miércoles, 26 de diciembre de 2007

En Irak, Irán y Afganistán... a dedo: ¡el libro!


Esta es la tapa de “Vagabundeando en el Eje del Mal – Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán” el primero de mis libros en ser publicado, por Editorial Del Nuevo Extremo. Se consigue en las principales librerías argentinas y del resto de América Latina. Cuenta 340 páginas, 180 fotografías, diez láminas a color y seis mapas.

El libro empezó su humilde camino de forma artesanal en las playas de Tailandia, cuando hice su primera versión en lengua inglesa allá por el 2007, estando yo aún en el último país de mi expedición asiática. De hecho, fue la venta ambulante de aquel folleto de apenas 80 páginas lo que me permitió reunir los fondos para volver al país.

Una vez en Argentina asumió diversos formatos artesanales, y su venta siguió siendo ambulante. En bares, playas y cafés, muchos comensales presenciaron sorprendidos la irrupción del librito en sus mesas. Fue incluso publicado en Ecuador, por el Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos, siendo esta la primera vez que veía mi criatura en tinta impresa y no hecho en fotocopiadora.

Cuando una nueva edición impresa de 176 páginas llegó a la Feria del Libro de Mar del Plata, pensé que ese era el techo del librito. Pero el libro nos sorprendió a todos: fue el más vendido del evento y atrajo la atención del Grupo Editorial Del Nuevo Extremo.

¿Cómo no voy a estar ahora orgulloso de presentarles esta versión de 340 páginas? Por primera vez tuve el espacio para contar todas las historias y respetar la extensión natural del relato. El libro espera ser una mínima contribución al entendimiento humano, en el sentido en que reivindica la complejidad y la hospitalidad de una región estereotipada como lo es el Mundo Islámico.

Para eso viajo, para retratar esas cotidianidades significativas de los pueblos que nunca están contenidas en los titulares abstractos y sensacionalistas de los periódicos. Medio Oriente, sobretodo, es un calidoscopio abandonado en la oscuridad. Cruzar Siria, Irán, o los montañosos desiertos de Afganistán a pie fue, además de una apuesta por la paz, un intento de rescatar esa diversidad que escapa a la óptica occidental.

Las páginas del libro recogen testimonios de vivencias compartidas a lo lago de mi caminata con los pobladores locales, sean maestros rurales, vendedores del bazar, amables clanes beduinos, despreocupados camioneros, granjeros que me preguntaban si en Argentina también había estrellas o miembros de la inteligencia encargados de vigilarme. Hay también eventos delicadamente absurdos. Alguna vez me tocó tomar el té en un campo minado, o entrar en Irak como un vagabundo para terminar siendo recibido en el Parlamento y dar allí lecciones de autostop. O aprovisionar mi mochila en una base norteamericana en Afganistán

Cifrada en mi aventura, va además la receta del nomadismo como estilo de vida postulable, las confesiones de un nómada que ha encontrado domicilio en el viento. Es, dicho sea de paso, la primera vez que una editorial grande se juega y apoya el relato de un mochilero. Con todo derecho todos mis colegas pueden sentir este pequeño triunfo como propio.

Con mucha ilusión espero que el libro, en su flamante formato siga caminando y encontrando lectores que lo alojen en sus bibliotecas como a mí me alojaban los sirios y los turcos.

Si lo leíste y te gustó, ahora podés recomendarlo sin complicaciones. Desde diciembre de 2009 “Vagabundeando en el Eje del Mal” estará en las principales librerías del continente, publicado por Editorial Del Nuevo Extremo.

A todos los que compraron las ediciones artesanales previas: ¡gracias! ¡Gracias por haber confiado en mí y haberme permitido llegar a esto!

¡Y gracias también por seguir acompañándome! Desde finales de diciembre de 2009, estaré “vagabundeando” a bordo del Americiclo, una bicicleta de dos pisos, en un viaje documental desde Argentina hasta Alaska, escribiendo sobre los conflictos mineros y llevando a cuestas distintos proyectos educativos. La compañía que me brindan a través del blog es el viento que hincha mis velas. Gracias. ¡Buenos Caminos!
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BREVE RESEÑA DE LAS EDICIONES ARTESANALES ANTERIORES.



Octubre de 2007. Versión artesanal de 102 páginas, con fotos (ByN) y un mapa del periplo. Contiene sólo historias de Irak, Irán y Afganistán.



En diciembre de 2008 aparece la edición encuadernada del libro, que llega a algunas librerías. De sorpresa, el libro se convierte en el título más vendido de la Feria del Libro de Mar del Plata de ese año. Contiene 176 pág. y 104 ilustraciones, además de capítulos agregados dedicados al viaje en Siria y Turquía.

Muestra virtual de fotos de Afganistán II

Primeros metros en el país, caminando al costado de la ruta afgana...



Un habitante del Hazarajat....valles que crucé literalmente a pie.


Las calles de Chaghcharán..... La alegre muchachada enturbantada.




viernes, 14 de diciembre de 2007

Colonia San Isidro, Formosa.











Algunas fotos tomadas en la COlonia San Isidro este fin de semana. Tuvo lugar una jornada de capacitaciòn a cargo del PAIPPA (Instituto Provincial de Acciòn Integral para el Pequeño Productor Agropecuario). Se trata de brindar herramientas a la poblaciòn local para que generen sus propios espacios laborales. El monte con niebla y las flores estàn en el cercano "Campito"... En el espacio de pocas horas Cecilia y yo vimos, en ese monte, iguanas, carpinchos, gatos monteces, zorros, ñandùes, vìboras varias y hasta perros salchichas....




martes, 11 de diciembre de 2007

Intimidades de un mercado. Resistencia, Argentina.
















El ovillo latinoamericano.

Hace poco escuché decir a alguien que provenía de la Latinoamérica profunda. Eso me produjo, inicialmente, una reacción de rechazo. Mi amiga hacía referencia a la provincia de Formosa, en el Noreste de Argentina, y más que nada hacía referencia, o aludía al contraste de esa zona con Buenos Aires, la capital. Inicialmente pensé que no podía haber zonas más latinoamericanas que otras. Claro, mi amiga explicaba con sobradas razones que las tomas de decisiones tienen lugar en Buenos Aires, y que los que vivimos en las provincias nos tenemos que bancar esas decisiones, que muchas veces disponen y organizan la vida de gente que no conocen, estipulan el uso y mal-uso de los recursos naturales, en fin, influyen en la vida concreta de gente a la que poco conocen. Mi amiga también hacía referencia a que sin embargo un montón de gente luchaba y proponía soluciones desde esta “Latinoamérica emergente”.

Hasta ahora estoy de acuerdo. Tal vez su declaración afectó a mi orgullo de marplatense, ciudad de la Provincia de Buenos Aires. Pero más fundamentalmente, creo que justamente esas ciudades desde donde se toman las decisiones, y a las que la historia eligió como puerta de entrada para los poderes e ideas extranjeras, son tan parte de Latinoamérica como cada una de las provincias. Me baso en que los males que sus políticas causan son sentidos también por su población. En Provincia de Buenos Aires también hay pobreza, y si cuantificamos la pobreza, hay más cantidad de pobres, aunque quizás menos proporción. Hay villas, asentamientos de emergencia, crimen, mafias que se llevan la juventud como una marea negra, hambre, desempleo, esperanza…en fin…todos los elementos del paisaje latinoamericanos, que los-nos hermana con el resto del continente. Los gobiernos serán elitistas, pero el resto de la gente sigue, en todo caso, en las profundidades. Desde las provincias existe la ilusión de que Buenos Aires es una burbuja de bienestar, sobretodo si sólo se visita el centro. Pero la negación de la complejidad del otro es mutua: desde Buenos Aires se cree que en Chaco y Formosa hay, a lo sumo, quebracho, tobas y tucanes. Hace poco me instalé en Resistencia e intento hacer literatura desde acá, y muchos de mis amigos no dejan de aconsejarme que me traslade a Buenos Aires porque según ellos “acá no pasa nada”. En todo caso, todos los rincones del país me parecen homogéneamente latinoamericanos.

Después de esta charla con mi amiga empecé a recordar conversaciones similares que he tenido sobre el tema con otra gente. Y me di cuenta cuánto varía la idea de “lo latinoamericano”. Recordé a un peruano que encontré una vez en un bar de Praga, quien se quejó de que los mochileros argentinos, cuando viajan a Perú, dicen que van a Latinoamérica, como si partieran desde un punto ubicado fuera de ella. En ese momento acuñé el término “conciencia insular”, para ese fenómeno, y luego vi que se repetía en otros escenarios. Los ingleses que cruzan el Canal de la Mancha dicen que van a Europa, y los sudafricanos que van a Kenya lo anuncian como un viaje a África. El caso más excéntrico es el inglés, pues ellos sí que no pueden ser parte más que de sí mismos, y a duras penas, porque Gran Bretaña es un muñeco que se descose. (Pienso en Escocia, Gales e Irlanda del Norte, cuyas costuras se aseguraron con cañones). El caso sudafricano y argentino se parecen: la inmigración, la fuerte presencia de descendientes de europeos en ciudades que coinciden con la aglomeración de poder han gestado este sentido de la identidad diferente, insular, con el resto del continente. A mí, particularmente, se me ocurre que esta influencia, este mestizaje, define lo latinoamericano. No desde lo étnico, sino desde el cruce de culturas y los sincretismos.

Estoy de acuerdo en que esta influencia europea, en su fase de conquista, fue aniquiladora para la población nativa preexistente. Pienso, además que lo sigue siendo. Pero de alguna manera sólo se puede hablar de Latinoamérica a partir de esta influencia. Lo de antes no era una América latina, sino una América nativa, Nativoamérica, sí misma, incontaminada, quizás más saludable, no lo sé, porque los aztecas distaban de ser nenes de mamá, extendían su imperio a puñetazos como todo el mundo y subyugaban. O sea que Latinoamérica nace con la herida que la origina: sólo se puede hablar de Latinoamérica después del encuentro del mundo europeo y del nativo. No olvidar que fueron las carabelas las que trajeron el idioma castellano y portugués, criterios que nos permiten adjetivar al continente como latino. A veces escucho el término Latinoamérica para referir sólo a las poblaciones autóctonas, a la etnia qom y wichi, a la cultura andina quechua-parlante. Me pregunto cuántos de ellos se sentirán parte de la cultura latinoamericana. Claro que estas discusiones son algo bizantinas y poco fructíferas en épocas en que los problemas del continente son la más básica de las supervivencias. Pero el tema cruzó mi mente. Para redondear, siento que calificar a algunas zonas de Latinoamérica como más profundas que otras puede estar bien si se alude al tema de las decisiones políticas, y a la sensación de periferia que se siente fuera de los centros de poder. Pero justamente esta desigualdad define lo latinoamericano, nuestros países macro-cefálicos que cultivan la explotación interna. Por eso me sigue gustando aplicar el término de manera pareja a todo nuestro continente y a todo el territorio de mi país. Me voy a comprar puré de tomate y vuelvo.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Ella templa mis versos con su fuego.



La poesía es un arte mercenario con el que el hombre intenta apropiarse de la belleza. Sólo en segundo término, es un producto estético, una artesanía, y muy en último lugar, un aporte a la humanidad. ¿Quién soy yo para describir la poesía? Nadie. Pero lo hago por el mismo motivo por el que a veces escribo poesía. No contento con apropiarme del mundo, pretendo acaso cometer una meta-apropiación. Es por eso que lo que sigue es válido sólo para este escritor empobrecido que, hoy indulgente, ha decido hacer pan casero con orégano.

Uso esta palabra, apropiación, porque una vez que burla el umbral de mi ojo, el mundo ya no se pertenece. Porque dentro mío hay una paleta infinita de palabras con las que el eco del mundo se enreda, se enrasta de manera única y furiosa, y lo que sale es un mundo a mi medida, una realidad cómplice forjada con mis tintas más necesarias. Las personas y objetos que se vuelven blanco de la lira siguen, claro está, ahí donde los dejé antes de tomar la pluma, pero ahora tienen una filigrana secreta, la marca impar de mi sensibilidad. No digo que me pertenezcan, mis musas no son ganado; pero las he marcado, redefinido, traducido al lunfardo de mi alma. Y toda traducción es un acto de vampirismo.

Mundo. Poesía. Inhalación. Exhalación. A veces también creo que la poesía es una pipa. En una época fui un vagabundo de trashumancia sostenida y amoríos fluctuantes, y anduve por ahí fumándome el mundo y derrochando generosas bocanadas de versos Recorrí muchos países, en parte para conocerlos y en parte para conocerme. El túnel entre ambos procesos lo encontré en la poesía. Lo ajeno y lo lejano es un par que coincide en parte de su grafía, pero que se disocia cuando el caminante ejerce la presión justa sobre la pluma o el teclado y transforma el impersonal planisferio, ya no en anécdota, sino en arrabal solidario con la propia historia. Lo lejano deja de ser ajeno. A través de la acción pluma el mundo se vuelve un objeto a reacción poética.

La realidad es muy maleable, un hierro candente que espera los martillazos del orfebre del verbo, pero no es menos cierto que ese martillo está hecho de mundo. Algunas musas tienen tanto poder que en lugar de dejarse arropar por mis versos, son ellas las que se apropian de mi poesía. Pasa pocas veces, y a mí me sucedió con Cecilia, una chica a la que vi por primera vez en una residencia estudiantil de la Avenida Perón, en Buenos Aires. A eso siguió un breve viaje juntos, por los Valles Calchaquíes, y luego una distancia que duró cinco años. Durante ese lapso hice muchas cosas, troqué una carrera universitaria por las rutas, publiqué algunos libros de confección lastimosa, incursioné en distintas artes y tropecé con el periodismo. Intenté mejorarme, como artista y como hombre, siempre procurando vadear la mediocridad. En algún punto de ese proceso me di cuenta que era Cecilia la musa que nunca había dejado de actuar como filtro entre mi poesía y el mundo. Escribiera lo que escribiera, ella era la lectora omnisciente, aunque describiera las costumbres de los beduinos. Cecilia pasó a ser la clave que marcaba el ritmo de mi sensibilidad poética. A cada postal bohemia que cruzó mis ojos, éstos amablemente le recortaban un pedacito, y le hacían lugar a Cecilia. Así llegué a darle su nombre a atardeceres, y a sentir que ella era el pulso fundante de otras bellezas, del níveo horizonte tibetano, de las reuniones de artistas callejeros en las calles de Bangkok, en las que se mezclaban los violines con las botellas de whiskey barato desparramadas en los adoquines por dandis con agujeros en los pantalones. El resultado fue una réplica del mundo bastante interesante, en la que Bangkok o Ámsterdam eran suburbios de Resistencia en los imposibles versos centáuricos templados a la distancia por el fuego de Cecilia. Hace poco aprendí que los percusionistas serios, o al menos mis amigos de la murga de Resistencia, templan sus instrumentos frente al fuego. Así templaba –y templa- Cecilia, acaso sin darse cuenta ni saberlo, mi poesía.