domingo, 10 de febrero de 2008

Rutas costeras ecuatorianas: de Guayaquil a Olón.


Lo que encontramos en la caja de una camioneta refleja la cultura local, debería decir en algún parágrafo un manual de mochileros... Esperamos sólo un minuto en la estación de servicio donde nos dejó el padre de Mafer hasta que encontramos una camioneta que nos llevaría asi hasta Salinas, destino turístico en la costa. En la caja iba un racimo de bananas del tamaño de mi mochila... Hace poco el presidente ecuatoriano ha creado una nueva provincia (Santa Helena) en la que quedaron muchos de los destinos turísticos tradicionales de la gente de Guayaquil, y que muchos han interpretado como una ofensa.

Nos bajan en una rotonda, donde esperamos 5 minutos, tras ser desplazados "un poco más allá" por un policía malhumorado. El hombre que se detuvo en su doble cabina Chevrolet se llamaba Lenín, y nos llevó hasta Salinas mismo. Salinas nos pareció demasiado urbano, y tardamos 25´minutos en subirnos a otra camioneta que nos dejaría en Ayangue. La caja de esta camioneta estaba super poblada, por dos hombres con dos niñas que iban comiendo galletitas y tomando una gaseosa de manzana. Frenaron por sus propios motivos, y cuando les pedimos que nos llevaran tuvieron que consultarle a la "tía". La tía era una mujer de talle cetáceo, ropa tres talles más chica y buena voluntad. Ayangue era un pueblo de pescadores con turismo local, vendedores de plàtano frito en las calles, un malecón descuidado invadido por la arena y un ambiente general de despreocupación. Nos habían dicho que había unas islas en frente al pueblo pero resultó ser que estas islas no tenían playa, requisito sine qua non, por lo que seguimos adelante.

La camioneta matriarcal de "la tía"... Cuando se bajaron nos regalaron un paquete de medio kilo de galletas sin sal, que resultaron ser tan insípidas que quedaron abandonadas en Ayangue...

El Pacífico, en Montañita, adonde nos dirigimos en la camioneta de unos gringos, luego de Ayangue, para conocer el popular destino de surfers y mochileros. Como dijo Ceci, fue un atardecer de folleto evangélico, sólo faltaba que entre las nubes se deslizaran los títulos de "Dios es amor".

Una calle de Montañita. Había algo mutado en este pueblo, quizás su innecesaria saturación de viviendas con techos de paja, que en algún momento habrá sido la usanza en toda la costa, ahora sustituida por otros materiales como madera y chapa. Pero claro, hay que encarnar el estereotipo de paraíso surfer que, sin ofender a nadie, parece consistir de mucha paja... Hubiera sido un buen lugar donde quedarse unos días a vender libros, ya que vendí tres en la playa en sólo un rato.

En otra doble cabina llegamos a Olón, donde decidimos detenernos, pues ya era de noche. "Un amigo más" dijo el conductor antes de que nos bajáramos. Pero hubo que golpear la carrocería y gritar porque se iba, sin querer, con nuestras mochilas... Cenamos seco de pescado (aroz, frejoles y corvina) con una cerveza Brahma. La local "Pilsener" es un brebaje que solo te llena la panza, con apenas 3 grados de alcohol... En la foto, un vendedor ambulante de gaseosas.

Olón: casas de madera, una mañana de lluvia y gallos melancólicos

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