miércoles, 31 de agosto de 2005

25 al 31 de Agosto de 2005. Pontificio en Vilnius. Salvado por la gran gente de Uzupis. La taza de te y sus increíbles consecuencias.

Ya tenía bien aprendido que el viaje es una constante dislocación de las expectativas cuando el destino propuso un memorandum. Vladas, mi anfitrión, fundador del Club de Autostop de Vilnius, me puso de patitas en la calle por tocar el timbre a las 2 am, de regreso de un recital de jazz al que me había invitado Sigita, una amiga lituana. “Esto no es un hotel” – dijo enfurecido el encargado del departamento de internet de Telecom Lituania, mochilero en sus ratos libres. Así me reencontré con Vilnius de una nueva manera: desamparado, homeless, pontificio (esa palabra debería referir a aquel que termina durmiendo bajo el puente, pero el clero la tomó para otros fines sin consultar a nuestro gremio). Siempre me preguntaré por qué el puente es un ícono privilegiado de la austeridad. (En Argentina uno piensa primero en una YPF) En Vilnius, luego de comprobar que el celular de Sigita se había esfumado del universo, heché a caminar por el centro. Debajo de la torre de la catedral, punto de referencia de toda cita, mucha gente esperaba a otra gente. La alegría de los que encontraban contrastaba con la desilusión de los “plantados”. A mi ese día no me esperaba nadie, y caminé hacia Uzupis, el barrio bohemio, el San Telmo báltico. Si un milagro iba a suceder iba a suceder allí.
Creo que queda claro en mis relatos que los ‘rastas’ son mi tribu protectora por excelencia. En Vilnius confirmaron su estatus. Pronto estaba rodeado de media docena de nuevos amigos. Todos fumaban cigarrillos rusos de 7 centavos de euro el paquete. Qué delicadeza. Lina y su novio Pukalas me invitaron a su casa. Ona, una amiga de Lina, me hace la pregunta más específica que jamas me hicieron en el extranjero sobre la cultura argentina: qué es el chupacabras? Apenas puedo responder. A la maniana siguiente me despedí de los chicos y me apersoné en la Embajada Italiana que de una llamada solucionó todos mis problemas al ordenar a la Embajada en Amsterdam que emita mi pasaporte al margen de la respuesta de Mar del Plata.
Salí a la ruta con el plan de ir a Gdansk, Polonia, en la costa báltica. Para ello tenía que bordear y esquivar Kaliningrado, una provincia rusa en medio de la costa báltica, resabio de la última guerra, que es a Rusia lo que Guayana Francesa es a Francia. En Vilnius había 4 personas más haciendo dedo, una de las cuales emitía seniales tan desesperadas que parecía estar ayudando a aterrizar algun avión invisible. Me dio verguenza ajena y me alejé dos kilómetros por el borde de la autopista. En una estación de servicios le pregunté direcciones a un pibe que manejaba una Yamaha YZF600. Nathaniel hablaba perfecto inglés porque vivía en Dublin. El habernos ambos exiliado en Irlanda nos hermanó, y accedió a llevarme 100 kms hasta Kaunas en la moto. El “exilio laboral” de la población lituana lleva a estas situaciones, casi todos mis conductores hablan algun idioma extranjero, en una notable ocasión portugués. Pero ese día iba a conocer a una persona para quien el exilio había tomda una forma distinta…
Es de noche, y decido estacionarme en el primer pueblo que encuentro. Allí, utilizo la tactica de la “taza” para hacer contacto. Busco una casa cuyos moradores estén fuera y me acerco a pedir una tacita de té. La jugada funciona: soy invitado a unirme a la fiesta de cumpleanios de Saulius, el jefe de familia. Un fuego humea en el parque al lado de una mesa con sandwiches y botellas de vodka. Pero esa familia festejaba otra cosa: Saulius es soldado profesional y regresó hace tres días de Basora, Irak, luego de una estadía de 6 meses. Sin un rasgunio luego de haber cumplido infinidad de misiones de remosión de minas junto a la legión danesa, su familia tiene motivos para festejar. Pero no todo es algarabía, Saulius me muestra su tatuaje, un dragón con trece crestas, una por cada companiero danés muerto en combate. Los lituanos, anti-estadísticamente, no han sufrido bajas en el conflicto. Brindamos, yo estoy contento de que mis expectativas se hayan dislocado nuevamente, esperaba acampar bajo un árbol y encontré en cambio un cumpleanios. Para Saulius, un invitado que llega caminando desde la ruta y hablando inglés, un idioma para él tan ligado a su peculiar experiencia en el extranjero, también tiene sentido.
Crucé la frontera polaca sin inconvenientes: atrás quedó la monotonía lituana de monoblocks rurales de la era soviética. Llegué a Gdansk en dos tramos, primero un exportador de agroquímicos y luego un trompetista apresurado a tocar en la fiesta del 25 aniversario del movimiento “Solidaridad”, iniciado aquí por Lech Walesa, premio Nobel de la paz. Gdansk tiene un orgulloso pasado de prosperidad y autonomía, de hecho fue “ciudad libre” con fondo de colosos como Prusia y Polonia. Fue ciudad hanseática, se dió el triste lujo de detonar la Segunda Guerra, y el tupé de comenzar a cicatrizar sus consecuencias, cuando Walesa pataleó en los astilleros de la ciudad y los rusos le permitieron organizar el primer sindicato libre. Por mi cuenta, toqué el portero adecuado, Kinga y Chopin me esperaban.

viernes, 26 de agosto de 2005

18 al 25 de agosto de 2005. El brochet Báltico: Estonia, Latvia y Lituania.






Cuando el lento ferry me hubo depositado en Tallinn, capital de Estonia, apresure mi paso por la intrincada madeja de callejuelas del centro medieval del pueblo. Tecnicamente, estaba en Europa del Este. Hablar de las ex-republicas sovieticas se complica. A muchos de nosotros estos paises nos resultan tan indistinguibles como los son a los ojos del gringo la molleja, la tripa gorda y el chinchulin. Pero hagamos un esfuerzo por poner fin a la ignorancia que rodea al „brochet baltico“ y deshilachemos la aparente similitud.
Estonia, Latvia (talbien llamada aveces Letonia) y Lituania. Los tres paises comparten en alto grado su bagaje cultural. En tiempos medievales toda la zona estuvo bajo fuerte influencia germana. Los Caballeros Teutonicos, una orden religiosa-militar de cruzados, de regreso de Tierra Santa encontraron en el paganismo de Lituania (ultima nacion europea en cristianizarse) una excusa para invadir la zona. Parte del Imperio Ruso, luego de una efimera independencia los tres paises pasaron a formar parte de la URSS en la decada del 20, recuperando su soberania solo en 1990. En 2004 los Estdos Balticos ingresaron conjuntamente en la Union Europea, como lo atestiguan los 200 mil lituanos que viven y trabajan en Londres.
Los tres paises comparten, como natural consecuencia de toda veda, el fenomeno de un desmedido crecimiento que no logra ser ecuanime para toda la poblacion, dando lugar a torvas condensaciones, Mercedes ultimo modelo junto a viejos Lada cargados de campesinos y abuelas con paniuelo. En Tallinn, capital estona, los rascacielos de vidrio crecen al ritmo de uno por anio, como hongos, y lo mismo se observa en Riga y en Vilnius. Pero saliendo de los centros historicos de maquillados oropeles uno se encuentra con viejos bloques de departamentos de la era sovietica que reciben escaso mantenimiento, para no hablar de grandes edificios del S.XIX que por dentro se caen a pedazos, sus escaleras graciosamente arquedas por incontables pasos bolcheviques y perestroikos, donde parece que en cualquier momento nos cruzaremos a Raskolnikov bajando a los saltos las escaleras luego de matar a la vieja....
Cuando llegue a Riga, capital de Latvia, era de noche. A la salida de Tallinn me habia alzado un hombre cuyo caso ilustra la „proximidad baltica“. El hombre era un lituano que trabajaba en la gerencia de la sucursal letona de Coca Cola , y venia de una reunion de negocios en Estonia. Quien mejor que el para evaluar la imagen que esta gente tiene de si misma. Luego de 300 kms resulto ser que los estonios son los lerdos, y por eso los chiste los tienen en la mira, pero a su vez son eficientes y su economia es la que mas se parece a la de un pais europeo. Hay que recordar que por aqui un salario promedio es de 200 euros... Por su lado, los lituanos (y aqui el conductor hablaba de si mismo) se autoretratan calidos („italianos del norte“ los apodan) y algo improductivos si se miran en el espejo Estonio. En los deportes, Lituania es la nacion del basquet, Latvia la del hockey sobre cesped, mientras que en Estonia son demasiado lentos para jugar cualquier deporte de pelota.
Otro de los topicos que el conductor saca a la luz es el proceso de independencia. Al parecer no fue un tramite facil para todos. Mientras en Lituania todo el mundo obtuvo automticamente la ciudadania del nuevo estado, en Latvia el gobierno se nego a reconocer como ciudadanos a aquellos de ascendencia rusa, nada menos que el 40 por ciento de la poblacion. Asi, en Latvia, hay un submundo de ciudadanos de segunda que hasta leen sus propios periodicos en ruso.
Al salir de Riga hacia Vilnius, la capital lituana decidi alejarme de las autopistas y ver el verdadero pais. Jamas imagine que el cambio seria tan brusco. Casi automaticamente empece a transitar por rutas mal pavimentadas, donde circulaban autos un decada mas viejos que el promedio europeo. Los pueblos, rodeados por un halo de abandono, no llegaban a ser pintorescos. Carros tirados por caballo se mezclaban con vehiculos. Y ahi se me cayo una lagrima, todo era demasiado argentino. Un aleman que me llevo en su Toyota Corolla dijo: „Es una lastima que estos paises pierdan de a poco su cultura. En diez anios compraran automoviles nuevos y seran como un pais comun europeo“. No se da cuenta que estos paises quieren ser como un pais comun europeo. Luego un hombre me detuvo jurandome que su amigo me podia llevar hasta el proximo pueblo. A los 10 minutos su amigo aparecio con un scooter....Mi mochila hacen sonar los amortiguadores de la moto y los hombres cambian de idea. Es hora de hacer noche, veo dos ninios con cania de pescar que se acercan ansiosos a practicar las dos o tres frases que saben en ingles. Me parecen graciosos y les tomo una foto. Cuando su madre aparece le muestro en el visor la foto de sus hijos y, orgullosa, me dice que puedo acampar en su jardin bajo unos manzanos. Al otro dia llegaba a Vilnius, y me entere que mi pasaporte italiano esta aun encajonado en Amsterdam porque el Consulado Italiano en Mar del Plata no envia el „via libre“ correspondiente, confirmando que no soy Bin Laden. Ragazzi, en Uds. mis pasos han encontrado un ancla. El pasaporte, ese chasis del alma...


jueves, 18 de agosto de 2005

COMUNIDADES SUSTENTABLES EN FINLANDIA: RECOLECTANDO FRESAS EN KATAJAMAKI





Si algo me gusta de Finlandia es que el país está a la vanguardia europea en ecología y comunidades sustentables. Katajamaki es sólo una del centenar de comunidades sustentables descriptas en la edición 2005 de Eurotopia, un volumen que cada año compila los experimentos sociales existentes en el continente, su población estable, las hectáreas que ocupan, el sistema de toma de decisiones, y la manera de organizar la propiedad. De Katajamaki me había enterado en el encuentro Rainbow en el Círculo Polar, de boca de Touco, Katrii y Aleksi, unos fineses a los que visité en su Jyvaskyla natal, camino a la comunidad. En esos días los chicos complotaban sobre la manera de subsistir de la venta de mandolines eléctricos confeccionados con latas de galletas. Entre debate y debate soltaron la dirección y allí fui.






Katajamaki funciona en medio a un bosque de coníferas, aunque eso se puede decir de cualquier sitio en Finlandia. La casona principal donde sus 10 habitantes permanentes se reúnen para cada comida data de 1905, y era la instalación principal de un sanatorio mental que funcionó hasta 1917, y que utilizaba terapias alternativas (y controversiales para la época) como hacer vivir a los internos por varios días en casas montadas sobre árboles, me cuenta con orgullo Kiutso, uno de los 3 sobrevivientes de la primera formación del experimento, mientras el sol chiquilín juega y se intrica entre las hebras de su barba. La idea de una comunidad es lograr la tan anhelada “autosuficiencia”, y de acuerdo al grado en que lo logra se la puede categorizar. Autosuficiencia como contestación a la división del trabajo en la que el obrero que trabaja en la fábrica de televisores cambia su salario por pepinos y el que suda en la fábrica de pepinos cambia su salario por televisores… Se pretende recuperar la conexión perdida con los alimentos servidos sobre la mesa cada día. Pero también se arremete contra la idea de propiedad privada, ya que todo se posee colectivamente, la tierra, los animales, el dinero. El salario, en caso de percibirse un ingreso por venta de alimentos en el mercado externo, también se distribuye de acuerdo a la necesidad. Se sigue en algunos aspectos el modelo de los kibutz judíos. Reunidos en asamblea, una propuesta se implementa sólo si hay consenso total. En este contexto, honrado me sentí (y con estas líneas transfiero la dicha a quienes realmente están en el asunto) cuando Kiutso me preguntó si el trueque en Argentina seguía siendo tan fuerte como en lo peor de la crisis. ¡Hasta acá se enteraron! 






Pero uno no puede caer por estos pagos a hacerse el antropólogo y ponerse a garabatear ensayos en una libreta. Por las mañanas, con un balde sujeto al cuerpo por un cinturón nos sentábamos junto a las plantas de fresas y recogíamos individualmente aquellas maduras que luego se almacenaban en el freezer para el largo invierno. Había trabajo allí para un batallón, parecía que ordenábamos una vaca infinita. Alguien en la casa había puesto un vinilo de Mozart, humanísima sofisticación para acompañar la básica tarea de recibir de la tierra sus frutos. Por la tarde caminaríamos por el bosque buscando hongos comestibles, luego recogeríamos papa en el huerto y prepararíamos una buena comida grupal. 




En la casa (que huele a madera y a hierba, producto de la caldera que seca kilos de hierbas silvestres en una sala ad hoc) siempre hay visitantes. La comunidad lo alienta: los curiosos dejan algunos euros o su trabajo a cambio de la pensión, pero más que nada se suple la conectividad de la ciudad abandonada y criticada, a la vez que se promueven los valores comunitarios. En conjunto, Katajamaki me pareció subdesarrollada en relación a su potencial. Lo que es algo bueno. Hay mucho para hacer, pero encontrar gente con voluntad de compromiso a largo plazo es una tarea difícil. Kiutso y Ossi se esfuerzan ahora por extender los cultivos al bosque respetando los principios de la permacultura, una disciplina que está en boga entre los granjeros orgánicos contemporáneos, y que consiste justamente en eso: lograr que agricultura y naturaleza no se excluyan mutuamente.…Próxima parada: Helsinki.

miércoles, 10 de agosto de 2005

UN ARGENTINO EN LAPONIA

 


Gamvik, la aldea pesquera del norte de Noruega en que me habían confundido con un ave migratoria y anillado con el número BA20016, se me había terminado en continente. Hacia el norte sólo las Islas Spitzbergen y el Polo Norte. Era tiempo de re-orientar velas, pulgares y suenios hacia Estambul en el sur, una caída de varios meses a lo largo de miles de kilómetros a través de Europa del Este, con toda Finlandia aún por delante.


Una manera fácil de conocer Finlandia sin moverse de casa es imaginarse un pino, alto, verde y fuerte. Cuando tenemos ese pino, lo multiplicamos por un billón. Se agrega una línea del horizonte al asunto, unos 40.000 lagos y eso es Finlandia. Estas tierras no están vacías: millones de renos y algunos finlandeses habitan en Finlandia. Aún no queda claro cómo la cultura finlandesa se desarrolló a pesar del reno. Algunos historiadores señalan que incluso el sauna, orgullo nacional finés, no sea acaso más que un artilugio de los primitivos fineses para escapar, al menos por un rato, de los embates del reno. En el norte de Finlandia, llamado Lappland o Laponia, otra raza, prístina, nativa de estas tierras, ha hecho del reno el centro de su subsistencia. Ya los he conocido en Noruega, son los sami.



Inari, Ivalo y Vuotso son las tres aldeas sami que cruce en mi camino. En Vuotso, la última, decidí hacer noche. Desde la banquina podía ver una familia reunida en el parque de su casa alrededor de una fogata. Para hacer contacto esta vez inauguré una técnica: me acerqué, tacita en mano, a pedir un poco de té. La familia de Aki entendió la indirecta y pronto tenía mi lugar en el círculo. Después del Twinnings sabor vainilla llegó la cerveza y luego una lluvia torrencial que nos obligó a trasladar el fogón dentro de la tipee, una variedad de carpa usadas por los samis, similar a la de los indios americanos. 




Sólo dentro de la tipee me preguntaron de dónde era, y hasta en estas latitudes, al escuchar Argentina gritan Maradona y hacen la mímica de la mano de Dios. Podemos sembrar nuestro país de bananos y declarar al monopatín único medio de transporte válido: no importará, nos seguirán ubicando por Maradona. Me preguntaron que sabía de Finlandia, y les dije: que repelieron la invasión rusa de 1940 prácticamente a piedrazos, que inventaron el sauna y que han inundado el mundo de telefonitos Nokia, en ese orden.


                                                     ¡Extraños vehículos que se ven en Laponia!

Había nombrado sin prever las consecuencias. Tendría que haber rechazado la invitación amablemente, pero fue tarde, Aki ya estaba de pie gritando “sauna, sauna!” y toda la familia corría a preparar el sauna para mi, pobre diablo. Dentro, Aki, con un inmenso cucharón derramaba letales cargas de agua sobre las piedras candentes, parecía que le estaba dando sopa a un dragón. Pensé que iba a volatilizarme en los 10’ que por cortesía soporté junto a Aki ese cruel pasatiempo finés. Pero sobreviví y esa noche me esperaba una cama tendida.




Luego de cuatro horas de espera se detuvo en Vuotso una chica que iba a Rovaniemi. Saara se dedicaba a criar renos y a terminar sus estudios en relaciones internacionales. Era sami ella misma y no consideraba que por usar motos de nieve para llevar los rebañaos los samis pierden su cultura. Piensa, al contrario, que el problema está en los fineses del sur, que quieren seguir viendo a los sami como simpáticos esquimales que viven en carpas y persiguen a sus renos con esquíes. Sin embargo esta es la imagen que, a nivel turístico, los samis dan de sí mismos, convirtiéndose en su propio estereotipo, el que encarnan reflexivamente via las expectativas de los fineses de Helsinki en escapada de fin de semana a la salvaje Laponia. En fin, lo mismo que se ve en la Quebrada de Humahuaca desde la mediatización del enero tilcarenio. Todo parece ser cardones, tejidos y llamas hasta que uno se encuentra con los planes Trabajar y las Toyota doble cabina… Eso nos lleva a la pregunta: ¿se puede contactar sin corromper? ¿podemos hablar hoy día de vías de desarrollo naturales de los pueblos originarios? Los samis ya están en el juego, ¿pero qué hacemos con las comunidades wichis del chaco salteño? Repetir la historia y argentinizarlos me imagino, lamentablemente.


Me quedé un día en Rovaniemi, capital de Laponia, para conversar más con Sara. Ella me explicó que el reno tiene tal importancia en su aldea que cuando una mujer local se casó con el vicepresidente de Nokia, el parroquiano que trajo la noticia explicó (decepcionado) que el hombre andaba bien con las computadoras pero que no tenía ningún reno.



A Oulu llegué de un solo tramo en el auto de Kari, quien me prestó su computador portátil para encontrar miembros del Hospitality Club en la ciudad. Desde el auto llamamos uno a uno a diferentes personas y finalmente Passi anunció que no tenía problemas en recibirme en su casa. Fueron dos días lluviosos en los que me dediqué más que nada a escribir.


Para salir de Oulu a dedo agarré el diccionario y busqué las palabras finesas para “Alrededor del mundo”: “Ymperille Maailma” escribí, y así fue como me vi en las rutas finesas, sonriente, y con un cartel que decía en realidad: “El mundo, alrededor suyo”. En fin, me extrañó que Sara no me haya puesto una marca en la oreja como las que usa para sus renos. Es que habiendo sido anillado en Noruega ya me veía llegando a Estambul como vaca premiada de La Rural, con anillos y códigos de barra en las orejas.




De Oulu a Jyvaskyla viaje en el auto de Esa. Esa había estado con los cascos azules en el Líbano antes de volverse pacifista. Ahora planeaba irse a vivir a Laponia permanentemente. Así llegué a casa de Katriina, Touco y Aleksi, gente que había conocido en el encuentro Rainbow en noruega. En Jyvaskyla pasé tres noches de relax en casa de mis amigos, mientras estos discutían posibles planes para ganar dinero, como por ejempo construir mandolines eléctricos caseros con latas de galletitas…! Aleksi acababa de regresar del Rainbow en Alemania, donde se habían reunido unas 1500 personas. Fueron días de relax y viaje más bien interior.

martes, 2 de agosto de 2005

CÓMO PASAR DEL PAN DURO AL PORSCHE, Y SER DECLARADO AVE MIGRATORIA.





¿Cómo se dice “donde el diablo perdió el poncho en noruego”? Eso se dice Finnmark. Aunque el nombre hace innecesario cualquier ulterior palabrerío, digamos que este es el extremo norte de Noruega, el punto más septentrional del continente. El paisaje es inhóspito y desolado, con temperaturas en verano en el orden de los ocho grados. A pesar de esto un puñado de miles de noruegos y samis (nativos) se las han arreglado para exprimirle a la naturaleza una existencia, los primeros pescando y los últimos criando renos. En 1944 los alemanes en retirada incendiaron literalmente todo para no dejar vivienda en pie que pudiera servir de reparo a los rusos en pleno avance. Aquellos que no querían migrar hacia el sur eran pasados a fusil. Ese evento aún es un estigma: ninguna vivienda es anterior a 1950. En invierno, bajo una oscuridad que dura 6 meses y con dos metros de nieve, la gente sale a pasear en motos de nieve o practica esquí. Mucho más no hay para hacer.



A esta tierra me dirigí luego del encuentro hippie en Dividalen. Para memorizar los nombres de los inmensos fiordos que la ruta bordea uno de mis conductores sugiere una nemotecnia que él usa con sus chicos: “a-po-la-ta-ba” (Altafjord, Porsangerfjord, Laksefjord, etc). Mientras para el turista promedio esto es sólo una enumeración que sucita recuerdos de vivencias homogeneas, en mi caso sucedió lo contrario. No podía ni sospechar la amplitud térmica de lo que me iba a tocar experimentar, de fiordo en fiordo, caminando con destino a Gamvik (el poblado más al norte) a menudo hasta 15 kms por día, y haciendo dedo cuando pasaba algún vehículo. Iba a explorar todas las vetas de la fortuna, desde el ocasional linyerismo hasta los excentricismos gastronómicos pagados por los amigos que la ruta provee.



Aún antes de llegar al Altafjorden conocí a Gun y a Salah (ella noruega y el argelino). Me frenaron en la ruta y al rato estábamos cenando en casa de la madre de ella. La familia de Gun tenía una antigua tradición de ayudar a cuanto viajero pasaba por allí, incluso aveces dándole trabajo en la granja, con lo que la cena fue exageradamente sofisticada: bocadillos de raya capturada en el mismo fiordo por el tío de Gun. La madre de Gun no hablaba inglés, pero desde su silencio orquestaba toda la hospitalidad y cuidaba cada detalle. Salah no se quedaba atrás, como todo musulmán practicante, y a la maniana siguiente me entregó un taper. Lo abrí ya en la ruta, para descubrir bocadillos de salmón, arenque y raya, y carne de reno seca. El primer conductor de la mañana donó una cerveza y así caminé motivado aquel día, probablemente con las provisiones más selectas que mi mochila, más acostumbrada al arroz, haya cargado jamás.


Llegué a Alta, ciudad principal de Finnmark, de un barato y cuadrado modernismo (otra vez culpa de los alemanes) con una lluvia que me iba a acompañar por dos días. No era el clima ideal para acampar pero la idea de una picada con toda la comida que llevaba ayudaba. Pero no tuve oportunidad, un ingeniero taciturno al que le pregunté dónde acampar prefirió llevarme a su casa y a la noche estaba tomando el brandy con su familia (y los vecinos que venían a ver al hombre del sur…) En Alta, además, apareció esa infrecuente baraja del tarot mochilero: el lavarropa. (había medias esperando desde Suecia). 



“Oh fortuna, velut luna, status variabilis” es la primera estrofa del Carmina Burana. Es que en los días siguientes la luna iba a cambiar. No dejó de llover un sólo minuto, la temperatura bajó y el tránsito se extinguió. El 28 llegué trabajosamente al fiordo de Porsanger y me acosté a las 6 PM, incapaz de tolerar la lluvia por un sólo instante más, con cuatro renos descansando a 50 mts de mi carpa. El 29 llegué a Lakslev, otro pueblo en el mismo fiordo, caminando durante todo el día, bajo la lluvia, con una bolsa de agua caliente contra la cara para reducir el riezgo de hipotermia y juntando ocasionalmente alguna lata de cerveza vacía (te dan 1 corona por cada una, 50 cent. de peso). Acampé detrás de una gran casona de madera azul pastel, abandonada junto a la ruta.



El 30 llegué al fiordo de Lakse, pasé una tarde en un asentamiento sami ayudando a controlar las tarjetas que numeran los renos (nada distinto de controlar las llaves del hotel de la calle Belgrano donde trabajaba las temporadas). Los samis son semi nómadas. En invierno viven en el interior y en verano traen sus rebanios a pastar a los fiordos. Pero viven al día: para avistar un rebanio perdido usan helicópteros. Algunos opinan que el gobierno los ha malcriado a base de millonarias compensaciones económcias que sólo han corrompido sus tradiciones. Ellos disienten.


Pensé que me tomaría una semana más llegar a Gamvik, pero entonces sucedió una concatenación de eventos agradables. Me despedí de los samis y empecé a caminar. Pensaba comprar galletitas en el camino, pero los pueblos que figuran en el mapa son engañas pichanga, producto de cartógrafos optimistas. Nada crucé en más de 20 kms y me fui a dormir sin cenar. A la mañana llegué a Lebesby con una sola idea en mente: comprar comida. Pero me olvidé que era Domingo. Con todo cerrado no me quedó otra que golpear la puerta de una casa y preguntar si tenían algo de pan. Como no!? – dijo la mujer de la primer casa, y regresó con un gran trozo de pan congelado, duro como una roca y con olor a pescado.



Más cercano al asesinato que al agradecimiento me dirigí a la segunda casa. No sospechaba que ese pedazo de pan duro era acaso la piedra madre de una avalancha de hospitalidad. Porque entonces tuve que golpear la segunda puerta, y la familia allí no sólo tenía pan, sino que estaba interesada en mi historia y me invitó a almorzar. Era una familia numerosa, con cuatro ninios. Durante el almuerzo me comentan que ellos viven todo el año en Nepal, con lo que de paso una puerta se abría en Katmandú. Ese fue el primer milagro del pan duro. Cuando estoy a punto de despedirme para seguir hacia Gamvik deciden visitar a una pareja amiga que vivía en ese sitio, más precisamente en Slettnes, 2 kms al norte de Gamvik, en una Estación de Observación y Anillamiento de aves de la WWF. Se llamaban Roi y Camilla y eran una areja de ornitólogos.



Los cinco tomamos el té en la pequeña estación, que es la única vivienda en esa inmesa planicie lunar a parte del faro de Slettnes, el faro en tierra firme más al norte del mundo. Por la tarde me explicaron vida y obra de las 160 especies de aves que habitan en la zona, algunas que han migrado desde la Antártida para llegar hasta aquí. A la hora Roi había decidido que la organización pagaría por mí los U$S130 por noche que cuesta la exclusiva hostería que funciona en las instalaciones de faro. Eso incluía desayuno con bocadillos de cangrejo real, ballena, langostino y otros platos de la zona que nunca hubiera pagado. Eso fue demasiado, yo sólo pedí un trozo de pan…


                                      El árbol más pequeño del mundo, comparado con una cajita de fósforos. 

Durante la cena Roi nos cuenta un poco de su vida: como científico ha trabajado en una veintena de países desde Irán hasta Yemen, en cada uno de los cuales insiste en darme direcciones y teléfonos. Además de ornitólogo Roi también es psicólogo, y su concepción de la vida me cae simpática. “Es todo un juego” – me dice. “Yo viví tres meses de mi vida tirando un dado para tomar cada decisión”. Esa ligereza metafísica no le ha impedido progresar en el mundo material, a juzgar por el Porsche negro último modelo que, demás está decir, estuvo a mi disposición todo el fin de semana con chofer. Cuando me bajaba del Porsche siempre había un grupo de jóvenes que me levantaba el pulgar y hacía alguna mueca para expresar su admiración por el bólido. Teníá ganas de decirles que todo era culpa de un trozo de pan congelado y con olor a pescado descompuesto. 


                                                                            Todo por un trozo de pan duro....


                                           Mis nuevos amigos me llevaron en tour gastronómico por el pueblo.

                                    
               La especialidad noruega: carne de ballena. No fue fácil, pero quería probarla para poder opinar.

La última noche fue emotiva para mí. Estábamos en la estación con Roi y su mujer, y Roi decide darme un souvenir especial: un anillo de los que abrochan en las patas de las aves migratorias. Toma la pinza especial, toma mi dedo, y sácate. En el metal se leen los datos de la estación y el número 20016. Me pregunto si el 20017 será un albatros o un aguila. La situación era esta: había llegado al extremo norte del mundo donde primero me habían dado pan duro y luego alguien me habían anillado. Me estaré pareciendo mucho a un pájaro? No se si soy digno de compararme con esos ilustres plumíferos que cruzan océanos y continentes cada anio, pero la metáfora tramada por la sensibilidad de Roi me llena de orgullo. Veremos que tan lejos vuelo.

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Curiosidades sobre la Hospitalidad en Finnmark:

Tuve la oportunidad, en la terminal de Gamvik, de charlar brevemente con Vegard Valberg, encargado del museo del pueblo. El me explico que durante el S.XIX, cuando aparecieron las primeras hosterias en Finnmark, los locales hicieron sentir su ira a las autoridades porque a su juicio era inaceptable que se pagara por la hospitalidad. Era el comienzo del turismo. Para mas información se pueden remitir al libro (en noruego) “Nesselkongene” (Knutsen, 1990).

lunes, 1 de agosto de 2005

4ta semana de julio 2005. Persiguiendo a los hippies por el ártico: encuentro Ting-Rainbow en Dividalen.






Hace 7 días que vivo un larguísimo día al que sólo mi reloj biológico fragmenta en períodos de vigilia y de suenio. Es verano en el norte de Noruega, el sol brilla a medianoche, y las doce y cinco ya es el amanecer… Dos noches permanecí en Bodo en casa de Mohamed y Josefina, dos músicos locales. Bodo en sí es espantosa pobrecita, parece un INIDEP gigante, pero por eso mismo me cae simpática (mi hermana Fernanda es bióloga en el INIDEP) y toda esa madeja de instalaciones portuarias le da al pueblo una atmósfera decididamente ártica. Cuando el periodista de un diario local me preguntó si me gustaba la ciudad pensé en una torta de chocolate y dije que sí con la cabeza.
Aunque tenía que moverme (aún estaba a más de 450 kms del encuentro hippie al que me dirigía) el segundo auto que se detuvo por mí a la salida de Bodo era el de 4 noruegos con oferta firme de ir a caminar sobre un glaciar que yacía dentro de una cueva, y no me pude resistir. Esa noche claro está no llegue muy lejos y acampé al costado del camino.
Al otro día pude ver los primeros efectos de la nota con mi foto en el diario de Bodo: primero un auto se detuvo al reconocerme y luego, cuando la E6, la ruta que costea Noruega de sur a norte, se interrumpe y hay que pagar un breve ferry, la nota fue vital para negociar un pasaje gratuito. Viajar por la E6 me pone nostálgico: calzada angosta pero prolija, lagos y fiordos, montanias con las últimas nieves, pueblos espaciados y poco tránsito, todo indica una gemela nórdica de la ruta 40! Cuando camino a Narvik viajé por primera vez en 3 meses en la caja de una chata el parecido se hizo insoportable. Lastima que los precios no acompanien el reflejo…
Narvik, otro puerto gris y desalineado incrustado en un fiordo de belleza dramática, era la guarida ártica de los grandes acorazados nazis durante la última guerra mundial. Allí, fiel a mi nueva política de gasto cero, canjé alojamiento por publicidad en el hostel donde dormí. La diplomacia puede maquillar un acto de mendicidad de manera tan efectiva que éste parece una propuesta en la que la oportunidad es de la otra persona.
El encuentro de la familia Rainbow quedaba al final de un valle llamado Dividalen, en territorio sami. Los samis son los últimos indígenas europeos. Viven de la cría de renos pero viven al día, con celular y Volvo. Mi primera impresión al llegar fue que había dado con una tribu perdida (acaso samis distraídos que no se enteraron del Volvo). Dos docenas de personas conversaban alrededor de un fuego, alrededor hay varias carpas como las de los indios norteamericanos. Al verme me gritan “Bienvenido a casa!”. Fue preciso un segundo golpe de vista para ver que esos hombres y mujeres pertenecían a mi época y cultura, tal vez porque su estética reflejaba sus esfuerzos por vivir en una cultura diferente. Casi todos andaban descalzos, gran parte se han dejado rastas, otros llevan la barba larga. Son Jóvenes, son madres con hijos, son hombres mayores. Son europeos, son japoneses, son sudamericanos. Todos parecen excesivamente cultos y conscientes. Toda esta gente cree que en algún lugar tomamos la curva equivocada y que hay que trocar las grandes ciudades por pequenias comunidades autosuficientes. Se consideran una familia y llaman al mundo exterior “Babilonia”.
Me había puesto a charlar con un islandés que sotenía que todos los problemas del mundo partían de la sociedad patriarcal cuando llegó otro nuevo, un americano rubio cuya gorra graciosamente adornaba con una pluma. Dejó la mochila en el suelo y abrazó a tres de nosotros de un saque como si fuéramos sus hijos. Tardó media hora en saludar porque el abrazo no perdía intensidad al dar la vuelta a la ronda. En general hay una amabilidad que nosotros los babilónicos perdimos hace ratazo: cualquier cruce de miradas es excusa para anchas y cuasi idióticas sonrisas. Otros se van, tres suecos de larguísma barba rubia saludan y parten hacia su país a pie (3 días).
Dado un momento nos mudamos hacia otro fogón junto al río. Allí un rumano al saberme argentino hace un agradable comentario sobre Borges. Devuelvo el gesto con un cumplido a Cioran. En el grupo, en que predominan los escandinavos, muchos pasaron meses en Latinoamerica y dominan el espaniol. Es agradable ver a suecos, italianos y yankees usar por momentos el espaniol como canal común. Al cabo del primer día mi conclusión es que si Chrsitiania me había parecido un sitio revolucionario, la Familia del Arco Iris era sin duda la legión extranjera encargada de propagarla. Me voy a dormir, justo en el momento en que otros se levantan, la ausencia de noche hace que cada uno calcule sus días siguiendo calendarios personales.
La “familia”, como todo grupo humano, tienen sus ritos. Al otro día, a la hora del almuerzo, todos hicimos una gigantesca ronda, llamada “ronda de comida”, tomados de las manos cantamos: “Estamos todos juntos, esto es familia, esto es unidad, esto es celebración”. Es la manera de agradecer a la naturaleza por lo que vamos a comer: polenta con manzana y pasas de uva. No se toma alcohol.
Esa noche me tocó integrar un “círculo de visión” en el que uno de los “hermanos” anunció la visión de un gran encuentro en las montanias Altai, en el límite entre China, Kazakistán y Mongolia. Las visiones de futuros encuentros se ratifican por consenso absoluto en encuentros precedentes. Las personas hablan de a una, cuando se les da el “palo del habla”, y al pasarlo dan la palabra a su vecino. La yankee melancólica termina hablando de nomadismo y Flavio el portugués pide que por favor focalicemos en la visión, justo cuando le toca el palo al francés del turbante que acaba de llegar, se sienta, posa el palo en su frente, y nos cuenta a todos que visualiza un águila amarilla Flavio pide por favor que todos dejemos nuestras águilas afuera… Toda esa tarde se habló de Altai, de las visas, de un camión que la “familia” tiene en Marruecos y que se podría habilitar para el viaje. Miki el israelí y yo opinamos lo mismo, pongamos el énfasis en comunidades sustentables, los encuentros aunque necesarios, son picnics en la naturaleza que no cambiarán el mundo.
El último día amaneció (es una metáfora, es siempre de día) con una sorpresa. No era el único argentino. Candelaria está viajando desde 1989, ella tiene 41, su nena, Paula, que nació en Costa Rica, tiene 5 y hasta habla un poco de inglés. “Ví asumir a Menem por televisíón y me fui a sacr el pasaje” me cuenta. Uno en la ciudad se cruza a la gente que nunca viajó o a los que lo hicieron pero regresaron (que son en definitiva los que lo inspiran a uno). Solo en el camino aparecen los que hicieron del camino una patria. Cande me pasa un mate (el más septentrional de la historia acaso) y me cuenta de una familia amiga que jamás mandó a su hijo al colegio porque nunca dejaron de viajar. Pienso en Concertino, el alemán que recorre el mundo hace 25 anios con su bandoneón y su hamaca, a quien también conocí aquí. En fin, me voy a dormir, algunas revelaciones pueden ser peligrosas…