sábado, 17 de mayo de 2008

De la costa a las Sierras: tobogán entre mentalidades

El pequeño balneario de Las Peñas fue nuestra última escala en la costa, antes de resbalar por ese tobogán que es la ruta a Ibarra, ya en las Sierras. Ecuador es un país claramente dividido en tres regiones geográficas cuyos límites –dicen-coinciden con las fronteras de identidades e incluso de mentalidades: Costa, Sierra y Selva (Oriente). Estas diferencias se reflejan también en la literatura, y es el eje sobre el que giran muchos de los libros que nos muestran en las librerías cada vez que Ceci reclama a las empleadas de las librerías que le muestren autores ecuatorianos contemporáneos. A grandes rasgos se supone que la gente de la Sierra es algo más tradicionalista, mientras que en la Costa son algo menos apegados y –según los serranos- algo más rudos. Guayaquil y Quito son buenos representantes de ambos bandos, la una moderna (o modernosa) y con una identidad muy localista, y la otra colonial, conciliadora, con vocación de capital. Étnicamente, las diferencias son a veces notables, y en la zona costera norte (Esmeraldas) hay una gran población de gente negra. Tienen un ritmo al hablar que le es propio, y hasta un lenguaje corporal distinto, y como toda variedad que atravesamos en el viaje le damos la bienvenida, e incluso nos quedamos con ganas de seguir viajando en dirección al Caribe…


Mientras viajábamos en un ruidoso, vibrante y caluroso camión Freightliner conducido por un jóven que manifestó su interés por Deepak Chopra (en Argentina jamás un camionero tendría preocupaciones tan metafísicas, me encanta Ecuador…) vemos gente trabajando con semillas. Nos bajamos, porque como dije viajamos como esos botánicos que acompañaban a los primeros exploradores y que iban catalogando y clasificando las especies de los nuevos mundos. Sólo que a nosotros no nos manda ningún rey sino la familia de Cecilia, que tiene un pequeño campito en el que les gustaría que crecieran frutas tropicales de todo el continente. Los hombres trabajan con semillas de cacao. Cuando Ceci le explica que quiere llevar semillas a Argentina le dicen que las semillas solas no alcanzan, que necesita plantar una mazorca, pero al rato vuelven con una. El hombre con el que hablamos es colombiano, pero abandonó su país para escapar de la guerrilla. “Aquí tengo mi trabajo, vivo en paz, con mis amigos que me aprecian” Nos cuenta y sus amigos lo miran y asienten con la cabeza. Agradecemos y volvemos a caminar por la ruta, ahora con una mazorca en la mano.

El orgullo es verde y tropical, dice siempre Cecilia, y a mí me gusta pensar que plantando piñas, café y palmeras cocoteras allá en Formosa ese orgullo va a ser -más todavía- un puente con el resto del continente. Otra metáfora que ha usado Ceci para referirse a los viajes es el de las abejas: los viajeros somos como abejas. Y bueno, no se si polinizamos, pero al menos nosotros sí vamos a propagar la flora de frontera a frontera…


Viajamos un tramo en un veloz VW Polo de una pareja que venía viajando desde Perú. También tienen rasgos negros, y la mujer tiene su pelo cubierto de mínimas trenzas doradas, y lleva un perro en su regazo. Vamos escuchando alguna especie de hip-hop hasta cerca de San Lorenzo. Llegaríamos a Ibarra, en las sierras, en el 4x4 de otro colombiano exiliado, que trabaja haciendo mantenimiento de máquinas de casino. Es un hombre muy amable que nos invita a almorzar en un sitio llamado “Delicias de Colombia” y nos regala dos mangos. La influencia colombiana es obvia en toda la zona de la frontera. Aunque no viajaremos al país vecino, sus hijos parecen acercarse a nosotros para dejarnos entrever un poco la hermosa humanidad que también florece del otro lado…



Ibarra es una ciudad blanca, con muchas plazas, y una iglesia con una virgen que sostiene una calavera. No es una descripción exhaustiva, pero sí una condensación de imágenes. También recuerdo muchas casas de venta de granos y semillas. Hemos llegado exhaustos, aunque Ceci durmió intermitentes siestas en alguno de los vehículos. La cena: arroz, choclo frito, carne y papa, con jugo de tamarindo. Chupando caña de azúcar cortada a machetazos por una mujer que nunca quisiera tener como enemiga, llegamos a la Terminal. Viajaremos en autobús a Otavalo…