sábado, 23 de diciembre de 2006

LA RUTA DE KAILASH A LHASA: ESCAPANDO DE TIBET DEL OESTE

Desde Kailash hasta Lhasa seguimos Pablo y yo nuestro viaje por libre en el Tíbet, haciendo autostop en la ruta 219 y atravesando una de las zonas más desoladas del Tíbet del Oeste. Nuestro permiso perdía validez día a día, y el dinero, a falta de cajeros automáticos, se nos agotaba. En Horchu el panorama de la ruta para el autostop era peor aún que en Kailash. Cada día de ese Tíbet de otoño parecía ser mas frío que el anterior. Por la mañana los charcos al costado del camino semejaban espejos rotos. Con la 219 siempre silenciosa y sin transito, nuestra banquina era un balcón a la eternidad. Entre esa tarde y la mañana siguiente esperamos 14 horas en Horchu. En ultima instancia, recuerdo, el frío nos había llevado al extremo de buscar refugio bajo tierra en lo que parecía ser una trinchera natural, turnándonos para asomarnos a vigilar la ruta, y saliendo en desesperada corrida cada vez que un camión tronaba en el horizonte.




Pero toda tragedia tiene un héroe, y ese fue el conductor tibetano del camión que finalmente se compadeció de nuestra militancia y nos ordeno que subiéramos en la caja, donde entre un confuso potpurrí de materiales de construcción nos acomodamos para disfrutar una vez mas de la casi olvidada sensación del movimiento. 160 Km. después llegábamos al checkpoint de Mayum La, en un paso a 5200m. A un Km. del control, sin embargo, el conductor detuvo el camión. No se arriesgaría a ocultarnos entre la carga, como acostumbran algunos de sus colegas, por el riesgo a perder la licencia por el prohibido acto de transportar extranjeros. No solo nos pidió dinero sino que, disculpándose de no poder sernos de mayor utilidad, nos saludo amistosamente y en fin deseo suerte.



 El checkpoint era un sitio sombrío, como todos los sitios donde los habitantes están allí contra su voluntad, sea como militares estacionados por sus gobiernos o como prostitutas temporalmente asentadas para atender a dichos militares. Finalmente apareció delante de nuestros ojos una barrera pintada a franjas blancas y rojas. El uniforme con botones dorados del soldado que la custodia apenas disimula su edad adolescente, y solo haciendo ostensible su molestia es que deja de jugar con su celular para echar una desinteresada mirada a nuestros pasaportes. Por el permiso para Tíbet ni pregunta, lo que nos hace pensar si acaso no era lo mismo pasar indocumentado. Pronto estamos otra vez caminando por la ruta cubierta de nieve, indagando a los astros sobre el siguiente paso. Considerábamos la opción de pasar la noche en una casa de te cuando escuchamos de pronto el ronroneo de nuestro querido camión. Se habían detenido a cambiar una cubierta y ahora ya pasado el checkpoint, nos hacían señas de que trepáramos nuevamente a la caja. Abrigados con todas nuestras prendas simultáneamente, soportamos la noche mas fría hasta entonces, espiando ocasionalmente desde la bolsa de dormir el cielo estrellado.



El haber cruzado el Mayum La nos había dado inicialmente la falsa esperanza de haber alcanzado alguna especie de plus ultra. El epicentro de esta esperanza era claramente que el transito se reactivara. Llegando al pueblo de Drongpa, nuestras expectativas parecen concretarse cuando vemos reaparecer el asfalto. El éxtasis dura poco: el asfalto fantasmal sirve solo para dar cómodo acceso a una estación de servicio y se evapora tras 200m. Esperaríamos allí tres días, junto con dos franceses de 20 años de edad procedentes de Estambul y en camino –o vía crusis- a Vladivostok. Pablo, a quien comenzaba a admirar por su prontitud para adjudicar apodos, no tardo en bautizarlos “Los Principitos”, a decir por los capotes del Ejercito Chino y la melena rubia de los dos. Los tres días en Drongpa constituyeron la masa crítica en nuestra aventura tibetana. No solo no dejo de nevar en todo ese tiempo, sino que nada había en ese pueblo para hacer salvo quedarse a vaciar termos de te en nuestro pálido cuarto de hotel. Algo extraño sucedió cuando descubrimos que el enorme televisor que había en la televisión de hecho funcionaba. La monotonía del altiplano nos había hipnotizado de tal manera que cuando lo pantalla se lleno de colores y figuras y acciones nos quedamos deslumbrados como dos niños. Lo que yo llamaría “exceso de estimulo”. Todo nos parecía interesante, incluso una larga final entre China y Uzbekistan en el ping pong, y quizás gracias a eso soportamos los tres días.



Finalmente logramos hacernos de dos boletos del autobús a Saga. La tarea no fue fácil. El chofer se rehusaba a llevar extranjeros y debió intervenir la policía local. Había más de un motivo para alegrarse. Primero, el hecho de avanzar, lentamente, hacia zonas más bajas. Segundo, desde Ali que no habíamos cruzado un cajero y pronto descubrimos que entre los dos juntábamos veinte dólares. Dábamos por sentado que en Saga habría un cajero, dado que era un pueblo con conexión vial con Nepal. Luego descubriríamos que Saga se había vuelto en nuestras expectativas una pequeña metrópolis con todos los servicios que necesitábamos. Pero la realidad apenas condescendió a un pueblo con Internet y algún que otro supermercado, pero ningún cajero. Cruzamos el checkpoint de Saga a pie, pues ningún autobús se animaba a llevarnos. Esta vez si nos pidieron nuestros permisos, que de todas maneras ya estaban vencidos. Después de Saga, ultimo pueblo listado en estos permisos, estaríamos a la merced del capricho de las autoridades. Caminamos al costado del río Brahmaputra. Para Lhasa quedan 700 Km. A 60 km, sin embargo, hay algo que puede cambiar nuestra suerte, el encuentro con la ruta norte, que porta el mayor tráfico desde el Oeste de Tíbet de regreso a la capital. El primer día recorremos la mitad de esa distancia en un “Mad Max”, como hemos apodado a los extraños tractores tibetanos que se conducen con un manubrio de motocicleta y que realmente parecen armados con los retazos de una catástrofe nuclear.




Los granjeros nos dejaron en un pueblo donde los locales estaban despostando un yak. Recién sacrificado el animal, aun manaba humo de sus entrañas. Sentados en la ruta esperamos la hospitalidad local. Con poco más de 10 dólares como todo efectivo, pagar alojamiento se ha vuelto un lujo. Una familia local nos salva de armar la carpa en esa noche helada. El día siguiente seria el más dramático de todos. Acompañados por un perro que habíamos adoptado involuntariamente en el último pueblo al darle una galletita recorrimos prácticamente a pie los 30 Km. restantes hasta la aparición de la ruta norte. Todas nuestras provisiones se habían reducido a un termo con leche caliente y dos panes rellenos. “Lo que no te mata te fortalece” –me recuerda Pablo. Más de una vez, golpeamos la puerta de algún rancho para pedir algo de “tsampa”, una harina local de centeno que mezclada con agua se vuelve una pasta poco apetecible pero alimenticia. Al ver a nuestra pequeña perra, los campesinos nos darían una razón extra. Mientras caminábamos, la única alegría era ver cambiar los números rojos que en las piedras blancas señalaban el kilometraje, lentamente desde el 1880 hasta el ansiado 1902, donde estaba el cruce.. Cada dos o tres kilómetros frenábamos a descansar, apoyando nuestras mochilas y espaldas en dichas piedras, acaso apostando a que ese kilómetro seria el último y que algún camión aparecería de la nada y nos acercaría a destino. Parecemos dos jugadores compulsivos arriesgando en un misterioso juego: 2 mochilas al 1898. El hambre también nos aqueja, y yo descubro que no hay nada tan dolorosa como caminar con un cocinero hambriento, o eso me pareció al escuchar a Pablo, hechizado por su imaginación, armar un menú que se caracterizaba por innecesarias extravagancias. Uno de los platos era, si mal no recuerdo, calabazas rellenas de arroz cremoso y carne de cangrejo al horno…





En un autobús que tomaríamos desde el ansiado cruce llegamos a Lhasa. Después de un mes de altiplano, no pudimos menos que festejar el regreso de los árboles, que habían desaparecido. Recuerdo haber mirado a los primeros desde el autobús como si fueran leopardos o jirafas. En Lhasa la felicidad de llegar a una urbe tuvo su contrapunto en la tristeza ofrecida por el espectáculo del Potala y el pequeño sector tibetano rodeados de enormes construcciones modernistas chinas. El nuevo tren que conecta a Lhasa con la “madre patria china” también ha acelerado el afianzamiento de las políticas de Beijing y dado a China una presencia irrevocable en la zona. También se ha facilitado el ingreso a un terreno por siempre inaccesible. Como dijera John Ruskin: “el ferrocarril, ese aparato para empequeñecer el mundo”. Dejando estas reflexiones de lado, la ciudad tiene un carácter festivo, con manadas de monjes caminando por las calles, revoleando sus manikhors, cantando y postrándose al llegar al Jokhang, el templo mas sagrado en la ciudad, que es día y noche rodeado por fieles en peregrinaje desde todos los rincones del mundo tibetano. El Potala es como un barco abandonado, y hoy funciona como museo. Pablo ha regresado a España y prepara en ocasiones especiales la receta que vino a el mientras caminaba hambriento por el Tíbet. Quien escribe, luego de 20 meses de hacer autostop a través de las montanas, desiertos y altiplanos de Medio y Lejano Oriente, ha decidido tomarse un descanso de las grandes empresas, los desafíos y las zonas en conflicto, como de la pluma que los retrata. El Sudeste Asiático engolfa, presumo, la calma y la frivolidad que en este momento necesito para dar perspectiva al pasado, sedimentar las distancias recorridas y poder así reunir algún día futuro suficiente calma como para engendrar otra tormenta. Mientas tanto sigo viajando, me he unido a un circo ambulante que transporta todo sus instrumentos musicales en bicicletas especiales de doble piso. Mi rol en el circo aun es no es claro, pero brinda una buena oportunidad de seguir viviendo en movimiento, y seguir explorando la misma corriente, solamente con otra balsa… Pronto les contare mas de los siguientes rumbos.

viernes, 15 de diciembre de 2006

EL MONTE KAILASH: AXIS MUNDI Y CAPITAL DE LA SOLEDAD

Llegar sin agencias de viaje ni tours al remoto y sagrado monte Kailash, en el corazón del Tíbet había sido como un faro durante mis preparativos de  viaje. El éxito o fracaso de mi empresa dependía de que tan lejos o cerca estuvieran mis huellas de la sombra de esa montaña mágica, situada a más de 1200 km al oeste de Lhasa, la capital tibetana. 





Nuestro pasaje por los monasterios de Tirthapuri y Gurgam había sido, para ser candidos, sacrílego. Las aguas termales sagradas del primero habían suplido la ausencia de duchas en el Tíbet, y un lama del último nos había bendecido de mala gana ante nuestra infiltración en una ceremonia local. Estaba claro que si seguíamos así íbamos a reencarnar en un murciélago. Por eso el Monte Kailash, centro del universo budista, nos ofrecía una oportunidad imperdible de enmendar el karma. Pablo y yo caminábamos por la desolada ruta 219. Era un día de viento, lo que explicara que encontráramos un sombrero por cada kilómetro. El sombrero numero tres era particularmente simpático, de ala angosta, era casi tanguero. Quizás por eso Pablo lo adopto al instante. Hasta entonces habían pasado cuatro vehículos en toda la mañana, todos jeep charteados por turistas que jamás se detendrían, pero en el momento en que Pablo puso el “numero 3” en su cabeza, apareció de la nada un flamante Lexus 4x4 y se detuvo. Desde entonces, el “numero 3” seria nuestro sombrero de la suerte.








El conductor del Lexus era un fino, fumaba cigarros con el filtro azul y escuchaba música clásica. Todos los Land Cruiser, al lado de nuestro unicornio, nos parecían bestias de carga. Al confort se le sumaba el paisaje: en el horizonte, hacia el sur, se elevaban perpendicularmente del altiplano todos los gigantes nevados del Himalaya, miniaturizados por la distancia, pero imperturbados gracias a la continuidad de la planicie. Pronto aparece, al norte, Kailash. Después de haber escuchado hablar tanto del mismo, su grandeza no me toca directamente, en comparación con el espectáculo que siguen brindando, hacia el sur, los gigantes del Himalaya. Son las creencias –y hechos- entorno a esta montaña de solo 6650m los que dejan en el anonimato al resto de las montañas de la zona, quizás con la excepción de Everest y K2.




Cuatro religiones en el mundo –budistas, hindúes, bonpos y jains- consideran al Monte Kailash como el centro del universo, un axis mundi. Sus cuatro caras, bien definidas como las de una pirámide, justificarían la conjetura de que aquí comienzas los puntos cardinales. Los hindúes ven en la cima del Kailash la morada de Shiva, y los bonpos, el sitio donde su gurú recibió la iluminación. Mientras fieles de las cuatro religiones han peregrinado a Kailash durante miles de años, Occidente creyó hasta el S.XIX que la existencia de una montaña sagrada de cuyas nieves nacen los cuatro grandes ríos del subcontinente –Sutlej, Brahmaputra, Ganges e Indus- no podía ser mas que una fantochada, hasta que exploradores italianos confirmaron su existencia tan tarde como en 1900.





Luego de escuchar tantas referencias a la pureza y santidad del lugar, no le podíamos creer a nuestros ojos cuando comprobamos que Darchen, el pueblo en la base del Kailash, era con todo merito un basural. No entrare en detalles sobre la composición de la trash-deco, pero debo decir que brigadas de perros carroñeros patrullaban las calles vigilando su dominio sobre este o aquel montículo de basura. ¿Quién hubiera dicho que el centro del universo era un vertedero?






Como sea, Kailash fue una bisagra en el viaje a Tíbet, mis propias emociones confirmadas por reflejo en el dialogo con Rich, Nicolai, y el resto de los ciclistas que no veíamos desde Ali. Todos los ciclistas que en Kashgar hablaban con entusiasmo en vistas al viaje por Tíbet, aquí en Kailash, 1500 Km. de varias noches acampando a –10 grados después, portan en sus rostros las facciones de quien ha despertado de una pesadilla. Parece que los hubiera atacado una pandilla callejera. A los que en Kashgar se escuchaba exponer con calma seguridad los mil y un métodos para entrar en Tíbet, ahora intercambian consejos para salir, con el pulso de un habitante de las trincheras. En el medio, un síndrome que nadie había calculado había hecho efecto, tantas medidas tomadas para evitar el síndrome de montaña para caer victimas del síndrome de la vacuidad, pues no otro nos estaba afectando.





Las enormes –y vacías- distancias entre poblado y poblado, y una vez allí, la dificultad para comunicarse con una cultura de por si tímida, el aburrimiento, y la fatiga mental mas que la física hicieron que la mayoría de los ciclistas comenzaran a hacer trampa y a subir sus bicis en la caja del ocasional camión. Así, mientras afuera nieva efusivamente, el tema de conversación dentro del parador que nos convoca es Tailandia, las playas de Goa o Katmandú, donde según un Rich de sobremanera afligido por la monotonía culinaria tibetana, hay una churrasquería llamada “Everest” por la que conviene vender el alma. Si hubiera un globo de historieta suspendido sobre nuestras cabezas, allí flotarían playas y palmeras. Me redimo pensando que no estábamos más desfasados que los artistas que pintaron los murales del Guge…





Pero por algo todos habíamos hecho el esfuerzo de llegar hasta el monte Kailash. La posibilidad de compartir la atmósfera de uno de los sitios de peregrinaje más aislados y sagrados del mundo es suficiente para seducir a cualquier alma viajera a pesar de los sacrificios. El peregrinaje en sí consiste en un kora (circunvalación) de 56 Km. alrededor de la montaña. Completada una vuelta, uno puede decir que hizo algo para mejorar su karma, completadas 13, uno se libera del samsara, o rueda de reencarnaciones de la que el hombre es prisionero. Algunos viajeros extranjeros imitan a los fieles con la diferencia, claro, de que los últimos recorren los 56 Km. en un día, cantando y a los saltos, mientras lo primeros lo hacen en dos o tres, con fatiga y un pesado equipo de camping a sus espaldas. 

Para el momento en que llegábamos a Kailash no nos quedaba duda de que en Tíbet todas las acciones tendientes a armonizar el individuo con el cosmos tienen una dinámica que incluye los conceptos de círculo, periferia e intangibilidad. Siempre se describe un círculo en torno a un centro sagrado inaccesible. El peregrino al realizar su kora entorno a un monasterio o montaña, o al hacer girar si manikhor no dejan de referirse a un centro intangible. Como dice el Tao, la utilidad de la rueda reside en el vacío de su centro. Quién sabe, quizás los tibetanos vean en las bicicletas de Rich y Nicolai extrañas dispensadoras ambulantes de plegarias, Se los dije, para aumentar la comunicación deberían escribir “om mani padme om” alrededor de la corona y llantas de sus bicis.
.
Personalmente, el carácter sagrado de la montaña no me resulto motivo suficiente para pasar tres días rodeándola, especialmente habiendo pasado cinco meses alrededor de los Himalayas. Pablo, quien venia mas fresco, hizo su Kora junto a cuatro franceses lo suficientemente compenetrados con la dimensión espiritual del Kailash como para rastrear hasta el las tradiciones paganas europeas. La próxima parada seria el igualmente sagrado Lago Manasorovar, que para los hindúes es nada menos que una creación mental de Shiva. El lago esta situado a 4600m, con lo que al bajar de la caja del camión que nos transportó hasta allí nos vimos hundidos en la nieve hasta los tobillos. Entonces nos dimos cuenta que el invierno que nos venia pisando los talones ahora trotaba delante nuestro. Aun dentro del hostal del monasterio Chiu, construido con cierto dramatismo Disney en un peñón sobre el lago, el vaso de agua que dejo junto a la cama por las noches amanece con una película de hielo. El termómetro, en –15. Tal era el frío, que solo como quien cumple una prenda nos molestamos en bajar hasta las cosas del lago donde yacen las cenizas de Mahatma Gandhi.





Habiendo visitado Kailash y Manasorovar el resto de la travesía tibetana tuvo el carácter de una fuga. Para nuestra desgracia iba a coincidir con el tramo más desolado de la ruta 219, hecha redundante en esa sección por una variante más llana que conecta Lhasa con Ali por el norte. Se calculo que solo 80 camiones por año completan el trayecto por la ruta sur. Un camión del Ejercito Chino nos devolvió a la 219 desde el Monasterio Chiu. El mapa decía que la aldea en el cruce se llamaba Barka. Por Barka, pasaron, en seis horas, cuatro vehículos, todos 4x4 congestionados que parecían que huían de algún armagedón. No podemos creerle al mapa: estamos aun a 1200 Km. de Lhasa. Era hora de colocar un reductor de velocidad: una técnica extrema de autostop que consiste en colocar al lado del camino algo lo suficientemente curioso como para que un conductor se detenga voluntariamente.




Miramos lo que había a nuestro alrededor: un cráneo de oveja fue inmediatamente separado. Desde el otro lado de la ruta Pablo revolea un par de botas de lluvia. Al encontrar un buzo infantil color rojo nos dimos cuenta que teníamos los elementos necesarios para poner en pie un muñeco. Nos alejamos unos 50 metros para testear el impacto visual, y nos reímos a la vista de lo que parecía un gnomo con cabeza de oveja muerta haciendo dedo al costado de la ruta. A las seis horas el conductor de un Cherokee clava los frenos y retrocede hasta las coordenadas del muñeco. No ríe, simplemente observa. Anzuelo mordido, a los cinco segundos, como piratas cuchillo en boca buscando la vela enemiga, suplicamos en todos los idiomas conocidos y la puerta trasera del auto se abrió. El Cherokee iba, para nuestra rabia, a solo 22 Km. de allí, a otro tétrico paraje llamado Horchu, donde había más perros en la calle que seres humanos.

viernes, 1 de diciembre de 2006

MONASTERIOS DE GURGAM Y TIRTHAPURI: DESORIENTANDO LAMAS


Sorprendidos en nuestra ruta hacia los monasterios de Gurgam y Tirthapuri por una fuerte nevada, nos detenemos en una casa de té para reponer el ánimo y aguardar un clima más auspicioso. Pasamos allí una instructiva tarde observando como las inmensas mujeres que regenteaban el parador renegaban con la cuadrilla local de escuálidos hombres que se emborrachaban con cerveza “Lhasa” hasta el punto de salir a jugar al pool bajo la nieve. Entiendo que mucho más no hay para hacer en un sitio donde la ausencia de agricultura hace de la haraganería un estado natural de las cosas. Mientras tomábamos nuestro té con manteca de yak, la hija de la cocinera, que tendría unos 4 años, entra mirando al suelo, acaso intimidada por nuestra presencia, y vistiendo una chaqueta a su medida del Ejercito Chino. Todos los días imágenes como esta nos dejan pensando en la extraña manera en que ha coagulado el pasado para el pueblo tibetano..



Al otro día, luego de pasar varias horas arrojando piedras a las siempre abundantes latas vacías de Red Bull (los problemas de la urbanización han llegado a Tíbet antes que la urbanización misma) abordamos un pequeño camión rumbo al pueblo de Montcer, cruzando un paso completamente nevado. Estábamos casi listos para partir hacia Tirthapuri cuando Pablo descubrió que había olvidado su bolsa de dormir en el camión. Hay que contarlo, el cubrecama rosa que compró como sustituto en un comercio local lo hizo merecedor de una lista inpublicable de adjetivos que nos entretuvo en las dos horas de caminata hasta el monasterio.




La acción en Tíbet, comenzamos a comprender al llegar, tiene lugar más fuera que dentro de los monasterios. Los peregrinos, ejecutando esa circunvalación de un sitio sagrado conocida como kora, realizan un repertorio de rituales significativos. Para empezar el camino esta claramente demarcado aquí y allá por tar-chocks, quizás el elemento más famoso del cotillón sagrado tibetano. Los tar choks son banderines cuadrados de distintos colores izados en sogas que se tienden por sobre caminos, pasos de montaña, o cualquier otro sitio que se quiera purificar. En cada banderín han sido impresos sutras budistas, y en otros se encuentra representado Lungta, el caballo alado que desgranara esas plegarias en los cuatro vientos. Otros de los dispositivos religiosos que los peregrinos encuentran mientras hacen su kora alrededor del monasterio son los manikhors, cilindros dorados que encierran rollos kilométricos de plegarias, los que los fieles hacen girar en sentido horario, propaganda por el cosmos el budismo y sumando puntos para un karma favorable. Muchos monasterios están rodeados en su perímetro por corredores con docenas de manikhors. Definitivamente no un sitio para Jim Morrison, quien dijera: “Cancelo mi suscripción a la vida eterna.”


Esperamos a la hora de plegaria matinal para presenciar la acción dentro del monasterio. Cuatro monjes de distintas edades, incluyendo un niño y un anciano, entonan un canto que el niño puntúa con dos platillos y el anciano con un gran tambor. Sentados delante de un archivo de antiquísimos textos religiosos, y resaltados a pesar de la clausura por la luz de una claraboya premeditada, los monjes ejecutan en soledad la tarea de orar por todas las criaturas del universo. La polifonía producida por una asincronía adrede le da al canto una profundidad que hace pensar en un coro. El carácter celestial de la imagen se ve súbitamente interrumpido por un caudaloso estornudo del anciano. Contra toda apuesta, los cuatro se miran cómplicemente y ríen, sin dejar de cantar, revelando a mi juicio que engrampan mucho más honestamente con las vicisitudes de nuestra vida mundana que sus pares de la Iglesia. Debajo de la tunica bordó del niño, asoma una camiseta de la NBA…




Luego de despedirnos de Akatsuki, quien apresuraba sus pasos hacia Nepal, donde pensaba proponerle casamiento a su novia, Pablo y yo caminamos por el valle del río Sutlej hacia el monasterio de Gurgam. Enormes yaks cuyo pelaje llega hasta el suelo pastan tranquilos en la estrecha franja fértil del paisaje. Cuando nuestra presencia los envía al trote, notamos que mueven la cola de una manera bastante perruna que poco combina con bestias de tales dimensiones. Nunca un animal de apariencia tan robusta fue tan pacifico. El yak es un animal venerado en el Tíbet, y sus cornamentas ornaban las puertas de cada vivienda de un caserío que dejamos en el camino. Sin dudas una consecuencia del sincretismo entre la fe animista Bon y el posterior budismo. Hay quien dice que cada tibetano es bonpo en el fondo de su corazón, cosa que explicaría la cantidad de supersticiones e iconos que han sobrevivido de una religión en teoría desplazada. Algo así como el culto a la Pachamama enfrascado en el envase del carnaval norteño…




A medio camino nos sube un camión repleto de peregrinos, justo cuando comenzaba la Nevada de las 3  pm de cada día. Los hombres parecen cowboys, con sus sombreros de ala ancha curvada. Las mujeres intentan proteger su cutis de los elementos con bufandas multicolores que parecen las banderas de inexistentes republicas psicodélicas. Como si los colores fueran insuficientes, cada mujer casada luce un pandem, o parche de tela multicolor con diseño de código de barras cocido en la falda. Muchos pasan las cuentas de sus rosarios, y todos se ríen de los dos inesperados peregrinos.





El monasterio Bon de Gurgam es casi idéntico a uno budista. Lo que es comprensible, pues las enseñanzas Bon fueron reorganizadas para contestar al desafío que constituyó el más sofisticado budismo. Las pocas diferencias con este último nos parecen más fruto del orgullo: las esvásticas que decoran los monasterios Bon giran en sentido inverso, y los bonpos hacen sus koras y rotan los manikhors en sentido antihorario.




A la mañana siguiente los peregrinos que habíamos conocido en el camión nos invitan a seguirlos. Lógicamente no sabemos a dónde. Todo el grupo sube a una capilla construida en una cueva en la ladera de una montaña, se sacan los zapatos, y van entrando de a uno. ¿Qué habrá dentro? – nos preguntamos. Pablo arriesga: ¿Elvis Presley? Hubiera sido bueno, pero no, un anciano lama yace cruzado de piernas entorno a una parafernalia de imágenes y velas. Llevara una vida dentro, ese hombre que no nos esperaba. Sin saber mucho que hacer, nos arrodillamos y bajamos nuestras cabezas, en señal universal de reverencia. Espiando entre pestañas nos damos cuenta que el hombre tampoco sabe que hacer con nosotros. Finalmente le da un sorbo a su te y entona un canto tan arrastrado que parece un tarareo en torno a una letra olvidada. Aunque secretamente esperaba de el la habilidad para trascender la diferencia cultural y comunicar sin palabras, las emociones del lama solo fueron obvias cuando comprobó que el billete que dejamos como donación era de 5 Yuan. Al salir de la cueva, los peregrinos estallaron en mil carcajadas…