miércoles, 24 de marzo de 2010

CAZADOR DE HORIZONTES Y ABSURDOS CAMINA POR LAS YUNGAS





Viajar es la eterna cacería del horizonte. Y ese animal herido va dejando rastros, incluso se deja acariciar –en los mapas- pero otra vez, con malicia, lo vemos soberano en la lejanía. Es por definición, una cacería interminable. Por suerte, así lo es. Siguiendo a esta presa es que dejé Andalgalá, con la intención precisa poner rumbo hacia Bolivia, y la difusa calma para aceptar cuanto sucediera en el camino. Sólo precisaba hacer base algunos días en Salta o San Miguel de Tucumán para reimprimir libros, postales artesanales, y reparar algunos ítems de mi equipo.



En una F-100 cargada de fardos de pastura para caballo crucé la Cuesta de Chilca, desde Andalgalá hasta Aconquija. En el sinuoso camino ví cardones en flor, e incluso un cóndor describiendo sus aureolas en la niebla. Mi conductor contó incluso que había trabajado en la mina en alguna ocasión, y que se había llevado algunas rocas con pepitas de oro que terminó vendiendo a unos hippies de Córdoba. Una vez en Aconquija, se forma una fértil pampa de altura en la que los locales siembran zapallo y papa semilla. Es además, una zona de turismo local. Cuando le dije que pensaba hacer dedo, un lugareño de voz pausada me dio su opinión, que hubiera dejado perplejo a cualquier erudito de los silogismos: “Los camiones en general te llevan o no.” Es lo que yo pensaba….





Tras un breve tramo en un camión de Vialidad Provincial me subí a la Ranger de un productor de papas que galopaba hacia Concepción, ya en la Provincia de Tucumán. Fui testigo admirado de la transición hacia las yungas, en la ladera oriental del Aconquija. Mientras en el oeste, mirando hacia Catamarca, es designio de cardones y arbustos ralos, aquí en las laderas occidentales, que retienen la humedad que llega del Atlántico, los cardones pegan un salto y se vuelven enormes alisos y otros árboles cuyos nombres desconozco. La humedad deja de ser una noción abstracta, es aquí una niebla que nos envuelve como una nube. Ya en Concepción, hago dedo en un semáforo cercano. 


En frente hay una estación de servicio, galpones industriales, talleres mecánicos, en fin, la usual arquitectura urbana de rotonda que bien conoce quien viaja a dedo. En diez minutos se detuvo el Renault Megane de un arquitecto. Viaja con nosotros una maestra que también ha alzado en la ruta. Con las yungas envueltas en niebla a la izquierda, subimos hacia San Miguel de Tucumán. Las yungas tucumanas fueron durante los años 70 la guarida de Montoneros, ERP y otras milicias populares menos conocidas como Uturundu. Desde una un locutorio de Lules, en el camino, intento contactarme con Charly o con Diego, dos colegas mochileros de Autostop Argentina. Pero ninguno de los dos números contesta. Algo tristón, me vuelvo a subir al Megane. Parece que voy directo a una enorme ciudad, sin contacto o techo previsto.





Caos y destino a veces pactan treguas, se complementan. Me los imagino como dos ángeles tejiendo la trama del futuro, tejen sentados espalda con espalda, sin ver lo que hace el otro. No sé cual de los dos ángeles bajó la baraja que vaticinó que el Megane se detuviera exactamente en la esquina de la casa de Diego, a quien intentaba localizar. Despedí a mi conductor, que se iba a su clase de yoga, y volví a marcar el número de Diego desde un locutorio. Y me respondió, luego me indicó su dirección, que era a exactos veinte metros del locutorio, en un piso doce en el urbano corazón de San Miguel de Tucumán. ¿Pensaban que Tucumán era una colección de casitas colonias donde algunos próceres firmaban agrestes independencias? Wrong. Welcome to the jungle.



Diego y Selva me reciben en su departamento de la calle 24 de septiembre. Lo único que sabía de Diego, cuando lo conocí en el Encuentro de Mochileros de Cerro Colorado, organizado por Autostop Argentina, era su habilidad para lanzar clavas al aire. Así lo recordaba, con su melena rizada malabareando allí en el antiguo terruño comechingón. Allí todos le decían “el Tucu”, apodo que automáticamente pierde vigencia en pleno centro de San Miguel de Tucumán, donde medio millón de personas podrían identificarse bajo el mismo nombre. “El Tucu” que conocí en Cerro Colorado era malabarista y punto, mientras que Diego es arqueólogo forense, excava fosas comunes, identifica restos de desaparecidos con ADN, y viaja, aveces con Selva, para colaborar en otros países en similares escenarios de crímenes de lesa humanidad. Para aumentar mi sorpresa, Diego me cuenta que Charly, casualmente, había quedado en pasar esa misma noche con su chica, para cenar.





Charly es de Buenos Aires, pero estudia lutería en San Miguel. Hacía al menos un año que no lo veía, desde los tiempos en que caía por Buenos Aires a vender mis libritos artesanales, y Charly me hospedaba en el mítico “Campo de Refugiados”, es decir, en su departamento, que recibía tal apodo porque uno entraba allí a la una de la mañana con mucho cuidado de no pisar a los numerosos seres que roncaban en sus bolsas de dormir, o acaso se despertaban con un “¿Cuál es la vaina?” o un “ ¿Todo chévere?” Artistas, viajeros, vagos, Charly no dudaba a alojar a los integrantes de la internacional trashumante, siempre que cumplieran con algún grado de anormalidad. Estaba por ejemplo Osvaldo, un venezolano que ansiaba ya no ser vegetariano, sino llegar a alimentarse con sólo mirar el sol. Otros eran amigos en común, como Javi, que ahora se dice que da clase de iniciación al yoga en jardines de infantes, y que antes trabajaba en un restaurante vegano. Con Charly tenemos miedo a que Javi de un momento a otro desaparezca y se eleve a los cielos, convocado por alguna confederación de Budas.

Así pasé varios días en San Miguel, armando nuevos libros artesanales y postales, y saliendo a la noche a bares culturales como Managua o Pangea, donde vendía y conocía a la fauna local de músicos y artistas. No faltó una visita al Abasto, y a otros sitios que tanto me habían nombrado. Tucumán fue también lugar ceremonial para comprar un nuevo pantalón de viaje, un Northland cargo desmontable color oliva. El reemplazado lo compré en Lhasa, Tíbet, a finales del 2006, y ya cumplió su ciclo.





En San Miguel de Tucumán tuve la oportunidad de ir a una peña, donde se siguen agitando los pañuelos, y las zambas y las chacareras siguen perpetuando sus compases. El involucramiento con la música que se ve en quienes bailan folclore me pareció muy particular: es como si “vistieran” la música con orgullo, más allá de acomodarse al ritmo. Y hablando de ritmo, también acudí a una función de la murga “Pechando el camión”, en la que tocan Charly y Diego, en un encuentro por la diversidad sexual organizado en Parque Avellaneda.


De Tucumán seguí mi cacería de horizontes, por la ruta 34 que cruza el corredor de las yungas a través de las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy. Preferí esta vía a la clásica entrada a Bolivia por la Quebrada de Humahuaca, que por otro lado ya conocía. Pero las yungas iban a cobrarme peaje. La salida fue rápida, en un camión que llevaba 27 toneladas de queso en su cámara frigorífica. Manejaba un hombre que procuraba mantenerse alejado de su propio gremio, ya que decía que los camioneros sólo hablaban de putas y camiones. Su sueño parecía ser vivir en Miami. En un momento debí ayudarle a trasladar parte de la carga para que la desigual distribución no forzara la puerta trasera del acoplado. Sentí entonces ese aroma lácteo que no sentía desde que era operario de la fábrica Golden Cow, en Irlanda del Norte, en 2003. Que este Acróbata alguna vez fichó tarjeta...




El camión me dejó en Rosario de la Frontera. Caminé por la rotonda, alejando con cada paso sobre el césped a diversos condominios de langostas e insectos indescriptibles, lo que significa que estamos en las yungas. Tras sólo 5 minutos detuve una Mercedes Sprinter de un ingeniero que trabajaba para una compañía de automatización industrial. Me dejó muy cerca de Guemes. Allí comenzó a dilatarse mi marcha. 

Tardé 48 minutos en detener un bus escolar que me llevó los 10 Km que faltaban para Guemes. Los niños quedaron pasmados ante un "escolar" con una mochila tan grande. Antes de bajar les tomé una foto, y la desordenada felicidad con que posaron me hizo pensar que uno anda por ahí con mochila -además de para goce propio- para arrojar a pentagramas ajenos algunas notas de alegría.

En Guemes caminé hasta el semáforo de la terminal, lugar clásico para hacer dedo, pero no pude salir antes de que oscureciera. Como Guemes es un lugar que me parece peculiarmente insulso, decidí hacer trampa y tomar un colectivo hasta el próximo pueblo, fuera cual fuere. Y así caí en Pampa Blanca, ya en provincia de Jujuy. Fue una noche entretenida, acampé en una estación de servicio YPF, y conversé larguísimo rato con el dueño. Eso sí, mientras armaba la carpa debí soportar las pobremente vocalizadas jactancias de un propietario de camiones. Machado el hombre, se quejaba de que tenía 7 camiones que valían 300.000 pesos cada uno, y que el gobierno le quitaba sus ganancias con los impuestos. Señalaba a sus choferes y decía, por pagar las cargas sociales de estos vagos no me queda nada…”. Los choferes bajaban la cabeza, y alguno que otro incluso asentía.




Llovió toda la noche, y la mitad de la mañana, lo que me retrasó enormemente. Debí pasar hora y media bajo el alero de la estación de servicio, en donde no entraba nadie. Aún con cierta garúa salí a la ruta, pero necesité una hora y media para frenar una camioneta que en su caja me llevó hasta Los Lapachos, apenas a 10 km. La frontera boliviana me parecía inalcanzable. En Los Lapachos un hombre de vialidad con un teodolito media los ángulos de la carretera bajo la molesta garúa. Con su capote, parecía un general de la Primera Guerra observando las líneas enemigas. Me tentó preguntarle si él también andaba detrás de esta presa llamada horizonte, pero algo me dijo que no me entendería. Yo no miro al horizonte con teodolitos, pero también le ando acechando. En Los Lapachos, mis dados sacaron un seis: “se detiene un Corsa, próspero comerciante buena onda lo invita a almorzar y lo lleva hasta Pichanal, avanza 200 kilómetros”.

En Pichanal, importante cruce que recibe el tránsito que baja desde Bolivia, pero también el que viene transversalmente por la ruta 81 desde Formosa, hice dedo. El cruce está lleno de pequeñas comercios y automóviles privados buscando pasajeros, ya estamos más cerca de Bolivia. Pronto un camión me llevó hasta Orán, última ciudad fundada por los españoles en América (1794) en el extremo noreste salteño. Me pasé una hora y media haciendo dedo, pero lo único que pasaban era vehículos taxi, repletos de rostros trigueños, con los baúles repletos de mercancías. Otros vehículos volvían, también repletos de textiles y acolchados. Estando a 15 km de la fontera, y con ganas de descansar en Bolivia, tomé transporte público hasta Aguas Blancas, donde una mínima embarcación a motor me llevó del otro lado del Bermejo. ¡Bienvenido a Bolivia! Tras haber viajado 51 días en territorio argentino, era hora de recuperar el pulso de la extranjería.





Al otro lado del río, me aguarda la población de Bermejo, en el departamento de Tarija. Gran parte del departamento de Tarija está cubierto por yungas, y está culturalmente más próximo a Formosa o a Paraguay que a la Bolivia altiplánica, quizás más imaginada desde el exterior. Esta diferencia se refleja en la composición racial y en el poco entusiasmo que genera en la región – o en sus elites- el proyecto nacional de Evo Morales, con más base demográfica en las comunidades postergadas del altiplano. Los carteles de las próximas elecciones departamentales y los proclamas lanzadas desde los altavoces de automóviles que patrullan las calles condimentan el de por sí intenso ritmo humano de la población de frontera con su interminable mercado de textiles y baratijas. Tras cenar un picante de pollo (arroz, pollo, ensalada) con su correspondiente sopa con entrada (por cinco pesos argentinos) camino por la plaza principal, donde el calor y los mosquitos acechan.




Con La Maga a cuestas camino y guardo silencio. Pronto Bolivia mandará su primer señal. Y la señal llega desde una parroquia, en donde se escuchan los cantos de un grupo de chicas que han concluido una coreografía. Al salir son ellas las que me indican cual es la vivienda de Victorino, el cura. ¿Será el inventor de las cortaplumas? El hombre, atento, sorprendido, entiende perfectamente que mi viaje es demasiado largo para pagar hoteles, aún en la baratísima Bolivia. Acampo bajo un cobertizo de paja, contento de estar ya del otro lado de la frontera. Mientras armo la carpa apoyo a La Maga junto a un tanque que dice “Agua Bendita”. Enhorabuena inerte compañera, han regresado para nosotros los días de extranjería e insolente cortejo de lo absurdo.

¿Querés salir a recorrer el mundo mochila al hombro y te falta un empujón? ¡Lee nuestros libros de viaje. "Vagabundeando en el Eje del Mal" y "Un Tango en Tíbet" que esperan como alfombras mágicas a todas las almas nómadas, con anécdotas, fotos, mapas y recetas para tomar por asalto la libertad.


lunes, 15 de marzo de 2010

ANFITRION DE FIESTAS INVISIBLES...


Días que se pasan en la ruta. Como nunca degusto la vida nómada que elegí hace cinco años, saboreo eventos como caramelos, y destrono el sedimento de las rutinas vividas. Como costras se caen ante el baño de esta nueva atmósfera. Monto cada segundo como si fueran dragones voladores. Vivir con desenfreno de artista frente al lienzo en blanco. Estoy en la ruta, en el arco de salida de Tinogasta, haciendo dedo ante la custodia de los cardones y los cerros cobrizos, quizás propulsado por el fuego de los pequeños ajíes tinogasteños. (Si hubiera comido uno entero, hubiera llegado a Alaska de una corrida…)

Hago dedo hacia Belén. En diez minutos se detiene un maestro en su Corsa. De camisa y corbata y flequillito, parece algo nervioso por el inusual viajero que ha levantado. Llevo colgando mi cámara de fotos, por lo que siempre supongo que seré visto como un viajero. Sin embargo, alguien que vive en movimiento es sospechoso… ¿No le da miedo andar sòlo? – me pregunta. Y luego: “Disculpe que le pregunte, pero ¿Ud. va armado?” El maestro no me tutea, allí leo su temor. Le responde que mi arma más contundente es la pluma. Fuera se suceden las casas de adobe abandonadas por quienes migraron a trabajar al sur. Algunos caseríos aún son anunciados por optimistas carteles de “Zona Urbana”.




Llego al cruce de la Ruta 40 que va a Belén en la caja de una camioneta que viajaba a 120 por hora, y llego a la ciudad en el Clio de un hombre que trabajaba en el banco de Fiambalá. En Belén soy huésped de Antonio Avar, su mujer Fernanda, y sus cinco hijos. Oriundo de Buenos Aires, Antonio llegó hace décadas a Catamarca como artesano. Un día trocó sus piedras por mantas y hoy tiene, acaso, la tienda de textiles étnicos más surtida de la provincia. Es fascinante, la familia tiene sus propios telares y en el inmenso jardín se tiñe la lana en inmensos tachos, que luego va secándose al sol. Por la noche la plaza de Belén se puebla de gente que bebe cerveza en las mesas de los bares. Familias enteras con niños pasean hasta a una de la mañana, mientras los jóvenes dan la “vuelta del perro” en moto, la nueva manera de pre-socializar en nuestras provincias. Aunque permanecen las uvas y las aceitunas, en Belén aparecen nuevos regionales, como el membrillo, y fundamentalmente, como humitas por primera vez en este viaje




Para viajar a Andalgalá debo retomar la Ruta 40. En el camino cruzo un pueblo curiosamente llamado Londres, en honor a un casamiento de la casa real de los Tudor en el siglo XVII. No muy lejos de allí se encuentran las ruinas de Shinkal, donde hace un año fue asesinado Sebastián Mousacchio, un mochilero argentino. Algunas versiones aseguran que el hecho estuvo vinculado a la actividad minera, que poco tuvo que ver con la excusa de robar su cámara fotográfica, y que el delito perseguía el secreto fin de espantar el turismo y los curiosos. Como sea, hago mis reverencias espirituales a Sebastián, confiando en que su energía está cerca.



Mientras espero algún vehículo en Londres, le saco fotos a La Maga junto a una casona, y me doy cuenta que mi mochila se ha transformado en un alter-ego, una sinécdoque de mí mismo. Puedo fotografiarla como si resumiera mi concepto. Detrás de lo poético, se esconde la fatal soledad de mi marcha. Me sentaría en la plaza a compartir un trozo de pan con plena percepción de la simpleza, si existiera una princesa vagabunda que reclamara el espacio vacío a mi lado. Será que la misión que he asumido en este nuevo viaje/libro requiere de la soledad de mis pasos, que amparan la reflexión.

Llego al cruce de la Ruta 40, en donde ya había estado en mi camino de ida a Belén, en un camión de vialidad provincia conducido por un pibe de Santa María. Jorge es la primera persona que veo coqueando en este viaje, por lo que su presencia delimita la frontera sur del hábito. Cuando me convida, ¿cómo rechazar la invitación a algo tan cercano a la cosmovisión andina? Una vez en el cruce me doy cuenta que he olvidado mi botella con agua dentro del camión. Mirando a mi alrededor, detecto en la banquina perpendicular un altar a la Difunta Correa, lleno de botellas con el preciado líquido. Tomo una,, la destapa, y vierto un poco en mi taza, dejando que el líquido se enfríe, pues la botella estaba al sol. Luego de una hora de esperar y beber agua caliente, se detiene la camioneta Chevrolet de un peluquero, quien viaja a la ciudad de Catamarca. En vez de pedir que me baje en el cruce a Andalgalá, donde estaré otra vez sin agua, prefiero pasarme algunos kms y acampar en la primera población.



Así llego a Chumbicha, una pequeña ciudad. Me siento en la avenida principal a cenar un super-pancho y una gaseosa de litro, y a conversar con algunos vecinos. Todos son amistosos y se acercan a saludarme. Una mujer me pregunta, sorprendentemente, si vendo saumerios…. Termino mi cena y busco un sitio donde acampar, y lo encuentro en un espacio verde dedicado a rodear una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Allí armo la carpa. Soy Lord Pobre, y arrastro mi voluntaria frugalidad con modales aristocráticos. Ey ¡lo digo en serio! En la portátil pongo música gitana, y me siento en la puerta de la carpa a fumar un habano que me regalo Juan Kestel, un periodista porteño amigo. Por un momento imaginé qué cara pondría la policía si se acercaban a inspeccionarme, los hubiera recibido en sandalias, fumando un habano, y meneándome al son de las notas balcánicas, como anfitrión escasamente cuerdo de alguna fiesta invisible o transdimensional.

Pero no llegó ningún policía, apenas unos caballos que relinchaban junto a un arroyo cercano. Salí a caminar para verlos de cerca, y en el arroyo pude ver reflejada, nada menos que la nube. Quisiera ejercer la invisible soberanía de los estanques. Mientras los hombres buscan oro para construir cohetes que los lleven a las estrellas, a cualquier charco de agua le es dado el poder para hacer aterrizar a la luna y a las estrellas en la timidez de su reflejo. Que bueno si pudiéramos más seguido ser como los estanques, y alcanzar, con paz e intuición natural, nuestros sueños verdaderos. Su reflejo genuino, y no los símbolos status, la pantalla de plasma y las 4x4…



Al otro día hago dedo en Chumbicha, y detengo uno de los vehículos más particulares en este viaje, un viejo Jeep IKA modelo 1960, color verde metalizado, perfectamente restaurado, y conducido por el gerente de la empresa proveedora de gas natural de la Provincia de Catamarca. Me lleva hasta la entrada a Mutquin, ya en la ruta a Andalgalá. En menos de dos minutos soy alzado por un Daihatsu Applause por un hombre y su yerno, que tenían una empresa familiar de venta de ropa de trabajo a las municipalidades de la zona. Me dejan en la plaza de Andalgalá, donde aprenderé sobre la resistencia popular a la mina La Alumbrera. Pero ese es otro capítulo.

sábado, 13 de marzo de 2010

CASAS RODANTES, CABALLOS NEGROS CELOSOS Y EL GOL INOPORTUNO DE PALERMO




La casa rodante en que viví siete días, en el terreno de la casa de Pedro, en Jáchal. Todo un lujo usar como base sedentaria un ícono del movimiento…




Parece que mes estoy especializando en realizar versiones proletarias de deportes extremos fashion. Con Pedro y Fabián, descendimos 10 kms por el curso del Rio Jáchal a borde de estas cámaras de camión tensadas por sogas, utilizando escobas viejas como remos. Deslizarse por la corriente, esquivando rocas y ramas, fue una mezcla de relax y adrenalina. No lo entendía de forma tan simple el caballo negro que, marcando territorio, cruzó el río a paso furioso casi llevándome por delante. De todas formas, me quedé pensando en lo bello que hubiera sido suma a la lista de accidentes el haber chocado contra una caballo negro mientras navegaba el rio Jachal en una cámara de camión… algo a tono con haber caído en el foso de un ascensor en Adana, Turquía (Feb 2006)


Control médico para La Maga…En una balanza de principios de siglo, La Maga me asusta al revelar que pesa 18,8 Kg. Es posiblemente la mochila más pesada que he cargado. Se supone que con los años uno aprende a viajar con poco equipaje. Y es verdad, podría viajar con lo puesto si me sobrara el dinero, pero en los 5 Kg que pienso que sobran van libros artesanales para la venta, material para ensamblarlos, abrochadora grande, trincheta, regla metálica, archivo de recortes de diario, mapas, un libro de lectura para cuando espero en la ruta “El Encubrimiento de América” (regalado por Sergio Pino, de Lavalle, Mendoza), computadora, proyector para los eventos educativos, cámara de fotos, cargadores varios, y una caja llena de postales artesanales para su venta…
Salida de Jachal. Esperando en la bella campiña de Pampa Vieja, llena de casonas de adobe y sulkys. Una mujer me regaló una lata de picadillo porque no había despensas abiertas. Luego se detuvo una Rasrojera que me llevó en la caja junto con una vieja heladera Siam…
Al fin llegó Jorge y su Taunus, que a pesar de ir desarmándose en el camino iba en dirección a Nonogasta, muy cerca de Chilecito, pues Jorge trabajaba allí en la curtiembre. Perdimos el caño de escape en la escarpada cuesta de ripio, y el auto comenzó en un momento a gotear aceite. ¡Pero llegamos!
Tras una breve escala en Chilecito, donde me alojó Dady, de Couchsurfing, quien además me relató la historia de la lucha contra la explotación minera en el Famatina, seguí viaje rumbo a Catamarca por la muy poco viajada ruta 78… Este era el paisaje, frente a la ruta, justo a la altura de un pueblito llamado Potrerillos, donde no pasó un solo vehículo en tres horas.

El niño de la foto, Manuel, se acercó a conversar conmigo. Andaba en una bicicleta que sólo tenía llantas y frenaba con un trapo atado a las mismas… Manuel andaba por toda la calzada como si fuera el patio de su casa. “Mete ruido pero anda” – gritaba entusiasmado por el inesperado público… El contraste me hace reflexionar: es aquí debajo de los pies de Manuel y de su bicicleta sin neumáticos donde se originan los lingotes de oro que sustentan el poder de las naciones como Suiza. Recuerdo la riqueza que observé en las calles de Zurich, y la gente sin alma ni esperanza en las plazas bebiendo cerveza pagada por el seguro de desempleo.

Llegó el hermano mayor de Manuel, quien me preguntó. “¿Usted toma mate?” Es el puntapié de la tradicional hospitalidad de la Argentina rural. El mate es la excusa para la invitación al hogar, y allí vamos. En teoría, el tío de Manuel irá a Tinogasta más tarde en camioneta, a donde lleva las nueces que se producen en el pueblo. Por eso nos sentamos a tomar mate fuera, con la intención de hacerle señas cuando pase la camioneta. El destino tenía otros planes. Dentro de la casa se escuchaban los rumores del partido entre Boca Juniors y Vélez. En la pequeña pantalla del televisor blanco y negro, poco diferían los jugadores de los de un metegol. Y entonces Martín Palermo: él tiene la culpa de mi permanencia en Potrerillos. Martín Palermo anota su gol número 218, convirtiéndose en el mayor goleador en la historia de Boca, y entonces toda la familia entró a la casa para ver la repetición del gol. Entre los festejos de Palermo discierno, a lo lejos, el inconfundible avance de una camioneta por una ruta de ripio. Mi camioneta, la que se iba para Tinogasta. Estaba varado en Potrerillos. Mejor dicho, fue la excusa para quedarme a jugar y perder un partido de Chin Chon con Manuel, y para probar los lomos de carne de cabra que cocinó su padre.

sábado, 6 de marzo de 2010

EVENTO DE INTERCAMBIO EDUCATIVO EN ANGUALASTO



Angualasto se transformó en la sede del 3 encuentro de mi proyecto educativo nómade. Además de ver las fotografías, debatimos sobre sus problemáticas locales. La mayoría de la audiencia eran jóvenes de entre 16 y 20 años, que le reclaman al municipio la posibilidad de terminar el secundario. Para eso tiene que viajar 20 km, pero el gobierno no queire poner una combi a disposición de ellos ni tampoco construir una escuela, claro. Eso sí, el gobierno quiere fabricar de la nada un pueblo turístico, ahora que la minera pavimentó el camino (para su propio provecho). Un delegado de la municipalidad llegó vociferando que iban a contruir aerosillas incluso… Uno de los chicos le respondió, con excelente y rápido criterio: ¿Por qué entonces no contruyen una aerosilla que nos lleve a la escuela? Parece que el plan de futuro que ellos tienen para la juventud de Angualasto es que les sirvan el café a los turistas de la capital que lleguen a sacarle fotos a sus casas de adobe.