domingo, 31 de octubre de 2010

EMIRATO COMODORO Y LOS TROVADORES DE OTRA COSA

Hacemos dedo en una estación de servicio en las afueras de Madryn. Algunos perros flacuchos merodean nuestras mochilas con pasos desmantelados. Ni nosotros ni ellos somos perdonados por el viento. El viento desgrana, atomiza la Patagonia y la desparrama como si esa arenisca fuera el polen de la mismísima nada. Tenemos por delante 460 km de ruta 3. Con lo que nos costó llegar a Madryn desde Viedma, no podemos creer cuando después de esperar apenas 35 minutos nos estamos yendo en el VW Golf de un viajante hacia Trelew. Pasamos tierras de colonos galeses. La historia de la colonización galesa es muy divertida. Ya es divertido que un par de goletas llenas de pelirrojos haya desembarcado en estas costas huérfanas en 1860 con la única idea de huir del imperialismo inglés. Y allí se fueron a encontrar con una cultura nativa de esas antípodas, tan dispar que bien podría pensarse en ese encuentro de culturas como en un tubo de ensayo de la historia. Allí estaban los tehuelches, altos, los hombres con una estatura promedio de 1,80 metros, envueltos en pieles de guanacos, adaptados al medio. Del otro lado, los citados pelirrojos, mineros del carbón ellos, hábiles reposteras ellas, casi ineptos para la agricultura. Convivieron pacíficamente por décadas, intercambiando carne de guanaco por harina y productos del agro. La campaña del desierto condenaría a la etnia tehuelche. Sin embargo, no deja de sorprenderme que en esos 20 años hubo tiempo para que los hijos del cacique tehuelche llegaran a hablar el galés fluido y oficiaran como traductores en los intercambios. Sólo un sitio tan especial como la Patagonia podría haber alojado una cruza tan especial.

En Trelew volvemos a preguntar en la estación de servicios y en unos 20 minutos estamos subidos al Citroen C3 de Cacho, un técnico que trabaja en el petróleo. Nos lleva a Comodoro, pero antes se encarga de confirmar la mala fama que la ciudad ya se ha ganado aún antes de que lleguemos. “No es por tirarles mala onda, pero la ciudad es muy fea, cara, y la gente es muy amarga” ¿Algo más? La ruta 3 es un trance perpendicular al horizonte. En los 360 km que nos quedan Cacho nos explica que la ciudad vive del petróleo que fue descubierto allá por los años 20. Esta rentable actividad ha transformado a la ciudad en un polo atractor de población de todo el país e incluso de los países vecinos. La gente llega atraída por los altísimos sueldos que genera la industria del petróleo, pero como esos mismos precios elevan toda la escala de precios, terminan habitando conglomerados improvisados en las afueras de la ciudad, porque no es fácil acceder a un alquiler sin tener antes estabilidad laboral.

Muy pronto el Emirato Comodoro está frente a nosotros. Amplio, amorfo. Las ciudades patagónicas irrumpen en la estepa como incrustaciones de humanidad en un paisaje lunar, indiferente e inalienado por la actividad del hombre. No hay entre ciudad y ciudad una relación de grado, un continuum enlazado por el campo también al fin y al cabo cincelado por el tractor, el arado y la semilla. Y así en medio de ese paisaje baldío emerge una serie de barrios, planes de vivienda y edificios gubernamentales de mal gusto que los mapas designan como Comodoro Rivadavia.


En el Emirato Comodoro teníamos el contacto de Francisco y Laura y sus hijos, una familia local. Local es una manera de decir. Francisco nació en Piura, Perú y emigró 25 años atrás a la Argentina, donde hoy trabaja como ingeniero. Su mujer Laura es de Las Rosas, Santa Fe, y es jefa de la carrera de enfermería en la universidad. Para nuestra sorpresa ninguno de ellos nos abrió la puerta cuando tocamos el timbre. En cambio, allí estaba Jeniffer, una viajera colombiana que había conocido en Mar del Plata en una reunión de CS, junto a su compañero de viaje australiano. Tan hospitalaria eran los dueños de casa que nos alojaban a los cuatro.


Si me preguntan qué rescato de nuestra estadía en Comodoro Rivadavia, eso fue el contraste de valores a los que mi mente se expuso en poco tiempo. Por un lado los dueños de casa eran cristianos practicantes, de acción, habían alojado a decenas de viajeros de todas las culturas, sin dudar en dejarles la llave de su hogar, y compartiendo su mesa con ellos, siempre dispuestos a ricas conversaciones de sobremesa. Después estaba Jennifer, nuestra amiga colombiana de 22 años que viaja con la confianza en el universo como única brújula. Y afuera está el Emirato Comodoro, una tierra habitada por aluviones de gente que ha llegado con la única intención de hacer una diferencia. Como consecuencia, impera en el aire un consumismo galopante, una tensión, y una sensación de vacuidad.

El Emirato es feo, ya lo dije. Su desprolija arquitectura podría calificarse de ecléctica para ser amables. Da la impresión de que la ciudad hubiera sido ensamblada con la certeza de que tener que evacuarla en 20 años. Como toda meca económica, mucha gente llega con la idea de ahorrar dinero y volverse, por lo que edifican viviendas precarias sin demasiado planeamiento. A muchos de estos barrios improvisados en las laderas se los denomina “tomas”, debido a su status ilegal. Es increíble que en una región desértica e inhabitada un terreno qualunche cueste 250.000. Esa especulación inmobiliaria es la que hace que la gente termine generando de la nada sus viviendas como puede y donde puede. A esto, la municipalidad responde tolerando la presencia de los nuevos huéspedes a cambio de que estos no reclamen los servicios básicos de agua, gas, teléfono… Como nos cuenta un abogado local cuya identidad protegeremos: “Acá en Comodoro pasa de todo, los recién llegados repiten el sistema, entre ellos se subalquilan lotes, se discriminan y cobran peaje”.
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El otro tope de esta pirámide laboral son los petroleros, el gremio depredador de la economía comodorense. Para darse una idea, un ayudante de boca de pozo, sin formación técnica, está cobrando unos $8.000. Sueldos de $15.000 son bastante comunes en el sector. Invitados a comer un corderito patagónico en casa de Andrea, una lectora amiga, escuchamos a una decena de habitantes de Comodoro referirse al estereotipo petrolero. Reconciliados milagrosamente con el sistema que antes miraban desde afuera con la ñata contra el vidrio, la gente recién llegada del norte del país se encuentra con que “ganan 15.000 mensuales y sale corriendo a comprar un plasma. Muchas veces habitan viviendas que se caen a pedazos, pero afuera tienen una Hi-Lux…” – como dijo Matías, uno de los comensales.


En la calle, ya habíamos escuchado a un integrante de la tradicional clase media no petrolera, embatir contra los new Rich: “Como si un villero de la noche a la mañana comenzara a ganar un sueldo de 12.000 pesos. Se los gasta en putas y en drogas. No tienen planificación ni cultura del ahorro”.

A nosotros lo que nos queda claro es que en Comodoro la plata circula, y los comerciantes aprovechan. Se vive un micro-clima de inflación acentuada, donde un kilo de morrones cuesta $40, y cualquier par de zapatos de mujer evidentemente traído del Once pasa los $300… Es común escuchar que los precios están en petro-pesos… En el supermercado, vimos asombrados a la gente llenar sus carros, algo que no veíamos desde hacía años, y en la calle, es difícil ver un Dodge 1500. Todo esto debería traducirse en calidad de vida y ojalá algún día lo haga. Por ahora, Comodoro es un buen sitio donde ahorrar dinero a costa de vivir en una cruza de ciudad con baldío donde un cuarto de la ciudad se amontona en asentamientos ilegales en un cerro.

El contraste a este materialismo lo ofrece Jenifer, la viajera colombiana. Con apenas 22 años a Jenifer la impulsa una fe ciega en el universo. Llegó al país hace dos años, y estuvo trabajando en Buenos Aires y Mar del Plata antes de salir a la ruta para recorrer el continente de sur a norte. Lleva consigo su cuenco tibetano, una especie de olla de una aleación especial que genera sonidos armónicos al ser golpeada o frotada con una vara de madera. La oscilación y la vibración hacen que el agua de la que esta lleno el cuenco comience a burbujear como si estuviera hirviendo. Jenifer nos sienta a todos en una ronda y nos pide que pensemos en nuestros deseos. Nosotros pensamos en nuestro viaje, en el largo camino que nos espera hasta Groenlandia. El agua del cuenco comienza a burbujear con más intensidad, como si sintonizara con nuestra intención.



Quizás Jenifer representaba las antípodas espirituales del Emirato Comodoro. Afuera todo materialismo, conversando con ella, todo era energía y universo. Y tuvimos oportunidad de presenciar un eclipse de Jenifer y Comodoro, cuando en una caminata por las playas de Rada Tilly terminamos charlando con una universitaria local. La chica se llamaba Verónica y además de estudiar tenía un buen trabajo en una aerolínea. Lo genial era que no podía comprender ni jota de nuestro estilo de viaje. Laura y yo, con algunos años de más, no nos molestamos demasiado en abordar cada detalle, pero Jenifer y sus 22 años envestían con toda su inocencia y brillo contra la muralla de sentido demasiado común de Verónica. ¿No te molesta no saber de que vas a vivir mañana? – le preguntaba. Y Jenifer simplemente respondía: “Cuando uno necesita dinero le transmite la intención al universo y el dinero llega, así de sencillo. Yo entiendo el dinero como una forma de energía. Allá en Colombia ya tuve un departamento lujoso y estudié en una universidad cara y entiendo ahora que todo es una ilusión".
Verónica no estaba tan de acuerdo, pensaba trabajar los próximos cinco años para comprarse un terreno, y luego los próximos diez para construir una casa. Actualmente alquilaba sola, después de haber compartido mucho tiempo con otros estudiantes, y estaba ahora orgullosa de “haber conquistado ese espacio”. Por ese mismo motivo admitía que jamás podría compartirlo con personas que no fueran amigas, y que por eso no se anotaría en Couchsurfing. Al mismo tiempo declaraba que Comodoro es “una ciudad que te hace crecer”. Evidentemente se refería a un crecimiento tan centrado en lo económico que pasaba por alto la capacidad de compartir. Y esa misma tensión, esa misma ética mercantil nos pareció que se respiraba en el resto del Emirato, en las calles, en los diálogos breves y ásperos entre sus habitantes. En el epicentro de la petro-fiebre, Jenifer con su cuenco tibetano burbujeante y nosotros con nuestro planisferio lleno de flechitas éramos algo así como desalineados y sonrientes trovadores de otro tipo de crecimiento, menos cuantificable, que poco tiene que ver con el aumento del capital.

DERRAME DE PETROLEO EN POZO DE TECPETROL

Hace poco observé en un centro interpretativo unos paneles explicativos sobre la vida del pinguino emperador. Al pie de cada panel era visible el logo de la empresa petrolera TOTAL. Imagino que habrán donado la impresión de las gigantografías. También imagino la cantidad de pinguinos muertos por empetrolamiento, una experiencia que conozco de cerca siendo que mi hermana es bióloga marina y llegamos incluso a tener un pinguino "recuperado" en casa por algunas noches. El texto de los paneles incluso decía que la cantidad de ejemplares de una pinguinera x había descendido de 3 millones a 270.000 en 80 años. Citaba -y se notaba la habilidad del redactor para evadir denunciar a su auspiciante sin dejar de decir lo suyo- que las causas "podrían legar a estar relacionadas con el aumento de la temperatura de las aguas y otras causas ambientales". Por eso subí este video, cuya fuente queda en el anónimato. Vemos un derrame de dimensiones importantes (para entender la escala prestar atención al tamaño de los tanques que se ven detrás). Lo mismo sucede en altarmar, en las plataformas marinas, o con los buques petroleros. No hay impacto ambiental cero, ni extracción petrolera o minera segura. Hablan las imágenes...

sábado, 23 de octubre de 2010

PUERTO MADRYN ANCLADA EN EL AFECTO


Cuando uno viaja suele caer en el error de creer poder anticipar en que consistirán las experiencias a ser vividas en cada destino. De acuerdo a este hábito heredado del turismo, asumiríamos que si vamos a Puerto Madryn, es sólo para ver ballenas, si vamos a Baviera, para beber cerveza y en Egipto para ver Pirámides. Ahora bien, bajando un cambio y haciendo lugar para que cada lugar nos sorprenda, la anécdota puede tener que ver con eventos impensados que si bien no reemplazan al “motivo fetiche” (ballenas, torres Eiffel, etc) las igualan en el plano, compiten por la intensidad con estas como las hierbas por el sol.

Así, nuestra visita a Madryn no podía dejar de lado una exploración de la Península de Valdés y su fauna marina, pero Madryn iba a quedar anclada en el afecto no tanto por esta última sino por la gente que allí conoceríamos. Laura y yo llegamos a la ciudad con predecible curiosidad por los cetáceos y pinnípedos, blindados contra la intemperie por el contacto de Patricio, un lector que había pedido un ejemplar de “Un Tango en Tíbet”. Como prometido, se le llevábamos a domicilio, y él había subido la apuesta ofreciendo alojamiento. Allá íbamos, cansados, aún azotados por una espera de 4 horas en Viedma, y animados por un mensaje de texto recibido en ruta en que Pato nos decía: “Acá van a poder descansar”.

Mientras desayunábamos en la terminal de Madryn, Pato nos hizo una breve introducción de su vida. Oriundo de La Dulce, provincia de Buenos Aires, llegó a Madryn para dirigir el equipo de básquetbol del Club Almirante Brown. Sin conocer nada más de su vida, me parecía extrañísimo, por mis propios prejuicios, que un entrenador de básquetbol podría tener interés en los viajes de mochilero. Casi intuyendo que intentábamos armar un rompecabezas con muy pocas piezas, Pato arremete “Amo el básquet, pero tengo dilemas morales con mi profesión”. Mientras lo dice sonríe, me animo a decir que disfruta nuestro desconcierto. Antes dirigía en primera, pero luego se hizo a un lado asqueado por la ambición económica de los jugadores profesionales. “¿Cómo no siente culpa de ganar tanto dinero”? Con 26 años, el pelo –y la libertad- hecha rodete, y estos dignísimos dilemas, Pato es un tigre en el que anida un salto. Le contamos los detalles de nuestro viaje y compartimos con él la felicidad de estar viajando juntos. El nos sacude con una cita de Borges y de Alexander Supertramp. Resulta que escribe. Las historias que amagase quedan, por lo general, en el primer capítulo, por lo que se jacta de ser el escritor con más primeros capítulos de la literatura universal. Nuestro polifacético nuevo amigo nos sube a un remís y nos lleva hasta un departamento que ha arreglado para nosotros. Abajo cocina y comedor, arriba habitación. No sabemos cómo agradecerle. Con horas acumuladas sin sueño, caemos desplomados sobre el colchón.´



No esperen aquí una descripción wikipeidiana de los excelsos nadadores que anidan, se aparean o simplemente adornar este surtido patagónico de puntas, penínsulas y golfos. Algunas impresiones y datos sí me parecen de interés. En mi primer lugar debo aclarar que teníamos todas las excursiones gratuitas gracias a que Laura se pasó cuatro años delante de una computadora vendiendo Madryn, Ushuaia y Calafate a extranjeros que compraban por Internet o teléfono. (En una ocasión, un italiano se quejó de que le habían vendido una excursión a Bariloche y que allí no había podido ver el apareamiento de las ballenas). A pesar de que Laura ama su profesión de licenciada en turismo, siempre hace hincapié en que vendía paquetes que no compraría. En este caso sus contactos nos vinieron bien, y al otro día una transfer nos pasaba a buscar por la puerta del departamento para llevarnos a la Península de Valdés. Este Acróbata del Camino se puso lentes negros para que nadie lo descubriera y haciéndose el otro se subió al mini-bus atiborrado de turistas bien desayunados.

Nuestra guía se llamaba Marcela. Cuando tomó un micrófono yo pensé que iba a cantar, pero no, lo utilizó para interrumpir la modorra de los turistas bien desayunados pero mal dormidos con una lección de historias sobre colonos galeses, piratas ingleses y autoridades con bigotes que ahora pueblan billetes. Después de un buen rato por el ripio llegamos hasta donde estaban los elefantes marinos. Con su aletargado gigantismo esbozado sobre el pedregullo, parecen unos vagos inexcusables. Sin embargo, acaban de llegar de una travesía de 400 km desde el talud de la plataforma continental. Son animales increíbles, que bucean hasta los 1000 o 1500 metros para pescar.



Las ballenas merecen párrafo aparte. Mi último contacto con una había sido en el plato de un restaurante en el poblado noruego de Gamvik, en el Ártico. Antes de acusarme de terrorista ecológico recuerden que en las carnicerías argentinas se venden costillas y milanesas de dioses hindúes por kilo… Nos embarcamos junto a otras 50 personas desde Puerto Pirámide, donde un inmenso tractor Zanello remolca las lanchas de avistaje. Aún antes de ver la primera ballena, no podía alejar de mi conciencia dos pensamientos. Primero, que mientras que el humano considera a los cetáceos criaturas inteligentes, mamíferos sensibles dotados de un lenguaje indescifrable, las ballenas deben considerar al bípedo un ser chismoso, un merodeador entrometido, un paparazzi de la escala zoológica. El ser humano anda como voyeur festejando especies a cuyo acorralamiento suscribe con el resto de sus hábitos sociales. Hay verdades incómodas, pero cargar el tanque del auto es fomentar el calentamiento global que disminuye la concentración del krill del que se alimentan las ballenas. Por supuesto, todos los turistas llegan en auto, y muchos aceptarían tener uno para cada miembro de la familia si fuera posible. Porque claro, hay que llevar a los chicos a la escuela. Para que les enseñen que hay que cuidar el medio ambiente por ejemplo… Incluso nosotros caemos en parte en esa contradicción, al viajar a dedo y utilizar automóviles, aunque me consuelo pensando que sólo ocupamos un lugar vacío en un automóvil que ya está en movimiento. ¿Y las ballenas? Claro, estaban ahí, mononas, ingenuas, aleteantes, con un géiser montado en el lomo, algunas solas y otras con sus ballenatos. Alguna vez cazadas por balleneros ingleses que procuraban el aceite para iluminar su imperio, hoy sobreprotegidas y finalmente valoradas.



Y luego están los pingüinos y toninas. A los primeros lo vimos en Punta Tombo, y a las segundas, embarcados desde el puerto de Rawson. Los pingüinos son budistas perfectos. Inmutables, ante el avance de la dulce patota de turistas, parece ser ellos los que están avistando humanos. Hay un camino marcado para los turistas que deberían, en teoría, caminar sigilosos ya que están en un área protegida, pero en cambio lo hacen a los gritos como lo harían en un Shopping. Una mujer incluso se quejó de que había pagado y no le permitían tocar a los guanacos…




De vuelta en Madryn pasamos a la casa de Karina y Marcelo, un matrimonio amigo de Pato. Mientras esperámos el colectivo para mudarnos comenzamos a hablar con el verdulero y su familia, gente llegada de Bahía Blanca, quien al enterarse de nuestras pretensiones de unir el continente nos compra algunas postales artesanales para ayudarnos. Karina y Marcelo son nativos de Necochea que llegaron con sus dos hijos, Nacho y Juan Bautista a Madryn. El básquet es también el nombre del sistema planetario en el que gira esta familia. Marcelo es entrenador, y según las idas y venidas, han trasladado el juego de su vida a Tres Arroyos, Plaza Huincul y hace seis años, a Madryn. Apenas habíamos intercambiado algunas líneas por internet con Karina, pero no bien llegamos nos sentimos adoptados por esta familia justo en un momento en que necesitábamos algunos mimos. El tono con que Karina dijo la palabra “bienvenidos” avalaba la sinceridad de su significado.

En los tres o cuatro días que compartimos con Karina y Marcelo aprendimos muchas cosas, y entendimos que nada en un viaje sucede al azar. Primero, no sabía que el básquet era tan fuerte en Patagonia. Marcelo me explica didácticamente que el deporte fue creado en 1881 en EE.UU. por un profesor de educación física en busca de una actividad para el clima invernal. Aquí en la fría y borrascosa Patagonia, el básquet se practica en gimnasios calefaccionados. Tampoco conocía el detalle de las internas de clubes, y de los dirigentes resultadistas que negocian con jugadores. Marcelo y Pato han compartido campañas en muchas divisiones pero también clínicas de básquet en recónditas poblaciones patagónicas de las que tienen mil y una historias. Con verlos relatarlas, uno se da cuenta que estos dos hombres se entienden con sólo mirarse. Y la nueva generación viene en camino: Karina se debate entre su instinto de madre y su conocimiento del básquet al saber que tarde o temprano deberá dejar que Nacho (13 años), que recientemente fue convocado para un torneo en Colombia, suelte amarras. Los barcos están seguros en el puerto, pero fueron hechos para navegar.




El tema de la libertad parece el eterno pívot de esta increíble familia basquetbolista. En ellos que han diseñado a medida su propio estilo de vida cualquiera vería campear la libertad construida y defendida día a día. Agotamos pavas de mate charlando sobre el tema, tanto con Kari como con Pato. Con Kari sentimos que nuestra presencia le ha acercado un poquito el mundo de los viajeros. Esta ha sido la primera vez que hospedan gente que no ha llegado para picar una pelota en algún torneo, sino viajando. Y el sueño más importante en la vida de Karina, después de formar una familia, ha sido precisamente éste: viajar. Para Kari, decidirse a alojar viajeros es, de esta manera, otra manera de seguir conquistando la libertad, y nosotros estamos súper-felices de estar involucrados.

En el caso de Pato, la coherencia con que está abordando sus propias búsquedas nos dejó asombrados. Después de ver juntos nuestra proyección fotográfica, nos dice con un semblante que acusa recibo de las imágenes: “Uds. han andado por los márgenes…” Es una sentencia que incluye el hastío del centro, de la aterciopelada rutina, de las certezas pétreas ofrecidas por nuestra sociedad. Patricio habla pausadamente, espeta cada palabra con la meditación de los sabios y la resignación de los condenados. Uno confraterniza al instante con otros cazadores de sí mismos, que para lograr ese ansiado auto-conocimiento tienen que primero despegar hacia el mundo y hacer escala donde caiga la perinola.

Estos son nuestros primeros pasos en la Patagonia. Caminamos sorprendidos por una ciudad donde las casas no tienen rejas, donde abundan los automóviles 0 km, donde la gente parece tener muchas menos preocupaciones que en el resto del país. Muy pocas de las personas con que hablamos son de aquí. El verdulero, Heraldo Dueñas, es de Bahía Blanca. Mientras esperamos un colectivo junto a su comercio nos pregunta a dónde vamos. “A Groenlandia!” – respondemos. Pronto sale toda su familia a darnos charla e incluso nos ofrecen llevarnos en auto a la ruta cuando debamos salir de Madryn a dedo.




Además del turismo, otro de los motores de la economía de Madryn fue la fábrica de aluminio ALUAR, que opera desde 1973 y que emplea a miles de personas. Los filtros de la fábrica se colocaron en ese mismo año, pero hay quienes dicen que nunca los renovaron, de manera que la cantidad de tóxicos que envían al mar son los responsables de que la ciudad tenga el segundo índice más alto de cáncer del país. Investigadores del CONICET ya encontraron todo tipo de mutaciones en el lecho marino, incluyendo caracoles hermafroditas que estaban fuera de todo catálogo. En Madryn ALUAR es un tema tabú: todos saben lo que pasa pero lo justifican con un resignado “Madryn progresó con ALUAR”, y dejan puntos suspensivos rezando que uno cambie de tema.

Retomando el inicio de este texto, llegamos a Madryn pensando en ballenas y nos fuimos sabiendo el ABC del básquet. Por sobre todas las cosas, nos vamos fortalecidos después de haber conocido a Pato y a la familia de Karina y Marcelo, con quienes sentimos que establecimos un sincero trueque de mimos familiares por inspiración libertaria. Cuando nos dejan en la estación de servicio a las afueras de Madryn, para seguir nuestro viaje a dedo, los abrazos no tienen fin. Somos viajeros a prueba de anclas, salvo cuando están forjadas con tanto cariño que cuesta armar la mochila y regresar al camino…

sábado, 16 de octubre de 2010

PRIMEROS PASOS PROTEGIDOS POR SCANIAS MATERNALES Y HASTA AVALADOS POR EL ALGEBRA


Salimos al final de San Nicolás tras cuatro meses de preparativos. José, el papá de Laura, nos llevaba hasta Pergamino para que nos enfrentáramos al primer tramo de ruta de esta aventura, de este viaje maratónico con destino a Groenlandia y escala en coordenadas impredecible de este planeta. Si un lugar existe, tiene ya un número en esta lotería que sortea nuestras pisadas. Si existe, queremos ir ahí. Y allá vamos…A José le toca darnos el primer empujoncito hasta Pergamino, quizás por eso sintoniza con su propio sueño: el barco que construye desde hace una década. “Cuando lo termine –anticipa y advierte- voy a sentarme sobre la cubierta a tomar un whiskey, voy tirar la caña al mar pero sin carnada, para que nadie me moleste…” Tras la despedida, Lau y yo estamos solos en la ruta. Pensamos en ir a Mar del Plata por el interior de la provincia esquivando Buenos Aires, para luego ir bajando hacia Ushuaia.

En 10 minutos, se detiene el primer vehículo del viaje, un camión IVECO que llevaba fertilizante a Junín. Lo vemos estacionarse y levantar polvo en la banquina. Pero lo más increíble es la inscripción que vemos en la lona anaranjada. Allí dice bien clarito: “Transporte El Sueño”. Y nos subimos tan agradecidos que el camionero escasamente entiende la trascendencia del momento. El viene cansado, volvió de un flete de 15 días por medio país, estuvo media hora con su familia y volvió a salir, esfuerzo que hace porque de a poco está terminando de pagar su propio camión. En Junín nos esperan Luján y Matías, antiguos compañeros de Lau en la carrera de turismo. Hacemos nuestra primera parada, y aprovechamos a probar las extrañas “tortas de trigo”, peculiares bocados del tamaño de una hamburguesa que sobreviven en esta localidad en medio a tanta comida chatarra.
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De Junín a Mar del Plata son unos 560 km. Logramos cubrirlos en el día observando el paisaje pampeano desde distintas cajas de camionetas, notablemente en la caja de una F-100 que nos lleva de 25 de mayo hasta Rauch. La rotonda de Tandil nos asesta la primera espera prolongada, en parte porque un camión nos había dejado en un cruce demasiado cercano a la ciudad. Una vez reubicados en la salida de Tandil, compartimos banquina con una pareja que hace dedo con un cartel que dice “Balcarce”. Para indicar que son de la zona, el chico lleva puesto una boina roja. Nosotros, para señalar nuestra misión, sacamos un planisferio. Un Scania que lleva cal a Mar del Plata se detiene tras 40 minutos y vamos camino a casa.



Nuestra estadía de una semana en Mar del Plata llegó a su fin antes de lo deseado. Fue muy difícil esta vez irme de casa. Pero una semana con mis viejos, a quienes no veo con demasiada frecuencia, era algo impagable. Es un espectáculo y un ritual ver a mi viejo con sus setenta años pellizcando a mi vieja como si llevaran dos meses de novios, y luego deslindarse de toda responsabilidad aduciendo que había cocodrilos sueltos en la cocina. He observado la escena desde que tengo uso de razón, y no deja de fascinarme, sobretodo porque mi vieja siempre se enoja como si fuera la primera vez… Además del reaprovisionamiento de lazos familiares, Laura y yo aprovechamos la estadía en Mar del Plata para dar los últimos ajustes al equipo de viaje y, por supuesto, para visitar a muchos amigos y lectores que nos siguen en esta aventura, juntándonos un par de veces en Dickens para tomar un café con Paula o Valeria.


El 720 nos dejó en las ya pisadas banquinas de Batán. Ahora sí, en viaje, caída libre hacia el sur. Aunque la idea original era salir de mañana, terminamos llegando a la ruta a las tres de la tarde. Como en un acto reflejo busco el lomo de burro que está a 200 metros pero antes de llegar le preguntamos a un hombre que acaba de estacionar su Chevrolet 400 modelo 75’ para comer un alfajor. Termina siendo Guillermo Petersen, personaje conocido de Necochea, asesor político, profesor de educación física, hombre versátil y apasionado de los autos clásicos. El Chivo, de hecho, parece recién salido de la concesionaria. Transitamos la ruta 88, Laura va desparramada sobre el asiento trasero. ¿Quién dijo que viajar a dedo era incómodo? Yo converso con Guillermo y disfruto el sostenido ronroneo del motor del Chevrolet. Aunque en Necochea nos esperaba Juan Carlos, no pudimos rechazar la oportunidad de tomar unos mates con la familia de Guillermo. Su mujer bajó un enorme atlas y nos pidió que le enseñáramos la ruta planeada para nuestro viaje. Qué fácil es transportar el dedo sobre el papel ilustración desde Ushuaia hasta Groenlandia. La emoción, sin embargo, tiene más parentesco con las suelas gastadas…



Juan Carlos es una persona especial, lo digo con fundamento y cariño. Aunque por momentos me da la impresión de que nuestro mundo no tiene cura, que se encuentra en sostenido declive hacia la infecundidad y la mediocridad, luego me acuerdo de gente como Juan Carlos, que con brava inocencia buscan a tientas las salidas de emergencia, los mapas de los tesoros, los secretos escondidos en los dobleces de lo cotidiano. Juan Carlos –y hablo de él pero me refiero en simultaneo a tantas otras personas que he conocido viajando- olfatea como un sabueso las redenciones que ofrece nuestra sociedad. Más de una vez lo he visto hallar consuelo en el arte. Y ojo que Juan Carlos no es pintor, ni escultor, ni aproximado. La sociedad no necesita artistas, sino que los no artistas crean en el arte más que en Wall Street. El día que conocí a Juan Carlos yo promocionaba mi libro en los pasillos de la Feria del Libro de Mar del Plata en compañía de mi Americiclo, una curiosa bicicleta de doble piso con la que alguna vez pensé recorrer América antes de volver a mi primer amor, el autostop. En ese momento Juan Carlos sintió que esa bicicleta debía ser suya, lo deseó y de esta manera lo trasmitió al universo, decretándolo. Su deseo no tardó mucho en cumplirse: cuando decidí seguir viajando a dedo y vender el Americiclo, no pude pensar en un comprador más digno.

Al margen de su pasión por este ciclismo de altura, Juan Carlos practica un ascetismo financiero según el cual el camino a la abundancia no proviene de la aplicación de la fórmula del interés compuesto o de las inversiones, del maxi-kiosko o el Cyber abiertos en el momento oportuno. Juan Caros confía en que si uno lo desea, el dinero va a llegar, y lo va a hacer en el caudal que uno se lo solicite al universo. No queda bien claro el método, el idioma que habla el universo, o el PIN. Pero la tranquilidad con que Juanca expone su razonamiento acaba por convencerlo a uno, sobretodo porque en ningún momento hay una prédica o intento de convencimiento. Sobre la misma base, tampoco hay motivos para el acopiamiento del vil metal: lo he visto comprar un Ford Falcon a una mujer sólo porque en la cola de la panadería escuchó que esta necesitaba urgentemente venderlo para solventar una operación.


En compañía de la familia de Juan Carlos, de su hermano Martín, de sus sobrinos y su tío, un periodista de la vieja escuela avezado en el tango y el marxismo, cumplimos con el ritual del asado mientras debatíamos la ley de medios entre cervezas. Dormimos en una habitación comodísima y, tras un desayuno de medialunas con exprimido de naranja, estábamos listos para la ruta. Juan Carlos nos llevó en su jeep. Un gran abrazo junto a la banquina y otra vez barrilete.




En una estación de servicio, recurrimos a nuestra estrategia diplomática. Si esto fuera fútbol, preguntarles a los conductores mientras cargan gasolina sería como patear un penal. Sin el factor de la velocidad y con la posibilidad del contacto cara a cara, las posibilidades aumentan. Con un planisferio que muestra nuestra ruta y un artículo de un periódico que avala las intenciones que declaramos, es muy difícil que la gente se niegue a llevarnos. Hasta al más recio se le cae una sonrisa. Así encontramos pronto a una pareja que nos llevó en su Fiat Punto hasta Punta Alta. Allí debimos tomar un colectivo hasta Bahía Blanca, donde nos esperaba Raul, un lector y ante todo un amigo. Mi ligera decepción por deber recurrir a transporte público se vio resarcida por el hecho de que la empresa de transporte se llamaba “El Villarino SRL”. Le agradezco a la empresa el gesto de haber cambiado su nombre por adelantado en honor a mi temporaria deserción a bordo de uno de sus vehículos.





A borde del Villarino conocemos a Carlos, un formoseño de 26 años que viaja con una mochila que dice “Policía de la Provincia de Formosa”. Al vernos acomodar nuestros bártulos no lejos de su asiento se acerca a conversar. “¡Qué bueno que no soy el único mochilero!” – festeja. Moreno, de cara lustrosa y contextura diminuta, nos cuenta que viene bajando desde Formosa, un poco revolviendo los tachos de basura, otro tanto conmoviendo a comisarios y jefes de bomberos para que lo dejaran dormir donde fuera. Haciendo changas y viajando a dedo, alimentación proporcional a la bondad de los almaceneros… Iba para Río Grande, donde lo esperaba un amigo con un bebé del que debía ser padrino. ¡Teníamos a la vez tanto y tan poco en común con Carlos! Nos hermanaba el viajar a dedo, y el llevar una mochila a la espalda, pero las motivaciones eran distintas. El viajaba a dedo por necesidad, nosotros por un placer de sibaritas marginales. Aún así, llegó a mencionar que había un placer intrínseco en el movimiento (no usó esas palabras) y ahí los túneles se volvían a tocar. Luego contaba que buscaba un trabajo estable, y quedaba a la vista su deseo de dar un paso hacia dentro de la sociedad. Nosotros, en cambio, intentamos dar una cabriola para atrás sin perder una red de contención, que son nuestros amigos, familia y lectores, que nos ayudan a seguir viajando. Me fascinaba que él no distinguiera ninguna de estas diferencias entre nosotros. O quizás las veía pero prefería tender un puente hacia los espacios comunes. Nos separamos en la terminal, ahí se quedó saludándonos, sonriéndonos sin vergüenza por sus dientes espaciados.




Raúl Antón nos recibe en Bahía Blanca, en su departamente internamente amurallado por altos aparadores repletos de libros. Escapa a mi dominio sobe la lengua castellana la posibilidad de transmitirles en este breve formato los principales rasgos de Raúl. Admitiendo esta minusvalía, procederé a decir que en él empalman en solidario equilibrio un amor borgeano por la lógica y las matemáticas, un conocimiento enciclopédico del marketing y la logística, y un discernimiento no menos cabal para las cervezas y otros fermentados… Todo esto enmarcado en un sentido del humor que apela al absurdo como principal combustible. Se había hecho la hora de cenar, por lo que Raúl pidió una pizza gigante de jamón y panceta. Luego, alrededor de las nueve, llegaron algunos lectores que habíamos convocado y que debían retirar su ejemplar de “Un Tango en Tíbet” (un libro artesanal de tirada limitada). Llegó primero Ana María, dueña de una farmacia, senderista de montaña y apasionada de los viajes. Más tarde llegó Nilda, docente de geografía que suele usar los posts de este blog como material de estudio, y Gladys, una lectora que siempre nos acompaña en las buenas y en las malas. Completaron la tertulia de honor Natalia y Martín, que pronto se irán seis meses a Uruguay a una meditación Isha.


Más allá del obvio tema de los viajes, con Raúl analizamos otras crueldades del sistema. “Al éxito no se le discute” – citó nuestro amigo a algún gerente de marketing de Coca Cola. Aunque lo exitoso diste de ser bueno, termina gobernando las vidas de la mayoría. El grado en que algo tiene mayor o menor sabor a naranja, es el grado en que se distancia o acerca al sabor de una Fanta. Los inconcientemente incorporan a la Fanta como estándar y la usan como vara de comparación incluso para decretar que una naranja no tiene sabor a naranja! Y eso que es sabido que desde hace 50 años la Fanta ya no contiene resabio alguno de la fruta máter. Conversamos a su vez de la agricultura transgénico. Para Raúl el debate de fondo es legal, modificar la semilla del trigo es una excusa para poder patentarla y, al difundirla y acorralar al trigo tradicional, lograr ser algún día los dueños del gen del trigo. Finalmente, Raúl se transformó en la primera persona que para explicar nuestro estilo de vida recurre lisa y llanamente al álgebra. “75 menos 73 da como resultado 2. Mucha gente se esfuerza para ganar 75, y en el camino gasta 72. Ustedes, en cambio, ganan solamente 5 pero necesitan 3. El resultado es el mismo, es 2. Generan ingresos solo acorde a sus necesidades. Es bien lógico.”

Saliendo de Bahía Blanca y ahora avalados por el álgebra entramos en la zona del Partido de Villarino, tierras alguna vez exploradas por un descendiente lejano llamado Basilio Villarino, cuya existencia es testificada por las enciclopedias menos amnésicas. Antes, eso sí, somos echados de la estación de servicio “Rodovía” a la salida de Bahía Blanca, al parecer porque temen que las personas que cargan una mochila puedan intentar sustraer el patrimonio de las que conducen un auto… Eso nos indignó bastante. Algunas personas a quienes les preguntamos si iban en nuestra misma dirección y a quienes les explicamos nuestro viaje, a quemarropa nos preguntaron por qué no nos dedicábamos a trabajar… No sé cual era la profesión de ese señor, pero evidentemente no era muy hábil en lo suyo, o aplicaba poco esfuerzo. De otra manera podría viajar en vez de dedicarse a hacer gala de su envidia. Cada uno debe ser bueno en lo suyo y nosotros somos muy buenos en lo nuestro. Lo tenemos claro y no dejamos que nadie nos empañe la felicidad.




Exiliados de la estación regresamos a la banquina, donde tras 1:25 se detuvo un joven de 23 años llamado Jairo que se dirigía a Pedro Luro, hacia el sur, por la ruta 3. Viajamos por un distrito productor de cebolla. En Luro demoramos 25 minutos en detener un camión Mercedes que nos dejó en Villalonga. En una estación de servicios de ese pueblo se nos hizo de noche. Lau ve un camión Scania estacionarse en la playa de la modesta estación de servicio. Estamos sobre la ruta 3 y desde la ruta ni siquiera se ve el pueblo. Nos acercamos a hacer sociales. Así conocemos a José, un camionero que espera eternamente una carga que nunca llega. Con su inmenso Scania, está solo. Nosotros no tenemos nada más para ofrecer que nuestra simpatía. José no tiene con quien conversar. Y nosotros tenemos frío. Pronto sucede lo inevitable. “¿Quieren tomar unos mates antes de dormir?” Dentro de la cabina charlamos hasta la madrugada, tomando mate, comiendo algunas galletas y sándwiches. Será que el vacío patagónico y sus distancias hacen a los hombres más sociables. Y en su racha de prosa madrugada, nocturna pero altiva, José nos contó de su mujer, una química que conoció en sus frecuentes viajes con el camión a Montevideo, de cómo su vida cambió cuando nació su “gordo”. Luego siguió un soliloquio blusero de las menudencias de la vida camionera. Empresas irresponsables que piden a sus choferes que manejen de noche para llegar a cargar o descargar en horarios imposibles. A las 8 de la mañana en Villa María, a las 17 en Dock Sud. Días dando vueltas sin dinero para el gasoil, sin ropa de seguridad adecuada. Historias de familias que esperan a estos camioneros, de niños que le dicen a su papá que son malos porque se van una semana para regresar dos días, darles un beso, jugar un rato y desaparecer nuevamente. En todo su relato se pueden visualizar el rodar de las ruedas de su Scania, las noches mal dormidas, de a ratos tras las cortinas, cerca del volante maldito y bendito que espera a las manos tercas de horizontes sufridos, noches delimitadas por despertadores a las 5:30 que anteceden al encendido del motor, como si el camión fuera un animal fabuloso que se animara ante el primer rayo del sol.´

Antes de irnos a dormir, José reacomodó el Scania para que su interminable fuselaje engolfara maternalmente nuestra carpa armada, protegiéndonos del viento. Impredecibles reencarnaciones de la protección primordial que arropa al viajero hoy sí, hoy no en coordenadas quizás mencionadas en el mapa.

miércoles, 6 de octubre de 2010

ENTREVISTA CON EL SEMANARIO ALEMAN ZEIT.DE


Nota sobre nuestra vuelta al mundo con el prestigioso semanario alemán ZEIT. La entrevista fue dirigida por la periodista germana Axelandra Endres el 6 de octubre de 2010. Las preguntas se centran en la reciente pubicación de "Vagabundeando en el Eje del Mal" (Editorial Del Nuevo Extremo) y en el proyecto educativo que Laura y yo llevamos a cabo mientras viajamos por los seis continentes.

Para leerla en la fuente original, hacer clic aquí.