miércoles, 23 de agosto de 2006

LADAKH: UN REINO ESCONDIDO EN LA INDIA TIBETANA





Ladakh es una tierra de frágiles equilibrios. Desde la convivencia entre las comunidades musulmana y budista hasta las fronteras políticas, todo permanece en la cuerda floja. Esto es poco aparente cuando uno contempla los firmes trazos con los que el hombre ha diseñado su hábitat. El Palacio de Leh es lo suficientemente imponente para hacer creer a más de uno de que se trata de la capital de un sólido y homogéneo imperio. Más cercano a los altos cerros a los que da la espalda que al pueblo, bien podría ser la morada de uno de esos emperadores que nunca salen a la calle, y a los que no se puede mirar a los ojos. A veces, nubes con pobre navegación quedan encalladas entre las montañas detrás, dando la errónea impresión de que manan de la dilapidada y deshabitada ruina, como signo de su carácter divino. La realidad es muy distinta.



Esta zona de la Cachemira india, como cualquier otra, basa su pertenencia esta nación en una fuerte presencia militar. Ni la gente es hindú, ni se escucha a alguien hablar hindi por aquí. Son ladakhis, de cultura tibetana tan ortodoxa que es aun tradición en las aldeas enviar un hijo por familia al monasterio, podando así un poco el crecimiento demográfico en una zona donde la agricultura escasamente podría sustentar un baby boom.




El otro estrato del arco iris es la población musulmana, que mientras en otras zonas de la Cachemira alcanza el 90%, aquí es minoría. La mayoría vive alrededor de la mezquita del S.XVI y se dedican al comercio. Aunque la mayoría de las familias en Leh, debido a los matrimonios cruzados, tienen miembros tanto budistas como musulmanes, y ambas comunidades se entregan mutuamente pequeños discos metálicos en el mercado, hay cierta tensión en el aire, mayormente acumulada en la última década. Cuando cada atardecer los altoparlantes de la mezquita expanden el azan, o llamado a plegaria, el vecino monasterio budista contesta con su propia música sacra, en lo que es sin duda una guerra de decibeles. En un nivel macro, India intenta retener la soberanía en una zona atenazada entre Pakistán y China, ambos con sus propias pretensiones territoriales sobre la zona, y todos sin genuino interés en la determinación local.


           El milico indio que me pidió una coima. No está saludando, sino escapando a la foto.

Lo primero que me ocupó al llegar a Leh fue buscar la manera de salir. Es decir, legalmente. Debido a deslizamientos y avalanchas en el viaje de ida, un viaje de dos días había demorado cinco, y ahora tenía solo cinco días, no solo para regresar a Manali, sino para bajar hasta Delhi y de allí cruzar todo el Punjab hasta Lahore en Pakistán. Cuando visité la superintendencia de policía de Leh para pedir una semana de extensión sobre mi visa de tres meses, sabía perfectamente dos cosas. Primero, que esa extensión se otorga en teoría gratis. Segundo, que los policías indios, con bigote y lentes negros, probablemente calcados de alguna dictadura latinoamericana de los 70, son adeptos al oscuro deporte de pasar y recibir billetes bajo la mesa. Decidí jugarla de periodista die hard antes que de blando mochilero y me prepare, como tantas otras veces, para este tipo de ocasiones. El pelo correctamente atado, lentes, y carpeta con mis artículos bajo el brazo. Me presente como periodista del inexistente Buenos Aires Times en un viaje asiático cuyo fin era promocionar el turismo sudamericano en el continente. El milico del otro lado del innecesariamente largo escritorio me escuchaba con poco interés. Prestaba más atención al adolescente cabo de uniforme deshilachado que entro con una bandeja con te que a mi discurso, y simplemente dijo que debía abonar U$S 40. Las cosas cambiaron cuando saque mi cámara de fotos y le tome un primer plano, asegurando que iría en el Hindustan Times del fin de semana. Desesperado, me llevó a una oficina donde, tras esperar varias horas, pero salí con mi extensión legal y gratuita.


Durante mi tiempo en Leh, debo admitir, poco hice para girar en la órbita local y sucumbí a la tentación de girar en el caleidoscópico mundillo transitorio de los visitantes. A veces pienso que el capitulo hindú de mi viaje carecerá definitivamente de la profundidad de campo que de alguna manera logre en el resto de Asia, y a seguido me redimo pensando India es un descanso, un recreo merecido del aislamiento cultural de Irán y Afganistán, donde rara vez encontraba otros occidentales, y si los encontraba, eran parte del paisaje local, como soldados de la NATO o miembros de ONGs. En Leh, como en el resto de India, en cambio, todo se trata de sentarse en un café y a los cinco minutos estar rodeado de franceses, israelíes, alemanes, etc.


                                                Un estacionamiento de perros en Leh...

Aunque la mayoría de estas charlas se borran de la memoria con asombrosa rapidez, en Leh conocí algunas personas cuya especial sensibilidad las tornas indelebles. Una de ellas fue Eugenio, un pintor italiano que por su parecido con Da Vinci comencé a llamar Leonardo. Leonardo había pasado 12 de sus 74 años en India. La primera vez había llegado con dos caballos desde Francia, en 1972, cruzando Afganistán, cosa que enseguida nos hermano. Lo más sorprendente de Leonardo, sin embargo, no era su enciclopédica experiencia, sino la calma y atención con que, a pesar de esta, escuchaba las respuestas a cada pregunta que me hacía. Como si pensara seguir viajando por otros cien años, justificaba su curiosidad diciendo que “siempre es bueno acumular la experiencia ajena”. Nos encontrábamos siempre en el “café de la punta”, donde llegaba puntualmente a las 6 pm con un ejemplar del “Paraíso” de Dante bajo el brazo, edición Milano, 1926. Charlaríamos por horas sobre un tutti frutti de asuntos, desde fotografía hasta los niños autistas, por los que Leonardo sentía una querencia especial.





Virgilio no salió de las páginas de la Divina Comedia para acompañarme en el viaje de regreso a Manali y al sur. Los poetas clásicos tienen aun prejuicios con respecto al autostop. En cambio me gane la compañía de Ian, un sudafricano de ascendencia holandesa cuya primera lengua es el afrikaans, una especie de holandés clásico mezclado con algo de alemán, zulú, y una decena de dialectos negros. A los holandeses que colonizaron el Cabo de Buena Esperanza se los conoce con el nombre de Boers. El viaje de regreso a Manali fue lo suficientemente largo para descubrir cuantas similitudes teníamos a pesar de venir de continentes diversos. Para empezar, ambos éramos injertos de aventura europea en el Nuevo Mundo. Tanto boers como tanos bajaron de los barcos con más sentido de la aventura que del realismo, en latitudes similares (Buenos Aires y Cape Town) y crearon un microclima lo suficientemente homogéneo como para referirse al resto del continente como otra cosa. De la misma manera en que los ingleses que van a Francia dicen que van a Europa, con esa misma identidad insular, los sudafricanos van a África cuando van a Kenia, y los mochileros argentinos que se van a Machu Pichu anuncian con bombos y platillos que se van a… Latinoamérica! ¿Cómo si fuéramos otra cosa?



A Ian le gusta caminar descalzo, con lo que comencé a llamarlo Barefoot Boer (Boer descalzo) que en inglés tiene cierta rima y humor, pero su nota distintiva es sin dudas su fascinación por todo lo asiático. Vive y enseña ingles en Taiwán, lo que no es tan terrible, si no perdiera la cabeza por todo ese lote de mujeres de ojos rasgados. Durante todo el viaje, debí escuchar sobre sus amoríos con taiwanesas y coreanas, para no nombrar a la malaya que esperaba encontrar en Manali. Viajando en camiones Tata que se detenían fácilmente con solo alzar la mano, llegamos a Tikse, donde hicimos un alto para explorar el monasterio, que data de 1430. Aun no me queda claro de qué manera la vida monástica es coherente con el budismo. Se supone que Buda llego a la conclusión de que la vida es sufrimiento y que la causa del sufrimiento es el deseo cuando abandono la clausura en que había vivido, rodeado de la comodidad de la vida familiar. Parece que el budismo ortodoxo no toma nota de la importancia de esa etapa en la vida de Buda, pues aun no he visto ninguna imagen en honor del “Buda viajero”. Se imaginan a un Buda con el pulgar levantado a manera de mudra?



                          Maitreya, el Buda del futuro de 15 m de altura en Tikse.

La siguiente parada fue en Tso Kar, un lago a 4500m, en cuya orilla había un compacto campamento turístico ocupado principalmente por grupos preorganizados que realizan caminatas de varios días, con carpas, cocina, guías, caballos y todo. En la orilla del lago había dos ornitólogos austriacos que son las primeras personas que conozco que no necesitan explicaciones para entender que el anillo en mi mano izquierda es un anillo de numeral para cormoranes, y no uno de casamiento. 




                                                        Camino a Tso Kar




En el tercer día de viaje llegamos hasta Pang, uno de los campamentos transitorios que ya había visitado en mi viaje en dirección norte. Allí, lo único que viajaba en nuestra dirección era una enorme nube negra. Como si los constructores del camino hubieran presagiado nuestro episodio, un cartel amarillo en la banquina decía: “SMILE!”. Pero difícil se volvía esa tarea bajo la lluvia que la nube negra no tardo en entregarnos, con lo que regresamos al campamento para alojarnos en una de las tiendas. 





Las tiendas de estos campamentos, vale aclarar, no son más que viejos paracaídas del ejércitos forzados con enorme poste de madera en una posición cónica. Viejos paracaídas quiere decir que cada vez que llueve (todas las noches en esta temporada) buena parte del chubasco se filtra por incontables grietas. Con todo, el ambiente era lo suficiente relajado para recibir unas lecciones de chino, idioma que Ian habla con fluidez, y que pronto voy a necesitar cuando cruce los Karakorum desde Pakistán.




A Koksar, una aldea insignificante alrededor de un checkpoint, llegamos de noche, solo para encontrar a un milico que seguía las leyes al pie de la letra y repetía: “Ilegal! Ilegal! Las leyes de India prohíben que los extranjeros viajen en camiones”. Los roles eran claros, Ian seria el viajero bueno y yo el viajero malo. Son los casos en los que agradezco haber hecho alguna que otra obra de teatro en el Centro Cultural Cortázar. Es cuestión de girar la perilla de la memoria emotiva y hablarle al milico como si acabara de tirarme al suelo la cerveza. Y por supuesto, sacarle una foto. El hombre sonrió confundido, y pidió a los camioneros que lo acompañasen a la estación de policías, paréntesis que usamos con buen juicio para tomar nuestras mochilas y caminar camuflados por la noche a través del checkpoint. Habíamos cubierto cien metros cuando escuchamos un grito y notamos una linterna avanzando como luciérnaga patotera en la noche de los Himalaya. El camión que nos había traído hasta allí nos paso a plena velocidad, obviamente con instrucciones de no llevarnos, y el milico caminaba detrás. Entonces, desprendido de la pluma de algún escritor, con la sincronía propia de un ángel de la guardia, frena un jeep blanco. Como si fuera el dragón de la Historia sin Fin, montamos encima y gritamos: “chelo! chelo!” (vamos!). “Stop!”- fue lo último que escuchamos del servidor del orden. El fluir y el desorden nos habían conservado en su sana corriente, una vez más.

Llegamos a Manali apestando de sudor y mugre, oliendo a una fragancia que comercializaría con el nombre “After 475”. Después de 475 km de ripio. Eau du routard. En Manali el bóer descalzo y yo seguimos cada cual su rumbo. Solo espere al día siguiente 10 minutos por un rápido automóvil de tres hombres de Delhi que regresaban de sus vacaciones en el norte. “¿Cual es el fin detrás de tu viaje?”- me preguntaron. “Bueno…viajar, supongo” Les costaba, como a la mayoría de los asiáticos, concebir cualquier proyecto que no conduzca a un enriquecimiento material. En eso entran en pugna el concepto de la India que uno tiene antes de llegar aquí, como una tierra meramente espiritual, con la realidad. Por momentos pienso que la India recién se está entusiasmando con el capitalismo que los hijos alternativos de Occidentes despreciamos. Sin dudas que hay espiritualidad en India, pero coexiste con un cada vez más acervado sentido del materialismo, y corre riesgo de quedarse en fetiche. Estos hombres de negocio me mostraban esa creciente faceta india.


Me dejaron una hora antes de la madrugada en la estación terminal de Delhi. Hay algo de opresivo en esas ciudades donde el ritmo es tan frenético de noche como de día. Parecen ciudades diseñadas para maquinas, no para humanos. Eran mis últimas 48 horas en India, y mi mente solo fantaseaba con cruzar la frontera hacia el gentil Pakistán.

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viernes, 18 de agosto de 2006

UN VIAJE A LADAKH: ENTRE DERRUMBES Y MONJES MOTORIZADOS.

‘Himalayan Queen’ era sin dudas una hidalguia no merecida por el conventillo sobre rieles que me tramsporto desde la insoportable nueva Delhi hasta Shimla, en las primeras estribaciones del Himalaya. No puedo decir que el viaje haya sido comodo, y con familias enteras congestionando los pasillos, y madres de proporciones quanticas intentando hacer dormir a sus ninios sobre mis rodillas, no tarde en reezaminar mis opiniones sobre el control de la natalidad. La escena me recordaba a una pocilga en el bazaar de Delhi, llamada ‘The Prince Palace’, donde lo mas cercano a una ducha eran los cubos de agua caliente provistos por un mugriento sirviente. Lo importante, me repetia, era que dejaba Delhi, y eso que en los ultimos dias Delhi se habia vuelto soportable, gracias a la vida social carroniada a mis amigos en la Embajada Espaniola, y a las interesantes charlas con Susumoy, mi anfitrion de Hospitality Club.

Shimla es una coleccion de casonas inglesas heredadas de la era colonial. En cada una de ellas se podria ambientar una pelicula de terror, tales son las dimensiones, y tal su estado de conservacion. Mientras hoy la peatonal es una estampida de familias del Sur de India endomingadas, ninios con helado y mujeres sari al viento y tercer ojo includios, cuesta imaginarse que durante el dominio ingles los indios –salvo os que cargaban las maletas de sus amos- tenian vedado el ingreso a lo que entonces era n santuario de estilo y desigualdad. Hoy Shimla es la capital del estado de Himachal Pradesh (Tierra de las Nieves Eternas), y p[unto de partida para travesias hacia valles mas altos y desolados.

El plan era recorrer los valles de Kinnaur y Spiti, en la frontera entre Himachal Pradesh y Tibet, y luego tomar la segunda carretera mas alta del mundo, que une Manali con Leh, en la region de Ladakh, otro exclave de la cultura tibetana dentro de India. Con mi visa venciendose lentamente como ese infaltable limon de refrigerador, la travesia solo seria posible recurriendo a la indeseable tactica de ‘llegar y partir’.

Asi, el valle de Kinnaur paso como una rapida serie de diapositivas. Aunque se tata de uno de los valles mas bellos en todo lo anch de los Himalayas, la fertilidad permitida por el monzon anual le resta dramatismo y lo deja dentro de la categoria de las postales idilicas. Con todo, esto no es objetivo, pues yo soy de la endiablada clase que puee disfrutar de la ruta provincial 43 en Catamarca. Con todo, resplandece ante la seleccion del recuerdo la vista del Monte Kinnaur Kailash desde la aldea de Kalpa. Los habitantes originarios de estos valles se denominan kinnauris, a quienes los primeros registros historicos describen como musicos celestiales, son facilmente identificables por sus gorros, que se asemejan a los birretes de un imposible ejercito reggae, con bordados verdes y rojos. Son principalmente hindues, con una especial devocion por la diosa Kali, a la que honran en templos de madera y piera en forma de torre. Es interesante notar que aunque Kali es la esposa de Shiva, es tambein su atributo del susodicho, con lo que, como en el aso de Adam y Eva, es otra version del mismo argumento machista donde la mujer nace de un cacho de hombre.

El valle de Spiti queda del otro lado de los Himalayas, lo que no quita que montanias sea lo unico que hay a cientos de kilometros a la redonda. Sucede que los Himalayas son solo los mas famosos de una pluralidad de cadenas monaniosas que forman el arco de altas cumbres que separan al Subcontinente Indio del macizo de Asia Central. Comprimido asi entre los Himalayas y la concentrica cadena de Zanskar, el valle de Spiti queda al resguardo de las precipitaciones anuales, lo que explia su aspecto lunar. Las aguas del rio Spiti parecen tener sobre las tierras que banian el mismo nulo efecto que el mundo exterior tiene sobrelos monjes que habitan los numerosos gompas (monasterios tibetanos) de la zona. Tras la sistematica destruccion de la cultura tibetana en el mismo Tibet por el Ejercito Rojo –proceso que el gobierno de Pekin llama orgullosamente Revolucion Cultural- son los gompas tibetanos en paises vecinos como India o Nepal los que constituyen un repositorio para la posteridad. La proximidad a China (Tibet ocupado) es algo mas que un dato poetico. Ambos paises protagonizaron una breve guerra en 1962 tras una fallida invasion china, y aun hoy la zona se considera algo volatil. Mientras los tibetanos estan acostumbrados a estar en la linea de fuego, hay que ver como resuelven la interaccion con el nuevo invasor pacifico: el turista. Observen sino a los novicios del monasterio de Tabo – donde el Dalai Lama piensa retirarse- jugar fascinados con las motocicletas Enfield aparcadas fuera por un grupo de turistas. Parecen disfrutar demasiado el mundo ‘material’ como para desear genuinamente abandonarlo.

Retome la ruta principal en Manali, y automaticamente me traslade a la pacifica aldea de Vashisht. Digo ‘pacifica’ a pesar de centenar de mochileros israelies como el que se encuentra en cualquier aldea turistica del norte de India. Hasta donde he logrado comprender, luego de dos anios de servicio militar, el joven israeli promedio compensa con anio y pico en el camino. Aquellos con los que converse estaban doblemente felices de estar lejos de casa: si estuvieran en Israel no tardarian en ser llamados al frente, y tomar te en los Himalayas es mas placentero que perseguir a guerrilleros del Hezbollah por las callejuelas de una aldea del sur del Libano. Llegada la noche en Vashisht resisti la tentacion de las hoterias baratas y deambule algo perdido por las calles, sabiendo que poco podia esperar de la gente local en terminos de hospitalidad. Fui, de hecho, rescatado por otro extranjero, un aleman llamado Rogelio, quien reside desde hace meses en la aldea. Acababa de ver ‘El Senior de los Anillos’ en un café, y la aparicion de Rogelio, con su anchisima bara jenjibre y su aspecto de guerrero sajon, me hizo pensar que las legiones de Frodo habian escapado de las 24 pulgadas. En todo caso, realidad y Rogelio no eran muy buenos amigos, y aunque me brindo como prometido espacio en su cuarto, paso toda la noche habalndo incoherencias consigo mismo. Y fingia dormir, pero lo escuchaba atonito: “tengo una motocicleta Enfield, con ella puedo conducir hasta Alemania, y alli dar vueltas al Reichstag, o dentro de los estadios, pero despacito…” A media noche se levantaria sobresaltado para comentar que ‘el parlamento aleman de Schroeder es un club de debate donde la gente recibe altos sueldos por conversar con estilo”.

Parado en la salida del pueblo extendi mi pulgar apuntando hacia Leh, 475 km mas al norte. No esperaba un viaje facil, sabiendo que aun en autobus es un trayecto de dos dias. Sin dificultades llegue a Keylong, con dos tramos en jeep, de los que uno transportaba tuberias y el otro tomates. Keylong esta situada a 3350 m, y es el ultimo pueblo de cualquier tamanio en 280 kms, hasta llegar a Rumtse, ya en Ladakh. En el medio, la carretera corre casi siempre por sobre los 4000m, con dos pasos sobre los 5000m, y no hay mas asentamientos que campamentos militares y tiendas transitorias que ofrecen comida y alojamiento a los viajeros. Y los viajeros no son pocos, desde que la carretera se abrio a los extranejerosen 1989, miles de nuestra especie cubren cada temoprada el arduo trayecto, ya sea en autobus, jeeps, o rusticas Enfield locales. Personalmente no podia evitar evocar el similar trayecto de norte a sur que son nuestro valles Calchaquies, desde Cafayate hasta San Antonio de los Cobres, con el detalle que ahora carecia de la perspectiva que solo brinda la recurrencia. Detras ha quedado ya el rio Beas, aquel que detuviera a Alejandro Magno, ese viajero disfrazado de conquistador, que penso que por aqui se loalizaba el fin del mundo. Hice noche en Keylong, donde Ailine y Stephanie, dos viajeras suizas que hablaban espaniol, me contrabandearon en su habitacion.

En un jeep de vialidad y un tractor llegue el dia siguiente a Parsu, 52 kms al norte de Keylong. Entonces vi en el horizonte una caravana de camiones Tata, uno de los cuales, un inmenso camion tanque blanco con patente 2569, se detuvo. Despues de tantos cortos tramos en jeep, tractor y motocicleta, mayor no pudo ser mi sonrisa cuando estos dijeron que iban hasta Leh. Claro, las cosas no iban a ser asi de faciles… El primer dia fue todo bien. Kuldip, el conductor, y Guddu, su ayudante, eran amables en cada detalle y en ningun momento hablaron de dinero. Asi, lento pero seguro, el ‘2569’ se abrio camino por la sinuosa calzada de cornisa que caracteriza el norte de Himachal Pradesh, donde las altas cumbres sostienen las nieves eternas de manera tan precaria que parece que en cualquier momento sobrevendra una avalnacha. Mas que a la geografia yo temia al factor humano: Kuldip eligio el paso de Baralacha (4830m), el primero de los altos pasos que cruzariamos, para entrenar a su ayudante en tales escenarios. El pobre Guddu daba bestiales volantazos que apenas tenia tiempo de enderezar antes del puntual precipicio, mientras yo elegia aquelos recuerdos e imagenes que deseaba evocar postumos.

La labor del ayudante de un camino indio excede las funciones de un mero copiloto, porque ademas de los quehaceres relacionados con el camino, como quitar grandes rocas de la calzada o monitorear el progreso del camion en curvas cerradas y peligrosas, Guddu hace las veces de monagillo, al encender cada maniana dos sahumerios, con los que urificara cada incon de la cabina, incluido el velocimetro anclado y la infaltable estampa de Shiva, antes de coloar sus manos en posicion de rezo y aplaudir dos veces. La oscuridad nos sorprendio poco desues del paso, e hicimos noche en el campamento de Zingzingbar, en una yurta en la que tambien pernocataban tres motociclistas israelies en viaje a Leh. Esta gente no deja de sorprenderme: todos ellos son amables y pacificos, pero en esa doble vida que es el servicio de reserva de su pais son pilotos de tanques Merkava o helicopteros de asalto a tierra. Esa noche llovio como nunca. Mis amigos israelies, pense, tendran alguna habilidad genetica para construir arcas… Dadas las circunstancias, no podia esclarecer si el terrible dolor de cabeza provenia de apunamiento, de un dolor de muelas, o eran acaso los primeros sintomas de la rabia que, hoy se, no me fue contagiada por un sarnoso perro en Paharganj, Delhi. De todas maneras a las 5:30 estabamos todos arriba, listos para un largo dia de viaje al cabo del cual debiamos llegar a Leh.

No habiamos hecho mas de 20 km cuando nos encontramos con todo el transito detenido. Las lluvias de la noche anterior habian producido un derrumbe que habia bloqueado la ruta. Un grupo de quince obreros del Bihar (la provincia mas pobre de india) daban paladas sin cesar. Una motoniveladora venia en camino desde Zingzingbar, pero demoraria al menos tres horas en arribar, y otras tantas en enmendar el derrumbe. Con semejante panorama, Kuldip miro al camionero que seguia en la fila e invito (impuso): “chai?” (Te?). El chai, esa manera tan asiatica de puntuar el hastio. Cada segundo, en todo Asia, desde los beduinos de Siria hasta los mullahs de Iran, se interrogan y producen la exacta inflexion de la garganta para invitar (imponer): “chai?”. La primera guerra pan-Asiatica se desencadenara en el momento en que alguien niegue por primera vez un te…

Como el te no iba a bsatar para saciar el hambre que tenia, decidi caminar por sobre el derrumbe hasta Sarchu, el proximo campamento, distante 4 km. Con el estomago lleno, busque una yurta, alquile un colchon por el dia, y cai en un profundo suenio. Por entre los intersticios de la inconciencia crei escuhar el motor de los camiones. Calculo que luego de tantos anios viajando a dedo debo haber desarrollado alguna especie de enzima, acaso la Scaniatrofina, que dispara una senial de alerta cuando un semi se acerca a varios kilometros de distancia. Pero entonces me preguntaba….seria posible que ya hubieran reparado el camino? Decidi con mas instinto que racionalidad que reponer energias era la prioridad y que por la maniana encontraria algun otro camion que fuera a Leh. De todos modos, es el unico sitio adonde la ruta conduce. Desperte a las 8 de la noche, afuera seguia lloviendo y no habia otros extranjeros apra conversar en mi tienda, con lo que émigré a la tienda ocupada por tres indios de Bangalore que trabajaban en informatica y, comun denominador, un grupo de israelies. Mientras cruzaba la ruta habia podido notar que de hecho habia varios camiones estacionados en la fangosa banquina, como dragones huerfanos, pero al tener el campamento varios kilometros de longitud me abstuve de busar a ‘2569’. Llevaba un par de horas conversndo con mis nuevos amigos (uno de los indios de Bangalore se habia ofrecido a cubrir los gastos de mi futuro sitio web por un anio) cuando vi aparecer a Guddu, ladeando su cabeza hacia ambos lados como si se le estuviera a punto de caer, ese polivalente recurso indio que puede ser un saludo, asentimiento, o rechazo, segun el contexto. Habian llegado mientras dormia y estaban busandome. “Tomorrow 6 am, up, evening Leh” – dijo Guddu en su tosco ingles. Nunca palabras tan simples habian sonado tan nobles como un fragmento de “Otello”. “Nos vemos en el proximo derrumbe!” – salude a mis amigos, y regrese a mi yurta por mas suenio.

No debi haberme despedido de esa manera. Por la maniana siguiente, habiamos cubierto menos de 10 kms, que volvimos a encontrar la hilera de camiones detenidos. “Chai!” – grito enseguido Kuldip, como si dos derrumbes en 10 kms fueran lo mas normal del mundo. El segundo derrumbe fue, sin embargo, particular. Esta vez los extranjeros que viajaban en los autobuses y 4x4 detenidos a ambos lados del accidente tomaron picos y palas y, uniendo fuerzas con la escuadra de trabajadores del Bihar, comenzaron a nivelar el terreno. Los obreros del Bihar, de piel oscura brillosa, siempre realizan las tareas mas indeseables, por lo que dan la impresion de ser una subraza al estilo Huxley. Tambien tienen una manera muy santiaguenia de trabajar: uno de ellos de la puntada con la pala, y otro tira a continuacion de una soga atada a al base de la pala, que entonces libera con mas celeridad su carag de barro y tierra. Nos tomo mas de 5 horas lograr que el terreno permitiera el paso de un camion. A eso del mediodia reemprendimos marcha. A esa altura los deslizamientos habian ya impuesto su ritmo, y viajabamos en uninvoluntario convoy de tres camiones. Uno de estos cargaba cabras, que asomaban babendo con muecas diabolicas por entre las rendijas de madera, y el otro, medio millar de gallinas dopadas por la altitud. A cada deslizamiento o demora, los tres camioneros se alinearian con la necesidad propia un atomo inestable para tomar el te. Superado el segundo derrumbe, el tata galopo como un pura sangre reprimido. La ruta, inesperadamente, se nivelo, y aparecimos en un altiplano habitado por nomadas Khampa, en cuyos rostros se leia que aun estaban apelando a los dioses el sorteo de destinos. El altiplano se prolongo unos 20 km y luego comenzamos a rtepar por el lado de un canion. Curiosamente, los carteles senialadores, mas que senializar las variantes del camino, estan dedicados alabar a la empresa constructora, la Border Road Organization, o a dar consejos poco oportunos. Otra cosa no se puede decir de un cartel que al borde de un precipicio insta a informarse sonre el SIDA… La desembocadora de nuestro ascenso fue el Taglang La, el segundo paso mas alto del mundo, a 5360m. Con modales de cirujano, Kuldip extiende el brazo con su palma abierta, y Guddu alza una botella de whiskey barato. Es el festejo por el cruce exitoso.

Del otro lado, y luego de tres dias de viaje, encontramos un pueblo hecho y derecho: Rumtse, que es asu vez el punto de inflexion cultural, porque aunque desde Sarchu habiamos dejado Himachal Pradesh para entrar en Ladakh, la ausencia de poblaciones habia postergado la evidencia: ladakh es un “pequnio Tibet” en India. Y en Rumntse eso cae como un veredicto, solo basta con observar la arquitetura o los rostros de los locales. La arquitectura tibetana de alguna manera transmite el estoicismo y la solidez de su gente. Hasta la mas humilde de las viviendas parece un fuerte construido para durar mil anios. El angulo levemente grave con que sus muros de blanco helenico se despegan del suelo acentua esta ilusion. Cerca de Miru, otro tipica aldea tibetana con stupas (altares simbolicos budistas) erosionados al costado del camino, nos sorprednio el tercer derrumbe, el que solo saldraimos la maniana siguiente.

El tramo final hasta Leh no fue falto de variantes. En la aldea de Karu un joven local vestido a la occidental con jogging Adidas nos hizo dedo y, una vez dentro, con elocuencia premeditada de conductor de TV, saco una docena de tuvos plasticos de pelicula fotografica rellenados con hashis e inicio una verdadera sunasta, a la que asistieon los conductores de los camiones de cabras y gallinas. El preparado vendedor tenia incluso una balanza de mano para mesurar las dosis. Todo el amneje transcurria con el ‘2569’ estacionado enfrente a una base militar…

En Karume despedi de mis choferes, y aborde un jeep militar de un comandante que habia vivido en Angola y hablaba portugues. Pronto alcanzamos el ancho valle del Indus, con sus enormes gompas que, lejos de haber sido concebidos y construidos en una solo instancia, son babelicos muniecos de trapo, resultado de adiciones y terremotos que modelaron el conjunto a lo largo d los siglos. Finalmente la ruta parecia estrellarse contra un arco de cerros. Un par de curvas como contrasenia y estos se abrieron como un telon. Y lo que aparecio en escena fue Leh, 101 hs y 10 vehiculos despues, habia llegado.

jueves, 10 de agosto de 2006

Nueva Delhi: espiritualidad, chasco y libre albedrio vacuno.

Por definicion, la capital de un pais de casi un billon de habitantes no podia ser un sitio placentero, eso lo sabia, pero mas alla de mis deseos, Nueva Delhi era el lugar donde obtener los visados para Pakistan y China. Como poca oportunidad habia tenido, en mis dos semanas pasadas en McLoed Ganj, de tratar con los locales, me contentaba diciendome que ahora, viajando en direccion sur, con la temperatura aumentando tras cada curva, estaba en viaje plenamente exploratorio. Me imaginaba una ciudad superpoblada, si, con un poco mas de pobreza que Cairo –y muchos mas rickshaws- y las infaltables vacas callejeras. Solo estaba imaginando diferencias superficiales. La realidad me iba a dejar sintiendo una impostergable necesidad de mudarme por un anio a las Islas Tokelau.

Siempre habia leido a los autores de las guias de viaje agotar la lista de adjetivos generosos a la hora de describir la hospitalidad de turcos, kurdos, persas y pashtunes. De paso por esas tierras habia encontrado justos tales elogios, y habia comenzado a sospechar que tanto superlativo solo podia tener sentido se alguno de los pueblos del vecindario fuera hostil o al menos menos hospitalarios. Con su tan publicitados pacifismo y espiritualidad, India era un postulante impensado para encarnar tal eventualidad. Y sin embargo, ya estoy convencido, con todo lo que el pais tiene para ofrecer en terminos de historia y cultura, India me parece, a los efectos de la hospitalidad, el elemento que permite el contraste.

Luego de tan categorico preambulo, imagino que el senior lector estara exgiendo pruebas. Acaso bataria con recordar a aquel condutor de rickshaw que, dandose cuenta de que no tenia intenciones de pagarle siete veces la tarifa de mi viaje, prefirio tirarse a dormir la siesta que llevarme por el precio real. O quizas a aquel local que, viendo el autobus que ambos debiamos tomar aproximarse repleto con pasajeros colgando de ambas puertas como racimos de bananas, opto por indicarme el autobus equivocado y corri sin mas a transformarse en platano. Pero es algo mas que eso, es una cara de poker, una rotunda apatia que ahora, con cientos de iranies y afganos aun invitandome a tomar el te en las huellas de mi retina, me hace extraniar los paises musulmanes.

Dicho esto debo decir que no se observa en los indios ningun encono selectivo con el extranjero, sino que son igualitaristas: te tratan tan mal como se tratan a si mismos. En conjunto, la imagen es tan triste como comica: un pueblo regenerando a diario su propio sufrimiento. Decir que los habitantes de Nueva Delhi tienen una capacidad inigualable para volver innecesariamente estresante las mas nimia de los eventos cotidianos seria pasar por alto aspectos mas alarmantes. No pedimos que los comerciantes del bazar de Paharganj arrojen la basura en el cesto porque nadie les ha enseniado el truco, pero da mucha gracia verlos arrojar la fruta podrida delante de sus tiendas y luego salir con un abanico gigante a espantar las felices moscas. De hecho, el indio promedio parece encontrar un placer orgiastico en convivir con la mugre. Cuando las primeras lluvias del monzon azotan Delhi, la angosta calle principal del bazar se vuelve una piscina olimpica de agua y barro, y las madres miran con ternura como sus ninios juegan y nadan, esquivando con suerte las alcantarillas sin tapa. Por la noche, la zona pasa bajo el control de pandillas de perros de aspecto rabioso (uno de los cuales decidio afilar sus colmillos con mi tobillo izquierdo) y vagabundos sin techo cuyos unicos amigos son esos perros.

Cabe preguntarse, entonces, de donde sale la tan mentada espiritualidad de la India? Habiendo pasado solo dos meses en el pais, no me siento autorizado para escribir un ensayo sobre el tema, pero me animo a decir que tiene mas que ver con el vacio espiritual que sienten los occidentales “orientalistas”, quienes creen que Oriente es otra cosa, que con la realidad local. Muchos de los viajeros que encuentro llegan a India en avion, imposibilitando cualquier comparacion objetiva con los paises vecinos, y no tardan en confundir la pobreza policromatica con la espiritualidad. Tal vez con el tiempo me haya vuelto demasiado exigente, pero paso de interpretar la abundancia de inciensos y la irreflexiva adoracion de elefantitos como algo mas que ritual y estetica. Soy el primero en admirar a India por sus grandes desarrollos teoricos a lo largo de la historia, pero me parece obvio que muy poco de esa sabiduria se ha filtrado colectivamente hasta nuestros dias.

Mi llegada a Delhi coincidio con los atentados en los trenes de Bombay. Miles de indios dejaban de maltratarse los uos a los otros para observar la pantalla de la TV y exclamar: “Pakistani people!”. En los dias siguientes a la tragedia hasta las narices de las vacas callejeras apuntaban del otro lado de la frontera a la comprensible hora de buscar culpables. Los noticieros mostraban las imagenes del contraataque israeli sobre el Libano con sospechosa e instigadora contiguidad. No me caben dudas de que la inteligencia pakistani estuvo implicada en la matanza, y comprendo la sed de venganza. Lo que no comprendo es porque los indios se alarman tanto cuando las muertes son provocadas por el enmigo y luego muestran total indiferencia ante el numero mucho mayro de muertes provocadas cada anio por su propia negligencia. Hablo de los miles de padres que asesinan a sus hijas mujeres poco despues del nacimiento para evitar endeudarse a causa de la costosa dote que deberan pagar para lograr que alguien se case con ellas. Eso explica porque en India hay un ligero desfasaje en la proporcion hombres/mujeres, uy tambien porque esta prohibida la ecografia.

En perspectiva, los niveles de agresion interna aceptada y silenciada me parecen mas que suficientes para dejar de hablar de una buena vez por todas de un paraiso de la tolerancia. La manera pacifica con que Gandhi expulso a los ingleses es emotiva, pero se me ocurre preguntar: si hubieran peleado por su independencia, no valorarian mas las consecuencias de sus acciones? Intuyo sin embargo que para entender la indiferencia india hay que mirar mas atras, hacia el tiempo en que se constituyo el sistema de castas. Ademas de ser el sistema de control social mas efectivo de la historia, las castas son el responsable directo de la explotacion y del conformismo en el status de explotado. Asi, el salario minimo es de 7 dolares al mes, y aquellos que los reciben no culpan a nadie, sino que creen que es el castigo por malas acciones cometidas en vidas pasadas. En India, logicamente, es mas sensato esperar el ascenso por reencarnacion que por propio merito. Mientras la casta dominante –los waisha, o businessmen- basen su riqueza en participar de negocios cuya base es la mano de obra mal paga, el futuro seguira siendo impensable. Las vacas, lejos, son quienes salen mejor paradas de este escenario. Los hindues las consideran las segundas madres de todos los hombres, ya que producen el alimento que reemplaza a la leche maternal. Eso las transforma en seres intocables. El libre albedrio vacuno es un espectaculo imperdible: se puede ver a las vacas consternadas frente a los molinetes de las estaciones de autobuses, u olfatenado el cartel del Aeropuerto Internacional de Delhi, como reclamando aquellas zonas que aun no pertenecen a su imperio. Como oriundo de la Provincia de Buenos Aires, solo puedo lamentar que no aparezcan en el menu... Y asi, como parrilero huerfano de toda hachura, no bien las visas de China y Pakistan estuvieron en el ya curtido pasaporte azul, y tras toda una serie de antirabicas, reoriente los pasos hacia los valles budistas de los Himalayas. Hasta la proxima bitacora.