viernes, 30 de junio de 2006

ENTRE EL CONCEPTO INDIA Y LA INDIA REAL.

Una incente franja blanca trazada sobre el pavimento separa, en la famosa frontera de Wagha, India de Pakistan. Hablar de India y Pakistan como entidades separadas solo es possible a partir de 1948, cuando la ex India Britanica se fragmento en tres estados independientes, incluyendoa los ya mencionados y Bangladesh. N el caso de la nda y Pakistan la separacion tuvo un fundamento religioso, y casi desde el inicio las neonatas naciones han estado en pie de guerra en torno a la region fronteriza de Cachemira, donde el 92% de las almas son musulmanas. Aunque la frontera de Wagha esta lejos de la zona conflictive, uno esperaria encontrar alli la parsimonia digna de dos naciones que se vigilan como dos serpientes heridas. En cambio, los engalanados gendarmes apostados a cada lado de la franja blanca conversan afablemnte y posan para la foto. Mas significativamente, cada dia por la tarde ambas dotaciones fronterizas cooperan en una vistosa ceremonia de cierre de frontera con coreografias que simbolizan el enfrentamiento historico entre partes. Algo ironico, si se piensa que los servicios secretos pakistanies siguen, hasta el dia de hoy, financiando atentados en Srinagar o Jammu.

Caminando unos metros mas, ya con un nuevo sello en el pasaporte, un cartel me da la benvenida a la “democracia mas grande del planeta” hacienda mas referencia al numero de presentados que a la magnitude de dicha representacion. Personalmente, al cruzar la linea magica, me di cuenta que, ants que a la India real, al sustrato fisico de las estadisticas, estaba llegando al Concepto India, a la remota tierra donde se escribieron los primeros libros –las escrituras vedicas-, a la brisa que urdio el sanscrito, progenitora de casi todas las lenguas europeas. A lo largo de milenios India ha sido para Occidente un lejano emisor de sabiduria, como una impercibida supernova cuya energia nos llega harto despus de haber sido engendrada. El impulso por el conocimiento fue por largo tiempo un bicho endemico de India: mientras los europeos estaban ocupados afilando sus hachas alguien a las orllas del Ganges diseniaba los encrucijadas del ajedrez. La refinada idea de que el unverso no es mas que una ilusion en nuestra mente precede en siglos a Descartes, Schopenhauer y la murga.. El cordon umbilical puede resultar hoy invisible, pero no son pocos los que sospechan que el mismisimo Cristo paso anios en India estudiando yoga y meditacion. Pasando a los demonios, y racistas como eran, los Nazis terminaron excavando sus origenes en los Himalayas atraves de varias expediciones arqueologico politicas llevadas a cabo por secciones especiales de las SS, suceso frivolamente retratado en la pelicula “Siete anios en el Tibet”.

Nombradas estas atractivas conexiones, debo admitir, mis primeros pasos en Amritsar me repatriaron del Concepto India a la India real, donde vacas lentas, ancianas y obesas frenan por minutos un imparable transito de rickshaws que ningun semaforo osaria puntuar, y donde hombres y mujeres doman inexplicablemente el suenio a cualquier hora del dia, a lo largo de veredas y caminos. Al menos temporariamente, adjudicar la excesiva espontaneidad con que la vida sucede en India a un nihilismo profesado inconcientemente me parece forzar las cosas un tanto. La superpoblacion parece una explicacion menos elgante pero mas precisa para el asunto.

Con estos pensamiento llegue al Templo Dorado, en Amritsar, una de las ciudades mas celebres del Punjab. Todo los viajeros en transito de Este a oeste me habian informado de la posibilidad de alojarse gratuitamnte en el fabuloso templo de los Sikh. Presentemos a los Sikhs: en contraste con los simper calmos hindues, los Sikh son aquellos que consideraron necesario el uso de la violencia para defenderse del invasor musulman. La vida spiritual del sikismo gira entorno al Templo Dorado, un complejo de templos y ashrams que se organiza a orillas de un nmenso lago artifical cuadrado. Una pasarela conduce, en el centro del lago, hacia el templo principal, laminado completamente en oro. Con el fondo ininterrumpido del gunbali, o musica religiosa, miles de peregrinos, algunos llegados desde sitios tan lejanos como Europa o EE.UU, caminan las 24 hroas alrededor del lago. Resulta facil diferenciar a un hindu de un sikh. Los primeros se muestran rehacios a cortarse ninguna de las expresiones capilares del cuerpo humano, lo que equivale a decir que arrastran tremendas barbas, y cubren su cabello con un turbante llamado padgi. En teoria, todos deberian llevar un cuchillo curvo envainado en su costado, hoy dia mera decoracion. Uno de los guardians del templo, por ejemplo, se pasea orgulloso de su turbante naranja neon y de su bata azul, y dispensa discretas puntadas a los devotos que se quedan dormidos durante las plegarias. Viniendo de la sobriedad cromatica musulmana, tengo la impresion de haber ingerido un alucinogeno. Y aun no habia llegado a McLoed Ganj….

Estaba sentado de piernas cruzadas a orilla del lago cuando fue interrogado por un joven vestido en arapos color tierra: “Perdon, es Ud. Un santo?” – me dijo. “Negativo –respondi- Por que?” “Por las rastas!”- respondio Rajan, quien era un graduado de Filosofia orundo del sur de India que estaba en peregrinaje persecutorio de la Iluminacion. Llevaba tres meses cruzando India en tren en todas las direcones posibles. Antes que entendiera que hacia dedo por amor al abandono me informo que, pareciendome a un santo, podia usar los trenes gratuitamente, lo que me dejo pensando por un momento lo lindo que seria sumar al pasaporte y a la tarjeta de estudiante falsa un carnet de santidad. Pasamos varias horas hablando sobre Hinduismo (el hablando, yo aprendiendo) y sobre el velo de Maya. “La gente hoy dia cree demasiado en la propaganda de la realidad” – comenta Rajan mientras ambos buscamos lugar en el templo donde diariamente se sirven 40.000 raciones de comida. En el salon habia unas 300 personas, alineadas a ambos lados de una senda alfombrada por la que circulaban coloridos servientes que, aereamente y practicamente sin detenerse, llenaban cada plato con guiso. Como la comida se sirve a toda hora, tambien constantemente se pueden ver decenas de mujeres que anillan toneladas de cebolla, mientras, bajo un tinglado del tamanio de una casa, otros tantos hombres enjuagan y apilan centenaries de platos metalicos. Por cada tanda de comensales, una partida de sujetos munidos de baldes, lamazos y secadores pasan razantes y efectivos, uno detras del otro, en un verdadero blitz de pulcridad. Con una poca asiatica puntualidad, el salon esta listo 5 minutos mas tarde para recibir a la siguiente tanda de ansiosos devotos. (Otra que almorzando con Mirta Legrand).

Luego de la cena continuamos nuestra conversacion sobr el cesped de los jardines. La realidad era insustancial, hasta ahi habiamos llegado. Intente recordar que habia hecho en un fecha al azar, por decir, 16 de Julio de 2005. Imposible. Aunque ese dia no parece haber trascendido hasta dejar huella en mi memoria, lo mas seguro es que me haya despertado con urgencies, metas, y la sensacion de que seria un dia impostergable. Y sin embargo, nada. Ni rastros del 16 de Julio de 2005. Mi sabio amigo receta medicina local hindu (como la que los locales casi nunca usan): “Conciencia de cada Segundo, de cada grano de arroz ingerido o sonrisa, evitar los trenes de acciones con sentido a largo plazo. Pero suficiente filosofia, vayamos por un buen plato de agua!” Y su exclamacion era exacta, en medio a tanta frugalidad era possible hablar de un buen vaso de agua, los que eran preparados por el piadoso sikh de un stand cercano. Rajan me habia rescatado de la India real. Por el momento flotaba nuevamente en el Concepto India.

Sabia que hacer dedo en las afueras de una gran ciudad India me iba a exponer a las ofertas no queridas de una miriada de conductores de rickshaw. Los primeros diez que optaron por detener su artefacto sin que yo lo requiriera se beneficiron de un matutino e infructifero intento de cultivar la paciencia. El numero once, en cambio, vio su rickshaw ser robado por el mochilero. Con un pasajero en el asiento trasero y todo pedale 500 metros hasta una banquina mucho mas tranquila, para la sorpresa del conductor del triciclo, que medio kilometro detras, demostraba ahora buenas aptitudes en el arte de gritar. Excluyendo cierto grado de estres en el mencionado episodio, a la salida de Amritsar, el resto del viaje hacia Dharamsala, en las primeras insinuaciones del Himalaya, fueron una suave concatenacion de autos privados con aire acondicianado y camions locales “Tata” que vienen de fabrica con altarcito para Shiva en el parante divisor del parabrisas. Huyendo del agobiante calor de las llanuras pase Dharamsala y me asente en McLoed Ganj, otrora una estacion de retiro estival para la aristocracia colonial inglesa que pronto habia descubierto que ningun abanico podia contra el calor de Dehli en los meses de verano. Aunque McLoed Gabj es sinonimo del Gobierno Tibetano en el exilio, el character del pueblo esta no menos definido por la presencia de cientos de hippies de 5 a 80 anios de edad que cumplen otro tipo de exilio y hacen del valle su hogar por semanas o meses. Llegue con el atardecer acotando mi curiosidad. Solo la maniana siguiente comenzaria a navegar el laberinto de busquedas que es McLoed y el Valle de Kangra.

sábado, 17 de junio de 2006

Pashtunistan, Moises, y las lagartijas.

Hace cinco anios, entusiasmado por el exito de mi primer viaje a dedo alrededor del Europa, le habia escrito un mail a Juan Balsells, mi amigo y complice de insomnicas mateadas nocturnas, describiendo brevemente mi aventura. El habia respondido: “…y me allegro que el querido metodo del dedo haya funcionado tambien en la vieja Europa, donde en 1941 podia frenarte un Panzer, y en 900 una horda de camellos iracundos”. El epico episodio de hacerle dedo a un tanque de guerra aleman habia quedado, desde entonces, en el cofre de los imposibles, hasta que Afganistan propuso una aproximacion valida. Hacia dedo en las afueras de Kabul con destino a Jalalabad, en la frontera con Pakistan. El sol de frente y el polvo omnipresente solo me permitieron en inicio divisar los contornos hexagonales acercandose. Poco a poco se hizo visible el tricolor aleman, junto con la cruz negra con ribetes blancos de la Bundeswehr: era una columna de blindados del Ejercito Aleman. Les hice dedo sin esperar que frenaran, simplemente degustando la contingencia, mientras uno de los tripulantes me saludaba mas confundido que yo. Aunque la fuerte presencia militar extranjera no me intimidaba, tengo que aceptar que los jovenes locales saludandome con la precisa mimica de quien jala de un gatillo me daban algo mas que una mueca de disgusto. Asi me daba la bienvenida Pashtunistan, la zna tribal pashtun que se extiende a ambos lados de la frontera trazada hace mas de un siglo entre la India Britanica (que entonces incluia a Pakistan) y Afganistan. Hoy dia una frontera porosa permeable a contrabandistas y terroristas de trayectoria variable.

Con este panorama, mayor no pudo ser mi alivio cuando aparecio un campamento de la policia caminera, y el official, quien hablaba ingles y ruso, me pidio que lo acompaniara a la oficina con un: “ Come to the office my dear!”. Era el inicio de una racha de beneficencia de las fuerzas policiales hacia mi persona. La oficina era, por supuesto, una tienda, y dentro, detras de un escritorio, un oficial de mayor rango recibia misteriosos impuestos viales de la mano de camioneros que bajaban de un salto de sus camiones en marcha y se retiraban murmurando bendiciones a Allah. Los policias corruptos suelen ser una pesadilla para los viajeros, pero evidentemente tengo los anticuerpos, porque de esa tienda sali con la panza llena, dinero pakistani y pasaje gratis hasta Jalalabad, adonde llegue en la van Hi Ace en la que me abordaron. Jalalabad marco el ingreso a una nueva zona climatica, conocida tecnicamente como “un calor que te la voglio dire”, por lo que, sin quedar fuera de la zona de riezgo Taliban, anexaba la amenaza de la malaria. Una interseccion interesante.

En Jalalabad dormi en la comisaria. El comandante y su secretario, avidos por practicar el ingles que estaban aprendiendo, me agazajaron en su residencia con una cena, y por la maniana me embarcaron tambien rumbo a la frontera en un camion tipicamente Pakistani, excesivamente decorado con paneles de madera pintados pintados con paisajes, casas, rostros femeninos y una serie interminable de amuletos de la prosperidad entre los que significativamente se habia colado el logo de Pepsi. Estaba en el mitico Paso de Khyber. Tierra bandidos, aun si se le pregunta a los propios lugarenios. El paso en si es decepcionantemente bajo, ralo, un bazaar mamarrachado entre cumbers mediocres, a solo 1080 m. Para compensar tal decepcion, me bastaba recordar que algunos consideran al tramo hasta Peshawar (Pakistan) como el tramo mas peligroso del mundo. Eso me hizo acordar a cuando el Conde y yo hicimos dedo frente a la “Villa los 40 guasos” (no esta en los mapas) cerca de Cordoba Capital. Cuando el official de frontera Pakistani escucho que venia a pie, hizo una mueca de desapruebo. Cuando escucho que pensaba seguir a pie, casi se cayo de la silla. Luego pego un grito, y al Segundo aparecio un joven soldado con su ametralladora. Era mi escolta personal! Explique que muy bonito el combatiente pero que no tenia presupuesto para Rambo. Como ningun oficial quiere cargar con la muerte de un extrnajero en su jurisdiccion, de alli tambien sali con boleto pago a Peshawar. Y escolta.

En los 53 km hasta Peshawar, la ruta desciende zigzageando entre aldeas pashtunes. A cada vuelta de curva hace mas calor. Paralela a la ruta se observan, ocasionalmente, las vias del tren. Para instalar el ferrocarril en esta zona, los ingleses debieron seducir a los jefes pashtunes asegurando que el tren circulria lo suficientemente lento como para ser asaltado. El cartel que dice “Rifles Khyber le da la bienvenida” insinua que poco ha cambiado el humor en el area. El Peshawar debia encontrarme con Dustin, un trabjador voluntario norteamericano, en el Kentucky Fried Chicken. A pesar de que en Pakistan, como en toda ex-colonia britanica, mucha gente habla ingles, siguiendo las instrucciones de la primera persona llegue a una callejuela replete de pollos vivos enjaulados.

Pase dos dias en Peshawar, y retome la ruta con la intencion de cruzar el pais velozmente hacia India. Regresare a Pakistan en el verano para cruzar desde alli hacia China por la autopista de los Karakorum. Por primera vez en mas de un mes, transitaba territorio donde mi pescuezo no tenia recompensa, lo que era algo a apreciar. Otra cosa a apreciar era la impecable autopista de tres carriles de la “National Highway Authority”, una verdadera bendicion despues del rally que fue, en todo momento, Afganistan. Por esa autopista pasaban, a gran velocidad y por mano izquierda, automoviles privados, y no solo camions, taxis y vehiculos de la ONU, como en Afganisatan. Con 40 centigrados fue un placer ver como estos Hyundai y Toyota con aire acondicionado se amanzaban en la banquina. Sus conductores, observando los amable modales de la gente educada de una ex-colonia britanica, se detenian aqui y alla para invitarme una cold drink. A pesar de la independencia, a muchos niveles, la clase alta pakistani sigue intentando hablar ingles con acento de Londres… Como en el complejo de Edipo, el precio de la emancipacion es la identificacion. Asi lo probo un productor textil que me llevo hasta Faisalabad. “Es grande Faisalabad?”- le pregunte. “Es la Manchester de Pakistan –respondio, mirandose en un espejo viejo- el centro de la industria textil. El conductor de un inmenso Corolla en cambio, al preguntarle sobre su profesion, asombro por su originalidad y sinceridad: “No trabajo. Mi padre se dedica al lavado de dinero en Arabia Saudita”. Del Corolla con aire acondicionado pase a la caja de un camion junto a dos bueyes, y de alli a otro camion –en la cabina- hasta Lahore, adonde llegue al atardecer, cubriendo en total 450 km en el dia. Dado por satisfecho, llame a Riaz, miembro de Hospitality Club en Lahore.

“Ningun problema –dijo Riaz despreocupadamente- estoy en el restaurant del Holiday Inn cenando con un amigo. Estas invitado.” Asi, de plena ruta, considerablemente sudado por no decir mugriento, frene un ricshaw, anuncie orgulloso mi destino, y 20’ mas tarde llegaba al foyer de marmol y dorado del hotel cinco estrellas, anunciado por las explosiones del canio de escape de mi vetusto transporte, que ningun hada se habia dignado a transformar en carroza o Lexus 4x4. Obviamente, en nada me parezco a Cenicienta. El botones me abrio la pesada puerta algo confundido. Gracias que me dejo entrar! Con mochila y todo llegue a la mesa donde Riaz cenaba con su amigo, un hombre calvo recien aterrizado de Inglaterra, donde habia entrevistado al ex primer ministro Pakistani.. Pedi disculpas por mi espontaneidad y me sente. Al cabo de la cena, Riaz me pregunto donde pensaba alojarme. “Bueno, en tu casa”. Malentendido, malentendido! El buen muchacho habia olvidado mencionar que su hermano y sobrinos estaban de visita, y no tenia plazas libres en su casa. “No hay problema! –dijo- hay un hostel de la YMCA cerca” Nos subimos a la Land Cruiser de su amigo (“El auto mas caro de Pakistan”-explico orgulloso) rumbo al hostel, que estaba cerrado.. Entonces escondio la vista, me dio la mano, dijo “sorry”, y corrio a refugierse tras los vidrios polarizados del auto mas caro de Pakistan.

El parquet, con un espectaculo de musica sufi, parecia haber estado esperandome. Un hombre de barba y larga tunica blanca me hace lugar en su banco. “Por que estas aqui?”. Le explique. En el curioso ingles del subcontinente replica: “Oh, sleeping purpose!”. “Ni lo menciones, podes dormir en mi casa” –prosiguio. Sajid vivia en una casa de estudiantes no muy lejos de alli. Estudiaba derecho, y a pesar de su apariencia era cuatro anios menor que yo. La sala de estar del conventillo carecia de todo mobiliario. En el centro del cuadrilatero habia una computadora, con un centenar de libros desparramados alrededor que parecian dispuestos a comersela.. Entre estos habia un gran surtido, desde recientes ensayos de Chomsky hasta un libro sobre el “espiritu racional del comunismo” en cuyas paginas se podia ver una fotografia de dos hombres montando un transistor, y debajo, la leyenda “Universidad Tecnica de Kaunas”. Sajid y Kaswar, su amigo, eran dos hombres al borde de sus sociedades. “Cual es el sentido de la vida?” –pregunaban una y otra vez. Les explique que no lo sabia, pero que sabia muchas cosas que no lo eran. “Debemos ser productivos acaso?” –preguntaba Kaswar. De alguna manera, inmersos en sociedades donde uno debe comprar un Toyota Corolla y una esposa (si, comprar) antes de los 30, estos pibes se las habiana arreglado para llegar a la conclusion de que el progreso material y la felicidad son engranajes lejanos. Es curioso como la clase alta Pakistani –los padres de mis nuevos amigos-, que se las dan de moralistas, le sugieren a sus hijos un camino en el que la familia parece un valor agregado, una esfervescencia, algo que fermenta del dinero acumulado. Tambien en Europa he conocido gente que camino al Porsche perdio su esposa e hijos y gano una ulcera. Mientras charlabamos dos largatijas cenaban acrobaticamente sobre la pared los insectos que estaban en el lugar equivocado en el momento incorrecto. Sajod improviso un chiste. Dicen que un dia Moises se presento ante Dios con cierta indignacion y protesto: “Dios, cual es el sentido de la lagartija? Por que la creaste?” A lo que Dios respondio: “Que curioso! Ayer estuvo la lagartija y pregunto cual es el sentido de Moises!” Sentido. Perspectiva. Me dormi contento de haber conocido gente despierta en una sociedad de automatas.

sábado, 10 de junio de 2006

LOS AUTOBUSES DE KABUL: UN DESAFIO A LA GRAMATICA


“Bienvenido a Benz. Buena su jornada. Kabul a toda ciudad de Afganistán”





Mientras las mujeres locales reciben aún malas miradas si no visten sus burkas o al menos cubren su cabello, fotografías de actrices extranjeras con su rostro descubierto engalanan los autobuses locales.


El transporte público consiste en autobuses comprados segunda mano a Europa. Algunos aún exhiben inscripciones en alemán o inglés. Y si no lo hacen, los locales las improvisan, con combinaciones de alfabetos foráneos gramaticalmente incorrectas.


EL ZOOLOGICO DE KABUL


La entrada al zoo de Kabul no es lo que se dice tentadora. La mayoría de los animales escaparon durante la guerra, salvo el que se ve en la foto, que fue leal…

viernes, 9 de junio de 2006

BREVES ANECDOTAS DE KABUL: EXILIO, CULTURA Y FIESTAS EN LA CAPITAL AFGANA.

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Justin y yo habíamos llegado a Kabul en un jeep de la policía afgana. Mi amigo norteamericano tuvo tanta ansiedad por hacer dedo que apenas reconoció el peligro de cruzar esa franja de territorio talibán positivo. Una vez en la capital nos habíamos separado, y yo había terminado en casa de los Leiva, una familia argentina que lleva nueve años haciendo trabajo social en Afganistán. Fabián comparte conmigo sus archivos de experiencias personales en Afganistán durante el régimen talibán. No es la versión de la CNN, sino la de un enfermero de Buenos Aires.



Afganistán era más seguro en la época de los talbanes – había dicho Fabián. Yo había pedido –y cualquiera hubiera hecho lo mismo- una explicación.

- Los talibanes eran tan brutales y literales en la interpretación de la ley islámica, que pocas personas estaban dispuestas a arriesgar sus brazos o manos por cometer un robo. Antes de que la gente llegara a entender que los talibanes realmente cumplían lo que predicaban, las prisiones ya estaban llenas de gente esperando amputaciones. En aquel tiempo, viajar en los bastiones talibanes de Kandahar, Oruzgan y Helmand era totalmente seguro, y la ruta que vos tomaste ahora era intransitable, porque se resistían al dominio talibán, como hoy a su resurgimiento, y eran el foco de la tensión. Mucha gente en esta época era feliz. Vos pensá que los talibanes eran originariamente una facción armada de los estudiantes de teología de Kandahar que proponían un regreso al Corán, a la fuente del orden moral y político. Ese es el problema del fundamentalismo islámico, que el Corán explica como matar una cabra y cómo organizar un país con igual detalle, y cualquiera que se base en él se vuelve por definición totalitario. Pero hay que decir que en el inicio evitaron incluso la corrupción.

- ¿Y qué pasó después?

- Que el Corán fue escrito en el siglo VII, y los talibanes no tenían mejor receta para gobernar el país. Para mantener el orden interno pronto tuvieron que recurrir a despiadados mercenarios conocidos como Turbantes Negros, para diferenciarlos de los talibanes locales que usaban el turbante blanco. Estos mercenarios provenían de todo el mundo islámico, de Marruecos a Chechenia. Financieramente se pidió asistencia a Al Qaeda, a cambio del vía libre para alojar a los más buscados terroristas. Entonces se volvió normal ver a un miliciano talibán en cada esquina, pero si era un turbante negro había que correr.

Bety silencia a Fabián con un mate y continúa: Una vez uno de ellos me agarró del pelo, me levantó en el aire y me gritó “¿Chadorí Koyá?” (¿Dónde está el chadorí?) Como soy latina y de piel oscura me confundió con una local, y alguien tuvo que explicarle que era extranjera…

- ¿Pidió disculpas entonces?

- ¿Disculpas? –se ríe- No, me tiró al suelo y escupió con precisión. Era una época oscura en todo sentido. El comercio era inexistente, ya que el país había sido declarado oficialmente un sultanato, y la comunidad internacional, salvo algún que otro emirato del Golfo Pérsico, no reconocía al nuevo experimento talibán. Todo lo que había en las estanterías había entrado de contrabando. Alquilar una casa como esta costaba U$S 25 por mes, pero un Toblerone costaba U$S 50. Una vez me regalaron uno para mi cumpleaños, a mí que no me gusta el chocolate, ¡hubiera preferido la plata! Los talibanes condenaban la tecnología más que los neohippies europeos: TVs, videocaseteras y computadoras eran confiscadas y aplastadas por tanques de guerra. Radio Kabul fue rebautizada Radio Sharia, y se limitaba a transmitir el Sagrado Corán. ¡Hasta las universidades se cerraron!



Mientras Bety habla recuerdo el saber es poder de Foucault. Evidentemente no integraba la ética talibán. Como la iglesia en la Edad Media, los talibanes habían decidido embestir contra todo lo que no cupiese en los versos coránicos. Toda la generación que durante la ocupación de los “ateos” rusos no había recibido instrucción religiosa alguna, ahora era internada en madrasas (escuelas de religión) donde lo más sofisticado que aprendían era cómo lavarse los pies según la manera prescripta por el Islam. A las niñas se les negó al acceso a la educación. Más allá del machismo imperante, el derecho a estudiar es respetado por casi todos los países musulmanes. En Irán, Egipto, Siria, Irak, en todas partes conocí mujeres arquitectas, periodistas, o empresarias. Serán de la clase más alta, pero allí están. Aquí, en cambio, con un plumazo de la loya jirga (asamblea pashtún) de Kandahar, los talibanes habían circunscripto a la mitad femenina del país a la cocina por siempre jamás. Este regreso al pastoralismo pronto causó problemas al propio régimen: cuando una multinacional llamada Bridas inició negociaciones con los talibanes para construir un gasoducto, estos estipularon que todos los contratos debían ser traducidos al dari, ya que entre la élite talibán nadie hablaba inglés. Y más peligroso aún, para revisar los aspectos técnicos de dichos contratos sólo disponían de un graduado en Ingeniería Civil sin experiencia laboral alguna.

¿Hasta qué punto, en un país donde una exégesis particular de un texto religioso ha alentado la ignorancia, es el relativismo cultural una excusa para no intervenir? Fabián piensa que los talibanes sufren su propia cultura, y que eso del relativismo es un invento europeo. El súbito tropezón entre este universo mágico y la realidad como nosotros la aceptamos (recordemos que hablamos siempre del mismo indescifrable acto de magia) puede ser gracioso. Alguien todavía debe explicar a gran número de afganos que Alejandro Magno, quien marchó a través del país, no era musulmán, y que ciertamente no fue quien introdujo el Islam en la región. Personalmente presencié otro ejemplo, cuando una mujer que había quedado intrigada por una TV exhibida en la vidriera de un centro comercial se cubrió repentinamente el rostro y apuró el paso cuando en las veinte pulgadas apareció un hombre mirándola directamente a los ojos, y presentando las noticias…



Mientras exploro Kabul es imposible dar con un edificio completamente libre de orificios de bala. Algunos parecen trozos de queso gruyere. El teatro de la ciudad, que había sido construido por los rusos, representa eficientemente la ira del alma tribal talibán hacia el ímpetu urbanístico soviético. Aquellos que vivieron aquí durante la ocupación rusa cuentan que se podían ver mujeres en minifalda paseando por las calles. Esto deja claro por qué los talibanes aspiraban a destruir la ciudad más que a ocuparla.




Al día de hoy, Wazir Akbar Khan, el centro de la ciudad, donde funcionan las embajadas, las sedes gubernamentales y el complejo de la ONU, se está lentamente recuperando de 30 años de guerra civil. Hasta hay un edificio completamente revestido de vidrio, obra de algún empresario con mucha fe en la paz. Es un centro comercial y según Sergi, mi amigo catalán, que es músico, dentro venden hasta guitarras eléctricas. Taxis, y vehículos de las ONU manejados por hombres de lentes negros comparten la calle con vehículos blindados norteamericanos y hombres que venden coco en puestos ambulantes montados sobre carritos.

Los extranjeros en Kabul llevan una vida entrópica, ya que múltiples condiciones culturales traban la fluidez del contacto humano. Durante mi estadía en Kabul tuve oportunidad de asistir a uno de esos eventos organizados por extranjeros para extranjeros, una barbacoa dedicada a celebrar un nacimiento. Entre salchichas y ensaladas Fabián me presenta a Georg, un alemán de 56 años que tiene un puesto ejecutivo en Shelter Now, una ONG que trabaja con refugiados.

A mi pregunta de ¿Cuándo llegaste a Afganistán? la respuesta me toma por sorpresa: ¿La primera vez? En el ’65, en un autobús de dos pisos que habíamos comprado entre veinte. A mis espaldas, otro hombre de cabellos emblanquecidos por la caducidad de los calendarios se da vuelta, y se engancha: ¿En serio? Yo llegué en el ´67 en una combi VW. Íbamos camino a India, pero por un problema de papeles no pudimos conducir más allá de Lahore, en Pakistán.

Son hippies de la vieja guardia. Ante ellos me saco el sombrero. Camino a India, muchos se habían involucrado con la problemática local afgana, y habían permanecido para ayudar. Eso me hizo a acordar a más de un ingeniero agrónomo que me había llevado en mis viajes a dedo por la Provincia de Buenos Aires, y que me preguntaban si no me parecía que viajar era algo improductivo. Claro que hablo de un extraño país en donde la noción de productividad está definida por una logia de vendedores de fertilizantes como la capacidad de generar quintales de soja para exportación. Bah, todos los países son extraños.

En el caso de Georg, dedicar su vida al pueblo afgano casi resultó en perderla en manos de ese mismo pueblo al que intentaba ayudar. Dos meses antes del atentado de las torres gemelas, Georg y otros 5 miembros de Shelter Now fueron arrestados por los talibanes bajo cargos de proselitismo cristiano. Mientras paseaba por la prisión se ganó el peligroso apodo de “George Bush”, quizás no el mejor del que hacerse en Kabul a finales de 2001. Salvó su vida milagrosamente.




Dedico mi última tarde en Kabul a curiosear los comercios de artilugios locales de Chicken Street (donde abundan alfombras con la cara de Massoud y mapas de Afganistán formados por piedras de lapislázuli) y camino por el río Kabul hasta una plaza delante de una mezquita en donde la gente se dedica a tirarles miguitas a las palomas. Es bueno ver que la cordialidad hacia la más global de las aves ha sobrevivido a los sacrificios éticos de la guerra. Me han contado que en Herat los talibanes habían prohibido la costumbre local –muy popular entre los ancianos- de sacar las aves enjauladas al atardecer para escuchar su canto, ya que la música también iba, según ellos, contra el Islam…

A mi caminata kabulense se han sumado Gerome y Adrián, dos franceses que también entraron al país por tierra. Son los primeros viajeros que encuentro en el país, con excepción de Marcus, un alemán que encontré en la pensión Marco Polo de Bamian y que intentaba visitar todos los países del mundo (llevaba, por entonces 114, pero el número actual ha de ser mayor porque la semana pasada llegó a mi pensión una postal desde Somalia). Con los franceses recorremos mercados, uno de ellos precisa un par de zapatillas.

Habando de cosas más interesantes que un par de zapatillas. Gerome y Adrien me cuentan que el fin de semana pasado fueron invitados a una fiesta de la comunidad francesa, muy distinta a aquella barbacoa que me tocó a mí. Según Gerome, había un bowl con preservativos compartiendo la mesa con el vino y el delicado menú a base de sushi. ¿Autoafirmación de los vicios occidentales en condiciones de minoría o alevosa celebración dionisíaca? No lo sé bien, pero mis amigos aseguran que desde el Mundial del ´98 no sentían semejante orgullo de su linaje.


martes, 6 de junio de 2006

ANTES DEL ARCHIVO


Estas niñas me pidieron que les tomara una fotografía. En unos pocos años serían consideradas putas si lo hicieran.

lunes, 5 de junio de 2006

LOS BUDAS DE BAMIAN...O LO QUE QUEDA DE ELLOS



Sólo el vacío queda de los otrora imponentes Budas de Bamián que atestiguaron el paso de las caravanas de la Ruta de la Seda. Menos célebremente, cientos de pequeñas cuevas monásticas pululan alrededor de los nichos vacantes de los grandes Budas.






Un nuevo monje autostopista rindiendo homenaje al sitio.



Vista del Valle de Bamián desde una de las cuevas.


Una menos romántica vista del Buda, con un tren delantero de camión abandonado.

ORDENANDO EL TRANSITO CON ESTILO


Este oficial de tránsito hace lo que puede para mantener el tránsito en la rotonda el bazar. Los locales me contaron que en la época de los talibanes tenía un puesto de venta de armas…

ICONOS HAZARA


Una menos romántica vista del Buda, con un tren delantero de camión abandonado.

domingo, 4 de junio de 2006

UN VIAJE EN TERRITORIO TALIBÁN POSITIVO...



Aviso! Para leer la historia completa del viaje, consulta mi libro Vagabundeando en el Eje del Mal – Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo”.  Pedí copia por correo desde cualquier parte del mundo, y ayúdame a seguir viajando.  

Se pueden leer las bases de la personalidad de Justin, el voluntario oriundo de Oklahoma, a quien he venido a visitar, con echar un vistazo a su alacena. En el estante de la izquierda: conservas, arroz, albahaca, pimienta, cardamomo. A la derecha, libros. Alimento para el cuerpo y para el alma. Todavía ignoro hasta que punto mi nuevo amigo es sensible a la metáfora mientras espero que abra las cartas que tanto ha esperado y que le he traído desde Chaghcharan. Termina la lectura de las breves cartas con una sonrisa y, manteniéndola, vacía dos tazas de arroz en una olla. Luego expresa su himno: un buen arroz de grano corto de Japón, tabaco de pipa decente y un buen libro, con eso puedo ser feliz. Es la chispa inicial de una empatía que se vuelve más fuerte cuando me cuenta que ha rechazado una beca de U$S25.000 para estudiar fotografía artística en EE.UU y en cambio ha venido a reforestar los valle afganos por dos monedas. Los desertores, parece, se agradan unos a otros.



Mientras relato a Justin los momentos trascendentes de mi viaje por tierra desde Europa a Afganistán, (sin olvidar la ocasión en que científicos noruegos me confundieron con un cormorán y me anillaron, a orillas del Mar del Norte, después de haber aliviado mi hambre con sándwiches de langosta) noto que Justin hace preguntas distintas de las que habitualmente surgen de la lisa y llana curiosidad. Le cuesta creer cuán poco dinero he necesitado para viajar alrededor del mundo por un año. Menos de lo que hubiera gastado de haberme quedado en Argentina por un año - le explico. Cuando el arroz está listo Justin lo sirve en pequeños platos hondos, y va al grano: por años ha fantaseado con una vuelta al mundo en bicicleta. Cuatro días antes del llamado de Michael desde Chaghcharan anunciando mi visita, Justin, quien es creyente, había orado pidiendo una señal para saber qué debía hacer. Y la señal había llegado, con suficiente mugre como para darle materia un nuevo mundo y dos cartas en la mano.



Es curioso pensar en todas esas personas que no son nuestros amigos simplemente porque viven en ciudades y pueblos de países que jamás hemos visitado. Con Justin pronto asumimos una terapéutica rutina de atardeceres con pipas encendidas bajo la luz de la vela (el generador se apaga a las seis de la tarde) A medida que Justin comienza a tomar su sueño seriamente, sintonizo de manera más fina con mi propio pulso de movimiento continuo. Como si las bocanadas de Captain Black exorcizaran con su incienso achocolatado a los demonios de la bicefalía (entendida como capacidad de sobrellevar una vida distinta a la deseable), los miedos se vuelven palabras, dejan al descubierto su estrato interno de mandamiento social, y convidan su magnitud reconvertida en confianza. El miedo de volverse un vagabundo sin tarjeta de crédito, un Diógenes contemporáneo pidiéndole a Bill Gates que se corra del sol, tiene que ser tan prestado como propio debería ser el deseo de lo mismo. Con la ayuda de la matemática, por el contrario, postulamos una trashumancia sustentable. Con cinco dólares por día, libros de poesía o fotografías para vender, la fecha de vencimiento de cualquier viaje es cualquier cosa menos financiera. Al principio Justin se ríe cuando le digo que una vez que uno aprende las reglas del juego, vivir de viaje es más fácil y económico que asentarse.

Confrontado con una perspectiva tan viable, con los mandatos sociales ya desmitificados, Justin nombra otro demonio: ¿Cómo continuar siendo uno mismo a pesar de la exposición constante al cambio? Habiendo notado que la mitad de su biblioteca constaba de bibliografía cristiana, intento ser lo más diplomático posible, y respondo: ¿y cómo saber quién es uno mismo sin haberse expuesto primero al cambio? Viajar implica poner a prueba a diario la propia identidad. Y eso es deseable.

Desafío. Esta palabra es totalmente excedida por las circunstancias de un norteamericano viajando a dedo hacia Kabul en la primera década del siglo XXI. Poco conmovido por lo que yo llamaría el peor escenario posible, Justin ha decidido hacer dedo conmigo hacia la capital afgana. Es la primera vez que hace autostop. Si podés hacerlo acá –le digo- podés hacerlo en cualquier lugar del mundo, pero acordate que tu pescuezo tiene más recompensa que el mío, ¡sos norteamericano!



La mañana de la partida, como siempre, Justin viste la larga túnica gris local con un chaleco marrón. Aunque de lejos se diría que es afgano, la bolsa de supermercado blanca donde lleva sus cosas lo hermana, afgano o gringo, con el linyera universal. Camino a la ruta nos detenemos a digerir nuestra cuota de la tristeza irradiada por los nichos vacíos donde solían estar los Budas de Bamian. Cuando cohetes y artillería no fueron suficientes para destruir los Budas, otrora los más grandes del mundo, los talibanes convocaron a un experto en detonaciones de Medio Oriente para que completara la tarea, y en una demostración de vandalismo cultural sin antecedentes pulverizaron al mayor ícono de la tolerancia, confirmando de paso su estirpe infrahumana. Tras un poco de marcha y una parada a beber agua de un arroyo, previo tratamiento con pastillas potabilizadoras, llegamos a un sitio razonable para hacer dedo. Estos somos nosotros, un hombre de las Great Prairies y uno de las Pampas, cowboy y gaucho, camino a Kabul.



La idea de que Justin se vistiera como local encontraba base en la errada suposición de que el tránsito consistiría ante todo de camiones locales. En cambio empezamos a comer el polvo de vehículos de las Naciones Unidas, del ejército neocelandés y de varias ONG. Hay que cambiar de estrategia, por lo que Justin se va detrás de unas rocas y regresa con un par de jeans y una remera rayada como una cebra. Ahora que ya parece un honorable embajador del American Way of Life, seguimos caminando, pues nos hemos aburrido de la desmoralizante cercanía de Bamian. Poco después de un puesto de control (hay que decir que encontré muy contados controles en mi viaje por el país, en comparación, por ejemplo, con los que viera en Irak) la carretera se desdobla. Ambas variantes desembocan en Kabul, luego de sortear distintos pasos de montaña. Como en el mapa es claro que la opción sur es más corta, no le damos mayor importancia al asunto y caminamos por esa vía. Tendría que habernos llamado la atención que todos los vehículos de las ONG e incluso los militares viraban a la izquierda.

El primer vehículo en detenerse, luego de una hora de espera, es un viejo jeep UAZ de la policía afgana, y al hacerlo nos envuelve en una vía láctea de polvo y pedregullo. Cowboy, quien habla fluido dari, nos presenta como dos trotamundos. Cuando el policía que parecía tener más rango nos indaga sobre nuestra nacionalidad, Justin se las arregla para esconder su ciudadanía norteamericana sin tener que mentir, y afirma muy convencido: Mis abuelos nacieron en Checoslovaquia. Qué cierto es entonces lo que decíamos mientras fumábamos nuestra pipa, aquello de que el viaje es un desafío constante a la propia identidad… ¡de ingeniero forestal norteamericano a trotamundos checoslovaco en cinco minutos!

El hombre que hace las preguntas es el comandante de la policía provincial de Bamian, quien con su chofer y su escolta armado viaja también hacia Kabul. El comandante, un hombre de barba color jengibre, alto y de ojos azules, podría pasar por local en Hamburgo, sin dudas, un uzbeco puro. Sin demasiada meditación concluye que estamos locos, y por un motivo adicional al que teníamos en mente: Los talibanes están atacando todas las semanas –se exaspera- ¿Qué están haciendo acá? La semana pasada uno de nuestros vehículos voló por el aire, le dispararon con un lanzacohetes portátil desde la montaña. Demasiado tarde entendemos por qué todo el tránsito tomaba el desvío norte. Y por qué el cadete casi adolescente se aferra a su Kalashnikov y escanea el paisaje con ojos nerviosos.



La opción es nuestra. Podemos ir con el comandante hasta Kabul, en cuyo caso nos volvemos blanco nosotros también. O podemos regresar a pie al desvío y tomar la ruta norte. Es el tipo de situaciones en que pienso que si llegué hasta aquí, un poco de riesgo extra no causa daño alguno, sino que suma coherencia al conjunto. Nos miramos para comprobar el acuerdo, pequeño ritual que es acompañado por distintas contorsiones de labios, aperturas antinaturales de ojos hasta el punto huevo frito, y manos desplegadas en el aire como si el dilema nos hubiera transformado en árboles. Parecemos una pareja indecisa en el altar, pero al final damos el sí, y el comandante hace lugar para nosotros en el asiento trasero, y desplaza cajas de municiones y herramientas en el portaequipaje para dejarle su trono libre a La Maga. En todo caso, es una muerte que podría aceptar en mi biografía.

Ya no somos simples pasajeros, tenemos que estar alertas y decirle al comandante si vemos algo extraño, aunque para nosotros todo sea extraño. A pesar de la tensión subyacente no hay dentro de ese jeep un minuto de solemnidad, ya que al comandante le gusta comparar las montañas que tenemos de frente con dos pechos de mujer. A su vez, el conductor sugiere que el comandante sólo puede mantener la seguridad de zonas como esta porque aquí no vive nadie. Del paso en adelante hay aldeas cuyos habitantes dan ocasionalmente guarida a talibanes que llegan desde el sur para perpetrar atentados en la carretera. Sobre el mismo paso, aún en territorio seguro, el motor del UAZ empieza a echar humo, y mientras el escolta sacia la sed de los tornillos rehidratando el radiador, el comandante saca un mantel, una gaseosa cola del baúl, y busca lugar para un picnic.



Sí, leyeron bien: picnic, el más bizarro de nuestras vidas, con la inusual compañía de tres policías afganos, sobre un prado en el que flores silvestres violetas forman constelaciones, y donde los fusiles descansan su muerte de acero. Después del paso, todo es incierto, por lo que el picnic es el último momento de relax antes del tramo de ruta más peligroso de nuestras vidas. La preocupación que me causa ver al comandante orar en dirección a Meca pidiendo protección (de quienes alegan defender el Corán) contrasta con la risa que me da pensar que éste es el primer viaje a dedo de Justin.

Son dos horas hasta Kabul, y el miedo es dispersado por las historias que cuenta el comandante y que Justin traduce. A la edad de 19 años nuestro amigo ya peleaba al lado del mujahiddin Massoud (héroe nacional de la lucha anti-talibán), y dice que los dedos de las manos no le alcanzan para contar los talibanes que ha matado en combate. Mientras pasamos por las temidas aldeas, noto que el escolta armado pone su peor cara de perro, para intimidar a los locales. Yo he quedado traumado con la hipótesis de un ataque a distancia con cohetes. Mantengo la vista en los techos y, muy en vano, tengo bien entrenado el movimiento necesario para abrir la puerta y saltar. Pero los talibanes están hoy de paro, y nadie se molesta en matarnos. Poco antes de llegar a destino, el miedo ya se ha dispersado, y otra sensación, que ya había olvidado, me sorprende: la suavidad, el jeep comienza a rodar por una ruta de asfalto. Atrás 800 km de ripio con sus nómadas, camiones Kamaz, campos minados, maestros hospitalarios, pelotones fotogénicos, voluntarios extranjeros, hazaras, soldados de la OTAN y jugadores de bushkashi. No se cuál hubiera sido la experiencia de haber tomado la Ruta Norte, pero nunca me sentí más lejos de mi mundo conocido como en los desolados valles de Afganistán Central. Quizás, incluso, sentía la tristeza primogénita de tal dicha, el miedo a no volver a sentirme tan lejos y descentrado.








Llegamos a la gris Kabul poco antes del crepúsculo. Dormimos en casa de unos amigos de Justin, una pareja norteamericana que explota la única agencia de viajes del país. Son ellos quienes me dan el contacto de la familia Leiva, mis futuros anfitriones en la ciudad. A la mañana siguiente Cowboy y yo tomamos caminos distintos. Nos vemos algún día, en Oklahoma o Buenos Aires. Recuerdo con dicha esos atardeceres en Bamian, fumando nuestras pipas y ahuyentando miedos, sobretodo porque mientras termino la edición de este libro me escribe desde Nicaragua, a donde ha llegado en bicicleta desde Estados Unidos, tras haber terminado su plazo en Afganistán y regresado a Oklahoma.

Me pregunto si la misma fe en el ser humano que me impulsó a través de los valles centrales afganos me serviría para poder vivir en Afganistán, como lo hacen mis anfitriones, la familia Leiva. Fabián y Bety son argentinos, y mucho antes de formar una familia sintieron individualmente el llamado de ir a Afganistán a ayudar a tan lejanos prójimos. Actualmente viven en Kabul, con sus cuatro hermosas, ruidosas, y bilingües hijas. Me quedo cinco días en su casa, que como la del resto de los extranjeros que viven en la ciudad está rodeada de muros. Uno pensaría que es el búnker del jefe del Cartel de Calí.



”¿Y… qué tal Kabul? – le hago a Bety la más estúpida de las preguntas mientras tomamos mate. ¡La pasamos bomba! – me responde con envidiable sentido del humor. Llevan nueve años aquí y, no hay necesidad de preguntarlo, estaban también durante el régimen talibán. ¿Querés leche o té con leche? – le pregunta Bety a su hija Abigail, de ocho años. Su respuesta es sorprendente: I want leche only mami… Sus hijas asisten a un colegio internacional, junto con los hijos del resto de la comunidad extranjera. Abigail y sus hermanitas no sólo hablan dos idiomas, también los hablan simultáneamente.

Cuando Fabián regresa del trabajo, y ve al huésped en condiciones de post-ruta, le pregunta: ¿Te viniste de hippie? Estás loco, te podrían haber cortado la cabeza. Le recuerdo que él vive con sus cuatro hijas en Afganistán, y me tiene que conceder, entre risas, el punto. Hace un mes dos bombas explotaron en la escuela internacional, una a cada lado, sin que hubiera heridos. Antes, en la época de los talibanes, todo era más seguro –cuenta Fabián- al menos hasta que llegaron los Turbantes Negros. No me queda otra que admitir mi ignorancia. ¿Quiénes eran los Turbantes Negros? –tengo que preguntar. Porque obviamente, he llegado a la mitad de la película.

viernes, 2 de junio de 2006

ESCUELA AL AIRE LIBRE EN AFGANISTÁN


Desde que la escuela fue quemada por los talibanes, las clases siguen sobre la alfombra. Los talibanes perciben la educación no religiosa como anti-islámica. mientras fueron gobierno cerraron infinidad de escuelas e incluso la universidad de Kabul. Hoy día, desde sus escondites, siguen promoviendo la quema de escuelas que admitan niñas y la persecución de maestros. En esta foto se puede ver como, al no haber suficientes maetros, son los niños más grandes los que cuidan a los más pequeños mientras los pocos maestros rotan.


¿Es una niña arrugada como una anciana? ¿O una anciana con rostro aniñado? La inflamación ocular es una consecuencia frecuente de la exposición prolongada al viento y a las impurezas del ambiente.


Aquí se aprecia lo elemental de esta escuela. Todas las instalaciones se limitan a: una pizarra, una bomba de agua, una alfombra y una carpeta.




Y en este mismo instante, aquí tan lejos, un secreto está siendo contado.... ¿Has visto qué feo que es el fotógrafo?

COMPARTIENDO EL CAMINO CON NÓMADAS KUCHI


Un poco cegado por el sol, la mañana siguiente, me alejo de Dowlat Yar caminando hacia el Este. Me detengo a descansar junto a una erosionada caravanserai y observo un contorno algo confuso agrandarse en el horizonte. Pronto la mancha amorfa evoluciona hacia el claro perfil de un nómada kuchí con su camello. Pompones colorados cuelgan de la cabeza de la bestia, que también está decorad con espejos. Su rústica montura de cuero sujeta por sogas me hace pensar que las cosas no deben haber sido muy distintas cien o doscientos años atrás. Me reincorporo y camino a la par: siento la necesidad espiritual de compartir camino con uno de los últimos nómadas del planeta.

No conversamos, pues los kuchís hablan pashto, idioma que desconozco. Sí hay contacto visual, y el nómada esboza una sonrisa en la que tripula la sorpresa, y su frente se pliega bajo el turbante blanco. Mis pies, sus pies, y los del camello percuten la clave de una caravana improbable, la de un nómada que lleva su camello, y un trotamundos moderno con cámara digital y un blog en Internet. Con vidas totalmente dispares, hay algo que sí me acerca más a él que a cualquiera de mis amigos que no viajan: aunque con expectativas distintas, ambos pasamos gran parte de nuestras vidas observando el horizonte, esa delgada línea embarazada.

jueves, 1 de junio de 2006

UN CARTERO EN EL HAZARAJAT (O ACASO EN LA LUNA)



Aviso! Para leer la historia completa del viaje, consulta mi libro Vagabundeando en el Eje del Mal – Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo”.  Pedí copia por correo desde cualquier parte del mundo, y ayúdame a seguir viajando. 
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Dejé Chaghcharan en la mañana del domingo, rumbo a Bamian, ciudad que se hizo famosa cuando los talibanes dinamitaron en el 2001 las estatuas de Buda más grandes del mundo. Quentin me habia dado el teléfono de Justin, otro voluntario de su país que trabajaba en Bamian en proyectos relacionados con la agricultura. Era bienvenido en su casa. Yo llevaba, además, dos cartas para Justin que provenientes de Taiwán y EE.UU. se habían quedado encajonadas en Herat durante 4 meses, en ausencia de un servicio postal creíble fuera de las grandes ciudades.



Mientras mis padres y tíos esperaban de mí un abogado, yo soñaba con ser cartero. Ahora, en Afganistán, no iba a dejar pasar la chance. Diseñé incluso mis propias estampillas, con un pulgar blanco dentro de un rombo amarillo, y la leyenda: “Correo a dedo”. El tener una misión atenuaba, además, la conciencia de que tenia cuatro días de viaje hasta Bamian.




Un comienzo lento. Caminé hasta la aldea de Pozelek, encendí mi pipa. y reconstruí la imagen de la Plaza Mitre envuelta en un arco iris, contrabandeada a mi imaginación por el mail de una lectora. Me imaginaba cada detalle: un poco más desdibujadas cada año, aun estarían allí las rayuelas pintadas en el pavimento. Me puse a tararear un tema de Fito Páez: “...me gusta estar al lado del camino, fumar el humo mientras todo pasa...” Y pasaban tres vacas negras acompañadas de su niño pastor delante de mi pipa. Luego un hombre en moto con un rifle. Recordé que el comandante lituano me había advertido que entre Chagcharan y Lal había un enfrentamiento tribal incipiente, y saltando líneas, tarareo otra estrofa de Fito: “...la brisa de la muerte enamorada ronda como un ángel asesino”. Pero inconsecuentemente yo seguía temblando de felicidad, o acaso estaba mal sentado...

El Kamaz que finalmente me puso en carrera cruzaba los ríos sin puente tirándose de lleno en ellos, con el volante fijo en diagonal para corregir la fuerza de la corriente, sus faros asomando por sobre el lecho del río como los de un hipopótamo. Llegué así de noche a Dowlat Yar. Al maestro de inglés del pueblo, un hombre ducado de Kabul, alguien lo interrumpía en plena plegaria para avisarle que había un americano en el pueblo. En buen inglés Azis respondió a mi pregunta de por qué la mitad de la casas del pueblo estaban en ruinas. Fue una lección de historia…


Durante la ocupación rusa la gente que vivía en la margen sur del río era educada y recibía por ende el apoyo oficial. En la margen norte, en cambio, los sueldos e incentivos venían de la CIA y de Pakistán. El trato, que expulsaron a los del “sur”. La gente el sur osaba mandar a sus hijos a la escuela. Entonces alguien convenció a los norteños de que estudiar implicaba abandonar el Islam, y se pudo ver a esa gente destruir sus propias escuelas y las de sus vecinos. Una muestra microcósmica de lo que sucedió en todo Afganistán, y de cómo la irresponsable intervención occidental en los 80 preparó el terreno para la llegada de los talibanes.



Otro punto interesante de Dowlat Yar es que casi todos los puestos del bazar están cerrados en mayo. ¿Por que no abren? –pregunte inocente. Porque aun no es tiempo de la cosecha del opio. Es en julio cuando el opio es almacenado en los depósitos de adobe y llegan los traficantes de Helmand y Kandahar para llenar sus camiones y empezar el lento proceso de contrabando hacia Europa. A cincuenta mil dólares por kilo (precio de calle, en forma de heroína) simplemente no hay manera de que todo el aparato policial de Afganistán no este enroscado. La diferencia con los cocaleros de Bolivia está acaso en que el opio aquí nunca fue parte de la cultura como la hoja de coca en el área andina, sino que fue introducido por los ingleses en el S.XIX.

La lección de historia casi me hizo olvidar, esa noche, que hacía un año que estaba viajando. Imposible celebrar: lo más cercano a la lujuria que hubiera podido encontraren el bazar hubiera sido un paquete de galletitas de frutillas. Mejor seguir aceptando el te de Azis. “¿Cuándo pensás volver?”- me pregunta. A veces pienso en el regreso, pero cada vez que abro el planisferio, ese mismo que siempre colgó de la pared de mi cuarto, y sobre el cual empecé a maquinar mi viaje, me siento en el primer día. Cuando veo que allí están Groenlandia o Kirguistán, o las Malvinas sin ser exploradas, siento esa cosquilla en el estomago que solo los pasos saben acunar...


En otro camión enorme y lento como tortuga galápagos llegué al día siguiente a la aldea de Kirmun. Aquí los locales me dijeron que el paso de Shatu estaba cubierto de nieve y que la única manera de cruzar las montañas hacia Yakawlang era através de una ruta que ni figuraba en mi mapa. Pronto me encontré cruzando ríos a pie en un valle cada vez más rodeado por cumbres y torres de granito nevadas...

En la primera aldea, un enjambre de niños salió a recibirme. Tantos que un hombre de la aldea debía espantarlos reboleando su turbante desenrollado... Hay algo extraño en el rostro de los niños: tienen los ojos estirados. Parece que hubiera tomado un atajo y llegado a Mongolia. Bienvenido al Hazarajat, el territorio de los Hazara, descendientes de las destructivas hordas de Gengis Khan, y con tal linaje, último orejón del tarro étnico afgano. Cuando los talibanes llegaron al poder, en morosa venganza, trasladaron mil hazaras a Kabul y los ejecutaron. Pilas de cadáveres se veían en los baldíos de Kabul a fines de los 90.



Con las dos cartas para Justin cruce el Hazarajat literalmente a pie, compartiendo notablemente un tramo con dos maestros cuya moto se había quedado sin gasolina. Ningún vehiculo pasó en dos días. En 1954, cuando el explorador inglés Wilfred Thesiger hizo su viaje en el Hazarajat, encontró a los locales un tanto indiferentes a su presencia. Siendo que me han alojado y dado de comer siempre que hubo ocasión, no me puedo quejar de la hospitalidad hazara, pero no quiero seguir la tendencia actual de viajeros que sin importar lo que encuentran, dicen que la gente en los países pobres es siempre encantadora. Cuando entro a una casa de té, algunos empiezan a pronunciar la palabra dólar cada diez segundos. Entiendo que es la primera vez que conocen a alguien de ese mundo exterior que lentamente estipula sus estándares y les enseña las nuevas palabras sagradas. Pero por un momento me parece que los altavoces de la mezquita podrían entonar ¡Dólar Akbar! (El dólar es grande) en lugar de ¡Allah Akbar! sin que nadie lo note.




Tras una breve escala en Bande Amir, el único lago en Afganistán, llegué a Bamian de noche. Después de las 9pm, cualquier ciudad afgana se transforma en un pueblo fantasma. Frente a la pregunta de “¿dónde hay un teléfono?” (Tenia que llamar a Justin) la policía local dijo: “Quizás los neocelandeses tengan uno”. Me subieron a su jeep y aceleramos rumbo a la base de las tropas neocelandesas en Bamian. El haz de luces del jeep detenido cayo sobre el cartel que decía: “Kiwi base” y que parecía señalizar más un balneario que una base militar. El milico barbudo pulsó en vano el disco plástico en el centro del volante: la bocina no funcionaba. Hay que decir que desde el vamos la idea de golpear las puertas del cuartel de las ISAF para pedir un teléfono me parecía descabellada, y que solo me deje embarcar en tal misión con el fin de explorar sus pintorescas consecuencias. Cansado de pelear con la bocina muda el policía salió y se anunció a los gritos, y en dari. El joven soldado neocelandés de guardia no entendía claramente una palabra en dari, y comenzaba a ponerse nervioso a medida que avanzaba con su ametralladora cada vez más lista, con el dedo visiblemente junto al gatillo. Para evitar un tiroteo, me bajé del jeep y le hablé en inglés al pobre soldado, que no tendría más de 21 años y agradeció a todos los cielos que yo hablara inglés. Pero dicho y hecho, pasar a hacer una llamada era imposible.



De regreso los policías afganos se pusieron a cantar mientras conducían el jeep. En el frenesí que causa todo estribillo perdieron el control del vehiculo, que terminó contra una hilera de árboles, con ambas ruedas derechas presas de una acequia. Les agradecí por su ayuda profesional. No parecieron notar mi partida, estaban ocupados jugando a pegarse patadas los unos a los otros. Llamaría a Justin por la mañana. Los carteros también precisan dormir.