sábado, 25 de noviembre de 2006

EL REINO DE GUGE: DONDE EL TANTRA SOBREVIVIÓ AL COMUNISMO


El camino hacia las ruinas del reino tibetano de Guge, uno de los sitios históricos menos a mano de toda Asia, consistía en un valle de formaciones rocosas erosionadas que el atardecer pronto viró a un tono acaramelado. Además de Akatsuki, el escritor japonés, fue de la partida un alemán llamado curiosamente Anno, a quién por su habilidad para caminar siempre un kilómetro por delante de nosotros se hizo meritorio del apodo “Messerschmitt”. Llegamos, a distinto ritmo, a las cuevas que Pablo nos había descripto, haciéndolas nuestra morada por una noche y pensando en todos los monjes eremitas que habrán meditado en ellas durante años. Por la mañana, después de una fría noche, estábamos listos para explorar el sitio. Resultaba difícil a primer golpe de vista distinguir que era parte del paisaje erosionado y que era obra de la mano del hombre, tan orgánicamente parecían crecer las ruinas de su entorno.





Floreciendo en el S.X el reino de Guge fue el responsable de la reintroducción del budismo en el Tíbet luego de una larga prohibición. Fueron los reyes de Guge quienes apadrinaron al monje Rinchen Zanpo para viajar a India y estudiar el budismo en su fuente original. El “Gran Traductor”, como se lo conoció, regresó 17 años más tarde reescribiendo los sutras budistas en el alfabeto tibetano y fundando, ya que estaba, 108 monasterios. A este evento responde también el “estilo de Cachemira” observable en los murales que decoran los cuatro templos que aun están en pie. En ellos se ven elefantes, palmeras y bosques, es decir, todo lo que no hay en Tíbet. Incluso hombres ataviados con holgadas túnicas blancas que en el altiplano tibetano hubieran muerto de hipotermia. Una extrapolación de estéticas comparable a aquella de la Navidad en Sudamérica, donde se sigue adornando el árbol con copos de nieve a pesar de que la fecha cae en pleno verano. El reino de Guge cayó en 1650, en parte a causa de Occidente, cuando los lamas complotaron contra la monarquía en respuesta a la excesiva tolerancia demostrada a misionarios portugueses que habían llegado desde Goa para fundar una iglesia.






Llaman especialmente la atención los murales tántricos, que dan incluso la impresión de haber sido menos merecedores del vandalismo que sacudió a Guge en 1966, estando ya en ruinas. En ese entonces el Ejército Chino, ejecutando el vergonzoso proceso de Revolución Cultural, irrumpió en casi todos los monasterios tibetanos destruyendo todo aquello que parecía demasiado tradicional para ser compatible con una Revolución Comunista. Claro está, los comunistas percibían a los monasterios más como símbolos de la elite teocrática que como sitios religiosos. Muy pocas de las enormes estatuas de Buda del templo principal se han salvado de las mutilaciones. Algunas han desaparecido por completo. Paradójicamente, una mujer deja un billete con la efigie de Mao como donación a una cabeza de Buda que es todo lo que queda de una imagen de 8 metros de altura destruida precisamente por órdenes de Mao. Recordé a los obreros tibetanos que había visto en Ali, y quede todo el día pensando: ¿un sueño, por bueno que sea, puede ser impuesto? Vino entonces a mi mente la frase que pronunciara Miguel de Unamuno, mientras la policía de Franco lo expulsaba de la Universidad de Salamanca: “Triunfarán, pero no convencerán”.


De regreso en Toling nos encontramos con que los otros 4 viajeros del “Elephant River of Hotel” aun estaban allí, lamentándose por la imposibilidad de encontrar transporte hacia Kailash. Llevaban esperando tres días, en parte porque su estrategia se había limitado a intentar chartear los jeeps que circulaban por la calle principal. Cuando anuncie que saldríamos a la hora, tenían más de una razón para considerarme naïve. Y sin embargo fue eso lo que tardamos en salir a la ruta y encontrar un camión que regresaba al camino principal, por un tercio del precio de un jeep, lo que prueba que mas allá de las complicaciones listadas por las guías de viaje, la manera mas fácil de salir de cualquier sitio es sencillamente empezar a caminar por la ruta y dejar que las cosas obren solas.





La caja del camión acomodaba, entonces, a Akatsuki, a Pablo, el muchacho de Rosario que había decidido viajar con nosotros, y a mí, junto con una pareja mayor de peregrinos tibetanos camino a Kailash. Los tachos de aceite vacíos de 200 litros que el camión cargaba hacían de cada loma una batucada, cosa que no parece molestar al anciano que ora pasando las cuentas de su rosario. A la media hora, con un gesto de satisfacción, abandona la tarea y comienza a distribuir latas de cerveza “Lhasa” entre los presentes. “Cerveza del techo del mundo” – se lee en el aluminio. “Esto es vida y no Paris” acota Pablo. El cielo era azul y anchísimo, el aire fino, y nosotros comenzábamos a explorar, no sólo el Tíbet, sino el alma tibetana.




El camión “Dong Feng” nos dejo en el cruce con la ruta principal. Miramos ansiosamente el mapa de nuestra guía para descubrir que allí decía bien clarito: “Nada en el cruce”. Pero evidentemente nuestra guía había sido escrita por alguien con urgencia por un hotel o un sauna, pues en el cruce había un caserío habitado por criadores de yak. Bautizamos, por ende, al caserío, con el nombre de “Nada en el Cruce”. La gente nadacruceña comprendió rápido que si no nos abrían una habitación nos congelaríamos. Cuando lo hicieron, prendimos una vela, preparamos la cena con nuestra cocina de camping, e intentamos olvidar el frío.




Habiendo visitado Guge, uno de los tesoros del arte budista en condiciones de museo, era tiempo de emprender marcha hacia los monasterios de Tirthapuri y Gurgam, ambos funcionantes, remotos, y a consecuencia poco frecuentados por el viajero. El primero de ellos es un monasterio budista aledaño a una fuente termal donde se bañan los peregrinos más estrictos luego del peregrinaje a Kailash. El segundo es el único monasterio de la fe nativa y animista Bon en el oeste de Tíbet. A pesar del entusiasmo de la partida de esa mañana, fuimos detenidos a 3 Km. de “Nada en el Cruce” por una tormenta de nieve, y buscamos refugio en una casa de te del vecino poblado de Namru….

jueves, 23 de noviembre de 2006

DE KASHGAR A TÍBET SIN PERMISOS

La carretera Xinjiang-Tibet se encuentra entre las mas remotas, altas, y peligrosas del planeta, y ha reclamado la vida de mas de un viajero independiente. Son exactamente 1370 km entre Kashgar y Ali, la ciudad principal –y unica- del Tibet Occidental y, como es regla en Tibet, el ripio corre a una altura promedio de 4500 m, quedando fuera toda posibilidad de un descenso rapido en caso de desarrollar un potencialmente fatal síndrome de altura. A pesar de estos riezgos, el tramo Kashgar- Ali habia sido un elemento incondicionado de mi itinerario desde que comenzara a planear esta vuelta al mundo sobre un planisferio Michelin encintado al muro de mi casa en la calle Rivadavia.


La cultura tibetana hace pensar en los kurdos de Medio Oriente: a pesar de tener valores culturales que le son propios, la tierra que soporta esta cultura se ha visto englobada en los teritorios de estados modernos, algunos de los cuales han tendido a limitar la expresion de los mismos. Asi, la Region Cultural Tibetana se expande mas alla de la Region Autonoma Tibetana sancionada por China, hacia el otro lado de los Himalayas, ocupando el norte de Bhutan, Nepal e India. Tibet vegeto en un aislamiento casi medieval hasta principios del S.XX, cuando las bayonetas inglesas en busca de –cuando no?- acuerdos comerciales favorables, se abrieron paso hasta Lhasa. Cuando las tropes del Coronel Younghusband posaron sus ojos en la otrora ciudad prohibida, pocos occidentales habian tenido el privilegio.

Simetricamente, Tibet habia apenas notado el mundo exterior, ni hablar Occidente: poco o nada habia cambiado en los mil anios anteriores, y los tibetanos Vivian bajo el regimen teocratico de los Dalai Lamas, autoridades seculars y religiosas vitalicias renovables solo por sus propias reencarnaciones. La ausencia total de infraestructura distaba de preocupar a alguien en un pais sumido en el letargo de la devocion que desconocia la existencia misma de la infraestructura. Para ilustrar la situacion vale recorder que cuando los ingleses obsequiaron un automovil al 13er Dalai Lama, alla por los años 30, este ordeno que se le adosaran caballos y celebro su nuevo carro de paseo.



Pero si la realidad tibetana era dura, la transición hacia la modernidad iba a ser traumatica. En la decada del 50 las tropas de la recientemente declarada Republica Popular China invadieron el Tibet bajo el lema de una liberacion pacifica de los tibetanos de la servidumbre de un regimen aristocratico y feudal. Desde entonces el 14to Dalai Lama ha vivido en el exilio en Dharamsala, India, sus esfuerzos por encontrar una solucion pacifica al problema valiendole un Premio Nobel de la Paz en 1990. Abierto parcialmente al turismo desde mitad de los 80s, el Tibet que me toca visitor hoy tramita el estigma de las politicas de Beijing: modernizacion, homogenizacion, fomento de la inmigracion Han, y supresion de cualquier halito independentista.

Deje Kashgar con la mochila mas pesada que habia cargado hasta entonces, culpa de las 30 barras de chocolate, las seis latas de atun, el termo para el café, la campera extra, y muchas otras extras cuyo objetivo era hacer al menos soportable el viaje por el Tibet durante el otonio. El plan: ingresar en Tibet ilegalmente por el oeste, atraves de la ruta que conecta Kashgar con Ali. Aunque esta ruta esta oficialmnte cerrada a los extranjeros, un poco de investigacion habia demostrado que una vez en Ali era posible pagar una multa por el crimen cometido y obtener a cambio un permiso de viaje, lo que prueba que la burocracia y la corrupcion son yuyos que crecen cerca. Mientras la burocracia china aportaba la dosis de incerteza que todo viaje a Tibet debe tener, habia comenzado a experimentar temor por el frio y el mal de altura.

En el Toyota Camry de tres chinos que fumaban como un condenado a diez minutos del cadalso cubri los 260 kms hasta Yecheng, en el incio de la ruta hacia Tibet. A 8 kms de alli, en un pueblo llamado Aba, debia encontrarse el primero de los dos checkpoints que entre Kashgar y Ali intentan disuadir a los extranjeros de visitor Tibet. Aba resulto ser una coleccion de taleres mecanicos, personalizados por la impromptu decoracion brindada por los naipes de poker desparramados por la calle y los containers de basura incendiandose, pero sin senias de checkpoint alguno. Todo lo que encontre en material restrictive fueron dos cartels. El primero, pequenio y verde, se desprendia de un poste telefonico, y sugeria en letras blancas: “Esta es una via cerrada para los Aliens”. Y no es necesario derramar lagrimas por ET, pues ‘alien; es el tierno vocablo con que las leyes chinas designan a los extranjeros.

El otro era un enorme cartel de dimendiones publicitarias, y parecia desglosar el misterio del primero: “No debe permitirsele a los extranjeros viajar dede aqui hacia Ali sin permiso” Al costado de la frase se veian dos policies inmaculadamente uniformados, hacienda la venia en acatamiento. No muy lejos de alli veo un autobus preparandose para partir. Ignorando plenamente el cartel –y la ley- el chofer ofrece contrabandearme hacia Ali por el doble del precio del pasaje, suma que incluye una propina para los cieguitos del checkpoint de Kudie, distante 160 km. Habiendo permanecido una semana enfermo en Kashgar y con la segunda semana de Octubre anticipando el frio otonio, decide que ganaria tiempo y empezaria a hacer dedo una vez en Ali. Despues de todo no habia nada interesante en los primeros mil desiertos kilometros.

El viaje duro exactamente 32 horas. Tras 600 km, pasado el pueblo olvidable de Dahongliutan, estabamos oficialmente en Tibet, aunque la region es tan desolada que nada lo indica mas que la altura del terreno. Mas tarde la ruta ingresa en el Aksai Chin, una parcela de territoria reclamada por India pero administrada por China. Transitamos siempre por el borde del altiplano de Chang Tang, que ocupa todo el deshabitado centro del Tibet, y sea acaso la region mas aislada de todo el planeta con excepcion de las zonas polares. Con pueblos cada 100 km como mucho el paisaje hace pensar en el emplazamiento descartado para una creacion que no sucedio. Repetidamente cruzamos pasos por sobre los 5000m. El Paso de Jieshan (5240m), decorado con tar-choks (trozos de tela con plegarias estampadas izadas de una cuerda) es el punto de inflexion cultural del paisaje. Los proximos pueblos tendran sus chortens (altares budistas) al costado del camino.



Proveniente de un escenario tan minimalista, el encuentro con Ali, una ciudad que a pesar de sus reducidas dimensiones tickea todas las casillas del modernismo chino (edificios de vidrio y azulejo y palmeras plasticas) equivale a un espejismo. Pero no solo la arquitectura es china: la mayoria de las personas que caminan por la calle tambien pertenecen a la raza amarilla, confirmando la oficialmente no existente politica inmigratoria del gobierno central con el fin de diluir la homogeneidad etnica vernacular. Algunos tibetanos caminan por la calle como forasteros en su propia tierra, efecto incrementado por el hecho de que su apariencia multicolor y algo desalineada queda rotundamente en offside frente a la gris prolijidad urbana china. Curiosamente, la mayoria de los tibetanos que se ven trabajan en la construccion, conformando la patetica imagen de un pueblo cimentando la estetica de su propia ocupacion. Cuando me doy cuenta que el disenio de las baldozas es identico a aquel en Kashgar, me pregunto seriamente si al gobierno central no le gustaria anular los contrastes del arco iris.

Ali, aunque carente de todo interes en si misma, seria el magico punto de mi itinerario donde, gracias a una de las numerosas incoherencias de la ley china, mi estadia en Tibet se volveria legal. El truco consiste en entregarse voluntariamente a los agentes de la PSB (Oficina de Seguridad Publica) encargados nominalmente de atraparte. Alli, a cambio de una multa de 40 euros y de una humilde dclaracion de culpabilidad, uno obtiene un flamante “Alien Travel Permit”. Aunque el permiso, con una miriada de sellos con estrellas rojas, es algo que algun dia enmarcare para impresionar a mis nietos, el dialogo que siguio fue una joya:
.
- Señor Alien, como llego Ud hasta aqui?
- En autobus desde Kashgar.
- Tiene permiso?
- Eh…ups, no…
- Eso es viajar ilegalmente por China. Deberá pagar una multa.
- Muchas gracias!



La farsa era tan obvia para todos que ni los agentes de la PSB ni los aliens perdian la sonrisa. A continuacion se nos hizo entrega de la multa, sus recibos y los permisos. Parecia que mas que una multa se nos estaba entregando un premio. Y hablo en plural porque tambien se habian allegado disfrazados de ofensores arrepentidos Anno y Chris, de Alemania, y Akatsuki, un escritor japones que en lugar de tomar fotografias guardaba en su memoria los versos que cada lugar le inspiraba. Pensando en los tibetanos habia escrito en su libreta: “Mientras bostezo, alguien contiene su ira en alguna parte. Eso me hace llorar”.




Esa noche todos los extranjeros cenamos en un restaurant Uigur para compartir informacion. Una verdadera reunon de aliens. Mochileros, turistas convencionales, ciclistas, todos enfrentariamos el mismo obstaculo: la ruta 219, con toda certeza la menos transitada del mundo en algunos tramos. 1500 kms de puro altiplano hasta Lhasa, la capital tibetana. En el medio, ocasionalmente algun pueblo o monasterio, y ninguna ducha. Tres joyas nos esperaban sin embargo en esa inmensidad: las ruinas del legendario reino tibetano de Guge, el Monte Kailash, centro del universo budista, y el sagrado Lago Manasarovar.




En un inicio la ruta nos trato con piedad. Akatsuki habia decidido hacer dedo conmigo hacia Toling, el pueblo mas cercano a las ruinas de Guge, y al cabo de una hora estabamos en el asiento trasero de un VW Santana de una pareja china en direccion a Namru, 60 km al sur de Ali y fin del asfalto. De fiesta, pues la pareja china no solo hablaba algo de ingles sino que nos permitio poner en el stereo un CD de Pink Floyd, que uno siempre debe tener a mano para las ocasiones en que el alma quiere volar. El VW nos dejo en un cruce de tierra que se desprendia hacia el oeste. Por su apariencia, presagiamos que esperariamos alli por dias.


Una hora mas tarde, sin embargo, abordabamos un Viejo Land Cruiser de cuatro tibetanos. Era nuestro primer tramo con tibetanos, y los primeros minutos transcurrieron entre la tension de la incomunicacion y el temor a que esperaran una gran suma de dinero una vez en destino. Despues de todo eran 4 horas de rally en exigentes condiciones. Tiempo para hablar habia, pero faltaban las palabras. O faltaban hasta que alguien menciono aquella comun a toda la humanidad: el futbol. Es ligeramente decepcionante para un viajero descubrir que personas que nunca han salido de su provincial conocen los arqueros, goleadores y tecnicos de las principales ligas del mundo. Como nuestro conductor, quien desenrrollo orgulloso el poster de Ronaldinho que cargaba en el baul…

El valle trepo nuevamente hacia un altiplano delimitado al sur, en todo el arco del horizonte, por los Himalayas Indios, observables con toda claridad desde Nanga Devi hasta las cordilleras de Ladakh, sus cumbers completamente cubiertas en nieves eternas. El Land Cruiser galopaba a traves del altiplano como una gazela camino a su cita con el horizonte. Cuesta creer que alguien haya estado alli antes que nosotros, y mucho mas que alguien hubiera elegido esas coordenadas para fundar la capital de un reino. En cuatro horas estabamos en Toling: una calle principal con mesas de pool en la vereda, edificios sucios e igual cantidad de perros callejeros que de habitants. Entonces nos sorprendio algo que pronto se volveria regal, la total ausencia de cloacas, que hace que el hombre en la cale promedio se comporte igual que el perro en la calle promedio… Buscando una pension barata comprobamos que la gramatica inglesa llega a Tibet con la misma intensidad con que la luz de Andromeda alcanza el planeta Tierra, y nos rendimos ante el sugerente cartel del “Elephant River of Hotel”. Dentro, en una misma habitacion, como pacientes mas que como huespedes, encontramos cuatro extranjeros sentados en el respaldo de sus camas. Al de la gorra de beisbol lo conozco: es Jazz, un norteamericano con buen sentido del humor que ha pisado algunos destinos poco usuales como la Republica Separatista de Trans Nistria y Afganistan. Al que esta roncando al lado de la ventana tambien: es Vladislao, un ruso con aspecto de antropologo que arrastra una maleta con rueditas y guarda el Nescafe para ocasiones especiales, cosa que desesperaba a Jazz. Completaban el cuadro un canadiense y…oh sorpresa, un rosarino llamado Pablo, su argentinidad rubricada por una casaca pique de Newells de fines de los 70, una verdadera reliquia “leprosa”, y por la manera despreocupada con que me describio las ruinas de Guge: ‘En frente de las ruinas de la ciudadelas tenes una dozena de cuevas donde estaban los monjes que le hacian el aguante”. El primer dia de viaje en Tibet llegaba a su fin dejandonos la erronea impresion de una ruta docil. Por un momento pensamos que todas esas historias de condiciones extremas eran puro mito o cuento. Era claro, aun no habiamos tenido que construir un totem con huesos de oveja para llamar la atencion de los conductores. Lo mas dificil, y lo mas divertido, estaba aun por llegar.