lunes, 29 de noviembre de 2010

DIARIOS DE ANTÁRTIDA DIA 0: CUANDO NOS DICEN QUE SÍ

Laura y yo comenzamos a planear este viaje de Argentina a Groenlandia a dedo con una certeza y una sospecha. La certeza residía en saber que dirigiríamos todos nuestros esfuerzos y creatividad para alcanzar esa meta. ¿Cómo? Ahí aparece la sospecha, la presunción de que de un modo u otro acabaríamos por estirar el mapa americano, la intuición de que a Groenlandia se llegaría, pero acaso desde el Polo, o en helicóptero desde Ecuador… ¿Quién podría decirlo? A pesar de esta concesión a la magia y una deliberada intención de oponerle al prejuicio la huella, nos costaba ver más allá de Ushuaia el límite sur de nuestro itinerario. Es verdad que al llegar aquí escribí en mi libreta: “Siento que en Ushuaia concluyen las rutas pero se abren los mares”. Pero lo dije con más ansiedad que premonición. Mientras mi visibilidad llegaba, como mucho, a soñar con hallar un velero hacia la chilena Isla Navarino, frente a Ushuaia, Laura comenzó a cultivar un misterioso optimismo sobre la posibilidad de ir a la Antártida. ¿Pero qué habíamos hecho para generar el milagro? Hasta hace pocos días atrás, nada. De hecho, al muelle con sus veleros los mirábamos con ganas, pero decidimos iniciar nuestra búsqueda –destinada a ser exitosa- de otra manera. Como este es el primer gran desafío superado junto a Laura, quisiera dejarle a ella el privilegio de contarles cómo sucedieron los hechos:

Decir que la última vez que había visto nevar había sido aquél memorable 9 de julio de 2007 en que Buenos Aires se tiñó blanco, da cuenta suficiente de la escasa relación que tengo con el fenómeno. Por eso esa mañana cuando corrí la cortina y vi cómo de un lado a otro se desparramaban algodoncitos por la montaña me sentí feliz. “¡Caen unos conejos bárbaros!” – dijo alguien al pasar. No importa lo frecuente que eso pueda ser para quien vive por estos rincones, para mí fue una buena señal. Y considerando que esa misma mañana nos estábamos mudando, le di la bienvenida a los augurios del universo y con la mochila al hombro partimos rumbo a la casa de Ana.

Bastó con poner un pie descalzo en el living (porque es regla número uno quitarse los zapatos al entrar en esta vivienda) para sentir esa buena energía que circunda el lugar. Los primeros días que pasamos aquí fueron todos de buenas nuevas, con mails interesantes y con propuestas concretas que se acumulaban día tras día y que no hacían más que atraer aún más potencia. Seducidos por la paz que se respira en este ambiente, la comida saludable preparada en casa y el relax propio del hogar nos tomó un par de días decidir nuestros próximos pasos.

Ya había terminado la Feria y lo que nos restaba ahora se presentaba como un debate sobre el cual no lográbamos ponernos de acuerdo, ni siquiera con nosotros mismos. Durante toda la semana que nos llevó organizar el evento, la palabra Antártida se encargó de atraparnos lo suficiente como para que ahora todas nuestras energías apuntaran nada más ni nada menos que a ese destino. Sobre todo para mí, que estaba poseída por un convencimiento que según Juan podía ser peligroso. En más de una oportunidad me advirtió que no me ilusionara, que teníamos una posibilidad en un millón, pero sin embargo yo seguía convencida de que solo necesitábamos de una posibilidad para lograrlo, y siempre repetía la misma frase ganadora e imposible de retrucar: “siempre se trata de hablar con la persona indicada”. Ahora bien, habiendo cumplido una semana de arduo trabajo –que si bien había concluido con fructíferos resultados había sido realmente cansador-, me resultaba inconcebible no haber podido ir aún hasta el Parque Nacional, o el glaciar, o hasta cualquier otro paseo. Sacando el Museo Marítimo y la navegación por el canal, el resto del tiempo nos habíamos avocado exclusivamente a trabajar, y por momentos los objetivos se perdían y no lográbamos llegar a un acuerdo. Ahora que teníamos el tiempo para ir hasta el muelle en busca de nuestra oportunidad, me hartaba un poco la idea de tener que recorrer por décima vez el centro de la ciudad en busca de precios y demás para poder lograr armar una carpeta de presentación. Pero comprendía también que nada vendría desde el cielo y se me hacía un desperdicio haber llegado hasta aquí sin siquiera internarlo. Así que siendo miércoles hicimos un trato. Sabíamos que había un barco que partía el sábado, por lo que nos propusimos orientar todo nuestro esfuerzo a lograr estar a bordo cuando eso sucediese. Si no lo lográbamos, ya teníamos invitación de Juan Carlos para comer un asado en Puerto Almanza, y nos dedicaríamos el fin de semana a pasear.



Con estas reglas, a trabajar. Tenemos una historia, un proyecto educativo interesante, un libro editado y otro en camino, muchas notas en los diarios, estudios en turismo y demás chapas, pero la verdad es que no sabíamos por dónde empezar. Necesitábamos deslumbrar y convencer. Recordé en ese momento algo que mi profesora de guión siempre repetía y me hacía ejercitar: “para convencer a un director de cine de que tu película es interesante tenés sólo dos minutos. Tenés ese tiempo para resumir la historia, contar el argumento, lo más importante y hacer que suene interesante. Pensá bien qué vas a decir”. Se me ocurrió que era esta una buena oportunidad para poner en práctica ese ejercicio, con la emoción de sentir que el personaje principal éramos nosotros. Juan estos conceptos también los tiene claros, y tras mucho debatir decidimos que lo importante era resaltar el proyecto editorial y hacer hincapié en la publicidad que ser parte de nuestra historia representaría. No todos los días se llega a dedo hacia Antartida…

Armamos una carpeta con folios y toda la información que consideramos necesaria. El hecho de que no consiguiéramos otra que no fuera de color rosa a Juan se le hizo ridículo, pero a mí me pareció oportuno: si nena va a presentar un proyecto de semejante calibre mejor que sea con estilo… El hecho de que Antarpply sea la única empresa argentina de turismo antártico fue lo que nos motivó a iniciar nuestra búsqueda con ellos. Teníamos un nombre y una dirección, nada más. Y hacia allí fuimos, carpeta en mano y ansiedad a flor de piel. Las oficinas de esta empresa me trajeron muchos recuerdos de mi trabajo: es la típica agencia que trabaja con Internet, escaleras arriba, sin vidrieras. Nos atendió Claudia, quien nos explicó que la persona a quien buscábamos estaba en Londres en una feria de turismo y que no volvería hasta diciembre. Habiendo estado del otro lado se bien que la injerencia de un vendedor suele ser limitada cuando no nula, pero no teniendo otra alternativa nos dispusimos a explicarle a ella nuestras intenciones. Sentí una gran decepción cuando casi por lo bajo exclamó: “Ah…por ahí viene el asunto…” (Sí, queremos viajar a la Antártida como sea….). Nos dijo que no creía que fuera posible, que vienen muchísimos mochileros preguntando y que ellos no tienen plazas para eso, que trabajar tampoco se puede porque la empresa hotelera que brinda servicios a bordo es chilena y que además no cualquiera puede trabajar a bordo. No nos dimos por vencidos y le explicamos que nosotros no éramos cualquier mochilero, que veníamos viajando desde hace mucho tiempo y que teníamos una propuesta de publicidad que le podía interesar. Un poco avasallada por nuestra respuesta Claudia nos invitó a tomar asiento para darnos el mail de la persona a la que le teníamos que escribir, y nosotros aprovechamos para desplegar nuestra carpeta. Le mostramos el libro, el ranking de blogs, la cantidad de visitas por día, el contrato con la editorial. Lo que al principio fue literalmente un bombardeo de nuestra parte fue dando paso a una conversación, porque Claudia se empezó a mostrar más interesada, preguntándonos sobre nuestros viajes y experiencias. Nos terminó recomendando que le escribiéramos un mail a la encargada cuanto antes, porque había un barco zarpando el sábado y aún quedaba lugar…

Salimos a la calle con dos percepciones distintas. Juan no quería ilusionarse. Para mí ese cambio rotundo de actitud significaba algo. No era un sí, pero era una posibilidad. Las 15 cuadras que separan la casa de Anita con las oficinas las hicimos ideando un mail perfecto, donde pudiéramos explicar todo sin aburrir. Ni bien llegamos lo redactamos y enviamos, tratando de controlar las ansias sin desesperar. Yo me puse a cocinar para calmar nervios, había que seguir como si nada.

Cuando sonó mi celular a la media hora Juan se adelanto: “ahí está Pipípi” – en alusión a mi mamá. Yo largué la cuchara con la que revolvía el arroz y haciéndome la superada le dije: “Vas a ver, ahí están los de Antarpply”.
- Hola
- Hola, ¿Laura Lazzarino? Te habla Claudia, de Antarpply

Lo miré a Juan queriendo hablarle por los ojos. Era evidente por mi tono que me estaba hablando un extraño.

- Estuve hablando con la encargada respecto al viaje de ustedes
Se hizo una pausa. Esperé que concluyera la oración con un “ pero no va a ser posible”. Se me hizo eterno. Prosiguió:

- Y sí, es posible.
Me quedé helada mientras Juan intentaba controlar su desesperación de testigo sordo del evento.
- Aham – fue lo único que atiné a decir. Estaba, como buen argentino, esperando que el primer “pero” apareciera en escena.
- Zarpan este sábado a las 18 hs, pero tienen que estar dos horas antes para hacer el check in.

Claudia siguió con sus explicaciones de manera pausada, a la vez que yo extendí el pulgar hacia Juan que miraba ansioso desde el sillón. La felicidad invadió mi cuerpo. Juan saltó del sofá, me levantó en el aire sosteniéndome de las piernas y empezó a girar de la emoción a la vez que yo trataba de guardar la compostura y seriedad en el teléfono. Según Juan me salió la agente de viajes de adentro.

Nos dijo que sí, sin objeción. Lo único que debíamos pagar era un seguro que cubriera traslado y gastos de repatriación. Nos pidió que fuéramos a la agencia ni bien nos desocupáramos para firmar el contrato. Atrás quedó el arroz a medio hervir, nos calzamos y fuimos nuevamente a la oficina sin poder ocultar nuestra emoción.

Claudia nos explicó nuevamente el tema del seguro y nos dio unos formularios para completar con nuestros datos, que vendrían siendo las hojas de reserva. Nos solicitó también que redactáramos una carta de responsabilidad, una especie de contrato en el que nosotros dejáramos constancia de nuestro compromiso. Al día siguiente nos darían los vouchers y ya.

Así que salimos de la oficina nuevamente con los planes completamente cambiados. Teníamos dos días, mucha emoción, miles de cosas para hacer y una infinidad de preguntas. No queríamos olvidarnos de nada. Nos vamos a la Antártida… ¡¡¡¡Nos vamos a la Antártida!!!! No podíamos dejar de repetir esto para poder convencernos, queríamos salir corriendo y contárselo a todo el mundo. El regreso a casa de Anita lo hicimos a los saltos literalmente. En mi vida me había ganado nada. La emoción que sentí con esa llamada es difícil de transmitir, pero fue tan fuerte que aún ahora, recordando el hecho, vuelvo a sentir la piel de gallina.

Los dos días que siguieron nos dedicamos a tramitar el seguro, conseguir la ropa, dejar todo listo. En casa de Juan Carlos, Eloisa y Esteban festejamos el logro con pizza y sushi austral. Ellos nos prestaron guantes y gorros. Beto se anotó y sumó una campera al guardarropa. Anita me prestó un pantalón de nieve y Augusto, su amigo, donó otro para Juan. Así entre todos aportaron su granito de arena, o mejor dicho, si granito de ropa.

Nosotros jugamos a sentirnos turistas y un día antes nos aprovisionamos con libros, chocolates, algo de alcohol y postales, porque según sabíamos desde allí se pueden enviar y no queríamos perdernos la oportunidad.

El viernes entregamos el contrato a Antarpply y ellos el voucher. Ahora sí no hay marcha atrás. La aventura a dedo más austral del mundo está por comenzar.


MAGOS Y GENIOS EN LA ISLA DE LA FANTASIA



Viejos pobladores (Alejandro Abt, Acrílico. 2000)

En Río Grande Alejandro –nuestro camionero- atiende una llamada telefónica. “¿A que no sabés quién se murió? – pregunta cuando retira el aparato, que al fin tiene señal, de su oreja. Mientras nosotros dormíamos en el depot-museo de los carabineros chilenos Néstor Kirchner pasaba a otra cosa mientras dormía en Calafate, su propio mausoleo. ¿Sabrán acaso todos los que duermen que hacen el test-drive de una muestra gratis de la muerte? En 1815, el poeta italiano Fóscolo había exclamado con el dramatismo de su época: “Quizás porque de la fatal calma tu eres la imagen, yo sí te quiero. ¡O noche!”


Nosotros nos bajamos con una ansiedad que nos impermeabilizaba del clima lluvioso en las afueras industriales de Río Grande. En la doble cabina de los dueños de un aserradero llegamos a Tolhuin, en un típico caso de profesión de conductor estrechamente vinculada a principal actividad económica del destino. El hombre era chileno, y aseguraba que al talar los bosques originarios permitían que la luz penetrara y las nuevas semillas tuvieran oportunidad, porque sino el bosque se asfixiaba. Una explicación bastante dudosa… Laura y yo compartíamos el asiento trasero con una bebita hermosa que dormía. Laura la imitó durante buen rato, hasta que la desperté de un codazo porque con un par de curvazos habíamos entrado en un paisaje verde cubierto de bosques de ñires. Un auto más, sólo uno más, y ya estaremos en el límite sur de nuestro viaje –o eso pensábamos-, mientras comíamos unas Cerealitas untadas con paté dentro de la estación de servicio del poblado. Entonces apareció Mauricio, que trabaja en Río Grande pero tiene su novia en Ushuaia, y nos llevó en su 206 por la sinuosa carretera que sortea el Paso Garibaldi para llegar entre colinas arboladas a la única ciudad argentina del otro lado de los Andes: Ushuaia.




Llegamos a Ushuaia con la idea de quedarnos cuatro o cinco días. No teníamos ni sospecha de que la ciudad sería nuestra base para aventuras aún inimaginadas… Daniel Aureliano, nuestro primer anfitrión, pasó a buscarnos por el centro en el Renault 4 – la máquina infernal- con el que acababa de regresar de una vuelta a Sudamérica que le insumió 13 meses. En el camino a su cómodo hogar hacemos una parada en la casa de su amiga Laura. La idea de la visita es básicamente compadecernos con ella mientras espera a un censista que nunca viene. A nosotros su demora no nos inquieta. Técnicamente, no podemos ser censados, ya que pasamos la noche del 27 de octubre fuera del territorio nacional, en la estación de carabineros chilenos de San Sebastián. Cuando el censista llegó con sus planillas nos transferimos a la casa de Daniel en las alturas, en uno de esos barrios ushuaienses relativamente nuevos donde las calles aún son de tierra y la vegetación mucha. La verticalidad parece no imponer límite alguno a la constante puja hacia arriba de la urbanización, ya sea planeada o espontánea. Los primeros pobladores europeos llegaron después de 1850, con el fin de evangelizar a las tribus yamanas y onas que poblaban pacíficamente la zona. El poblado nació a partir de 1885, fue capital de Tierra del Fuego a partir de 1904, y trascendió durante décadas sólo como sede de un penal. Al pie de los Montes Martial y del agudo Monte Olivia (1318m), el poblado de madera se fue expandiendo, con un ferrocarril a vapor que transitaba la calle principal para transportar a los internos a sus trabajos forzados como leñadores en el bosque. La transformación llegó en el último cuarto del siglo XX, cuando la población pasó de unos 7.000 habitantes en 1978 a casi 80.000 en la actualidad. Esta cascada poblacional no fue acompañada jamás –ni lo es hoy día- por una política de planes de vivienda. Y si hubo intentos, jamás pudieron responder a la demanda. Más bien la gente llegaba, conseguía 8 o 10 chapas, trepaba la montaña, y cerraba un terrenito. Estas “usurpaciones” siguen siendo frecuentes y masivas. Algunos las condenan, mientras otros las defienden. Intentaré volver sobre este tema más adelante en estos relatos ushuaienses.



Siento que recién comenzamos a entender el espíritu de “la Isla”, después de nuestra primera cena en el Kibutz. ¿Qué es el kibutz? Así llaman Juan Carlos, Eloísa y Esteban a la casa cuyo alquiler comparten en Ushuaia. Para ordenar los personajes, Juan Carlos es el padre de Valeria, una lectora viajera, de esas que salen para Machu Pichu y vuelven a mirar el calendario y se dan cuenta del “desvío” cuando llegan a Caracas. Tiene algo de Molina Campos, algo de bibliotecario, y todos los dotes del “anfitrión ideal”, de esos que al mensajito de texto de “¿andás por tu casa?” responden siempre “El mate está listo”. Eloísa es su compañera de vida, pero también forma un dúo dinámico con Esteban, ambos miembros de la Cruz Roja Internacional, especializados en respuesta a catástrofes y emergencias. Esteban es un capítulo aparte: único mago de la provincia de Tierra del Fuego, tricampeón mundial de Magia que alguna vez trabajó en Las vegas, relator de radio, analistas en sistema desde 1981 y pelado como si fuese el cráneo de alguna organización de contraespionaje. Como los tres son de Buenos Aires, hablan de Tierra del Fuego en tercera persona y sin bozal. “Esta es la Isla de la Fantasía” – me dice Juan Carlos mientras retuerce malévolamente un cigarrillo contra el cenicero. “Siempre lo fue- continúa- acá hasta el 1900 se pagaba a los peones con libras esterlinas”.


Y claro, desde ese punto, toda la cultura fueguina está construida sobre una fantasía. A los primeros ingleses que desembarcaron en el Beagle con la idea de convertir al cristianismo y “ayudar” a los yamanas y onas, estos respondieron con una actitud concisa y contundente: se los comieron. Con más éxito Thomas Bridges logró instalarse y edificar una misión. Como los yamanas eran proverbiales nudistas que apenas se untaban con grasa de lobo marino si tenían mucho frío, Bridges los obligó a vestirse. Entre los gérmenes transmitidos por la ropa húmeda y las enfermedades introducidas por los europeos, los yámanas, onas, haush y alacalufes desaparecieron al cabo de cincuenta años. Eso sí, en un acto típicamente occidental, Bridges compiló un diccionario de 30.000 vocablos de la lengua que contribuyó a extinguir. Allí empieza la gran fantasía fueguina, ya que todos los que llegaron con posteridad al exterminio se autodenominaron “primeros pobladores”, hoy gente recordada en calles y estampas. Eloísa menciona que la última yamana pura vive aún en Puerto Williams, en la Isla Navarino, Chile y tiene 92 años.


Cuando Elo menciona Puerto Williams Laura y yo saltamos de la silla, ya que desde que llegamos tenemos esa sensación de que si bien las rutas se acaban en Ushuaia, también es cierto que se abren los mares. ¡Queremos navegar! A dónde nos importa poco, pero no dejamos de mirar el muelle del AFASYN, de donde salen los veleros que van a Puerto Williams, Cabo de Hornos o incluso la Antártida. Los tres kibutenses nos animan. Los tres se miran y recuerdan que conocen a un italiano llamado Moreno que tiene un velero y viaja frecuentemente a Puerto Williams. Lo llaman y le preguntan, mientras nosotros nos comemos las uñas, pero Moreno está viajando a Italia a visitar a su familia. Pegó en el palo.

Elo y Juan Carlos continúan luego contándonos otros aspectos “fantásticos” del Ushuaia contemporáneo… Predeciblemente, comenzamos a hablar de economía. Mientras en el resto del país ser empleado público es un destino cómodo pero opaco para muchas personas, “acá ser empleado público es fashion, hasta los niños dicen que cuando sean grandes quieren ser empleados públicos. En la provincia de Buenos Aires, las empleadas públicas compran Avón, acá Mary Kay…” Se refiere, si hay necesidad de aclarar, a la dolce vita que permiten los sueldos altos y gran cantidad de días de paro. Otra fuente me tiró la siguiente cifra: el 90% del presupuesto provincial se utiliza para pagar los sueldos –públicos- del 16% de la población. A pesar de eso, dicen que hay piquetes. Piquete fueguino, dos puntos: ocho personas, dos redoblantes, dos bombos y una caja de chasquiboom.

Hay más, por ejemplo, una Universidad Nacional de Tierra del Fuego que existe en los papeles pero no en el más necesario mundo de las tres dimensiones. Es una isla sin geriátricos, “porque hasta hace poco no había ancianos”. Claro, cómo iba a haber ancianos si son los jóvenes los que llegan a buscar trabajo, y muchos se vuelven a sus provincias cuando tienen edad para retirarse. El arraigo, y por ende los problemas asociados a la vejez, son toda una novedad en Tierra del Fuego. Siguiendo con la tradición de atarlo con alambre, los Tribunales funcionan en un edificio construido para ser un geriátrico (con rampas y pasillos anchos). Y lo más parecido a un geriátrico –un hogar de día para adultos mayores- funciona en un complejo que en los planos era un jardín de infantes… ¿Quieren más? Los hoteles alojamiento están prohibidos en la provincia, ya que atentan contra las buenas costumbres y la familia. La ley fueguina debe presumir que los niños caen en paracaídas desde los albatros. En simultáneo, Ushuaia permitió la celebración del primer casamiento homosexual de la Argentina.






Al margen de todas sus contraindicaciones, la ciudad nos hechiza, primero desde lo estético. Viniendo desde la ruta 3, es un gran contraste estar rodeados por cumbres espigadas y nevadas, y caminar por la ciudad que abraza un puerto próximo con sus veleros, cargueros y sus containers. Pero más efectivamente nos vemos cada vez más enlazados por amistades que hacemos con cada día que pasa. No podemos mencionar a todos, pero imposible omitir a Beto, el librero de la sucursal local de “La Boutique del Libro”. Al vernos nos recibió con un abrazo. Había leído Vagabundeando en el Eje del Mal, y sugirió que hiciéramos una firma de ejemplares. Beto tiene algo de poeta maldito y también de heavy metal, todo en clave de humor, con ciertas caras reservadas para los momentos en que te lanza una profecía con voz calma, mientras te pone una mano en el hombro. La primera profecía fue: “A Uds. les va a ir muy bien en la Feria del Libro, van a vender todo”. Sucede que en una entrevista que hicimos en Radio Activa nos enteramos que la 13era Feria del Libro de Ushuaia tendría lugar el 5 y 6 de noviembre. Decidimos participar con algunos libros y postales artesanales.


En la firma de ejemplares sucedió algo más fundamental. Algunos de nuestros lectores, cuando escuchan que tenemos intenciones de realizar alguna pirueta náutica para expandir la frontera sur de nuestro itinerario, nos alientan a buscar algún barco que nos lleve a la Antártida. Nos cuentan que hay tal cosa como una oficina antártica, donde nos pueden dar un listado de las 54 embarcaciones que operan con viajes turísticos hacia el continente blanco. La idea nos queda picando. Mientras tanto, Beto, que ha escuchado que tenemos ganas de navegar, nos sale al cruce antes de retirarnos del evento: con una llamada telefónica nos ha conseguido una navegación gratuita por el canal del Beagle a bordo de una lancha turística.





La navegación se la debemos a la buena onda de Beto pero fundamentalmente a
Patagonia Adventur Explorer, a quienes prometimos nombrar en esta página. Así que ya saben, si quieren navegar por el Beagle, ellos tienen una embarcación pequeña que te hace sentir más cerca del mar, de los lobos marinos y de las aves que comenzamos a observar sobre toda clase de islotes. Avistamos el Faro Les Eclaireurs (Los Iluminados) de 1919, erigido en ladrillo, pintado de blanco y rojo para señalizar aguas navegables. En una isla donde desembarcamos observamos los hoyos circulares dejados por las chozas de los yámanas, y casi imaginamos sus fantasmagóricas canoas surcar livianas el agua en busca de lobos y alimento. Mientras navegábamos, no podíamos dejar de pensar que estábamos a sólo 1000 km de la Península Antártica.

Después de la navegación nos concentramos en la Feria del Libro. Si hay algo que disfruto es de hacer libros con mis propias manos. A pesar de que “Vagabundeando” llegó a todas las librerías, este es un placer que no puedo reemplazar. Llegar a una ciudad desconocida y buscar desde cero dónde hacer las copias, las tapas, etc, es una tarea ardua. Como siempre, intervino nuestro “genio de la lámpara”, Beto. Siempre aparece lateralmente con una sonrisa bufonesca – como enseñándonos a reírnos de todas las dificultades- y con la solución en la mano. Esta vez, nos invita a cenar a la casa de un amigo legislador, que sin demasiado pensarla nos facilita la fotocopiadora del bloque de su partido para sacar del horno las páginas de los librillos. Mientras transformábamos el bloque radical en nuestra imprenta, presenciamos cómo un debate parlamentario sobre la “esencialidad de la educación” se transformaba en una pelea, en un San Fermín que descendía las escaleras del recinto con insultos para todos y todas. Alguien había tenido la idea de sugerir que la educación debía garantizarse a pesar de los reclamos salariales, para que los chicos no pierdan más días de clase. Los representantes del gremio docente no sólo no estuvieron de acuerdo, sino que bajaron las escaleras como si estuvieran en una cancha de fútbol a los cantitos “Fulano hijo de puta, esto y lo otro”. A nuestro alrededor otro legislador se agarraba la cabeza “el legado de Perón…” – dijo el prolijo representante de otro partido mientras medía la distancia necesaria para deslizarse bajo su escritorio. Yo recordaba a los maestros de Afganistán que seguían dando clase aún a riesgo de ser masacrados por los talibanes, aún sin techo en las escuelas bombardeadas, y recordaba las imágenes de escuelas secundarias tomadas en Capital Federal por la falta de alguna garrafa, por alguna rajadura en el techo… Aquí los maestros se sienten víctimas del sistema y entonan lemas guevaristas a pesar de cobrar el triple de lo que un docente gana en el resto del país…



Y finalmente Wilson nos dio un rinconcito en la Feria del Libro. Habíamos madrugado en la casa de Daniel para poder terminar de armar los libros y también habíamos armado un mapa con nuestra ruta, y ampliado algunas notas de prensa sobre nuestro viaje. Un cartel decía “La vuelta al mundo a dedo – Una ruta, dos mochilas y seis continentes”. Las postales artesanales cubrían la mesa y la gente comenzaba a llevárselas, porque un cartel explicaba que quienes llevaban una nos estaban ayudándonos en nuestro desafío de dar la vuelta al mundo. En la Feria conocimos todo tipo de personas. En nuestro mismo stand, un residente boliviano llegado de Santa Cruz de la Sierra en 1985, llamado Dalmiro, terminó refutando a un hombre de traje que llegó y dijo “Hola, yo soy nic (nacido y criado).Nosotros somos los verdaderos discriminados”. Muy cómico que le dijera eso a un boliviano cuya sangre, por lo menos, es de este continente. La nota cómica la dieron dos mujeres. Una, al escuchar de refilón que Laura era licenciada en turismo la encaró con un: “Ah, pero entonces vos terminaste el secundario. Como te ví mochilera…” La segunda preguntó si una fotografía de un mercado de lanas en Medio Oriente enseñaba a teñir lana… “Por qué la lana se tiñe, ¿sabías no?”.Y sí señora, las ovejas de colores no vienen. Como ven, nos divertimos mucho, conocimos a otros escritores locales, libreros, artistas, adolescentes fanáticos del animé y profesores de teatro que viven acampando en la montaña hace 2 años… para terminar cenando en la casa de Fernando y Graciela, dos lectores locales.


En esos días también conocimos a Federico Gargiulo, autor de un libro que recomiendo llamado “Huellas de Fuego”. El autor narra una caminata realizada por él y dos expedicionarios más, a pie, alrededor de la Península Mitre, la puntita de Tierra del Fuego, y una de las regiones más aisladas de nuestro país. Tomamos una cerveza en el cálido pub “Dublín”. Allí nos cuenta que ganó en un concurso literario a nivel provincial, donde el premio era un viaje a la Antártida. Le comentamos que tenemos ganas de buscar que alguien nos lleve a la Antártida, pero no sabemos por donde comenzar. “Deberían proponerle su proyecto a Antarpply. Mi barco zarpa el 13 de noviembre. Si tienen éxito salimos juntos”. Laura y yo nos miramos. Si la empresa ha donado viajes a la Antártida como premio para un concurso literario, tenemos alguna chance. Al menos desde ese momento, con un porrón de cerveza en la mano, lanzamos en nuestras mentes la “Operación Antártida”.

ESCAPANDO DEL CENSO EN LA ESTACIÓN DE CARABINEROS CHILENOS DE SAN SEBASTIÁN



En la misma estación de servicio donde nos despedimos de José buscamos algún vehículo que siga con rumbo sur y se suba a la balsa que cruza el Estrecho de Magallanes rumbo a Tierra del Fuego. En media hora, encontramos junto a los surtidores un novísimo camión Mercedes Axor de una conocida empresa de transportes. ¡Seis en el dado! Alejandro, su chofer, nos lleva rumbo a Río Grande. La peripecia se inicia empero con un gran contratiempo, en la frontera argentina, a Alejandro le exigen un comprobante de examen psicofísico que sólo puede bajar de Internet. En el complejo aduanero (llamado con mucho optimismo puesto de integración, aunque se sabe que aún hay campos minados no muy lejos del camino) no hay acceso a la red. Conforme la costumbre argenta, las instituciones del país le ponen trabas al laburante interno. El Cyber más cercano está a 60 km, en Río Gallegos, de donde venimos. Alejandro desengancha el semi y pega la vuelta, prometiendo regresar en hora y media. Nosotros nos miramos las caras, no nos queda otra. Esperamos sentados sobre una máquina de rayos X que la aduana utiliza para monitorear cargas sospechosas. Ningún camionero nos quiere llevar, a pesar de que estamos bien vestidos y las mochilas están a la vista. Hay dos factores. Primero, muchos camioneros tienen miedo a lo que uno pueda transportar en la mochila. Segundo, a los camioneros en general no les gusta ser observados por otros camioneros mientras acceden a llevar mochileros.


Transcurría así nuestra tarde y ya comenzábamos a entrar en confianza con los gendarmes a cargo del puesto, no vaya a ser cosa que tocara hacer noche. Uno de ellos comenzó a hojear la carpeta de nuestro proyecto educativo y nos recomendó proponerle a la Dirección Nacional de la Antártida que nos llevaran al continente blanco para poder dar nuestras charlas a las escuelas de la Base Esperanza y Marambio. Por un momento nos vimos entre témpanos y pingüinos, pero después volvimos a la realidad ¡Teníamos que buscar alguien que nos llevara! Los camioneros seguían reacios. La mujer de un chofer brasileño nos llenó de bendicioes, pero su marido aclaró que no había espacio, acaso eso de estar bendecidos nos hacía más gordos. Un conductor afeminado que ya en Río Gallegos nos había dicho que no tenía espacio en su Trafic (a pesar de que sólo cargaba cuatro cachorros de labrador) nos volvió a decir que no.




Cuando ya estábamos contra las cuerdas vemos el camión de Alejandro, veloz sin la carga, carretear hacia el puesto fronterizo. Lo vemos entrar envalentonado, con los codos abriendo acaso alguna puerta de saloon imaginario. Le entrega el papel faltante al gendarme y salimos volando. Hacemos los trámites de migraciones de la República de Chile, y a los pocos minutos estamos en Punta Delgada, listos para abordar la “balsa”, como se conoce lo que es en realidad un ferry capaz de llevar media docena de camiones. Hay una cola de vehículos esperando que la embarcación llegue y tienda su rampa. Un perro gordo, cuya barriga se balancea con cada paso, va de auto en auto, y se detiene a ladrar frente a cada ventanilla lo suficiente para que le tiren alguna galleta. Cuando su extorsión acústica surte efecto, camina hasta el próximo auto, casi lamentándose de que no sean los autos los que se detengan frente a donde él ladra. Me acerco hasta la orilla del Estrecho de Magallanes y toco el agua helada y revuelta. Recuerdo que éste fue el único paso conector entre los dos océanos hasta la construcción del Canal de Panamá en 1914. Para entender la relevancia, basta recordar que las cargas valiosas despachadas entre Nueva York y California antes del tendido del ferrocarril que uníría ambas costas debían embarcarse hasta aquí y volver por el Pacífico hasta destino para evitar cowboys y malones.





Ya de noche llegamos a San Sebastián, el puesto fronterizo chileno que da paso para volver a entrar en la República Argentina. Como esperábamos el puesto estaba cerrado, por lo que Alejandro estaciona su camión frente a la “Tercera Comisaría El Porvenir” de los Carabineros Chilenos. El camión tiene una sola cama, y aunque pensamos acampar, Alejandro se baja con el mapa de nuestra expedición (con el que siempre hacemos dedo), golpea la puerta de la comisaría, y le explica toda nuestra historia al comisario, hasta convencerlo. De esta manera, terminamos durmiendo en una enorme pero vacía casa de madera que los carabineros utilizan como depósito. Con cálidos pisos, la casa es confortable pero algo tenebrosa, y Laura agradece que haya luz eléctrica. Sobre un enorme escritorio se encuentran antiguos registros, manuales de instrucciones para telegrafistas, cocinas portátiles y teléfonos antiguos. En otro cuarto hay un abundante acopio de monturas y bolsas de mijo. El sitio está a medio camino entre granero y museo. Apoyado sobre la pared y dentro de un cuadro, un viejo marino inglés se fuma una pipa, y nosotros arrojamos al suelo los almohadones del sofá que serán nuestro colchón.



Laura intenta dormirse aunque se masoquea asociando todas los extraños objetos a su posible protagonismo en manos de un sádico de película de terror. Yo concilio el sueño con la felicidad de estar durmiendo en cualquier lado. En las últimas dos semanas nos la pasamos en cómodas casas de amigos o lectores que nos esperaban con los brazos abiertos y las habitaciones de huéspedes listas. Considerando la paliza que le dan al Señor Celsius por estas ventiladas latitudes, hemos adrede evitado acampar con bastante éxito. Hoy en la estación de carabineros chilena de San Sebastián, sin embargo, redescubrimos el gusto de estar a merced de la sabia ruleta de la intemperie.



Por la mañana, Alejandro nos despertará golpeando la ventana, y subiremos al camión donde ya silba la pava para el mate… En las rutas hay cosas que no cambian: el último Mercedes y la pava primordial. Entonces recordamos que era el día del censo nacional, que contabiliza a los habitantes que pasaron la noche del 27 de octubre en el país. Como módica rebeldía involuntaria, estos viajeros han gambeteado el recuento, y estarán omitidos de las estadísticas por los próximos diez años. Esto lleva a otro dilema: a los que viajamos y pasamos un mes en cada país ¿en que columna nos suman?

TRUEQUE DE ENERGIAS EN RIO GALLEGOS: LA HISTORIA DE LA AMBULANCIA VIAJERA

A medida que Laura y yo viajamos vamos como rastreando las líneas de fuga que la historia ha disparado sobre la Patagonia. Cada persona que nos levanta o nos aloja en la ruta condensa en su curriculum familiar los pasos con los que el último siglo ha avanzado sobre la estepa patagónica. Pienso en esto mientras conversamos con Sara y Ramón, un matrimonio que asistió a nuestra charla en la UNPA de San Julián y que nos vio por la calle mientras cargados con nuestras mochilas marchábamos a paso desganado hacia la Ruta 3. Aunque la primera oferta fue hasta la salida, Ramón terminó soltando el acelerador en Piedrabuena, 100 km más adelante. La gran ensalada genealógica que declaran nuestros amigos es, en realidad, de lo más común en la región. Ramón es español. Se bajó del barco aún niño, acompañado por un tío que se estableció en San Julián cuando el gobierno de Aramburu prohibió la inmigración europea en la Provincia de Buenos Aires. Su mujer Sara se apellida Burns, y es nieta de un escocés llegado desde las Malvinas, en épocas en las que los isleños no veían aún en Argentina a una nación beligerante e inestable de la que había que protegerse, como ahora se alejan guanacos y choikes a la vez que nuestro auto avanza. El vacío a nuestro alrededor me hace pensar si acaso no había suficiente lugar para las culturas nativas extinguidas sin piedad. “Ahora se nos enseña a respetar lo que antes se nos enseñaba a destruir” – le digo a Ramón y él se suma al revisionismo: “Exacto. Sarmiento mismo era partidario de obsequiar la Patagonia a Chile porque según él estaba llena de bárbaros”

Pasamos por el prolijo pueblo de Comandante Luis Piedra Buena, con un parque temático de Paturuzú y canteros con césped (todo un lujo en la Patagonia costera) dividiendo las manos de sus escasas avenidas. Allí nos separamos, y después de 1:20 de espera nos subimos al Ford Ka de José, instructor de infantería, 49 años, dos hijas, dos nietas, y dos tropezones con la misma piedra (son sus palabras elegidas para referirse a las separaciones de bienes). Ahora volvía de visitar una amigovia en Buenos Aires. Volando por la ruta 3, José se lamentaba de no haber encontrado hasta ahora mochileros para llevar y conversar. Las fábricas de televisores, las guarniciones militares y la aventura petrolera han catapultado tantos hombres y mujeres hacia el paralelo 54 que ahora esta distancia con la cuna capitalina o provincial se convierte en una transitada pista. Los jóvenes vuelven a visitar a sus padres, los más adultos mandan a llamar a sus padres ya mayores, otros se retiran con una jubilación patagónica y vuelven al “norte” (como refieren a cualquier sitio arriba de Bahía Blanca), y los camiones de mudanzas van y vienen como camareros enloquecidos en una gran fiesta.

En medio a este torrente humano, el glóbulo José vuelve de una visita a Buenos Aires rumbo a su guarnición en Río Grande. Le pregunto por su profesión, ¿cómo andan las cosas en los cuarteles? Ahí viene lo interesante. Para José, convencido del rol de las fuerzas armadas como una capacidad de respuesta creíble para defender los intereses nacionales, no hay justificativo para el desmantelamiento progresivo inducido a través de los recortes presupuestarios. “Yo recuerdo ejercicios con tanques y artillería que los chicos que entran ahora jamás van a ver…” José hace un alto en la YPF de la entrada de Río Gallegos. Son casi las seis de la tarde, y no hay tiempo para hacer los 60 km restantes hasta la balsa. Por eso planea acampar detrás de la estación para salir mañana temprano y completar el último tramo hasta Río Grande, ya en la Isla Grande de Tierra del Fuego, a un paso de Ushuaia. Nos parece una buena idea hacer noche en casa de Luciana y Alejandro (miembros de Couchsurfing) y volver al otro día temprano para seguir viaje con José. El no tiene inconvenientes, y con ese trato pactado llamamos a nuestros amigos, quienes nos pasan a buscar.


Muy pronto nos damos cuenta que nos será imposible cumplir con lo pactado. Si bien Río Gallegos no era una parada en nuestro itinerario, con Luciana y Ale sentimos como si nos hubiésemos conocido por años. Predeciblemente, nuestros amigos son de otra parte, en este caso, Buenos Aires. Hace dos años salieron a la aventura, con la idea de llegar hasta Ushuaia y luego comenzar a subir por toda América Latina. Calcularon mal algunas cosas. Y vaya si los viajes no son un antídoto contra el cálculo… Así después de algunos intentos de revitalizar el diezmado presupuesto con macramé (instruídos por un peruano llamado Cofla en el camping de Puerto Pirámides) decidieron hacer base en Gallegos para generar ahorros. Acamparon dos meses en el jardín de una señora que les cobraba $30 por día aunque aseguraba con lágrimas de cocodrilo que rezaba por ellos todos los días en la iglesia. Aunque nunca había llevado un asado a término en su vida, Ale consiguió trabajo en una parrilla. Los ahorros comenzaron a mejorar, y pronto sacaron cuentas y comprendieron que quizás era una buena idea frenar un año y volver a salir con más herramientas. Lu comenzó a estudiar arte y Ale, coherentemente, gastronomía. Sus amigos comenzaron a pronosticarles –o desearles, porque son gente de amabilidad adictiva- que se terminarían quedando. Y ellos no tenían con que retrucarles. Un poco con el afán de convencerlos – y convencerse- es que compraron hace poco una combi Volkswagen modelo 86. El vehículo sirvió como ambulancia en la localidad de Pico Truncado y aún hace gala de sus sirenas y cruces en el costado, una joya.

La conversación se extendió tanto como las cervezas y, siendo las 2 de la mañana, era claro que no íbamos a madrugar para alcanzar el Ford Ka de nuestro amigo José, que en términos de su propio chofer e instructor de infantería de marina, “zarparía” a las 7 am. De hecho, tomaríamos la misma decisión consecutivamente durante cuatro días, culpa de tantas charlas con tereré, cerveza, o cuartos de helado de la Abuela Goye que traía Ale bajo el brazo cuando a las 11 de la noche volvía de la parrilla. En casa de Luciana aprendí también sobre la existencia de las engrampadoras portátiles. ¡Hace dos años que vengo viajando con una abrochadora de brazo largo enorme en la mochila! (¿por qué nadie me avisó?). Algunas noches cenamos en casa de Eduardo, un amigo de los chicos que trabaja como fotógrafo del gobierno en la localidad de Las Heras, a la que describió como “un escenario apocalíptico, con las cigüeñas de petróleo, el viento, las bolsas, los perros…” Entre asado en la casa de Eduardo y tererés en la casita de los chicos, también hablamos de esa necesidad que, sospecho, casi todos los que andamos boyando por el mundo albergamos: tener algún día un terrenito propio. Algunos lo visualizarán en el norte, otros en el sur, pero allí está esa fantasía muleta de los caminantes, evocada con cautela mientras amarramos nuestra inercia en alguna localidad remota. Desde que nuestros pasos siguen la ruta 3, repetidas veces hemos conocido viajero que llegaron al sur con una mochila pensando que estaban de paso, y terminaron trabajando o incluso radicándose. Será que si bien los precios altos los obligan a detenerse para recuperar fondos, los altos sueldos que encuentran los tientan para ahorrar hasta reventar el chanchito… Y si sobra para un terrenito, ¿Por qué no?



Nuestra estadía en Río Gallegos fue un trueque de energías. A Luciana y Alejandro, ver su pequeña casa repleta de mochilas, vernos armando nuestras postales artesanales, fue un recordatorio de que el suyo es un viaje momentáneamente amarrado, pero no deja de ser un viaje. A nosotros, su calor de hogar y sueños de un terreno nos hizo mirar por el ojo de la cerradura del futuro hacia donde algún día también caminaremos. Acaso el collar de guayruru que Luciana me armó fue el sello de los días compartidos por ahora. Nos despedimos de la arquitecta de semillas y su fiel escudero no sin un breve pucherito, y salimos a la ruta.

sábado, 13 de noviembre de 2010

RUMBO A LA ANTÁRTIDA EN EL MV USHUAIA DE ANTARPPLY EXPEDITIONS!!!

El MV Ushuaia de Antarpply Expeditions, nuestro vehículo hacia la Antártida
Amigos de todo el mundo, esta es la resumida histor ia de un suceso mágico, increíble… Como saben Laura y yo estamos realizando un viaje con el fin de unir Ushuaia con Groenlandia a dedo, mientras escribimos nuestro próximo libro. Aunque habíamos llegado a Ushuaia, teóricamente el fin del mundo, con la intuición de que algo más nos esperaba. No sabíamos qué. Si bien en Ushuaia terminan las rutas, también es verdad que allí se abren los mares, pues la ciudad es el puerto de partida hacia destinos aún más al sur. Muchos días pasamos por el muelle y observamos los veleros desde lejos. Muchos iban a Puerto Williams, en la Isla Navarino, frente a Ushuaia. Pero queríamos ir más lejos.

Sabíamos que había muchos cruceros que realizaban viajes de turismo antártico. También sabíamos que el precio de esos cruceros no estaba a nuestro alcance por el momento. Nos preguntábamos… ¿podrá alguna de estas empresas ayudarnos a llegar? ¿tendrá valor todo lo que viajamos ahora con el lema de retratar la vida cotidiana del mundo hasta en sus rincones más osados? Hay más de cincuenta operadores que van a la Antártida. Sólo una de estas empresas tiene bandera argentina. Ellos son Anttarply Expeditions. Allá fuimos, con una carpeta bajo el brazo para explicar nuestro proyecto editorial y educativo, nuestro desafío… No tengo el tiempo para contar ahora cada detalle.. Fue todo muy rápido. La propuesta. La respuesta. Teléfonos sonaban en Ushuaia, directores de marketing evaluaban la propuesta desde Londres. El celular de Laura sonaba mientras hervía el agua para el arroz. Yo no escuchaban lo que le decian del otro lado. Ella levantaba un pulgar sonreía. Yo la alzaba en el aire. Desde el techo, Laura se sacó el teléfono de la oreja y me dijo: ¡nos vamos a la Antártida! En tres horas tenemos que abordar el MV Ushuaia, de Antarpply Expeditions, rumbo a la Antártida. Estamos muy emocionados:Laura y yo viajamos juntos hace poco tiempo, pero nuestros primeros pasos están desatando huellas en una de las últimas fronteras…

Durante 10 días no podremos contestar mensajes. Redefinimos objetivos: ¡De la Antártida a Groenlandia!

EVENTOS EDUCATIVOS EN PUERTO DESEADO Y SAN JULIAN

A pesar de que el proyecto educativo que Laura y yo llevamos adelante mientras viajamos es gratuito, nos cuesta algunas veces llegar a las escuelas por las burocracias del sistema. En otras ocasiones sucede lo contrario, como en Puerto Deseado. Nosotros hacíamos dedo en las afueras de Caleta Olivia con la idea de llegar a San Julián, donde sí teníamos un evento agendado. Entonces nos frenó Anibal, un constructor oriundo de Chimpay, Río Negro, pero residente de Puerto Deseado. Con tal de que conociéramos su pueblo, Aníbal llamó por teléfono desde la ruta a sus contactos, y pronto estábamos dando una charla en la Fundación “Conociendo Nuestra Casa”.

La Fundaciòn está dirigida por Marcos Oliva Day, un referente local en historia, y también protagonista de diversas hazañas, como estar en el equipo que encontró el naufragio de la Corbeta Swift o cruzar el Cabo de Hornos en kayak. La ida de la fundación es promover entre los jóvenes el conocimiento de su propia ciudad, de la región patagónica, y del mundo, “como capas de una cebolla” y está orientada al cuidado ambiental.



En puerto San Julián la historia era distinta. Desde hacía semanas nos esperaban, gacias a la coordinación de Cristian, un lector, en la Universidad de la Patagonia Austral. A pesar de algunos inconvenientes técnicos pudimos mostrar las fotografías, aunque en la pantalla de nuestra netbook! La gente de la UNPA tuvo la mejor disposición, prepararon afiches y nos arreglaron entrevistas con las radios. La secretaria de extensión, incluso, nos invitó a almorzar pejerrey a su casa. ¡Gracias San Juliàn!



viernes, 12 de noviembre de 2010

RECUPERANDO EL TIEMPO Y LA SORPRESA EN PUERTO DESEADO

Dejamos Comodoro Rivadavia pensando en la lengua tehuelche, que ya no transporta el viento. ¿Extrañará el viento a esos indios altísimos, pacíficos y envueltos en cueros de guanaco? Enseguida nos frenó una doble cabina de una pareja de inmigrantes norteños que juraban ser de Comodoro, aunque luego se delataron al decir que iban por primera vez a Caleta Olivia. Del espejito colgaban dos bolas de boliche en miniatura –y yo recordaba los estereotipos del petrolero que me habían enseñado en Comodoro- Pasamos junto a hermosas playas a las que pronto nadie tendrá acceso porque se transformarán en barrios privados para los favorecidos, y llegamos a Caleta Olivia. Era un poco tarde y más fuerte que las ganas de cruzar toda la ciudad con las mochilas a cuestas fue la tentación de llamar a Mariela y Darío, dos amigos de Raúl, nuestro anfitrión en Bahía Blanca. En una cálida casa de madera de dos pisos cenamos guiso, con vino tinto a tono. El retrato de Guevara nos mira desde el muro, con breves ráfagas de Parkinson asestadas por el viento. “Si la casa se mueve no tengan miedo” – es la frase con que Mariela nos da las buenas noches- Como Comodoro, Caleta tiene esa estética que condensa crecimiento económico con improvisación en todos los demás aspectos.

¿Y después de Caleta qué? Bueno, íbamos para San Julián, teníamos allí una charla agendada en la Universidad de la Patagonia Austral. Se lo intentamos explicar a Aníbal, un constructor que nos levantó con su Ford Ranger mientras resistíamos el embate del mismo ululante viento que alguna vez sustentó al aeroplano del piloto y escritor Antoine de Saint-Exúpery. Aníbal es rionegrino y se jacta de ser el introductor del ladrillo macizo en la zona (en lugar del tradicional bloque hueco). Va hacia Puerto Deseado, donde vive desde hace 16 años, y nos quiere llevar a toda costa. “Es que tenemos que dar una charla” – nos disculpamos. “¿Y no quieren dar una charla en Puerto Deseado?” Antes de que llegáramos a un acuerdo, Aníbal ya había llamado al secretario de gobierno, y a una amiga suya que trabaja también en la municipalidad. Al cabo de un par de llamadas más Aníbal ya tenía todo arreglado para nosotros. Mientras el viento arrancaba el retrovisor como si fuera un cangrejo invisible, Aníbal nos contaba que su amiga Pamela estaba dispuesta a alojarnos. Y claro, no pudimos decir que no. Con un mensaje de texto pospusimos el evento en Puerto San Julián y dejamos que la Ranger nos llevara a los designios deseadenses. Antes de llegar, sin embargo, pasamos por un simpático pueblo de casas de chapa coloreadas llamado Jaramillo, que es también el lugar de fallecimiento de Facón Grande, uno de los líderes de la revuelta de los peones de la esquila de 1921, retratada en “La Patagonia Rebelde” de Osvaldo Bayer.


Aún con las mochilas en la caja, bajamos de un salto a una radio donde ya nos esperaban. Aún no hemos visto nada del pueblo, pero ya nos estamos presentando, confesando al aire los kilómetros recorridos y alguna que otra anécdota. En la radio nos atienden con entusiasmo, y coordinan para que la noticia salga también en el diario local. De allí otra vez a la camioneta de Aníbal. Esta vez vamos a la casa de Pamela, una joven empleada municipal oriunda de Orán, Salta. Que una chica de Orán sea empleada municipal en Puerto Deseado refleja perfectamente el fenómeno de migración interna de nuestro país. Pamela había intentado conseguirnos el albergue municipal, pero como este estaba ocupado por los participantes de un campeonato de gimnasia artística ¡nos deja su propio departamento! Es una sección de una tradicional vivienda “magallánica”, de exteriores de chapa y techo a dos aguas, aunque reciclada en el interior.


Salimos a pasear por el pueblo. Por la calle, la gente nos mira casi con sorpresa. No son muchos los visitantes que recorren los 120 km umbilicales que separan al pueblo de la ruta 3. Sin embargo, el pueblo puede jactarse de haber recibido visitantes famosos. En 1520 Hernando de Magallanes utilizó el puerto natural que proporciona la ría para refugiarse de una tormenta. La ría, con 42 km de largo, es una entrada del mar en el cauce seco de un río. Mirar a la ría desde el promontorio rocoso es un espectáculo. Es raro ver el oleaje y los tonos propios del mar en el formato estrecho de un río. Similar remanso encontraron en este puerto natural todo tipo de navegantes. En 1586, el corsario inglés Thomas Cavendish, bautizó al sitio con el nombre de su nave: Port Desire, que luego desembocó en el topónimo español actual. En esa época en que los ingleses navegaban alegremente por los mares saqueando o investigando – o haciendo las dos cosas al mismo tiempo- llegaron Fitz Roy y Charles Darwin a bordo del Beagle.




Los puertos patagónicos tienen cada uno su propia antología marítima. En el caso de Puerto Deseado, sin embargo, el estigma también es ferroviario. El pueblo marcaba el inicio de un ramal pensado imaginariamente sobre la estepa, que debía llegar hasta el Nahuel Huapi, pero que se quedó en Las Heras. Un transporte por dónde sacar a puerto algo tan suave como la lana requirió el oficio de picapedreros yugoslavos. Su obra es aún visible, la estación que data de 1909 y es hoy un museo impone respeto cual un castillo. Dentro, no sólo hay una colección de objetos, sino que se encuentra amurallado el espíritu de una época. Uno de los exferroviarios nos cuenta la historia de cómo el pueblo se alzó para evitar el desmantelamiento de la estación y del material rodante. El ícono de esta victoria es un coche reservado de 1898 restaurado y expuesto en una plazoleta. En el antiguo bar, entre antiguas carteles publicitarios de Campari y La Anónima, nuestras pisadas arpegian ecos en el noble suelo de madera. ¿Acaso abordaremos el próximo tren al Nahuel Huapi? Después de visitar la estación, nos acercamos a la iglesia. No por súbita conversión, sino para observar de cerca algo pensado para ser observado de lejos: la única iglesia-faro de Sudamérica. Queremos subir, pero las escaleras no tienen baranda y el viento hace oscilar toda la torre.




Al día siguiente, como planeado, realizamos una charla en la Fundación “Conociendo Nuestra Casa”, como parte del evento educativo que Lau y yo realizamos mientras viajamos. (Para más info, lee aquí) El fundador de la fundación es Marcos Oliva Day, un héroe local que relata con serenidad y hasta deferencia las desventuras de los navegantes que desafiaron estas aguas. Fue uno de los artífices del descubrimiento de la Corbeta Swift, una nave corsaria inglesa hundida en 1660, y además anduvo en kayak por el Cabo de Hornos. Con ese historial es lógico que no le tiemble el pulso al contar cómo los cien tripulantes de la expedición de Santiago de Gamboa murieron de hambre en Tierra del Fuego. Luego del evento, llena deja caer la cerveza negra en mi copa con los mismos cautos modales que habrán tenido aquellos históricos almirantes. Acaso sea uno de ellos traspapelado en el tiempo. Al escuchar tantas historias es fácil confundirse. En una de esas, para Ushuaia nos vamos en una goleta holandesa…



Y antes de salir, visitamos a la gente de la Secretaría de Turismo. Queríamos pedir algún folleto, pero nos escucharon en la radio, y es el mismo secretario el que nos sube a su vehículo particular y nos lleva a recorrer la ría, donde fotografiamos cormoranes que anidaban en los riscos mientras el viento insistía en levantarnos como barriletes. Quizás el viento, tan presente en esta semana de viaje, también quiera decirnos algo. Todo este tiempo, veníamos viajando con cierta prisa, con la secreta esperanza de poder llegar al Laicrimpo (Encuentro de Salud Popular) de Formosa el 9 de noviembre. Desde Puerto Deseado en adelante, nos dejamos llevar, por el viento, por los camiones… volvemos a apropiarnos del tiempo. Allí donde no esperábamos nada, lejos de nuestro ilusorio itinerario –y del de la mayoría de los viajeros- fuimos recibidos como reyes y alentados a quedarnos. Un constructor –Aníbal- terminó coordinando un encuentro educativo y un secretario de turismo haciendo visitas guiadas en su propio coche. Más que haber visitado el pueblo, sentimos que el pueblo nos visitó a nosotros, nos abdujo de la Ruta 3 y nos “secuestró” a fuerza de atenciones. Quizás haya incluso una moraleja cifrada en su nombre. Puerto Deseado, dice el mapa. Después de nuestra visita, confirmamos que los mejores hallazgos no son los que andábamos “deseadno”, mapa del tesoro en mano con la “x” 50 pasos al norte, sino los que evaden los limitados marcos de nuestros itinerarios y deseos. Puerto no deseado, tesoro hallado. El tao y la mar en coche.