jueves, 13 de agosto de 2009

LAS FAMILIAS MENONITAS Y EL DERECHO A LA DIFERENCIA





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Llegamos a la casa de Pedro preguntando por alguien que vendiera los tradicionales quesos de la colonia. Fuimos a un cuarto detrás de la carpintería, y allí había dos jamones enteros secándose en el suelo y dos repisas repletas de quesos condimentados, unos con orégano, otros con pimienta. Quesos blandos, con poco estacionamiento. Compramos un par y, tras la transacción, Pedro nos invita a su casa a tomar mate. La excusa para socializar, bien argentina, contrastaba, al menos para nosotros, con la situación social, inclasificable, que estábamos por vivir.

La primera impresión al pasar la simple puerta de madera es que no nos esperaban. Dos chicas se mueven de acá para allá intentando barrer montañas de cáscaras de girasol Una legión compacta de niños, no muy lejos, mastica y arroja cascaritas casi al unísono. Dos muchachas más preparan el mate. La madre, en una mecedora junto a la ventana, parece una matrioska rusa, y tejía una prenda para alguno de sus once hijos. El padre vino se sentó al lado mío, y me saludó en alemán, alentado por Pedro, quien le había anticipado que yo algo entendía.




A Raúl le llamó muchísimo la atención cuando preguntó por qué todos estaban comiendo semillas de girasol, y Pedro respondió: “Porque es domingo”. Leyendo entre líneas, los domingos se permite todo lo que los demás días se raciona. Las mujeres no participan de la charla. Mudas, ceban el mate, lo acercan o lo retiran. Si una lo olvida la otra se lo señala con un gesto nervioso. El padre, un hombre de frente anchísima, me hace varias preguntas sobre Alemania, país que no conoce. Es amable y formal.

Le pregunto por los nombres de sus hijos, y en fila me los nombra, pero salteándose a las mujeres. Ellas permanecen anónimas cebando el mate puntualmente. Hablan alemán medieval, pero toman mate... Es comprensible que, en ese entorno, las chicas no tengan mayores planes que, como su madre en la mecedora, dedicarse a parir diez u once hijos. Ningún miembro de la comunidad sale a realizar estudios al “mundo exterior”, y no hay más horizontes pensables que el de ama de casa. Occidente era igual hasta menos de un siglo, y Oriente los sigue siendo en gran medida. Quizás lo que me impacta, es la premeditada omisión de herrramientas para la disidencia o la diferencia en las nuevas generaciones.




Surge, claro, un dilema. ¿Hasta qué punto debe la ley nacional intervenir para asegurar una educación estandarizada con cierta clase de contenidos? En todo el tiempo que pasamos en la colonia, ninguna mujer nos dirigió la palabra, ni en alemán ni en español. Los chicos nos han explicado que ellas hablan sólo alemán. ¿Puede la familia y la comunidad proporcionar una educación que excluya la lengua necesaria para ser una persona libre en Argentina? Las escuelas siempre fueron fábricas de mentalidades, desde la época de Sarmiento hasta ahora. También se las ha utilizado para excluir las lenguas nativas americanas y “normalizar” y homogeneizar la población. ¿Será mucho pedir una ecuación bilingüe? Prohibido prohibir. ¿Llegará algún día a ser parte de una ética universal? Cuando dejamos la casa, Pedro nos dice que ya sabemos donde viven, que si volvemos a la colonia los visitemos. El Gol de Raúl pronto nos regresa a nuestra era. Nos pellizcamos para saber si no lo soñamos, mientras el rústico barman de un club de pueblo nos despacha una cerveza. ¿En serio estamos a 30 kms de ellos? ¿Y a cuántos siglos? Lo mismo, brindamos.

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SOBRE CARRUAJES Y POLLERAS NO HAY NADA ESCRITO


Desplazado en el resto del mundo por automóviles y motocicletas, el carro tirado a la caballo, la carroza, el mítico carruaje, ha encontrado un santuario en donde seguir desarrollándose a su ritmo entre los menonitas. Estamos, acaso, ante la última evolución del carruaje. Uno de los objetivos de mi viaje era viajar en uno de los buggies, como ellos mismos apodan a sus carros. Pensé que iba que ponerme a hacer dedo, pero Jaobo fue lo suficientemente amable como para invitarme a probar el de su familia, y de paso llevarnos a la casa de un amigo de ellos, Pedro, cuya familia elaboraba quesos. Pero primero fuimos a la casa Jacobo, donde su padre nos mostró sofás camas, mecedoras, y todo tipo de artesanías confeccionadas en madera con toda majestad. Nos sorprendió que el padre de Jacobo estuviera informado sobre la situación política, si bien mínimamente, y nombró el problema de las retenciones y la llegada de Obama a la presidencia de Estados Unidos… El hombre iba cada dos semanas a Bahía Blanca a abastecerse de bienes, lo que permite que pueda informarse de estas cuestiones.


Después de andar toda la mañana en el VW Gol de Raúl, que a pesar de todo el comfort de un auto moderno traducía con fidelidad cada irregularidad del terreno, nos sorprendimos cuando nos subimos al buggy menonita, que con el menor movimiento de riendas comenzó a flotar por la ruta de tierra sin que se notara el menor sobresalto. El caballo estaba tan acostumbrado a su recorrido diario que sabía exactamente donde doblar y a dónde regresar. Cuando elogio la suspensión del buggy, Jacobo me cuenta que tiene barra de torsión Volkswagen. Las familias especializadas en construirlos –la división del trabajo es bien menonita- los vende en precios que oscilan entre 6000 y 8000 pesos, dependiendo la versión. La versión full tiene dos asientos ajustables, parabrisas de vidrio rebatible, y cortinas laterales de lona para cubrirse de la luz y el polvo.


A lo largo de una de las ocho avenidas de tierra de la colonia encontramos, esparcidos, grupos de adolescentes vagueando. Y es que el domingo es el único día en que se les permite alejarse de la rutina del trabajo. Entonces los chicos y las chicas salen a charlar –y tomar cerveza- Es además, el único momento para el roce y la seducción. Si conocen a una chica con la que congenian, pueden visitarla en su casa los lunes y los miércoles por la tarde por un espacio de dos horas. Cuando me cuenta esto, yo no puedo dejar de pensar en El perjurio de las Nieves, ese cuento de Bioy Casares en que una familia danesa que vivía aislada en una estancia de la Patagonia –estos excentricismos parecen algo netamente nórdico- intenta evitar el paso del tiempo repitiendo siempre la misma rutina, sin permitir la novedad. La repetición hace de los menonitas una comunidad que, además de ser sedentaria en sentido espacial, lo es en sentido temporal.

Mientras el caballo trota, nosotros seguimos hablando de mujeres, Jacobo comenta que Abraham, quien es su cuñado, no puede entrar a su casa cuando están los suegros. “Para nosotros en una vergüenza tener contacto con los suegros antes del matrimonio. Hay algunos que sí les hablan, ¡pero son unos boludos!” Me sorprende tanto la costumbre como el uso del argentinismo peyorativo. De esta manera, cuando regresamos a su casa Abraham se baja del carruaje y se esconde detrás de unos arbustos. Se nos unirá más tarde.




El otro punto es que sólo pueden elegir a una mujer dentro de su comunidad. Esto se observa en general en casi todas las etnias del mundo, sobretodo en las clases más humildes. Es raro que un kurdo elija una mujer árabe, o viceversa. Mientras en las grandes urbes este mandato social es más flexible, en los agrestes prados menonitas esto es incuestionable. A diferencias de otras razas, no hay detrás de esta ley no escrita ninguna premisa de superioridad racial, sino más bien, como dije antes, un temor al cambio, una xenofobia ingenua. Heráclito crucificado.


LA TIERRA SIN FUTBOL


Seguimos en el Gol rumbo a una segunda iglesia, más alejada. En el camino vemos niños jugando alrededor de la escuela, que está cerrada. Al vernos se esconden todos detrás de un árbol, y de a poco se van animando a seguir. Cerca de ellos se ve un monopatín, que debe ser el juguete más aburrido que existe para usar en un camino de tierra. Cerca también veo, y me alivio, camiones y autitos de plásticos. Me sorprende que esté permitida la representación en miniatura de un objeto prohibido, como es el automóvil. La bicicleta, según Jacobo, también está prohibida. ¿Y el fútbol?

Está prohibido – lamenta Abraham- El año pasado intentamos comenzar a jugarlo, pero el jefe de la aldea nos lo prohibió.

“La vida no es la misma sin fútbol” – canta la banda de sonido de Torneos y Competencias. En un mundo en que pareciera que el fútbol se globaliza en cualquier contexto social, político y étnico, que una nostálgica colonia agrícola lo condene con un edicto de un obispo me parece que reivindica lo impredecible de nuestra especie.

Recuerdo entonces al muchacho con el prendedor de River Plate colgando del cierre de su campera, y me pregunto cómo hará para enterarse de los resultados si no hay televisión. Jacobo cuenta que los chicos que trabajan en la instalación de silos, que es uno de las principales “exportaciones” de la colonia, pregonan los resultados. “Ellos son los que más viajan y saben lo que pasa afuera” – dice y lo mira con algo de envidia a Abraham. Abraham se envalentona y toma la palabra, y se enorgullece de haber visitado Mar de Ajó. Al parecer también conoce Necochea y Tandil, y habla de estas ciudades como si hablara de Mercurio, Venus y Marte… Me imagino a Abraham, con aires de detective, contrabandeando los resultados del domingo en voz baja, acaso aprovechando el alto volumen de algún padre nuestro en alemán… Boca 3 – Velez 1. Descendió el Santo de Tucumán…

IGLESIAS SIN TORRE, ESPIRITUALIDAD ABSTRACTA Y DESAPEGO.


Frenamos en una de las iglesias, que es apenas un galpón coqueto. Busco la torre, o un campanario, pero en cambio apenas encuentro una chimenea. Estas omisiones típicas a los cultos perseguidos no son azarosas, y me recuerda a las mezquitas sin minarete de los ismaelíes. La construcción tiene pequeñas y discretas ventanas, y puertas que parecen conducir, más que a un encuentro con Dios, a un potpurrí de herramientas y alfalfa. La misa dura dos horas, y es el único momento de encuentro semanal de toda la comunidad, que pasa el resto de la semana inmersa en su bucólica rutina rural. Sin un casco urbano, y en un asentamiento disperso en diez mil hectáreas, tropezar con un vecino en la colonia debe ser algo difícil. Por eso los jóvenes aprovechan esta licencia de vagancia que el domingo otorga para caminar, socializar, conversar con las muchachas y beber alguna cerveza.

Si las iglesias protestantes son de por sí de una frugalidad nórdica, los menonitas van más allá: al menos en su exterior, carecen por completo de ornamentación. En el Islam, la espiritualidad abstracta no impidió a calígrafos, pintores y artistas de la mayólica crear las soberbias mezquitas de Esfahan. Sus intrincados diseños gambetean la figura humana pero abarcan las flores y las formas geométricas puras. Los menonitas, en cambio, prescinden de todo condimento decorativo. Si algún día fundaran una ciudad, no cabe dudas que se trataría de la urbe más aburrida del sistema solar.

La espiritualidad iconoclasta de los menonitas no se queda allí, y da prueba de su coherencia en su manera de afrontar la muerte. No hay sepelios especiales ni tumbas que señalen el sitio de descanso final de un ser querido. Sólo la tierra que tanto sembró y el olvido esperan al menonita tras su ciclo físico. Lo mismo que, de manera menos obvia, nos espera al resto de nosotros. Tanto en sus prácticas religiosas como en las laborales, los menonitas son, ante todo, pragmáticos. De la misma manera en que prescinden del agregado estético de sus templos, también desechan la contingencia simbólica de la tierra que cultivan. El promedio no sabe bien de qué parte de Alemania o Holanda proviene su comunidad, y es raro si alguno de ellos conoce alguna ciudad de cualquiera de estos dos países. Siendo los adultos de la colonia nacidos en México o Bolivia, de genes alemanes, desplazados nuevamente hacia Argentina, es lógico que conserven esa identificación con su comunidad antes que con la tierra, fenómeno propio de las etnias trashumantes como los gitanos. Yo una vez le pregunté a dos jóvenes gitanos que me llevaron de Necochea a Lobería sobre el orígen de su raza, y ellos me respondieron que “Gitanos hay en todo el mundo”. En un momento, Jacobo le preguntó a Abraham si él era argentino o mexicano. Esto es para ellos, obviamente, un detalle menor. Aquí el contraste lo genera, quizás, que están tan desapegados de la dimensión simbólica de la tierra como apegados a ella están en el sentido literal y concreto.

LO PROHIBIDO Y LO PROHIBIBLE EN EL SISTEMA SIMBÓLICO MENONITA


Un tema obvio para hablar era el de las prohibiciones. Ellos cuentan que a los grandes no les gusta que ellos beban cerveza, pero que está tolerado. No hay acuerdo en cambio sobre el whiskey y las bebidas más pesadas. Hasta aquí la lista de pecados es previsible: el alcohol, el adulterio, la vagancia… Pero los menonitas sorprenden con su noción de lo condenable y avanzan hasta prohibir objetos o actividades impensadas.

Nadie pensaría que hay algo de peligroso en una cubierta de tractor. Notamos, sin embargo, que a casi todos los tractores les faltan sus cubiertas traseras. O bien están en llanta o les han colocado una extraña cubierta metálica. “Eso es por religión” – explica enseguida Jacobo. Empiezo a entender que cada vez que dicen que algo está prohibido por religión, lo está a pesar suyo. Si los tractores tuvieran cubiertas, habría una posibilidad más de escapar. ¿Por qué se utilizan tractores pero no automóviles? Los tractores alivian el trabajo en el campo, los automóviles serían, en cambio, un lujo. Si tienen que ir por algún trámite a Guatraché, hay una combi que pasa todas las mañanas a buscar pasajeros. A nadie se le ha ocurrido prohibirlas, y desconozco si hay menonitas que vayan a Guatraché en sus carros. Cuando visitan a parientes en la colonia menonita de Santiago del Estero, no tienen dilemas y toman el micro.

Casi todos los derivados de los avances tecnológicos del siglo XX están prohibidos. Los teléfonos celulares también, pero Abraham anticipa lo previsible: algunos los tienen escondidos. Un amigo suyo, añade, tiene un MP4. Jacobo cuenta que tiene un CD con música. Otra vez, el tono excepcional en que se habla de objetos tan mundanos indica que estamos en otra zona cultural. ¿Y qué música te gusta? – le pregunto. Cualquier respuesta me sorprendería, pero en cambio soy yo el que lo sorprendo a Jacobo. No me responde. La idea de género musical lo toma por sorpresa, y se limita a decir: “Música… música común, de México”. De México proceden casi todos los mayores de la comunidad, quienes llegaron a las Pampas en 1985. A pesar de la predominancia de lo sajón, algunos rasgos culturales de los países anfitriones se infiltran como polizones en el mundo simbólico menonita.

DIGLOSIA Y BILINGUISMO EN LA COMUNIDAD MENONITA


Queridos lectores: cientos de personas entran cada semana a leer nuestros artículos sobre los menonitas. Las mismas forman parte de un proyecto documental y educativo que desde 2005 realizamos, retratando la hospitalidad y diversidad de los pueblos a medida que viajamos a dedo alrededor del mundo y organizando charlas gratuitas en escuelas y comunidades. Clic para saber más y poder ayudarnos: El proyecto. El libro.


La situación era la siguiente: tras encontrarnos con el primer grupo de jóvenes menonitas en medio a la ruta de tierra, preguntamos por la iglesia para tender alguna clase de puente hacia ellos. Obviamente, se me ocurría que la iglesia era quizás el sitio de reunión del pueblo y, siendo domingo, habría allí algo de acción aunque la misa había transcurrido mientras Raúl yo aún dormíamos a pata suelta en su casa de Bahía Blanca. Estaba claro que seriamos pésimos menonitas…

Jacobo y Abraham –pronto notaría que todos los nombres eran bíblicos- se habían ofrecido a acompañarnos, en nuestro auto, para mostrarnos la iglesia. Quizás por cortesía, quizás por experimentar algo tan ocasional, incluso divertido, que debe ser para ellos subirse a un automóvil. Raúl lleva el Gol casi a paso de hombre: sin que necesite decírselo, sabe que la idea es prorrogar la conversación lo máximo posible y demorar la llegada a la iglesia.

Mi primera pregunta hacia ellos tiene que ver con el idioma. ¿Qué clase de alemán hablan? El más sociable de ellos, Jacobo, me explica que en la escuela aprenden a leer y escribir el alemán alto –en referencia al actual-, mientras que en sus casas y entre ellos utilizan el bajo alemán, que es el idioma que se hablaba en el norte de Alemania, Holanda y Polonia en la época en que la comunidad menonita comenzó su diáspora y que, como tal, incorpora palabras alemanas, holandesas, polacas e incluso aglutina algunos términos hispanos sin traducción – como yerba mate- que se suman a esta caravana lingüística en las nuevas paradas del éxodo. Yo hablo con relajada impunidad un alemán temerario que aprendí caóticamente entre los viajes, las letras de Lacrimosa, y una adolescente afición a la filatelia. A pesar de ello y de las diferencias fonéticas entre el alemán actual y el bajo, nos entendemos la mitad de las frases que nos decimos. La conversación, igualmente, regresa siempre al español, idioma en que los cuatro somos fluidos. Aparentemente, ellos aprenden el español en la escuela. No lo admiten pero no veo la manera de que pudieran aprenderlo de los contactos ocasionales con el mundo exterior. Ante la ausencia de radio y televisión, es la única hipótesis.

Detalle técnico al margen: el hecho de que ellos hablen selectivamente dos variedades de la misma lengua en situaciones de interacción social compartimentadas y definidas constituye un caso de lo que los lingüistas llaman diglosia. La diglosia es distinta del bilingüismo, que sería la capacidad de hablar dos lenguas distintas. Como sea, en el Gol de Raúl se superponen diglosia y bilingüismo, ya que ellos hablan alemán actual conmigo, alemán bajo entre ellos, y español entre los cuatro. No observé, como entre los mormones, que se abstuvieran, por respeto, de hablar su idioma en presencia de otros que no lo entienden.

viernes, 7 de agosto de 2009

SALIDAS DE UN CUENTO DE GOETHE…



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No muy lejos del grupo de muchachos hay, como muestra de lo predecible de la naturaleza humana más allá del formato cultural, un grupo de chicas. Como he observado entre los otavaleños de Ecuador y entre los kalasha de Pakistán, las mujeres son las que tienden a conservar la indumentaria típica, mientras los hombres terminan adoptando jeans u otros atuendos estándares modernos.

Las chicas menonitas parecen realmente salidas de una novela de Goethe, muñecotas germanas con vestidos color azul-violeta estampados, y sombreros blancos de ala ancha cinchados por cintas del mismo color que el vestido. Es en estas ignotas colonias donde sobrevive de forma residual la romántica estética del siglo XIX, al menos en los atuendos femeninos. ¿Qué hacen esos vestidos y sombreros, pensados para la Prusia Oriental pisando la tierra pampeana? Curioso collage tramado por los vaivenes históricos, las persecuciones religiosas y las migraciones. Las chicas ríen y cuchichean cosas al oído que con certeza hacen referencia a los grotescos hombres sin mameluco y visera que acaban de irrumpir en su colonia. Se las ve orgullosas y elegantes. Decir que me dan algo de pena implica confesar mi etnocentrismo.

Y sin embargo me dan pena, siento más pena que al ver a los muchachos. Será que supongo que sólo el alma masculina es capaz de generar sistemas filosóficos castradores y aplicarlos. Las obsesiones en general, sea por construir y propagar ciudades, imperios o cultos, me parecen masculinas. Las mujeres la tienen más clara, son las que señalan las manzanas… Ellas van por delante, como dejando cáscaras de banana para despatarrar a esa aritmética teológica tramada por ayatolás u obispos del credo que se trate. Su boicot consiste en despertar el sentido común en el hombre. Y para esto con existir le alcanza. Supongo que mi pena proviene de la sospecha de que, tras la mueca casi resignada que la costumbre imprime en ellas, reside cautivo un espíritu alado…



Uno de los chicos me dice que puedo fotografiar a las chicas, y como una de ellas es su novia, las llama con confianza. Las chicas amagan a irse pero cuando el muchacho, que se llama Pedro, eleva el tono, regresan. Entonces se ponen para la foto pero, qué gracia, todas bajan sus sombreros o miran para otro lado, salvo una. Otras se esconden tras lentes de sol, que ofrecen un bizarro contrapunto al resto de su estética. Pedro, aún más enojado, les dice que son libres de irse, pero que si acceden a la foto deben mirar a la cámara…La única chica que me mira a los ojos es su novia. El le ha enseñado a comportarse sin vergüenza delante de forasteros… Estamos en una ruta de tierra de la Provincia de La Pampa, pero está bien claro que los forasteros somos nosotros, y los que hablan alemán medieval, ¡locales…!

jueves, 6 de agosto de 2009

EN LA COLONIA MENONITA DE NUEVA ESPERANZA


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Los menonitas son una comunidad religiosa anabaptista que se originó en el siglo XVI en Europa, y que en la época de la Reforma se distanció tanto del protestantismo como del catolicismo por proponer el bautismo voluntario de creyentes adultos, y no el de bebés. En la Dieta de Espira (1530) tanto el Vaticano como los protestantes acuerdan la persecución de los anabaptistas, que terminan revelándose en Münster, Alemania, evento en el que perecieron cientos de ellos. Espantados por el derroche de sangre, los menonitas iniciaron una diáspora que los desparramó por el mundo. Provenientes del norte de Holanda y Alemania, se establecieron en comunidades agropecuarias, en las que cultivaron un estilo de vida frugal en el que destaca su aversión por la tecnología, la endogamia, y la conservación del bajo alemán, o plat-deutsch, una dialecto que en la Europa actual sólo se escucha en las canciones folclóricas. Hoy día sólo el 37% de los menonitas habitan en Europa; los restantes pueblan asentamientos dispersos en más de 100 países alrededor del mundo, la mayor parte en África. En América Latina son particularmente numerosos en Paraguay, Bolivia y México. El número mundial de fieles asciende a 1.480.000 aproximadamente… La colonia que visitamos con Raul se llama Nueva Esperanza, queda en la provincia argentina de La Pampa, y cuenta con 1400 habitantes. Fue fundada por colonos procedentes de asentamientos menonitas de México y Bolvia…





Es domingo. Raúl y yo avanzamos en el Gol, con los ojos atentos a cualquier cambio cultural en el paisaje. Rodamos por un camino de tierra, y somos conscientes de que cualquier alambrado o tranquera puede involuntariamente señalar la línea de inflexión cultural entre dos mundos. Por ahora, sólo tierra y más tierra, y cruces de tierra tejidos en la periferia de nuestras pampas, muy lejos del asfalto y las estaciones de servicio con wi-fi.

Los fardos han comenzado a rodar frente al vehículo como en las películas del Far West, cuando al fin vimos un cartel indicador artesanal que decía “Colonia. Campo 1”. Girando a izquierda, ingresamos en otra arteria de tierra. A lo lejos - ¡bingo!- se ven grupos de hombres reunidos alrededor de un jinete que luego saldrá al galope. Sé que los menonitas se movilizan en carros tirados por caballos, que ellos mismos construyen. Mi vista los busca ansiosa, pero aún no tengo el honor. Nos acercamos al grupo de jóvenes con la excusa de preguntar dónde queda la iglesia…

La primera impresión al bajarnos del auto a saludar, era que estábamos ante un grupo de clones del mismo individuo. Me permito pensar, a pesar de no ser experto en el tema, que acaso el entrecruzamiento de genes entre un número reducido de individuos, sin aportes de otras razas, haya derivado en la tendencia a la generación de individuos con cada vez menos diferencias interindividuales. Todos son rubios, de ojos claros y prolijos, de innegable aspecto germano. Usan viseras tipo baseball, azules o pardas, sin inscripciones. Sus atuendos también son casi idénticos, con camisas claras a cuadrillé, mamelucos con tiradores y chaquetas azules. Cuando nos bajamos se abren en semicírculo y el primero que hace contacto visual se adelanta para responder a nuestro pedido de orientación por la iglesia. Cerca, unos niños más pequeños, nos observan, pero no se acercan.


Como Raúl ha tomado como propio el rol de scout y escucha con atención las instrucciones y referencias geográficas para llegar a la iglesia, aprovecho a observar a los jóvenes. Detecto que a pesar de vestir de manera uniforme, algunos utilizan el limitado espacio para la diferenciación dejado por su homogénea organización social, y enganchan al orificio del tirador de la cremallera objetos varios. Uno tiene un escudito metálico del River Plate, otro una botellita plástica en miniatura de Seven Up. Le pregunto sorprendido al primero si es de River, y me responde entusiasmado que sí. A pesar de no tener afiliación futbolística alguna, le cuento que yo también, y él se pone contento. Cuando les saco una fotografía, les agradezco en alemán, cosa que ellos celebran sorprendidos. De allí en adelante, la complicidad va creciendo.


Sigo mirando, y veo que a los pies de uno de ellos reposa una damajuana vacía. Aunque el alcohol está prohibido, aún no hemos entrado en confianza para preguntarles sobre el tema. Mi mente es de hecho un índice de preguntas que reprimo por estrategia. Lo mismo con el más alto de ellos, que deja ver el cable de unos auriculares blancos que trepa desde las profundidades de su chaqueta hasta el oído. La música, aparentemente, también estaría prohibida, como todo elemento que aleja a las personas de la familia, el trabajo y la espiritualidad. En Afganistán, los talibanes habían llegado a prohibir a los ancianos escuchar el canto de los pájaros que mantenían en sus jaulas. Un paralelo con los talibanes sería exagerado, pero una reminiscencia es inevitable.

LAS FRONTERAS INVISIBLES DE LA PAMPA Y LOS MENONITAS


Cuando lo exótico aflora en latitudes lejanas, sorprende sin deslumbrar. Lo verdaderamente exótico impacta cuando se afianza sin pedir permiso a dos cuadras de tu casa. Y eso más o menos fue lo que vivimos el fin de semana pasado con Raúl, mi anfitrión en Bahía Blanca, cuando visitamos la Colonia Menonita de Nueva Esperanza, en Provincia de La Pampa, Argentina, cerca de la localidad de Guatraché.

Salimos de Bahía Blanca en dirección norte por la ruta nacional x, rumbo a la localidad todavía bonaerense de Darregueira. Al costado de la ruta resplandecen los resabios de la nevada producida por la última ola de frío polar. El resto es lo mismo de siempre: la configuración minimalista del paisaje bonaerense o pampeano, los horizontes amplios, la tozuda llanura, perpendiculares molinos de crestas metálicas, y las vaquitas ajenas. Cada tanto algún pueblo desangelado de altas casas de ladrillos rojos desgastados y esquinas con ochava, con su desvencijada estación sin tren.




En Avestruz, el ínfimo paraje que hace de frontera entre La Pampa y Buenos Aires, un policía poco despabilado nos orienta. Más adelante, en Remecó, otro paraje en donde contamos cinco vacas y un ser humano, logramos las últimas instrucciones que nos condujeron a la ruta correcta. Tomamos por nuestra la precaria ruta de tierra hacia Nueva Esperanza. Embestidos de frente por una considerable nube de polvo que se filtraba por la ventilación del VW Gol de Raúl, nos preguntamos si acaso ello no era una prueba moral para los profanos que intentan llegar a la colonia de “los virtuosos”. Los fardos cruzaban la carretera, como siempre me había imaginado que sucedería en La Pampa. Concentrados en la adversidad meteorológica, ignorábamos que cruzábamos muchas fronteras invisibles…