viernes, 22 de julio de 2005

3er semana de Julio de 2005. Los tres Thors en la E-6. Sol de medianoche en Bodo.




Costó alejarse de Christiania, en Dinamarca, pero finalmente seguí con mi idea original de dar la vuelta a Escandinavia en sentido horario pasando por Nordkapp, el punto más septentrional del continente, tierra de esquimales y turistas alemanes con casa rodante. A pesar de esto, Nordkapp pasó a segundo plano desde el momento en que en Christiania alguien dijo que la Rainbow Familiy se estaba reuniendo en algun sitio cercano a Oslo. La “Familia del Arco Iris” es una organización que desde la década del 60’ reune a personas en todo el mundo bajo las consignas de paz y conexión con la naturaleza. Las coordenadas exactas del evento son desconocidas, al parecer los organizadores confían en que Freia (la Pachamama nórdica) guíe a los interesados, y si no llegás es porque simplemente no debías estar allí. Sólo se sabe que la reunión dura todo Julio y que es en realidad una continuación de la milenaria tradición nórdica del Ting, o asambleas populares de tiempos paganos anteriores al corralito. Y hacia allí dirigí mi intención aún antes que mis pasos.
La entrada en Suecia fue en el auto de un exportador afgano que me dio su teléfono en Kabul. A continuación, y en el mismo día, viaje en el auto de un peruano, en el de una mujer de Estonia y en el de un palestino, lo que me llevó a pensar que no debía esperar mucho de los suecos en términos de hospitalidad. Esto, sumado a precios que invitan al ascetismo (U$S20 una pizza) tinieron de pesimismo el primer día, en que llegué hasta Helsingborg luego de haber soportado esperas de casi 3 horas en la ruta. Allí acampé en un concurrido parque frente al mar. En Escandinavia todo el territorio nacional es considerado camping libre, por lo que cuando consulté con la policía, incrédulo yo, se rieron, me dijeron que sí, y me desearon una feliz estadía en Suecia.
A la maniana siguiente salí rumbo a Gotenburgo. Allí me esperaba Gunilda, quien se fue de viaje y me dejó el depto por dos días, con internet y heladera llena, una estabilidad que ya se me había olvidado. Aún obnubilado por Christiania, poco me interesé por la ciudad, que me pareció más bien mediocre, limitándome a pasear un poco por el puerto.
En Gotenburgo me enteré por un foro que los hippies no se reunían cerca de Oslo, sino 2000 kms más al norte, en un paraje perdido sobre el Círculo Polar Artico, y tomé la decisión de ir de una carrera, haciendo caso omiso a visitas turísticas más obvias. Intento hacer de este viaje una oda al movimiento más que un rosario de postales. Decidí dejarme guiar más por la intuición que por la Lonely Planet. Además tomé la decisión de no gastar más dinero: con estos precios me declaro en huelga, no gastaré dinero que no haya ganado primero. Y así comencé a ofrecer “La Armonía del Caos”, mi libro, a los conductores que se detenían…
Confiando en la providencia partí hacia Oslo, con cero coronas noruegas. En el camino me frenó primero un autobus que me llevó gratis 90 kms, luego un hombre que compró mi libro en U$S10 y un artista vanguardista que vivía en Frederikstad en un viejo camión militar ruso y que me invitó una pizza, y por últrimo un turco que me dejó en la terminal y me dio monedas para llamarlo si no encontraba a mi anfitriona. Pasé una sola noche en casa de Liga, quien trabaja intentando convencer a los noruegos de entrar en la UE. Le dije que mejor los convenza de hablarse los unos a los otros, antes de que se extingan (son sólo 4 millones, con un promedio de U$S50mil en el banco por cabeza).
En Oslo comencé mi periplo al Círculo Polar Artico. Inmensos bosques de coníferas cubren todo el territorio, pronto también aparecen montanias cuyas moderadas cimas aún retienen nieve. Al costado del camino seniales advierten de la presencia de alces, esos gigantescos cérvidos de hermosa cornamenta que diambulan por todo el Artico. En Fagernas me frenó un hombre que se llamaba Tor, el nombre del dios vikingo del trueno. Tor me preguntó a dónde iba. “Lo más al norte posible” –respondí-. El iba a Bodo, en el extremo norte. Viajamos juntos unos 1000 kms y qué mejor guía de Noruega que el mismo Tor! En Dombas hicimos noche en un hotel que no me cobró a cambio de publicidad en mi página web.
Una hora después de haber cruzado el Círculo Polar llegamos a Bodo, un puerto industrial en un inmenso fiordo. Me esperaba Mohamed, un músico noruego que había conocido en Christiania. Con él y Josefina (la cantante de la banda) fuimos a ver el sol de medianoche. Llegamos a un hermoso acantilado a las 23:45, el sol bajó hasta la línea del horizonte, amagó a ocultarse y a media zambullida comenzó a subir nuevamente. “Buen día. –me dice Mohamed-. Hasta septiembre no anochecerá. Bienvenido al norte del planeta” y a continuación me preguntó si sabía que el clip (ganchito) era un invento noruego. Haré noche en Bodo, necesito lavar ropa, escribir esta nota y prepararme para marchar al norte del norte.

sábado, 16 de julio de 2005

CHRISTIANIA: PATRIA DE LOS QUE QUIEREN EMIGRAR DEL SISTEMA


          Chocando en las rutas danesas....

                                                   
                                          Los grafitties le sientan tan bien...

Mi entrada en Dinamarca fue desprolija, un movimiento de ballet que culminó en partida de bowling. De hecho entré en el Mercedes de un turco borracho que acababa de tomarse 25 cervezas con la predecible consecuencia de terminar al costado del camino luego de un trompo espectacular en que casi volcamos (tuve más reflejo que él y pegué un volantazo a tiempo). Como compensación él pagó la cena y esa noche acampé en una plaza de Odense.




A la mañana siguiente mi estómago me dirigió al supermercado antes que a la ruta. Dinamarca no entró aún en el euro, lo que me llevó a descubrir accidentalmente cómo hacer las compras gratis. El método consiste en pedir a una persona cualquiera si me puede cambiar una moneda de 2 euros a coronas danesas. Casi siempre la persona te da las coronas y no te acepta los 2 euros. Demás está decir que la misma moneda de dos euros rindió como jugo Tang…




   ¿Naranjas gratis? ¡Sí!



                                  Cuando llegó la policía, todos hacían "ommmmm"

Así llegué finalmente a Copenhague. Mi plan era quedarme unos dos días. Pero descubrí Christiania, una porción de Copenhague que luego de siglos de funcionar como barracas militares fue ocupada en 1972 por cientos de artistas, pacifistas, desocupados, y antropólogos en busca de un espacio urbano alternativo. Al día siguiente un diario de izquierda publicó el siguiente titular: “Para emigrar, tomarse el autobús nro 8”. Contra todas las apuestas (todos predecían que la zona sería un mero refugio de junkies y carteristas, y luego de resistir varios intentos de desalojo de la policía, Christiania se ganó su derecho a existir como experimento social, y ahora con más de 30 anios de historia cuenta con 1000 habitantes, tiene su propia moneda, leyes y oficinas de gobierno. La posición actual del gobierno danés es la de hecharlos a patadas: 85 hectáreas en el centro de Copenague son una tentación inmobiliaria. Que los hippies se vayan a otra parte.



Lo primero que uno ve al entrar es un cartel gigante que dice: “Ud está saliendo de la Unión Europea”, y otro que dice “No a las drogas pesadas”. Decir que en Christiania todo el mundo fuma marihuana sin dobleces de conciencia, incluso delante de sus chicos es reducir el fenómeno a sólo una de sus dimensiones. Se trata realmente de un espacio social diseñado para vivir, no para consumir. Todo el pueblo es peatonal, se anda en bicicleta y la basura se recicla íntegramente. Una gran fábrica cuya chimenea ha sido cubierta por una enredadera (qué metáfora!) alberga ahora decenas de casas. Frente a ella hay un stupa tibetano y una gran plaza donde multitudes se sientan a leer un libro, comer ensaladas (abundan los vegetarianos), fumar, hacer malabares, etc. Cuando la policía hace una ronda la actitud de la gente resume su filosofía: se ponen a hacer “om” todos juntos para ahuyentarla…




                        Dando vueltas por Copenague en kombi y escuchando la Bersuit...

Christiania es inevitable punto de encuentro de gente que anda en viaje espiritual. Todos buscamos una salida y probamos llaves con distintas formas. Pude comprobarlo, me quedé toda la semana en la casa que un grupo de jóvenes ocupaba cerca del lago. Ellos eran Kia, danesa de rastas rubias, pacifista y dueña de la combi VW, vive seis meses al año en Camboya haciendo trabajo voluntario; su amiga Maya, danesa, taoísta con quien compartimos la idea de dejar que el fluir del universo determine nuestros pasos; Helga (la única del grupo en tener ciudadanía real de Christiania), Lisa y Nina, a las que ayudé a hacer un avestruz gigante de alambre para un espectáculo de circo que nunca veré. Pero también estaba Mikkel, de Sri Lanka, que pensaba como yo: comprar algún día un terreno en alguno de nuestros países para hacer una comunidad similar. Y muchos otros noruegos, españoles, soñadores, perdidos, atormentados, todos prometen irse y al día siguiente se encuentran en la plaza, se saludan y se preguntan: “¿Todavía aquí?”. El lugar es pegajoso.


                                   Volviendo de hacer las compras, bueno, pero sin comprar nada....

Por las tardes salíamos en bicicleta a buscar comidas a los contenedores de los supermercados, que acá tiran comida empaquetada y sin vencer, acaso sólo porque la etiqueta está al revés. Parasitar el sistema al que se critica no me parece coherente, pero sí económico. Por las noches poníamos todo lo recolectado, especialmente vegetales, en la parrilla. Era increíble que esa sabrosa cena hubiera salido básicamente de un tacho. Es increíble que en el mundo se tire comida. Poco salí de Christiania en la semana, y cuando lo hice fue para terminar mi libro, que al fin está listo. Se llama “La Armonía del Caos” y sólo está disponible por ahora en inglés. (Esto fue antes que de que  Vagabundeando en el Eje del Mal se transformara en mi primer libro editado ) Lo terminé en la casa de Claudio, un argentino exiliado en el 76 que nunca regresó. Vive de la seguridad social danesa, en feliz soledad. Mucha de la gente que peleó por la libertad en nuestros países terminó por acá. Por eso cuando vamos a un recital vemos sólo jóvenes, ¿dónde están los que faltan? Christiania demuestra al mundo dos cosas: que la rebeldía no es algo generacional y que el movimiento hippie no zozobró, simplemente tuvo una baja marea.





Así salí de Dinamarca, sin haber cambiado jamás dinero pero con efectivo producido por los libros y por el encuentro providencial de U$S 80 en la calle. A ver cómo pone los guantes Suecia.


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