lunes, 30 de mayo de 2005

¿SE PUEDE VIAJAR A DEDO EN EUROPA? ESTA CRÓNICA RESPONDE..






Nunca me gustó viajar apurado. Soy, de hecho, de los que se quedan tres meses en un país recorriendo sus pueblos y aldeas, o colgando en alguna playa. Pero hubo una vez, en que debí cruzar todo Europa en dos días. Fue un viaje del que no me enorgullezco, pero me dio la oportunidad de probar que, si uno quiere, puede viajar por Europa en autostop como un rayo. Si están por irse a Europa de mochileros y todavía tienen dudas de cómo funciona el dedo allá, lean...

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El ferry nos dejó en Calais. ¡Estamos en Francia! Para nuestra sorpresa, el puesto de la Policía de Frontera francesa estaba vacío, lo que demuestra que los policías franceses son lo suficientemente sensibles a la hora del almuerzo como para olvidar sus compromisos con la paranoia europea. Es tarde para seguir viaje hacia el sur. En una gigante parada de camiones Elf preguntamos a algunos camioneros pero todos están en plan de dormir. Conocemos a una pareja de Etiopía que intenta cruzar a Inglaterra sin pasaportes. Sabemos de lo imposible de su empresa, pero están decididos a intentarlo a cualquier costo y no tenemos el valor de decirles que a nuestro juicio no lo lograrán. Pasamos la noche en un camión con patente de Chipre, que había prometido llevarnos al día siguiente hasta Venecia.



                            La conductora nos dejó en la entrada del Ferry en Dover.




                        Iban arriba del ferry. ¡Quiero recorrer Europa en uno de esos!

Por la mañana comprobamos enmudecidos que la mitad de nuestro equipo de camping ha desaparecido de nuestras mochilas que estaban en el acoplado. Carpa, bolsas de dormir, cocina, cocina MSR y la lista sigue. Es decir, no tenemos más donde dormir, como se dice en Argentina: ¡estamos en bolas! 

Todavía a bordo del camión chipriota, la posibilidad de estar viajando con nuestro victimario se vuelve insoportable. Pedimos bajarnos en la próxima estación de servicio. Es mediodía y el sol castiga, estamos en algún lugar de Bélgica, no sabemos dónde, sin equipo de camping y a más de mil kilómetros de Milán. Es el comienzo de una maratón rutera contra el reloj. Como barco que averiado por el fuego enemigo busca el resguardo de un puerto, así salimos para Milán. En algún sitio tendríamos que hacer noche, ya veríamos como arreglarnos. Tres anios antes, había olvidado la carpa en la caja de una camioneta en un viaje por los Valles Calchaquíes, y aun así había encontrado siempre un techo, más aún, el incidente fue la llave a una serie de vivencia que hicieron que de allí en más agradeciera la pérdida de la carpa. Claro que si un día nada funcionaba Humahuaca era más barata que Frankfurt para alojarse…




Con ese panorama nos propusimos un viaje técnico, es decir, pusimos la prioridad en tomar la rápidez y no en el valor paisajístico de la ruta a tomar. Bélgica duró lo que un cubo de hielo en fernet tibio. La hospitalidad belga merece mención: una mujer llamó a toda su agenda en busca de una carpa de más. Alrededor de las 5 de la tarde estábamos en Colonia, Alemania, gracias al Ford Mondeo de un militar belga que durante la guerra fría se dedicaba a arreglar bombas atómicas. Nos movemos rápido, en las “autobahn” alemanas no hay límite de velocidad. Un inspector de policía en un BMW nos llevó a 210 km/h a Montabauer, donde está la estación del tren rápido ICE, y allí un hombre en una Land Rover que se definió como un doctor del alma nos adelantó hasta Limburg. El hombre venía de escuchar en Montabauer una conferencia de una indígena argentina que aseguraba poder ver el futuro.




Cuando Limburg apareció con su tremenda catedral gótica reinando sobre el valle del río Lahn supimos que nos merecíamos, en medio al stress del día, elegir un sitio bello donde pasar la noche. Estábamos en Hesse, una de las 16 “landers” en que se divide Alemania. Hesse fue siempre famosa por exportar mercenarios a otros países. Muchos fueron enviados al Jorge III de Inglaterra en 1776 quien les ordenó reprimir a una manga de colonos insubordinados del otro lado del océano. Los colonos insubordinados terminaron fundando Estados Unidos… Empezamos a caminar por el centro del pueblo. Su belleza nos distrae por un momento de lo precaria de nuestra situación. El pueblo es una muestra del estilo ‘fachwerk’ en todo su esplendor. En castellano, son esas casas cubiertas de vigas de maderas que zigzagean al punto de parecer inhumanos tableros de ta-te-ti. Estas casas burguesas del S.XIII parecen que en cualquier momento se desplomarán, tan inclinadas están algunos de sus muros.


Mirando esas bellas construcciones hoy transformadas en cervecerías encontramos una punta del ovillo: hay gran cantidad de pizzerías italianas. Me acerco cual paisano a charlar con sus propietarios. Uno me tira un dato: el cura de la iglesia es italiano. Fascinados con la posibilidad de dormir dentro de una iglesia gótica que el resto de los turistas sólo ve en postales subimos las empinadas calles empedradas. Es de noche y la catedral brilla en la distancia. Junto a la iglesia encontramos un ‘Circolo Italiano’. Parece que hubo una fuerte migración de italianos en los ’50, que se dedicaron a poner pizzerías y heladerías. Su gestor me dice que el cura está de viaje en Italia pero nos ofrece una cena gratis de pizza con cantimpalo y hongos.

Pero aún no teníamos alojamiento asegurado. Comenzamos a caminar entre familias socializando entre muzzarela y lager y hablamos con otros propietarios de pizzerías, todos ellos italianos, pero ninguno nos dío solución alguna. Parecía que Italia era un astro que ese día ya había ejercido toda la influencia benéfica que nos estaba deparada. Casi nos habíamos decidido a pasar la noche despiertos en la plaza, acostumbrados ambos a esa felicidad estilo “la dama y el vagabundo”. Entré a una heladería a pedir agua fresca. Italianos naturalmente. Aunque esta vez no esperaba nada el propietario de la heladería  Flavio, había viajado de mochilero a Argentina unas cuatro vez y conocía la Patagonia mejor que yo. Pronto meoy cuenta que toda la heladería habla español con mayor o menor fluidez. Esa noche dormimos en un cuarto en el primer piso de la heladería, después de degustar unos sabrosísimos helados artesanales y de charlar un par de horas con Flavio y su familia.




Despertamos y dimos una última vuelta por Limburg antes de salir a la ruta. Al mediodía ya estamos cruzando hacia Baden-Wurttemberg, el último de los “landers” alemanes antes de Suiza. Que el extraño nombre no empañe la creatividad de su gente: aquí nacieron el automóvil y los relojes cucú. Entramos en Suiza con pasaportes argentinos sin problema alguno. Rápidamente dejamos atrás Zurich y apuntamos a Luzerna. Sólo entonces se perfilan los Alpes y comenzamos a pasar túneles. Piero, un suizo del Ticino (cantón italiano) nos cuenta orgulloso de que su país es la cuna de la democracia directa. Aquí el gobierno somete a referendum cada ley o acto de gobierno, y viceversa el ciudadano común puede someter a referendum propuestas de ley. Así, los suizos se la pasan votando… 


La neutralidad es el segundo orgullo suizo. Suiza no entra en guerra alguna desde hace casi un milenio. Pero el tema merece un análisis profundo. Es fácil quedarse con la idea de un pacifismo romántico y filantrópico. Aun así el país está armado hasta los dientes y todo el mundo mujeres incluidas hacen un exigente servicio militar. Neutralidad y armamentismo aparecen como caras de una misma moneda cuando se entiende que ha sido en los bancos de la pacífica suiza donde tiranos y multinacionales han depositados las ganancias de sus guerras y explotaciones. En los países de los tiranos siempre alguien irrumpe en una tumba y corta las manos del tirano con la esperanza de encontrar en huellas dactilares la clave de alguna cuenta secreta. Piero asegura que si alguna potencia amenazara a Suiza el pueblo está en condiciones de automovilizarse. 700.000 suizos guardan rifles y granadas en sus casas, y cada año deben probar en exámen de que son capaces de usarlas con eficacia. “Sólo cuando se tiene fuerza se puede ser gentil” es el lema nacional. Las autoridades suizas tomaron demasiado a pecho a Guillermo Tell…


Pasamos el tunel San Gottardo, ya estamos en cantón Ticino, la radio transmite en italiano. Piero nos deja en Locarno, en cuya estación de servicio caemos a las 9 de la noche. Un hombre se baja de sus 4x4 nueva y toma la manija del surtidor. No sabe lo que le va a pasar. Viste traje y corbata y lentes, y por estadística más que por prejuicio no promete nada. Pero cuando le explico que vamos a Milán se me piantan un par de lágrimas. A Milán me ata emocionalmente el haber vivido un anio entero de pequenio, por motivos familiares. Creo que dos cosas le otorgan a uno la ciudadanía honoraria de un sitio: uno es pasar un invierno en una ciudad, y la otra es vivir de pequeño. Creo que la expresión en mi rostro le debe haber transmitido tranquilidad, porque no sólo nos llevó a Milán, sino que nos dejó en la puerta de la casa de mi hermana.

domingo, 22 de mayo de 2005

CRIQUET Y VINO SOBRE LA ALFOMBRA





Mientras los diplomáticos sirios se encargaban de estampar nuestros pasaportes con vistosos sellos con elegantes garabatos (hasta una publicidad de pasta dental en árabe evoca las mil y una noches) nosotros salíamos rumbo a Lewes, un antiguo pueblo perdido en el condado de Sussex en el que teníamos una pareja amiga. Pueblo perdido pero relevante: estamos a 40 kms de Hastings, donde en 1066 irrumpieron los normandos de Guillermo el Conquistador, único registro en la historia de una invasión exitosa a Inglaterra. Los normandos no sólo lograron una empresa en la que fracasarían Napoleón y Hitler, sino que derrotando a las tribus sajonas fundaron los cimientos del reino de Inglaterra. El nombre Gran Bretania es un síntoma: Bretania es una provincia francesa al oeste de Normandía. Con el tiempo los invasores empezaron a hablar la lengua de los derrotados. Pero le dejaron su impronta, y de allí las numerosas palabras de origen latino en el inglés.

Salir de Londres en autobús tomó cuatro horas. Una vez en la autopista iniciamos un viaje fragmentado y poco interesante. Llegamos a Lewes y llamamos a nuestros amigos, que nos dijeron que los esperáramos en el Lanesdown’s Arms, su pub local. Nos sentamos frente a una cerveza compartida, y al rato nuestro idioma atrajo la curiosidad de Brian, un local muy particular. Esta zona del sur de Inglaterra tiene fama de ser refugio de viejos hippies, y de tener la extrania combinación de precios altos (encarecidos por las escapadas playeras de los londinenses) y gente viviendo de la seguridad social. Muchos de los viejos soniadores –no todos- están en esa categoría. Brian había recorrido Europa a dedo en el inicio de los 80s. Al parecer en una hacinada casa en Creta en la que vivían 20 personas de 15 nacionalidades distintas, se había encontrado con un viajero argentino. Se deshojaba abril de 1982. El argentino lo miró y le dijo: “Fuck Galtieri!”. El respondió: “Fuck Tatcher!” y de allí en más se entendieron. Brian nos agradeció mil veces nuestra presencia en su pueblo. Le hacíamos recordar una parte de sí mismo. Nuestros amigos, Duncan y Una, llegaron y nos acompaniaron a la casa donde pasaríamos los dos días siguientes, que era la casa de los padres de Duncan.

Duncan aseguraba ser el jugador de criquet más diestro del pueblo, y para demostrarlo nos invitó a una partida al día siguiente, en la que los dos pubs más antiguos de la ciudad se enfrentaban. Hay que decir que para uno, acostumbrado a la velocidad del fútbol, el criquet, que aquí es deporte nacional, es un shock cultural. No sólo por su lentitud sino por los rituales que se le adosan. Ya camino a la cancha le pregunté a Duncan a que hora comenzaba el partido. La respuesta fue: “cuando se termine la cerveza”. Así las cosas, no parecía que fuéramos a asistir a una demostración de precisión británica. Al llegar, la cosa parecía un picnic victoriano aggiornado donde los amigos de los jugadores tirados al sol destapaban cervezas que eran ingeridas por los mismos jugadores. A la media hora, nos dimos cuenta que el partido había comenzado. Por momentos la gente aplaudía, pero para quien no conoce las reglas era difícil saber por qué lo hacían. Las posiciones de los jugadores eran las mismas que antes del aplauso. No había goles visibles, los bateadores le pegaban a la bola y se quedaban en sus puestos, y todas las consecuencias del bateo eran un tímido trote inconexo de un jugador (que nunca entendimos si era del equipo del bateador o del contrario). El criquet es incluso más popular que el fútbol en India y Paquistán, producto de la colonización inglesa. Cuando esos equipos juegan, es feriado en ambos países. Le pregunté a Duncan (que es profesor de historia) si ello no le parecía un típico intercambio británico, el robarse todos los recursos naturales de un país y dejar a cambio un par de deportes. “Sí – me respondío con una sonrisa- y aún estamos esperando el vuelto”. La sorpresa llegó cuando el marcador estaba definido y el equipo de Duncan invitó a Verónica a batear, cosa que intentó hacer tres veces. La platea recibió cada yerro con un aplauso.

No nos podemos quejar de la hospitalidad en casa de los padres de Duncan, aunque la cocina decorada con memorabilia de la coronación de la reina dejaba entreveer que les iba a molestar que el merlot siciliano se derramara sobre la alfombra hecha a mano, y ganadora de no se qué exposición. Al otro día del derrame salimos con Demian, un amigo ingeniero que a los 24 anios empezaba a mirar afuera del curriculum, rumbo al pueblo de Arundel, donde acampamos por dos días, en lo que fue un retiro espiritual de Londres. Luego nosotros seguimos hacia Gales, o eso creíamos. Primero nos frenó una combi Volkswagen que nos dejó en Southampton. Allí hicimos dedo en la autopista. Vero tenía la bandera de la paz enrollada como una pollera. En cinco minutos un patrullero nos mostró el camino a la estación de servicio más próxima. Allí fue otra combi Volkswagen la que accedió a llevarnos. El conductor se llamaba Sam y era oficial de la Royal Navy. Acababa de comprar su camioneta dos horas antes de levantarla y se dirigía a su casa en Plymouth, muy cerca de Cornwall. Y era una combi Volkswagen, un ícomo de la ruta, había que ir adonde su conductor fuera, así cambiamos Gales por Cornwall en nuestros planes. La charla con Sam es interesante. Sam había estado en la guerra del Golfo y en la de Afganistán. Ya son varias las personas de las fuerzas armadas que nos levantan. Todos parecen poder deslindar su vida profesional de su conciencia. Todos detestgan la guerra, lamentan las decisones de sus gobiernos, pero allí van cuando se los llama, a la guerra. Sam nos comenta que en Plymouth hay una manifestación contra la guerra. “Son abogados de Londres, gente lista que no sabe que hacer en su tiempo libre y se dedica a causar problemas” En ese “delivery del destino” llegamos a Ivybridge, un pueblito en el borde del Parque Nacional Dortmoor.

lunes, 16 de mayo de 2005

Lo que el Imperio se llevó…





De la misma manera en que París tiene un obelisco egipcio en la Plaza de la Concordia, Londres no puede dejar de tener su propio obelisco, legítimamente saqueado durante las campañas imperiales en tierras de los faraones.

domingo, 15 de mayo de 2005

EL CAMINO A LONDRES



La segunda semana de nuestro viaje nos encontró viajando hacia el sur desde las “tierras altas” de Escocia hacia la frontera entre ésta e Inglaterra, dónde aún se alza obsoleto el Muro de Adriano, antigua frontera del Imperio Romano, y de allí através del corazón de Inglaterra hacia Londres, sin duda una de las capitales del mundo.

Es un largo camino, rico en anécdotas. Cada conductor que se detiene en una banquina tiene algo que contarnos. Después de una semana hemos entendido que este viaje no sería el mismo sin la azarosa puntuación que le otorgan nuestros conductores, sin su conocimiento local que nos acerca más a entender cada cultura.




De Oban en las tierras altas a Edinburgo viajamos en el Ford Mondeo de un diseñador de luces que no se dedicaba precisamente a changuitas sino que había diseniado, por ejemplo, las luces del nuevo parlamento escocés en Edinburgo. A los 45 anios pensaba en retirarse. Su idea de retiro era comprar un bosque transitorio. Qué es eso? Sembrando pinos hoy, en 20 anios tendrá ganancia pura y libre de impuestos. Mejor que una jubilación – agregó. Estaba bien claro que el cristiano en cuestión no cobrará jamás $140 por mes, pero valga el caso como ejemplo del inconformismo humano. Patrick –era su nombre- nos llevó a Edinburgo.

Tomamos un té en su casa esperando a Adam, el jóven granjero-viajero que nos había invitado a su casa en Kinghorn en nuestro viaje de ida a las Highlands. Así Adam y Patrick se conocieron, dos personas sólo conectadas por el hecho de habernos llevado en la ruta en distintos momentos. Ahora tomaban el té juntos, y Adam le daba consejos a Patrick sobre cómo convertir su Mondeo a aceite vegetal. Adam nos explicó que esa noche tenían una cena en su casa con su familia y un amigo francés, y que estábamos invitados. Viniendo de la ruta directamente, fuimos sentados a una mesa repleta de platos y ensaladas. Toda comida orgánica, porque si Adam es hippie, los padres son hippie y medio. El amigo frances era también una persona con energías especiales, y estudiaba política internacional.

En la cena hablamos del tema de la felicidad en Europa. Todos estabamos de acuerdo en que el exceso de opciones crea insatisfacción constante en todas las personas. Es imposible tenerlo todo, aun cuando se tiene un excelente sueldo, y así la mayoría de las personas se encuentran libradas a la persecución del fin de una cadena de deseos que se agranda más y más, con cada nuevo celular, cada nuevo descapotable o cirugía. Examinábamos de cerca una foto tomada en enero de este anio en Payogasta, mientras hacíamos dedo en el NOA. En la foto se ven unos ninios jugando con bolsas de supermercado como si fueran barriletes. No tienen nada. La sonrisa en su rostro es enorme. Esa noche dormimos en camas y pudimos lavar nuestra ropa.

Y ese impredecible ritmo de pool a ojos cerrados continuó cuando Adam nos dió la dirección de un amigo. Así conocimos a Luquitas, marplatense por el mundo. Irrumpimos en su departamento mientras se disponía a decorarlo para una fiesta de disfraces en la que la consigna era la letra ‘l’. Mientras pensaba en la manera de disfrazarse de langosta, Luquitas, quien hace un posgrado en economía, nos contó cómo en Edinburgo, de similar población que Mar del Plata, la gente se conocé más porque la planta urbana es circular, y todos confluyen hacia las mismas calles y plazas. Luquitas nos hizo beneficiarios de una hospitalidad exquisita. Comimos una rica cena y ni siquiera nos permitió lavar los platos. Además nos permitió llamar a nuestras familias en Argentina, algo que uno no hace muy seguido al viajar con poco dinero. Pasamos allí la noche y a la maniana salimos a la ruta con rumbo sur, hacia el Muro de Adriano. También abandonábamos Escocia y entrábamos en Inglaterra.




Sólo mirar el mapa es suficiente prueba de la influencia que este mínimo país ha ejercido sobre la vida cotidiana del resto del mundo. Los nombres son conocidos, los pronunciamos a diario, sin saber que son siudades inglesas. Hereford, un tipo de ganado; Winchester, un rifle; Derby y Chesterfield, cigarrillos; Rugby, un deporte; Manchester, un fluido; Bristol, una rambla; Bedford, un camión que aveces anda. Entre nombres tan célebres se debatían nuestras mochilas, y al atardecer llegamos en el auto de un periodista de TV al pueblo de Haltwhistle. (literalmente: silbato de alto). De allí se puede caminar una milla hasta el Muro de Adriano. El muro no está muy lejos de la frontera con Escocia, lo que significa que los romanos nunca pudieron con los escoceses. Imaginemos la verguenza del general romano que debió regresar y admitir que había sido derrotado por una legión de soldados con pollera… Hoy Roma y Escocia son parte del mismo imperio que no precisa muros. Acampamos no muy lejos del muro, en un bosquecito con arroyo y todo. Antes habíamos vendido una de nuestras fotografías en un bar en U$S10 y nos habíamos permitido comprar un vino francés, queso fermentado, un poco de pan y maní salado.


Llegamos a Londres muy facilmente. Primero nos levantó un camión que remolcaba un autobús de dos pisos hacia el cementerio de tu-tus. Su conductor era de esos a los que el diario “The Sun” ha llevado a creer que los inmigrantes son los culpables del efecto invernadero… Y luego, en Doncaster, nos frenó un pibe que acababa de regresar de un viaje a dedo de un anio y medio por Africa. Iba a Nottingham, pero quiso llevarnos hasta Londres. Eso eran más de 200 kms más que los que tenía que hacer.


Al llegar a Londres lo primero que nos sorprende es el precio del subte: U$S 5 ida solo. Lo segundo que nos sorprende, al intertar pagar, es que no aceptan nuestros billetes escoceses. El hombre del otro lado de la ventanilla está convencido de que le quiero dar euros. Que son libras, lee hermano: “sterling pounds”. Qué tan Unido está ese Reino en dónde los ingleses miran con sospecha los billetes de sus vecinos, mientras que se puede caminar por la Europa del Euro usando la misma moneda desde Grecia hasta Portugal?




En Londres nos alojamos en el caótico depto de Werner Kraft, un amigo alemán, en el barrio de Bermondsey. Werner estudia Ciencia del Deporte, y pasa su tiempo libre entre libros de ajedrez y teoría de la complejidad. Nos habíamos conocida através de la lista de correos de autostopistas de yahoo, y ahora estábamos cara a cara. Pronto notamos que no había un solo rubio. Todo el sur de Londres es zona de mayoría (hablamos de 9 a 1) negra. Qué irónico que haya que venir a Londres para descanzar la vista de los razgos ingleses! Las idas y vueltas del poder. Fueron los romanos los que fundaron Londres en la orilla norte del Támesis. La City, el actual distrito financiero, ocupa el area de la ciudadela romana original. Quién hubiera vislumbrado que casi dos mil anios más tarde esa ciudad a orillas de un pantano se convertiría en la capital de media humanidad, bajo la Reina Victoria?



Pero toda acumulación de poder tiene su efecto boomerang. Los hijos de los conquistados hoy vienen a Londres a hacerse la Europa. Si las razas humanas son frutas,.Londres es la licuadora. En la parada del bus preguntamos direcciones a una chica que resultó ser de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Ya en el centro fue el barrendero, ecuatoriano, quien nos guió hacia un supermercado barato. Este caudal humano hace de Londres una ciudad con tantas opciones que hace que muchos como nuestro amigo Werner vivan estresados, aunque se relaje jugando por las noches al Scrabel con sus dos invitados argentinos. Cada día en Londres fue un gastadero de plata. Los pases diarios del bus nos costaban U$S 6 a c/u. Por eso la comida eera estrictamente de supermercado para conmpensar.


Londres fue además nuestro primer encuentro con el mundo de las visas. Dejamos nuestros pasaportes en la Embajada de Siria. Debemos regresar por ellos la semana que viene. Aprovecharemos a viajar un poco sin rumbo por los condados del sur de Inglaterra.

miércoles, 11 de mayo de 2005

IMÁGENES DE LAS TIERRAS ALTAS



Típico ganado escocés, una especie de vaca flogger...


Oban, en la costa escocesa. El extraño coliseo que se ve arriba fue construido por un acaudalado local en 1890 para generar trabajo durante la crisis de esa época...




Las calles de Oban.





La costa de Oban. No muy lejos, las Islas Hébridas....


martes, 10 de mayo de 2005

El Forth Bridge y la granja orgánica en Kinghorn


El Forth Bridge, que da paso hacia el Condado de Fife. Pooco antes del puente encontramos la van Mercedes de Adam, un artesano que acababa de regresar de India. El nos invitó a su granja orgánica en Kinghorn...



Adam tocando el didjeridoo en su humilde vivienda... En realidad, prefiere hacerlo en su casita del arbol...


James y Adam cuidando con preocupación maternal sus cultivos...


Cenando con Kate y James, dos granjeros orgánicos vecinos de Adam, dos verdaderos guerreros del Arco Iris...


La granjita y la van Mercedes.... que funcionaba con aceite vegetal.





En Europa se ahorra combustible fosil gracias al aceite vegetal. La soja utilizada proviene de Sudamérica, donde su siembra implica una desertificación poco conocida por los neo hippies europeos...

lunes, 9 de mayo de 2005

Algunas imágenes de Edimburgo


Más velen las imágenes que mil palabras. Sólo diré que a Edimburgo la caracteriza cierta tonalidad gris en sus piedras, por supuesto la humedad, la condensada disposición de sus casas históricas, y su castillo.



Castillo de Edimburgo.



domingo, 8 de mayo de 2005

Un conductor típicamente escocés....

Díganme si no tiene cara de escocés.... Tramo de Cairnryan a Turnberry ... camino a Edimburgo.

sábado, 7 de mayo de 2005

DE BELFAST A ESCOCIA EN UN VELERO: EL COMIENZO DE LA VUELTA AL MUNDO









Hola!! En los últimos siete días cruzamos a dedo desde Irlanda del Norte hacia Escocia en un velero, experimentamos tres días de supervivencia urbana en Edinburgo, la capital escocesa, y vivimos un día en una granja orgánica en la aldea costera de Kinghorn.

En la mañana del 1 de mayo -primer día de mi vuelta al mundo- nos despertamos ansiosos y emprendimos caminata hacia Bangor, el puerto deportivo en las afueras de Belfast. No lo podíamos creer, después de dos anios de planes y sacrificios, estábamos en la ruta. Llegamos al puerto y comenzamos a hablar con cada dueño de yate que cruzaba nuestro camino. Hacer dedo en un puerto tiene sus particularidades. Los mapas que miramos no tienen rutas marcadas sino lineas punteadas que Dios sabe lo que aclaran o alertan. No se escucha de boca de estos gringos “que el camino está malo” como tantas veces hemos escuchado de nuestros chacareros que con chatitas prediluvianas intentan abrirse paso por las rutas de tierra de nuestra provincia. Acá es el viento o las mareas los que permiten o no el cruce a Escocia. Más de una vez terminábamos tomando un té en cubierta. Aunque la idea de vagabundear por los muelles del mundo confraternizando con náuticas aristocracias como un Leo Di Caprio cualquiera tenía su encanto, no podíamos pasarnos la semana tomando té en todos los yates de Irlanda, teníamos que embarcarnos!!!



La primera tarde no hubo suerte, pero a la maniana siguiente, cuando prácticamente habíamos desistido y salíamos a la ruta para tirar los dados en otro puerto sonó mi celular. “Hola, Juan? Soy Nick Wilson. Aún están buscando cruzar a Escocia? Nosotros salimos en una hora. Son más que bienvenidos!” En una hora estábamos saliendo del puerto de Bangor con Nick, jefe de bomberos de Londonderry y sus dos sobrinos, Aaron y Ben, en el “Big Wamp”, un velero de un mástil. Inútil presentarnos, que somos de argentina, que…”Todo el puerto lo sabe” –nos interrumpió.


A la hora Irlanda comenzaba a transformarse en una franja inescrutable en el horizonte. Sin la tierra como referencia, también comenzaron los mareos, al menos para Ben y para mí. Al rato estaba comulgando de la manera más intima posible con el Mar Irlandés, y ensuciando el velero por supuesto. Había que decir algo y transformar el trastorno digestivo en algo poético. Ensayé timidamente un: “Sean esas pués, mis honores a Irlanda, de la que nos hemos despedido”. Nick y familia estallaron en mil carcajadas. Antes de llegar a Escocia, al menos dos veces más una irrefrenable necesidad de expresar agradecimiento a Irlanda me motivaría una pronta carrera a estribor, la última de estas oportunidades, con un innecesario coro de Ben. 




Escocia apareció finalmente en el horizonte, en la forma de un caserío color marfil y un castillo en ruinas apenas reconocibles tras la niebla. Esa noche cenamos en el velero. Fue interesante ver a Nick, que acababa de cruzar el mar de Irlanda sin parpadear, revisar las instrucciones del arroz al dorse del paquete. La cena fue perfecta, ya con el horizonte y el estómago quietos, de hecho tan cándida que pensamos en izar la bandera argentina. Estando a pocas millas de una zona de ejercicios submarinos de la Royal Navy, no hubiéramos tardado mucho en tener noticia de los artilleros, ávidos de trocar las aburridos simulacros por algo más real…



Al otro día hicimos dedo rumbo a Edinburgo, la capital de Escocia, fantástica, medieval, cosmopolita, con su afamado castillo que corona una milla de construcciones históricas, conocida como “el Pueblo Viejo”, un denso macizo de agujas de iglesias góticas, casas burguesas medievales, cúpulas y murallas. Desmenuzando esa saturación uno se encuentra con la morada del filósofo David Hume o la imprenta que dio a luz a la primera edición de la Enciclopedia Británica. Y nuestro lugar de campamento, de lujo, en la colina llamada Arthur’s Seat, junto a una abadía del S.XV en ruinas, con vista privilegiada a todo el céntrico histórico.



Intentando seguir a dedo hacia las Highlands o “tierras altas”, no pudimos resistir la invitación de uno de los conductores que se detuvo por nosotros. Adam, nativo de Edinburgo, de 24 anios, acababa de regresar de un viaje de 4 meses alrededor del mundo. Pasamos un día y medio en su granja orgánica en Kinghorn, en la costa Este de Escocia. El paisaje era aproximadamente el de la tierra de los Teletubbies, de un verde inapelable. Los vecinos de Adam era una pareja que se dedicaba a la agricultura orgánica y en sus ratos libres voluntariaba para la regeneración de los bosques caledónicos originarios (los bosques escoceses terminaron en la confección de galeones ingleses o en el estómago de generaciones de ovejas). La filosofía de Kate y James era interesante. Más de una vez había pensado que un regreso a la agricultura descentralizda podía permitir salir de la cadena de alienación del capitalismo, evitando la explotación ajena al no consumir y asegurando el propio abastecimiento al producir. En un momento Adam nos comenta que su ex novia había sido argentina, busca su direccion en una vieja agenda, y nos la da a leer. Calle Pringles. Mar del Plata. Así, por un segunda las palabras en tinta azul evocan la tan lejana rambla. Nos ponemos a pensar en las coincidencias, acompaniando la filosofada con un buen merlot sanjuanino, acercado por la globalización a una pequenia tienda de la aldea de Kinghorn.





Una escapada a las llamadas Highlands, o tierras altas, marcó el fin de la primera semana de viaje. El pueblo se llamana Oban, y allí acampamos junto a un faro, frente al espectáculo que es la tierra fragmentándose a medida que pierde terreno ante el mar, en una miríada de islotes y peñascos.