domingo, 30 de noviembre de 2008

En la Feria del Libro de Mar del Plata.



Hola a todos! El próximo Jueves 4 de diciembre de 20:30 a 21:30 presentaré mi libro "Vagabundeando en el Eje del Mal - Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo" en la 4º Feria del Libro de la ciudad de Mar del Plata, Argentina.

Se trata de una nueva edición, impresa, con mapa desplegable, 176 págnas, y más de 70 fotografías.... Al libro anterior he sumado historias inéditas de Turquía y Siria, que eran una gran asignatura pendiente, como la pernoctada en un campamento beduino, las persecusiones de la policía política siria, o los niños de esa escuela de un pueblito llamado Ebla que al verme con una mochila pensaron que era un paracaidista...

Un nuevo capítulo completo sobre Irán narra un alocado viaje por este hospitalario país, durmiendo en centrales eléctricas, sobreviviendo a un terremoto o realizando el primer transplante de rastas en la historia iraní....

Siguen allí las crónicas del cruce de Afganstán, el té en el campo minado, el viaje en la Ruta Central, y la llegada a Irak, de noche, como un vagabundo y sin mapas....


Mientras tanto, los que quieran pasar a saludar ya pueden verme en el stand de Alejandría Libros, donde también podrán conocer a La Maga, la mochila con la que viajo, y que está ahora exhibida junto a un inmenso planisferio en el que he marcado los 70.000 km recorridos hasta el momento... ¡La Maga estará encantada de conocerlos!

Colegas viajeros, lectores amigos o desconocidos... ¡Buenos Caminos! Y nos vemos en la feria del Libro. Están invitados. Podrán aparcar sus camellos en la bella Rambla de Mar del Plata, luego protestaremos entre todos ante la dirección de tránsito cuando nuestros nobles camélidos sean secuestrados...

viernes, 14 de noviembre de 2008

Orbitas superpuestas de viajeros escritores en Buenos Aires

Estoy pasando unos meses en Buenos Aires, dedicándome a vender mis libros, mientras a su vez intento hacer por primera vez en mi vida una edición en imprenta... Esto me está costando mucho trabajo y literalmente tengo los ojos rojos de tanto mirar la pantalla. Por otro lado, la vida en la gran ciudad tiene ventajas. He conocido en las últimas semanas a viajeros que antes sólo conocía por Internet, a quienes el azar o las burocracias también arrimaron a Buenos Aires por unos días. En la foto, con Herman, Cande y Pampa Zapp, probando el oniriciclo en la oportunidad en que nos encontramos en la gran ciudad. Después de haber viajado en continentes disitnos, ellos en América, y yo en Eurasia, por años, lasorbitas se tenían que cruzar en algún punto, y lo hicieron. Somos muy pocos los que viajamos y escribimos libros (y vivimos de ello), por lo que fue un encuentro MUY interesante para quien escribe. Los Zapp son un ejemplo de familia viajera, y la primera carta que pongo sobre la mesa cuando alguien me dice: "Claro, vos podés vivir así porque no tenés hijos"...

Con la familia de Herman y Cande en Buenos Aires en casa de Graciela...


En la foto, con Ezequiel, de "Viaje en Renoleta". quien hace poco regresó de un viaje de 13 meses de Argentina hasta México en su Renault 6, o "la nave" como él la llama... En estos días me quedo en su casa. Charlamos sobre distintos aspectos de la vida nómada, y sobre libros. Ezequiel anda con ganas de hacer un libro. Es más, se rumorea que ya está escrito... habrá que insistirle para que lo comparta con el resto de los mortales...


Plaza Francia se volvió hace dos fines de semana un punto de encuentro con Katja y Augustas. El lituano, ella alemana, recorren el continente americano haciendo autostop desde hace dos años, siguiendo la fórmula de siete meses de viaje- cinco de trabajo. Katjia tiene un libro de 500 páginas ya escrito sobre su viaje en Latinoamérica, pero aún está buscando la manera más apropiada de llevarlo a imprenta... Su página: www.followtheroad.com


En la charla de Pablo y Ana, los chicos de 4x4x4....en viaje por el mundo desde hace 8 años con una van Mitsubishi. Para saber más de su viaje visitá su sitio web

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Cuando la ruta penetra la piel...


Cuando la ruta penetra tu piel, el alma ya no te pertenece....
Modelo: Nicolás, de Buenos Aires. Cinco años viajando por Sudamérica.

martes, 4 de noviembre de 2008

Caminiaga: Chicos, si les gusta… ¡cómprense una parcela!

La verdad, pensábamos llegar a Cerro Colorado en el día, porque no estábamos a más de 100 km, pero el viaje tenia otros planes más interesantes. Desarmamos nuestra carpa en Cruz del Eje y caminamos unos dos kilómetros por una circunvalación vapuleada a través de un paisaje rural deprimente de tierras áridas parasitadas por algarrobos, tunas y chañares. Aquí y allá hay chozas precarias y hornos de ladrillo y mucha gente yendo y viniendo en carretas con ruedas de madera. Los arbustos espinosos que abundan parecen competir por atrapar el mayor número posible de bolsas de nylon, las que el viento arrastra desde la vecina ciudad.

Al final llegamos a la ruta que va a Dean Funes, pero justo después llegan un policía y una maestra y se ponen a hacer dedo. A la maestra se la llevan enseguida pero después tenemos que esperar como cuarenta minutos hasta que un camión de YPF se lleva al rati que ni siquiera saluda al pasar.

Nos saca un Mercedes 1620 tras dos horas de espera. El camionero anda para atrás con su padre, quien se lo quiere llevar a trabajara un campo en San Luís, donde él predice que moriría de angustia. En el cruce de Dean Funes, donde nos deja, vemos algunas siluetas haciendo dedo sobre la ruta que va a San José de la Dormida, un atajo para llegar a la Ruta 9 sin pasar por Córdoba Capital. Son Guada y su novio, mochileros marplatenses que también van para el Encuentro de Mochileros. ¡Qué lindo que es encontrarse en la ruta? Charlamos un rato y con Steven decidimos caminar un kilómetro para no estar los cuatro juntos haciendo dedo.

Después de una hora, una Peugeot Boxer nos ofrece un tramo bastante raro. Es un hombre que con sus dos hijos van a una quinta en San Pedro Norte, un pueblito enredado en caminos de ripio a unos 50 km de allí. Desde San pedro Norte tendríamos unos 25 km hasta Cerro Colorado, que seguramente tendremos que caminar en parte. No necesito mirarlo a Steven por más de un segundo para saber que le encanta la idea. Nos acomodamos atrás y media hora más tarde estamos en San Pedro Norte. Tenemos 9 km por delante hasta Caminiaga, el próximo pueblo. La ruta es de tierra, y el horizonte está lleno de palmeras. Steven activa su GPS para ir consultando la distancia caminada. Un cartel avisa que se trata del “Camino Real”. El Conductor de la Boxer nos había explicado que éste era el antiguo camino al Alto Perú, la vía troncal del virreinato, predecesora olvidada de la Ruta 9.

Los 9 km pasan volando, entre montes de palmeras que van quedando en la oscuridad a medida que el sol se pone, con vacas pastando o bebiendo agua en los ocasionales esteros. Todo el paisaje tiene algo de irreal, quizás hayan sido las palmeras, que al menos yo ni sospechaba que crecían en el norte de Córdoba.

Al llegar a Caminiaga nos dirigimos sin dudarlo al almacén. En los pueblos, a la hora de la cena, los almacenes son buenos lugares donde hacer contactos. En este almacén coexisten monturas de caballo con tarjetas de Movistar. En una mesa hay algunos locales tomando una cerveza pañuelo al cuello. Son gauchos modernos, no relegaron el caballo, pero del cinto se prende el estuche del celular en vez del facón. Preguntamos dónde podemos acampar, y aunque el dueño del almacén dice que podemos hacerlo junto al río, una mujer entrada en años nos invita a acampar en el parque de su casa. “En el río se van a morir de frío” y, como queriendo explicar su conducta al resto de los parroquianos que están un poco sorprendidos por la espontaneidad de la invitación, agrega: “Para eso somos humanos. A Jesús no lo alojaba nadie”.

La señora que se llama Stella. Ella y su hermana nos acompañan por las calles sin iluminar hasta su casa. En el camino nos comenta: “Llevás una vida humilde, no querés cosas materiales, tenés una vida muy en el camino de Jesús”. Yo no soy cristiano, pero no es el momento para esa discusión. Stella tiene un hijo de 18 años que está postrado en una cama, y nos cuenta que para ella esa es una prueba del Dios.

Nos recomiendan cenar en lo de García, que es un comedor con seis o siete mesas redondas grandes llenas de locales jugando al truco y un pool. La presencia de Steven despierta curiosidad. Cuando cuenta que es holandés sucede algo inesperado. Uno de los locales que está jugando se levanta y se acerca. Tiene ojos celestes y aspecto gringo. Cuando empieza a hablar las cejas de Steven se arquean hacia arriba. ¡El hombre habla en holandés! Nos cuenta que su abuelo era holandés y que se estableció en el pueblo hace décadas, y por eso hoy hay dos o tres familias que descienden de esos pioneros de mediados del siglo pasado. El hombre incluso había vivido y trabajado en Holanda durante algunos años. Es lindo escuchar hablar holandés, que es como el alemán pero hablado por un gangoso… con sonidos como la jota donde uno menos los espera.





Pensamos que eso es todo por hoy, pero la verdadera sorpresa nos espera al salir del comedor de García. En la esquina de la plaza sentimos que un grupo de hombres nos chiflan. Avanzamos hacia las siluetas sentadas en la penumbra, sólo al acortarse la distancia vemos que se trata de un grupo de hombres que toman cerveza junto a un “kiosko bar”. ¿De dónde son? – nos pregunta un hombre de ancho sombrero que se identifica como “El chaqueño”. Pero antes que podamos responder ya llega un ¡Siéntense!… Junto al chaqueño hay dos hombres un poco menos borrachos que el chaqueño, y que por consiguiente hablan menos, pero no dejan de sonreír a todos y a todo. El Chaqueño suelta un discurso que me sorprende, porque a pesar de estar borracho va hilando con la gramática que el alcohol le permite ideas de inesperada (in)coherencia.

Nos pregunta a qué nos dedicamos, y explicamos que Steven es ingeniero y viaja en su tiempo libre mientras que yo soy viajero de tiempo completo. El Chaqueño, como si le estuviera explicando nuestra respuesta a un panel de invitados, empieza: “Claro, por supuesto, que viajando a pie se conforman historias más reales y más completas…” Luego se autointerrumpe y dice: “Acá tendría que haber más de nosotros para aprender de su experiencia” A lo que el otro gaucho no dejaba de asentir con la cabeza y acotar un ¡Qué hermoso! A nosotros nos sorprende la valoración de nuestro estilo de vida que hace el chaqueño, y creo que pasamos todo el tiempo intentado elucidar qué tanto influía la borrachera en sus palabras.

Pero el Chaqueño no se detiene. “Tendría que haber más mochileros” E incluso inventa un verbo. “Por eso, mochiliemos, salgamos…” Luego parece recapitular nuestra respuesta y se da cuenta que Steven es ingeniero y es holandés, y va al tema:

“Acá cuando llegó el gringo Wilt, el holandés, estábamos bien. El gringo murió cuando se le dio vuelta el tractor y la palanca de cambios le pasó de lado a lado, pero ese gringo sabía hacer de todo. El hizo la plaza. Si no se hubiera muerto este pueblo estaría parado…Ese gringo era fuerte y hacía flexiones con otra persona…”





Después aparece un grupo de adolescentes, entre ellos, de casualidad, dos de las nietas del gringo Wilt, dos rubiecitas que si llamarían la atención en la ciudad más lo hacen en un pueblo como Caminiaga. El Chaqueño, Quilmes en mano, no tiene mejor idea que convocarlas a la reunión, y nos dice:

“Chicos, hagan contacto entre ustedes, y nos señala a todos, intercambien teléfonos, dirección de internet… Chicas, copien los datos…puede ser útil un ingeniero. Al gallego hay que saberlo llevar, y al gringo hay que darle de trabajar, hay mucho por hacer. A mi criterio estas cosas hay que aprovecharlas, lo digo yo, criollo, inclusive…”





Las chicas se ríen pero no huyen, parece que ya saben qué esperar de El Chaqueño. Steven habla en español con las chicas y en un momento les pregnta su apellido. “Van der Laan” – responden. Steven, quizás alardeando que él es holandés Made in Holland tiene la mala idea de traducir su significado.

- ¿Sabés lo que significa?
- No, ni idea –responden las chicas
- De la calle.

Lo miro a Steven, quien automáticamente se da cuenta del error e intenta desembarrarla. “Pero no de cualquier calle, laan significa una calle grande, iluminada….” Demasiado tarde. Al menos todo daba lo mismo para el gaucho de pocas palabras sentado junto a su botella de ginebra al lado del Chaqueño, y quien no dudo en exclamar, como lo había hecho durante toda la noche: “¡Qué hermoso!”.

El Chaqueño seguía sacando sus propias conclusiones de nuestro periplo, y como dando una cátedra, y apenas conquistando el equilibrio en medio a la ronda, exigía:

“Lo social es lo social, y lo caminado es lo caminado. Ojalá las chicas Van der Laan les den bola, la comunicación es útil, más cuando es experimental, a mí me parece. Chicos, si les gusta, radíquense acá, compren una parcela”

Nosotros que sólo aspirábamos encontrar alguien que nos aloje, ahora nos invitan a radicarnos. Terminamos dando vueltas a la plaza en el caballo del Chaqueño. Cuando Steven cabalgaba, el Chaqueño lo seguía al costado, asustado, suspirando: “Que no se me caiga el ingeniero…” A mí en cambio me alentaba desde la silla mientras hundía su nariz en el vaso de cerveza…
Y nos fuimos a dormir...

domingo, 2 de noviembre de 2008

Cómo conquistar chicas leyéndoles las etiquetas de los vinos. (Por el Ing. Steven Weijs)

Después de visitar a Pedro en Jáchal nuestro rumbo sigue hacia el Encuentro de Mochileros de Cerro Colorado en el norte de Córdoba, sin tener otras paradas programadas, dormiremos donde toque.

Pedro nos lleva a la ruta, y esperamos frente a una despensa cuya dueña, una mujer que habla sin alejar demasiado el cigarrillo de su boca, nos explica que los lingotes de las minas se los llevan en helicóptero. Cada vez escuchamos versiones ligeramente distintas, y es en a manera de transportar el oro donde la gente aplica más su creatividad. Cuando una de las tantas camionetas doble cabina que van hacia la cercana mina de Hualcamayo pasa sin llevarnos dice “¡hijos de puta! Le agradecemos a la mujer su solidaridad e intentamos concentrarnos en hacer dedo. Tardamos mas de hora y media en subirnos a un autobús escolar cuyo conductor, al escuchar que Steven es holandés, exclama: “Asterdam (sin m)…¡zona roja!”
Finalmente una de las camionetas de la mina nos levanta, dice que frenó porque vio nuestro cartel amarillo, lo que nos por unos segundos nos hace sentir astutos mochileros. El conductor trabaja en la minera como chofer, y está a favor de la mina porque “¿dónde van a trabajar las 950 familias que dependen de la minera si la cierran?”. No opinamos.
A Steven, aunque es su tercera visita a la Argentina, no deja de sorprenderle lo vasto y vacío del paisaje. Holanda es setenta veces más pequeño, pero tiene la mitad de la población que tiene Argentina.
El chofer responde: “¿Viste? Yo le daría todo esto a los japoneses y americanos a cambio de que ellos traigan televisores y lavarropas”. Entonces no me sorprende que esté contento con una minera que contamine el agua, se lleve el oro, y deje 1000 pesos por familia… Por otro lado, nos cuenta que todo el polvillo que flota en el ambiente proviene de la gradual demolición del cerro del que se extrae el oro. A la distancia nos lo muestra, parece una pirámide truncada. Nos deja donde un camino de ripio se pierde en la cordillera hacia la boca de mina.


Es otra camioneta minera la que nos saca de allí rumbo a Guandacol, Provincia de La Rioja. Ángel, nuestro héroe, es perforista, y nos cuenta que cuando trabajaba en la mina La Alumbrera, en Catamarca, el Licenciado en Seguridad detectaba constantemente contaminación en los diques de cola, adonde va a parar todo el material a ser filtrado con cianuro, y también en los centralizadores. Fue el quien les dijo a los obreros que le exigieran a sus jefes que les entreguen máscaras de carbón activo, y no los simples barbijos que les estaban dando…


En dos horas pasaron sólo seis autos en la ruta que de Guandacol a Villa Unión, localidad que visité en Enero de 2005 camino a Laguna Brava con Juan Cruz, un colega de Autostop Argentina. Tomamos una Quilmes, y cómo se ve en la foto, tuvimos toda la ruta para nosotros y probamos hipotéticas publicidades de Quilmes dedicadas a los mochileros.


El noveno auto que pasó era una pareja con una beba que nos llevaron a Villa Unión en su VW Gol. Al llegar a Villa Unión fuimos corriendo a comer unos sándwiches de lomito a un bolichón en el que también había un pool. No había ningún lugar que prometiera algo de diversión, por lo que entramos a tomar otra cerveza a un restaurante que se promocionaba con el lema “Chivito Libre”, y del que me puse a imaginar posible acepciones políticas (liberen a Chivito).

Sobre la mesa había individuales de papel que explicaban los distintos vinos varietales de la Bodega Famatina. La elusiva verborrea de las descripciones me hizo decirle a Steven que acaso terminaría como escritor de etiquetas de vinos, para no mencionar la posibilidad de escribir esos versos patéticos que alguna gente paga por mandar por SMS. Steven sugirió que las mismas frases que usan para describir al cabernet sauvignon o al malbec se pueden usar con las chicas, y prosiguió con su distintivo acento, cambiando los pronombres:

“Tu aroma me recuerda a ciruelas y fresas sobre un fondo de frutas secas y especias….” Leyó hasta allí y reprimiendo una carcajada leyó lo que seguía: “… ¡Eres ideal para acompañar con carnes rojas o aves de caza!”

Acampamos debajo de un puente, sobre el lecho seco de un río.

La Maga y Maguita secándose al sol…


…después de un lavado obligado.

Mogna, estoica y aislada

Las pueblos de San Juan desearían ser principados, eso me quedó claro. Cada cual está orgulloso de su estirpe, y sin creerse superior a nadie preferiría que tampoco lo agrupen bajo confusas etiquetas provinciales. Yo la verdad que no tengo en claro en qué se diferencia un jachallero de alguien de San Juan capital. Supongo que en lo mismo que se diferencia cualquier persona de una ciudad pequeña de su vecino de la gran ciudad más cercana. Una sola persona me supo explicar que mientras que San Juan capital era zona de influencia huarpe, Jáchal pertenecía a las tierras de los diaguitas. ¿Los obligaría eso a sentirse más emparentados con los catamarqueños, por ejemplo?




Si esta situación es confusa, 60 km desierto adentro se yergue estoica y abandonada la población de Mogna, 300 habitantes. En el camino de ida a Jáchal habíamos quedado perplejos al encontrarnos con el cartel que apuntaba hacia el más inhóspito desierto y anunciaba “Mogna: 60 km”. Nos habíamos quedado soñando con visitar ese aislado paraje, y ahora nos enterábamos, gracias a Pedro, como siempre, que esa localidad festejaba su 255 aniversario y que varios móviles de la Municipalidad de Jáchal salían para allá. Propuse llevar una muestra de fotografías de Medio Oriente como aporte para el evento, y conseguimos nuestro lugar en una doble cabina junto a otros maestros y talleristas.


Mogna, para retomar el tema de las autonomías, es también el nombre de los indios que poblaban estas pampas. Al parecer se consideraban a su vez algo totalmente distinto a los de Jáchal, pero en algún punto el cacique de Mogna cedió su territorio a la Intendencia de Jáchal. La entrada a Jáchal fue por una quebrada color miel que obligaba a la carretera de tierra a describir un trazado sinuoso entre sus muros. Al llegar, tuve la impresión de que lo más edificado de Mogna era su plaza central, que a pesar de ser un cuadrilítero de árboles y palmeras evidenciaban mayor intervención humana que el núcleo urbano. Este último, al ser difuso y de viviendas bajas y aisladas se confunde con el esporádico tejido de montes de algarrobo que lo circunda.
Ni que decir que el pueblo estaba revolucionado, no tanto por los autobuses cargados de ex residentes y autoridades municipales de los pueblos vecinos, sino por el helicóptero del gobernador, quien había llegado para volver a prometer, por décima vez, según me contaron, la construcción de un camino consolidado.

Yo armé la muestra de fotos en la esuela del pueblo, con la ayuda de Steven mientras las visitas oficiales asistían a misa. Al terminar corrimos a tinglado bajo el cual tuvo lugar un almuerzo con cabrito, la especialidad local, y en el que algunos políticos declamaron hasta poemas. Algunas de sus exclamaciones patrioteras me dieron sencillamente risa: “El hispano y el indígena en la empresa se acompañan” (deplorable y falso).”Sigamos trabajando por la perpetuidad de nuestra raza” (Sin palabras. ¿Ud se llama Adolfo Hitler?)

Mientras los políticos declamaban poesía salimos con Steven a caminar. Steven siempre quiere caminar, cuanto más lejos mejor. Lo acompañé hasta donde un algarrobo me tentó, y me tiré una merecida siesta (nos habíamos levantado a las seis para el viaje) ante la mirada de unos cabritos.


A la vuelta nos sentamos a tomar mate con Doña Raquel Carrizo, quien no le tiene nada de miedo a la cámara, me consta. Le pedí permiso para sacarle una foto y nos invitó a matear con ella. Cubre su cabello plateado con un pañuelo. Prepara unos mates riquísimos con ajenjo, sus manos surcadas y seguras lo hacen ya automáticamente. Dice tener unos 70 años. Desde que enviudó, hace diez años, todas las tardes toma mate bajo un algarrobo que tendrá un siglo. “Cuando yo llegué hace 50 años ya era un árbol viejo” –cuenta.

Su nuera explica que el pueblo vive de la venta de cabras, y que una vez al año se hace una gran fiesta a la que llegan más de diez mil personas. Raquel sigue practicando su pausada alquimia, a su lado tiene una mesita matera que tiene hasta un brasero. Vuelca un poco de yerba, agrega “burro” y vuelve a inclinar la pava. Dice que cebar mate es “su oficio”, y cuando nos vamos parece algo triste, pero nos acabamos de dar cuenta que ya anunciaron mi muestra de fotos hace rato, sin que yo estuviera allí para explicar algo a la gente.



Pasamos por la escuela, donde algunas personas me andaban buscando para hacerme algunas preguntas. Lo mejor, sin embargo, era que encontraban muchísimos elementos familiares en las fotos de Afganistán. Desde rostros hasta paisajes. El padre de Pedro, por ejemplo, al ver la foto de un tanque ruso abandonado cerca de Herat dijo “¡Qué bueno para vender como chatarra en la chacarita!” Algunas personas compraron mi libro. De regreso al tinglado los gauchos locales se habían puesto a bailar cumbia, y nosotros compramos una cerveza porque Steven afirmó que “No es posible esta música y no estar borracho”.



Regresamos en la Trafic de un hombre asombroso, que lleva veinte años pidiéndole al gobierno que construya un camino. El mismo tomó medidas y propuso trazados posibles, estudiando antes el curso de los arroyos. Como si fuera poco, de su bolsillo construyó carteles señalizadores y hasta un refugio en el desvío de la Ruta 40.

Nostalgia triguera

Camino a Tres Esquinas se observan grandes casonas con frente de adobe que forma elegantes galerías. Abundan en una zona conocida como Pampas del Chañar. Pedro me explica que Jáchal tuvo su época dorada alrededor del 1900, cuando había unas 6.000 hectáreas de trigo. San Juan era la tercera provincia productora de trigo, antes del surgimiento de la Pampa húmeda agroexportadora. Parece que antes San Juan exportaba trigo a Chile y enviaba grandes cantidades al NOA. Cuando aparece el ferrocarril es Buenos Aires la que empieza a abastecer directamente al resto del país.


Por otra parte Jáchal fue fundada desde la Capitanía General de Chile, hecho que noté que muchos locales refieren sólo de manera confusa como si se tratara de una traición. (Aclaran muy bien que fue fundada por españoles desde Chile) El afianzamiento de la soberanía argentina en la zona también parece que debilitó el comercio con Chile que antes dejaba regalías.


De esa fecha quedaron varios molinos, algunos de los cuales siguieron increíblemente en funcionamiento hasta hace pocos años. Las fotos son del Molino Sardiña. Es el nieto del fundador del molino, un hombre de 80 años que habla en voz muy bajita, el que nos pasea por la inmensa instalación, de dos pisos, llena de poleas, engranajes, cintas, y chapas que dicen que cada bendita tuerca fue fabricada en Alemania o Inglaterra. Se diría que Don Chicho no es el cuidador de un molino sino un caballero templario, guardián de alguna reliquia. Por detrás uno se asoma y ve el inocente arroyo que parece no tener polenta para mover la rueda, y que sin embargo lo hacía y muy bien, porque Don Chicho recuerda como si hubiera sido ayer a esa fila de camiones que esperaban para cargar la harina recién hecha.






Don Chicho comenzó a ayudar a su padre en 1950. Cuando llegó colocó en su habitual lugar de trabajo un almanaque con la foto de una diva de la época, que todavía se destiñe en uno de los muros. Parece que desde siempre lo más importante para el trabajo, incluso en los legendarios molinos jachalleros, fue esa motivación universal…

Día del niño en Tres Esquinas, San Juan.


Algunas fotos de la fiesta que la radio FM Antena 1 de San Juan preparó para los chicos de Tres Esquinas, una población rural dependiente de Jáchal. En la fiesta les propusieron a los chicos algunos juegos tradicionales, como morder la manzana o ponerle la cola al chancho.

Encuentro de poetas en Jachal


La Biblioteca Pública de Jáchal celebró su centenario, y entre las muchas actividades hubo una reunión de poetas locales y de San Juan capital a la que fui amistosamente invitado. Además de José Luís, el director de la biblioteca estaba Ernesto Simón (escritor y periodista de San Juan) y Chiro, un poeta sanjuanino que vivió mucho tiempo en Mar del Plata y que conocía a mi hermano. En la charla hablamos sobre las bibliotecas públicas, sobre la función social del escritor, y luego a fuerza de preguntas del público terminamos todos hablando de Afganistán y Medio Oriente (¡yo no tuve nada que ver!), lo que me dio la oportunidad de vender algunos ejemplares de Vagabundeando en el Eje del Mal, mi libro.