domingo, 30 de abril de 2006

Afganistán: último en el ranking de ventas de Gillette.


EN Afganistán se ven barbas realmente impresionantes. Todas comparten aproximadamente la longitud, aunque llegué a ver algunas que ocupaban una superficie similar a la de un rostro. Juraría que Afganistán está último en el ranking de ventas de Gilette. Las texturas varían: las hay compactas y dispersas, lacias y rizadas, triangulares y cuadradas, y otras que caen como cascadas de ceniza. Si a esto se le suman sus descomunales turbantes, blancos o con patrones geométricos, estamos ante las caras más grandes del mundo, desde cuyos curtidos rasgos asoman, a veces, ojos celestes o verdes. Si alguno de estos hombres me jurara que es un santo viviente que acaba de regresar a la ciudad luego de meditar ocho años en una cueva, yo le creería al instante….

sábado, 29 de abril de 2006

El bazar de Herat


En Herat, vida y bazar son sinónimos. Vendedores de ascéticas barbas acomodan mercancías mientras sus hijos gritan los precios con tono de soprano. Los carteles con ofertas le agregan exotismo al cuadro: para el occidental promedio, cualquier cartel en caligrafía arábiga evoca las mil y una noches aunque anuncie el precio del kilo de manzanas. Los panaderos sacan con palas de madera largas como remos los panes que minutos antes han adherido a los muros curvos de sus hornos subterráneos (hay que decirlo, en Herat los panaderos custodian la entrada al infierno). Una calle está consagrada a los vendedores de kebab, quienes asan las mínimas porciones tan cerca de las mesitas de los comensales que parecen querer fumigarlos. Un hombre exhibe Rolex falsos y rollos de euros y dólares manoseados dentro de una caja de vidrio. Otro vende sólo escobas que lo rodean como un bosque, y sonríe desde esa espesura mientras le tomo una fotografía. Cerca, hay lo que parece una orquesta mecanográfica, media docena de hombres con su mesita y su sillita en medio de la vereda, dándoles teclazos a viejas Remington negras. Son notarios públicos. ¡Y vaya que son públicos! En fin, alguien también vende mi estimada Zam Zam Cola, la sucedánea iraní de la innombrable global: podré llenarme el estómago de gas de manera políticamente correcta.

El bazar y, de fondo, la fortaleza construida por Alejandro Magno en 330 AC.


¿O acaso Usted necesita una escoba?

viernes, 28 de abril de 2006

Imágenes de Herat, desde la Fortaleza de Alejandro Magno.


En el período clásico todo el distrito de Herat era conocida con el nombre de Aria. La zona era tan próspera que Heródoto la llamó el granero de Asia Central. Otro responsable de la fama regional era el vino, algo que uno jamás esperaría encontrar en la Herat de nuestros días. Por su fama de sabrosa vendimia o quizás por su posición estratégica en las rutas comerciales de Oriente, Alejandro Magno la invadió en 330 AC, y construyó una inmensa fortaleza de adobe con pórticos y torreones, que hoy, mejor conservada que muchas de las viviendas de la ciudad, sigue dando sombra al bazar aledaño. Más tarde, Herat fue parte de la Gran Persia que se expandía hasta la bella Samarkand, en el actual Uzbekistán. Herat es hoy una sobreviviente, y exhibe la belleza violada y ultrajada de una gloria de la que es huérfana. En la foto de arriba se ve la fortaleza, desde la cima de la cual saqué las fotografías que aquí comparto.





En el ángulo superior derecho de la foto se puede ver el único edificio de vidrio de la ciudad, seguramente construido por algún empresario con mucha fe en la paz…






Vista de la Mezquita de los Viernes desde la Fortaleza de Alejandro Magno.

martes, 25 de abril de 2006

El Karma del arma

Camino al puesto policial encuentro este niño jugando sobre un vehículo militar ruso destruido y cubierto de grafitis. Los rusos se retiraron de Afganistán en 1989, dejando detrás todo tipo de juguetes en ruinas con que los niños del aséptico primer mundo sólo pueden soñar. Hay que buscar el lado positivo. Pienso también en el karma de la máquina, que como si estuviera purgando su pasado, ha terminado cumpliendo un fin mucho más digno que aquel para el que fue concebida. Pasa en todo el mundo. En Vietnam se usan las carcasas de las bombas norteamericanas sin estallar como material de construcción. Las locomotoras a vapor bolivianas se dedican ahora a atraer a los turistas al cementerio de trenes del Salar de Uyuni y, hasta hace poco, los jubilados de Fontana, cerquita de Resistencia, en Argentina, iban a cobrar su jubilación en un Ford A modelo ’30 adaptado para desplazarse sobre rieles, que hoy se oxida en una vía muerta. Claro que, en Sudamérica, es el boicot estatal sin agresor externo el que permite esa elegante decadencia ferroviaria.

domingo, 23 de abril de 2006

Imagenes de Islam Qaleh: fútbol en la frontera.


Un partido de fútbol improvisado en Islam Qaleh, el primer pueblo afgano. Debajo, otra imagen del pueblo, que es todo de adobe y con algunas techos abovedados.




ASHURA ADEH, LA ISLA MÁS TRISTE DEL MAR CASPIO


Nuestro capitán y anfitrión, a punto de dejar Bandar-e-Torkman, y llevarnos a Ashur Adeh. La isla iba a revelarse como una especie de destino turístico abandonado.


Cisnes a pedal esperan por días más alegres.



¡Qué oxímoron! Un esténcil de la censura.


Patrullas guardacostas iraníes.

sábado, 22 de abril de 2006

El boulevard de los sueños rotos.


En la frontera de Islam Qaleh, algunos hombres avanzan en sentido contrario empujando carretillas en las que llevan todas sus pertenencias. Al cruzarnos, nuestras vistas coinciden durante ese particular segundo que le toma a dos extraños de culturas distintas el mutuo escrutinio. Hay que ponerle etiquetas a esa otredad que irrumpe en el mundo conocido. Estos hombres abandonan el país para refugiarse en Irán, cosa que los afganos vienen haciendo desde hace décadas. Su vista está tan comprometida con su tarea como si estuvieran introduciendo un culto prohibido. Es, a la vez, una expresión que no quisieras ver nunca en otro ser humano. Muchos de ellos terminarán mendigando en las calles de Teherán. El tramo de ruta entre Irán y Afganistán es, con derecho propio, un bulevar de los sueños rotos.

LA TREPIDANTE ELEGANCIA DE LAS CASAS TURKMENAS




MERCADO LITERALMENTE CALLEJERO EN BANDAR-E-TORKMAN


Las calles de Bandar-e-Torkman están literalmente repletos de pescados.




La ensalada está siempre convenientemente cerca.




Orgulloso de ser fotografiado, un vendedor local victoriosamente eleva sus verduras, mientras espera que se invente la mesa.


Nunca Steven y yo nos vimos tan ridículos…



Tal como en casa, a nadie le alcanza el dinero para comprar DVD originales, por lo que la gente compra y vende copias en la calle. Si algún productor de Hollywood cree que es ético gastar 20 millones de dólares en una película nosotros, los habitantes del patio trasero del imperio, creemos que es ético conseguirlas gratuitamente. Como mucho compraremos una reproductora de DVD.

viernes, 21 de abril de 2006

Llegada a Afganistan, en la "ruta del opio"....

Aunque no se de cuenta, todo viajero hace una breve plegaria cada vez que se cuelga la mochila al hombro, y le pide a la rosa de los vientos que la simetría nunca se esconda tras la línea del horizonte. Cuando las asimetría esta asegurada, uno espera inversamente un poco de normalidad. Tal fue el caso cuando empecé a hacer dedo rumbo a Afganistán. Afganistán integraba tradicionalmente el hippie trail, la ruta por tierra de Europa a India que miles de jóvenes seguían en los 60s y 70s. De regreso en casa, los viajeros hablaban con entusiasmo de ese país de gente hospitalaria y paisajes extremos. Dervla Murphy, una irlandesa que en 1963 pedaleo desde Irlanda hasta India, dedico su libro “Full Tilt” a los pueblos de Afganistán y Pakistán, y describió al primero de estos como un pueblo de hombres inteligentes, de contextura noble y particularmente sensibles a la belleza natural. Mucha agua paso bajo el puente desde entonces.

Treinta anos de conflictos, la ocupación soviética y el consecuente suministro encubierto de armas de Occidente a las milicias islámicas encargadas de resistirla han potenciado sobrenaturalmente las rivalidades tribales preexistentes. Actualmente, el gobierno del presidente Karzai y las fuerzas internacionales intentan mantener un mínimo de seguridad, pero es muy poco lo que la autoridad central puede hacer fuera de las grandes ciudades, donde verdaderos feudos acopian poder en base a la producción ilegal de opio y heroína, y su tráfico a Europa. Los “barones de la droga” manejan suntuosos 4x4 de las que los obsoletos jeeps rusos de la policía antinarcóticos solo pueden morder el polvo. Dentro de dos siglos todos estos eventos aparecerán como pintorescos y románticos y las agencias turísticas venderán excursiones a la ruta del opio como hoy las venden a la ruta de la seda, pero ahora el riesgo de ser degollado al alejarse de la ruta principal es real. Aunque los recientes relatos del mochilero ruso Anton Krotov aseguran que la mala fama del país es en gran medida un fantasma, deje Mashhad con miedo.


Los primeros dos vehículos fueron dos motocicletas. El conductor de la segunda transportaba dos sandias enormes, una en cada alforja, y tuve que pelear para rechazar el pesado y molesto obsequio. Solo puedo interpretar la inusual contigüidad de dos tramos en dos ruedas como un tributo del camino a Rocinante,la bicicleta de Dervla Murphy. Finalmente encontré a Abdul, quien en un viejo Paykan conducía hacia Herat a visitar a su madre. Herat, la primera ciudad del lado afgano. El viaje hubiera sido placentero de no haber sido porque Abdul encontraba entretenido invadir la calzada opuesta sólo para alinearse con la suya cuando podíamos sentir el calor del motor de algún camión que se nos venia encima. En la frontera, Abdul tuvo algunos problemas con los papeles del coche, y ya seguí solo.


Antes intentaba pasar las fronteras lo más pronto posible. Ahora he aprendido a estimarlas en propio derecho. Las fronteras, esas compuertas entre piezas de domino. Pistas para el amor y el contrabando, el ostracismo y el regreso, viajeros, profetas, oportunistas, taxistas, arbolitos con billetes falsos, madres emocionadas y oficiales corruptos. Todo rodeado del charm que otorgan los trailers de camión confiscados oxidándose lentamente a un costado del camino.

El puesto de frontera afgano, y el pueblo que se emplaza a 5 kms, se llaman Islam Qaleh. Viniendo desde Irán, el súbito encuentro con multitudes de hombres con turbante blancos enrollado en sus cabezas como cintas de Moebius y barbas al estilo “Osama”, largas como estalactitas, es un shock. Adiós a Medio Oriente, bienvenido a Asia Central. Mi presencia en la desprolija oficina de migraciones despierta más sorpresa que preguntas. En la ventanilla, un póster del Ministerio de Defensa de EE.UU. aun ofrece una recompensa por la captura de Bin Laden. Con el parecido del hombre de la foto a la mitad de los que están afuera, es comprensible que aun lo estén buscando. Salgo de allí en minutos con un nuevo sello, rojo y triangular, en mi pasaporte. Un hombre que alisa su barba de 20 cm con un peine intenta venderme afganis, la moneda local, pero ofrece un precio bajo por mis rials iraníes y sigo caminando, entre hombres que transportan desde bolsas de te hasta carburadores en carretilla, con la mirada tenaz de quien introduce un culto prohibido.
El puesto de frontera afgano, y el pueblo que se emplaza a 5 kms, se llaman Islam Qaleh. Viniendo desde Irán, el súbito encuentro con multitudes de hombres con turbante blancos enrollado en sus cabezas como cintas de Moebius y barbas al estilo “Osama”, largas como estalactitas, es un shock. Adiós a Medio Oriente, bienvenido a Asia Central. Mi presencia en la desprolija oficina de migraciones despierta más sorpresa que preguntas. En la ventanilla, un póster del Ministerio de Defensa de EE.UU. aun ofrece una recompensa por la captura de Bin Laden. Con el parecido del hombre de la foto a la mitad de los que están afuera, es comprensible que aun lo estén buscando. Salgo de allí en minutos con un nuevo sello, rojo y triangular, en mi pasaporte. Un hombre que alisa su barba de 20 cm con un peine intenta venderme afganis, la moneda local, pero ofrece un precio bajo por mis rials iraníes y sigo caminando, entre hombres que transportan desde bolsas de te hasta carburadores en carretilla, con la mirada tenaz de quien introduce un culto prohibido.

En el caserío que precede a Islam Qaleh dos niños que transportan una batería usada en una carretilla me acompañan por un kilómetro. Luego un vehiculo de la policía se acerca para avisarme que al viajar a pie me expongo altamente al peligro. Hago caso omiso. Al menos en las rutas principales, he decidido darle una oportunidad a Afganistán, y no prejuzgarlo. Los locales, por el momento, mas que hostiles parecen sorprendidísimos. Cuando entro en un pequeño comercio de adobe a comprar un refresco encuentro, al dar media vuelta para salir, que toda la superficie de la puerta ha sido llenada por caras. Es la imagen de un juego de ta-te-ti finalizado en empate. Es un taxista (si, un Corolla) que regresa a su casa luego de un largo día de trabajo el que me invita a pasar la noche en su casa. Islam Qaleh es una gran superposición de casas de adobe de techo abovedado, cada una a su vez rodeada por un muro del mismo material, con ventanas mínimas para compensar los extremos de temperatura. Parecen pequeñas fortalezas.

En la casa de Karim, el adobe es sólo interrumpido por una alfombra punzo. Sobre ella jugamos cartas con sus tres hermanos. Enseguida llaman al maestro de la aldea, quien elegantemente se define como maestro de farsi (la lengua del Este de Afganistán), matemáticas, y de abecedario en ingles. Y lo recita como sus alumnos para mostrarme que lo sabe: “a,b,c,d,e…”. El juego de cartas se llama 21, y va lento porque cada vez que le toca a Karim, el esta ocupado mostrándole al maestro todos los ruidos que puede omitir su Nokia. Tomen nota, historiadores de la contemporaneidad, en todo el mundo islámico, los hombres se reúnen para conversar sobre las funciones de sus teléfonos, que rara vez usan por nunca tiene dinero para el crédito.

Para Karim mi idea de llegar a Kabul por la ruta central de montaña, en vez de pegar un giro por Kandahar en el sur, es descabellada. Anticipa que la gente allí es mala. Aunque los talibanes son más poderosos en el sur, la presencia allí de fuerzas de seguridad internacionales hace el escenario mas seguro. En el centro no hay talibanes, pero los bandidos sin etiqueta ni escalafón son igualmente abundantes. O eso piensa Karim. En todos los países consideran a sus vecinos como unos salvajes desalmados. Pero Afganistán parece identificarse a si mismo como un país de bandidos.



Cuando despierto por la mañana Karim ya se ha ido a trabajar. Su padre, un hombre de larguísima barba blanca que juega con sus dos nietas como si fueran palomas que se acercan a comer semillas de sus manos, me sirve el te. Me recomiendan hacer dedo en el puesto de policía a 2 kms del pueblo. En el trayecto sobre la banquina izquierda, encuentro un niño montado sobre los restos de un vehiculo pesado ruso. Las tropas rusas se retiraron en 1989, dejando por ahí miles de juguetes con los que los niños europeos solo pueden soñar. Y millones de minas antipersonales. El puesto de policía resulto ser una casucha de adobe con una bandera afgana en estado ruinoso. Explico que intentare frenar un camión que vaya a Herat. Uno de los policías agacha en la banquina junto a mí, apoyado en su fusil AK-47. Yo, sonrío y hago dedo detrás. Como casi no pasan camiones, el pobre policía se entretiene matando hormigas con el calibre de su arma. Intento explicarle que puedo frenar un camión solo, pero el insiste en “ayudarme”. Un Land Cruiser de dos ricos de Herat cumple con los requisitos (frenar y aceptarme a bordo), y dos horas más tarde entro en la ciudad más exótica en la que he estado hasta hoy.


Cuatro enormes minaretes que los siglos y los terremotos han dejado en ángulos impares dan la bienvenida a la ciudad. En el cruce principal, un policía intenta poner orden al transito. Aunque caótico, el transito es navegable, ya que consiste en su mayor parte de motocicletas, bicicletas, carros tirados a caballo y automóviles en menor medida. En Herat, la vida es un bazar: vendedores de barbas ascéticas, niños sopranos de precios, mujeres con burkas celestes que las cubren por completo (con excepción de una fina red a través de la que ven), todo gira según esa astronomía de bazar, tan elegante como austera. Hasta ver que pasa en este país, decido pagarme un techo por un par de noches, y salgo a buscarlo.


LLEGADA AL MAR CASPIO: EL CAVIAR Y LAS HUELLAS DE GENGIS KHAN.

¡Aviso! Para leer la historia completa del viaje, consulta mi libro “Vagabundeando en el Eje del Mal – Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo”. Visita mi Tienda Virtual, pide una copia por correo desde cualquier parte del mundo, y ayúdame a seguir viajando. En todas las librerías argentinas, edita y distribuye Editorial Del Nuevo Extremo.


“¡Tu pelo es mágico!”- fue la conclusión de un hombre en uno de los tres pueblos que cruzamos con Steven en nuestro camino del Desierto Dasht-e-Kavir al Mar Caspio. Sus ojos no podían explicarse como mi rasta podía cambiar del castaño al rubio sin transición alguna, aunque seguramente la rasta misma era cosa mandinga para el. Me señalaba una y otra vez la canilla y me ofrecía prestarme su jabón. Mejor ni intentar explicarle que era el pelo de una amiga, que como tenia mucho me había regalado un poco. Steven no tenía mejor suerte intentando explicarles a los aldeanos que sus botas de montaña -con más cordones que un corset- eran más útiles que las aireadas alpargatas que le aconsejaban llevar.







La transición entre Damghan y el Mar Caspio había sido impresionante. El pasaje de una región seca como el desierto de Dasht-e-Kevir hacia una húmeda como la costa del Caspio se observa desde la caja de las distintas camionetas en que viajamos. La piedra pronto desplaza al adobe como material de construcción. Los camellos se esconden para dar lugar a pastizales verdes, árboles y, más adelante, densos bosques. La primera parte del trayecto, dicho está, es desolada. Quedamos aislados en un cruce en medio de la más absoluta nada, felizmnte cerca de una cabaña de piedra abandonada donde pasamos la noche. Un hombre que pasó en motocicleta nos regaló pan y queso, que fue nuestra cena junto con el chocolate de emergencia que Steven siempre guada en su mochila.

Nuestras pretensiones en el Mar Caspio eran tan simples como basarnos en el puerto de Bandar-e-Torkman para terminar a bordo de uno de los barcos que pescan caviar, una de las exportaciones más rentables de Irán (680 dólares por kilo). Pero nuestros planes son siempre grandes excusas, andamiajes del absurdo para poder reírnos de nosotros mismos mientras marchamos. Uno se inventa para si mismo una locura patrón, una vara con la que luego mediremos los eventos reales. Eso me recuerda que finalmente nunca tomamos por asalto la calesita de la Plaza Rocha con Vicky, Juan y Etcheto (pero nos contentamos organizando competencias de autostop por la ruta 88).


Again, no track of the fishing ships (we hit the wrong season). Once in Bandar-e-Torkman, however, it was clear that the ethnic tensions between the Turkmen minorities (we are 25 km away from the Republic of Turkmenistan) was interesting enough to let us forget the ships. Since Iran nationalized the caviar industry in the seafront, local fishermen try their luck in the river. Since caviar ships were not an option, we shifted our hopes to catching a ride in a cargo ship to any other port. We visited one of harbor’s bosses who explained us different problems related to the level of the water were affecting the port’s capacity to export. But the conversation leaded us nowhere close to there.


Previsiblemente, ni rastros de los famosos barcos (estación equivocada parece). Lo mismo, nuestra diplomacía llegó hasta el punto de ser admitidos en la oficina del prefecto del puerto, quien nos explicó sobre todo tipo de problemáticas técnicas relacionadas con el nivel del agua que Seven entendió a la perfección, pero nadie nos invitó a navegar en un carguero....Estando en Bandar-e-Torkman, sin embargo, fue claro que la tensión étnica entre la minoría turkmena (estamos a 25 kilómetros de Turkmenistan) y la burocracia de Teherán era lo suficientemente interesante para hacernos olvidar de los barcos. Desde que Irán nacionalizo la industria del caviar los pescadores locales prueban suerte con la mojarrita, o algo así. L









La grieta llega tan profunda que conocimos a un artista reclamaba una especie de pan-turkismo, el regreso al antiguo Turquestán que se extendía desde las estepas de Mongolia hasta el Egeo. Turquía, Turkmenistan, Azerbaiyán son fragmentos de esa vasija que se rompió hace rato, pero nuestro amigo seguía llenando sus lienzos con geométricas mandíbulas aguerridas y rostros achinados. El Sr. Gengis Khan hoy amaneció cruzado.





Por la calle, las casas con aleros metálicos dentados (influencia rusa) y las mujeres cuyos vestidos son de una alegría casi gitana le dan al pueblo un carácter único, a años luz de la uniformidad iraní de chadores negros que se observa en cualquier otra parte. La gente habla una variante del turco, aunque aprenden Farsi en la escuela. Como en Damghan, el pueblo exhuma el carácter de Asia Central...


Antes de continuar, decidimos visitar la isla de Ashur Adeh, que dista un par de kilómetros de Bandar-e-Torkman. No tenemos razones específicas para nuestro desvío, simplemente nos atraía la improbable coordenada de estar en una isla iraní. La sola vista de dos patrullas guardacostas iraníes nos parecía un tanto bizarra en un país errónea pero finalmente asociado a camellos y desiertos. Cruzamos la estrecha distancia eb un pequeño bote a motor, cuyo capitán nos cobra un dólar, y además nos invita a su casa en la isla. La isla en sí es un sitio honestamente triste que daba la impresión de haber sido alguna vez un destino turístico al que luego envolvió un olvido bíblico. Por todas partes se observan instalaciones turísticas y facilidades abandonadas, embarcaciones hundidas en costas pantanosas y casas en estado post-Armageddon...
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Como la ley iraní impedía que la nueva despedida fuera acompañada de una buena cerveza, y para satisfacer nuestro programa genético, conseguimos al menos dos botellas de malta. Si uno se concentra en el color oscuro del cristal y en las letras góticas de la etiqueta, entonces el efecto placebo hace efecto y uno empieza a reír de cualquier cosa. Pero no hay que hacer demasiado foco, porque entonces uno puede llegar a leer el “0,0 %” del que el fabricante se jacta. Steven prometió volver a visitarme cuando el viaje presente algún desafío interesante (La perspectiva del otoño en Siberia parece ponerlo especialmente contento) y tomo el autobús a Teherán, a la vez que yo inicie mi marcha hacia Afganistán vía Mashhad.
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Mashhad resultó estar a seis autos, una camioneta, un camión, y una Honda 125 de distancia de Gorgan, donde nos separamos con Steven, quien regresa a Teherán para tomar su vuelo a Holanda. Yo duermo esa noche en la sala de espera de un hospital. El viaje a Mashhad cubre una distancia de 564 km a través de un aburrido vale semiárido. La única mención la merece el conductor de un Paykan que, señalando a su mano sin dedos, exlama: "Saddam!" Otro ex soldado. Paradójicamente, Mashhad le debe su crecimiento a la guerra con Iraq, cuado los iraníes de las regiones bombardeadas migraron en masa a la ciudad, que era tan lejos como podían ir sin cruzar las fronteras iraníes.

Más significativamente, Mashhad aloja el Santuario del Imam Hussein, una figura reverenciada por los chiitas. Obvié por completo el célebre sitio, para quedarme en casa de Mohammed, my anfitrión local de Hospitality Club, navegando con el dedo mapas de Uzbequistán y Tajikistán, acompañados por Viktor, otro viajero, un francés de Grenoble. Mohammed permanece en mi memoria como el único iraní que en vez de lamentarse por la dificultad para obtener visados, está activamente planeando n viaje en bicicleta alrededor del mundo.
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El momento más memorable, por lo absurdo, en Mashhad, fue cuando dí una charla ante el Club de Montañistas. Lueg de discurrir durante media hora sobre la esencia del autostop, una mujer se puso de pie y preguntó si esos paquetes de vacaciones estaban también disponibles para mujeres. Otro sujeto, que surgió furtivamente de las sombras, me preguntó si tenia algna religión, aunque no estaba interesado en mi respuesta sino en contarme que la suya era "Marx". Al otro día de la reunión con tan singulares senderistas, inicio un nuevo capítulo de este viaje al pisar la ruta con rumbo a Afganistán.

jueves, 20 de abril de 2006

YAZD, LA PATRIA DE ADOBE DE ZARATUSTRA


Las Torres del Silencio donde los zoroaztrianos solían dejar a sus muertos para que los cuervos se alimentaran de ellos, llevados por la creencia de que quemarlos o enterrarlos conllevaban una contaminación del ambiente. Algún dia a comienzos del siglo XX los cuervos dejaron de encontrar su alimento. Las leyes de sanidad....





Los túneles de viento que poseen las viviendas de Yazd son ideales para climas secos y cálidos como los del desierto iraní.

miércoles, 19 de abril de 2006

EXTRAÑAS LUCES DE TRÁNSITO EN BAZAZIYEH


Ok, entiendo que hay que doblar a la izquierda... ¿Acaso les sobraban los semáforos?

martes, 18 de abril de 2006

PERSEPOLIS CON PINK FLOYD


Hice de Persépolis una experiencia netamente musical, al caminar por las ruinas de la ciudad destruida por Alejandro Magno con Pink Floyd en mis auriculares...


En la base de una escalinata, un león fue esculpido posando sus garras y colmillos sobre una gacela, representación eterna de algo efímero.



De la época en que no había que ser lampiño para ser buen militar, legiones de barbiespesos lanceros persas se alinean en los bajorrelieves. Faltando dos semanas para llegar a Afganistán, les pediría prestado su look para lucir “más afgano”.