martes, 21 de junio de 2005

2da semana de Junio de 2005. Un lago en los Alpes, una sopa en Munich y la DDR.





La Sexta semana de viaje fue la primera que acometí sólo, luego de la partida de Verónica la semana anterior. En los últimos siete días peregriné por los valles elevados del Sudtirol italiano, crucé Austria de un punta-pulgar, llegando a Munich para luego visitar la ciudad de Leipzig en la ex- Alemania Oriental. Lentamente viajo hacia el norte de Europa…

En una estación sobre la autopista de Milán a Venecia sólo me tomó cuatro minutos encontrar un auto que fuera hacia Bolzano, en la provincia que los italianos llaman Alto Adige y los locales más acertadamente Sudtirol. Al pie de los Alpes, estas tierras pertenecieron por siglos al Imperio Austríaco, el que las perdió en la Primera Guerra frente a los italianos. Tres cosas me impulsaban a detenerme en esa provincia. Primero: la calidad de las autopistas europeas es tan buena que uno no tiene la sensación de estar cruzando montanias en absoluto. Para sentir la distancia, y que realmente estaba cruzando las Alpes me fue imperativo pasar un par de días en las montanias mismas. Eso lo decidí sobre el auto que me llevaba, si hubiera querido, hacia el mismo Munich, que era mi destino original. Segundo: quería comprobar que los habitantes del Sudtirol realmente conservan su cultura y hablan alemán y no italiano. Y tercero, quería perderme dos días en algún valle remoto, acaso internándome en las montanias.

De modo que tomé una ruta lateral y allí tuve el primer contacto: el pibe que conducía el Golf no hablaba ni una palabra de italiano. Iba a su pueblo, Muhlbach, cuyo sólo nombre muestra a quién deberían pertenecer todas estas tierras. En Mulhbach me di cuenta que era Domingo y no había un triste lugar donde comprar comida, con lo que tuve que pagar E5 por un plato de pasta en una hostería. Acampé junto a la torre de agua del pueblo.

Al otro día compré una carta topográfica y en la oficina de turismo de Muhlbach, tipé inspirado la nota de la semana anterior. Salí hacia el remoto valle de Pfunders. Mi destino, el Eisebrugsee, un lago a 2500 m de altura entre los Alpes Dolomitas. Pfunders es un típico pueblo alpino de casas en arquitectura germana, con balcones repletos de flores y letreros en letra gótica. Cada casa tiene a su lado sin excepción un gigante chalet de madera que se usa para guardar lenia y herramientas. En el supermercado me hablan primero en italiano por cortesía, pero en seguida viene el doblaje en alemán. Está claro quien manda. Cuando la gente del Sudtirol habla en italiano transportan inocentemente su acento y el resultado es un italiano con ritmo de paso marcado, donde cada palabra parece lanzada individualmente al aire de una patada. Pero yo no podía quejarme: habiendo aprendiendo alemán gracias a la extrania mezcla de un catálogo de estampillas y una banda de metal gótico me era más fácil discutir de filosofía que preguntar por el banio.

De Pfunders caminé ese mismo día hasta el próximo pueblo, Dun, donde los obreros italianos largaron el pico y la pala y el camino se termina. Siempre con la estrategia del caracol, acampé, y a la maniana siguiente empecé mi caminata rumbo al Eisebrugsee. Zigzageando entre varias cabanias y siguiendo un arroyo que baja con furia de insondables alturas. Pronto las montanias pierden sus pinos y el valle se abre en una pastura de altura desde la que se ven los primeros ventisqueros nevados. Dos horas más tarde llegaba al lago, gélido y calmo. Estando a dos horas de los glaciares en los que encontraron a Oetzi me fui al maso con bronca cuando una lengua de hielo de 8 metros de largo apareció frente a mí. Sin entrenamiento apropiado ni botas para caminar sobre hielo regresé. Esa noche armé la carpa dentro de un granero alpino.

El Miércoles bajé hasta la autopista una vez más (esta vez estuve 1:40 hs esperando, creo lo máximo desde el inicio del viaje) y me dirigí a Munich adonde llegué en cuatro tiempos. Primero una chica del Sudtirol que no se sentía ni italiana ni austríaca pero cuyo padre era un nacionalista pro-austríaco, hasta Innsbruck, luego un técnico alemán en mameluco hasta Garmisch-Partenkirchen, y de allí un abogado que me dejó en la puerta de la casa mi mi amigo Christian, de hospitalityclub.org, un estudiante francés en Munich.

Munich produjo en el último siglo un millón de BMWs, un Papa (Benedicto XVI), e infinitos litros de buena cerveza. Cierta debilidad de la carne hace que le agradezca sobre todo lo tercero. Pronto Christian y sus amigos, una manga de estudiantes franceses con cara de locos, me llevaron a un famoso “Biergarten”, o jardín cervecero. Estos son un triunfo del superlativo, lejos de los breves espacios de los pubs británicos, la cultura alcohólica germana estipula un espacio abierto que normalmente es media hectarea arbolada y repleta de mesas. Con capacidad para 2000 personas, los vasos vacíos se recogen en montacargas… Al otro día fui a ver la famosa Hofbrauhaus, una cervecería con 500 anios de antiguedad. Me senté a tomar algo, aunque al ver los precios reconsideré la idea: E6,20 por litro de cerveza…Mis ojos revisaron el menú en busca de un compromiso entre el decoro y la accesibilidad. Decoro significa que los aderezos no valían. Empezaré diciendo que estoy orgulloso de la sopa del día que pedí. Cualquier turista puede jactarse de haberse tomado una cerveza aquí, pero una anécdota es precisamente lo contrario, una desviación del promedio. Pagué conforme los E2 de la cuenta y me retiré, pipón y haciendo alarde de mi clase…

A Lepzig llegué de un tirón, aunque primero fui de una punta de Munich a la otra en un deportivo Smart Bravus, su propietario Kai era su propio jefe y por ende no tenía apuro en llegar al trabajo, por lo que me dejó en la estación apropiada para hacer dedo. Allí me llevó una chica de Praga que era camarera en Munich. Estaba desesperada porque un pretendiente quería regalarle un Porsche, y eso era visiblemente un chantaje para ganr sus favores. “Ayer me llamó y me preguntó de color quería el Porsche! Qué debo responder?”. Ni se discute –le dije- negro son hermosos”. Así de relaja do se entra hoy en la ex- Alemania Oriental, sin muros ni servicios secretos rusos revisando pasaportes.

En Leipzig me esperaba una pareja alemana que conocía de Pueblo Tomado 2002, el Primer Encuentro Nacional de Mochileros, en Orense. Clemes es psiquiatra y Katharina arquitecta. Además tiene al pequenio Franz, de anio y medio. Ambos me mostraron la ciudad, un munieco de trapo con edificios barrocos mezclados con edificios cuadrados de la época comunista. Aquí, en la iglesia St Nikolai, comenzaron las demostraciones pacíficas que llevaron a la dimisión del gobierno de la DDR, y a la vuelta está la Iglesia dónde dirigía orquesta Bach. La última noche Clemens preparó una salchichas a la parrila (brotwurst) en el jardín del edificio. La maniana siguient estaba en la ruta con un flamante mapa rutero de toda europa, regalo de Clemens (además de las gazas y curitas que completaban mi kit de primeros auxilios). Dresden esperaba.
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