miércoles, 24 de febrero de 2010

EVENTO DE INTERCAMBIO EDUCATIVO EN LAGUNA DEL ROSARIO


En el Salón Comunal de Laguna del Rosario, comunidad del desierto mendocina de origen huarpe, realizamos una proyección fotográfica y charla con unos 15 vecinos que se acercaron, algunos desde parajes muy lejanos e incluso a caballo. Sergio Pino - quien me invitó a la zona- hizo una breve introducción de quién era el flaco de la mochila, y de cómo compartiríamos imágenes de otras comunidades originarias de otras latitudes. Me gustó compartir con ellos imágenes de otras sociedades campesinas, donde también se crían cabras, como la afgana o pakistaní. Ellos parecieron rescatar, de las imágenes de ese país, la moraleja de resignificar lo poco o mucho que se tiene. A pesar de los problemas locales, se podría estar mucho peor. Y la unión de la comunidad es el arma más poderosa frente a estas adversidades. Este proyecto educativo y de intercambio los realizo gracias a la ayuda del Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos, y gracias al apoyo de lectores comprometidos. Para saber como poner tu granito de arena, hacé clic aquí.

EL PRECIO OCULTO DE LA VENDIMIA EN LOS ESTADOS PONTIFICIOS HUARPES


En varios tramos atravieso la distancia entre San Rafael y Villa Tulumaya, en el Departamento de Lavalle, el más pobre de la provincia. He sido invitado allí por Sergio y Viviana, dos médicos muy comprometidos con la atención primaria en la zona rural –desértica- del Departamento. Llego a la capital provincial en el Honda Accord de una pareja mayor, quienes me dejan en la zona de la terminal. Por allí me pasa a buscar Sergio, aún vestido con el delantal del trabajo, y pronto estamos llegando a su casa en Villa Tulumaya. El calor en esta zona, no es un dato menor a la hora de describir el escenario…





Sin embargo, ojala fuera el calor el único problema. En una zona de escasas precipitaciones, el ingrediente fundamental de la vida y a producción es el agua. Lamentablemente, el agua que llega al departamento desde el Río Mendoza lo hace después de recorrer toda la zona vitivinícola e industrial de Mendoza, hacia donde es desviado para irrigación. Después de tantos desvíos, el agua que llega a la zona de Lavalle es poca. Esto ha producido una mayor concentración de los minerales que se encuentran naturalmente en el suelo en proporciones saludables, como el fluor, el manganeso y el arsénico. Sergio y Viviana, como médicos, son testigos del consecuente aumento de los diagnósticos de cáncer. Ellos son el precio silenciado del buen vino medicino. Claro, en la versión televisada todo es fiesta: en estos días la provincia elige a su reina, que curiosamente no sabe hablar quechua como las actuales cosechadores –en gran parte, migrantes de Bolivia- sino que son espigadas jóvenes de ojos verdes.


Si así es la problemática en la ciudad, ¿cómo viven la tragedia del agua en el desierto? Viajamos con Sergio y Viviana hacia el desierto para que pueda palparlo. Ellos la realidad la conocen muy bien, desde hace años trabajan codo a codo para sensibilizar a las autoridades sobre las necesidades sanitarias del desierto. Mientras los pasillos de las universidades nacionales pululan de jóvenes deseosos de hacerse de un título de médicos, son pocos los que realmente van allí donde los profesionales escasean.
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Se necesita ir mucho más allá del juramento hipocrático para adentrarse en el desierto en las condiciones a veces precarias que el escueto presupuesto y a negligencia estatal imponen. Por eso, los pocos que se han animado son recordados con exclamaciones y alusiones épicas. En la comunidad de Laguna del Rosario, todos se acuerdan del Doctor Estrada, y es que su vehículo no se prestaba al disimulo: llegaba en avioneta. La pista de aterrizaje, de tierra apisonada, aun se conserva, pero ya no hay presupuesto para avionetas. Los últimos tres años, el valiente rol ha recaído, algo imprevisiblemente, en Lía, una joven mendocina que –he escuchado por ahí- no desentonaría en una pasarela. A Lía se la sabía ver tirada bajo su camioneta en medio del desierto solucionando algún desperfecto, o incluso descargando de la caja de ésta un cuatriciclo, para completar los tramos más arenosos e inaccesibles. A éste temple, el gobierno responde negándose a costear la reparación del techo de la vivienda destinada a la doctora…


La comunidad de Laguna del Rosario es, en parte, de herencia huarpe, y debe su nombre a un sistema encadenado de lagunas y humedales que hoy está completamente seco a causa del desvío de las aguas para irrigación. Es un poblado disperso, con casas de adobe rodeadas de añejos algarrobos, con la Capilla del Rosario (1609) como centro ineludible de la población. Hablando con dos señoras que volvían de juntar leña, me entero que hasta hace 30 o 40 años, en la zona se practicaba agricultura. Se cosechaba el trigo y se traían trilladoras de Córdoba para luego enviarse a los molinos la producción. En algún momento la sequía y el aumento de los costos, sólo permitió que continuaran con la tradicional cría de cabras, de la que actualmente viven.

Sequía, cabras… ¿Algo más? Sí, la comunidad está dividida. El agente divisor no es nada nuevo en el continente, y viste sotana. El Padre Benito llegó a la zona hace años, expulsado de la zona de la diócesis de Guaymallén bajo cargos de autoritarismo. Como castigo, lo enviaron al desierto. Lo que no pronosticaron sus antagonistas es que Don Benito transformaría su ostracismo en bastión y cuartel general. Asociado con los jefes huarpes correctos, tejió una red de influencia que ha culminado con su informal condición de cacique. No sopla el viento sin la autorización de Benito…
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Con fondos solicitados al BID y a otros sponsors transoceánicos, Don Benito asegura estar cambando la calidad de vida regional. Es verdad, construyó un centro de salud en medio del desierto, pero no tiene instrumental y, menos aún, médicos. También obtiene de donaciones privadas de personas de Europa que “padrinan” niños huarpes, pero nadie en la zona ha sido testigo de que un solo niño haya visto un centavo. Por último, el cura quiere arrogarse el derecho de organizar la festividad anual de la “Virgen del Rosario”, fuente principal de ingreso para los criadores de cabras. “Estamos como hace 500 años” – asegura Daniel Quiroga, referente de la comunidad huarpe, quien se queja de haber recibido amenazas de parte de los partidarios de Don Benito. Laguna del Rosario está muy cerca de obtener la propiedad registral colectiva de sus tierras. Y parece que tanta autonomía va contra los planes del supuesto Don Benito, quien quedaría de esta manera limitado a las comunidades menores de la zona, como San José, San Miguel y El Forzudo.

En Laguna del Rosario realicé una muestra de fotos y charla (ver post específico) como parte del proyecto educativo asociado a mi viaje. Luego preferí abandonar el pueblo, un poco por la vergüenza ajena que me causaban, en algunas de sus actitudes, un grupo de estudiantes de Comunicación Social de la Universidad de General Sarmiento, que intentaban, con prepotencia y prisa porteñas, lograr un documental sobre los huarpes. Recién llegados de Capital, asolaban las calles del poblado con sus cámaras, sin tener en cuenta la timidez local. Evidentemente, era su primer trabajo en ese inmenso y “extraño” que comienza del otro lado de la Gral. Paz. Al unísono se quejaban de los mosquitos, y se quejaban aún más y protestaban porque la gente no “colaboraba” con el documental. Los pocos que querían hablar delante de la cámara les contaban sobre la problemática de las tierras, la sequía y la división de la comunidad en referencia al asunto del Padre Benito. Que un cura oficiara de caudillo en territorio huarpe era poca cosa para los chicos capitalinos. Es más, se quejaban de que los huarpes les hablaban de sus problemas, y no de su cultura. Parece que en la Universidad de General Sarmiento les enseñaron que la cultura es la confección de vasijas. Completamente decepcionados por no haber encontrados a los huarpes tejiendo en telares a orillas de la laguna con una pluma en la cabeza, los porteños partieron sin más hacia Uspallata, donde esperaban encontrar a los verdaderos huarpes… Yo hubiera hecho un documental sobre ellos.

Conversé algo con dos de las chicas del grupo, que también se avergonzaban de sus compañeros, y con José, un empleado de la Dirección Provincial de Hidráulica, apostado en su casilla móvil. Fue este quien me hizo notar que eran sólo 25 km por las vías del tren hasta la siguiente comunidad, San José, y sin meditarlo demasiado partí, con una botella de dos litros de agua y dos paquetes de galletitas. Con cada vez más confianza estoy dejando salir mi talento de croto reprimido. Desde hace tiempo vengo sintiendo cada vez más fuerte el llamado de los rieles, como plataforma alternativa de aventura, acaso motivado por la lectura de ”Historias de Crotos y Linyeras” de Osvaldo Baigorria, y como consecuencia de varias conversaciones con Fede Pallés y Zachary Wilkins, amigos ferro-adictos.





Salí con mi mochilita y las bendiciones de José hacia la vía, con la energía con la que jamás caminé hacia empleo alguno, sobre rocas desparejas, gambeteando las ramas de los algarrobos que con curva malicia extendían sus espinas hacia los rieles. Cada tanto un grupo de cabras, puntuando esa deriva de espinas y arbustos que parece eterna. A los costados el tejido de arbustos espinudos y algarrobos se ve elevado por algunos médanos. Alguna huella también corre paralela a las vías. Alternativamente, camino sobre una y sobre otra, siempre siguiendo la línea de los potes del telégrafo del ferrocarril, tutores de mi buen rumbo.. Cuando había recorrido 18 de los 25 kilómetros ví una casita de adobe, vi venir dos niños a caballo en sentido opuesto. “¿De dónde vienen?” – pregunté exaltado. “De casa de la abuela” – responderon ellos. “Bendita sea tu abuela que vive en medio de la nada” – pensé. Quince minutos más tarde encontré la casa, y fui recibido por el tío de los niños, llamado Juan, un hombre calmo y amable de unos 40 años, de cabello largo sujeto por una gorra visera.




Juan Morales vive en una humilde casa de adobe con su madre Cipriana. Me dice que aún me quedan 7 Km para llegar a San José. “¿No quiere sentarse a tomar unos mates? Puede quedarse a dormir si quiere” Primero pensé en seguir, luego caí en cuenta de que había dejado la linterna en Villa Tulumaya, y que mi única iluminación provenía del flash de mi cámara… Acepté la invitación del humilde puestero, quien pronto le ordenó a su madre que preparara mates. La anciana, encorvada pero veloz como una sentencia divina, a animar el fuego y arrimar la pava. En un delantal con bolsillos que reposaba sobre su falda tenía yerba y azúcar. Su pollera larga hace casi invisibles sus escuetas piernas. Cipriana va como flotando del fogón al toldo bajo el cual tomamos mates dulces, acompañados por galletas y patai, pan hecho con harina de algarrobo. Cerca de nosotros relinchan varios caballos y descansa un sulky. Juan interpreta en la guitarra temas de Leo Dan, con un tono muy agudo y falsete típico de la canción cuyana. Me cuenta que antes tenían un conjunto de cuatro guitarras. Luego deja la guitarra y se pone a humedecer un bozal de cuero trenzado para repararlo. Me cuenta leyendas de la zona. Dicen que en épocas de la conquista un mensajero de la caballería española se perdió en el desierto. Antes de morir de sed enterró las monedas de oro que llevaba, y que eran la paga de los soldados de la zona. Hasta el día de hoy nadie ha logrado localizar el valioso tesoro. ¡Qué poco que sirve el oro en ausencia de agua potable! Eso lo saben bien los vecinos de San Carlos que, más al usar, luchan contra la instalación de una minera…








Y Juan habla de sus caballos, claro, sus amores… Con uno de ellos, de 20 años ya, acostumbra cruzar el desierto hacia San Miguel, donde tiene familia. Son siete horas al trote. Con el vecino más cercano a 5 km, Cipriana y Juan Morales viven en completa paz, junto a sus cabras y caballos. Esa noche, tienen la inusual compañía de este trotamundos, y ponen para él una cama extra, bajo un toldo, bajo las estrellas… Al llegar a la mañana siguiente a San José, los responsables del puesto sanitario administraron un calmante para mi dolor de rodillas. Pero un dolor de rodillas bien ganado. Siento que llevo en mis pasos, ahora, la calidez de ese desierto, de esa vía, la simpleza de Juan y Cipriana Morales, ¡y las espinas de sus algarrobos!

SAN RAFAEL Y LA SEMILLA DE OTROS MUNDOS POSIBLES


Una camioneta de Vialidad Provincial de La Pampa pasó como un espejismo por el ripio del aislado paraje Arbol de la Esperanza, transformándose en mi pasaje de vuelta a los caminos asfaltados, más concretamente a la pequeña población de Santa Isabel, en dónde escuché a un mecánico local despotricar contra los campesinos que acababa de visitar, diciendo que “la indiada siempre fue haragana”. A continuación, comentó que le gustaría que volvieran los militares…

No todos eran tan ignorantes en Santa Isabel. También encontré gente buena, como una panadera que no me quiso cobrar el pan, y la gente del Parador La Cumbre, quienes me permitieron sentarme a trabajar con la computadora a pesar de no consumir más que el fresco del aire acondicionado.

Mi próximo rumbo era San Rafael, en Mendoza. Esperé 40 minutos bajo la sombra estratégica de un árbol a la salida de Santa Isabel, hasta que frenó un conductor de topadoras que regresaba a su casa en San Rafael en su VW Polo. Cebando mate mientras manejaba con irresponsable destreza llegamos a destino. Mi objetivo en San Rafael era visitar a los Brown, una familia norteamericana a quienes conocía sólo por Internet. Caty y Shoan son una pareja de Michigan que viven en Argentina desde hace un año con sus tres hijos. Shoan trabaja en un emprendimiento inmobiliario que ofrece casas con viñedos adyacentes a gente que quiera “jugar a tener sus propios viñedos”. Incluso les ofrecen un ingeniero agrónomo incluido que les controla la producción durante los primeros años. Con más experiencia en el consumo que en la producción, el motivo de mi visita no era la actividad vitivinícola, sino conocer las historias de viajes de dedo de Caty…





Caty comenzó a viajar a dedo cuando se mudó a El Bolsón y comprobó que el servicio de transporte público no era como el norteamericano. En vez de tomar pastillas para loe nervios, salió alegremente a la ruta con sus dos hijitas a hacer dedo. Mientras pivoteaba entre El Bolsón y San Rafael, Caty fue no sólo adquiriendo un caudal de anécdotas graciosas como viajar en la caja de un camión que transportaba colchones, sino que también les permitió a sus hijas apropiarse de una visión menos paranoica del mundo. “Ellas creen que es normal” – dice sin ocultar lo cómico del caso. En vez de educarlas en la doctrina del miedo –hegemónica en su país de origen- Caty alienta a sus hijas a indagar el horizontes y a confiar en sus pares. Cuando yo conté la historia de aquella ocasión en que hice dedo a una locomotora que maniobraba entre Guido y Pinamar, Stella -su hijita- estalló en sorpresa: “¿Waw mamá, también se le puede hacer dedo a los trenes?” Caty, orgullosa de la libertad que iluminaba el rostro del piojo rubio sentado sobre la mesada de la cocina, reflexionaba: “No va a pasar mucho hasta que me plantee que quiere viajar a India –y se ríe- ¡Espero que al menos sea después de los doce!” Luego, más seriamente, me comenta: “Cuando llegue el momento de la rebelión adolescente ante los padres, supongo que Stella no va a huir de casa con una mochila, pues eso nos haría feliz. Es más posible que nos anuncie que estudiará Economía en Harvard. Ella sabe muy bien que es algo que nos decepcionaría”.




Además de ser testigo y aplaudir este modelo de familia flexible y semi-nómade, San Rafael me deparaba otra exquisitez. Resulta que los vecinos de Caty se han organizado en una comunidad sustentable. Estamos en una zona de fincas a 20 Km de la ciudad. Allí han concertado sus esfuerzos unas ocho familias, construyendo cada uno sus casas con materiales naturales como adobe y madera de álamo, pero procurando una propiedad colectiva de los terrenos cultivables. Alejandro es un músico jóven que vive con su esposa y su hijita en una comodísima, rústica y estéticamente seductora vivienda en Los Claveles. El me cuenta la satisfacción que le ha dado construir su propia casa. Me hace un pequeño tour, y lo primero que noto es que lo artesanal no excluye la comodidad. Hay amplias bibliotecas, sillones, mesa de computadora y un taller en el que destaca un contrabajo en construcción. Luego noto los detalles: la ventana es en realidad un parabrisas de camioneta; la manija de la puerta, una corona de bicicleta. Todo se recicla. La exposición ante un escenario de sedentarismo tan bohemio y coherente sólo puede reflotar mis fantasías acalladas de vivir en un entorno similar, que me llevó alguna vez a visitar comunidades similares en Europa y a un Encuentro Arco Iris en Noruega.


Noto en Alejandro la enorme satisfacción de estar dejando una semilla concreta de otro mundo posible. Es algo que trasciende la dimensión individual, y supone la conservación de un paradigma que, aunque actualmente desplazado y sojuzgado por el facilismo urbano que delega la supervivencia a la percepción de un sueldo, está destinado a reemplazarlo tarde o temprano. En mi caso, el nomadismo que profeso me impide darle una dimensión concreta a mis ideales. En estos años, yo vengo construyendo mi casa de palabras. Son por ahora mi único legado. Llegará o no el momento de reclamar una base o un nido donde recalar de vez en cuando. Y no será muy distinto a lo que observé en Los Claveles.


Finalmente, antes de partir de San Rafael, los Brown me invitaron a hacer rafting en el Río Atuel. No puedo negar que fue entretenido, al menos hasta que llegué a la conclusión que se trataba del mismo río sobre uyo lecho seco, rocoso y abandonado había estado caminando en el oeste pampeano, allí donde su curso es desviado para provecho de los agricultores mendocinos. Guardé silencio y no expliqué a nadie por qué dejé de sonreír…


jueves, 11 de febrero de 2010

TRAVESIA TRANSPAMPEANA II: LA LUCHA POR LA TIERRA SIN LLUVIAS NI RIOS…


Mirando el mapa, sigo con la vista la Ruta Provincial 14. ¿Si es agreste? Bueno, fue una de las rutas elegidas por el Dakar en su tránsito por la provincia. El asfalto termina en Jaguel del Monte, un mínimo paraje de tres casas y una escuela hogar hasta el que llego en la camioneta de su portero. Oscar viste una chomba “Lacoste” posiblemente traída desde La Salda, y viaja con una carabina lista al lado por si se cruza “algún bicho”…

Jaguel es una palabra arcaica que significa pozo de agua. Mientras que los topónimos de la Pampa Húmeda hacen mención a terratenientes e ingenieros ferroviarios europeos, en el desolado oeste todo tiene que ver con la celebración del agua y los árboles: Jaguel del Monte, Arbol Solo, Algarrobo del Aguila, y así.

Tengo que esperar más de dos horas debajo del sol en el comienzo del ripio. Casi como una ironía, alguien ha dejado caer un almanaque del tamaño de un naipe con una fotografía de la torre Eiffel. Nada más lejano en este paraje, donde con ejemplar torpeza urbana no dejo de clavarme todo tipo de espinas y rosetas (un malicioso elemento del reino vegetal de utilidad indescifrable, pero que es como un pequeño asteroide con púas como dardos) y donde mi celular como preguntándome ¿dónde me metiste? me pone el mensaje “Sin red” en la pantalla. Lo que no tiene red es la pirueta en la que La Maga y yo nos estamos metiendo. Un cartel vial que es una contradicción en sí misma reza: “Próximos 45 Km. Camino Intransitable”



Como no podía ser de otra manera, otra camioneta. Esta vez la doble cabina de Darío Fuentes y su familia. Vamos, coleando entre huellas de arena hasta el paraje Arbol Solo, donde viven, conectados al mundo por una antena satelital que en días misericordiosos les permite hacer alguna llamada por celular y una antena de Direct-TV. Los caldenes han desaparecido, y apenas sobreviven algunos arbustos. Ceno con la familia Fuentes, quienes amablemente me permiten acampar junto a su casa, y a la mañana sigo viaje gracias a Darío, quien insiste en llevarme hasta Paso de los Algarrobos. Para él es muy probable que de otra manera tenga que esperar más de un día.


Mientras me conduce, me cuenta de que la zona solía estar más poblada, cuando en cada puesto vivían numerosas familias. Las lluvias eran más frecuentes. “La lluvia es todo” – llega a decir Darío en un momento. Claro, también habrá que ver si la televisión no habrá sido tan responsable de la emigración como la sequía, al mostrar la vida urbana como modelo sagrado a seguir.

En Paso de los Algarrobos hay apenas un depósito, un antiguo teléfono público de Telefónica, obsoleto hace años, y el puente sobre el Rio Salado. Desde que la Provincia de Mendoza decidió retener con embalses los cauces del Atuel y del Salado, esta franja de La Pampa se parece cada vez más a algunos parajes que observé en Egipto… Los mendocinos creen no exagerar cuando explican que como en La Pampa el Atuel no tiene un cauce preciso, el agua se desparrama y forma humedales que los locales ni siquiera aprovechan para irrigar sembradíos. A su vez, los pampeanos dicen que no siembran porque no hay agua, y el huevo da origen a la gallina, otra vez.



Es algo tácito de que habrá un plato para mí en la mesa de Rubén, en Paso de los Algarrobos. La sola aparición de un viajero dispara su automática incorporación a una comida familiar. Como para dar un parámetro de dónde estamos, el hijo de Rubén jugaba hasta hace poco con un puma cachorro que habían atrapado en las cercanías. Los pumas son aún, según los locales, uno de los principales predadores de ganado, algo así como el granizo de la Pampa Seca…



Paso de los Algarrobos parece ya el fin del camino, pero una tímida línea blanca se anima a desprenderse en el mapa hacia el sudoeste, del otro lado del Río Salado. Es la RP 104, que cruza salitrales y lleva, en apariencia, a ninguna parte. Sin embargo, es el terruño de decenas de familias campesinas que crían ganado vacuno y caprino. Hacia allá salgo, en la caja de la camioneta de los Roldán, que han recalado en la despensa de Rubén para hacer algunas compras.

Huella y tierra virgen son nociones que se deberían excluir mutuamente. Cuando casi coinciden, cuando una mínima vía como esta se abre paso en tierras remotas, esa ambigüedad delimita los márgenes en que crece el yuyo de la aventura, quizás la única siembra que resiste cualquier sequía. Por más de 35 Km vamos navegando el pésimo camino, y abriendo y cerrando tranqueras. Por momentos, el camino coincide con el lecho seco del Rio Atuel. Llegamos así al paraje llamado “Árbol de la Esperanza”, donde solo es visible el puesto sanitario. El puesto de los Roldán está 5 Km camino adentro por una huella tan estrecha que las espinas de los arbustos rallan la carrocería de la vetusta pero fiel F-100.

Los Roldán son dueños de 2.500 hectáreas de una de las tierras más abandonadas que he visto en mi vida. Si estuvieran localizadas en una zona húmeda, valdrían una fortuna. En cambio, apenas les permiten a los Roldán criar cabras y algunas vacas que se venderán como terneros. Cualquier clase de agricultura es impracticable, o eso es lo que ellos aseguran. A pesar de vivir en coordenadas tan sufridas, los Roldán, como tantas otras familias en la zona, tienen que preocuparse por oto problema. Desde hace una década han aparecido personas reclamando las tierras, con papeles y títulos. Puede tener algo que ver el reciente descubrimiento de yacimientos de gas en la zona.



Esto dio origen a un conflicto legal en la están, por un lado, los titulares registrales, y por otro lado, las familias que llevan ahí medio siglo o más combatiendo la sequía, y amparados además por la ley veinteñal, que adjudica la propiedad de las tierras a quienes hayan estado en ellas por más de veinte años. Y por muchos fluye sangre ranquel. Entonces, ¿quién llegó primero a las tierras? Es interesante remarcar, sin embargo, que muy pocos de ellos enarbolarían ese orígen, quizás por miedo a la discriminación y el status menoscabado que aún sufren algunos pueblos originarios. Por otro lado, ha sido un criterio de demarcación de poder y derechos desde algunos espacios de la estructura política, que lejos de reestablecer la cultura ya perdida, convirtió a los caciques residuales en punteros. O algo similar cuentan que pasó en la Colonia Emilio Mitre, cosa que no me animaría a afirmar sin antes visitar ese lugar.





Comparto la rutina de los Roldán. El agua en la casa proviene en parte de lo recolectado durante los escasos días de lluvia, y en parte de los camiones de vialidad provincial que llenan cada tanto el tanque de 24.000 litros que está en el puesto sanitario. En la vecina Santa Isabel, la gente se queja, sin ningún atisbo de solidaridad, por el asistencialismo del gobierno hacia estas comunidades. Otros los acusan de no ser lo suficientemente disciplinados e industriosos como para mejorar sus campos y sus ranchos. De hecho, en la casa de los Roldán, propietarios de 2.500 hectáreas, sorprende encontrarse con un baño externo. En parte, están quebrados por la sequía, pero en parte, orbitan un ritmo de vida simple y desacelerado.





Mientras quienes reclaman las tierras que nunca trabajaron pasan acompañados por agrimensores en sus camionetas para medir la dimensión del saqueo que planean ejercer, los Roldán persiguen a las chivas por su corral intentando asirlas de la barba para que no se resistan a amamantar a cabritos ajenos, y su madre decide si carnear o no una gallina. Todos miran al cielo y rezan para que caigan de una vez algunos de los 300 milímetros anuales que se precipitan como ingenuos paracaidistas en el hostil terreno. Suena en la radio un gol de Boca, y su eco trivial se pierde en la inmensura de un paisaje que parece disolver hasta el esfuerzo humano.

Y termino con la pregunta de la madre de Ariel: ¿Y son muchos como Ud. que tienen el juicio de ir andando?




TRAVESIA TRANSPAMPEANA I: TRAS EL NIDO DEL AGUILA CORONADA



Más allá de Santa Rosa, en la provincia argentina de La Pampa, hacia el oeste, aparecía en los mapas del siglo XIX la palabra “Travesía”. Era sinónimo de incertidumbre completa, aquel que se aventuraba más allá tendría que ingeniárselas para encontrar agua y tener a su favor los astros para que lo protegiera de convertirse en cautivo de las por entonces gallardas legiones ranqueles. Hoy no hay ciertamente, riesgo de muerte en el desolado, huérfano, malicioso tramo de la Ruta Provincial 14 que se desprende de Santa Rosa con esa recta ferocidad con que se expresan las rutas pampeanas. Sin embargo, no deja de tratarse de una incursión en un terreno árido y lleno de carácter.


No evitaré rememorar mis días en Santa Rosa. De hecho, les debo a mis amigos de esa ciudad el entendimiento de las temáticas locales. Mi primer contacto fue Matías Sapegno, periodista, editor, y uno de esos personajes polifacéticos con que uno puede librar con gusto diálogos enciclopédicos. Tras pasarme a bucar por la rotonda del avión (una rotonda adornada por la Fuerza Aérea con un obsoleto Pulqui II) Matías me puso en contacto con toda una interrelacionada fauna de soñadores locales.

Primero vino la lección de historia. Chorizo seco de por medio, escucho la historias de los caiques locales, de los Cafulcurá, Namuncurá, de Epumer Rosas… Este, el último de su estirpe en resistir a la avanzada blanca, murió en 1883 Bragado, Prov. De Bs As, como peón de estancia. Su bisnieta, en cambio, ejerció otro tipo de resistencia llamada rock, y fue María Grabiela Epumer. Cuando los ranqueles dejaron de ser una amenaza, entonces sí la morosa misericordia del gobierno les otorgó 625 hectáreas en el paraje hoy conocido como Colonia Mitre. De allí el nombre de la cerveza artesanal pampeana: 625.






Luego sí, pasé a casa de su hermana, María Emilia, y de Pablo, su cuñado. Una pareja moderna que por sus ideas y hábitos lo mismo podría haber sido holandesa o danesa: carreras profesionales pujantes, nada de hijos, y planes de iniciar una ONG que trabaje y resignifique el arte en los barrios de Santa Rosa. De allí pasé a la quinta de Ramiro y Marcelo, dos simpáticos aventureros que acaban de renunciar a sus trabajos para irse en moto hasta Machu Pichu. La historia cobra interés cuando uno se entera que nunca antes se habían subido a una motocicleta. De hecho, fui partícipe y víctima de uno de sus viajes experimentales, entre la ciudad de Santa Rosa y Cachirulo, un pueblecillo o despojo ferroviario. Y nunca llegamos, el guadal – la arenilla que como un médano invade muchas calzadas pampeanas- nos hizo colear hasta la caída. Con la Jawa 500 arriba de mi tobillo derecho, experimenté el primer accidente de este viaje, altamente recompensado por un asado al regreso de la trunca expedición. En ese asado, conocí a Eugenia, una geógrafa local quien me asesoró en varias cuestiones relativas a la identidad del oeste pampeano.






Antes de salir hacia el oeste hice una breve visita a Eduardo Castex. Allí tenía el sencillo objetivo de charlar con Javier, un lector del Blog. Eperé sólo un minuto hasta que se detuvo una camioneta S-10 de la Cooperativa Eléctrica de Arata. Mi conductor fue contundente, “fundamentalmente, en esta parte de la provincia lo que tenemos es tranquilidad y buenos chorizos en el invierno”. Eduardo Castex es un tìpico pueblo de la Pampa Húmeda, con sus silos, sus tiendas que venden desde ropa hasta electrodomésticos y su perrocracia (en palabras de Javier). Pasamos la tarde en un club donde los locales jugaban al truco con un Gancia y un sifón de soda en su mesita reglamentaria, y la noche charlando sobre el granizo y el gobierno (notablemente expuestos en condiciones de igualdad) con la madre de Javier.


Volví a Santa Rosa en un camión que transportaba una mudanza desde General Alvear (Mendoza), y me alisté para salir hacia el oeste. Pero no así nomás. Me esperaba Maxi, conocido por todos los puesteros del oeste pampeano como “el Señor de las Aguilas”. Maxi es Licenciado en Recursos Naturales y encabeza un programa de monitoreo y protección del Aguila Coronada, una especia en extinción. Matías hizo el contacto, y no me resistí a la posibilidad de acompañarlos a monitorear uno de los nidos que tenían identificados. Aquellos lectores añejos del Blog podrán casi anticipar la anécdota, que está estrechamente relacionada con un episodio sucedido en Noruega en julio de 2005… Pero para eso falta.





Arremetimos con la camioneta bien temprano, pisando la RP 14, asfaltada en sus primeros 100 Km. La cabina la ocupamos quien escribe, Maxi, y Oscar, un voluntario español que colabora con el proyecto. Pasamos por el paraje Nos abastecemos de víveres en El Durazno, un cruce en el que se asientan una despensa, una comisaría y un puesto de Defensa Civil. Luego doblamos a mano izquierda por un camino rural. Tras abrir y cerrar varias tranqueras llegamos al Establecimiento Las Garillas. Nos recibe el puestero, Jorge Sánchez. El desafío de Maxi por salvar al águila coronada combina alta tecnología con diplomacia rural. Sólo ganándose la confianza de los puesteros de la zona puede lograr que los vaqueanos le avisen de los extraños casos de avistamiento de nidos o águilas en vuelo. Luego sigue una meticulosa tarea de rastreo, y hasta en algunos casos han logrado que fundaciones extranjeras financien la costosísima instalación de transmisores en ejemplares adultos, para monitorear sus migraciones, y de cámaras junto a los nidos para estudiar sus comportamientos.



Jorge Sánchez es propietario de sus propios campos, y puestero de una estancia de las 20.000 hectáreas, propiedad de un español. Las tierras de las que hablamos, hay que aclarar, no son las fértiles de las llanuras pampeanas. En algún punto pasamos esa inflexión del terreno que divide la Pampa húmeda de la seca y ahora la vista hasta el horizonte lo ocupan montes de caldén. Los caldenes son árboles bajos, similares al algarrobo, que alguna vez formaron una sólida barrera que se extendía hasta Bahía Blanca. A pesar del desmonte son la característica más visible del medio oeste de La Pampa. El caldén es un árbol de crecimiento lento. Precisa más de cinco años para formar un tronco de diámetro apreciable, y aquellos ejemplares que uno apenas calificaría como grandes, son en verdad árboles de 150 o 200 años que habrán presenciado la Campaña del Desierto. Entre los caldenes crece una variedad numerosa de arbustos que a duras apenas alcanzan a engordar terneros. La práctica de la agricultura resulta imposible…





Dentro de la casa de Jorge Sánchez tomamos mate, junto a un tío y a un vecino, suyo. Cualquiera de ellos hubiera sido un idóneo modelo para Molina Campos, pero más allá de esa estética de boina, bombacha y facón a la espalda, hay matices que sorprenden. Jorge, por ejemplo, fue uno de los domadores más famosos de Argentina, incluso logró domar por decenas de segundos a “Birola”, la yegua más bellaca (rebelde) de que se tenga memoria. Como cazador, es capaz de seguir el rastro de un puma y asestarle la sentencia de su Mauser a 50 metros de distancia. Cuenta con satisfacción sus sorprendentes incursiones de caza en Sudáfrica. Sus hijos hoy van a la Universidad en Santa Rosa. Santa Rosa, claro, queda lejos. Acá el tema de conversación es el tamaño de las cabezas de las víboras, el peso de los terneros, y las precipitaciones. Siempre las precipitaciones. También hay diálogos histriónicos. El tío de Jorge, que acepta los mates con cara de feo, fealdad que parece acentuarse en la espesura de sus bigotes, lamenta el dinero gastado en los más de 400.000 cigarrillos que asegura haber fumado en su vida. “Pero son cigarrillos negros, ¡son más sanos!” – reclama. También se jacta delante de Maxi las águilas que cazó en su vida, amparándose en el mito de que las águilas matan al ganado… Claro que el humor rural tiene esa pizca de picaresca incitación a la reyerta verbal con que condimentan las horas de descanso y mate en nuestros campos.



Después de una pava de mate Maxi, Oscar y yo cargamos la camioneta con los equipos y nos acercamos en la austera huella a través de caldenes y matorrales hasta uno de los dos nidos de águila coronada actualmente monitoreados por el proyecto. Pasamos al menos cuatro horas colocando trampas para víboras en las cercanías para averiguar lo máximo posible qué especies componen el menú de nuestros alados amigos. ¡Incluso usamos la abrochadora que llevo para mis libros artesanales para asegurar el nylon de las trampas! Luego nos acercamos con sigilo hasta unos 50 metros del nido, ubicado en las ramas más latas de un caldén. Allí hay una pantalla solar y un puerto USB. Con una simple conexión, y gracias a una cámara colocada a centímetros del nido, podemos ver en la pantalla de la portátil cómo las águilas hembra y macho alimentan a su pichón con una yarará. Maxi me cuentan que gracias a la ayuda de patrocinadores extranjeros lograron colocar un transistor en otra águila, a la que pueden rastrear por Internet en sus vuelos por Rio Negro, La Pampa y San Luis… A través de estos trabajos, Maxi espera poder no sólo identificar y proteger a los ejemplares sobrevivientes, sino también desmantelar el mito de que las águilas son dañinas para el ganado…





Tras volver al puesto de Jorge, éste me cede una habitación para dormir. En ella hay dos camas individuales. Elijo una con una cabecera de bronce. En los muros hay fotografías de jineteadas y una ballesta colgando. La mañana siguiente sólo me es permitido seguir viaje tras digerir un suculento asado alimentado con leña de caldén.

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miércoles, 3 de febrero de 2010

EFICIENCIA SOJERA, ASADOS Y EMPRENDEDORES CULTURALES EN LA LLANURA BONAERENSE


Llevaba solo dos minutos esperando en la banquina de Sierra de los Padres, en las afueras de Mar del Plata, cuando Cosme detuvo su Renault 12, mientras me hacia señas con la palma de la mano de que me acercara, transformándose así en la primera nota del pentagrama de este viaje. La primera pirueta. Cosme es pastelero, su sustento proviene, con exactitud, de la venta de churros y bolas de fraile en el Hospital Maternal de Mar del Plata. Se emociona cuando le cuento que él es el primer vehículo de una cadena que me llevará hasta Alaska.


Cosme me deja en Tandil. Es un mediodía insoportable. Una ola de calor asola la provincia entera. Tengo mi meta del día puesta en Benito Juárez, donde me hospedaré con la familia Fantini. Después de media hora de hacer dedo no pude menos que desertar a favor de un agua saborizada en el único boliche que había en el cruce. Sólo dos camioneros de la ciudad de Bolívar consumían con pausada voracidad una picada con cerveza. La mujer que atendía parecía fija en la barra como un muñeco de cera. En estas tardes pegajosas, cualquier movimiento aumenta el calor. Los camioneros, incontinentes para la curiosidad, fueron los primeros en desbocarse y, al ver mi sobrecargada estampa luchar para manipular la mochila, preguntaron: “¡Vos sí que estás cargado! ¿Para dónde vas?” A Alaska… La desmesura de mi destino, contra toda expectativa, me hace feliz acreedor de una picada subvencionada por el gremio de camioneros de Bolívar. También fuera de mis cálculos, la encargada del lugar también colaboró: “Aunque sea la ganancia del día, dame un libro” Salí de esa cantina rutera, no sólo refrescado y alimentado, sino con el presupuesto ampliado inesperadamente.

Me abría paso hacia el oeste. Esperé media hora más por la vieja camioneta Chevrolet C-10 de un alambrador y su familia. El hombre, de boina, bigote, y camisa arremangada, es el arquetipo del trabajador rural. Su ocupación invita a reflexionar. El alambre de púas es un símbolo de la propiedad privada y, muchas veces, herramienta de desplazamiento. Cuando estas pampas eran del indio no había alambrado alguno. Luego llegaron las “Guerras del desierto” y la propiedad privada. No puedo dejar de jugar con la hipótesis de una propiedad colectiva de la tierra. ¡Pero eso es una locura! Ya he escuchado antes. Sin embargo, debería preocuparnos que lo más lógico sea lo más osado y temido, mientras lo más irracional, como que una persona sea dueña de 5.000 hectáreas, sea aceptado (venerado). Pienso mientras el verde pasa por la ventanilla esfuminado por la velocidad de la camioneta. Pienso en lo que no es. No me refiero a una colectivización forzada a la Ceacescu, sino en la incapacidad humana para procurarse su propia alimentación, bajo el sistema que sea necesario.

Mis huéspedes en Benito Juárez son la familia Fantini, propietarios de una agronomía, como se llama en la zona a una empresa dedicada a la venta de semillas y a la siembra. Había sido Mariano, uno de los hermanos Fantini, residente en Bariloche, quien me había dado el contacto de su familia. Ahora, su hermano Julián aparecía para invitarme a transitar del galpón atestado de bolsas de semillas y tractores hacia su casa. Tras una arboleda, aparecía como en un sueño un inmenso chalet con sus alrededores parquizados y una piscina. Era el premio por el primer día de viaje. La ruta tiene esos gestos, a veces, con quienes la transitamos.


Los padres de Julián son ingenieros agrónomos, por lo que me interesan sus puntos de vista sobre algunas cuestiones. Es una breve palabrita, de cuatro letras, la que refiere a muchas otras temáticas relacionadas y enciende polémicas: soja. En el contexto de una lucha feroz entre el campo y el gobierno durante los últimos dos años entorno a las retenciones a las exportaciones agrícolas, la soja está en el ojo del huracán. Los Fantini se quejan de que el gobierno tiene un florido discurso contra la sojización muy el monocultivo, pero en la práctica cierran las exportaciones de trigo, haciendo poco probable que los chacareros locales opten con rotar la soja con un cultivo que no tiene demanda para así proteger el suelo. Además está el tema de la soja transgénica, producida por la transnacional Monsanto y odiada por ambientalistas. Aquí el discurso usual de la gente de campo enfatiza la necesidad de producir “granos para el mundo”. La optimización de las cosechas aparece parapetada tras la necesidad de alimentar a los pobres. Habría que ver si luego la oferta y la demandan no desvían las cosechas hacia donde más pagan, y no hacia donde son más necesarias.


De Benito Juárez a Laprida viajé con un corredor de autos de TC 2000, pero que en esta ocasión manejaba una doble cabina. En Laprida me esperaba José, fundador de la Biblioteca Popular Mempo Giardinelli, ubicada en un ala antiguamente abandonada del local Club Platense, en donde solía funcionar un bar. Con visible emoción, José rememora: “Cambiamos las botellas de Legui por los niños infantiles”. Cuando llegué a la biblioteca, chicos y chicas trabajaban sin pausa en la confección de los trajes para los corsos de carnaval. José es un pionero en el pueblo, no sólo por su audaz movida de empezar una biblioteca popular, sino porque además, logró que el proyecto sea avalado y financiado por Laureaus, una fundación alemana apadrinada por Boris Becker. Contra todo pronóstico, en vez de fortalecer el apoyo institucional del municipio, sucedió lo contrario. La secretaría de cultura local tomó el asunto como una competencia. Si los logros no los alcanzaban ellos, entonces nadie debía alcanzarlos. El colmo fue cuando Boris Becker llegó el pueblo para un acto oficial, y los periodistas locales prefirieron quedarse a cubrir un partido de fútbol de una división tan inferior que no habría número ordinal que aplicable…




José es un ciclista experimentado, con varios viajes en su haber a bordo de su inseparable Zaratustra, que hoy reposa algo abandonada en el cuarto de herramientas. En cambio, desde que fue padre se moviliza por las apacibles calles de Laprida en su Citroen 2 CV. “Yo quiero que mis hijos puedan decir que su padre fundó una biblioteca, y no que les regaló un 0 Km.” De hecho, José es lo más cercano a un asceta motorizado. Por su lado, María Elena, su mujer, ha desarrollado una filosofía propia desde el mismo evento: “la maternidad implica gritos”. Buen título para un libro de Laura Gutman…

De Laprida pasé a Trenque Lauquen… primero en la camioneta de un agrónomo que me llevó hasta Daireaux. De pequeño, Alejandro soñaba con producir comida para el mundo El punto de vista de Alejandro es interesante. El remarca que mientras antes la oligarquía se limitaba a vender algunas jaulas de ganado al año para mantener su casona y pagar sus vacaciones en Europa, hoy el “terrateniente” contemporáneo es un verdadero empresario conciente de la necesidad de mejorar la producción por hectárea. .Eso me devuelve al viejo dilema de si la eficiencia productiva justifica la propiedad privada, los cultivos transgénicos, y otras hierbas. En la banquina de Daireaux hice el revoleo oficial de llaves de mi casa en Mar del Plata. Ya no las necesitaré por un largo año y medio.





En Daireaux me levantó un policía que se había esquinzado persiguiendo a un asaltante, y luego encontré a un maquinista que viajaba en su Fiat Uno hacia Trenque Lauquen anotando en una libreta la hora exacta en que pasábamos cada pueblo intermedio. En Trenque Lauquen soporte lo peor de la ola de calor en casa de mi amigo Gustavo, alias “trenque”. A Trenque lo conocí en un Encuentro de Mochileros de Autostop Argentina, en la ciudad de Tandil, en 2004.


Los amigos de Trenque son apicultores, y organizaban un asado, tras el cual no faltó el truco. Como era de esperar, los apicultores no dejaban de cantar flor, aunque finalmente la extraña suerte que me toca en ese juego les hizo exclamar que si seguía así el viaje lo iba a concretar esa misma semana. Claro, para ellos la rapidez era una virtud, mientras que yo procuro viajar lento como un caracol. Volviendo al tema del asado… estoy comiendo a razón de uno por día. Si no fuera argentino debería sorprenderme tal superlativa clave de hospitalidad…. El Asado es al argentino lo que el té es a los árabes, en materia de agasajo a un caminante. No faltó, además, una visita al Bar El Quique, atiborrado de llaveros, patentes antiguas, armas y almanaques de Molina Campos, mezcla de pulpería y refugio de coleccionista.




Algunas plazas de Trenque Lauquen tienen en sus áreas de juegos infantiles, antiguos tractores pintados en colores vivos. La imagen me hizo recordar, estando ya casi saliendo de la Provincia, hasta qué punto, en la zona, el trabajo rural atraviesa todos los demás órdenes de la vida.




Terminada mi estadía en la Provincia de Buenos Aires, partí hacia La Pampa. Aun estoy estabilizándome en el movimiento, volviendo a aprender las mañas del nomadismo, y asentando mis emociones. De a poco, empiezo a imaginar los desafíos que irrumpirán en las próximas semanas, en otros terrenos menos conocidos y más extremos… ¡La Maga pide pista!

martes, 2 de febrero de 2010

POR LAS SENDAS INVISIBLES DE LATINOAMERICA: SUEÑOS Y SACRIFICIOS DE UN VIAJE.


Nunca había sentido a La Maga, mi mochila, tan pesada, como en el día de mi partida hacia Alaska. Al fin, después de dos años de amasar un nuevo viaje, había llegado el día. Claro, los bohemios intransigentes objetarán que uno sale a la ruta con el movimiento automático de un saltamontes, sin preparativos ni meditaciones previas. Alguna vez, yo también pensaba de esa manera… Pero nada fue igual después de mi viaje por Europa, Medio Oriente y Asia, entre 2005 y 2008. Después de la publicación de mi libro, de su difusión, y de sus consecuencias, entendí que de ahora en más cada viaje debía no sólo ser una pista para mi vagabundeo, sino además, relacionarse íntimamente con los países visitados.

Así pasé varios meses diseñando, si me permiten la palabra, este viaje. Diseñar un viaje no es planearlo, sino definir su concepto, su finalidad, los temas a abarcar, como escritor, los métodos para documentarlo, etc. Entre tantas ideas que rondaban mi cabeza, decidí dedicar el viaje, esta vez, no sólo a retratar la hospitalidad y cotidianidad de los pueblos, que es algo así como una máxima para mí, sino también a realizar un proyecto educativo. El Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos aportó el proyector portátil, con el que en escuelas y comunidades compartiré con chicos y grandes los rostros de las culturas ya enhebradas por mis pasos.

Por otro lado, entre otros temas, planeo dedicar mi pluma a retratar los conflictos mineros y el desplazamiento rural presentes a lo largo del continente. Quizás la novedad más significativa en mi relación con mis lectores, es que desde ahora está abierta para todos la posibilidad de colaborar con los proyectos culturales del viaje. Muchos ya han puesto su granito de arena: ¡son mis cómplices!. Gracias a ellos puedo dedicar cada vez más tiempo a la gente del lugar, a ser útil como comunicador, y no a la venta ambulante de mis libros. Para saber cómo sumarte, hacé clic aquí.



El 26 de enero de 2010 estaba en la ruta, a la salida de Mar del Plata. La mochila, como dije, estaba pesada. Esta vez, no sólo cargaba mi ropa, la carpa y la bolsa de dormir, sino libros y postales artesanales para sustentar este viaje, la computadora para compartirlo con ustedes, y el proyector portátil para acercar los niños de las escuelas a sus hermanos lejanos del otro lado del Océano. Un detalle: desde ahora, La Maga lleva su nombre bordado en la parte superior, como se observa en la foto.

Algunos se preguntarán. ¿Pero este tipo no iba a salir en el Americiclo, esa estrafalaria bicicleta de dos pisos? Ese era el plan. Pero en el mes previo al viaje noté un detalle. Cada vez más gente encontraba el blog y leía este proyecto, de andar caminando y escribiendo las problemáticas del continente. Y comenzaron a invitarme a que me acerque a zonas, muy remotas a veces, distantes de mi itinerario, para transmitir distintas realidades. Así me dí cuenta que el Americiclo, a pesar de su belleza, iba a ser más un ancla que una ayuda, y decidí que no había mejor medio de transporte para este proyecto que el autostop.

Así se inicia esta nueva cruzada a dedo, de Argentina hacia Alaska, por las sendas invisibles de América. A la par, escribo las páginas de un nuevo libro, a publicarse a mi regreso. Esta vez, partir no fue fácil. Despedirme de Paula fue uno de los momentos más duros que recuerde. Desde su inició este viaje exigió el sacrificio del amor. No hay armaduras para el corazón de este caballero
andante…