domingo, 26 de setiembre de 2010

REFLEXIONES SOBRE LA LIBERTAD ENVASADA


Empezar un nuevo viaje me hizo reflexionar sobre la libertad, y sobre la diferencia entre ésta y la sensación de libertad. Mientras la primera es un ave en extinción, la segunda se exhibe en cines y está a la venta en los centros comerciales, en seductores envases y formatos. Todos hemos discutido con esas personas que consumen películas de aventura pero tienen miedo a los cambios en su propia vida. Lo que sigue es un intento de romper la hipnosis de los códigos de barra y recuperar el viento en la cara. Para más inspiración viajera, lee ¡nuestros libros de viaje!


Los antropólogos aseguran que allá por la década de 1880, las clases patricias porteñas establecieron la marca registrada del gaucho como representante de la libertad y la argentinidad, eso sí, después de haberlos acusado de vagos y haberlos perseguido hasta hacerlos desaparecer. (Como se haría luego con los pueblos originarios). Este mecanismo perverso de hipócrita entronización de opuestos sigue hoy vigente. Nuestra sociedad, a la hora de ofrecer bienes de consumo, es tan mercenaria como para lucrar con su propia antítesis aletargada por contraindicaciones, con recetas que podrían poner en duda sus propios fundamentos. Nunca me enteraré si acaso hay gente que haya leído mi libro, pero no se anime a salir a la calle.

Hay algo que todo viajero tiene en común con los artistas y con los gauchos. Como todo ideal que hace tambalear la disponibilidad de mano de obra para el sistema o sus leyes y órdenes básicos, el viajero y todos los soñadores en general han sido colocados en un ambiguo altar. Es el frasco de caramelos sobre la alacena. Te lo muestran, pero no te lo dan. El fetiche del viajero permite la cuota necesaria de sustitución simbólica de la libertad real, con la que es lícito fantasear aunque no esté en oferta genuina. Este, sin embargo, es un préstamo sin predicativo: la sociedad precisa de gente atenta, despierta, con una dosis de culpa o duda suficiente como para regalar los mejores años de su juventud a un call center. Para el que amaga a andar por la vida con pajaritos en la cabeza la sociedad inventó sus propias fábricas de jaulas, anticuerpos inhibidores del deseo de libertad. No somos muy distintos del burro que camina mientras su jinete lo amenaza mostrándole una vara de madera. Eso explica el comportamiento histérico de muchos de nosotros frente a las cosas que deseamos. Lo vemos, lo deseamos. O al menos lo deseamos hasta que percibimos que asoma por el costado la vara de madera…


Los modelos de vida heroicos, abnegados, la libertad de viajar por el mundo escribiendo poesías o cazando mariposas o recluirse en una comunidad agraria son modelos de fuga o de vida bohemios que el sistema nos ordena consumir solo si asumen el formato de una superproducción de Hollywood o el envase de un buen libro. Si el bohemio es Leonardo Di Caprio y discute apasionadamente contra la aristocracia en el salón de baile del Titanic, estamos todos de su lado. Ahora, si el que quiere vivir de vender retratos a lápiz un mes por cada país del mundo sos vos, hasta el verdulero de la esquina está capacitado para decretar tu locura, haciendo carne de una ideología que ni comprende ni le es propia. Cualquiera puede explicarte que de esa manera no vas a tener aportes jubilatorios ni un curriculum apropiado. Cabe entonces preguntarse si la calidad de vida psíquica no cuenta. Pasar 20 años trabajando en una oficina y 10 años más, con suerte, luego de un ascenso, en la de al lado, se nos pinta como una receta feliz. Ya que si bien cualquiera de los potenciales peligros de un viaje (las enfermedades, los robos y las tierras desconocidas) deberían bastar para que no nos animemos a seguir nuestros sueños, el stress, la comida chatarra, el cáncer y el exceso de trabajo en cambio son una autoflagelación que se justifica por el mero hecho de garantizarnos un empleo estable. Sufrir por el trabajo es respetable en una sociedad que venera el masoquismo del alma, quizás algo influenciada por un macabro entrecruzamiento entre tango y cristianismo.





                          Ilustración inspirada en el texto realizada por el artista boliviano Hassam Rabaj 


Retomemos la idea. Por todo esto el viajero, y el soñador de cualquier tipo, al margen de que su ambición sea viajar, subir montañas en ojotas o vivir de la comida orgánica han sido puestos en un altar ambiguo. Soñarlo, esta bien, querer vivirlo en primera persona, no. Claro que el ser humano desborda por algún lado, y toda esa gente que está convencida de que es feliz a su manera termina charlando el tema con su terapeuta o con el psiquiatra en el peor de los casos. Allí están los laboratorios y sus ansiolíticos que sabrán hacer de esta carencia de realidad un negocio rentable. Para eso están las mega-producciones de cine, con personajes que desafían a su sociedad y que aplaudirán todas nuestras tías aunque después nos condenen por salir a la calle sin paraguas, y por invertir en nuestra juventud sin calcular milimétricamente los planes para la vejez. 

Y sino, por supuesto, está esa otra acepción más devaluada de la palabra sueño cuya receta es prender un par de sahumerios y sabotear las casillas de correo de tus amigos con presentaciones en Power Point enviadas en cadena. Estas enumeran todas las virtudes que no ponemos en práctica en la vida real y todas nuestras asignaturas pendientes. Son todos chupetes, huesitos que nos tira el sistema.

Por eso amigos, no se contenten con leer este blog, ni con leer mis libros, salgan ahí afuera, los que no lo hayan hecho ya, que las rutas y el mundo esperan. Yo ya vengo llevando a La Maga, mi mochila, por los caminos del mundo. Armen la propia y partan.  Cuando regresen encontrarán a Buenos Aires igual que como la dejaron: los taxistas canosos seguirán añorando la falsa seguridad que había durante la dictadura, y en la calle Florida todos hablarán de las fluctuaciones del dólar o venderán shows de tango a los turistas brasileños recién bajados del crucero. Y por antigüedad en ese loquero con cien barrios nadie te va a dar un premio. El ser humano siempre encuentra motivos para boicotear sus propios deseos, y en ejercicio de ese mecanismo mucha gente termina creyendo que si no realizaron ese viaje tan soñado es porque fue imprescindible recibirse en tiempo record, o no perder el trabajo, o porque no tenían con quien dejar el perro. Quizás, simplemente, no lograron reunir el coraje, pero somos mucho más diestros para encontrar peros y justificaciones que para admitir nuestras limitaciones. Como afirmara Mark Twain, en veinte años estaremos más afligidos por las cosas que hemos dejado de hacer que por las que hicimos. Por eso, ojalá este blog no te alcance, realmente espero que, en algún punto, decidas ser el protagonista de tu propia historia, inclasificable, quimérica, necesaria. A viajar, que estar vivos es mucho más que cumplir con los signos vitales, y el éxito social cuya persecución nos limita inconcientemente es tremenda limosna comparada con la capacidad de mirar dentro y estar en paz con uno mismo.

Este nuevo viaje que hoy se inicia, ojalá sea chispa de tus propios sueños. Que la pantalla que nos divide y une no se vuelva custodia de un imposible, sino más bien una invitación a saltar del otro lado. Sólo vos amparás y dosificas la fuerza de tus intenciones, y sos dique de tu propio caudal. Que las murallas y rutinas que un día elevaste para proteger tu vida no se transformen jamás en tu propia prisión. ¡Mientras tanto, lector desconocido, gracias por caminar a mi lado!


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sábado, 25 de setiembre de 2010

DONDE HUBO FÁBRICA DE ALFOMBRAS HOSPITALIDAD QUEDA: EVENTO EDUCATIVO EN LA EMILIA.


No hubiera podido, si se me hubiese exigido, precisar en el mapa argentino la ubicación precisa de este pequeño pueblo cercano a San Nicolás de los Arroyos. Hoy día, en cambio, si me preguntan no tendría problemas en señalar su posición y en contarles un pequeña anécdota que vive hace apenas una semana en dicha localidad. Todo se inició cuando conocimos a Alejandro Chomik y su novia mientras vendíamos postales artesanales en la costanera de San Nicolás, en un último acto de arrojo para seguir poniendo unos pesos en el chanchito destinado al viaje. Como se mostraron interesados, dejamos la venta de lado y nos pusimos a conversar a metros de la orilla del río Paraná. Les contamos del proyecto educativo gratuito que llevamos a cabo junto al Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos y gracias al apoyo incondicional de nuestros cómplices. En respuesta, recibimos una invitación a presentarnos con el evento en La Emilia.


Vamos a blanquearla: cuando recibimos dos días antes del evento recibimos un mensajito de texto de Alejandro en el que decía que había ya invitado a tres escuelas, creímos que se trataba de un error. “¿Pero cuánta gente esperan?” – le preguntamos con otro mensaje. “Unos doscientos aprox.” – fue la respuesta. A pesar de esto, llegamos a La Emilia convencidos de que, claro, con tal audiencia, seguramente se trataba de un evento más amplio en donde nuestra charla sería un condimento para el que tendrían reservado un lapso de tiempo acotado. Llegamos en el auto de Liliana, la mamá de Lau, y le preguntamos por la calle a una mujer dónde quedaba el Centro de Jubilados. Tal era el lugar del encuentro. La mujer le dedicó cinco minutos a enseñarnos el camino, con una tranquilidad que nos dio a entender que el ritmo de vida en el pueblo era otro, y que a la gente l gustaban las visitas. Liliana, que de chica iba a los bailes que se organizaban en La Emilia, nos contó un poco más del pueblo. Hace ya varias décadas, por ejemplo, funcionaba aquí una fábrica de alfombras. Ya son una legión los que me acusan de enhebrar metáforas de forma arbitraria, pero lo confieso, no pude evitar pensarlo. En Medio Oriente las alfombras simbolizan el acto de compartir, porque sobre la alfombra se bebe el te y se come. Por ello, pensé, donde hubo una fábrica de alfombras, la gente debe ser cálida. Entonces Liliana interrumpió mi idilio: “Sí, y ahora hay una fábrica de Motomel…”


En el Centro de Jubilados nos esperaba Alberto Boscacci, que ostenta el peculiar título de Director del Museo Paleontológico de La Emilia. Alberto se pone enteramente a nuestra disposición, es una de esas personas que, como Alejandro y su novia, causan un impacto directo en su entorno al tomar con pasión iniciativas sin permiso de nadie. Pronto surgió el primer inconveniente técnico: el perímetro del salón estaba cubierto de ventanales y la luz entraba como en una catedral gótica. Como nuestro proyector es portátil, las imágenes se iban a fundir con la claridad del ambiente. Necesitábamos la oscuridad como vampiros. Y ahí se puso de manifiesto el trabajo en equipo de la gente de La Emilia. Alberto, junto a Lala, la maestra de Geografía de una de las escuelas cuyos alumnos ya comenzaban a calentar las sillas desplegadas en el enorme salón, salieron en el auto de Liliana y regresaron –eureka- con un proyector Epson. Por las dudas, una de las mujeres del centro de jubilados ya estaba buscando chinches por todos los cajones de La Emilia para cubrir los ventanales con papel afiche…

Cuando todo estuvo listo se apagaron las luces y, a pesar de la luz natural, la potencia del proyector predominó. Los chicos, que eran como doscientos, hicieron un silencio tal que alguien con los ojos vendados hubiera pensado que eran veinte. Para nosotros, sin embargo esta era nuestra audiencia más numerosa. A pesar del respeto, no se trataba de un auditorio tímido o atemorizado por la promesa de algún castigo, pues las preguntas abundaban. Más allá de las clásicas preguntas sobre cómo hacemos con el idioma, o si no tenemos miedo de ir a países desconocidos, esta vez el tema se puso picante cuando tocamos el tema de la minería contaminante en Argentina y contamos cómo los países que se nos presentan como modelo de desarrollo tienen en realidad un doble discurso. Mientras cumplen con todas las normas fronteras adentro, exportan desigualdad y explotación por todo el globo.

Nos fuimos de La Emilia tristes de no haber podido compartir más tiempo con su gente, y con la promesa de volver. Ahora sí que se dónde queda La Emilia. El lector desprevenido juzgará que exagero, pero yo estoy seguro que lo que fabricaban en La Emilia eran alfombras voladoras…

viernes, 10 de setiembre de 2010

LA VIRGEN LEÑADORA DE SAN NICOLÁS Y LA SOBERANÍA ALIMENTICIA


dedicado a Sebastián Tambutto, amigo y cinéfilo nicoleño.


Breves notas que habían quedado en mi libreta sobre mi paso por San Nicolás de los Arroyos, epicentro de una de los fenómenos de masas más importantes de la República Argentina. La ciudad marca un hito incluso en un país donde es costumbre amontonarse para patotear sutilmente a la esfera divina y manguear cosas que deberíamos exigir sin vacilar a nuestras autoridades terrenales.  Todos los 25 de septiembres decenas de miles de fieles se acercan a venerar y hacer sus promesas a una imagen de la Virgen María. No vamos a cuestionar aquí la fé, que es algo privado de cada uno y escasamente materia de juicio. Ahora, cuando otros se aprovechan de la fé, el tema cambia. Desde que a la Señora Gladys Motta se le apareció una imagen de la Virgen ordenándole construirle un santuario (extraño caso de pretensión materialista de un ente espiritual) la peregrinación anual se ha vuelto un filón sumamente explotable tanto por la Iglesia local calculadora en mano como por el empobrecido proletariado local. Tras el cierre de la siderúrgica estatal SOMISA (privatizada en 1993) un amplio sector indemnizado se dedicó a abrir poli-rubros o a venderle empanadas y estampitas a los feligreses. Y así el santuario empalmó con una carencia de fuentes de trabajo y fue creciendo, con donaciones de los miles de fieles anuales. Pero la ambición no tiene límites: hace una semana, la Iglesia ordenó cortar los añosos eucaliptos del “Campito de la Virgen” bajo el pretexto de que estaban por caerse. Y desde hace pocos días circula el rumor de que para compensar esta “lamentable” circunstancia, la Iglesia dispondrá de una amplia variedad de sombrillas para que por una módica suma los fieles puedan comprar un poco de sombra. La imagen habla por sí sola: los árboles no sólo fueron talados, sino convertidos en leña. Que si ya están cortados por qué no aprovechar y obtener un rédito extra. Y Ud... ¿no va a ir a visitar a la Virgen Leñadora de San Nicolás? Virgen: si existís, bajá y pediles a los señores de sotana un poco de coherencia.



Seguimos con este breve compendio de miserias nicoleñas, observadas a fuerzas de residir un par de meses en la ciudad. Si uno camina en cercanías del Santuario es posible observar embarcaciones varadas en desuso, como si estuviéramos en las drenadas orillas del Mar de Aral. Y sin embargo estamos a metros del fértil Rio Paraná. Me llevó un tiempo entender a qué se debía el fenómeno, y llegué a la explicación por casualidad, cuando la mamá de Laura, que es gestora, realizó los trámites de un ex pescador, quien acababa de adquirir una moto. El nombre del hombre de mar no viene al caso, pero declaraba haber nacido 50 años atrás en uno de los islotes del río. Llegó a tener dos barcos y una docena de empleados, hasta que una ley local limitó la libertad de los pescadores artesanales para vender su captura a las pescaderías directamente. Según la legislación actual, deben venderla a las grandes pesqueras concentradoras, quienes les pagan una miseria, acaparan el margen de ganancia, y fuerzan precios de lujo en las pizarras de las pescaderías. Linda mentira eso de la soberanía alimenticia. Los pescadores artesanales son inofensivos en tanto personajes de la Biblia, como los discípulos de Jesucristo. A los contemporáneos hay que quitarles sus redes... Sería una sorpresa que su arte fuera protegido en tierras donde se cotiza el derecho a la sombra en nombre de la Virgen.