jueves, 29 de setiembre de 2005

Transilvania a pata: entre la identidad y el nihilismo.


Llegué a Sighisoara (Schassburg para los sajones) con la esperanza de satisfacer tanto mi curiosidad intelectual por el caso transilvano como mi sensibilidad estética por una ciudadela medieval amurallada. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la ciudadela albergó hasta el S.XIX los talleres de los distintos gremios de artesanos sajones, herreros, sastres o carpinteros, a los que la ciudad debe su gloria pasada. Al caminar por la plazoleta de la ciudad avisté la casa donde nació Vlad Tepes, hoy convertida en café. Afuera, un Drácula tamanio natural kitsch hasta la repulsión invita a los transeúntes a la trampa turística. Entonces entendí que las murallas no podían proteger a la ciudad del riezgo de auto- prostituirse.


Me hubiera marchado con un sentimiento de amargura (y hubiera dormido en la plazoleta) si no hubiera conocido a la gente de la ONG “Sighisoara Sustentable” que dirige sus esfuerzos en un plano local –como me explica Hans- al cumplimiento de los protocolos de Rio y Kyoto, firmados y olvidados por Rumania. Así, el 22 de septiembre, declarado Día Internacional sin Automóviles, salimos a la calle varios voluntarios a entregar panfletos trilingues que invitaban a la población a subirse a la bici o a caminar, al menos un día al anio. Grande fue nuestra sorpresa al regresar a la ciudadela y encontrar en la plaza una exposición de automóviles antiguos, aprobada por las toridades: la respuesta oficial del Municipio para la ocasión…




Poco sabido es en el extranjero que en Transilvania coexisten tres grandes tradiciones culturales. La rumana es la dominante y oficial. La húngara hecho raíces desde el S.X, y hasta 1918 se asociaba Transilvania con Hungría. La germana llegó con los sajones invitados en el S.XI por el rey de Hungría para defender el flanco sudoriental de su reino. Más interesante que el tema de la soberanía es el de la identidad. Al margen de las posturas absolutas, hay quienes defienden la singularidad de la identidad transilvana como tierra con triple herencia rumano, hungaro y sajona. Estos denuncian la postura oficial rumana como un reduccionismo, ejemplificado en la estatua de la loba romana, con Romulo y Remulo, que adorna un boulevard y cuya leyenda dice: “A Sighisoara, de la Madre Roma”. Los embates contra la identidad son, en fin, menos explícitos que aquellos dirigidos contra la soberanía. Aunque en el caso de Europa del Este las identidades regionales son secuela necesaria de la fragmentacion de sus imperios, por momentos me parece que Transilvania es al resto de Rumania lo que la Provincia de Buenos Aires es a Argentina: heterogénea y cosmopolita. Una vez un amigo peruano chilló: cuando Uds los argentinos van a Perú dicen que van a Latinoamérica. Lo que el peruano no sabía es que esos viajes a “Latinoamérica” normalmente empiezan en Salta o Jujuy, lo que desenmascara la identidad insular de los portenios. La frontera de la otredad cultural yace dentro.




De Sighisoara partí con destino a Sibiu, marchando, muchas veces a pie, por diminutas aldeas sajonas famosas por sus iglesias fortificadas. En Bierthalm abandoné sin querer el camino principal y terminé en medio de un viniedo. Fui rescatado por dos cuidadores con binoculares que vigilaban la plantación. Se llaman Dan y Norbert. Norbert es sajón y está de acuerdo con el ex-presidente alemán Herzog en eso de que no es tan fácil empacar la tierra en que naciste y llevarla contigo a Alemania. Después del masivo éxodo de los sajones en 1989, no mas de 4 o 5 familias por pueblo han quedado para atestiguar la herencia germana de la zona. Lo que tártaros y turcos no lograron lo logró la diferencia de salarios. Otra vez las murallas no pueden hacer nada. En los pueblos soy recibido por personas octagenarias que abren las puertas de sus iglesias con inmensas llaves, bellamente anacrónicas en tiempos de tarjetas magnéticas. En Toblsdorf, media docena de hombres que cargan tejas en un camión interrupen mi paso con un: Sprechen Sie Deutsch? La situación me recuerda a Spatzenkutter y Villa María, entre otras aldeas fundadas por alemanes del Volga en la Provincia de Entre Ríos. Los continentes volverán a compartir contornos antes de que los alemanes pierdan su idioma….





Luego me apresuré a visitar Rasinari, un pueblo aledanio en el que en 1911 naciera Emil Cioran, lucidísimo folósofo pesimista que alguna vez exclamara: “Qué incitación a la hilaridad, escuchar la palabra objetivo luego de asistir a un cortejo fúnebre”. En el pueblo una calle lleva su nombre y hasta hay un busto, que todas las tardes observa el desfile de vacas, cabras y pastores que pelean por un lugar en la calle con carros, personas y Dacias. Las mujeres que ocultan su cabellera en paniuelos multicolores se persignan al pasar delante del busto del filósofo que se refiriera a Niezsche como un “cándido” (frente a la casa hay una iglesia ortodoxa.) El rostro es de arcilla y parece hecho con desdén. No muy lejos hay un rostro de Goga, un poeta y patriota rumano. Este es de bronce y de buena hechura. Acaso sea demasiada carga para un pueblo rural ortodoxo el tener que celebrar al más escéptico de los filósofos.

martes, 20 de setiembre de 2005

EL PASO POR CLUJ NAPOCA Y MARAMURES: DE CASUALIDAD EN UNA BODA.


A los artificios literarios del novelista anglo- irlandés Bram Stoker (y a Hollywood) debemos el desagradable reflejo de diluir la riquísima textura histórica de Transilvania para postular una relación biunívoca de esta tierra con Drácula. Para desbaratar esta injusticia es menester recordar, simplemente que el escritor en cuestión basó su novela en una tierra que jamás pisó, escribiendo desde la biblioteca del British Museum de Londres…
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Tres días en Cluj Napoca, la ciudad principal de la zona, fueron suficientes para comprobar que, más que la cuna de un empalador, Transilvania es el resultado de una síntesis étnica protagonizada por cuatro grupos: rumanos, húngaros, germanos y gitanos. Hungría, por ejemplo, considera a Transilvania su “solar patrio”, y sólo en 1990 renunció a sus reclamos de soberanía. Los germanos, que invitados por el rey de Hungría en el S.XII fundaron siete prósperos pueblos conocidos colectivamente como Siebenburgen, siguen existiendo como colectividad desde entonces. Aunque los duenios del poder cambiaron incontables veces, rumanos, húngaros y germanos coinciden en su intolerancia hacia los gitanos, asociados indefectiblemente con lo ilícito. La herencia de este mejunje crea una atmósfera cosmopolita, y los pueblos están senializados en los tres idiomas.
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Raúl, mi anfitrión en Cluj, tiene mi edad, ha viajado parejo, y sus padres pertenecen a la clase profesional que durante el régimen de Ceausescu tenía más dinero del que podía gastar. Sobre todo porque no había mucho que comprar. Los autos eran (y son) Dacia. Si eras miembro del partido la patente tenía 3 dígitos, si eras Juan Perez tenía 6, pero siempre era un Dacia. Si querías un televisor, eso costaba medio Dacia, y una videocasetera requería contactos delicados. La Pepsi y el Toblerone se convertieron para una generación en el sinónimo de la libertad, los ninios miraban estos artículos con hilos de baba a través de la vidriera de selectos comercios para turistas a los que no podían entrar.
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Luego llegó la revolución en Timisoara, en el sur, “area de influencia serbia –dice Raul- si empiezan algo lo terminan”. Llegaron el Toblerone y la Pepsi, y una nueva ética. Los estudiantes que levantaron barricada frente a los tanques del dictador son hoy billonarios businessmen, y la romántica guerrilla urbana que escuchaba Pink Floyd ahora se contenta con embolsillar el 1% de alguna licitación. Y pensar que Hegel decía que el espíritu humano evoluciona. Vaya uno a saber cómo… En definitiva, mientras en Argentina los estudiantes, en sus facultades enbanderadas con el rostro del Che, luchaban por barrer el modelo liberal, los estudiantes rumanos hambrientos de libertad de expresión (y de Toblerone) se amotinaban para implantarlo. Ahora se quejan de que su universidad no es más pública…






Mi siguiente escala fue una región montaniosa en la frontera norte con Ucrania llamada Maramures, donde los trajes típicos son vestidos diariamente por aldeanos orgullosos que bajan como agua chupitos de ziuca, un aguardiente local de 60 grados de graduación. En un pueblo llamado Mara vi un autobus decorado con girnaldas, y pronto a partir. Dentro iba probablemente un tercio del pueblo, los hombres de camisa, las mujeres con paniuelo reglamentario en la cabeza. Como no tenía planes me subí. Así terminé en una boda en Breb, una aldea vecina, marchando por las calles con medio pueblo incluida una banda con violinista, saxo y tambor que escoltó a la comitiva, novios ahora incorporados, hasta la iglesia. Casi todos esperaron de este lado de la puerta: la multitud parecía más interesada en las botellas de ziuca que circulaban fuera que en los larguísimos cánticos del cura ortodoxo. Aún dentro de la iglesia las aldeanas hacían la senial de la cruz con un brazo y con el otro atenazaban una botella. A las 3 am acampé cerca de allí. Grande fue mi sorpresa al despertar a las 10 am del día siguiente para encontrar a las mismas personas bailando y tomando. Y yo que me las deba de nochero…
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A Mara y Breb siguieron una decena de aldeas, muchas de las cuales ostentan afamadas iglesias de madera. Caminé entre aldea y aldea, para apreciar más la vida rural, en una zona donde el concepto de eficiencia económica se traduce en una anciana empaniuelada remolcando un carro con dos calabazas. Al tomar fotografías me conquista la bronca, y luego la culpa, al ver más y más gente de todas las edades cortar heno manualmente con la hoz.






En estas tierras tan al margen del tiempo, es interesante ver los primeros efectos de la globalización: en cada aldea en la que se me ofrece comida y alojamiento, siempre hay alguien que ha trabajado en el extranjero y habla una segunda lengua, generalmente italiano. En un bar, un hombre sacó de su billetera el contrato de su trabajo en Alemania y lo ventiló, orgulloso, enfrente de los otros beodos, como foto de novia en la trinchera. El que estaba a su lado retrucó mostrando las palmas de su mano con cicatrices y exclamando: “Italia!”. Las chicas jóvenes hablan ocasionalmente espaniol, gracias a las telenovelas. 3000 personas recibieron a M.Jackson en el aeropuerto de Bucarest, y 4000 esperaron a Natalia Oreiro. La tierra de Drácula? No lo creo.

jueves, 15 de setiembre de 2005

DE HOLANDA A RUMANIA CON UN EURO. (EL KARMA DE UN BILLETE)


Había viajado desde Gdansk, en Polonia, hasta Amsterdam con el sólo fin de recoger mi pasaporte italiano. Tres días de viaje sólo para llegar al consulado, garabatear un par de firmas y salir de vuelta a la ruta para retomar mi itinerario original, hacia Rumania. Para aliviar mis penas y agazajar mi segunda impredecible visita, mi amigo Stephen, el holandés con corazón celeste y blanco, me hizo solemne entrega de un mate (sin curar), una bombilla y aproximadamente 200 grms de yerba. Descentrado de mi ruta de manera tan brutal por una burocracia, igual de bárbara tenía que ser la reincorporación, con Holanda, Alemania, Polonia, Eslovaquia y Hungría por delante antes de llegar a Rumania. Y un billete de 5 euros en el bolsillo. Esta es también la historia y el karma cambiario de ese billete.
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Luego de un primer tramo de 40 kms, mis coordenadas se cruzaron con las de Arkadius. Arkadius era polaco, había comprado su van Hyundai usada en Bélgica, y regresaba a Lublin, en el Este de Polonia, a 1600 kms del surtidor de la Shell en que me acerqué, mapa en mano, a preguntarle adónde iba. Juntos dejamos atrás los Países Bajos, y haciendo noche en Braunshweig, Alemania, seguimos hasta Lublin. El asiento de la Hyundai apenas era reclinable, con lo que, en vez de entretener a mi conductor, como es deber de todo mochilero, pasé los primeros doscientos kilómetros de autopistas alemanas dando cabezasos como Palermo dentro del área.



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El viernes en Lublin cambié el billete de 5 en cuestión por dinero polaco, utilicé el equivalente a un euro en enviar por mail el artículo de la semana pasada, y reconvertí el resto en dinero eslovaco: media docena de poetas multicolores, cuya misión sería resistir el viaje a través de Eslovaquia y Hungría, como meteoritos burlando atmósferas. Eslovaquia me demoró un día. Sólo mencionaré como nota cómica que la única noche que acampé en suelo eslovaco lo hice en la cancha de fútbol de un pueblo, exactamente debajo del arco.
Llegué a Hungría antes de poder haber asimilado algo de Eslovaquia. Todo sea por dedicarle un mes a Rumania. En Hungría cambié a los poetas eslovacos por dos estoicos reyes magyares, con valor nominal de 700 florines. Un viejo Trabant que en su techo transportaba una caja con dos perros me dejó 10 kms antes de la frontera, en un cruce secundario. Por la ruta pasaban algunos carros tirados por caballos, sus jinetes vestidos de gala.




Con la última luz de ese Domingo llegué a la frontera, caminé respetuoso esa tierra de nadie entre las aduanas de ambos países y recibí un sello en mi pasaporte. Estaba en Rumania, el país de Drácula y Nadia Comaneci. Allí mismo cambié a los reyes magyares por dinero rumano. Lo había conseguido: sólo uno de los cinco euros gastados en cuatro días de viaje. Los billetes locales honraban al poeta nacional Eminescu, quien parecía avergonzado de la cantidad de ceros impresos en el papel. El billete más chico era de 10 mil, aunque estos se mezclaban con otros nuevos a los que le habían quitado cuatro ceros. Anda Alfonsín por acá? El primer rumano con el que hablo es un vendedor ambulante. Cada uno en su idioma nos entendemos, no hay necesidad de traducir. El rumano es una lengua latina, incluso más cercana al latín clásico que el italiano mismo. El idioma llegó aquí con las legiones romanas que incorporaron la zona al Imperio, con el nombre de Dacia. El dictador Ceausescu, en un intento de negar los orígenes latinos de Rumania, alteró la ortografía, haciendola más eslava, pero con la revolución del ’89 se volvió a las formas originales.






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En la estación de servicio de la frontera, una mujer húngara está tan alarmada de que pretendo seguir por Rumania a dedo que se ofrece a llevarme consigo a Hungría y pagarme un hotel. Todos parecen estar seguros de que me desvalijarán en el primer pueblo, y logran infundirme algo de miedo. Cuando encuentro un camión que accede a llevarme ya es de noche. Como no quiero llegar de noche a una ciudad le pido que frene en el primer pueblo que aparezca. Accede, adviertiéndome antes que una pandilla de gitanos me comerá vivo. En el pueblo, que parece estar hecho de ladridos y de Dacias destartalados, no hay casas iluminadas. La única luz es la de un restaurant al paso. Cuando digo que soy de Argentina, Ion, el duenio se sienta a tomar cerveza conmigo. En ese momento entra un policía de frontera al que yo le había preguntado dónde podía acampar “al naturale”, y cruza palabras con Ion. Al cabo de la conversación Ion dice que ni piense en acampar, que soy invitado en su casa. El policía de frontera le manda saludos a Andrea del Boca y se retira.






Cuando al otro día salí a la ruta rumbo a Oradea, aún no sabía que esperar de la gente. Se comenta que en la ruta nadie te lleva si no pagás una cuota del combustible. Diez minutos más tarde estaba sentado en el auto de Alin, un jóven gerente de ventas que me lleva a Oradea y me consigue una habitación gratis en el hotel del que es cliente habitual. Se trata un hotel sindical que ofrece tratamiento contra el reumatismo y es favorito entre pensionados del estado, antiguos funcionarios de la burocracia de Ceausescu. Antes de irse me da dinero en efectivo y teléfonos de varios amigos en el resto del país, y me encomienda a Cristian, un estudiante que atiende un café fuera del hotel. Tiene órdenes de brindarme toda la asistencia y las cervezas necesarias durante mi estadía. Maniana salgo rumbo a Cluj Napoca, capital de Transilvania.

martes, 6 de setiembre de 2005

1 al 6 de Septiembre de 2005. De Gdansk a Amsterdam por un pasaporte. La gente de Pniewo me declara un waiza. Llegada a Holanda (otra vez)


La semana comenzó en la antigua ciudad de Gdansk. Allí me esperaban Kinga y Chopin, una pareja local que durante 5 anios dio una vuelta al mundo a dedo. Naturalmente fui todo oídos. Afuera, Gdansk. La ciudad tiene razgos comunes a otras ciudades hanseáticas, como Amsterdam o Lubeck, y al igual que en estas se observan las lujosas sedes de las logias comerciales de la época, verdaderas hermandades de yuppies solteros mercantilistas, alma mater del ‘pizza y champagne’. Que eran solteros se nota, por el estado de alerta sexual del león de piedra que sostiene el escudo de la ciudad. Como mis anfitriones se iban de vacaciones (Chopin tenía una semana de licensia del centro de estudios tibetanos en el que vive cerca de Varsovia), pasé a la casa de Michal.
Michal tiene 30 anios y es programador. Pertenece a la nueva clase de jóvenes profesionales que aún tiene recuerdos del comunismo. La segunda noche de mi estadía coincidió con el nacimiento del hijo de un amigo de Michal, y así me ví invitado a un tradicional evento polaco: la “fiesta del ombligo”, es decir, mientras la madre padece en el hospital, el padre y sus amigos diezman las provisiones de vodka de la casa. Los amigos de Michal encontraban escandaloso, antes de la caída del muro, que para hacerse de un televisor había que hacer cola durante todo un día para presentar ciertos cupones, y pasar a retirar el aparato en un mes. Ahora todo ha cambiado: no les piden cupones sino dinero, cosa que medio Polonia aún no sabe de qué se trata, acaso el fruto de un árbol que crece en Londres.
Con mi pasaporte italiano esperándome en Amsterdam, y mi contacto en Amsterdam de vacaciones en Italia, no me quedó otra que hacerme una ‘escapada’ de mil kilómetros. El primer día de viaje un pueblo, Pniewo, me tentó desde la ventanilla, y decidí quedarme. Cada casa que se sucedía al costado de la ruta parecía tener una granja detrás, ya sea funcionante o en ruinas. Los pueblos en Europa del Este tienen un realismo del que los pueblos occidentales carecen. Hasta en el más rural de los enclaves de Holanda las casas parecen de muniecas, la prolijidad da nauseas, la perfección aturde, la gente riega sus jardines y apenas mira al vecino. En Pniewo la cosa era distinta. Entré a una panadería ante la atenta mirada de 5 parroquianos que se emborrachaban fuera, senialé un pedazo de pan (al no poder nombrarlo) y mostré la moneda de 20 centavos que me quedaba (había cambiado mis zlotys restantes a euros). El hombre se rió, evidentemente no alcanzaba, pero me dio el pan lo mismo. Agradecí en ruso y salí. En una casa cuatro hombres dentro de un auto discuten sobre la mejor manera de arreglar un estereo. En un pueblo tan pequenio un estereo descompuesto brinda más que motivos para socializar. Las mujeres, fuera del coche, tomaban té y conversaban. Es momento de sacar mi tacita mágica. Pronto estaba sentado en una reposera tomando té bajo un peral. Las peras caían irregularmente, como un caprichoso segundero. Reparado el estereo comienza la charla: “cómo que no trabajás? Qué opinan tus padres?” En los países donde la subsistencia es dura el concepto de vagabundear de manera profesional no toma raíces facilmente. Me declararon waisa que Dios sabe lo que significa en polaco y a la maniana siguiente me dejaron seguir.
En la frontera alemana me demoraron diez minutos. El guardia, que nunca había visto un pasaporte con huellas digitales, finalmente se acerco y riendo me dijo: “tan gordo es tu dedo…?” a la vez que me entregaba el pasaporte con un nuevo sello. Viniendo de las rutas polacas, el reencuentro con las autobahn (autopistas) alemanas fue un shock, por lo que decidí avanzar un poco por rutas normales. Un auto se detiene, del espejo cuelga un atrapasuenios (es del palo…) El conductor se llama Stephen y es granjero. Me invita a pasar la noche con su familia. En cinco minutos estamos entrando en sus tierras en el pueblo de Schmolln. Su casa difiere de la de un granjero de libro de texto, es un antiguo establo transformado en loft de dos pisos. Su esposa Inga prepara la cena mientras dos nenan (Luna y Billie) pintan temperas en una mesita a su altura. Por la televisión veo por primera vez imágenes de la catástrofe en New Orleans, la gente mata por un vaso de agua parece. Sólo se precisa una tormenta y las bases de la civilización bien gracias. Inga sugiere que es la naturaleza humana y que sería igual en cualquier parte. Disiento, les cuento que hace unos anios todo Santa Fe quedó bajo el agua y nadie salió a matar a su vecino. Aunque entiendo que retirada la pantalla del consumo, el ciudadano promedio de una gran ciudad americana reoriente sus instintos de competencia hacia la agresión. Sale el tema de la felicidad. Qué nos hace felices? Nuestra familia? El último Mercedes? Stephen cuenta que en tiempos de la DDR la gente era mucho más amistosa, se saludaban por la calle. Recuerdo a los jóvenes profesionales de Gdansk, tan indignados por esperar un mes por un televisor. Esta es la otra campana.
Ya en Holanda encontré en el suelo un celular con crédito. Llamo a mi amigo. Ha regresado prematuramente de sus vacaciones, me espera en su casa de Delft, cerca de Amsterdam. Las cervezas están en la heladera, hora de terminar este artículo.