domingo, 28 de mayo de 2006

SESIÓN DE FOTOS EN EL CEMENTERIO MILITAR DE CHAGHCHARAN


Sonriéndole a tu ejecutor. Sólo un niño podría producir involuntariamente tan sabia respuesta ante la violencia.


Decenas de niños se divierten jugando sobre los vehículos militares abandonados por los soviéticos luego de la ocupación, en 1989.

Entre la toma previa y la presente hay sólo diez segundos de diferencia. Es lo que le tomó a todas estas personas encontrar su lugar en el cuadro sin que nadie se lo pidiera. No quedó más remedio que tomar la foto. Nunca vi gente tan predispuesta a la fotografía. Claro, si hubieran sido mujeres yo todavía estaría


Los soldados afganos en guardia a unos pocos metros no tardaron en ponerse celosos, y exigieron que se les tomara una fotografía. Cuando accedí, tomaron tantas armas como cabieron en sus manos y posaron como Rambo.

EL BUSHKASHI. UN RETRATO DEL ALMA AFGANA


El viernes es un gran día en Chaghcharan, el aniversario de la retirada de los rusos en 1989. De cada valle desciende un creciente caudal de hombres ansiosos por presenciar el bushkashi, el centro de las celebraciones. En este deporte nacional afgano, intervienen cuarenta jinetes que se pelean por asestar una carcasa de cabra decapitada. Desde Marco Polo (acaso el primer occidental en presenciar un juego de bushkashi) en adelante decir que este juego es un retrato del alma afgana debido a su brutalidad se ha vuelto un lugar común. Estoy parcialmente de acuerdo: yo diría que el bushkashi es afgano, no por su brutalidad, sino porque los cuarenta jinetes no forman equipos, sino que compiten unos con otros, expresando esa aprensión tan afgana al trabajo en grupo.



El campo de juego no tiene límites específicos, y sucede en cualquier coordenada de la realidad...

Incluso cerca del fotógrafo. Claro que el susto y el el salto de último momento no salen en la toma.

sábado, 27 de mayo de 2006

VISITANTE SIN ESCOLTA: ROBANDO GOLOSINAS EN UNA BASE DE LA OTAN



Aviso! Para leer la historia completa del viaje, consulta mi libro Vagabundeando en el Eje del Mal – Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo”.  Pedí copia por correo desde cualquier parte del mundo, y ayúdame a seguir viajando. 


Como si la vida no fuera lo suficientemente dura en Chagcharan, la precaria capital de la Provincia de Ghor, en el centro de Afganistán, una tormenta de arena barre el pueblo cada atardecer con la constancia de un cometa. A esa hora sus calles de tierra son todo éxodo: Land Cruisers, hombres enturbantados y pichichos flacos en busca de su garage, casa o cucha, entre el clamor metálico de puertas de chapa que se cierran...

También a esa hora, Quentin, Michael y Robert, los voluntarios norteamericanos en cuya casa pasé cuatro noches, bendicen la mesa... En Irlanda del Norte ya había notado que los protestantes le hablan a Dios como si este fuera Axel Rose: ¨...y gracias loco por estos alimentos tan copados de cada día, que nos das a pesar de los mocos que nos mandamos...¨ Y así. Al mismo Dios que había creado el molases (horrenda jalea untable típica del Sur de los Estados Unidos, derivada de la caña y del masoquismo) se le había ocurrido ponerlos en Afganistán en semejante hora de la historia.

¨ ¿Sabes que los talibanes están librando combate en Ghazni?- le pregunto a Quentin, intentando adivinar de qué está hecha su fortaleza. No sabía nada. “Desde que llegue aquí deje de escuchar las noticias. No se puede vivir en pánico” - se excusa.

Ante los ojos de las mismas tropas yanquis desplegadas en Afganistán, mis tres amigos eran también objeto de sospecha y sorpresa. Mientras a los soldados les pagan tres mil dólares mensuales por arriesgar el pescuezo, y viven dentro de una base, Michael y sus secuaces están aquí porque quieren, no reciben sueldo, y pasean sus rasgos caucásicos por el bazar sin chaleco antibalas. Como en mi caso, su única protección es la fe que los trajo hasta aquí. Todo el conflicto bélico y político es claramente para ellos una cuestión de fondo, segunda a la conservación del sentido.

A veces me pregunto si estamos realmente haciendo alguna diferencia - me confiesa Michael mientras buscamos un puesto del bazar que no vendiera tomates podridos. Y acaso la situación era una metáfora.



Es extremadamente difícil ayudar a un pueblo como el afgano. Tras 30 años de guerra civil este pueblo ha desarrollado una ética estilo “cada cual para su rancho”. Los afganos, contra todas mis expectativas, no parecen en nada agradecidos por la cruzada de asistencia internacional organizada en su favor. No es que entre en juego algún resentimiento por la intervención militar foránea en su país. (Los talibanes eran, de hecho, en gran parte del territorio afgano, tan extranjeros como los made in USA).

Tampoco se trata de un orgullo-reflejo del nativo frente a las rubias hordas civilizadoras. Es algo mucho más básico. En líneas generales los afganos están grupalmente volcados a manipular a la comunidad internacional, sacarle el mayor provecho económico posible antes deque se vayan o algún nuevo fundamentalismo islámico empiece a afilar sus cuchillos. La diferencia de salarios entre los funcionarios de la ONU y los obreros afganos, por ejemplo, llevan algunos a pensar, en el mejor de los casos, que los extranjeros deberían sacar dinero de su bolsillo para resolver los problemas locales. En el peor de los casos se llega a pensar que los problemas afganos derivan de tal diferencia de sueldos…

En una aldea vecina un técnico alemán diseño un esquema según el cual cada familia pagaría un dólar mensual para amortizar un grupo electrógeno que de luz a toda la aldea. Pero los locales respondieron: “¿Tu tienes dinero, por que debemos pagar nosotros?”. Además, tanto el jefe de la aldea como el warlord (el que tiene más armas en la zona) pedían coimas a cambio del derecho a desarrollar sus propias áreas de influencia. Esa es la otra batalla que libran los no-soldados en el Afganistán contemporáneo. Quienes señalan que Afganistán carece de un sentimiento de unidad nacional están en lo cierto. Subamos la apuesta, digamos que Afganistán es una ilusión de los mapas. Aquí la gente se siente tayik o pashtún, de Herat o de Kabul, fiel al mujahidin (líder guerrillero) Massoud o Dustam, de este valle o del de al lado. ¿Ser Afgano? Todavía me pregunto qué significa eso.



El viernes se celebraba en Chagcharan el aniversario de la victoria de los mujahidines sobre el invasor soviético en 1989. De cada valle de la provincia había llegado una mása de gente ansiosa por presenciar el centro de la celebración, el torneo de bushkashi, deporte nacional en el que cuarenta jinetes se pelean por una cabra decapitada. Dicen los que lo han visto (desde Marco Polo en adelante) que el juego es un retrato del alma y sensibilidad afganas. El llano junto al río se había transformado en una especie de circo. La gente, amontonada como un polimero, reclamaba el fin de las aburridas y poco coordinadas demostraciones de destreza previas. La tribuna femenina, producto de la adición de burkas, era una mancha celeste en el paisaje. Los jinetes, que en el interludium esperaban ser llamados a su juego, se paseaban al trote por la calle central.



En el centro, en una postal que tres siglos atrás no hubiera desencajado, Gintaras Azubalis, comandante de las tropas lituanas que lideran la base de la PRT(Provincial Reconstruction Team) de Chagcharan, sentado de piernas cruzadas, observa el espectáculo junto al Shah Abdul Afzali, el gobernador de la provincia de Ghor. Los dos hombres parecen tener poco de que hablar, y el lituano parece particularmente aburrido. Me pregunto como se sentirá rodeado de cinco mil afganos y, peor aun, cuarenta jugadores de bushkashi...



A 100 metros emergen, sentados en el techo de sus 4x4, dos soldados lituanos armados hasta los dientes. Brindan apoyo logístico mientras mascan chicle y se quejan del calor. En 1988 Litiuania y Afganistán compartían su estatus de territorios ocupados por la Union Soviética. La evolución de la historia fue caprichosa: las tropas lituanas patrullan ahora el centro de Afganistán. Adquiriendo cierta perspectiva, se puede decir que, al ayudar a mantener la paz interna de Afganistán, Lituania paga su deuda histórica con tal país. ¿Cuál deuda? Pocos reconocen la enorme contribución de la fallida aventura militar rusa en Afganistán a la caída del régimen sovietico. Se hubiera precisado algo más que una “Singing Revolution” de no haber sido por tanta sangre afgana derramada.




Cuando el comandante lituano se retiró a la base conversamos brevemente. Tenía ahora autorización para visitar. Me acerco a la base a pie, llegando en el mismo momento en que decolaba un enorme avión de carga C-140. A pesar de que esta en su mayor parte formada por tiendas de campaña, juzgando por el confort, se diria que Chagcharan es el campamento transitorio satélite de la base, y no viceversa. Al entrar, un poste con una flecha de madera señala, más para la nostalgia que para el eventual conductor extraviado: “Vilnius 3800 Km.”.




Soy conducido a una tienda donde varios hombres escriben en sus portátiles. Uno es el representante del gobierno de EE.UU., un hombre de barba apostólica que más bien parece un escrito retirado. Le sigue un jefe de la policía lituana que tiene los músculos tan hinchados como si acabara de levantar un automóvil. Hay también representantes de las tropas danesas e islandesas. Dos hombres se ponen de pie y me hacen señas de los siga a una segunda tienda. Allí el comandante nos espera con su café recién preparado y humeante.
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El comandante es un hombre de Alitus, una ciudad que recuerdo vagamente haber visto en el mapa mientras bajaba por la E-67 hacia Polonia. No me habia tocado en suerte entrar a la ciudad entonces. Ahora, en los desiertos montañosos de Afganistán, conocía finalmente a alguien de Alitus. Los otros dos hombres son Danius y Aleks, y van a hablar más que el comandante, quien prácticamente sólo se limitara a observar que la sigla PRT es más bien confusa. “Equipo de reconstrucción provincial –dice despectivamente- estamos aquí para reconstruir las instituciones, no para reparar puentes”. A Aleks, sin embargo, que encabeza el departamento de ayuda humanitaria, casi se le caen las lágrimas mientras relata con voz suave la donación a un orfanato de juguetes provenientes de Lituania.


Como si no se pusieran de acuerdo en el mensaje que quieren dar, su colega Danius, jefe de asuntos políticos, lo interrumpe, produce una mueca y, sin corregirla, dice en un tono simultáneamente serio y burlesco: “Eso es solo un show lateral para ganar algunos corazones, estamos aquí para garantizar seguridad”.

El comandante le da el sorbo de gracia a su café y me señala el parche en su hombro izquierdo, que dice: “Welcome to the moon”. Lo entiendo, Lituania no me impresionó particularmente por los infranqueables desiertos entre Vilnius y Kaunas...Pero... ¿la luna? ¡Eso es demasiado! Seguramente no le ha mostrado el parche al gobernador de la provincia con la misma sonrisa. Mejor dicho, al gobernador de la luna...



Camino a la puerta, mi escolta me acompaña a la cantina de la base. Allí había una mesa saturada de barras de cereales, snickers, y Gatorade, helado, y suficientes frivolidades alimenticias para malcriar al mismísimo Buda. “Todo esta pago, aprovecha la oportunidad, me había dicho”. Así la mañana siguiente salí a la ruta muñido de tantas golosinas como había podido cargar, buen complemento para la dieta galletitera de la ruta.

domingo, 21 de mayo de 2006

Cruzando una columna del ejército afgano...



A la salida de Shahrak, mientras hago dedo, cruzo una columna del ejército...

Niños como soldados


En el cementerio de El Alamein, Egipto, donde yacen cientos de combatientes alemanes caídos allí durante la Segunda Guerra Mundial, había leído una frase interesante: No hay mejor argumento para la paz que la tumba de un soldado. La firmaba Einstein la frase. En Afganistán, donde escasean las familias que no debieron lamentar alguna muerte a causa de la guerra, es como si la paz precisara argumentos más contundentes. Por la mañana, veo como los maestros de Shahrak hacen marchar a los niños a paso militar alrededor del patio de la escuela. ¿Será una manera inculcando el patriotismo?

La última cena de Bin Laden, en Sharak


Como si estuviera relevando todos los sectores de la sociedad afgana, después de los enfermeros llega un grupo de docentes de Kabul, que está dirigiendo los programas de perfeccionamiento para maestros rurales. Se bajan todos de su jeep para reacomodar sus bártulos y hacer lugar para La Maga. Me ofrecen pasaje hasta Shahrak, bien arriba en las montañas. Aquí la ruta se desvía del río Harirurd durante varias horas. Viajamos de noche por un camino pésimo y a los saltos hasta que paramos a cenar en una aldea.



Sobre la carretera, lámpara de kerosén en mano, nos recibe el maestro local, quien nos guía hasta su casa por los enmarañados recovecos de la aldea sin luz. Se come arroz con cordero, con las manos. Luego se bebe té, reteniendo entre los dientes el terrón de azúcar hasta que la dulzura cúbica termina diluyéndose. A juzgar por la débil luz artificial, que alumbra desigualmente la cavernosa vivienda, las barbas y los atavíos, estimo que sería muy fácil convencer a los televidentes de que se trata de la última cena de Bin Laden.



Maestros en jornadas de perfeccionamiento, dictadas por los maestros llegados de Kabul.



La mañana de la partida, en la Oficina de Educación de Sharak. Todos los maestros hacen cola para probarse a “La Maga”.

¿Warsteiner en Afganistán?


Un camión cuyo acoplado aún luce la publicidad de cerveza Warsteiner pasa levantando polvo. Es uno de los tantos vehículos comprados hace décadas en lote a Alemania. Muy probablemente, su chofer desconoce la panfletaria propaganda que le hace a algo tan poco islámico como la cerveza.

El miedo, la portación de barba, los roedores y las flores….

Había afeitado mi barba por última vez en Irán, con la esperanza de que ésta creciera lo suficiente como para camuflarme culturalmente. Nunca pretendo pasara como local por una cuestión de sinceridad, de presentarme como lo que soy: un extranjero. Pero en Afganistán un poco de barba ayuda, añade respetabilidad a la persona que la porta. Ya no se trata de portación de cara, sino de barba.



Mientras yo temo encontrarme con los talibanes, un roedor me teme a mí…


Nadie asocia las flores con Afganistán, pero las hay y muy bonitas….

Vida cotidiana en el medio de la nada…


Algunos niños cargan leña en sus burros. Muy cerca, detrás, un campamento nómada kuchí.

El río Harirurd, al que la ruta sigue como temerosa a perderse ella misma en semejante inmensidad despoblada.

…y el río está puntuado por mínimos pueblos de adobe para el que el mapa apenas referencias…

sábado, 20 de mayo de 2006

En valles prohibidos II: en un Kamaz a través de Pampas nómadas


El maestro de ingles del pueblo que la mañana siguiente me mostró el camino a la ruta, me advirtió –y no es el primero- que tenga cuidado con los nómadas kuchi. ‘Son pashtunes, todos ellos ladrones” –dice, y agrega: “aquí somos tadjiks”. La división entre el sur pashtun y el norte tadjik es una profunda grieta en la historia afgana. Los pashtun, no precisamente los pobres nómadas, siempre tuvieron el poder en sus manos, y los tadjiks los odian por eso, además de por su predisposición al fanatismo religioso. Por el mismo motivo sólo con el uso de la fuerza lograron los talibanes, originalmente un reducido grupo de estudiantes de teología de Kandahar, controlar Herat, Kabul y las ciudades del norte. Los nómadas pashtunes, que migran cada primavera con sus ovejas y camellos desde las provincias del sur, son por ende doblemente discriminados, por nómadas y por pashtunes. Según el profesor de ingles, la zona a tener cuidado seria entre Chagcharan y Lal, un gran avance desde Herat, donde se considera a todo el camino como una gran academia de piratas. Ahora el infierno comenzaba a tomar domicilio



Todo el bazar de Cheshter dejó de funcionar para observar al extranjero que se sentó al costado de la ruta. Lo primero en pasar fue, decepcionantemente, un niño pastor con sus 50 burros. Lo segundo, un ingeniero hindú que dirige las obras de la represa de Band-e-Salme. “La represa es importante para Afganistán –me cuenta. Luego reflexiona y agrega: “bueno, hasta una caja de fósforos es importante en Afganistán”. En la aldea de Dikhan espere 1:40. Mientras ni un escarabajo se movía por la ruta si era posible escuchar las hélices de los helicópteros de las fuerzas internacionales volar tras el valle.


El próximo transporte es una pick up Ranger de cuatro médicos del Hospital de Chagcharan que me llevaron hasta Kamenj, donde la ruta se desvía del valle y cruza las montañas. Cuando la sucesión de aldeas de adobe y pozos lunares adquiría un ritmo hipnótico, aparecieron de pronto tres 4x4 de las ISAF. Al ver un extranjero bajan la ventanilla para saludar. Queda así a la vista en el hombro del conductor el parche con la bandera lituana. Así me entere que de tal nacionalidad eran las tropas estacionadas en la base de Chagcharan. Me dejan en Kemanj. El Dr. Nasser me sugirió que lo buscara al llegar a Chagcharan y nos despedimos.



A los doctores les siguieron los maestros. Cuatro maestros de Kabul encargados de entrenar a los maestros del distrito de Shahrak. Camino hacia tal sitio, ya en la ruta de montaña, nos detuvimos a cenar en una aldea, invitados por un maestro local, quien apareció farol en mano para guiarnos por las calles de la aldea sin luz eléctrica. A juzgar por las largas barbas, la iluminación tenue provista por una garrafa a gas, y el aspecto cavernoso de la humilde vivienda, eso era algo así como la última cena de Bin Laden. Llegamos finalmente a Shahrak, donde pase la noche con los maestros en una vivienda que decía “Shahrak Education Management Office”. A pesar del titulo pomposo, sin muchas diferencias con la morada de los granjeros locales.



El cuarto día de viaje empieza con otro excentricismo. Mientras camino por la ruta encuentro una columna de la policía afgana en plena marcha. Al verme, el general que venia marcando el paso a los gritos ordena a los efectivos detenerse, girar hacia la cámara y sonreír, todo en tono castrense. Solo en un país tan aislado como Afganistán desean los militares ser fotografiados.




Luego encontré un camión Kamaz, que cargado de tachos de combustible y a la vertiginosa velocidad de 10 km/h cruzaba los montes Bayan hacia Chagcharan. Su chofer llevaba un ayudante de 16 años de ropas engrasadas a quien el chofer sin dudas consideraba un dispositivo más del camión. A cada grito allí iba el niño engrasado a correr una piedra del camino o a evaluar la profundidad de un río. Porque no hay puentes. Todos los imperios, potencias extranjeras y señores feudales que han gobernado el país han coincidido aparentemente solo en su firme determinación de jamás construir un misero puente. El chofer conduce con plena conciencia del avance, metro a metro, de cada rueda. Parece ser la única manera de navegar esta ruta, y nunca a mas de 15 km\h.



Las aldeas que atravesamos me hacen pensar que el Kamaz dio por casualidad con alguna puerta temporal oculta entre tanto bache. Casas cúbicas de adobe junto al río, sin electricidad, ni automóviles, ni calles. El drama de la humanidad rebobinado hasta el episodio uno. Al vernos pasar las mujeres se esconden sin excepción. Los hombres siguen asegurando con firmeza en el surco el arado que remolcan un par de bueyes. No se ven escuelas, ni clínicas, ni presencia estatal de ninguna clase. Los últimos 20 siglos han pasado por aquí en puntitas de pie, o se han atascado en alguno de los pozos de la carretera.


No muy lejos de los caseríos se emplazan ocasionalmente campamentos de los kuchi, los nómadas. Por su contigüidad a las aldeas, parecen grandes signos de interrogación cuestionando el mismísimo sentido de asentarse en estas tierras. A diferencia de los beduinos de los países árabes, que han abrazado con velocidad la TV satelital y la pick up, las aerodinámicas tiendas de cuero de los kuchi solo albergan la alfombra que los separa del suelo y bidones de agua. Muchas veces me siento tentado de bajar de un salto del “Jamás” (como he rebautizado a nuestro camión) para intentar pernoctar con ellos. Pero no puedo evitar obedecer aun los prejuicios locales, el miedo me vence. En fin, el camino es tan largo y viajamos tan lento que debemos dormir en la chaykhana (casa de tè) de una de las aldeas.


Por la mañana recorremos los últimos 20 km, pasamos el rudimentario puesto de control que consiste en una soga tensada por dos postes, y entramos en Chagcharan, capital de la provincial de Ghor, 5.000 habitantes. Seguramente fue la multitud que intentaba orientarme hacia la clínica del Dr. Nasser la que me hizo visible a los ojos de Michael, uno de los médicos norteamericanos que trabajan en una ONG local dedicada a la lucha contra la tuberculosis. Desde que el Dr. Nasser les había contado del argentino que venia lentamente por la ruta, a dedo, y apenas hablando el idioma, se habían quedado preocupados. Michael, Robert y Quintín, los tres jóvenes norteamericanos que viven desde hace 6 meses en Chagcharan, son seguramente los menos indicados para decirme que estoy loco… Contentos de encontrar otro “occidental”, me invitan a quedarme en las instalaciones de la ONG. Allí, tengo incluso la oportunidad de lavar mi ropa. Desde hace varios cientos de kilómetros que vengo fantaseando con jabón en polvo.



El primer día no hago más que tirarme sobre un colchón a descansar. Después de cuatro días de ir a los saltos sobre las pésimas rutas afganas el hecho de que el suelo no se mueva es toda una reconciliación con la normalidad. Además debo reponer fuerzas, mañana se recuerda el aniversario de la victoria de los mujaidines locales sobre los rusos en 1989 y Chagcharan es la sede de las celebraciones. Habrá un torneo de bushkahi, el brutal deporte nacional afgano en el que 40 jinetes se pelean por una cabra decapitada. Al espectáculo asistirá el comandante de las tropas lituanas, el gobernador, y según nuestros amigos afganos, un montón de espías talibanes disfrazados de aldeanos. Aunque Quentin, Michael, y Robert salen diariamente a hacer las compras en el bazar y son respetados por los locales, muchos les aconsejan borrarse por un par de días, porque Chagcharan se pondrá peligroso. Será cuestión de no encontrarnos con ese cinco por ciento… Kabul, ahora, a mitad de camino.

viernes, 19 de mayo de 2006

Imágenes de la Ruta Central Afgana…


La ruta sin pavimento se interna en un país librado a su suerte. Miro la tenue línea blanca en mi mapa cruzar el país… y aún no sé si llegaré vivo al otro extremo.

En Karokh, mientras la ONG Green Helmets está construyendo la escuela de material, las clases se dictan bajo tiendas provisorias donadas por la UNICEF.



Así se practica la agricultura en Afganistán. Crucé al país y no recuerdo haber visto un solo tractor.



Piedras blancas delimitan un espacio seguro en un campo minado. No el mejor sitio para hacer dedo.


En el medio del campo minado, sus responsables nos cuentan sobre su trabajo.


La 4x4 Toyota de Thomas y su mujer tiene en la parte trasera el óvalo con la patente lituana. Aún me pregunto los motivos.




jueves, 18 de mayo de 2006

EN VALLES PROHIBIDOS I: TE EN EL CAMPO MINADO


Este post cuenta mi experiencia viajando a dedo en Afganistán desde Herat a Kabul por la ruta central. Es una historia clásica también contada, con algunas variables, en el libro Vagabundeando en el Eje del Mal. ¡Ojalá la disfruten!





En primer lugar les aterrorizaba que quisiera tomar esa ruta. Que pensara en cubrir el tramo a dedo, les parecía directamente una idea meritoria de la camisa de fuerza. “Estás jugando con tu vida” – pensaba Hamid, el recepcionista de mi pensión en Herat cuando le comente mi intención de tomar la ruta central: 800 Km. de ripio entre Herat y Kabul, cruzando una de las zonas mas remotas del país, y bisectando Afganistán de Oeste a Este. En un país de rutas precarias, sin dudas la peor. Pero ojala el estado del camino fuera el único factor implicado. En boca de la gente de Herat, la ruta seria un criadero de bandidos que a la vista de un extranjero corren a sus casas a buscar el rifle. “Yo soy afgano y no me animo” – gastaba Hamid sus últimos ases en un intento de detenerme. Con tal panorama mis días en Herat estuvieron signados por la lucha entre mi razón, que me instaba a escuchar los consejos de los locales, y mi fe en el ser humano, que traduce los consejos de los locales como prejuicio de los locales.
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Nada me obligaba a tomar tal ruta. Se puede también llegar a Kabul vía Kandahar, en el Sur, a través de rutas pavimentadas. Es curioso que a pesar de ser Kandahar el epicentro del revival talibán de los últimos meses la gente me aconseje hacer escala allí, acaso porque el pavimento permite cubrir los 1300 Km. casi sin paradas intermedias. La ruta central, en cambio, reclama un mínimo de una semana a cambio de sus 800 km, incrementando la exposición a los locales y sus vicios. Por ultimo, la ruta a Kabul vía Mazar-i-Shariff, en el Norte, es la mas segura del país, no pavimentada, pero sin focos de resistencia talibán, ni pasos de 3500 metros, en fin, una baraja demasiado aburrida. ¿Pero que precio estaba destinado a pagar a cambio de la preciada adrenalina? Era conciente que luego de un año de viaje había llegado al peligroso punto en que uno comienza a ignorar las señales de alerta, acostumbrado a que todo sale siempre bien.





Tales dilemas no me dejaron disfrutar plenamente de Herat, de su bazar mal abastecido, con cabezas de cabra orbitadas por moscas como oferta del día. Hablando en serio, las calles de Herat huelen a cloaca, y sus avenidas son un solo único e ininterrumpido taller mecánico. Es aun así, dicen, la ciudad más bella del país.
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Tres días en Herat me permitieron reunir la información básica para sentirme seguro. Desde Moscu, mi amigo Alexey, con quien recorrimos juntos Egipto, me había enviado un resumen de la experiencia de los autostopistas rusos de la AFT (Academy of Free Travelers) en la ruta central. Hablaban de poco transito (de 10 a 30 vehículos diarios), del estado calamitoso del camino, de que un camión tarda una semana en cubrir los 800 kms, pero nada sobre problemas relacionados con la seguridad. Mirando el mapa de Afganistán que mi amigo Steven me había enviado desde Holanda (imposible conseguir tal cosa en el mismo Afganistán) se observaba como la ruta, un fina línea blanca que a veces parecía desvanecerse, salía disparada desde Herat hacia el Oeste siguiendo el valle del río Harirurd, a través de un terreno cada vez mas alto, que en el mapa se traducía en un marrón cada vez mas oscuro. A intervalos de 100 kms aparecen pequeños círculos blancos. Son pueblos.
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El primero se llama Obweh, luego viene Cheshter-e-Shariff. De allí –predice el consejo de ancianos autostopistas moscovitas- los camiones tomaran un desvío hacia el sur, cruzando un par de pasos cercanos a los 3000 m, alejándose temporariamente del valle que en primavera y verano es inundado por el río. Así, los siguientes 200 km hasta Chagcharan, ya en la provincial de Ghor, serian los más penosos. De lo leído en Internet se desprendía que en Chagcharan había una base de las ISAF (Fuerzas Internacionales), lo que de alguna manera daba cierta tranquilidad. Pero Chagcharan es solo mitad de camino. Es después de allí, en los más altos pasos de montaña, donde todos presagian peligro, al menos hasta llegar a los magníficos lagos de Band-e-Amir, los únicos en Afganistán, ya a 250 km de Kabul. Entre los lagos y Kabul, a su vez, esperaba Bamian, ciudad que se hizo tristemente celebre en 2001, cuando los talibanes dinamitaron la estatua de Buda más grande del mundo, de la que hoy solo queda su nicho en la montaña.



La mañana de la salida, una mañana de 30 grados como cualquier otra. Luego de varios inútiles tramos en rickshaw (taxi-motocicleta) que apenas me acercaron a la ruta, se detiene una Toyota doble cabina. Zaboir, su conductor, habla perfecto ingles. Va hacia Karokh, eso es a 50 km por la ruta norte. Allí esta supervisando la construcción de una escuela donada por “Green Helmets”, una ONG alemana. Como promete regresarme al día siguiente a la ruta central acepto su propuesta de pasar un día en la aldea.
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Zaboir es afgano, pero hace 20 años que vive y trabaja en Heidelberg, Alemania, donde se gradúo en la Facultad de Ingeniería. Aunque siente un vínculo más fuerte con Alemania que con su suelo natal, ha decidido regresar a Afganistán para coordinar la construcción de nueve escuelas. En la aldea también conozco a Joachim, un agrónomo alemán que representa a la ONG. Con su larga barba canosa y su morral naranja, uno diría que Joachim es un hippie que camino a la India quedo atrapado por la belleza del valle, y que lleva allí unos 30 años. Más que supervisar parece que medita.



Zaboir y Joachim se enfrentan, como todos los trabajadores extranjeros en Afganistán, a una constelación de problemas. En primer lugar, en un país extremadamente pobre donde el salario mensual promedia los 50 dólares, la gente piensa que quienes vienen de un país cuyo nombre no termina en ‘stan’ son billonarios. Como tal, los trabajadores que edifican la escuela piensan que Zobair y Joachim dedican las noches a contar verdes, y piden cada día más dinero a cambio de su trabajo. Mientras comemos unas galletitas cuyo paquete dice: “Regalo del pueblo y del gobierno de la India. Para distribución libre en Afganistán” llega el jefe de la aldea y susurra algo a los oídos de Zobair. Al parecer hay nómadas pashtunes en los alrededores, y el hombre teme que al ver extranjeros estos piensen que hay dinero en la casa e intenten un saqueo. Proponen que abandonen la aldea por un par de días. En una aldea vecina dos trabajadores alemanes resultaron heridos cuando alguien arrojo una granada por la ventana de la casa mientras dormían. Se puede decir que un 5% de los afganos percibe a los voluntarios extranjeros que prestan ayuda humanitaria como invasores. Quizás sean menos, pero ese porcentaje es el que esta dispuesto a tirar del gatillo a cambio de un billete con la cara de Franklin. Pero ni ellos abandonan la aldea ni yo mi idea de cruzar por la ruta central. Tendremos que aprender a conciliar el sueño a pesar de ese 5%...



Los niños de la aldea llegan puntualmente a clases a las 8 de la mañana siguiente. Hasta que la escuela no este terminada, las clases se dictan dentro de carpas donadas por UNICEF. Y yo aborde la Toyota nuevamente hacia la ruta central, que en su nacimiento parece un inocente desvío de tierra hacia alguna aldea. Zaboir hace un último intento por convencerme de que siga hacia el norte. “Incluso el gobernador tiene problemas a veces cuando toma esta ruta –jura- y el viaja con escolta militar”.
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Cuando Zaboir estaba de alguna manera ganando la pulseada de la paranoia, se estaciona al lado nuestro otra 4x4. Es una pareja de alemanes, y piden orientación hacia la ruta central. Piensan explorar el valle del río Harirurd hasta Obweh y regresar. Le prometo a Zobair que regresare con ellos y tomare la ruta norte, pero por dentro ya lo he decidido, intentare llegar a Kabul. “No te fíes demasiado de la policía –agrega antes de acelerar- son los talibanes de hace 5 años. Ya no hay sistema moral en Afganistán. El último sistema fue Dios. Ahora es el todos contra todos”. Mientras nos despedimos pasa un helicóptero italiano. “Ya vez en que terminamos” – señala al helicóptero como si este apoyara su argumento.




Thomas y su mujer. Dos agrónomos alemanes que trabajan en Kabul buscando alternativas al cultivo de opio. Ahora pasan algunos días de vacaciones en Herat. “Es difícil hacer entender a los locales que el opio es dinero en mano a corto plazo pero veda cualquier posibilidad real de desarrollo a largo plazo” –empezaba a explicarme Thomas cuando dejo de hablar porque banderas blancas y rojas comenzaron a aparecer al costado del camino por doquier y pronto nos encontramos con un senior de chaleco celeste que sondeaba el suelo con un detector de metales. Estábamos cruzando un campo minado. Y nosotros que veníamos buscando algún lugar pintoresco para tirarnos a almorzar.
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En el medio del campo minado, en un área segura delimitada por piedras blancas, el comandante de la escuadra barreminas nos invita a tomar el te. Tomar te en un campo minado... me siento dentro de la tapa de un disco de Pink Floyd. La primera joya ofrecida por la ruta central afgana. Ya estaba seguro que era mi ruta.

En Malwah tuvimos finalmente nuestro almuerzo. Al vernos, un policía sale de una comisaría de adobe sobre la que flamea una bandera afgana deshilachada. Es la imagen de un perro hambriento que olfatea comida y sale de su cucha. Thomas le explica a donde vamos en ingles, a lo que el policía responde “OK” aunque no ha entendido ni media palabra, y vuelve a su puesto. ¿Cómo pretenden las autoridades centrales imponer respeto con una policía tan desalineada? Aun me lo pregunto.


Junto a la Toyota de los alemanes se alejo mi última posibilidad de regresar a la civilización. Me dejaron frente a una escuela que, como casi todas las construcciones que no son de adobe, ha sido financiada por algún donante extranjero. Esta tiene un cartel con una bandera norteamericana y una afgana. Al fin, solo con la ruta central. Me siento sobre mi mochila a esperar algún vehiculo, con el delirio persecutorio de un pacman… A los 20 minutos, el primer vehiculo que pasa, un camión Mercedes naranja que carga vigas de madera, se detiene. Su conductor es un hazara, literalmente “uno de los miles”, como comprensivamente los locales denominan a los descendientes de las hordas de Gengis Khan que pasaron por estos valles hace siete siglos.



Viajar sentado sobre vigas de madera en un camión que parece caer en cada pozo del camino no es muy cómodo, pero cualquier sufrimiento fue redimido por la conversación con los otros tres tripulantes de las vigas, dos jóvenes obreros de Herat y un hombre enturbantado que sostenía una pava dorada como si de ella dependiera la continuidad del mundo. El dari, el idioma que se habla en la mitad norte de Afganistán, es un dialecto del persa que aprendí en Irán, con lo que la comunicación básica esta garantizada. Me dicen que van a Cheshter-e-Shariff, donde trabajan en la construcción de la nueva municipalidad. Parece que somos el único vehiculo en la ruta. A veces, pasan motocicletas manejada por hombres, con sus esposas cubiertas en burkas celestes detrás. Y un camión que transporta una heladera en su caja, sujeta por sogas como si fuese un minotauro cautivo…





Llegada a Cheshter-e-Shariff. No por saludarme el jefe de policía del pueblo va a dejar de oler una rosa que lleva en su ojal. Cuando el policía sensible ve que soy un buen pibe, los constructores de municipalidades me vuelven a llamar e invitan a dormir en el edificio. Entre los 12 obreros hay un hombre que alisa con sus dedos su larguísima barba blanca. Su mirada me intimida un poco. Para romper el hielo comienzo yo también a jugar con mi barba, la que no afeito desde Turquía. Entonces el hombre de mirada grave no puede reprimir una sonrisa y toda la ronda termina felicitándome por tener barba, lo que prueba que en Afganistán la barba es todo un atenuante de la extranjeridad.


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