jueves, 30 de junio de 2005

4ta semana de Junio de 2005. El virus argentino en Holanda: mates en La Haya, asado en una casa okupa en Delft. Caminando sobre las aguas en el Mar de






Para el tamanio que tiene Holanda, son demasiadas las cosas que han sacado de la galera sus anfibios habitantes. Al pensar en Holanda algunos evocan los archifamosos molinitos, otros los tulipanes multicolores. Eso es culpa de las postales, pero estos tipos, además, fundaron Nueva York (con el nombre de New Amsterdam, hasta que los ingleses los sacaron a patadas) y el Gran Hermano (sí, idea holandesa). Otras cosas no las inventaron, pero las exacerbaron: como las bicicletas (no sólo cada calle tiene una bicisenda paralela sin excepción, sino que las ciudades están conectadas por bicisendas, con sus propios túneles y puentes). Otra fasceta holandesa es la de legalizar todo lo que el derecho romano se encargó de prohibir: la propiedad privada encuentra lindo frenate en el derecho a ocupar casas cuyos duenios no pueden mantener habitadas y habitables. Y la marihuana legalizada, que merece párrafo aparte. Basta con decir que la mitad de los conductores que me llevaron en el país fumaban y conducían con la más absoluta normalidad. Qué ironía que con tanto relax jurídico sea a Holanda a dónde vayan los que se portan muy mal. En La Haya está el Tribunal Internacional de Justicia. Y sino pregúntenle a Milosevic.

Mi amigo Stephen vivía en Delf, una ciudad pequenia, prolija y antigua, con sus canales atravesándola en todas direcciones y su plaza repleta de esas típicas casas flamencas y un par de iglesias góticas del siglo 13 así como así. Lo primero que ví al entrar en su casa fue un paquete de yerba en la repisa (Stephen tiene pasaporte holandés y corazón celeste y blanco) y un gato haciendo inútiles caricas a un cajón de cerveza. Así, el primer día fue de nostálgicas mateadas, sobretodo recordando la vez en que juntos caminamos al pueblo de Crotto, en provincia de Buenos Aires. Los viajes son como los vinos, una vez hechos mejoran con el tiempo, se aniejan.

El Domingo nos subimos a las bicicletas y pedaleamos hasta La Haya, donde había un festival de rock gratuito al que asistieron 100 mil personas. Allí, con perverso placer, Stephen sacó mate y bombilla y le metío para adelante. En tierra de la marihuana, nuestra yerba vieja y peluda causó espectacular interés y proporcional decepción. Se acercaban de a uno y en puntitas de pie a ver que era esa “pipa”, preguntaban si producía alucinaciones y regresaban cabizbajos a sus puestos. Gran noticia durante el recital: Máxima, la argentina princesa de Holanda ha tenido un nuevo hijo. Aplausos por doquier y alguna palmada en mi hombro. Pero si no es mío!

La agenda del complot decía que el martes era el turno del asado. Este se llevó a cabo en la casa “okupa” que Stephen y otras 15 personas están reciclando. No confundirse, acá okupa no significa rasca, los 15 amiguitos hicieron una vaquita para el reciclaje y juntaron un millon de euros… Fue el primer asado que preparé en la clandestinidad. Hacer fuego, en Holanda, requiere permiso municipal. Pero los churrascos se cocieron igual al margen de la ley. Mientras comemos charlamos. Stephen está cansado de trabajar en Holanda. Como ingeniero hidráulico su tarea es calcular el impacto de hipotéticas inundaciones en el anio 2114…y siente que su trabajo es inútil para el resto del mundo y quiere aceptar un puesto en Chad, trabajando para la ONU. Por eso te fuiste a Argentina? “Sí. –me dice- Pero allá cuanto más caro es un proyecto más contento se pone el gobierno”.

Dos días los dediqué a sacar un nuevo pasaporte italiano en Amsterdam. Fui y volví en tren, con la tarjeta de estudiante de Stephen, sonriendo sin hablar una palabra de holandés ante la llegada del guarda. Mi pasaporte italiano original se perdió en una carta de Dublín a Milán. Cuando esté listo el nuevo, Stephen deberá enviármelo por carta al sitio de Escandinavia donde me encuentre. Pero por ahora “el azul” se la banca, en él están la visa de Siria y un desubicado sello de salida de Suiza. El DNI italiano aparece como comodín en ocasionales controles de frontera, y si piden pasaporte sale “el azul” al paso. A eso lo llamo: evocación selectiva de tatarabuelos.

La semana terminó con un intento de caminar hacia una isla del mar del norte, durante la marea baja. Algo así como el suenio de todo ingeniero hidráulico, sentirse Moisés mientras las aguas se hacen a un lado. Para eso nos trasladamos a Gronningen, donde hicimos base. El conductor que me llevó hasta allí pasó a buscar a su novia por una especie de asentamiento transitorio donde había varios vagones de circo transformados en casas. Más gente que busca salir del sistema. Me encanta. La cosa es que iniciamos la caminata acuática con mapa, GOS y todo, pero a la media hora teníamos el agua por el cuello y hubo que volver. Como ven, cargué la cruz en Dusseldorf pero fallé a la hora de caminar sobre las aguas. Lamento decepcionar a los que creían ver en mí algún tipo de mesías…. Eso sí, lo de multiplicar los panes me sale bastante bien:. Mi presupuesto diario es de 5 euros. Aun así, en esta semana, la hospitalidad ajena me permitió andar en los 2,60 al día. El desastre de la semana: el dentrífico abierto en el bolsillo de la mochila. Salgo ahora hacia Dinamarca. Saludos!

miércoles, 22 de junio de 2005

3er semana de Junio de 2005. Futbol en Dresden. Cargando una cruz en Dusseldorf. Llegada a Holanda.





Semana número 7. País número 10. Ciudad número 22. Automóvil número 100. La semana comenzó con mi llegada a Dresden, en Sajonia, Alemania, célebre por haber sido reducida a escombros una noche de febrero de 1945 en el que fuera el mayor bombardeo convencional de la historia. Durante la época de la DDR la zona era conocida en cambio como “el valle de la gente que no sabe” por haber estado en una posición desfavorable para recibir las ondas de TV del oeste y saber lo que pasaba del otro lado. En Dresden me esperaba Veit, fundador del Hospitality Club. Se trata de una base de datos para el intercambio de alojamiento gratuito, con 60000 miembros en todo el mundo, 900 de ellos en Argentina. Esto explica por qué no utilizo hoteles y gente me espera en todas las ciudades que visito.Hace dos anios que los mochileros argentinos organizados en AutostopArgentina.com.ar venimos colaborando con Veit en la promoción del Club entre los viajeros latinos, y por ende conocerlo en el mundo real tenía mucho sentido para mí. La estadía en casa de Veit encontró pronto una rutina. Ambos nos levantábamos y trabajábamos en nuestras notebook como dos neuróticos, yo preparando la futura página de este viaje, Veit manteniendo en línea el Club en cuestión. Esta rutina tuvo dos fisura. Una tarde de calor insoportable hizo que Veit cambie su bunker por la piscina en casa de su abuela. Sorpresa para mí, latino pudoroso en tierra de hippies jubilados, la abuela era una naturista radical que no permitía a nadie entrar en su casa calzado o baniarse en su piscina con malla. La playa de Moria un poroto. La segunda escapada del bunker fue para ver Argentina- Alemania en un bar del centro histórico. Vale aclarar recién este anio culminó la reconstrucción del centro histórico de Dresden, luego de 50 anios de lucir como un gran rasti a medio armar. En el bar eran todos alemanes, por lo que la bandera estuvo en el bolsillo bien guardadita hasta que hubo motivos para festejar.

El Miércoles llegué a Dusseldorf, en el famoso Ruhrgebiet, a orillas del Rin, corazón de la industria alemana del acero hasta los 50s, un impresionante tejido urbano en el que unas 12 ciudades han avasallado sus limites para devenir una sóla mega ciudad de 7 millones de habitantes. Hasta allí me llevó un empresario ansioso por cambiar su vida de oficina por un largo viaje. “Si muriera maniana, no habré sido féliz” decía. Y remató con un “…y la muerte es buena consejera”. En Dusseldorf me esperaba Sanna, una estudiante sueca que vivía junto a muchos otros jóvenes de su país en una residencia estudiantil (de la que yo entraba y salía por la puerta trasera). Las chicas de la “emabajada sueca” se empeniaban esos días en preparar las celebraciones del solsticio de verano, el día más largo del anio, fieles a esa costumbre de los nórdicos de hacer barullo y adorar al sol ni bien el termómetro llega a 21. La celebración consistía, en palabras de Sanna, en bailar y brincar todos como una rana alrededor de una cruz de madera revestida de yuyos y flores. Con ese programa quien va ir al cine. Es el tipo de actividades que merecen para mí el máximo cuidado y cooperacion internacional, por lo que a la noche estaba merodeando las orillas del Rín en bicicleta y depredando su flora (la costumbre exijía al menos 7 flores distintas como decoración) Mientras, Sanna diseniaba la cruz en papel milimetrado (estudia arquitectura). Con ese espíritu Scania, la cruz estuvo lista en la maniana del viernes como planeado. “Y como llevamos la cruz de dos metros de alto, tan pesada, nosotras sólas?” Los suecos se borraron y fui presa fácil de la persuasión que diez barbies suecas pueden ejercer sobre un sudaca, y no es que quiera dar a mi viaje connotaciones religiosas, pero al mediodía estaba cruzando el centro de Dusseldorf cargando la cruz a mis espaldas. Algunas mujeres se persignaron, los autos cedían el paso en las esquinas, en fin, logré todo menos el truco de la foto en la toalla. En un gran parque junto al Rín las chicas dijerón “acá” y con un martillo y un par de estacas tutoras plantamos la cruz. Si la cosa parecía apuntar a una morosa evangelización de las riveras del Rin, quedó claro que no era así cuando llegó el resto de la comitiva con los salmones, los arenques, las cervezas… y se pusieron a cantar en sueco y a hacer rondas en torno a la cruz, ya decorada con las flores y yuyos. Y sí, tuve que bailar como una rana. En la reunión apareció de sorpresa un grupo de Hospitality Club de Dusseldorf, muy interesados en sacarse una foto con la banderas de la paz de HC que estoy llevando en mi viaje. Estaban orgullosos de que una de las banderas hubieses llegado a su ciudad. Había en el grupo miembros de HC de Polonia y de EE.UU.

El sábado partí rumbo a Delft, Holanda, donde me esperaba Stephen, un ingeniero hídrico holandés que toma mate y dice a la perfección: “Mira como bailo esta cumbia mi negra”. Terrible lo que el virus argentino ha hecho a los mochileros europeos de regreso en sus países. Cinco meses en Tapalqué (diseniando una defensa contra las inundaciones) fueron suficientes para Stephen. Lo encontré en estado lamentable, con un paquete de Rosamonte y otro de Cruz Malta en la alacena. El viaje hasta Delft fue medio complicado al inicio debido a la aglomeración de ciudades del Ruhrgebiet. Tengo que admitir que mi primer auto me llevó en la dirección opuesta, hacia Bochum. (Por suerte el segundo se apiadó de mi y me llevó hasta la frontera con Holanda, aunque no tenía motivos el hombre para ir allí.

En esta semana mis finanzas se recuperaron un poco, de la mano de amigos y miembros de HC. Algunos días logré gastar cero, y eso es bueno después del robo del equipo sufrido en Calais.

martes, 21 de junio de 2005

2da semana de Junio de 2005. Un lago en los Alpes, una sopa en Munich y la DDR.





La Sexta semana de viaje fue la primera que acometí sólo, luego de la partida de Verónica la semana anterior. En los últimos siete días peregriné por los valles elevados del Sudtirol italiano, crucé Austria de un punta-pulgar, llegando a Munich para luego visitar la ciudad de Leipzig en la ex- Alemania Oriental. Lentamente viajo hacia el norte de Europa…

En una estación sobre la autopista de Milán a Venecia sólo me tomó cuatro minutos encontrar un auto que fuera hacia Bolzano, en la provincia que los italianos llaman Alto Adige y los locales más acertadamente Sudtirol. Al pie de los Alpes, estas tierras pertenecieron por siglos al Imperio Austríaco, el que las perdió en la Primera Guerra frente a los italianos. Tres cosas me impulsaban a detenerme en esa provincia. Primero: la calidad de las autopistas europeas es tan buena que uno no tiene la sensación de estar cruzando montanias en absoluto. Para sentir la distancia, y que realmente estaba cruzando las Alpes me fue imperativo pasar un par de días en las montanias mismas. Eso lo decidí sobre el auto que me llevaba, si hubiera querido, hacia el mismo Munich, que era mi destino original. Segundo: quería comprobar que los habitantes del Sudtirol realmente conservan su cultura y hablan alemán y no italiano. Y tercero, quería perderme dos días en algún valle remoto, acaso internándome en las montanias.

De modo que tomé una ruta lateral y allí tuve el primer contacto: el pibe que conducía el Golf no hablaba ni una palabra de italiano. Iba a su pueblo, Muhlbach, cuyo sólo nombre muestra a quién deberían pertenecer todas estas tierras. En Mulhbach me di cuenta que era Domingo y no había un triste lugar donde comprar comida, con lo que tuve que pagar E5 por un plato de pasta en una hostería. Acampé junto a la torre de agua del pueblo.

Al otro día compré una carta topográfica y en la oficina de turismo de Muhlbach, tipé inspirado la nota de la semana anterior. Salí hacia el remoto valle de Pfunders. Mi destino, el Eisebrugsee, un lago a 2500 m de altura entre los Alpes Dolomitas. Pfunders es un típico pueblo alpino de casas en arquitectura germana, con balcones repletos de flores y letreros en letra gótica. Cada casa tiene a su lado sin excepción un gigante chalet de madera que se usa para guardar lenia y herramientas. En el supermercado me hablan primero en italiano por cortesía, pero en seguida viene el doblaje en alemán. Está claro quien manda. Cuando la gente del Sudtirol habla en italiano transportan inocentemente su acento y el resultado es un italiano con ritmo de paso marcado, donde cada palabra parece lanzada individualmente al aire de una patada. Pero yo no podía quejarme: habiendo aprendiendo alemán gracias a la extrania mezcla de un catálogo de estampillas y una banda de metal gótico me era más fácil discutir de filosofía que preguntar por el banio.

De Pfunders caminé ese mismo día hasta el próximo pueblo, Dun, donde los obreros italianos largaron el pico y la pala y el camino se termina. Siempre con la estrategia del caracol, acampé, y a la maniana siguiente empecé mi caminata rumbo al Eisebrugsee. Zigzageando entre varias cabanias y siguiendo un arroyo que baja con furia de insondables alturas. Pronto las montanias pierden sus pinos y el valle se abre en una pastura de altura desde la que se ven los primeros ventisqueros nevados. Dos horas más tarde llegaba al lago, gélido y calmo. Estando a dos horas de los glaciares en los que encontraron a Oetzi me fui al maso con bronca cuando una lengua de hielo de 8 metros de largo apareció frente a mí. Sin entrenamiento apropiado ni botas para caminar sobre hielo regresé. Esa noche armé la carpa dentro de un granero alpino.

El Miércoles bajé hasta la autopista una vez más (esta vez estuve 1:40 hs esperando, creo lo máximo desde el inicio del viaje) y me dirigí a Munich adonde llegué en cuatro tiempos. Primero una chica del Sudtirol que no se sentía ni italiana ni austríaca pero cuyo padre era un nacionalista pro-austríaco, hasta Innsbruck, luego un técnico alemán en mameluco hasta Garmisch-Partenkirchen, y de allí un abogado que me dejó en la puerta de la casa mi mi amigo Christian, de hospitalityclub.org, un estudiante francés en Munich.

Munich produjo en el último siglo un millón de BMWs, un Papa (Benedicto XVI), e infinitos litros de buena cerveza. Cierta debilidad de la carne hace que le agradezca sobre todo lo tercero. Pronto Christian y sus amigos, una manga de estudiantes franceses con cara de locos, me llevaron a un famoso “Biergarten”, o jardín cervecero. Estos son un triunfo del superlativo, lejos de los breves espacios de los pubs británicos, la cultura alcohólica germana estipula un espacio abierto que normalmente es media hectarea arbolada y repleta de mesas. Con capacidad para 2000 personas, los vasos vacíos se recogen en montacargas… Al otro día fui a ver la famosa Hofbrauhaus, una cervecería con 500 anios de antiguedad. Me senté a tomar algo, aunque al ver los precios reconsideré la idea: E6,20 por litro de cerveza…Mis ojos revisaron el menú en busca de un compromiso entre el decoro y la accesibilidad. Decoro significa que los aderezos no valían. Empezaré diciendo que estoy orgulloso de la sopa del día que pedí. Cualquier turista puede jactarse de haberse tomado una cerveza aquí, pero una anécdota es precisamente lo contrario, una desviación del promedio. Pagué conforme los E2 de la cuenta y me retiré, pipón y haciendo alarde de mi clase…

A Lepzig llegué de un tirón, aunque primero fui de una punta de Munich a la otra en un deportivo Smart Bravus, su propietario Kai era su propio jefe y por ende no tenía apuro en llegar al trabajo, por lo que me dejó en la estación apropiada para hacer dedo. Allí me llevó una chica de Praga que era camarera en Munich. Estaba desesperada porque un pretendiente quería regalarle un Porsche, y eso era visiblemente un chantaje para ganr sus favores. “Ayer me llamó y me preguntó de color quería el Porsche! Qué debo responder?”. Ni se discute –le dije- negro son hermosos”. Así de relaja do se entra hoy en la ex- Alemania Oriental, sin muros ni servicios secretos rusos revisando pasaportes.

En Leipzig me esperaba una pareja alemana que conocía de Pueblo Tomado 2002, el Primer Encuentro Nacional de Mochileros, en Orense. Clemes es psiquiatra y Katharina arquitecta. Además tiene al pequenio Franz, de anio y medio. Ambos me mostraron la ciudad, un munieco de trapo con edificios barrocos mezclados con edificios cuadrados de la época comunista. Aquí, en la iglesia St Nikolai, comenzaron las demostraciones pacíficas que llevaron a la dimisión del gobierno de la DDR, y a la vuelta está la Iglesia dónde dirigía orquesta Bach. La última noche Clemens preparó una salchichas a la parrila (brotwurst) en el jardín del edificio. La maniana siguient estaba en la ruta con un flamante mapa rutero de toda europa, regalo de Clemens (además de las gazas y curitas que completaban mi kit de primeros auxilios). Dresden esperaba.

miércoles, 15 de junio de 2005

1era y 2da semanas de Junio de 2005. Milán: trenes y adioses.





Las últimas dos semanas trascurrieron en Milán, Italia, adonde llegamos en 48 horas desde Calais, Francia, donde nuestro equipo de camping había sido robado. Milán proveyó, por lo tanto, la tranquilidad para reorganizarnos, evaluar danios, y rearmar nuestro equipo antes de seguir viaje. Fue también, como se verá luego, un lapso para tomer decisiones importantes.

Cuando nos bajamos del 4x4 que nos había llevado a Milán desde Locarno en Suiza fuimos recibidos por mi hermana Verónica y mi cuniado Horacio. Hacía 4 anios que no los veía. La situación era particular, mi hermana espera un barón para la tercer semana de junio, que se llamará Jeremías, y en las ecografías aparece, según mi hermana, chupándose el dedo, aunque yo sugiero que tal vez esté haciendo dedo, confirmando que sale a su tío. Así, cada vez que mi hermana decía “a”, todos nos parábamos de un salto, prontos a salir corriendo al hospital.

Al mediodía siguiente, luego de dormir el suenio acumulado, salimos a recorrer la ciudad. donde había vivido  en 1993 durante todo un anio de mi adolescencia, con lo que la ciudad, más allá de sus fechas y construcciones famosas, se encontraba incorporada en mí de una manera más quintaesencial, como si fuese una orquidea particular identificable por cierto aroma. Así,al pensar en Milán mi mente evoca sus viejos tranvías naranjas levantando chispa entre altos palazzi de fin del siglo y un calor abrasivo. Eso, calor y tranvías.

Para quien prefiere puntos de referencia más convencionales, no tardamos en llegar al famoso Duomo, una catedral gótica cuya construcción demoró 700 anios. No es sorpresa entonces que sea la catedral en ese estilo más grande del mundo. Napoleón se coronó en ella rey de Italia en 1802. Cruzando la plaza del Dumo entre millones de palomas que deben haber molestado también a Napoleón se llega a la famosa Galería Vittorio Emmanuele, buen lugar para tomar los cafés más caros de la historia o probarse ropa de modestos diseniadores como Gucci.

Milán se puede jactar tranquila de lucir la arquitectura que le legaron el genio o la megalomanía de hombres famosos de la historia. La Stazione Centrale (ferroviaria) fue construida a pedido de Mussolini, y si uno mira atento, por sobre el cardumen de japoneses, los detalles del inmenso bloque de marmol que es la estación, encontrará aún el fascio (hachita para los del barrio) y al lado el número romano IX. Eso es 1931, o anio 9 de la era Mussoilini. Modesto el flaco.

Del otro lado de la ciudad nos encontramos con el Naviglio, una red de canales que unen a Milán con Pavía, e indirectamente con el mar, desde el siglo XII. La red fue mejorada y extendida siguiendo los planes de Leonardo Da Vinci, que entre otras cosas embelleció la ciudad con el mural de doce hombres prontos a una cena que, dicen, constó sólo de pan. Hoy la gastronomía italiana mejoró, tanto que los escultores y pintores que han tenido sus bodegas de arte en el Naviglio por siglos, se ven hoy amenazados por pizzerías y heladerías. Los duenios de sus locales no quieren renovarles sus contratos ya que reciben más altas ofertas de emprendedores que suenian con su café paquete junto al río. Así, la funcionalidad económica y los intereses inmobiliarios amenazan con cancelar el arte justo allí donde este debería germinar con más fuerza, cerca del Naviglio de Leonardo. Como protesta, los artistas del Naviglio organizan cantatas a capella allí en el boulevard que además tienen un tono político: cantan en dialecto milanés. Cuando les conté que escribía para un centenario diario argentino se acercaron y tirarles la lengua no fue difícil: confesaron su simpatía por la Lega Lombarda, un partido conservador regionalista, y su antipatía por los vendedores ambulantes senegaleses que venden sin pagar impuestos justo afuera de sus locales. Los pintores y anticuarios estaban tan contentos de algunos comentarios hechos al aire (habia legado una radio) por mi que nos invitaron a una tallarinada en uno de los estudios. (foto)


Pasando a otras regiones del arte, Milán también es sede del Centro Sociale más grande de Italia: el Centro Leoncavallo, ubicado en una fábrica ocupada. Un centro social fomenta el arte pero tambien está comprometido con toda una serie de cuestiones. Qué sorpresa que aquí también la cosa huela a mudanza. Pasamos una  noche  y entre batucadas los dirigentes nos contaban que se tenían que ir de allí, y que era la segunda vez que los corrían. Y no es que la fábrica quiera volver a abrir sus puertas.Como resumen del espíritu del lugar basta con decir que pedimos una botella de vino cuya etiqueta callaba sobre toda procedencia, cepa o cosecha, y en cambio conmemoraba no se qué marcha de la década del setenta con detalle del número de reprimidos.

¿Pero qué opinan los italianos de Italia? Viniendo desde el norte de Europa la palabra crisis produce un sobresalto. Y desde cuando? Todos coinciden: desde el inicio de la era Berlusconi. Pero también se lo responsabiliza al euro, aunque no tanto por culpa de la pobre monedita bimetálica, sino más bien por la insana manera de las empresas italianas en reconvertir los precios. Cuando la semana pasada Francia vetó la Constitución Europea la Lega Lombarda salió a proponer panfletariamente el regreso a la lira. La propuesta produjo más que el empedernido festejo de miles de ancianas bolsa de pan en mano (que por otro lado hasta el día de hoy no entienden cuánto es un euro), sino que dejó a los italianos meditabundos, cosa empeorada por un pálido empate de los azzurri con Serbia (yo festejé en cambio el 3 a 1 de los nuestros). Al menos los de Milán tuvieron una alegría sobre el fin de la semana, cuando Clementina, una muchacha milanesa que hacía voluntariado en Kabúl, fue liberada.  Mañana salgo rumbo a Alemania.