sábado, 23 de octubre de 2010

PUERTO MADRYN ANCLADA EN EL AFECTO


Cuando uno viaja suele caer en el error de creer poder anticipar en que consistirán las experiencias a ser vividas en cada destino. De acuerdo a este hábito heredado del turismo, asumiríamos que si vamos a Puerto Madryn, es sólo para ver ballenas, si vamos a Baviera, para beber cerveza y en Egipto para ver Pirámides. Ahora bien, bajando un cambio y haciendo lugar para que cada lugar nos sorprenda, la anécdota puede tener que ver con eventos impensados que si bien no reemplazan al “motivo fetiche” (ballenas, torres Eiffel, etc) las igualan en el plano, compiten por la intensidad con estas como las hierbas por el sol.

Así, nuestra visita a Madryn no podía dejar de lado una exploración de la Península de Valdés y su fauna marina, pero Madryn iba a quedar anclada en el afecto no tanto por esta última sino por la gente que allí conoceríamos. Laura y yo llegamos a la ciudad con predecible curiosidad por los cetáceos y pinnípedos, blindados contra la intemperie por el contacto de Patricio, un lector que había pedido un ejemplar de “Un Tango en Tíbet”. Como prometido, se le llevábamos a domicilio, y él había subido la apuesta ofreciendo alojamiento. Allá íbamos, cansados, aún azotados por una espera de 4 horas en Viedma, y animados por un mensaje de texto recibido en ruta en que Pato nos decía: “Acá van a poder descansar”.

Mientras desayunábamos en la terminal de Madryn, Pato nos hizo una breve introducción de su vida. Oriundo de La Dulce, provincia de Buenos Aires, llegó a Madryn para dirigir el equipo de básquetbol del Club Almirante Brown. Sin conocer nada más de su vida, me parecía extrañísimo, por mis propios prejuicios, que un entrenador de básquetbol podría tener interés en los viajes de mochilero. Casi intuyendo que intentábamos armar un rompecabezas con muy pocas piezas, Pato arremete “Amo el básquet, pero tengo dilemas morales con mi profesión”. Mientras lo dice sonríe, me animo a decir que disfruta nuestro desconcierto. Antes dirigía en primera, pero luego se hizo a un lado asqueado por la ambición económica de los jugadores profesionales. “¿Cómo no siente culpa de ganar tanto dinero”? Con 26 años, el pelo –y la libertad- hecha rodete, y estos dignísimos dilemas, Pato es un tigre en el que anida un salto. Le contamos los detalles de nuestro viaje y compartimos con él la felicidad de estar viajando juntos. El nos sacude con una cita de Borges y de Alexander Supertramp. Resulta que escribe. Las historias que amagase quedan, por lo general, en el primer capítulo, por lo que se jacta de ser el escritor con más primeros capítulos de la literatura universal. Nuestro polifacético nuevo amigo nos sube a un remís y nos lleva hasta un departamento que ha arreglado para nosotros. Abajo cocina y comedor, arriba habitación. No sabemos cómo agradecerle. Con horas acumuladas sin sueño, caemos desplomados sobre el colchón.´



No esperen aquí una descripción wikipeidiana de los excelsos nadadores que anidan, se aparean o simplemente adornar este surtido patagónico de puntas, penínsulas y golfos. Algunas impresiones y datos sí me parecen de interés. En mi primer lugar debo aclarar que teníamos todas las excursiones gratuitas gracias a que Laura se pasó cuatro años delante de una computadora vendiendo Madryn, Ushuaia y Calafate a extranjeros que compraban por Internet o teléfono. (En una ocasión, un italiano se quejó de que le habían vendido una excursión a Bariloche y que allí no había podido ver el apareamiento de las ballenas). A pesar de que Laura ama su profesión de licenciada en turismo, siempre hace hincapié en que vendía paquetes que no compraría. En este caso sus contactos nos vinieron bien, y al otro día una transfer nos pasaba a buscar por la puerta del departamento para llevarnos a la Península de Valdés. Este Acróbata del Camino se puso lentes negros para que nadie lo descubriera y haciéndose el otro se subió al mini-bus atiborrado de turistas bien desayunados.

Nuestra guía se llamaba Marcela. Cuando tomó un micrófono yo pensé que iba a cantar, pero no, lo utilizó para interrumpir la modorra de los turistas bien desayunados pero mal dormidos con una lección de historias sobre colonos galeses, piratas ingleses y autoridades con bigotes que ahora pueblan billetes. Después de un buen rato por el ripio llegamos hasta donde estaban los elefantes marinos. Con su aletargado gigantismo esbozado sobre el pedregullo, parecen unos vagos inexcusables. Sin embargo, acaban de llegar de una travesía de 400 km desde el talud de la plataforma continental. Son animales increíbles, que bucean hasta los 1000 o 1500 metros para pescar.



Las ballenas merecen párrafo aparte. Mi último contacto con una había sido en el plato de un restaurante en el poblado noruego de Gamvik, en el Ártico. Antes de acusarme de terrorista ecológico recuerden que en las carnicerías argentinas se venden costillas y milanesas de dioses hindúes por kilo… Nos embarcamos junto a otras 50 personas desde Puerto Pirámide, donde un inmenso tractor Zanello remolca las lanchas de avistaje. Aún antes de ver la primera ballena, no podía alejar de mi conciencia dos pensamientos. Primero, que mientras que el humano considera a los cetáceos criaturas inteligentes, mamíferos sensibles dotados de un lenguaje indescifrable, las ballenas deben considerar al bípedo un ser chismoso, un merodeador entrometido, un paparazzi de la escala zoológica. El ser humano anda como voyeur festejando especies a cuyo acorralamiento suscribe con el resto de sus hábitos sociales. Hay verdades incómodas, pero cargar el tanque del auto es fomentar el calentamiento global que disminuye la concentración del krill del que se alimentan las ballenas. Por supuesto, todos los turistas llegan en auto, y muchos aceptarían tener uno para cada miembro de la familia si fuera posible. Porque claro, hay que llevar a los chicos a la escuela. Para que les enseñen que hay que cuidar el medio ambiente por ejemplo… Incluso nosotros caemos en parte en esa contradicción, al viajar a dedo y utilizar automóviles, aunque me consuelo pensando que sólo ocupamos un lugar vacío en un automóvil que ya está en movimiento. ¿Y las ballenas? Claro, estaban ahí, mononas, ingenuas, aleteantes, con un géiser montado en el lomo, algunas solas y otras con sus ballenatos. Alguna vez cazadas por balleneros ingleses que procuraban el aceite para iluminar su imperio, hoy sobreprotegidas y finalmente valoradas.



Y luego están los pingüinos y toninas. A los primeros lo vimos en Punta Tombo, y a las segundas, embarcados desde el puerto de Rawson. Los pingüinos son budistas perfectos. Inmutables, ante el avance de la dulce patota de turistas, parece ser ellos los que están avistando humanos. Hay un camino marcado para los turistas que deberían, en teoría, caminar sigilosos ya que están en un área protegida, pero en cambio lo hacen a los gritos como lo harían en un Shopping. Una mujer incluso se quejó de que había pagado y no le permitían tocar a los guanacos…




De vuelta en Madryn pasamos a la casa de Karina y Marcelo, un matrimonio amigo de Pato. Mientras esperámos el colectivo para mudarnos comenzamos a hablar con el verdulero y su familia, gente llegada de Bahía Blanca, quien al enterarse de nuestras pretensiones de unir el continente nos compra algunas postales artesanales para ayudarnos. Karina y Marcelo son nativos de Necochea que llegaron con sus dos hijos, Nacho y Juan Bautista a Madryn. El básquet es también el nombre del sistema planetario en el que gira esta familia. Marcelo es entrenador, y según las idas y venidas, han trasladado el juego de su vida a Tres Arroyos, Plaza Huincul y hace seis años, a Madryn. Apenas habíamos intercambiado algunas líneas por internet con Karina, pero no bien llegamos nos sentimos adoptados por esta familia justo en un momento en que necesitábamos algunos mimos. El tono con que Karina dijo la palabra “bienvenidos” avalaba la sinceridad de su significado.

En los tres o cuatro días que compartimos con Karina y Marcelo aprendimos muchas cosas, y entendimos que nada en un viaje sucede al azar. Primero, no sabía que el básquet era tan fuerte en Patagonia. Marcelo me explica didácticamente que el deporte fue creado en 1881 en EE.UU. por un profesor de educación física en busca de una actividad para el clima invernal. Aquí en la fría y borrascosa Patagonia, el básquet se practica en gimnasios calefaccionados. Tampoco conocía el detalle de las internas de clubes, y de los dirigentes resultadistas que negocian con jugadores. Marcelo y Pato han compartido campañas en muchas divisiones pero también clínicas de básquet en recónditas poblaciones patagónicas de las que tienen mil y una historias. Con verlos relatarlas, uno se da cuenta que estos dos hombres se entienden con sólo mirarse. Y la nueva generación viene en camino: Karina se debate entre su instinto de madre y su conocimiento del básquet al saber que tarde o temprano deberá dejar que Nacho (13 años), que recientemente fue convocado para un torneo en Colombia, suelte amarras. Los barcos están seguros en el puerto, pero fueron hechos para navegar.




El tema de la libertad parece el eterno pívot de esta increíble familia basquetbolista. En ellos que han diseñado a medida su propio estilo de vida cualquiera vería campear la libertad construida y defendida día a día. Agotamos pavas de mate charlando sobre el tema, tanto con Kari como con Pato. Con Kari sentimos que nuestra presencia le ha acercado un poquito el mundo de los viajeros. Esta ha sido la primera vez que hospedan gente que no ha llegado para picar una pelota en algún torneo, sino viajando. Y el sueño más importante en la vida de Karina, después de formar una familia, ha sido precisamente éste: viajar. Para Kari, decidirse a alojar viajeros es, de esta manera, otra manera de seguir conquistando la libertad, y nosotros estamos súper-felices de estar involucrados.

En el caso de Pato, la coherencia con que está abordando sus propias búsquedas nos dejó asombrados. Después de ver juntos nuestra proyección fotográfica, nos dice con un semblante que acusa recibo de las imágenes: “Uds. han andado por los márgenes…” Es una sentencia que incluye el hastío del centro, de la aterciopelada rutina, de las certezas pétreas ofrecidas por nuestra sociedad. Patricio habla pausadamente, espeta cada palabra con la meditación de los sabios y la resignación de los condenados. Uno confraterniza al instante con otros cazadores de sí mismos, que para lograr ese ansiado auto-conocimiento tienen que primero despegar hacia el mundo y hacer escala donde caiga la perinola.

Estos son nuestros primeros pasos en la Patagonia. Caminamos sorprendidos por una ciudad donde las casas no tienen rejas, donde abundan los automóviles 0 km, donde la gente parece tener muchas menos preocupaciones que en el resto del país. Muy pocas de las personas con que hablamos son de aquí. El verdulero, Heraldo Dueñas, es de Bahía Blanca. Mientras esperamos un colectivo junto a su comercio nos pregunta a dónde vamos. “A Groenlandia!” – respondemos. Pronto sale toda su familia a darnos charla e incluso nos ofrecen llevarnos en auto a la ruta cuando debamos salir de Madryn a dedo.




Además del turismo, otro de los motores de la economía de Madryn fue la fábrica de aluminio ALUAR, que opera desde 1973 y que emplea a miles de personas. Los filtros de la fábrica se colocaron en ese mismo año, pero hay quienes dicen que nunca los renovaron, de manera que la cantidad de tóxicos que envían al mar son los responsables de que la ciudad tenga el segundo índice más alto de cáncer del país. Investigadores del CONICET ya encontraron todo tipo de mutaciones en el lecho marino, incluyendo caracoles hermafroditas que estaban fuera de todo catálogo. En Madryn ALUAR es un tema tabú: todos saben lo que pasa pero lo justifican con un resignado “Madryn progresó con ALUAR”, y dejan puntos suspensivos rezando que uno cambie de tema.

Retomando el inicio de este texto, llegamos a Madryn pensando en ballenas y nos fuimos sabiendo el ABC del básquet. Por sobre todas las cosas, nos vamos fortalecidos después de haber conocido a Pato y a la familia de Karina y Marcelo, con quienes sentimos que establecimos un sincero trueque de mimos familiares por inspiración libertaria. Cuando nos dejan en la estación de servicio a las afueras de Madryn, para seguir nuestro viaje a dedo, los abrazos no tienen fin. Somos viajeros a prueba de anclas, salvo cuando están forjadas con tanto cariño que cuesta armar la mochila y regresar al camino…

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