viernes, 7 de agosto de 2009

SALIDAS DE UN CUENTO DE GOETHE…



Queridos lectores: cientos de personas entran cada semana a leer nuestros artículos sobre los menonitas. Las mismas forman parte de un proyecto documental y educativo que desde 2005 realizamos, retratando la hospitalidad y diversidad de los pueblos a medida que viajamos a dedo alrededor del mundo y organizando charlas gratuitas en escuelas y comunidades. Clic para saber más y poder ayudarnos: El proyecto. El libro.



No muy lejos del grupo de muchachos hay, como muestra de lo predecible de la naturaleza humana más allá del formato cultural, un grupo de chicas. Como he observado entre los otavaleños de Ecuador y entre los kalasha de Pakistán, las mujeres son las que tienden a conservar la indumentaria típica, mientras los hombres terminan adoptando jeans u otros atuendos estándares modernos.

Las chicas menonitas parecen realmente salidas de una novela de Goethe, muñecotas germanas con vestidos color azul-violeta estampados, y sombreros blancos de ala ancha cinchados por cintas del mismo color que el vestido. Es en estas ignotas colonias donde sobrevive de forma residual la romántica estética del siglo XIX, al menos en los atuendos femeninos. ¿Qué hacen esos vestidos y sombreros, pensados para la Prusia Oriental pisando la tierra pampeana? Curioso collage tramado por los vaivenes históricos, las persecuciones religiosas y las migraciones. Las chicas ríen y cuchichean cosas al oído que con certeza hacen referencia a los grotescos hombres sin mameluco y visera que acaban de irrumpir en su colonia. Se las ve orgullosas y elegantes. Decir que me dan algo de pena implica confesar mi etnocentrismo.

Y sin embargo me dan pena, siento más pena que al ver a los muchachos. Será que supongo que sólo el alma masculina es capaz de generar sistemas filosóficos castradores y aplicarlos. Las obsesiones en general, sea por construir y propagar ciudades, imperios o cultos, me parecen masculinas. Las mujeres la tienen más clara, son las que señalan las manzanas… Ellas van por delante, como dejando cáscaras de banana para despatarrar a esa aritmética teológica tramada por ayatolás u obispos del credo que se trate. Su boicot consiste en despertar el sentido común en el hombre. Y para esto con existir le alcanza. Supongo que mi pena proviene de la sospecha de que, tras la mueca casi resignada que la costumbre imprime en ellas, reside cautivo un espíritu alado…



Uno de los chicos me dice que puedo fotografiar a las chicas, y como una de ellas es su novia, las llama con confianza. Las chicas amagan a irse pero cuando el muchacho, que se llama Pedro, eleva el tono, regresan. Entonces se ponen para la foto pero, qué gracia, todas bajan sus sombreros o miran para otro lado, salvo una. Otras se esconden tras lentes de sol, que ofrecen un bizarro contrapunto al resto de su estética. Pedro, aún más enojado, les dice que son libres de irse, pero que si acceden a la foto deben mirar a la cámara…La única chica que me mira a los ojos es su novia. El le ha enseñado a comportarse sin vergüenza delante de forasteros… Estamos en una ruta de tierra de la Provincia de La Pampa, pero está bien claro que los forasteros somos nosotros, y los que hablan alemán medieval, ¡locales…!
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