Felices fiestas para todos!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

PORT LOCKROY: EL CHORIPÁN ANTÁRTICO Y LOS PINGUINOS VENDEPATRIA




Tras hacer noche fondeado en la Bahía Neumeyer, el “Ushuaia” amaneció bajo una tenue nevada, como si fuera un juguete confinado a esas esferas de cristal que alguien agita para simular un mini universo invernal. Claro que en este caso, ni el Ushuaia ni su contexto invernal cabían en la palma de nadie. De hecho, éramos tan reales como el estruendo sórdido que causaban los escombros de hielos al rozar el casco del barco que avanzaba.  Reales en un escenario irreal. Ese día me desperté con ganas, pues la agenda del día comenzaba con el desembarco en la diminuta Isla Goudier, donde visitaríamos la base inglesa Port Lockroy, instalada en 1944, abandonada en 1962, y abierta al público como museo en 1996. Como ratas que memorizaron el laberinto, repetimos nuestro ya aprendido ritual: nos calzamos los tres pares de medias, el pantalón de nieve, el polar, y la ridícula pero abrigada campera de coordinador de viajes de egresados que Beto me prestó en Ushuaia. Ah, y un chaleco salvavidas tan futurista que empiezo a creer que si tiro de la piola va a hacer cualquier cosa menos inflarse.




                            

Port Lockroy debe ser la atracción turista más visitada de la Antártida. En promedio, un crucero por día se detiene aquí durante el verano antártico. Esto hace de este museo de la historia antártica británica un subliminal embajador de las pretensiones inglesas de soberanía en el continente. Al comando de este museo no se encuentra un grupo de militares o científicos timoratos, no. Otra vez el marketing y el pragmatismo sajón por sobre las burocracias o las instituciones: ¡a la base-museo Port Lockroy la atienden 4 chicas! Ellas están a cargo de conservar la base tal como funcionaba en los años ’40, lo que es una tarea que va mucho más allá de restaurar objetos e instalaciones. Estas cuatro jóvenes rubias y pecosas, que además están allí voluntariamente por los cuatro meses estivales, deben mantener su estilo de vida fuera del umbral de la modernidad, es decir, como era cuando funcionaba la base. Por ello, no tienen Internet ni televisión, ni siquiera computadoras. Carecen de calefacción central (¿dormirán haciendo cucharita?) duchas o luz eléctrica. Si quieren ducharse, lo hacen en alguno de los cruceros que visitan a diario la base…


Una de ellas nos acompaña por las instalaciones. Están intactos los antiguos esquíes, las raquetas para caminar en la nieve. Una alacena está repleta de cajas de avena Quaker, porotos Heinz y otros frascos de conservas o mayonesas enmohecidas por los años. En otro muro, en cambio, se observa un producto del “glacial imperio de la soledad”: una Marilyn mal pintada por alguno de los militares destacados en este vértice olvidado del imperio británico. Volviendo al tema geopolítico, hay que decir que los ingleses ocuparon la Isla Goudier “de prepo” en 1944 bajo la excusa de monitorear posible movimiento de submarinos alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial. Ah, otra excusa pintoresca era establecer una estación meteorológica. Algo poco útil para un país que se encuentra en las antípodas. Aún así lo declaran en los folletos que nos entregan las sonrientes rubias. 

La realidad es distinta: el barco de la Armada Argentina Primero de Mayo llegó hasta estas costas en 1943 para dejar un cilindro de cobre que contenía documentos que declaraban la soberanía argentina en la zona. Meses después, a pesar de estar ocupada en el frente europeo, el Almirantazgo británico ordenaba la secreta Operación Tabarín, que consistía en retirar los “trapos plantados” por los argentinos y devolvérselos por medio del embajador británico en Buenos Aires. Ya sabemos que estas pulseadas de ultramar siempre son iguales, mientras los argentinos declamamos poesías, componemos canciones, llenamos el país de calcomanías y proclamamos que vamos ganando; los ingleses despachan flotas silenciosas desde la bruma del Canal de la Mancha, y sin alarde ni anticipo cumplen su objetivo. A los pocos meses, los ingleses ya habían erigido su base, puesta bajo la administración de las Falkland Island Dependencies (Malvinas). Actualmente, claro, el Tratado Antártico nulifica cualquier reclamo territorial sobre Antártida y las bases sólo cumplen fines científicos o culturales (como Port Lockroy). Sin embargo, queda abierto el interrogante de si se respetará el tratado antártico el día que las reservas minerales del resto del mundo comiencen a menguar.



                                          



Otra de las atracciones de Port Lockroy es su oficina de correos y tienda de souvenirs. Es una oportunidad única de enviar postales a casa con estampilla y sello de la Antártida. Las chicas amablemente colocan los sellos postales con la leyenda “British Antarctic Territory” en nuestras postales y luego las deslizan por la urna del buzón. El buzón es rojo, cuadrangular, y con las iniciales de “ER” (Elizabeth Regina) gravadas en relieve. Es otro ejemplo de la sobriedad estética inglesa que aprendí a apreciar durante 14 meses de residencia en ese país. Las cosas funcionan sin necesidad de enormes logos colorinche que acaso disfrazan o compensan una precariedad. En ejemplos: monedas, estampillas, cabinas telefónicas, taxis y autobuses apenas han cambiado en los últimos cincuenta años. Esto puede leerse como la expresión de una nación conservadora o como una inconsciente actitud zen, y quizás sea una mexcla de las dos cosas.



Seguimos conversando con las inglesitas de la tienda de souvenirs. Están solas, se nota por la jovialidad con que charlan con nosotros. Nos cuentan de la dependencia que tienen de los cruceros que las abastecen de verduras y alimentos frescos, y que cumplen un informal servicio de cafetería al comprarles cosas en Ushuaia. Es la primera vez desde que navegamos por los mares antárticos que escucho una anécdota protagonizada por la hospitalidad. En un escenario tan hostil germina en apariencia la misma interdependencia que observé en los desiertos. Los vecinos son escasos, y las visitas aparecen de improviso en la forma de algún crucero o rompehielos. Si algún día la Antártida acapara mayores concentraciones humanas y genera una cultura propia, sin dudas serán gente solidaria. A la inversa, las chicas cuentan que una vez compartieron sus porotos horneados con un mochilero inglés que llevaba años viajando sin volver a casa. Cuando la confianza aumenta las chicas nos cuentan que se les están acabando las provisiones de alcohol. Entonces nosotros recordamos a los ucranianos de la Base Vernadsky. Les contamos a las chicas que prestan atención que ellos tienen un bar, y que además sirven gratuitamente su vodka casero a las chicas que dejan sus corpiños. Las inglesas se lamentan de contar sólo con los corpiños necesarios, pero luego comentan entre ellas que acaso podrían mandar a comprar a Ushuaia con nuestro crucero para luego enviárselos a los ucranianos para que estos a su vez les envíen un cargamento de vodka. Y aquí estamos nosotros, fomentando las relaciones comerciales y etílicas en la Antártida.






Después de Port Lockroy, regresamos al barco, reflexionando si acaso Argentina no podría tener una presencia más carismática en la Antártida. ¿Por qué no se puede vender un chorizan antártico en la Base Brown? Si al dulce de leche más comunacho le ponés una etiqueta con un pingüino y los turistas alemanes se llevan una docena. Pero no, las autoridades argentinas dispondrían tantas trabas e impuestos para tercerizar un emprendimiento tan simple que sería burocrático e inviable. Mientras tanto, las fotos que se llevan los turistas tienen la bandera inglesa de fondo…. Juan Kestel, un periodista amigo, tenía un proyecto para transformar la Base Brown en un museo. Pero por lo visto no ha prosperado, o no le han dado pelota.









Quizás para revertir esta situación es que los “arribeños”, el grupo de seis argentinos que viajábamos de arriba en el Ushuaia, preparamos una intervención bien argenta. La próxima actividad era un crucero en zodiac alrededor de los témpanos de la Bahía de Andvord, CERCA DE Neko Harbour. Los extranjeros se prepararon con la misma solemnidad de siempre. Nosotros, en cambio,  complotamos un poco de diversión. Ya un poco hartos o acostumbrados a los pingüinos y focas bajamos en dos zodiacs diferentes y al rato comenzamos una verdadera batalla de bolas de nieve que se expandió como mecha a otros grupos de zodiacs. Claro, no todos gozaban de esta abierta violación al tratado antártico de paz y método científico. Un coreano que observaba desde un gomón rival (y todos lo eran) abrió su boca en legítimo ejercicio de sorpresa para recibir de mi derecha un bolazo de nieve que engulló hasta la campanilla. Era como jugar al sapo. El conductor de nuestro zodiac cómplicemente se detenía junto a algunos témpanos más “blandos” para cargar nieve que luego amasábamos velozmente como especialistas. Era lindo ver a una pareja de jubilados australianos prenderse en este desbande antártico y amasar nieve ellos también. El gomón conducido por Susan, a guía más ortodoxa, se alejó en cambió, para seguir recitando los ciclos de reproducción de los pingüinos…







Volvimos al Ushuaia como niños que regresan sucios después de haberse ensuciado hasta el alma. Por suerte nadie nos retó, pero toda la tripulación coincidió en que era la primera vez que veían tal lucha de nieve. Qué coincidencia que era la primera vez que había seis argentinos infiltrados en la prolija lista de pasajeros llena de Murrays y Johsons… En vez de una reprimenda, parecía que abordo nos esperaban con una recompensa, acaso por haber enarbolado esos modales tan argentinos que son la insubordinación, el desbande, la avalancha… Y era una recompensa en forma de chazinado. Ya desde el agua nos embrujó la estela dejada por el inconfundible aroma del choripán a la parrilla, que flotaba en el aire mientras el gomón se aproximaba manso al “Ushuaia”. ¿Hay una mejor medalla que esa? ¡Comer un chorizan con el fondo de tremendos glaciares! Interesantemente, los europeos sostenían en una mano el choripán y en otra el chocolate caliente que se sirve rutinariamente tras los desembarcos. Desorientados y felices, cumplían con el rito argento y el nórdico por igual. Y a eso se resume viajar: lograr ese estado de estúpida santidad que implica estar desorientados y felices.


Lo primero que me sorprendió al poner un pie en la Isla Goudier fue la imagen de una docena de pingüinos cumplir con su estática existencia bajo una bandera inglesa. Es verdad que flameaba algo deshilachada bajo el viento irreverente, pero aún así imprimía ese rojo y azul tan estridentes sobre el pálido fondo tormentoso. No sé quien diseñó el Union Jack, como se llama a la bandera del Reino Unido, acaso algún normando de barba color gengibre que disfrazaba a su servidumbre de torre o alfil para jugar al ajedrez. Critíquenlo, pero ese tipo ya intuía el marketing, pues esa bandera no pasa desapercibida en ninguna parte. Como argentino, esta postal de pingüinos vende-patria nidificando bajo la roja y azul entra en conflicto con la perorata escolar de la Antártida Argentina, nombre también de muchas avenidas de nuestras ciudades donde por lo general se emplazan moteles caros, verificaciones vehiculares y corralones de construcción. Un poco más allá de los pingüinos se erige una sencilla pero amplia cabaña de madera negra con los marcos de las ventanas en un rojo: es la base Port Lockroy.  El sencillo diseño es agradable a la vista e invita a entrar…. Y lo hacemos.

PISTAS DE ATERRIZAJE, GALPONES DE ESQUILA Y LA HUMANIDAD DEL BUEN SOLDADO


Destetarse de Ushuaia no fue tarea sencilla. ¿Cómo despedirnos de una ciudad que nos vio llegar sin expectativas y nos abrió todas las puertas que golpeamos? Nosotros pensábamos que nos quedaríamos cuatro días en la ciudad del fin del mundo, pero terminamos quedándonos un mes, dando 3 charlas, participando de la Feria del Libro y abordando un crucero a la Antártida. El azar es un chef excéntrico, y justamente por eso es que teníamos que seguir viaje por el mundo hasta agotar la carta. ¿Qué nos esperará ahora? Música maestro: nos bajamos de un cole urbano en la rotonda del indio y en un par de minutos dos ingenieros forestales que viajaban en una doble cabina Mitsubishi nos dicen que sí. Nuestro primer tramo en dirección norte, el viento que nos sopla en la cara transporta lejanos susurros de los andes peruanos y cafetales colombianos. O quizás estamos ansiosos. Nuestros conductores son amistosos y nos explican todo el oficio de los aserraderos. Finalmente nos dejan en Tolhuin. Allí, en cinco minutos nos subimos a un camión que cargado de madera nos lleva hasta Río Grande. Justo después que cierro la puerta la lluvia cierra filas en el cielo. Agradecemos nuestro oportuno camión y recordamos que en Río Grande conocemos a José…


José es un instructor de infantería de marina que nos llevó de Piedrabuena a Río Gallegos en nuestro camino de ida. Nuestra intención había sido hacer noche en Río Grande camino a Ushuaia, pero un problema de nuestro camión en la Aduana Argentina hizo que hiciéramos noche en un puesto de carabineros chilenos. Ahora tomamos revancha, lo llamamos, y él nos pasa a buscar por un monumento algo kitsch que parece inmortalizar a una trucha que muestra los dientes, algo alterada. Es grato reencontrarnos, pero postergamos el abrazo porque sigue lloviendo. Conducimos hacia su casa. Pero ojo: la casa de José es la Base Aeronaval Río Grande. Primera sorpresa de este tramo: hoy dormiremos en una base militar.



Como en las películas alguien nos pide identificación y solo luego alza la barrera. El soldadito de guardia anota que somos los primos de José. Parece que en los viajes es normal desarrollar espontáneos lazos familiares según las conveniencias. Luego avanzamos hasta una hilera de ordenadas barracas. Me puedo imaginar todas las mañanas a los soldados saltando como gacelas de sus camas para ponerse firmes ante alguien que les grita. Pero es fin de semana y los escasos 200 voluntarios que se instruyen hoy en la base están de franco. José nos explica que esta era una base con mucho movimiento, antes de que el gobierno desmantelara las fuerzas armadas. Fuera de la barraca donde entramos la escenografía la completan una hélice de tres aspas y un cañón pintado de verde. Nos sorprendemos al ver a menos de cien metros la pista de aterrizaje, que además es la utilizada por el aeropuerto civil. Hubiera sido una oportunidad única para hacerle dedo a algún avión, pero todavía estamos empachados de Antártida y no queremos grandes desafíos por un rato… Caminamos por anchos pasillos revestidos en madera y adornados con diplomas y cuadros conmemorativos de ejercicios militares, y llegamos al camarota de José. Nunca antes habíamos accedido a un contacto tan cercano con la humanidad de un soldado.






José nos pide por favor que ocupemos las dos cuchetas del camarote, que él tiene un catre. Insiste en que nos acomodemos mientras llama al cocinero de la base para que agregue dos “ranchos” a la mesa. Lo reducido del espacio magnifica el carácter de biografía del dormitorio. Junto al uniforme camuflado tieso en su percha y el casco posan en un retrato las tres hijas y su pequeña nieta. Más allá una bicicleta todo terreno, y de un archivo jpg sale Lili, una profesora de lengua de Buenos Aires que es su actual pareja. Juntos planean usar su licencia de 43 días viajando por la ruta 40 en auto, llevando la carpa en un pequeño trailer. Si la cosa funciona, tal vez algún día Lili decida mudarse a Río Grande… Es hora de la cena y vamos al suntuoso comedor de la base. Los muebles torneados y las sillas labradas, las tazas de té con el ribete celeste y blanco y la insignia de la armada, el hogar de ladrillo empotrado en el muro, cada detalle encierra una ambición de grandeza y persistencia. Aunque soplen aires de supervivencia presupuestaria. Desde la ventana José nos señala una serie de polvorines, y nos cuenta que hay todavía algunos bunkers construidos para defender la pista durante la Guerra de Malvinas. Nos quedamos hechizados de curiosidad como niños que traman travesuras. Mañana los llevo – dice José y sonreímos consentidos.


Le digo a Laura que no tendrá excusa esta vez para no levantarse temprano, porque de otra manera le tocarán la diana militar en la oreja. Es un chiste, pero Laura pregunta preocupada. ¿A qué hora tienen que levantarse normalmente los soldados? José no deja dudas: nos podemos levantar a la hora que queramos…. pero a las 8 tenemos que estar formando afuera… Al otro día salimos de excursión. Primero visitamos los bunkers de Malvinas. José abre un candado que pusieron porque los usaban de villa cariño, y entramos a un mundo subterráneo de túneles socavados y sostenidos por troncos de lenga. Son monumento histórico provincial, aunque no están abiertos al público. En algunos troncos encontramos graffitis del 82 con apellidos de conscriptos. El suelo es de roca, por lo que cavar estos bunkers fue en aquel momento una obra faraónica. Imaginamos el aire denso y la ansiedad de aquellos días en las vísperas de inminentes bombardeos que nunca llegaron. El sitio nos pone la piel de gallina, y aunque no creo demasiado en las banderas me brota una lágrima.





De allí conducimos por un camino de tierra hasta la Estancia María Behety, que parece una mini-ciudad victoriana trasplantada a la Patagonia, con sus pintorescas casas de madera y techos de chapa sostenidos por geométricas vigas. Sus galpones de esquila son los más grandes del mundo, y aparecen ante mis ojos como templos o catedrales del modelo económico que los erigió. Dos inmensas catedrales agroexportadoras. La metáfora funciona mejor aún cuando diviso la inusual gárgola de un cordero entronizado en el vértice del frente. ¿No era acaso cristo el cordero de Dios? ¿Y no era el cordero el factor de la riqueza de aquellas aristocracias de doble apellido? Dentro, peones de pantalón embotado siguen manipulando fardos de lana. Mucha de la maquinaria aún en uso ostenta su procedencia inglesa en leyendas grabadas en hierro. “Ni ellos saben cuánta tierra tienen” – declara José- “en esas épocas le daban tierras hasta donde se perdía de vista una persona” Luego se queja de cómo la tarifa del celular sube 3 o 4 pesos todos los años, y yo pienso que ahora el mercado nos esquila sin galpones, porque los consumidores somos exactamente ovejas. Paseamos un rato más entre prolijas casas rotuladas con obstinación foránea. Cocina de peones. Casa de esquiladores. Casa del capataz. Cada clase social en su lugar.

                                     


Regresamos luego al pueblo. Desde ayer José nos promete llevarnos al conocer el BIM 5, el heroico Batallón de Infantería de Marina que inscribió su nombre en los anaqueles de la gloria al ser el único batallón en no aceptar la orden de retirada y combatir hasta el último tiro. Su dotación eran conscriptos correntinos y formoseños, pero llevaban un tiempo destacados en Río Grande. La manera en que la base se encuadra dentro de la ciudad demuestra el romance entre la ciudad y la presencia militar. De hecho, la ciudad creció entorno a la base y las primeras mujeres locales parieron su progenie en el sanatorio de la guarnición. El BIM 5 no está separado de la ciudad por amenazantes alambres de púa, sino más bien urbanística y simbólicamente unido en su perímetro por un boulevard con alusiones náuticas. Paseamos por los pabellones y luego salimos a la costanera. Uno tras otro, como en un panteón, se apostan una serie de monumentos y tributos a los caídos en la Guerra de Malvinas. Algunos emblemas son predecibles, como el lúgubre perfil del Crucero General Belgrano. Otros me sorprenden, como la estatua de un soldado montando guardia junto a un perro ovejero. Dicen que el Ejército llevó a Malvinas 32 perros de guerra adiestrados para vigilar polvorines. Uno de ellos, una pera llamada Xuavia fue incluso condecorada por salvar la vida de un combatiente, mostrando la posición donde había caído herido. También aseguran que olfateaban a los cazas ingleses Sea Harrier antes de que aparecieran en la pantalla de los radares. José lo cuenta con un amor por su profesión que me contagia las lágrimas en más de una ocasión. Nos despedimos el domingo de José. No encontramos en él un militar mañoso modelado en sus gestos cotidianos por le verticalismo, sino que descubrimos un amigo,  una persona común, sensible, que busca la tranquilidad y vigila el calendario para irse a acampar a algún lago junto a su pareja.



El domingo a la una del mediodía nos encontramos haciendo dedo frente a la Misión Salesiana en Río Grande...

Pensar o prejuzgar a una persona en relación a su profesión es tan peligroso como hacerlo en relación a su raza o nacionalidad. Con el pasar de las edades históricas nuestras mentes son entrenadas para pensar en binomios indestructibles y necesarios. Para los griegos, por ejemplo, los artesanos eran unos piojosos porque se rebajaban a usar sus manos como medio de subsistencia. Las que daba chapa entonces eran la oratoria y la filosofía. Y ahora, muy especialmente en Argentina, parece haber un consenso sobre la esencia represora de las fuerzas armadas. Viajando he conocido militares de todas las nacionalidades, buenos y malos, he cenado con soldados en bases de la OTAN en Afganistán y disparado una AK-47 con contrabandistas pakistaníes. Las armas no me agradan, pero he aprendido a ejercitar la aceptación incondicional como primera actitud al conocer a una persona, que luego podrá o no decepcionarme. Fundamentalmente, trato con personas, y no con instituciones o ideologías.


martes, 14 de diciembre de 2010

¡VAMOS A LA PLAYA! (EN LA ANTARTICA ISLA DECEPCION)


Yo pensaba que las islas volcánicas eran privilegios propios de los trópicos centroamericanos o polinesios. Me las imaginaba siempre cubiertas con el tapiz de helechos, coronadas por volcanes de cimas mochas y planas, y con las huellas de algún dinosaurio. Me equivocaba fulero. Antes de llegar a la Antártida, nunca había escuchado hablar de la Isla Decepción, del archipiélago Shetland. Y los altoparlantes anunciaban que estábamos prontos a desembarcar en ella. Subí al puente. El capitán miraba tranquilamente el horizonte mientras sorbía una taza de té y escuchaba Vivaldi. Sin demasiados sobresaltos el capitán del MV Ushuaia de Antarpply Expeditions acomoda el buque para que penetre en el canal de Neptuno, una brecha de 230 metros de ancho en la roca que da paso a la caldera de la Isla Decepción. La isla es en sí lo que queda de volcán erupcionado hace 10.000 años. Cuando el cono se derrumbó el océano inundó el centro de la caldera por uno de sus flancos colapsados y así se formó esta isla de forma de círculo casi perfecto. En su centro navega ahora el Ushuaia. Lo que está debajo de nosotros, por lo tanto, no es solo el lecho marino sino la caldera de un volcán activo, que en 1967 estornudó un par de veces y obligó a Chile, Argentina e Inglaterra a abandonar sus bases. Los ingleses insistieron en dejar a cinco científicos como estoicos guardianes de su soberanía. En 1970, en un episodio digno de un comic, debieron correr con una chapa corrugada sobre sus cabezas para acorazarse contra una balacera de rocas magmáticas.


domingo, 12 de diciembre de 2010

POR EL ESTRECHO DE LE MAIRE HACIA LA BASE VERNADSKY…


Bitácora del 17 de noviembre. El MV Ushuaia alinea su proa con el canal Le Maire y avanza en el estrecho pasadizo de apenas un kilómetro que se abre entre la Península Antártica y una serie de islas. Salimos a cubierta a pesar de la generosa nevada para admirar el pasaje, pues hemos leído que permite algunas de las vistas más espectaculares de toda la travesía antártica. La difusa neblina genera una sensación de unión de montaña y cielo con la que hubiera soñado más de un profeta monoteísta. En lugar de recibir tablas con mandamientos, nosotros hacemos fila en el comedor para cargar nuestro plato con las variadas opciones de desayuno, que van desde el yogurt y los cereales o las frutas hasta las salchichas fritas, tocino y huevo frito con que se castigan los gringos. Afuera la intensidad de la descarga nívea obliga al capitán a reposicionar el barco para divisar una brecha que sortee los abundantes témpanos y abra un camino a la Base Vernadsky, donde intentaremos desembarcar.


Finalmente las aceitadas cadenas se deslizaron otra vez por las roldanas de babor bajando consigo nuestro zodiac. Con la nieve en la cara, ahí íbamos, hacia nuestra primera base antártica habitada, que ya avistamos con una decena de casas bajo un cielo descolorido. Costó afirmarse en la roca resbaladiza y trepar a la pasarela de madera. Y costó un poco más creer todo lo que veríamos a continuación… Cuando a uno le dicen que visitará una base científica uno se prepara para entrar en puntitas de pie a un espacio ceremonioso, tras acatar el llamado al silencio de un hombre de guardapolvo blanco y lentes esféricos que cruza el índice con la comisura de sus labios mientras nos abre la puerta. Y en cambio la base ucraniana predica el absurdo incluso desde antes de traspasar su umbral.

 

Primero, un poste repleto de flechas señala la distancia a las principales ciudades ucranianas, no vaya a ser cosa que uno en realidad busque la autopista a Kiev y se haya pasado por, digamos, unos 14.000 km… También veo el nombre de Odessa, del que mi memoria acerroja preciados recuerdos de una intemperie ahorrada por el asilo de un músico callejero. Haciendo gala de un humor a prueba de realidades, dos palmeras decoran el nombre “Vernadsky” inscripto en los tanques de combustible de la base. Claro que Ucrania no se caracteriza por sus extensos palmares, pero supongo que un suplicio en tierras internacionales lo habilita a uno a tener añoranzas internacionales.



Caminamos pesadamente hasta el edifico principal de la base. La nieve que se acumula junto a la vivienda casi  llega a la altura de las ventanas. De pronto, junto al cartel de “Bienvenidos a Vernadsky”. Laura y yo vemos algo que nos paraliza con una sonrisa de idiotas, porque allí está, como si lo hubieran puesto sólo para nosotros, un pulgar amarillo de dimensiones obscenas, más alto que la puerta. ¡Para nosotros que llegamos a dedo! Dentro del pulgar se lee la palabra “bienvenido” en distintos idiomas. Uno puede pensar que todo es una coincidencia, pero resulta que este es el punto más al sur de nuestro recorrido y además el punto más al sur al que nadie jamás haya llegado a dedo. Pocos a nuestro alrededor comprenden nuestro efusivo festejo…




Sigue luego la visita guiada por la base, a cargo de un ucraniano bonachón con cincuenta palabras de inglés como vocabulario. Nos mostró todo tipo de instrumental científico, entre ellos sismógrafos, anemómetros y otros más sofisticados destinados a sondear la actividad de la ionosfera. Siendo un poco incisivo, incluso malo, uno podía darse cuenta que estaba en una base de una exrepública soviética. Una portátil IBM de los noventa que hoy sería una molestia para cualquiera acaba allí sus días, mostrando gráficos de barra bajo un pequeño cuadro de la plaza principal de Kiev. La independencia de Ucrania ha sido añadida al viejo planisferio de la oficina principal troquelando con marcador las fronteras de la nueva república, separándola con tinta del abrazo de la gran Madre Rusia.



Lo más llamativo de la Base Vernadsky es, con toda seguridad, el bar, construido con una partida de madera originalmente destinada a extender uno de los muelles. Se ve que los carpinteros estimaron más urgente tener donde amarrar las penas que los barcos… Allí se vende un vodka casero preparado por los mismos científicos. La decoración mezcla banderines de la flota rusa con corpiños dejados por aquellas visitantes a cambio de un trago gratis. Si el corpiño fuera una divisa, tendría en la Antártida una tasa de cambio favorable frente al rublo….




El día no terminó allí. Estábamos plácidamente engullendo un plato de pasta con pesto con el fondo de los glaciares del Estrecho de Le Maire cuando el capitán anunció un segundo desembarco, esta vez en la Isla Petermann. Allí fuimos otra vez, par descubrir una colonia de pingüinos Adelia. Simpáticos, panzones, y con una aureola celeste alrededor de sus ojos. Lo más dramático es el entorno, en el que, frente a nuestra isla, afiladas montañas atrapaban entre sus bases inmensos glaciares cuyas paredes verticales caían directamente sobre el mar, detrás del Ushuaia. Frente a ese espectáculo, y bajo una creciente nevada, los pingüinos se persiguen entre sí y observan casi con sorpresa la nuestra.


Una aislada base ucraniana con un pulgar gigante dándonos la bienvenida, una colonia de pingüinos en una isla rodeada de glaciares… ¿se puede pedir más? No lo sabíamos, pero faltaba una excursión que nos iba a permitir vivir uno de los momentos más emocionantes de nuestras vidas. Ya eran más de las cinco de la tarde, pero lo mismo el capitán dio la orden, nos subimos a los zodiacs, y zarpamos. El destino era la Isla Pleneau, una isla más al norte de Petermann en esta gélida rayuela. Pero esta vez no íbamos a desembarcar sino a realizar un crucero en zodiac alrededor de una zona llamada “el cementerio de los témpanos”.





Aquí las palabras se me antojan vacías. Flotar en medio a esculturas de hielo realizadas por la naturaleza en un continente donde el ser humano es una especie implantada no tiene comparación. El mar está planchado y regado de témpanos encallados en el fondo marino. La base de cada témpano continúa bajo el agua, transformándose en una inmensa base turquesa. Lo que parecen distintos témpanos, son en realidad apéndices visibles de la misma inmensa base sumergida. Sobre algunas de estas plataformas heladas vemos focas de Wedell e incluso una foca leopardo que digiere al sol el pingüino que acaba de almorzar. En el zodiac todos hacemos silencio. El gomón cuando avanza arrastra pequeños trozos de hielo, y ese es uno de los pocos sonidos que escuchamos, junto con la suave marea que acaricia –más que golpea- a los témpanos. La serenidad es tal que a Laura y a mí se nos caen las lágrimas. La belleza es tal que disturba al ojo que intenta acapararla y atesorarla.

sábado, 11 de diciembre de 2010

EL ESTRECHO DE GERLACHE Y LA BASE BROWN: DESEMBARCO ENTRE TÉMPANOS Y NAUFRAGIOS.



Después de pasar las Islas Shetland del Sur, el “Ushuaia” pone firme rumbo sur, como si acometiera decidido hacia los límites del globo. ¿Hay algo más allá de las Shetland? Durante años se pensó que no. Lo fascinante de la era dorada de la exploración antártica es que audaces expediciones como la de Cook o Wedell penetraban cada vez más al sur, batiendo record tras record de latitud, mientras buscaban islas con lobos marinos. Descubrían todo tipo de archipiélagos, como las mismas Shetland, pero ignoraban la existencia de la vecina Antártida. Ahora que navegamos intencionalmente hacia el sur sin que parezca evidente la presencia de tierra alguna me doy cuenta que la Antártida iba a ser hallada sólo por quien buscara encontrarla.


Hoy que el barco no se mueve en absoluto, nos despertamos con el primer mensaje por intercomunicador desde el puente, que con la música de Indiana Jones de fondo nos augura: “Good Morning Antarcticans!” El capitán anuncia en tono optimista que navegamos las espejadas aguas del Estrecho de Gerlache abrigadas por el reparo que brindan las Islas Anvers y Brabant. Entre éstas y la Península Antártica flotan icebergs y témpanos de dimensiones y contornos tan dispares que parecerían emergidos de la lisérgica imaginación de un internado del Borda. Salimos a cubierta para ver el espectáculo, favorecidos por un inusual firmamento despejado. En las costas la piedra sólo aflora en las orillas, el resto de la superficie está cubierto por decenas de metros de hielo.



La primera exploración del día sobreviene después del desayuno. Abrigados como muñecos de South Park abordamos los zodiacs y nos alejamos lentamente del “Ushuaia”. El motor fuera de borda de los zodiac va inscribiendo una estela en la tela muda que son las aguas antárticas. Este espejo está sembrado con constelaciones de escombros de hielo, que van desde los pocos centímetros hasta los varios metros. Todos nos miramos maravillados de estar “tocando” este paisaje con los ojos, y transitándolo con el alma. A poca distancia las costas antárticas parecen modeladas en espuma de afeitar. Hay que observar con atención para detectar en las montañas el sustrato rocoso, que apenas aflora en las caras más verticales, donde la nieve no tiene oportunidad de depositarse.


Avanzamos en la Bahía Guillermina hacia un antiguo fondeadero de barcos balleneros bautizado Port Foyn, en honor a Sven Foyn, inventor del arpón explosivo. Durante las primeras décadas del siglo XX, la caza de ballenas era una actividad tan lucrativa como hoy lo es el petróleo. El aceite de los cetáceos era el lubricante ideal para las nuevas máquinas de la revolución industrial. Sin plan sustentable alguno flotas británicas, estadounidenses y noruegas montaban guardia en aguas antárticas cazando hasta 5.000 ballenas por año. Además del aceite, la ballena era una materia prima “comodín”. Con sus barbas se confeccionaban cortinas, su aceite se utilizaba como lubricante pero también como fijador de perfumes, y su carne hecha picadillo se vendía en los almacenes europeos como conserva. No hablemos de esquinas, pero a la vuelta de un iceberg aparece de pronto, irreal, como aún luchando por recuperar su curso, el ballenero noruego “Governoren”, hundido en 1916. Con su proa varada sobre un banco de piedra y su popa sumergida, el barco es el espectro de una época. Espiando por sobre su oxidada cubierta se pueden ver los restos retorcidos de su ferrosa maquinaria semicubierta por una capa de nieve. Habiendo alguna vez servido para matar, hoy aloja nidos de gaviotines antárticos y petreles. Navegamos sobre la parte sumergida de la cubierta de madera y regresamos al Ushuaia.



Por la tarde, desembarcamos en un área denominada Bahía Paraíso, donde se encuentra la base argentina Almirante Brown, hoy abandonada. Es una emoción encontrarse con la bandera argentina pintada sobre las maderas anaranjadas de la base. La Base Almirante Brown tiene una historia tragicómica, ya que fue incendiada por su propio jefe médico en 1984. El piromaniaco doctor no fue motivado por una urgencia nerónica de musas, sino que utilizó el incendio como medio irrefutable para que la Armada aceptara su baja, y así no tener que permanecer otro invierno. Nada de telegramas, ¡así se arreglan las cosas al estilo antártico! Entre las casas de la base, que fue reparada pero no re-habilitada, anidan los infaltables pingüinos papúa, los Pérez o Fernández de los pingüinos. Hunidmos los pies en la nieve en una marcha de una hora para observar a estas aves perseguirse entre sí. Uno no entiende si estas persecuciones tienen como fin darse caza efectiva o si los pingüinos encuentran divertido el echo de lanzarse picotazos mutuamente. El perseguidor, ante el momento inminente de alcanzar a su acechado, dispara en dirección inversa para transformarse en perseguido. Desde la Base Brown observamos a las mansas y gélidas aguas duplicar el paisaje por reflexión. El agua establece una línea de simetría, y cada escombro, témpano o montaña arroja en el agua sus idénticas raíces invertidas.


Es difícil traducir en palabras la experiencia antártica, porque la verdad es difícil procesarlo en el interior de uno mismo. El primer desafío que enfrenta el viajero es llegar a la Antártida, pero el inmediato siguiente es dimensionar a donde ha arribado. El paisaje tiene una escala irrepresentable. Incluso en las coordenadas más aisladas del Tíbet Occidental uno puede contar con la presencia de seres humanos a algunos cientos de kilómetros a la redonda. En Antártida, en cambio, la certeza psicológica de la ausencia de humanidad minimiza al viajero en el mismo acto de la contemplación.


Como tomando venganza simbólica de este sometimiento ante el paisaje, por la noche Laura, Fede y el resto de los arribeños abrimos una botella de whisky que hemos comprado entre todos. En cada vaso, depositamos con ansiedad un trozo de hielo antártico, también conocido como hielo gruñón. El hielo gruñón proviene de los escombros remanentes de témpanos derretidos, y puede llegar a tener hasta 500 años de antigüedad. Es traslúcido, compacto, y al entrar en contacto con el cálido whiskey comienza a resquebrajarse milimétricamente, como si gruñera. ¿Quién hubiera dicho que un iceberg podía llegar a terminar sus días en nuestro vaso de whiskey? Brindando con el horizonte helado desde la venta de cubierta, estos trotamundos disfrutan de un relámpago de lujuria dentro de la incerteza de su derrotero. Mañana volverá el viento patagónico a incomodar nuestras banquinas pero hoy, Laura, disfrutemos…