viernes, 23 de abril de 2010

UN MOCHILERO EN LA 36º FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES




Interrumpí brevemente mi viaje a dedo entre Argentina y Alaska para presentarme en la 36º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Sí, habiendo llegado a Sucre, Bolivia, en el techo de un camión que transportaba 43 chanchos, recibí una llamada de mi editor, diciendo que los libros estaban casi agotados, y que estaba en marcha una 2da edición. ¡Me dio tanta alegría que se la contagié incluso a los chanchos!




Así, el sábado 8 de mayo a las 11 HS estuve firmando ejemplares de “Vagabundeando en el Eje del Mal – Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán” en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el stand de la Editorial Del Nuevo Extremo (Stand 1813 Pabellón Amarillo). Pronto subiré las fotos.



El libro se consigue ahora en las principales librerías argentinas. Para saber cómo conseguirlo fuera del país escribime a acrobatadelcamino@gmail.com o pedilo desde mi Tienda Virtual.





TEXTO DE LA CONTRATAPA DEL LIBRO

El 1 de mayo de 2005 Juan Villarino, mochilero argentino, aborda un velero en el puerto de Belfast, Irlanda del Norte, con sus pasos orientados a Medio Oriente. Viaja siguiendo la estrategia del caracol, con una mochila a la espalda y el pulgar atento al horizonte, sin tarjetas de créditos ni chalecos antibala. Su objetivo: cruzar la región exclusivamente a dedo, para demostrar que la hospitalidad prolifera en esa parte del mundo calificada de terrorista por los medios masivos del establishment. Turquía, Siria, Irak, Irán, Afganistán… Mientras se mueve por el vasto planisferio, Juan protagoniza eventos delicadamente absurdos. Entrará en Irak de noche, como un vagabundo, dará lecciones de autostop dentro del Parlamento de Kurdistán, y tomará el té en campos minados. Será cartero, aprovisionará su mochila en una base norteamericana en Afganistán y pernoctará con la resistencia intelectual al régimen iraní. A la par, su pluma retrata a esas personas comunes que trabajan y sudan bajo cualquier bandera bajo cualquier bandera y que nunca (nunca) habitan los titulares. El resultado es el libro que tienes en la mano: una oda al movimiento y una precisa crónica de viajes sobre una de las regiones menos visitadas del planeta. Hoy Juan sigue recorriendo el mundo a dedo y escribiendo libros al costado del camino…


¡Buenos Caminos!


Juan Villarino

jueves, 22 de abril de 2010

DE SUCRE A LA FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES, EN IMÁGENES.


Desde Sucre, era mirar el mapa y colocar golosamente el dedo sobre Buenos Aires, donde me esperaba la 36era Feria Internacional del Libro y la firma de ejemplares de “Vagabundeando en el Eje del Mal . Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán”. Avizoraba un aún lejano arribo, pero ya degustaba el mientras. Pues el que viaja a dedo, lo que menos quiere es llegar… Comparto algunas imágenes de ese mientras, ya desde Buenos Aires. Arriba, la familia de Alex, que me llevó desde Sucre hasta Potosí.


El empleado del peaje de Villanueva, al sur de Potosí, alza la barrera que cede el paso a los vehículos que ya se han pagado la tasa. Su presidente Evo Morales lo observa desde el Muro.


La cuesta de Sama, al norte de Tarija, me tocó pasarla en la doble cabina del Nano Salinas, ex jugador de fútbol de la Selección Boliviana, y goleador histórico del Bolívar F.C. En cada pueblo, preguntaba por los talentos locales para probarlos en La Paz…



Pipo y Sara sí que son una familia plurinacional. Pipo nació en Bolivia, pero la mitad de su familia proviene de Los Toldos, una localidad argentina a la que paradójicamente se accede sólo desde Bolivia, aislada del resto de Argentina por el Parque Nacional Baritú. Conoció a Sara en Lancaster, ciudad inglesa en la que vivió varios años. Pipo me levantó en la ruta en su Suzuki Nomade, en que viajaba junto a sus dos hermanos. Me llevaron a conocer Los Toldos, en Argentina, sin trámites migratorios en absoluto, haciendo noche en su casa en la localidad boliviana de San Telmo.



La baranda del puente sobre el Río Bermejo que separa Argentina de Bolivia señala el momento exacto de la frontera….



Del otro lado, tres mujeres bolivianas que viajaban hacia Orán en un Chrysler Caliber se detienen. Jamás tres mujeres en semejante nave hubieran frenado en Argentina, lo que demuestra la crisis moral de nuestra extraña nación. Para apoyar más aún mi argumento de la confianza que se respira en Bolivia, la mujer que manejaba estaba embarazada, e iba a Orán precisamente a hacerse una ecografía 4D. La familia me dejó su dirección y ofreció su hogar en Bermejo para futuros viajes.


En Fraile Pintado, provincia de Jujuy, la TV local se hace eco de mi paso cual correcaminos hacia la Feria del Libro de Buenos Aires, interceptándome a la altura del Concejo Deliberante, y haciéndome una entrevista a orillas de la RN34.

EL SEÑOR DE LOS CHANCHOS LLEGA A SUCRE


Estaba ya en Huacareta, en el departamento de Chuquisaca, y tenía que llegar a Sucre, capital departamental y capital constitucional de Bolivia. El día amaneció lloviendo y sin intenciones de secado, por lo que me despedí de Nilson, quien me había alojado y recurrí como gran excepción a una “flota”, palabra con que los bolivianos llaman a sus buses. Suponía yo que eso de llamar “flota” a los micros era casi como un acto fallido, un retoño del deseo en un país que perdió su acceso a mar en una brutal guerra con Chile hace más de un siglo. Cuando llegamos a Monteagudo la lluvia ha amainado, por lo que vuelvo a salir a la ruta. No tengo intenciones de llegar a Sucre, porque ya son las 4 de la tarde, y Sucre está a más de 300 kms. Tras 20 minutos de espera una 4x4 que viene haciendo campaña política para el “Movimiento sin Miedo”” me levanta. Me agrada el nombre, ¡es casi una involuntaria apología del viaje! Mientras los altavoces animan a la gente a votar al partido, mi chofer va frenando en cada caserío para regalar almanaques y banderines. Mientras el mensaje político hablaba de dignidad y seguridad ciudadana, la música del altoparlante, dudosamente coherente, era un regetón arrabalero que cuyo estribillo decía: “Colegiala no seas tan coqueta, colegiala decime que sí…”






El político me dejó en un control fito-sanitario, donde una misericordiosa barrera manual demora a los camiones, actuando como oportuna telaraña para quien viaja a dedo. En el lugar, dos campesinos esperaban transporte en sentido opuesto. Me cuentan, al igual que los guaraníes, de la sequía y del bajo precio del maíz. Pero no todas son pálidas: cada uno de ellos tiene 10 o 15 hectáreas Al revés que en Argentina, aquí el campo tiene campesinos propietarios, no puesteros empobrecidos y grandes terratenientes. El oficial a cargo del puesto Fito-sanitario se llama Teófilo, y me ayuda a encontrar pasaje. Pronto detiene a un camión Nissan Diesel. Le pregunta el destino.

- “Vamos a Sucre” – responde un hombre de bigotes.
- ¿No tienes lugar para un amigo que anda viajando pelado? – arremete Teófilo.
- Aquí adelante no hay lugar. Arriba únicamente – responde el camionero.

Miro arriba y veo dos tablas de madera que cruzan transversalmente la jaula. Lo que aún no he visto es que hay dentro de la jaula. Mientras trepo la escalerilla metálica escucho los primeros gruñidos, aunque antes el aroma ya anticipa. Encaramado sobre las tablas de madera, observo bajo mis pies a mis nuevos 43 compañeros de viaje. No tienen pelos, huelen mal, y tienen un rulo en la cola. Los chanchos olfatean insistentemente mis pies que penden sobre sus hocicos. Me aguardaba uno de los viajes más duros de mi vida, pero todo era demasiado increíble para cerrar la canilla del caos y dar un paso al costado de semejante aventura. Eran las 5 de la tarde, y el viaje duraría doce horas. Primero con temperatura agradable, luego abrigándome en forma gradual, fui testigo de el encantador valle con sus parcelas sembradas y sus idílicos caseríos de adobe. No me podía quejar de la vista panorámica. La luna llena plateaba breves nubes que suspendidas en el valle parecían velar cada una por cada caserío. Aunque la adrenalina de ir allá arriba era un deleite, pronto el frío, el viento, e incluso la lluvia en la cara me obligaron a emponcharme hasta lo imposible. Me calcé la bolsa de dormir hasta la cintura y una frazada cedida por los conductores en el torso. Las horas pasaban y cada vez estaba más cansado. A eso de las 2 de la madrugada decidí que la experiencia había pasado del placer al masoquismo épico, porque ni siquiera podía dormirme, si no quería caer sobre la simpática piara. Aprovechando que pasábamos una aldea un poco más habitada comencé a golpear la retaguardia de la cabina con mis pies, pero la bolsa de dormir reducía la intensidad de mis golpes, que semejaban los mórbidos e inútiles pataleos de una sirena abandonada entre chanchos.

Las luces del camión, finalmente, iluminaron en la oscuridad una señal que anunciaba el matadero. Eran las 5 de la mañana cuando me bajé del camión, temblando como nunca antes en mi vida. Pronto debí empero reincorporarme para ayudar a los chóferes a conducir a los chanchos al corral, y recién después me dejaron en la Terminal, algo tiritando entre los madrugados trabajadores de Sucre.






Como recompensa al épico viaje, en Sucre me esperaba Wolf, un alemán que vive en Bolivia, país al que llegó como voluntario, desde hace unos 40 años. La habitación que me reservaba en la palaciega casa en que también funciona la academia de ballet de su mujer fue el antídoto contra la incomodidad extrema que había soportado para llegar a Sucre. Luego de una maratón onírica salí a caminar por la ciudad. Sucre, capital constitucional de Bolivia. Ciudad orgullosa de su linaje español pero también ingenua feligresa del mito de la sangre azul. De hecho, cuando el cineasta argentino radicado en Sucre César Bri, fundador de una muy bien reputada escuela de teatro, mostró en You Tube el video en el que un grupo de universitarios fascistas obligaban a unos 20 campesinos a besar el suelo de la plaza y gritar “¡Viva Sucre capital! la gente se puso del lado de los universitarios.


También fue Sucre la ciudad que se alzó en protesta cuando el MAS de Evo Morales quiso aprobar el nuevo texto constitucional. Es verdad que Bolivia tiene una flamante constitución que rebautiza el país como un estado plurinacional. Las circunstancias de su nacimiento no fueron, sin embargo, tan consensuadas como el preámbulo haría intuir. Algunos podrían llegar a leer en mis líneas un ataque al MAS. Sin embargo, como escritor, apenas intento estar alerta a los detalles que se alejan de los estereotipos. A veces publico incluso verdades que me incomodan a mi mismo, a fuerza de ser políticamente incorrectas. Pero reales. He leído la nueva constitución de Bolivia, que tengo en mis manos. Me parece más moderna, horizontal y pluralista que la anterior, es verdad. Pero insisto, fue un parto con cesárea. La constitución, que por ley debía aprobarse en Sucre, la capital constitucional, se aprobó en Oruro bajo mando militar. De hecho, más de 5000 personas se habían reunido fuera de Asamblea Constituyente para impedir su firma. Hubo enfrentamientos entre la policía y los estudiantes, y autos incendiados (Foto tomada con zoom en el depósito de la comisaría de Sucre). Cual broche de oro del cine absurdo, el cuartel de bomberos fue quemado, y 150 internos de penal escaparon alegremente por la ciudad. Y así Bolivia tuvo su nueva constitución.



De mi paseo por la ciudad no les contaré nada de las iglesias barrocas, de los santos cincelados en oro, de las arcadas coloniales. Eso lo pueden leer en cualquier guía zonza. Yo les quiero contar de la gente que trabaja en el Mercado Central de Sucre. Llegué quizás en busca de un almuerzo barato y saludable, acaso un saice (arroz, papas, ensalada y carne picada) o un chorizo chuquisaqueño. Pero luego me cautivo el oficio y la simpleza de la gente del mercado de frutas. Una mujer llamada Gaby, al escuchar que había llegado como comandante de un camión repleto de chanchos no tuvo más elección que dejar de mirarme como un turista. Y fue más allá de eso, me hizo un lugar en su puesto, en el que por las tarde me sentaba para observar el movimiento de la gente. Gaby estaba convencida de que, tras mi acrobático viaje sobre los chanchos debía ser demasiado afortunado para no haberme contagiado sus pulgas, por lo que comenzó a llamarme “Juan de las Pulgas”. Luego comenzó a explicar ilustrativamente como esas pulgas dejan larvas que hay que desterrar con agujas. Comprobé, sin embargo, que ni siquiera era huésped de semejante subespecie.



Lo primero que sorprende de los mercados de frutas bolivianos es la disposición piramidal de cada cúmulo de frutas. Manzanas, tomates, morrones, granadas, uvas y duraznos se apilan sobre canastos de mimbre, o en bolsas de harpillera. En medio a todo eso destacan enormes zapallos de unos 50 Kg. Intento convencer de comprarlos a una mujer que los mira con intención. Ella dice que los comprará con gusto si yo los cargo hasta su casa. Pasa luego una cholita vendiendo perejil. La mujer viene del Valle de Sotomayor, de dónde provienen la mayoría de los productos. El precio se discute en quechua, aunque los números sobresalen en castellano sobre tan indescifrable fondo. Todo el que tiene un puesto, también está dispuesto a comprar a los muchos vendedores de a pie que transitan el mercado. Como se acerca el viernes santo, el vendedor de sábalos tiene muchos clientes, aunque sus sábalos estén contaminados hasta las branquias con el plomo y el zinc liberado por las mineras. Otros productos que deberían estar faltan o se encuentran con dificultad y a alto precio. Es el caso de la quinoa y el amaranto, cereales de altísimo valor proteico cuya siembra fue prohibida por los conquistadores para diezmar la alimentación de las culturas originarias y por ende su capacidad de resistencia.

Para mí es hora de poner rumbo sur en el pulgar. Aunque mi viaje me lleva de Argentina hacia Alaska, he recibido una llamada de mi editor en Buenos Aires. Al parecer, mi primer libro “Vagabundeando en el Eje del Mal” está al borde agotarse, y una segunda edición es inminente. En este contexto, he sido invitado a firmar ejemplares a la 36era Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Después de todo, dado que el evento tiene lugar en La Rural, no hubiera desentonado llegar con mi simpática piara…





MUESTRA EDUCATIVA EN LA COMUNIDAD GUARANÍ ÑAURENDA


No dejé pasar la oportunidad para realizar la proyección fotográfica con la que intento fomentar la cosmovisión de un mundo más solidario, y que justamente compila imágenes de todo el mundo que ilustran la hospitalidad recibida en los últimos 5 años de viaje. Estos eventos son posibles gracias al Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos, que donó el proyector portátil, y a mis cómplices, o lectores comprometidos con este proyecto. Para saber como sumarte lee mi proyecto en http://acrobatadelcamino.blogspot.com/search/label/Sponsors

Marino, el jefe de la comunidad de Ñaurenda, en Bolivia, insistió en realizar el evento al aire libre, a pesar de que había una escuela. La gente raramente asiste a reuniones en espacios cerrados –me explicó. Debimos colocar una cortina – que ni siquiera era blanca, sino beige- colgando del travesaño de un arco de fútbol, y sostener los laterales –que el viento hacía flamear- con hierbas trenzadas a manera de soga.

En esta muestra implementé un nuevo criterio, dividiendo las imágenes por tema, en vez de en orden cronológico. Por un lado conductores que me llevaron en la ruta, sitios donde dormí, gente que me recibió en sus casas, imágenes de pueblos y ciudades, diversos vehículos, campesinos de diversas partes del mundo, etc. Disfrutaron por ejemplo ver la imagen de los campesinos laosianos moliendo el maíz, alimento sagrado también para ellos.

LOS GUARANÍES ME APODAN "BURIA WATA"


Privincia de Tarija, sur de Bolivia, camino a Alaska.... Me quedo parado en el cruce de San Simón, después de haber viajado un día entero en el camión Volvo de Guido, y de haber dormido sobre 10 toneladas de botellas de Coca Cola, todo un test para alguien que alguna vez colaboró con las campañas de Boycot a la marca organizadas en Irlanda del Norte. El sitio es agreste: una ruta de tierra que se pierde entre copas de árboles. Casi no hay tránsito, charlo con una nena que dice llamarse Daniela, a quien su madre la reta por jugar con agua desde una casa ubicada, intuida, tras un laberinto de árboles frutales. Un sapo enorme pasa a los saltos cerca de La Maga. Tras casi media hora, se detiene una camioneta doble cabina, de la empresa que realiza las obras de agua potable, y me llevan hasta un paraje llamado Taquillos. Una mujer con gemelas trenzas canosas y enorme pollera, que camina con su nieto, se detiene a preguntarme si no quiero comprar algunos de los limones que lleva en una bolsa. Espero una hora hasta que otra camioneta, esta vez de vialidad, me lleva hasta Timboy, el próximo pueblo.




No logro cruzar Timboy sin ser invitado a almorzar por un grupo de locales que en realidad se deslizaban lentamente hacia la borrachera entre discusiones familiares. Uno de ellos, apodado “el loco”, vivió varios años en Argentina trabajando como perforador en YPF. Agradecido por la prosperidad que allí consiguió, me invita el almuerzo, y una serie de cervezas. El “loco” opinaba distinto de su primo Antonio, sentado a mi lado, un hombre de unos 45 años que había estudiado medicina en Argentina pero que no se había graduado por culpa de la Policía Federal, que en épocas de dictadura lo había humillado haciéndole besar la tierra y echándolo antes de recibir su título. Por momentos se alejaban del tema y el Loco le recordaba a Antonio que a él nadie le había regalado un solo poste, y que sólo con sus ahorros de Argentina había logrado comprar varias hectáreas de monte que ahora explotaba para leña.

Por momentos, ambos se acordaban de otro primo muerto llamado Fabio, y se abrazaban con su tío, de unos 70 años, sentado en la cabecera de la mesa con un ancho sombrero chapaco. El loco le decía entre sollozos que él lo quería como un padre porque Fabio era más que su primo un hermano. Y así se deshacían en lágrimas estos tres hombres de rudos sombreros, lamentando por momentos con igual intensidad la pérdida de la Guerra del Chaco… En algún momento mencionaron que a Fabio lo había matado un rayo. Se me ocurrió contarles que según la creencia popular en México, quienes de esa manera mueren son elegidos por los Dioses. Hubo silencio, un brindis, y seguí viaje.




A pie seguí por el forestado camino apreciando árboles de flores amarillas llamadas “flor del carnaval”. Pasados un par de kilómetros me encuentro con un pueblo con no aparecía en mi mapa. Por la disposición de las casas y el amplísimo espacio abierto debí adivinar que estaba en una comunidad aborigen. Pero no, debí esperar a socializar con los primeros hombres que encontré, que mascaban coca sentados afuera de unas de las viviendas, para darme cuenta que no entendía la lengua. Sabía que no era quechua. ¿Y si no era quechua, qué era? Estamos en la comunidad de Ñaurenda, en territorio guaraní, en el sudeste de Bolivia, solar de una orgullosa raza que se dio el lujo de resistir el avance de la civilización inca desde la profundidad de sus bosques. Como es tarde, dejo la exploración para el día siguiente, pido autorización para acampar bajo un tinglado, y para darme una ducha en la escuela.

Amanecer en Ñaurenda, pueblo con nombre humilde, pues ñaurenda es el nombre del barro con que los guaraníes cosen las ollas en las que preparan la chicha. El “capitán” de la comunidad es un hombre de mi edad, vestido un poco más formalmente que el resto, y se llama Marino. Me invita a desayunar a su casa, y entre mates y pan casero me relata el origen de su comunidad. No se trata, como pensaba yo, de una comunidad ancestral. Si bien los guaraníes habitan estas tierras desde hace siglos, lo hacían en forma dispersa, sin núcleos urbanos. De esta manera, con el reparto de tierras a favor de colonos con títulos propietarios, el pueblo guaraní pasó a ser mano de obra barata, peones semi-esclavos dentro las propiedades de grandes terratenientes, pagados apenas con yerba, harina, y maíz. Recién en los años 80 comenzaron a organizarse, fue una etapa en que los terratenientes perseguían y reprimían ilegalmente a los campesinos que re reunían a tramar la epopeya de su libertad en alejados fogones. Luego llegaron algunos acuerdos, se fundó la APG (Asamblea del Pueblo Guaraní) y lograron comprar a los terratenientes 200 hectáreas que se dividieron entre las familias que comenzaron a llegar desde coordenadas imprecisas del monte. Ñaurenda fue la primera de unas 36 comunidades, un asentamiento modelo que funciona como núcleo y defensa contra la pérdida de la identidad cultural y la lengua.



Caminando por la comunidad, es fácil darse cuenta que hay una dinámica propia, que no se observa en Timboy, que está a 2 km. Las familias se reúnen por la mañana fuera de las viviendas, sentadas a veces en camas de mimbre sobre las que también duermen en las noches cálidas. Al acercarme a cualquier vivienda, más bien pronto soy invitado a sentarme y sumarme a la ronda del mate. Las mujeres visten el tipoi, un holgado vestido azul sin mangas. En una de estas rondas, Felipe, un agricultor, me cuenta que debido a la sequía este año no han podido sembrar el maíz. “El maíz es lo más importante para nosotros” – se lamenta Felipe mientras se acomoda una gorra tipo béisbol. La sequía es un gran problema, y el otro como siempre es a propiedad de las tierras, y la interferencia de las multinacionales. Actualmente los guaraníes reclaman 216.000 hectáreas de tierra, reclamo que el gobierno boliviano esquiva con buena cintura. “Evo apoya a las comunidades de su zona” – se quejaba Marino durante el desayuno. Su pueblo, que supo resistir al Imperio Inca, le mendiga actualmente a la justicia piedad ante nuevos gigantes como la petrolera Repsol, con cuyas mafias ya ha tenido enfrentamientos.

Decido quedarme un día más en Ñaurenda, no sólo porque el lugar me agrada, sino para organizar el evento educativo que voy llevando de pueblo en pueblo. Por la mañana tomo mate en una vivienda en cuyo frente tres mujeres urden artesanías con paja. Las pavas tiznadas descansan directamente sobre el fuego. Una niña guaraní juega con una muñeca muy distinta a ella, rubia con irreales ojos celestes. Parece sacada de un manual de pureza racial del Tercer Reich. Hay una contradicción entre la realidad y el estereotipo de la realidad ideal que se filtra en los containers de juguetes Made in China y llega a Ñaurenda…





En lo que es seguramente un ritual, por la tarde comemos kuchi –chancho-cocinado en una enorme olla, y acompañado por papas. Se come sin cubiertos, como en Afganistán. Casi toda la comunidad se reúne, sentados en un círculo de sillas, también en ocasión de la visita de unos empleados municipales de Tarija a quienes la nueva ley obliga a hablar al menos una lengua nativa, y que han llegado para practicar conversación, en realidad también obligados por una ley. Aunque los tarijeños disfrutan e la danza típica que hombres y mujeres danzan en ronda y tomados de las manos, lamentan la ausencia de un karaoke. En mi breve estadía aprendo apenas unas cuantas palabras en guaraní. Hay que aclarar que aquí todos utilizan dicha lengua para su comunicación cotidiana, e incluso el bien equipado bachillerato que tiene la aldea es bilingüe. De esta manera, noto que cuando se refieren a mí, los guaraníes dicen “Buria Wata”. No puedo con mi curiosidad y pregunto. Al parecer, ellos tienen la costumbre de bautizar a los forasteros con apodos en guaraní que resumen la primera impresión que les han causado. Y “Buria Wata” significa –me explican- “viaje largo”.




Honrado con tal apodo, Buria Wata salió a la ruta al día siguiente. Es 28 de marzo, día del cumpleaños de Buria Wata. La familia que tiene la única despensa, quienes saben de este dato, lo invitan a desayunar café con pan y queso. El les compra algo más de pan, una lata de aún, y comienza a caminar. Ese será su humilde festín cumpleañero. El mismo día a la tarde, Buria Wata llega a Huacareta, ya en el departamento de Chuquisaca. En Huacareta, pueblo rodeado de montes con una bellísima plaza colonial, conversa con una jueza de Sucre que soporta el hastío pueblerino desde su balcón, dejando sus pendientes plateados colgar como lunas sobre el paisaje color tierra. A la noche, pregunta a los locales dónde acampar. Un muchacho llamado Nilson le responde: “¿Acampar? No, te presto mi casa”. Es una vivienda simple, con la cocina y la cama en la misma habitación. Mientras miran el clásico entre Blooming y Oriente Petrolero, su mujer prepara un pollo con papas, con una entrada de sopa de bagre. Luego de tres días de acampar o dormir sobre en la caja de un camión, Buria Wata se hunde en el sueño facilitado por un colchón, agradecido de la hospitalidad boliviana del Chaco Boliviano.

viernes, 9 de abril de 2010

A BORDO DE LA JOYA DEL PACÍFICO HACIA EL CHACO BOLIVIANO


Siempre llega ese momento del abandono de la urbanidad. Uno se despide de la ciudad donde se quedó tres, cuatro días, para lanzarse a la persecución de una ruta agreste que apenas aparece en el mapa. Como sabueso que persigue la presa hocico pegado al suelo, así voy… Un minibus me saca de Tarija. Por la radio se escuchan proclamas de “Justicia, tierra y dignidad”. Un productor de castañas explica que desde que se organizan en cooperativas han salido del patronazgo. Esto es Bolivia en 2010, tierra de esperanza. Y de tierra es la ruta que tengo vista en el mapa, una ruta que se desvía primero hacia el Este, antes de repuntar hacia el norte desde la localidad de Entre Ríos cruzando luego el Chaco Boliviano hacia Sucre. No tengo la menor idea cómo será hacer dedo en Bolivia. Sólo he hecho un tramo de 20 Km. entre Bermejo y Tarija, y no sé si tuve suerte o si en verdad viajar a dedo es posible. A la salida de Tarija hay una “Tranca”, o peaje, donde un oficial alza una barrera manualmente una vez que el vehículo ha desembolsado unas monedas. Naturalmente, le mejor lugar para esperar. A tono con el orgullo localista, mi cartel dice: “Conociendo Tarija” y no “Conociendo Bolivia”. Veremos como funciona.

En apenas 20 minutos se detiene un camión. Es un Volvo, como casi todos en Bolivia. Un poco nervioso, y casi seguro de que querrán cobrarme, doy más explicaciones de lo necesario. Cuento que viajo hacia Entre Ríos pero que viajo por un largo tiempo y entonces tengo poco dinero y… Pero el acompañante mira al chofer y prontamente hace una seña de que suba. Bautismo de camión en las rutas bolivianas. Y no viajaba en un camión cualquiera, sino en “La Joya del Pacífico”, como reza el adhesivo sobre el parabrisas. El conductor se llama Guido, tiene unos cincuenta y tantos, y es acompañado por Dalmiro, quien se está fogueando en el oficio.





Es en este viaje en camión entre Tarija y Entre Ríos que comprendo cómo la migración boliviana hacia Argentina ha estrechado las relaciones ente nuestros países. Tanto Guido como Dalmiro han pasado como Argentina, si bien de manera distinta. “Hasta el último campesino de todos estos cerros –me dice Guido apuntando con su índice al infinito- sabe donde queda Mar del Plata o cualquier otra ciudad Argentina”. Dalmiro, por ejemplo, trabajó un año en las quintas de Batán y Necochea, y también anduvo por Mendoza. Es el caso de cientos de miles de bolivianos, que regresan de nuestro país agradecidos y, si les va bien, enriquecidos. Desde el otro ángulo, desde Argentina, la migración boliviana es menos comprendida. Se la ve más como un fenómeno amenazante a nuestra cultura, y giran entorno a ella todo tipo de prejuicios. Pocos conocen la excelencia de los bolivianos para trabajar la tierra, y menos aún el hecho de que muchos de ellos terminan siendo propietarios de las tierras que trabajan, proceso llamado “escalera boliviana” por los sociólogos. Esto debería ser un ejemplo para esos vagos que en nuestro esperan pacientemente un plan jefes de hogar y quienes irónicamente discriminan al trabajador boliviano y argumentan que quitan el trabajo a los argentinos.




El caso de Guido, el chofer y dueño de “La joya del Pacífico” es mucho más complejo. Guido fue a la Argentina para estudiar, del año 1974 a 1976. “Años de oro para el estudiantado argentino” –dice y se gira para clavarme una sonrisa llena de ironía sin dejar de mirar las acentuadas curvas del pésimo camino. En la Universidad de La Plata estudió tres años de ingeniería, pero por estar involucrado con el Partido Comunista Boliviano debió escapar del país. Allí en esa Argentina oscura de fines de los setenta, Guido se había reunido con el depuesto General Juan José Torres y sus dirigentes en el exilio, que se reunían en una iglesia de la villa de Retiro. Antes, claro, de que el general fuera asesinado por los militares y su cuerpo arrojado al río Brandsen. De regreso en Bolivia, Guido pasó dos años disfrazado de cura en un monasterio en Camiri, porque también estaba en las listas negras de la dictadura boliviana. Y permaneció allí hasta que pasó la tormenta. Pero allí no terminó su acrobática vida. Trabajó en salud, fue político e incluso tuvo un circo que contaba con una serpiente, un mono y dos payasos. Y lo cómico es que viajaban de pueblo en pueblo en colectivo, mono incluido como pasajero… Guido no está muy contento con la idiosincrasia de su país. “Acá descendemos de los españoles más salvajes de la colonia, no del español o del italiano que llegaron a Argentina luego de la Segunda Guerra… esa es la ventaja de Uds. Aquí no ha venido gente de afuera a darnos una mano”. Es curioso que

Llegamos de noche a Canaletas, un caserío en donde hacemos noche. Ninguno de los tres hemos cenado, y aunque hay un puesto de comidas la gente se reusa a prepararnos comida o un café, mientras cocinan para ellos. “A esto me refería – acota Guido- Ahí tienes la flojera y apatía de los bolivianos. Pobre el Che Guevara, vino aquí pensando en que sería aclamado por los campesinos. Y cuando los militares les preguntaban dónde estaba el Che, con un mínimo de presión, los campesinos respondían ¡Ahicito!”. Hay que decir que con poco criterio eligió el Che el sitio de su nueva revolución, algo escasamente comprensible siendo que el mismo error -excesiva confianza en los locales- lo había llevado al fracaso en Angola y Congo.



Esa noche dormí en el acoplado, sobre la carga del camión, que constaba de 15 toneladas de Coca Cola. De sed, seguramente no iba a morir. Por la mañana me despertaron unos golpes en la carrocería de partir, con las últimas terquedades de la pulseada perdida de la noche. Son las 5 de la mañana. Tras dos horas de marcha llegamos a Entre Ríos, donde Guido me invita el desayuno, que no son tostadas con manteca como en Argentina, sino sopa con pata de pollo. Antes de despedirse, Guido me cuenta que ocho años después de haber regresado a Bolivia, y ya restaurada la democracia en Argentina, le llegó una carta de la Universidad de La Plata, con su libreta universitaria y una invitación para que regrese. Pero él ya había formado una familia. Con lágrima resistió la tentación de rebobinar la vida, y se quedó. Hoy sigue maniobrando su Volvo por las rutas de Bolivia, con la dignidad de saber sobrellevar con humor la frustración que los golpes militares desparramaron como gotas de lluvia sobre toda una generación.


Doy un salto y estoy en la ruta nuevamente, en un cruce llamado San Simón. El camino por el que íbamos era de tierra, aunque principal. Ahora, por primera vez en Bolivia, tomo un camino de tierra secundario, que lleva, siendo optimista, a Sucre. Me siento afortunado de haberme cruzado con Guido, pero es hora de mirar hacia adelante, bajar la guardia, y tentar sorpresas como puñetazos…



jueves, 1 de abril de 2010

BOLIVIA MÁS ALLÁ DE LO SIMBÓLICO


Salgo de Bermejo bien temprano. Mi dedo se desplaza en el mapa de Bolivia y se frena en la ciudad de Tarija, dos centímetros, o doscientos kilómetros más arriba. Salgo a la ruta, como siempre. Con un insólito interrogante, como nunca. ¿Se podrá viajar a dedo en Bolivia? En Bolivia, el mito de que no se puede hacer dedo, proviene claramente de los viajeros que en realidad no lo han intentado en dicho país, tentados con razón por el bajísimo costo de los buses. Por otro lado, casi todos los vehículos particulares son taxis, formales o informales, y los camioneros suelen cobrar la mitad del valor del bus por llevar pasajeros, e indican con carteles su destino. También es notoria la escasez de vehículos particulares. Claro, con ese panorama, ¿por qué no subirse a un bus que además es barato? Pero el país con menos automóviles per cápita es Afganistán (1 cada 1000 habitantes) y ni siquiera allí había tenido problemas. La verdad, que llevaba ya varios días sin dormir en una cama, y estando algo castigado por las lluvias que me agarraron en las yungas tucumanas, quería llegar a Tarija, donde tenía contactos, para lavar ropa, componerme, y salir entonces sí en busca de nuevas aventuras. Pero tampoco podría haber tomado un bus sin sacarme la duda. Y entonces extendí mi pulgar, junto al río Bermejo, donde las copas de los árboles parecen rascar las nubes que se atascan entre los montes.



Dejo pasar los vehículos que son obviamente taxis, y freno una 4x4, pero cuando escuchan que no tengo dinero aceleran. No me rindo, y 20 minutos más tarde detengo un viejo jeep verde. Conducen dos campesinos, les explico que realizo un largo viaje, hasta México (temo que decir Alaska carezca de significado) y que no tengo dinero para “la flota” (bus). Ellos entonces se convierten en mis primeros conductores bolivianos. Pero me advierten: “Pero mire que más al norte ya no lo auxilean a uno si no le conocen. Ahí ya son 100% bolivianos” Esta declaración resume el sentido de identidad regional. En el departamento de Tarija, donde estamos, los autodenominados chapacos se sienten más cerca de Argentina que de la Bolivia altiplánica. Volviendo al jeep,un Willys americano, aún estoy averiguando su modelo de fabricación. Estimo que es del 48, por lo que sería un nuevo record de antigüedad de vehículo en mis viajes, actualmente en manos de un De Soto 1954 que me llevó en Siria. Al menos hasta que me levanten los Zapp en su Graham Paige 1928.
El jeep me llevó unos 20 kilómetros y entró a un campo. Aún me quedaban 190 para llegar a Tarija. Y entonces frenó el bus. Le dije que no dos veces, y el ayudante del conductor bajó tanto el precio para que subiera, de 20 a 10 bolivianos (6 pesos) que terminé aceptando, y dormí casi todo el trecho, algo que jamás hago cuando viajo a dedo. Pero bueno, cuando voy en bus no siento que estoy viajando realmente, por eso pierdo interés en mirar incluso el paisaje, me duermo… Las yungas se esfuman durante una siesta consentida por el asiento reclinado, me despierto con cerros más altos con poca vegetación, incluso algún que otro cardón medio desorientado, como espías enviados por el altiplano al reino húmedo del Sud…

La ciudad de Tarija es una de las más prósperas de Bolivia, y la más limpia. Es la única región vitivinícola de Bolivia, y mantiene una profunda identificación histórica con Argentina. Los comercios están bien equipados, mayor proporción de coches nuevos circulan por las calles, y asfalto por todas partes. Acomodo mis cosas en la casa de Jose Luis, mi anfitrión de Couchsurfing, y salgo a caminar. En el muro de una casa de venta de computadoras portátiles se lee “Evo Cabrón”. Estamos en época de elecciones y los grafitos están a la orden del día. Automóviles con altoparlantes que despiden canciones conocidas aunque con sus letras alteradas en favor de uno u otro candidato patrullan la ciudad. Durante mi estadía en Tarija hablé con personas de distintos grupos sobre política, para ver qué opinaban sobre el proyecto nacional de Evo Morales, quien llegó al poder con una mayoría de votos proveniente de las zonas pobres del altiplano. La prima de José Luis, que tiene un local de venta de ropa, está férreamente en contra. “Si seguimos con este indio estamos fregados”.


En Bolivia, la política se ha vuelto en la última década un tema étnico. Y como siempre, detrás hay un motivo económico: el gas del subsuelo tarijeño, una inmensa reserva que Bolivia exporta a Brasil y Argentina. Las regalías del gas, que antes se repartían entre los 9 departamentos en partes iguales, ahora les llegaran a cada departamento en proporción a sus habitantes. Por eso, en casi todo Tarija se lee la frase “Evo ladrón”. Ese tipo de discusiones son, digamos, válidas. Lo que cuesta asimilar es el odio racial con que está cargada la discusión. Porque la prima de José Luis deja de hablar del gas y subraya: “porque cuando vamos a La Paz nos tratan mal, nos dicen que somos descendientes de españoles. Nos dicen “caras” y nosotros les respondemos que ellos son “kollas”. Resulta casi imposible establecer una puntuación de este odio. La historia puede demostrar que el español esclavizó durante siglos la cultura local, y que las elites económicas de la Bolivia independiente continuaron la explotación. Pero aún no me convenzo de que la revancha sea un camino maduro, Y no queda claro hasta que punto no es una muletilla discursiva del MAS, el partido gobernante. Mi interlocutora se queda de una declaración de Evo a sus bases: “De ahora en adelante hay que andar con el fusil bajo el poncho”. Lo cierto es que hoy, de ambos lados existe un odio infantil. Bolivia me hacer recordar a Afganistán, un coágulo de identidades regionales incómodamente reunidas bajo una misma bandera. Kabul, Herat, Kandahar, Sucre, Tarija, La Paz… Qué historia tan familiar.



José Luis pasa casi todo el día en la universidad donde estudia ingeniería, por lo que ceno por lo general con su abuela de 80 años, quién está más allá del bien, del mal, e incluso de Evo. Ella canta sus coplas, recuerda cuando “todo esto era campo” y me dice que para ella, los pájaros que cantan a la mañana están alabando a Dios. Recuerdo a Marley cuando dice: “Three little birds, right on my doorstep, singing a song, so beautiful and true, this is my message to you”. José Luis piensa muy diferente a su prima. Para él, con Evo es la primera vez que se intenta unir a toda la diversidad cultural del país. Dice que su prima tiene en la cabeza el chip del discurso regionalista instalado por “las logias que dominan esta ciudad”. Además de estudiante, José Luis es un metalero devoto, y ha organizado la presentación en Tarija de una banda de black metal colombiana llamada Astreas Domains, a la que fuimos, por lo que mis días en Tarija tuvieron un flair metalero que me trajo nostalgia. Después de todo, memoricé primero las letras de Iron Maiden que la del himno nacional, y aprendí a hablar alemán con las letras de Lacrimosa, durante mi hermética adolescencia. Luego del recital pasamos varias horas tomando singani (licor de uva) y vino tarijeño en un banco de la plaza, con la banda y sus fans, según José Luis asustando de paso “a las logias y demiurgos de esta ciudad, aunque nos vigile los de Inteligencia”. Entre toda esa hermandad de cuero negro, apareció de pronto un joven que se desprendió la camisa para mostrarme el tatuaje de una esvástica, y me dijo que él era nazi y justo a tiempo llegó José Luis para abrazarlo y atenuar su idiotez. “El año pasado era comunista” – me dijo, y mostró en el otro brazo otro tatuaje, del Che, pero al que ahora le había agregado unos colmillos de vampiro, en parte porque el pibe se creía vampiro, en parte porque no había manera de disfrazarlo de otra cosa. En fin, un vampiro nazi santacruceño… Si pudiera organizar un zoológico humano con algunos de los personajes que conozco en mis viajes...

Así fueron mis días en Tarija, con una gran dualidad. Durante el día caminaba por los mercados, observaba a la gente, pensaba sobre la situación política, y por las noches escuchaba a José Luis leerme su teoría del caos, que opone el cosmos, de tres dimensiones, al caos, que es pandimensional. Mientras que el cosmos es regido por la ley de causa y efecto, el caos sería akármico y origen de todas las cosas. En medio a tanta alquimia pasaba la abuelita de José Luis cantando sus copla de Pascuas… Afuera, Bolivia se preparaba para las elecciones. En la TV estatal, circulan las noticias sobre Cuba y Venezuela con desesperada frecuencia. Un programa de artesanías muestra a un hombre tallando alegremente una hoz y martillo comunistas. ¡Me encantan los países que van en contramano! En cualquier momento el Evo amanece ordenando importar todas las estatuas de Lenín destronadas de las plazas de Polonia, Bielorrusia, Ucrania…

Y con tanto elemento ideológico en el aire, no puedo dejar de indagar, quiero ver en qué medida el bello discurso del estado plurinacional campesino y revolucionario produce cambios en la realidad. Claro, eso no va a ser fácil, pues acabo de llegar a Bolivia, deberé caminar mucho y no sólo hablar con los habitantes de las ciudades. Pero por ahora estoy en una ciudad. Ahora tengo enfrente a una socióloga, que se llama Trinidad. ¿Hay cambios reales con Evo? – le pregunto, y la verdad que viajo por este país con mi mente como página en blanco. En primera instancia, el tipo cae simpático, aparece como un romántico reivindicador de los campesinos e pueblos originarios. Pero quiero ver un poco más allá. Trinidad piensa que Evo ha visibilizado a los campesinos, que antes apenas gozaban de una menoscaba presencia tácita en la sociedad boliviana. Los ha dotado de aspectos simbólicos de reconocimiento social –dice Trinidad con esa clara dicción de los bolivianos que antes de comerse una “s” se cortarían la lengua. Lo que dice me hace acordar a unos apuntes fotocopiados de la facultad donde un señor llamado Bourdieu hablaba del capital simbólico.

¿Y en concreto? ¿Algo ha cambiado? La renta universal a los mayores de 60 años, llamada ahora Renta Boli-vida, ya existía bajo el gobierna del derechista Lozada, con el nombre de Bono-Sol. Sí se le puede adjudicar la creación del Bono Juancito Pinto, que otorga a niños de escuelas públicas unos 200 Bs. al año. A pesar de que gracias al alto precio internacional del gas, el gobierno ha manejado cinco veces más dinero que las gestiones precedentes, para Trinidad se ha quedado en el discurso. Hay proyectos de asistencia financiera a proyectos productivos comunitarios, pero aún no se ven obras. Es innegable el avance en la construcción de escuelas y polideportivos, en parte con las camionadas de petrodólares venezolanos. Las primeras son de utilidad, los polideportivos son más caballo de Troya del populismo que otra cosa. Muchos se preguntan quién diablos le va a devolver a Venezuela todos esos millones de dólares. Y siguiendo con el tema de la ideología, con curiosas algunas declaraciones del amigo Evo, quien dice que no le interesan los licenciados y los masterados, sino que él quiere a la dirigencia sindical en el control social. No sé por qué, cada vez que en América Latina hay un guiño de esperanza, una luz de giro a la izquierda, enseguida le sale al cruce el caudillismo y el amiguismo. O sea que los que van a controlar que no se malversen los fondos de cada proyectos van a ser sujetos como el gordo Moyano. Yo prefiero el socialismo a la escandinava che, si quienes toman las decisiones técnicas son licenciados y expertos en números, burócratas, fríos y si es posible aburridos, de traje, corbata, y lentes culo de botella, mejor. Siempre van a robar menos que nuestros héroes de camisa arremangada que fuman 43/70 y después de cagan en el pueblo. Pero bueno, las muchedumbres prefieren ser tuteadas y asaltadas por gente simpática y cuentachistes, a lo Menem, a lo Pinochet.


Desde que llegué a Tarija que leo los muros que lo mandan al diablo al Evo, tratándolo de Indio o Kolla. Para Trinidad, Evo ha hecho bandera de tensiones preexistentes y odios regionales. Es una movida política, es verdad, pero no deja de estar mal que alguien haya colocado a Bolivia frente a un espejo. Otra duda es si podrá transformarse en el proveedor eficaz de un intangible que una a los bolivianos por sobre sus máscaras regionales. Y digo máscaras porque es mucho más fácil decirse chapaco o cruceño o lo que sea, que reconocer la fatalidad que implica la nacionalidad boliviana, con su Mar perdido y demás tangos, con su ser nacional victimizado. Ojalá lo logre, y el estado plurinacional vaya mucho más allá de un revanchismo histórico racial con una base de adeptos en el altiplano empobrecido que espere del gobierno al que vota, ya no el chori y el vino, sino la chicha y el api. Y más allá de lo simbólico, del perdonable misticismo (los representantes de las comunidades indígenas lo coronaron con flores en Tiwanaku) y del cuestionable populismo, todos esperan frutos concretos, como el avance de la Reforma Agraria y la redistribución de tierras en el Oriente.

Cambiando de tema, desde que llegué a Bolivia puedo darme el lujo de sentarme a almorzar o cenar, generalmente en los mercados, pues una comida completa cuesta entre uno y dos dólares. En realidad, es así en casi todo el continente, y en todo Asía y Africa. En Argentina, en cambio, país con hambre y a la vez exportador de alimentos, da mucha gracia que no existan opciones económicas para comer barato. Tenemos el pudor a lo popular de los suizos aunque el desempleo de Mozambique, ¿quién nos entiende? Debe ser que nos gusta vivir mal. Mientras los audaces argentinos hacen malabarismos para alimentarse y mantener su orgullo al mismo tiempo, en Bolivia la más humilde de las cholitas o peones se sienta a sus anchas en la mesa del mercado, que comparte con otros desconocidos que ya están comiendo, y pide, por un par de monedas, un sopa de maní, y luego un suculento plato de arroz, papas, ensalada y pollo. La comida es preparada ahicito, en la cabecera de la mesa, por una mujer a la que el resto llama “mamita”. ¡Y la verdad que el diseño de la escena, la proximidad y la amistad, le confieren a la escena una calidez maternal. ¿Y qué mejor para un Acróbata andariego como yo, lejos de cualquier tipo de familia, que comer en un mercado boliviano? Además, debo alimentarme, las rutas bolivianas esperan, venía postergando lanzarme a esta pirueta, la de internarme en Bolivia para conocer a su gente, más allá de los discursos y las banderas.